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estrecha y peligrosa. A los lados se alzaban inmensos precipicios, donde la vista se perdía en la lejanía de las montañas. Estaba en mitad de un bosque, donde los animales salvajes regían durante la noche y la naturaleza daba una imagen salvaje y virgen. Sus padres la esperaban en su casa. Cuántos recuerdos de ese viejo caserón. Sus paredes blancas e impolutas habían visto pasar las generaciones a lo largo de los años. Pero ella siempre recordaba con nostalgia la figura de su abuela. Una mujer serrana como se decía allí y de las de antes. Le encantaba escuchar sus historias, sentada con ella junto al amor de la lumbre mientras afuera nevaba copiosamente. Su abuela había sido una mujer fuerte que luchó por cada piedra y cada mendrugo de pan que se había echado a la boca. Su aldea estaba situada en el corazón de una hondonada donde limitan varias montañas, en el corazón de un valle alejado de todo. Donde la naturaleza está presente en todo su ámbito. Allí los ciervos, las cabras monteses, los buitres y las águilas viven libres. Su abuela Carmen, había vivido allí desde siempre, ella vio crecer el pueblo y fue testigo de cómo las casas se alzaban piedra a piedra con el sudor de la frente de todos los que allí vivían. En cada una de esas piedras había una historia, un recuerdo, una lágrima. Su casa se componía en un principio de un dormitorio, un comedor y una cuadra. Arriba en la cámara junto a los gatos de la casa, dormía su madre y sus tíos. Su madre recordaba con cariño como su abuela les decía que podían dormir con los gatos en el suelo, pero ellos les dejaban subir a la cama para dormir con los pies calientes. En la aldea había una fuente, con varios pilares donde las mujeres antiguamente podían lavar la ropa y coger agua en las tinajas para llevarlas a las casas. Su abuela siempre le contaba cómo iba de cargada con esos cántaros para poder tener agua fresca todo el día. Le contaba cómo era su vida de monótona y que no sabía cuándo iba a terminar de trabajar para poder descansar. De buena mañana caminaba hasta el huerto, que estaba casi a una hora andando, para cuidar de las hortalizas que tenían plantadas.

Peligrosamente tuya raquel campos  
Peligrosamente tuya raquel campos  

libro

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