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Palabras sueltas. N煤mero 1. Junio 2011

Palabras Sueltas. N煤mero 1. Junio 2011 Revista de creaci贸n filos贸fica y literaria. Estudiantes del IES Vicente Cano Argamasilla de Alba


Palabras sueltas. N煤mero 1. Junio 2011

Palabras Sueltas Revista de creaci贸n filos贸fica y literaria. Estudiantes del IES Vicente Cano Argamasilla de Alba


Palabras sueltas. Número 1. Junio 2011

2 Coordinación de la edición: Rafael Falcón Lahera y Justo Aguado. Dibujo y diseño de portada: María del Pilar Díaz-Pintado Serrano. Ilustraciones: Ángel Sánchez-Camacho Buitrago, José María Torres López, Rebeca Manzano del Fresno, María Sánchez Lara, María Mayorga López. Maquetación: Eduardo Salazar López de la Oliva y Rafael Falcón Lahera. ISSN 2174-4319


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Con la tragedia en la sangre (cuento de Juan Carlos Rubio Román)

Índice La muerte para empezar… El abuelo (cuento de María del Pilar Díaz-Pintado Serrano) Como alma expirada en un mar movido (poema de Yenifer Trujillo Ocaña) ¿Por qué me parece más importante renovar mi perfil antes de preocuparme por lo que le pasa al mundo? (reflexión de Alba María Serrano Sánchez) Pensando la educación… De madres e hijas (cuento de María del Pilar Díaz-Pintado Serrano) Sobre las inteligencias (ensayo de Almudena Madrid Marquina) El sueño de Matías (cuento de Alba Manjón) Mi hermano (cuento de Elena Catalán Fernández) ¿Quién eres, quién soy? (cuento de Arancha Manzano Muñoz) De la felicidad (ensayo de Juan Fernández Jiménez)

Con la tragedia en la sangre. Historia gráfica (Ángel SánchezCamacho Buitrago) 3


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La muerte para empezar‌


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“El valor particular de la meditación sobre la muerte no radica únicamente en que ésta anticipa respecto a lo que en opinión de la gente generalmente se representa como la mayor desdicha, no radica únicamente en que ésta permite convencerse de que la muerte no es una desgracia; ofrece la posibilidad de echar, anticipadamente por decirlo de algún modo, una mirada retrospectiva sobre la propia vida. Considerándose a uno mismo como a punto de morir, uno puede valorar cada una de las acciones que está perpetrando en su propio valor. La muerte, decía Epicteto, sorprende al labrador labrando, al navegante navegando: ‘¿Y tú, en qué ocupación quieres que te sorprenda la muerte?’”. Michel Foucault


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El abuelo María del Pilar Díaz-Pintado Serrano 1º de Bachillerato


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Al llegar al frío edificio de la funeraria Leandro se paró en seco. Su madre que caminaba unos metros más adelante se dio cuenta y se giró para advertirle de que no podía quedarse allí parado. Sabía que su hijo estaba aterrorizado, no había más que verle allí plantado en medio de la calle con la mirada perdida, pero todavía no estaba preparada para explicarle que nunca más vería a su abuelo. Tras unos segundos el niño respondió a la llamaba de su madre y echó un trote hasta alcanzarla. La sala era de un color arena insípido. Había un pasillo de terciopelo claro y a los lados algunas sillas ocupadas por algunos miembros de su familia y otras muchas personas a las que no conocía. Al final de la sala, apoyado junto a la pared, el ataúd de su abuelo decorado con orquídeas rojas. La gente que pasaba junto a él apoyaba la mano sobre su cabeza y le despeinaba el pelo, unos pocos le decían que era un niño muy valiente y otros, que pasaban con la cabeza baja, le miraban entristecidos a sus grandes ojos verdes. Su madre le condujo hasta un banco situado junto a un ventanal:

-Tienes que esperar aquí hasta que mamá termine. Si te aburres puedes coger revistas de aquella estantería y recuerda que tienes que ser amable con las personas que se preocupan hoy por ti. 7

Tras pasar unos largos minutos inmóvil y sin hacer nada, Leandro empezó a examinar el velatorio. Su madre, su abuela y su tío estaban colocados en fila y no paraban de besar y abrazar a la gente vestida de negro que cruzaba el pasillo de terciopelo. De vez en cuando su madre se secaba las lágrimas con un bonito pañuelo de tela que nunca había usado y evitaba la mirada confusa de su hijo. Cada vez la habitación se encontraba más vacía y al cabo de una hora ya no quedaba allí nadie. De vuelta a casa la familia conversaba acerca de los eventos del día: las anécdotas que contaba un ex compañero de trabajo, las exageradas virtudes que le atribuía al difunto una mujer mayor … Una vez se quedaron solos Leandro y su madre, el niño no dudó en preguntar: -Mamá, ¿Por qué la muerte se ha llevado al abuelo? Sin parar de caminar la madre miró nostálgica al niño y respondió:


