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habían ascendido ni un par de metros. La sima tenía una profundidad de dieciséis metros, de los cuales los último seis hacían un ángulo inclinado con respecto al suelo. El hombre se habría enganchado en una de esos escarpes de la roca. —Escuche, la sima se inclina, debe poner la pierna sana en las paredes para ayudarme mientras lo subo. —Lo voy a intentar, adelante – Héctor volvió a tirar de la cuerda, esta vez parecía que el peso se hubiera reducido de forma considerable.

Peligrosamente tuya raquel campos  
Peligrosamente tuya raquel campos  

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