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*** Cuando Héctor llegó a su casa, llamó a la central para informar del disparo. Vivía en medio de la nada, pero era lo mejor. No quería saber nada de nadie, tan solo le importaba el bosque y la seguridad de los animales. Le había costado mucho esfuerzo arreglar la vieja tinada y convertirla en un hogar habitable. Antaño había sido lugar de residencia de la ovejas segureñas de la zona. Le había gustado porque tenía una gran extensión de tierra para los caballos. A parte de que estaba en uno de los enclaves más bonitos de la Sierra de Segura. La casa se alzaba delante de una gran pinada, no tenía más compañía que la de las águilas y los buitres que se paseaban por sus alturas. A parte del cielo; era un espectáculo, de día con su color azul límpido o moteado con unas nubes blancas y redondas y de noche cuajado a reventar de estrellas tan cercanas que parecía que se caían a tus pies. Su vida era tranquila, excepto cuando encontraba alguna quebrantación de las normas, no cambiaba sus montañas por la ciudad. Ya lo había intentado por una mujer y no había salido bien, se asfixiaba y a ella le daba igual. Entonces le dejó, para más tarde enterarse que había estado liada con muchos compañeros del trabajo que le creían un cornudo y un calzonazos. Había pedido permiso para trabajar desde su casa. Las Cruces era su vida. Y su superior se lo había concedido. Más o menos la gente pensaba que estaba loco por vivir allá arriba solo pero no necesitaba a nadie. Las mujeres eran todas iguales y no se podía confiar en ellas, y a algunos amigos era mejor tenerlos lejos. Los que de verdad le apreciaban, le visitaban de vez en cuando y disfrutaba con esa compañía efímera y sincera. Sobre todo con Oscar, habían sido compañeros desde que llegó a ese lugar. Al casarse se había quedado en la central. Gloria, su mujer, bromeaba mucho con él.

Peligrosamente tuya raquel campos  

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