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-No lo sé Leo, nadie puede saber hasta dónde está escrito el destino. Cuando mi abuelo murió mi madre me dijo que la muerte no nos roba a los seres queridos, sino que los guarda en nuestros recuerdos. -Entonces, ¿voy a estar toda mi vida recordando al abuelo mamá?- Leandro parecía asustado. -Siento decirte que sí hijo. Al principio vas a echar mucho de menos al abuelito y quizás llores al recordarle y darte cuenta de que ya no está con nosotros pero al cabo de unos años la pena que sientes ahora mismo se irá y recordarás al abuelo con alegría. Leandro entendía lo que su madre quería decirle pero no estaba totalmente seguro y no era capaz de imaginarse su vida sin volver a ver a su abuelo, con el que había pasado momentos que ahora parecían haber ocurrido ayer mismo. -La muerte siempre está acechándonos y estos sentimientos vas a vivirlos más veces, no quiero asustarte, quiero que comprendas que esto que sientes ahora mismo es algo pasajero pero que al cabo de un tiempo ya no estarás tan apenado.

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Madre e hijo permanecieron en silencio. La madre se agachó y abrazó a su pequeño. Era demasiado joven para comprender lo extraña que es la vida y lo rápido que ésta pasa. 9


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Como alma expirada en un mar movido… Yenifer Trujillo Ocaña 1º de Bachillerato


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Como alma expirada en un mar movido, corazón incapacitado de dar latidos pues no hay más fuerza que lo haga continuar, es la vida acabada, es el ansia de no poder vivir más. Mas poder dar esos últimos suspiros, susurros al oído en un frenético impulso de querer sentir tus últimos segundos, arraigados en este injusto mundo, emociones al límite contagiadas por un mar de lágrimas de cuanto nos rodea. Caras tristes, desconsoladas, pues se hizo lo que se pudo, y ahora no vale para nada. Las cosas más pequeñas de la vida, forman lo más grande que pueda haber en el fondo de un corazón vacío. Llegar a querer y a odiar tanto, pasar por todos los extremos de la vida, verme tan viva, tan muerta, en el abismo y en la cima del mundo, muy triste y asombrosamente feliz, traicionada y traicionando, y llegar a sentirme como la mayor escoria del planeta.

Una vez vuelto a tropezar y a caer sobre el suelo encharcado, la lluvia me rodea y no deja de caer de un cielo encapotado, que no hace más que expresar lo más profundo que jamás he sentido. Ahora siento que nada vale, pues todo lo bueno tiene su fin, y aún así, has sido un punto y seguido en la historia. Y aún así, no puedo olvidarme de tu rostro por mucho que lo intento, son inútiles los esfuerzos por hallar la manera de dejar de recordarte, sentir que eres mío y estar convencida de ello, resulta tarea imposible. Son esos instantes que tanto quedarán marcados. Pues en el sueño te quedaste, y no volveré a verte. Y sigo con mis insistentes intentos de buscar excusas para sonreír. Aquí pondré mi descanso eterno y me despediré del mundo. Ojos, mirad por última vez. Brazos, dad vuestro último abrazo,

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y vosotros, labios, puertas del aliento, sellad con un beso la muerte que se aproxima. 12


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¿Por qué me parece más importante renovar mi perfil antes de preocuparme por lo que le pasa al mundo? Alba María Serrano Sánchez 1º de Bachillerato


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Una y otra y otra vez le doy a renovar a mi perfil, para mirar que algo ha cambiado, que algo es distinto, pero aunque haya novedades distintas todo sigue fundamentalmente igual. Necesito información y tiendo a buscar entretenimientos con problemas, pero los problemas en el mundo exterior están muy fuera de mi alcance, sin embargo la foto subida por aquella persona que veo todos los días en la cafetería comprando el bocadillo y ni saludo, a la que hacen un comentario ofensivo me parece más importante porque la conozco de vista, porque la veo por fotos, porque parece más real que lo real, porque puedo hablar con ella si se conecta. Seguiría dando razones pero todas desembocarían en la misma, la sensación de cercanía en mi burbuja protectora a la que llamaré red social. Mi perfil tiene toda la información que alguien que me quiera conocer tiene que saber, puede ver en los diferentes sitios que he estado, algunos recuerdos, la gente con la que me comunico en el colegio, en el parque, el deporte que practico, el ambiente con el que me muevo, incluso personas que nunca llegaré a tocar pueden saber en ocasiones cosas sobre mí, incluso más

que mi propia familia que no sepan manejar una red social.

