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como afición, le vino muy bien para salvar la vida de algún excursionista despistado. Tenía que comentarle a Oscar que mandara una misiva a la central provincial para que pusieran un cartel advirtiendo del peligro que conllevaba intentar bajar sin los objetos básicos. Había que remediar el peligro, sobre todo a los turistas que visitaban el lugar. Los únicos que sabían del peligro, eran los pastores que surcaban los campos y los habitantes de las aldeas más cercanas. Aparte de las tareas que hacían diariamente, la sima era uno de los lugares más peligrosos de la sierra, sobre todo en verano cuando el turismo se masificaba en la zona y los alrededores. Aparcó la moto junto al camino y dejó el casco encima del asiento. Cogió todo lo necesario y se acercó a la boca de la sima. Las rocas que se agolpaban en la entrada hacían la función de un embudo que se iba estrechando a cada paso. Si el excursionista no estaba consciente, tendría que llamar para pedir ayuda y luego tendría que bajar, y la verdad es que no le gustaba nada la idea de volver a bajar y más a esas horas. — ¿Hay alguien? ¿Necesita ayuda?—Gracias a Dios –se escuchó un quejido—. Aquí abajo, por favor. — ¿Se encuentra bien? —Creo que me he lastimado la pierna al caer, no la puedo mover sin que me duela – bien, eso era un problema. Si estaba herido le costaría subir con autonomía. —No se preocupe. ¿Lleva un arnés? —Sí, pero la cuerda me ha fallado a dos metros del suelo –no había sido tan imprudente como otros, al menos se había puesto un arnés. — Si le tiro una cuerda y un mosquetón, ¿podrá atarse?—Creo que sí –Héctor tiró la cuerda anclada a un mosquetón, mientras tomaba en la otra mano uno de los extremos. Esperaba que el hombre se pudiera atar sin problemas. —Ya estoy atado. —Bien, sujétese que voy a subirlo –Héctor agarró la cuerda con fuerza y empezó a tirar hacia arriba. El hombre pesaba lo suyo y empezó a sudar a borbotones. — Espere que me he enganchado– la voz sonaba aún muy lejana, no

Peligrosamente tuya raquel campos  

libro

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