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parto, su bata estaba llena de sangre y algunos mechones de su pelo se escapaban de la coleta. Por un momento quedó petrificada al ver al hombre tan apuesto, pero siguió su camino para hacer lo que le habían encomendado. — Perdona Clara, el doctor necesita la ficha de Jade–el desconocido se giró para ver a la recién llegada y se quedó maravillado al ver a la preciosa joven que tenía delante. Su rostro era perfecto, unas facciones preciosas que enmarcaban unos ojos verdes que quitaban el sentido. Nada tenía que ver con las niñas cursis que veía a todas horas, esta parecía tener todo bajo control y una templanza que quitaba el sentido. Y bajo la bata se adivinaba un cuerpo maravilloso. Mientras la mujer buscaba en el fichero, Alma no pudo evitar ponerse nerviosa al sentir el escrutinio del hombre. No le gustaba que le miraran de esa forma. —A ti no te conozco. Soy César Martínez, tengo una tienda de mascotas y colaboro con la clínica con alguna donación –Alma se limpió la mano en la bata y se la extendió. — Soy Alma Robles, estoy haciendo las prácticas de la carrera –César asintió. Tenía delante de él a una universitaria. Conocía a algunas de ellas, jóvenes y adictas al sexo. Estaría encantado de disfrutar de esta durante un rato. — Encantado de conocerte. Espero volver a verte–la mirada que el hombre le dirigió, no le gustó nada de nada. Ella no era un objeto o algo que se podía usar para luego tirarlo a la basura. Valía más que todo eso. —Lo dudo, estoy muy ocupada con los estudios. Pero ha sido un placer – Clara le dio la ficha y la miró horrorizada. Alma caminó con orgullo hacia la unidad donde la esperaban. Vaya si tenía carácter la niña. Estaría muy bien doblegarla. Haría por saber algo más de ella. Estaba seguro que no era la última vez que la iba a ver. A partir de esa tarde empezó para Alma un ritmo de vida que nunca antes se había imaginado. Las clases terminaban a las dos, salía deprisa hacia el comedor para comer con rapidez y correr hacia el trabajo. Cuando llegaba estaba muy cansada y tenía el tiempo justo para hacer los deberes que tenía pendientes, antes de caer rendida en la cama. Cuando llevaba tres semanas, mientras se miraba en el espejo una fría

Peligrosamente tuya raquel campos  

libro

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