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Publico mi vida porque aunque no es muy interesante, me parece atractiva la idea de que los demás piensen que sí lo es, y para colmo está de moda. En


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ocasiones tengo esa misma sensación de un famoso, todos ansiosos por saber cosas de mí al igual que yo de algunas personas, y le vuelvo a dar a renovar para ver que el índice de visitas a mi perfil ha aumentado por subir la foto de este sábado, y vuelvo a mirar mi perfil porque me gustaría que algo me llamase la atención y entonces mi vida no sea esa línea plana que en realidad es cuando estoy sentada frente al ordenador. Esa es mi red social, ese escudo que me hace comunicarme pero sin contacto directo, sin miradas que me puedan intimidar, que puedo borrar si me equivoco en lo dicho, que creo que puedo mantener incluso conversaciones profundas con personas que prácticamente no conozco (al menos físicamente); creo que así mi mundo de sentimientos virtuales que he creado me hacen sentir bien, porque si mis ilusiones en esta vida son algo lo suficientemente extraño para que nadie que me rodee las compartan, no tengo de qué preocuparme, seguramente otras muchas personas que también manejen redes sociales pensaran similar a mí y me darán la razón, ¡me encanta que me den la razón! me hace sentir bien, no tengo que enfrentarme a ellos y si no me gusta siempre los podré borrar de mi lista de contactos. Sin embargo ver gente muriéndose por la red social que desconozco me hace sentir otro tipo de

sensación, no lo llamaría “impotencia” aunque finalmente es la única palabra que encuentro para describir ese sentimiento, tampoco es que “pierda el tiempo” en buscar el por qué de esa situación. 15

Mañana, ahora, más cerca de lo que creo, me encontraré con que habrá otra violación a los derechos humanos, pero antes de irme a la cama yo volveré a coger mi escudo y lo pondré en modo protección máxima viendo que no hay ninguna novedad en mi perfil. Es más fácil enfrentarse a mi entorno mediante una red social, que ponerme a pensar en problemas que considero que me vienen grandes, lejanos, y que me hacen sentir mal, porque es más fácil organizar una fiesta para este fin de semana con mis colegas, que una manifestación reivindicativa de alguna ONG, por ejemplo. A mí siempre me gusta ayudar en todo ese tipo de cosas, pero es cierto que muchas veces por pensar que no puedes hacer nada, lo dejas pasar... Pero aún queda un suspiro de esperanza. Menos mal que algunas personas son lo suficientemente inteligentes para no seguir mi mal ejemplo y utilizan las


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redes sociales de forma adecuada para informarse y distribuir información importante, pero que yo ignoro en su mayoría o me leo por encima porque ya tengo otras cosas en las que pensar “más importantes”. 16

Soy consciente que lo hago mal, centro mi curiosidad en absurdeces, pero en mi perfil no pone eso y lo que ponga en él es realmente importante. Solo puedo pedir perdón por mi ironía y mi sarcasmo a la hora de expresarme, no puedo evitar criticar a la especie humana que me decepciona sin querer y lo que más me duele es que yo formo parte de ello.


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Pensando la educación…


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De madres e hijas María del Pilar Díaz-Pintado Serrano 1º de Bachilerato


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“Los hombres han nacido los unos para los otros; edúcales o padécelos” Marco Aurelio

El portazo fue tal que pudieron oírlo los vecinos de enfrente, las pegatinas que estaban adheridas a la puerta tiritaron y los móviles que se encontraban colgando del techo de la habitación que acababa de ser brutalmente aislada del resto de la casa se agitaron como si de un terremoto se tratara, sin embargo, tras todo eso en la casa reinó una misteriosa tranquilidad. Poco tiempo después, las cada vez más desgastadas manos de una madre golpearon tranquilamente la recién maltratada puerta de la habitación de su indomable hija. Tras un dulce y pausado: ''¿Puedo pasar?'' se oyó entre lágrimas un violento ''¡Vete de aquí! No quiero hablar contigo''. La madre, desobediente, abrió la puerta de la habitación y encontró a su hija tumbada en su cama, apartó algo de ropa y algunos peluches y se sentó pacíficamente junto a ella. La madre apartó los cabellos de la cara de su dolida hija y empezó el siguiente discurso en un tomo cariñoso y suave: -Ya eres lo suficientemente grande para entender la lógica que motiva a un padre a actuar como, por ejemplo, actuo

