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*** —Alma, tengo que salir a hacer unas comprobaciones – ella tembló, no le apetecía quedarse sola por nada del mundo. — ¿Puedo acompañarte?–él sopesó la sugerencia. No era buena idea, pero tampoco quería dejarla sola en la casa. —De acuerdo, prepara algo de almuerzo mientras me organizo y cojo las cosas necesarias. Alma se sintió contenta. Ganar algo más de tiempo con él, se le antojaba como la mejor de las razones para quedarse otro día más. Antes de que volviera, ella ya había preparado unos bocadillos y algo de fruta. Se miró sus viejas zapatillas, aguantarían el paseo, estaba segura. Él volvió a entrar en la cocina vestido con el mono verde y Alma dejó de respirar por unos instantes, estaba guapísimo. Se había mojado el pelo y lucía un aire rebelde que le sentaba de maravilla. — ¿Preparada? –ella asintió—. De acuerdo, nos iremos en el todoterreno y lo dejaremos en un lugar para poder comprobar algo. Héctor circulaba por los carriles, iba muy atento por si veía algo raro, pero todo estaba bien. Dejó el coche a un lado de la pista, a partir de ese punto tendrían que caminar un rato. Se giró para mirar a Alma. — ¿Seguro que estás bien?–ella le miró. —Me encuentro bien. —En ese caso, vamos. El paseo comenzó de forma suave. Alma que hacía tiempo que no andaba, notó el cansancio, no por su pie sino por su corazón que parecía que iba a estallar en cualquier momento. Aparte de la buena caminata, la presencia de Héctor la abrumaba en todos los sentidos. Mientras le seguía, recordaba sus excursiones a la montaña con sus padres. Les encantaba sentir la brisa fresca del monte sobre sus pieles. Hubo un momento que se paró y se agachó. Parecía que comprobaba algo en el suelo para luego volver a seguir el rastro de forma rápida. Cuando se concentraba en algo, su ceño se fruncía de una manera muy particular.

Peligrosamente tuya raquel campos  

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