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no hay tanto peligro como por aquí. —Eso espero mi querida joven. Ha sido un placer tenerte en mi clínica. Julio 2011 Alma regresaba a su amada tierra, una aldea de la Sierra de Segura. Era uno de los mayores macizos montañosos de la zona, y en el interior de la roca calcárea nacía un manantial cristalino que se llamaba el Nacimiento del Río Segura. Era uno de los enclaves más bonitos de Fuente Segura, su aldea y uno de los principales puntos turísticos de la zona. A diario, y sobre todo en los meses estivales, era visitado de forma asidua por cientos de personas. Sus padres vivían allí desde siempre, tenían animales y también cultivaban la tierra. La vida para ellos era feliz, y no existía nada más aparte de esas montañas en las que ambos se habían criado y en las que ambos se habían conocido, dando paso a un amor fuerte y apasionado. Eran personas ancladas en una época y que no entendían mucho de nuevas tecnologías. Para ellos lo más importante era la familia. Volvía de la Universidad de Valencia, en la que había estado estudiando durante unos años. Había dejado atrás su pueblo y sus montañas con la ilusión de llegar a ser veterinaria, ya que adoraba a los animales. Al principio, la vida de la ciudad le pareció insoportable pues anhelaba la vida tranquila. Pero pronto se acostumbró al ir y venir de las personas que siempre vivían ancladas a un estrés continuo, y se dedicó a estudiar. Alma había ido a su casa en las vacaciones de la universidad. Pero el último año decidió no ir, por los exámenes finales. Eran muy importantes para la nota final, y además se le había presentado la oportunidad de hacer prácticas en una clínica veterinaria de la ciudad. ¡Qué diferentes eran las personas que vivían en las ciudades de las que vivían cerca de su amada aldea! Hasta los animales eran distintos. En las ciudades las mascotas solían ser perros, gatos, hámsteres, pájaros; en cambio en el pueblo eran ovejas, vacas y caballos. Realmente le apetecía volver, tenía unas ganas enormes de empezar a trabajar. El trayecto en coche era largo y pesado. Pero quizás el último trayecto era el peor, había que atravesar un puerto de montaña y la carretera era

Peligrosamente tuya raquel campos  
Peligrosamente tuya raquel campos  

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