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—Le vas a dar una gran alegría, desde que habló contigo está un poco triste. Te aprecia mucho — Alma intentó no llorar. Oscar los acompañó hasta la habitación. Gloria estaba en la cama y junto a ella, había una cuna en la que dormía un bebé. Cuando la mujer la vio, no pudo reprimir un grito de felicidad. Alma se acercó a ella y la abrazó, no tuvo que preguntar si estaban juntos. Simplemente lo sabía mirándoles a los dos a la cara. —Ahora soy completamente feliz. Rezaba para que estuvierais juntos — Héctor se acercó a ella y la abrazó. —Has traído al mundo a un pequeño Adrián. —Ha sido duro, pero ya veréis cuando os toque a vosotros. Alma se sonrojó y alzó la mirada hacia Héctor. Cómo le gustaba cuando se sonrojaba y cuánto la amaba. Se perdió en esos ojos verdes que refulgían de amor. —Solo querría una cosa. Que se pareciera a Alma, que tuviera sus ojos y… —…que fuera como tú, un gruñón muy tierno. —Venga, dejaros de ser tan empalagosos y coger al pequeño en brazos. ¿No sois los padrinos? Bueno, pues practicad. Alma cogió al niño en brazos y sintió algo muy dulce al apreciar la tibieza de ese pequeño cuerpecito. —Parece tan indefenso… — ¿Te imaginas a un peque corriendo por Las Cruces y montando a caballo? Alma miró a su novio, tenían un futuro juntos. Y parecía que iba a ser muy prometedor.

Peligrosamente tuya raquel campos  
Peligrosamente tuya raquel campos  

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