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Sus mentes tenían personalidad propia, porque pronto se encontraron tumbados sobre una manta disfrutando de la entrega total de sus cuerpos. En el interior del refugio tan solo se escuchaba el crepitar del fuego y el murmullo de dos corazones que se acompasaban en el silencio y quietud de la noche. Alma se sentía en llamas. Su cuerpo parecía tener vida propia y más cuando sintió la proximidad de Héctor, su calidez y su virilidad. De pronto lo quería todo de él, no quería que la dejara con esa sensación que nacía en la boca de su estómago y que se propagaba como fuego por todo su cuerpo concentrándose en su ardiente femineidad. Héctor no era capaz de dejar esa calidez, por primera vez en mucho tiempo se encontraba a las mil maravillas. Pensar en hacer el amor a Alma era lo más sensato y apetecible en esos momentos. Escuchar los gemidos de la joven no le ayudaba mucho a olvidarse de su propio deseo. Sus labios bajaron en forma de pequeños besos por su cuello y se prodigaron en ese lugar más de la cuenta. Su piel era suave y sedosa y por dios que se le antojaba todo un manjar que pensaba degustar de forma pausada y durante toda la noche, pues la mujer que tenía a su lado era muy receptiva y estaba en las alas del deseo. El sonido de un disparo cortó la magia que había entre ellos. Héctor se deshizo de sus brazos y se levantó de golpe. — ¿Ha sido un disparo?–el rostro de ella denotaba miedo. —Sí. Quédate aquí y no te muevas. Vengo enseguida. El frío de la noche despejó a Héctor como si se tratara de un latigazo. No se veía nada raro, había sido bastante lejos. Estaba seguro de quién había sido. Al pensar en lo que iba a suceder dentro del refugio, su cuerpo se convulsionó con un escalofrío. Ella se iría en unos días y no podía aprovecharse de esa forma tan ruin. Entró de nuevo. Estaba sentada en el mismo lugar donde sus cuerpos habían yacido entrelazados. En su mirada aún quedaba un resquicio de la pasión que habían compartido, se atusó el pelo de forma nerviosa y se sentó junto a ella. — Descansemos. Mañana tengo que ir a investigar qué ha sucedido – Alma asintió, pero se dio cuenta de su frialdad. Eso la dejó sumida en sus pensamientos. No sabía qué le sucedía, pero si de algo estaba segura era de

Peligrosamente tuya raquel campos  
Peligrosamente tuya raquel campos  

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