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— ¿Qué estáis haciendo? — Bueno, podemos hacer un ajo de harina, tengo unos pocos níscalos que encontré por el monte–era un plato que le gustaba mucho. Típico de la zona y que había aprendido a cocinarlo gracias a los pastores. — Perfecto, vamos a ello—su marido le ayudó y Héctor se quedó parado en su propia cocina—. Ah, se me olvidaba. ¿Puedes llevarle agua a Alma?—Héctor casi se cae de la sorpresa, pero cogió una jarra y un vaso. Salió de la cocina pensando en lo que le diría a esa mujer que empezaba a afectarle de verdad. Se acercó al sofá y la observó, tenía los ojos cerrados. Estaba tranquila y….realmente preciosa. —Alma… —ésta se giró para ver unos ojos negros que la miraban—.Te he traído agua. —Eh…gracias —como no dejaba de mirarla decidió hablar con él—. ¿Cómo están los caballos? — Bien, creo que Brisa está mejor—ella alzó su mirada y le miró a los ojos. — ¿Quieres que le eche un vistazo? — ¿Te apetece? — ¿Bromeas? Daría lo que fuera por salir a la calle y respirar aire puro — ahora él rio con fuerza echando la cabeza hacia atrás. —Perdona por haber sido tan insensible—ahora fue ella la que rio. —No pasa nada. Siempre has estado ahí para ayudarme, aunque no me haya dado cuenta y te lo agradezco. — No hay nada, que agradecer. Creo que tu padre confía en mí. Tienes que llamarle — Héctor no sabía que le había sucedido, pero ahora su humor había cambiado y parecía más tranquila—. Voy a avisar a esos dos de que vamos un momento a las cuadras. Lo vio alejarse hacia la cocina. Se puso otro vaso de agua, sin dejar de mirar a ese hombre que tanto enardecía sus pensamientos más oscuros. Dos personas se escondieron de pronto en la cocina, cuando vieron que Héctor iba hacia allí. —No os escondáis, os he visto. Eres una lagarta Gloria y no te voy a pedir perdón. Nos vamos un momento con los caballos. —A ver si no la fastidias, ermitaño —no pudo evitar sonreír a esa mujer.

Peligrosamente tuya raquel campos  

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