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— Sí, jamás olvido una cara cuando me han intentado hacer algo malo. — ¿Te hizo algo él?— ¿cómo iba a decirle que la había mirado con lujuria? —No, solo me miraba como si… —él lo entendió enseguida. —Voy a llamar al cuartel. — Espera, ¿podrías ayudarme antes?—se sentía ridícula en esa posición. Él se agachó para ayudarla. —No te estás quieta. ¿Es demasiado pedirte?—Alma explotó. —Sí. Soy nerviosa por naturaleza y no soporto estar en el mismo sitio y… No terminó de hablar cuando sintió una boca sobre la suya, los labios de él la reclamaban y le acariciaban para urgirle a abrir la boca. Cuando lo hizo fue lo más devastador que había sentido jamás. No tenía nada que ver con el beso que le había dado la noche anterior. Este era más apasionado, más apremiante. Le echó los brazos al cuello y se ofreció a ese placer que le brindaba muchas emociones; nunca había pensado que un beso sensualidad ofreciera tanto calor, fuerza y Pero acabó como improvisto. había acabado el primero, de— Hablas demasiado, quédate quieta que voy a recoger los caballos. — ¿Y si están por allí esperándote? Es muy arriesgado salir solo. — Llevo la pistola. Vuelvo enseguida—no podía quedarse con ella, estaba demasiado excitado como para mirarla a la cara. Había sido lo más intenso que había experimentado desde hacía mucho tiempo. Héctor se maldijo a sí mismo por haberla besado y no una, sino dos veces. Esa mujer le enervaba como ninguna. Dentro de él se debatía un mar de fuego y la causante de ello permanecía inocentemente en su casa. Tendría que mantener más el control y no volver a acercarse tanto. Sobre todo ahora que sabía que a ella no le era indiferente. Porque se iría en unos días y seguiría estando solo allí arriba. Los caballos estaban esperándole en la puerta de las cuadras. Estaban tan acostumbrados que lo hacían ellos solos. Los metió a cada uno en su box y les puso algo de comer. Trueno tenía buen aspecto, pero le puso la manta por si acaso.

Peligrosamente tuya raquel campos  

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