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Cuando volvió a entrar en la casa, no la vio. No sabía por qué, pero sintió miedo. Su corazón se serenó al escuchar ruidos procedentes de la cocina. — ¿No estabas leyendo? gesto tan sencillo para él ninguno. —ella enarcó una ceja, ese encerraba más lujuria que —No podía centrarme en las letras y necesitaba hacer algo. ¿Qué te apetece cenar? — No sé, cualquier cosa. Voy a darme una ducha–ella asintió sin volverse. No quería imaginarse nada, pero su cerebro tenía vida propia desde que le conocía y unas lujuriosas imágenes se forjaron como si fueran hierro candente y fundiendo todo el control que trataba de ejercer. Menos mal que no estaba cerca. Héctor le oía trastear con los cacharros, se había dado cuenta de que era muy nerviosa y tenía que estar haciendo algo siempre. Ya quería él conocer todo ese fuego que la joven exteriorizaba con profundos enfados y sexys fruncimientos de ceja. Su cuerpo respondió al instante a tales pensamientos. Su control empezaba a cobrarle factura, cada vez le era más difícil estar cerca de ella, sobre todo ahora que había probado esos labios y sabía que ella estaba bien dispuesta. Cuando salió del baño, un suave olor invadía la pequeña casa. Su estómago se quejó. — Huele de maravilla, ¿Qué estás haciendo?—Alma dio un respingo al escucharlo tan cerca, no se volvió. No quería verlo después de una ducha. Pero sus sentidos le traicionaron de nuevo y al girarse se vio prendida de esa mirada oscura que le hacía estragos. Estaba guapísimo con el pelo todavía mojado. —Es simplemente una sopa de sobre y verdura asada. ¿Comemos aquí? — Vale –Héctor iba a sentarse cuando sonó su móvil. Estuvo hablando un rato y Alma se sorprendió cuando vio que le pasaba el aparato —. Es tu padre– la joven se mordió el labio. No les había llamado, con todo lo que había sucedido se le había olvidado. — Sí, papa. No te preocupes. ¿No te dijo el nombre? ¿Qué te dijo qué? Habrase visto semejante pedazo de cabrón si yo… —recordó a Héctor y se puso roja—. Sí, papa. Héctor me ha dicho que me quede hasta que se aclare todo. Aquí no se atreverán a nada. Cuidaros muchos. Os quiero. Héctor la miraba con una sonrisa en los labios. Esa chica era un

Peligrosamente tuya raquel campos  

libro

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