yo contigo. ¿Piensas que yo soy mala madre? La abuela sí que lo fue; antes de cada paseo con mis amigos me esperaba por su parte un interrogatorio acerca de mis planes, la gente con la que saldría, a qué hora volvería, qué haría...; siempre insistía en que ahorrara mi propio dinero para pagar mis caprichos a pesar de que ella podía regalármelos; me obligaba a asumir las responsabilidades de mis acciones aunque el castigo fuera tan severo que a ella le doliera verme así; en ocasiones, cuando alguien me hería ella no me consolaba porque quería que aprendiera que el mal existe en este mundo; ella, al igual que he hecho yo hoy, me decía NO cuando sabía que iba a odiarla por ello. Esas son las batallas que las madres se alegran al ganar, porque al final sois vosotros, los hijos, los que ganáis realmente. Por culpa de mi madre me perdí muchas cosas que otros chicos pudieron experimentar pero ahora que ya tengo mi propio hogar y te tengo a ti, trato con mi mejor buena voluntad de ser una madre tan mala como lo fue la mía.

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Sobre las inteligencias Almudena Madrid Marquina 1Âş de Bachillerato


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sistema educativo de la época? o ¿se puede llamar inteligente a alguien no válido para el estudio? Hace unos días vi en un programa llamado El programa de Millás: inteligencias singulares, a cuatro personajes famosos que todos conocemos y todos ellos tenían algo en común: habían sido fracasos escolares. Estos cuatro hombres eran: Juan Carlos Ortega, humorista y escritor de “Morirse es una mierda”, no obtuvo el graduado escolar pero la escuela le enseñó a reírse de todo; Pablo Motos, presentador de “El Hormiguero” y “No somos nadie”, incapaz de orientarse, la escuela le enseñó a enfrentarse a sus miedos; Gonzo Suárez, creador del juego Comandos, pasó por trece colegios en los cuales aprendió que la autoridad era algo que no podía sujetarle; Enrique San Francisco, actor que triunfa en todo tipo de registros interpretativos, consigui�� aprobar siendo metido interno y alejado del cine. Estos cuatro hombres son muy conocidos actualmente y cuando pensamos en ellos, los vemos como personas inteligentes, lo que me sugiere algunas preguntas: ¿qué es una persona inteligente? o ¿las personas inteligentes son sólo aquellas que se adaptan al

Voy a intentar responder a estas preguntas desde mi punto de vista, pero antes quiero poner en mente de todos la misma definición de inteligencia. Para ello he buscado y leído muchas definiciones de inteligencia pero no he encontrado ninguna que me guste lo suficiente, así que he decidido crear mi propia definición: la inteligencia son las habilidades que desarrolla el ser humano para captar información y almacenarla, así como la capacidad humana de utilizar la información almacenada correctamente para enfrentarse al día a día. Ahora que todos tenemos en mente la misma definición de inteligencia voy a explicar mi punto de vista. Una persona inteligente es aquella persona que es capaz de vivir día a día utilizando los conocimientos aprendidos a través de la experiencia, aunque esa persona no sea apta para estudiar. Es más creo que es imposible medir la inteligencia de una persona solo con observar unos numeritos impresos en una hoja de papel (me refiero a las calificaciones académicas) porque hay muchos tipos de

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inteligencia (tantos tipos como personas hay sobre la tierra) y no sería justo compararlos. Bien, es cierto, la sociedad actual se rige por títulos, es decir, aquella persona que más títulos tenga tendrá más posibilidades de trabajar en mejores condiciones que el que no tenga títulos, y no solo eso, sino que el trabajador con títulos será considerado más inteligente que aquel que no los tiene. ¿Por qué? Básicamente porque se supone que aquel que tiene más títulos es aquel que más capacidad tiene para captar y almacenar conocimientos, aunque en realidad no sea así. Pongamos un ejemplo, hay dos estudiantes de la misma edad, en el mismo grupo, con características similares, uno de ellos tiene todo con sobresaliente pero luego es incapaz de pensar en las consecuencias de sus actos antes de hacerlos o resolver problemas que no estén dentro de sus libros de texto y sin ayuda, el otro tiene todo con suficientes e incluso algo suspenso pero luego es una persona que piensa mucho las consecuencias antes de actuar y autosuficiente. ¿Cuál de estas dos personas es más inteligente?, ¿cuál de estas dos personas merece un mayor reconocimiento? Pues para mí está muy claro, es más inteligente el segundo. Es más inteligente

