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—Alma. ¡Qué ganas teníamos de verte hija!—su padre la abrazó con fuerza. Su madre también la envolvió en un abrazo —Mi niña ya estás aquí. Qué año más largo, pero ha merecido la pena– Alma lloraba mientras los apretaba bien fuerte. — Ha sido duro, pero lo he conseguido —el padre las abrazó a las dos y los tres lloraron de alegría. Alma había recordado esos abrazos muchas veces y lloraba porque ahora ya no los volvería a echar en falta. —Ahora estás con nosotros y esta vez para siempre–su madre no paraba de llorar y ella le pasó el brazo por encima de los hombros para atraerla junto a ella. —Me da tanta alegría estar aquí, estoy deseando empezar a trabajar. La ciudad es estresante. Me acostumbré, pero la verdad es que para mí lo primero eran los estudios. Mientras cenaban, fueron poniéndose al día de las cosas que habían ocurrido en la aldea y de las que había vivido la joven en la ciudad. — Por aquí todo sigue igual, bueno hace un par de años llegó un guardia civil y vive en las montañas –Alma levantó la mirada del plato. Le extraño tal cosa. Nadie se aventuraba a vivir en la sierra, preferían las aldeas donde había más gente. —Vaya, eso sí que es raro. Pero bueno… — Cuéntanos todo lo que has hecho este año –Alma miró a sus padres con aprecio y se puso a relatarles algunas de sus peripecias en la gran ciudad. Sonreía, feliz, pues ya estaba en casa y ahora iba a comenzar una nueva aventura para ella.

Peligrosamente tuya raquel campos  

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