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Cargada a cuestas con todo lo recolectado, se volvía a la aldea para ayudar a hacer la comida y las tareas de la casa, mientras que su abuelo cuidaba de un pequeño rebaño. Algunos inviernos, su abuelo se marchaba con el resto del ganado a Sierra Morena. Era una zona donde el clima no era tan frío y había más pastos. En la aldea, las nieves sepultaban todo y durante meses enteros era difícil salir de casa. En su ausencia, el trabajo de su abuela se duplicaba por dos o tres veces. A parte del hortal y la casa, estaban los hijos todavía pequeños, que dependían de ella para todo. Aunque ya empezaban a ayudar con las cabras y con las mulas. El recuerdo que más conmovía a Alma, fue cuando le contaba lo que sufrió para hacer la casa que ahora mismo ella habitaba junto a sus padres. Le ayudaba su tío Pedro, que era albañil. Como su abuelo no estaba, ella se encargaba de ayudarle a subir la mezcla de cal y arena y a traer las piedras. ¡Cuántas cargas de piedra tuvo que cargar a sus espaldas! Durante la construcción, todos compartieron habitación con los animales. Los improvisados lechos, consistían en unas simples maderas cubiertas por mantas y encima colocaban un colchón hecho de lana de oveja. El tío Pedro se levantaba con unos fuertes temblores en las manos. Para calmar ese mal, su abuela, le mantenía el cuello sujeto y con la otra mano le ponía en la boca un vaso de vino y eso calmaba el mal para que pudiera empezar a trabajar. La mezcla de arena y cal se disponía entre las piedras para hacer los muros de la casa. Piedra a piedra y sudor a sudor. Así al final, se terminó el hogar que ahora habitaban. Los recuerdos se fueron diluyendo, conforme distinguía las figuras de sus padres, en la puerta esperándola. Ellos rondaban ya la cincuentena, pero se conservaban muy bien. Su padre era el que estaba algo más delicado, sobre todo de la espalda y por trabajar tanto a la intemperie. Ella les decía que ahora debían vivir con la poca pensión que les había quedado, pero su padre se había empeñado en tener unas cuantas ovejas y cabras. El hombre les decía que había estado toda su vida rodeado de esos animales y que ahora no podía dejarlo de pronto. Madre e hija, asimilaron su afición y advirtieron que esa tarea mantenía al hombre en forma.

Peligrosamente tuya raquel campos  
Peligrosamente tuya raquel campos  

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