porque es capaz de vivir aplicando los conocimientos que posee, ya sea aprendidos en un libro o gracias a la experiencia y porque no es más inteligente aquel que más fórmulas memoriza o mejor analiza frases o más fechas conoce sino que es más inteligente aquel que es capaz de llevar a la práctica en el momento oportuno y de la manera correcta todo eso. Aquellos que no están de acuerdo conmigo pueden pensar que me considero como el segundo caso de mi ejemplo, es decir, saco notas bajas pero me creo capacitada para todo, pues no, mis notas son normales y soy incapaz de resolver ciertos problemas yo sola. Digo todo esto porque vivo rodeada de estudiantes por todas partes: compañeros, amigos, familiares… y estoy cansada de ver cómo a todos se nos impone el mismo modelo de estudio, se nos enseña de la misma manera, y a todos se nos presentan los mismos patrones, las mismas expectativas sociales… lo cual no es nada favorecedor para los estudiantes porque cada uno es diferente al resto y solo aquellos que estén dentro de esos patrones serán considerados inteligentes y aquellos que, en teoría, mejor capten los conocimientos que existen en estos patrones serán los mejores pero en realidad no es así. Estoy

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cansada de ver cómo muchos se creen mejor que el resto porque sus notas son estupendas porque no se equivocan a la hora de escribir la respuesta en un examen, y estoy cansada de ver como muchos se creen tontos porque sus notas son malas, porque no pueden o no consiguen encontrar la respuesta correcta en el examen. Así que desde mi posición pido que no se trate a todas las inteligencias por igual porque yo puedo ser buena para resolver problemas con formulitas, una amiga puede ser buena para la música y otra para el deporte, pero eso no quiere decir que ninguna de nosotras sea mejor o más inteligente que el resto, simplemente que nuestras inteligencias son diferentes y no podemos compararlas, al igual que no se pueden comparar manzanas con elefantes. Es más, me atrevo a decir que todos los tipos de inteligencia son complementarios, que no hay ninguna que se superponga al resto y que gracias a esta variedad de inteligencias el ser humano ha llegado a lo que hoy en día es.

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El sueño de Matías Alba Manjón 3º ESO


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¡Ring, ring! Siete y veinte de la mañana del lunes. Matías apagó el despertador malhumorado. Aquella noche había sido corta. Apenas había dormido cinco horas. Se quedó hasta tarde haciendo deberes de última hora. No tenía ningunas ganas de levantarse, y no lo hizo. Unos minutos después alguien entró en su habitación ruidosamente. Sin abrir los ojos ya sabía quién era: su hermana pequeña Paula. Esta encendió la luz y lo destapó. Matías gritó y se volvió a arropar. Siempre le tenía que fastidiar. Desde abajo se oyó la voz de su madre que decía: —Matías, levántate ya, que son las siete y media y vamos a llegar tarde. A duras penas Matías se incorporó. Se dirigió a su mesa llena de papeles y libros desordenados. Hizo la mochila y fue al armario a vestirse. Cogió sus vaqueros, una camiseta de manga corta, calcetines, sus deportivas y su querida gorra. No iba a ningún sitio sin ella. Cuando estuvo preparado cogió la mochila y bajó a desayunar.

Después se lavó los dientes y salió en dirección al coche, donde le esperaban su madre y su hermana Paula. Llegaron al instituto a las ocho y veinte. Matías bajó del coche y se fue directo a la clase. Nadie le esperaba porque no hablaba con mucha gente. Era el típico solitario que había en todos los institutos. A primera le tocaba laboratorio, lo que más le gustaba. Se sentó al lado de la puerta y esperó a que sonara el timbre. El comienzo de la mañana transcurrió de manera normal. Pero a cuarta tocaba historia. Era su infierno, lo odiaba. Mientras el profesor hablaba sobre la Edad Moderna, Matías, que ya no aguantaba más, se durmió. Estaba tan terriblemente cansado y aburrido que no lo pudo evitar. Se despertó cuando quedaban cinco minutos de clase, justo en el momento oportuno. Era el siguiente de la lista y le tocaba corregir el ejercicio que no entendía. Siempre pasaba lo mismo. Acabaron el ejercicio anterior y el profesor miró la lista para nombrar el próximo alumno. Matías se sorprendió al ver que el nombre que dijo el profesor no era el suyo, sino el de Leticia, que iba justo

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detrás de él en la lista. No le dio importancia, mejor para él.

