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dejaron de acercarse a ella. La dejaron como un imposible, una chica que nada se podía hacer con ella. Así dejó de ser atractiva a sus ojos o simplemente una del montón a la que poder seducir y se convirtió en alguien invisible para el sexo opuesto. No se arrepentía de nada. Había sobrevivido a todo eso, gracias a las visitas periódicas que hacía a sus padres. Ellos eran su puente de salvación y su meta. Ellos le daban fuerzas para continuar con sus sueños: llegar a ser veterinaria y ejercer en su pueblo. Ese viernes había amanecido muy nublado, el día amenazaba lluvia. Caminaba por el campus, hacía el edificio donde estaban los despachos de los profesores. Tenía una cita con la señora Ramos, ella era la encargada de facilitarle un proyecto de fin de carrera con el que conseguir una buena nota final. A los pocos pasos, las gotas comenzaron a caer sobre su cabello. Maldijo en silencio porque no había cogido paraguas. Se puso la chaqueta sobre la cabeza y corrió hacia el edificio que ya podía ver. Su mal humor era pésimo esa mañana. Cada día era una nueva tortura por parte de sus compañeras de piso. Esa mañana había tenido que aguantar que uno de sus libros yaciera en el suelo con las hojas dobladas y cubierto de un espeso líquido amarillo. Al verlo no pudo evitar gritar a sus compañeras. — ¿Qué ha sucedido?–las otras la miraban con sorna, hacía tiempo que le habían perdido el respeto y pasaban de ella. —Es por tu culpa, deja tus cosas guardadas durante las fiestas –Alma tuvo que refrenar su genio y salió del piso hecha una furia. El reloj del edificio central daba las campanadas de las ocho de la mañana. El campus estaba desierto, faltaba poco para que se llenara de estudiantes yendo de aquí para allá. El edificio que servía de despachos y oficinas, estaba anexo al central. Quedaba a un lateral, justo al lado del edificio donde estaba la biblioteca. Cuando llegó a la puerta, se sacudió la chaqueta y se peinó el pelo castaño con los dedos para darle un poco de forma tras haberlo aplastado. Caminó hacía el despacho de la señora Ramos, no era la primera vez que iba a hablar con esa profesora. Habían dialogado anteriormente, la profesora le había dicho a Alma que era una buena estudiante y que aparte de la tesis, podría hacer prácticas antes de acabar. Tocó la puerta y cuando escuchó el permiso para entrar lo hizo.

Peligrosamente tuya raquel campos  

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