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que llegara sin perderse al nacimiento. Sus hojas marrones, anaranjadas y rojas parecían una alfombra natural que guiaba a todo el mundo al interior de su bien más preciado: el agua cristalina y fresca del nacimiento. Ningún paisaje le gustaba más a Alma. Recordó, mientras aparcaba el todoterreno, que en el último año del instituto hizo un pequeño herbario y que las hojas que llevó del chopo le gustaron mucho a la profesora, que la felicitó por el trabajo. Miró hacía las altísimas copas de estos guardianes y se sorprendió y maravilló por parte iguales, les había echado tanto en falta que casi no se creía que estuviera de nuevo admirando ese paisaje. Le parecía que en vez de dos años, solo habían pasado unos meses desde que había regresado de la ciudad. La fiesta estaba en todo su apogeo. Sus compañeros se habían traído una radio y las notas sonaban demasiado altas para el gusto de Alma. Le gustaba la música, pero tan alta no se apreciaba ni la melodía. Lorena la vio enseguida y se acercó a ella. — ¡Alma! ¡Has venido! Mira al final somos un motón. Me parece que los conoces a todos—ella miraba las caras e iba asociando los nombres. Cuando se giró hacia un grupo de chicos, vio a Pedro. No había cambiado, parecía el mismo rompecorazones. Pero la verdad, es que era el más guapo del grupo. Su altura pasaba a todos y su pelo rubio junto a los ojos azules más claros que ella había visto nunca, hacía de él un hombre digno de admirar. Él la vio y se acercó. — ¿Alma? —ella asintió y él se echó la mano a la cabeza en un gesto muy provocador—. Cuanto tiempo sin verte. Estás muy guapa—ahí estaba la palabra clave guapa, no preciosa ni hermosa. — Gracias, he estado fuera estudiando. Soy veterinaria —él silbó admirado. Se acordaba que ella en el instituto no rompía ni un plato. ¿Se habría desmelenado? Estaría bien tirársela, nunca se había llevado a la cama a una veterinaria. Desde luego le daba morbo.

Peligrosamente tuya raquel campos  

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