El timbre sonó y salió al recreo. Fue a su lugar habitual: las escaleras del gimnasio. Por el camino vio a la única persona del instituto con la que se hablaba, María. La saludó pero María pasó de él, algo extraño porque ella no

lo solía hacer. Matías siguió su camino decepcionado. Las dos últimas horas fueron eternas. Volvió a casa andando. Abrió la puerta y saludó. Nadie contestó. Se dirigió hacia su cuarto cuando... ¿Dónde estaban sus cosas? ¡Habían desaparecido! Sus CDs, sus libros, sus gorras. Nada de eso estaba allí. En su lugar había una cama de matrimonio, un pequeño armario y poco más. Parecía más una habitación de invitados. Fue corriendo a la cocina donde estaba su madre. Le gritó pidiendo explicaciones. Ella ni se inmutó. Era como si no lo viese, como si no lo escuchase. La intentó coger del brazo pero inexplicablemente su mano lo traspasó. ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué se sentía como si no existiese? Desesperado se dirigió a la habitación de su hermana. Como temía, ella tampoco le hacía caso. Rendido se sentó en la cama de su hermana y se vio reflejado en el gran espejo de Paula. La niña gritó. - ¿Qué haces aquí? ¡No estoy soñando! Matías intentó contestarle pero Paula no le oía. Se acercó a la mesa y cogió un cuaderno y un boli. Escribió: - Soy tu hermano, ¿no me reconoces? - Tú no eres mi hermano. Tú eres el chico de los sueños. El que me pide ayuda —dijo Paula indignada.

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- ¿Tampoco te acuerdas de mí? —escribió Matías desilusionado —Necesito tu ayuda, es cierto, pero si no me reconoces es imposible. Matías salió de la habitación, cogió dinero, móvil y llaves y salió de la casa. “La gente no me ve pero sí que ven mi reflejo, ¿cómo puede ser?” pensó.

Se dirigió hacia el supermercado a comprar algo de comer. Al pasar se dio cuenta de que no podía comprar si

el dependiente no lo veía. La única manera de comer algo era robar. Cogió lo primero que pilló y salió corriendo del establecimiento. Se sentía mal porque él no acostumbraba a hacer ese tipo de cosas pero también tenía hambre. Se fue a un callejón y devoró todo lo que había cogido. Cuando acabó volvió a casa. Abrió la puerta con la seguridad de que no hubiera nadie. Sus padres estaban trabajando y Paula en clases de baile. Eran las cinco y media. Su hermana estaría al llegar. Mientras le esperaba se tumbó en el sofá y se dispuso a dormir. Media hora más tarde se abrió la puerta de la casa. Matías se despertó y siguió a su hermana hasta su cuarto. Fue directo a reflejarse en el espejo. Paula lo vio. - ¿Otra vez tú?—exclamó. - Necesito que me creas y me ayudes —escribió Matías a punto de llorar. - Tal era la desesperación que mostraba Matías que Paula acabó por hacerle caso. - ¿Qué quieres que haga? —preguntó la niña. Matías se dio cuenta de que era la primera vez que se sentía solo de verdad y que necesitaba hablar con alguien.

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Aunque antes no hablaba con nadie, sabía que los demás por lo menos lo veían. Ahora que nadie podía verlo directamente, lo estaba pasando verdaderamente mal. - Necesito que me hables —escribió finalmente.

Después de esto, Matías fue saludando a todo el mundo que veía por el recreo. Encontró a gente de su edad que le acogió en la pandilla y nunca más volvió a sentirse solo. Ese sueño le cambió la vida. 28

¡Ring, ring! Sonó de repente una alarma que, al principio, parecía el despertador de Paula pero que finalmente era el timbre del instituto. La clase de historia había acabado y el sueño de Matías también. Salió de la clase con una sonrisa en la cara, contento de que todo hubiese sido nada más que una horrible pesadilla. Aunque todavía quería asegurarse. Se acercó a Fran y lo saludó. Fran era un compañero de clase de música con el que nunca antes había hablado. Se extrañó de que Matías lo saludara pero le devolvió el saludo. ¡Qué bien se sentía, ya no estaba solo! Lleno de alegría buscó a su hermana en el recreo. Le pregunto que si lo conocía. Paula y sus amigas se miraron extrañadas. - Matías, estás peor de lo que yo pensaba —dijo Paula mientras sus amigas se reían disimuladamente.


