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Ella no se dio cuenta, pero se sorprendió cuando él dijo que alguien les seguía. Intentaron llegar hasta el coche, pero estaba vigilado y Héctor hizo gala de su conocimiento sobre la sierra. —Deben de ser esos malditos furtivos, pero no nos encontrarán — la joven temblaba por el miedo a ser encontrados por esa panda de locos. — ¿Estás seguro de que no nos seguirán? —Ya lo verás, nadie conoce esta sierra como yo… bueno a parte de los pastores –el comentario hizo que Alma sonriera, dejando atrás el miedo. —Está empezando a anochecer –se daba cuenta. Después de pararse a comer algo, el tiempo se les había echado encima sin querer. — Tranquila, vamos a dormir seguros –este hombre era sorprendente. Ese lugar era como un laberinto, todas las montañas parecían las mismas, igual que los pinos. Ni ella que se había criado en esa tierra conocía el lugar tan bien. Claro que, su pueblo se encontraba algo alejado de aquel lugar perdido en la inmensidad de la montaña. Se encargó de dar un pequeño rodeo antes de llegar al pequeño refugio forestal que les serviría de albergue durante la noche. Las temperaturas bajaban con brusquedad a esa altura. Menos mal que llevaba una mochila donde tenía varias cosas para la supervivencia por si acaso sucedía algo. Alma quedó maravillada al ver el pequeño refugio a la luz de la luna llena. Su tejado era de piedra negra y estaba pintada de blanco. Era una casita preciosa en medio de la nada. Un paisaje precioso se alzaba en torno a ellos, algunos árboles diseminados por todo el gran valle donde se encontraban. —Me sorprende la belleza de esta sierra–Héctor miró a la mujer, en verdad amaba esa tierra. Sus ojos brillaban ante el paisaje. —Tiene rincones maravillosos– ella se giró. — ¿Cómo la conoces tan bien?–los recuerdos se acoplaron en torno a su mente. — Vamos a acomodarnos y te lo cuento –ella sonrió. Estaba contenta de estar con él en ese maravilloso lugar.

Peligrosamente tuya raquel campos  
Peligrosamente tuya raquel campos  

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