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grabadores de punzones en el siglo xviii Una disciplina a la sombra, maestros y artistas que dieron pie y lustre a la expansión del reciente oficio de la imprenta en España. Personas de gran valía que, olvidados sus esfuerzos, son los grandes artífices e impulsores de lo que por entonces era un negocio en alza. Aquellos que artesanalmente producían los tipos con posterioridad utilizados en el proceso de impresión.

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los progresos gráficos alcanzados en los siglos xv y xvi, siguió un estado de decadencia creada por las trabas y restricciones que para la estampación de libros impulsó, especialmente, Felipe IV; según la siguiente ordenanza: «No se estampen relaciones, ni cartas, ni apologías, ni panegíricos, ni gacetas, ni otras cualesquiera; ni coplas, ni diálogos, ni otras cosas, aunque sean muy menudas y de pocos renglones, sin examen y aprobación». Aún con todo, le debemos a esta época la edición príncipe del Quijote impresa y editada en 1605 por Juan de la Cuesta (propietario de una pequeña imprenta en Segovia, se trasladó a Madrid en 1599 como regente del taller de impresión de María Rodríguez de Rivalde. En 1605, por encargo del librero Francisco de Robles, imprimió la edición príncipe de la primera parte del Quijote; en 1613 las Novelas Ejemplares; en 1615 la segunda parte del Quijote; y en 1617 Persiles y Segismunda). Esta época oscura y de censura se cerró con Carlos III, que siendo todavía infante, hizo que le instalaran en palacio una pequeña imprenta para instruirse en esta profesión, siendo su maestro el tipógrafo Antonio Marín.

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A partir de 1759, ya entronado Carlos III, se produjo un renacimiento notable del libro gracias a su protección de las artes gráficas, a quienes dispensó del servicio militar. Poco tiempo después, en 1775, ordenó que se descontara la tercera parte del plomo para las compras que hicieran los abridores de matrices y punzones de letras de imprenta. De igual manera promulgó un elevado número de normas destinadas a favorecer el desarrollo de las imprenta y a impulsar la dignificación de los oficios artesanos (de los ciento treinta talleres activos en 1700 se pasa a doscientos veinte en 1780). Los nuevos talleres de punzones y matrices en Madrid, debían vincularse a la política cultural y económica impulsada por Carlos III para potenciar la industria del libro, la cual procuró incentivar la producción autóctona de caracteres con el fin de cortar las costosas importaciones de matrices y tipos de imprenta. Las condiciones favorables para la aparición del grabador de punzones se dieron en España, pues, como consecuencia del resurgimiento del arte de la imprenta. Es de suponer que las escasas disponibilidades financieras de la clase impresora habían contenido hasta entonces cual-

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quier tentativa de promover la formación de los artesanos más capacitados en una actividad que, por su dificultad, requería un alto nivel de especialización; la reactivación de la imprenta fue el camino para facilitar la introducción de la especialidad de grabadores de punzones. La segunda mitad del xviii es sin duda la época dorada de la tipografía española. A esta época pertenecen las obras de gran calidad y prestigio del impresor español más conocido; el zaragozano Joaquín Ibarra. Hacia 1750 se trasladó a Madrid, donde obtuvo renombre con el taller de imprenta que allí instaló en 1763, y grabando bellos caracteres de estilo romano clásico, tradicional y moderno, muy superiores estilísticamente a los que se usaban en la época en toda España. Le dio gran fama y prestigio la feliz idea que tuvo de satinar el papel impreso prensándolo para quitarle toda clase de huella de los caracteres y demás elementos impresores. Dícese que se le ocurrió esta operación cuando hizo la famosa edición del Quijote en 1780, con el fin de hacer desaparecer de los bordes de las láminas, con los grabados en hueco, la huella de la presión. En diciembre de 1776 se entregó a Joaquín Ibarra por orden de la Real Academia «una fundición de texto para la impresión de la historia de Don Quijote que pesó ciento veinte nueve arrobas y ocho libras». Ibarra se había convertido en un cliente habitual de la fundición, y de hecho, en 1778 adquirió «una fundición de atanasia para la impresión de la Historia de España de P. Mariana», una «cursiva de entredós para las citas del Mariana» y una de lectura para «imprimir la obra de Nicolás Antonio». Su cultura y sus grandes conocimientos técnicos y artísticos hicieron que fuera nombrado impresor de cámara del rey Carlos III, del Supremo Consejo de Indias, de la Real Academia Española y del Ayuntamiento de Madrid. Antonio Sancha, Benito Monfort y los hermanos José y Tomás de Orga son otros de los nombres que encumbraron el trabajo tipográfico en España. Pero sin