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Mi hermano Elena Catalán Fernández 2º ESO


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Mi hermano, casi desaparecido, sí, vive en casa pero se pasa el día en la calle, con “su banda”. Sospecho que está metido en algo de las drogas, casi siempre está cabreado y lo paga con mi madre. Yo estoy preocupado por él. Quiero descubrir qué hace mi hermano y tratar de solucionarlo. Quiero tener una familia normal. Esta mañana lo he seguido cuando ha salido de casa, ha ido al viejo almacén que hay a dos calles del instituto. Allí había una furgoneta y un hombre con tatuajes y piercings, no me ha gustado mucho su aspecto pero me ha gustado menos, muchísimo menos, lo que había en aquella furgoneta. Paquetes y paquetes de drogas. No se me ha ocurrido otra cosa que correr hacia él gritando: - ¡No! ¡No lo hagas! ¡No merece la pena! ¡Te estás envenenando! Él me ha cogido de los brazos gritándome. Yo he empezado a resistirme y a patalear y mi hermano me seguía gritando. Él, al ver que yo no paraba me ha dado un puñetazo, me he caído al suelo y he empezado a

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insultarle. Fue cuando comenzaron las patadas. Y a partir de ahí no recuerdo nada… Hoy he despertado en una camilla y al abrir los ojos he visto a mi madre llorando. Cuando ha visto que me movía me ha empezado a besar y a abrazar susurrando: -¡Gracias a Dios! Ya te as despertado, todo este tiempo ha sido muy duro… ¿Todo este tiempo? ¿Cuánto llevo aquí? ¿Qué me pasó aquella mañana? Antes de que pueda preguntar mi madre responde: -Llevas aquí cinco meses, te dio un derrame cerebral a causa de varios golpes en la cabeza, te trajo tu hermano, y me contó lo que pasó… Él ha estado todo este tiempo en un centro de desintoxicación, se arrepiente muchísimo de lo que hizo y viene a verte casi todos los días, vendrá esta tarde. Puntual a las cinco allí estaba, yo no sabía muy bien si quería hablar con el… ¡Pero qué digo! ¡Es mi hermano! Él me dijo: -Siento lo que te hice, las drogas no me permitían controlarme, no fui consciente de mis actos.

Me sentía aliviado, sabía que él no me haría eso, sé bien como es en realidad. No hacían falta palabras. Le sonreí. Él dijo: -Gracias – y me abrazó. 31


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¿Quién eres, quién soy? Arancha Manzano Muñoz 2º Bachillerato


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Abrí los ojos y me hallé tumbada en algún sitio que no conocía. Estaba muy aturdida y veía borroso por las largas horas que pasé durmiendo. Cuando creí que mi estado había mejorado, me senté en la cama y miré alrededor. Me encontré en una habitación con las paredes blancas y con muy poca luz debido a que su única ventana estaba cubierta con una cortina. Era un lugar triste, en el que solo había un pequeño armario y una mesita de noche junto a mi cama. Me levanté con mucho esfuerzo y me puse a curiosear la habitación. En el armario encontré ropa de mujer mayor y algunos zapatos viejos. También vi sobre la mesita una foto mía con mi hermana pequeña. La foto parecía muy vieja ya que estaba descolorida y con los picos doblados. Me dirigí a la puerta que estaba entornada y salí a un pequeño pasillo. Iba caminando hacia dentro cuando pasé por enfrente de un espejo. Tuve que retroceder unos pasos para ver mi reflejo en él. Me llevé una gran sorpresa cuando me vi. Ese no era mi reflejo, sino el de una persona mayor. Tenía el pelo blanco y pasé mi mano por las arrugas que tenía mi cara. No entendía por qué, de la noche a la mañana, tenía el aspecto de una mujer de setenta años. Me miré las manos arrugadas (no sé cómo no me había dado cuenta antes) y

me fijé en una pulsera llamativa que rodeaba mi muñeca. Me costó mucho tiempo adivinar qué ponía y vi que era un número de teléfono. Seguí andando hasta el final del pasillo y me hallé en un pequeño salón que constaba de un sofá, una televisión y una mesa redonda donde se encontraba lo que estaba buscando: un teléfono. Cogí el auricular y me lo puse en la oreja. Marqué el número de mi pulsera y esperé. Al quinto tono una voz contestó: - ¿Diga? – era la voz de una chica joven, alrededor de unos 25. - ¿Quién es? – dije. Quedé sorprendida al oír mi voz por primera vez. Era muy grave y hablaba muy despacio. - Mamá, ¿eres tú? – dijo aquella desconocida. - Yo no tengo hijos, ¿me puedes decir qué demonios pasa? – me sentía muy frustrada. - Oh, mamá… No te muevas de ahí, voy enseguida – la chica parecía muy disgustada y un poco triste. Cuando intenté hablar de nuevo, ya había colgado. Sentía mucha hambre así que me dirigí a la cocina. Cogí un cuchillo y una barra de pan para hacerme el bocadillo, pero al cortarlo se me resbaló y me hice un pequeño corte

