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Héctor se daba cuenta de que a Alma le gustaban sus amigos y le encantó la idea. —No bromees, en cuanto pase algo me llamas, ¿vale?—el otro asintió. — Cúrate ese rasguño y no hagas más tonterías. Si vuelven a aparecer avisas por radio, ¿de acuerdo?—asintió a su antiguo compañero. Las dos mujeres se abrazaron y cuando el coche se perdió por el camino Alma y Héctor se quedaron en silencio. —Qué suerte que tengas unos amigos como ellos. Son estupendos y se quieren mucho. —Eh…si…llevan poco casados y… — ¿Son la pareja de la cual me hablaste? Ahora comprendo el miedo de Gloria a perderlo, debe ser horrible estar todo el día pensando en la seguridad de la otra persona— una ráfaga de aire se levantó y Alma sintió un escalofrío. Él se dio cuenta. —Vamos a entrar, empieza a hacer fresco. Se acabaron las risas y la tertulia, ahora reinaba un silencio cargado de frustración y de deseo insatisfecho. Los dos se deseaban, pero ninguno decía nada por temor a la reacción del otro. Ninguno de los dos vio un coche que se estaba acercando a Las Cruces en ese momento. El chico apagó las luces y se apartó un poco de la carretera cuando vio que otro coche se acercaba, no quería que nadie le viera. Le entorpecería y Eusebio le había mandado porque confiaba en él y no podía decepcionarlo.

Peligrosamente tuya raquel campos  

libro

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