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pueblo. Dentro dos personas practicaban sexo. —Joder Pedro, ¿Cómo estás así de buena mañana?—el chico la miraba, ya la tenía casi desnuda y se deleitaba pensando en lo que iba a hacerle. —No lo puedo remediar, he soñado contigo y con nuestro último encuentro —la joven se dejaba desnudar—. Ayer se me olvidó hacerte una cosa. La chica se creía que iba a hacerle el amor de una forma sosegada y tranquila porque la otra tarde había sido muy apresurado. Pedro se puso encima de ella y sin darle tiempo a pensar se hundió en ella hasta el fondo. Juani se meneó, le había lastimado. Era un poco salvaje la manera en que estaba haciéndoselo, pero en el fondo le gustaba. ¿Qué tendría ese hombre para que se dejase hacer de todo? A Pedro le estaba gustando, pero en el fondo quería que a ella le doliera. Y por más que remetía fuerte, la chica que tenía debajo no dejaba de gemir como una loca. Al final llegó un poco decepcionado, no quería tanta sumisión. Quería provocar dolor y miedo, ya estaba harto de las típicas sensaciones. Iba a poner a Juani a prueba y la volteó. — Así no Pedro, por favor. Sabes que me da miedo —el chico reía como poseído por una locura que no podía controlar. La poseyó por detrás entre gritos y lloros por parte de ella. Al final los dos llegaron y ella pensó que jamás hubiera pensado que la iba a tomar así. —Te has pasado. No sé lo que te ocurre, pareces un depravadoy… —Y tú pareces una zorra, y no mientas porque te ha gustado. Ella se quedó blanca y el joven sonrió. Para demostrarle que le gustaba todo lo que le hacía, volvió a poseerla. Juani no entendía la fiebre que le consumía con Pedro, habían acabado tres veces y las tres veces muy violentas, pero le había gustado y se sentía mal por eso. Pedro no pudo dejar de imaginar que la mujer que se retorcía debajo de él era Alma.

Peligrosamente tuya raquel campos  

libro

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