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dejar de lado a aquellos que logran que la disciplina se pueda realizar, sin dejar de lado la actividad fundamental de grabadores de punzones. De entre todos destaca la figura de Eduardo Pradell. En su trayectoria fue fundamental la enorme dependencia que la clase impresora catalana de los primeros años de la segunda mitad del siglo xviii tenía de la letra producida por los frailes carmelitas; durante años siguió ejerciendo el oficio de armero, que le permitía obtener el necesario nivel económico, mientras que de forma paralela iba asimilando las peculiaridades de la fabricación de tipos de imprenta. La importancia de sus resultados en la fabricación de caracteres de imprenta permitió que la Junta de Comercio de Barcelona lo acogiera bajo su protección «por tratarse de una industria enteramente nueva en el país y de un hombre de tan extraordinaria fuerza de voluntad y vocación, que, con su solo esfuerzo y sin saber leer ni escribir ni conocer las letras, elaboró las primeras matrices para caracteres de imprenta que se conocieron en Cataluña, y ofreció labrar matrices de caracteres latinos, griegos, hebreos y arábigos». Es probable que Pradell estuviera asesorado por alguna persona vinculada al negocio de la imprenta en el momento de elegir las letras que debían de servirle de referente para sus creaciones. Sus diseños muestran un evidente paralelismo con los caracteres cortados por Johann Michael Fleischman, grabador de origen alemán pero que instalado en los Países Bajos fabricó diversos juegos de punzones entre 1734 y 1768 para el negocio tipográfico de los hermanos Enschedé. A pesar del prestigio y reconocimiento que Pradell adquirió entre sus contem-

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poráneos, el ilustre tipógrafo francés Pierre-Simon Fournier no estaba al corriente de sus éxitos cuando escribió el texto de su famoso Manuel Tipographique. Fournier afirmaba con rotundidad que no había en España grabadores de punzones y que tan solo existían dos fundiciones en Madrid. Sin embrago, cuando Pradell llegó a Madrid, en 1764, no era el único artífice dedicado al grabado de punzones con fines tipográficos. Lo cierto es que aproximadamente en los mismos años que descubría los secretos del oficio, Antonio Espinosa de los Monteros y Jerónimo Antonio Gil, vinculados ambos a la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, llegaban al mismo nivel de especialización para poner su habilidad y conocimiento de las técnicas de grabados al servicio de las necesidades de la pujante imprenta española. A diferencia de Pradell, y de la mayor parte de los profesionales del sector, Gil y Espinosa no procedían del ámbito artesanal, ambos habían superado una amplia formación académica y habían completado sus estudios de dibujo y grabado. Carlos III mando a Pradell que dotara a todas las imprentas de España y de la América española de buenos y bien cortados tipos latinos, griegos, hebreos y arábigos. Cuando llegó a la corte le concedió cien doblones de oro de pensión cada año y cincuenta quintales de plomo por costes y costas por el término de diez años. En los vientres años que residió en Madrid, fundó varias familias de doce cuerpos, desde la glosilla (siete puntos y medio) hasta el llamado gran canon (cuarenta y dos puntos). Por su basta preparación técnica y artística, fue admitido en 1768 en la Real Conferencia Física (más tarde conocida como Real Academia de Ciencias y Artes). Murió en Madrid el 7 de diciembre de 1788, siete días antes de morir su protector el rey. Gil y Espinosa, dentro de la Real Casa de la Moneda, aprendieron las técnicas del grabado de punzones aplicadas al trabajo de las monedas, que con toda seguridad, debieron de ser decisivas en la futura ocupación de ambos. Pese a que resulta difícil establecer con exactitud los primeros pasos de ambos en esta especialidad, parece que iniciaron

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conjuntamente su aventura en el grabado de punzones y la fundición de tipos completando los juegos de matrices que poseía Bernardo Ortiz, uno de los principales fundidores activos en Madrid en aquellos años. Espinosa se dedicó a esta disciplina durante toda su vida, incluso llegó a poseer una fundición en Madrid. La vinculación de Gil con el grabado de punzones y la fundición de tipos estuvo relacionada casi en exclusiva con el encargo de establecer una fundición anexionada a la Real Biblioteca.

este texto fue redactado con la tipografía

Real por Rafael Agudo Illán

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Ibarra


grabadores de punzones en el siglo xviii