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en la mano. Estaba demasiado torpe. Pasé de comer y decidí sentarme en el sofá y encender la televisión. Justo cuando cogí el mando abrieron la puerta principal de la casa y una chica con mucha prisa entró. Ella me parecía muy familiar. La chica era muy guapa y venía muy bien vestida. Cuando me encontró sentada en el sillón se acercó corriendo y me dijo: - ¿Cómo te encuentras? - No lo sé, me siento muy extraña y no entiendo nada. ¿Quién eres tú? – le dije. - ¿De verdad no sabes quién soy? – se le llenaron los ojos de lágrimas, pero aún así quería mantener la sonrisa para que me sintiera tranquila. - Lo siento, pero no. ¿Podrías explicarme qué ocurre? – aunque no conocía a esa chica se me encogía el corazón al verla llorar. - Sí, intentaré contarte todo. Sé que te va a costar entenderlo porque esta enfermedad es demasiado violenta, pero tienes que poner de tu parte. Entonces Andrea, que era así como me dijo que se llamaba, empezó a contarme toda la historia. Me contó que era mi hija (por esa razón me resultaba familiar) y me reveló que tenía una enfermedad llamada Alzheimer. Al nombrar esa palabra se me hizo un nudo en la garganta

porque ya había oído hablar de ella. Me dijo que ya estaba muy avanzada y que por eso había olvidado casi la mitad de mi vida. Tenía 71 años y había tenido solamente una hija, que era ella. Mi marido falleció hace 5 años por un ataque al corazón, pero lo habíamos superado juntas. La casa en la que me encontraba era mía, y mi hija Andrea pasaba mucho tiempo conmigo, pero cuando yo me desperté estaba trabajando. Dijo que anteriormente había tenido recaídas en las que no me acordaba de mi nombre o dónde había dejado alguna cosa, pero ninguna había sido tan grande como esta. Me fijé en la cara de preocupación que tenía Andrea y le cogí de la mano diciéndole que no se preocupara. Intenté sonreírle pero me resultó muy difícil. Todo lo que me había contado era muy difícil de asimilar y me di cuenta de que toda mi vida había pasado y yo no recordaba haberla vivido. Mis únicos recuerdos eran de mi infancia, de cuando era más joven. Inspiré hondo y dije: - Andrea, llévame al coche y demos una vuelta por la ciudad, que necesito tomar el aire. Ella se limpió las lágrimas que le corrían por las mejillas, sonrió y dijo:

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-Por supuesto mamá. Nos levantamos del sillón y nos dirigimos hacia la calle. Allí se encontraba el coche de mi hija. Me abrió la puerta y me ayudó a subir. Estaba abrochándome el cinturón mientras que ella rodeaba el coche para entrar por la puerta del piloto. Encendió el motor y aceleró. Le dije que me llevara al centro de la ciudad, que era la parte que mejor recordaba. Tardamos en llegar unos diez minutos y allí nos bajamos del coche y comenzamos a caminar por el parque que se encontraba en el centro. Quedé sorprendida por el cambio que había dado la ciudad y por lo bien que me sentía en ese momento caminando cogida del brazo de mi hija. Se me hacía muy raro pensar que tenía una hija. Ella se parecía mucho a mí en mi juventud y parecía una excelente chica. Todo el camino me estuvo hablando sobre hechos de mi vida y de la suya. Justo cuando pasamos por una tienda de ropa para bebés me dio una fantástica noticia: estaba embarazada de dos meses. Casi se me caían las lágrimas de la emoción e intenté dar un salto de alegría, pero mis flácidas piernas me lo impidieron. Ella, riendo, me dijo que la otra vez que me lo contó reaccioné de la misma manera. Aquella noticia fue una gran alegría para mí, ya

que pensaba que si no había podido disfrutar la infancia de mi hija, podría hacerlo de mi nieta. Los días fueron pasando y pasando, y ya me iba acostumbrando a mi nueva vida gracias a mi hija, que me había ayudado a recordarlo casi todo. Andrea estaba muy pendiente de mí y pasaba todo el día en casa ayudándome en todo. Debido al embarazo había pedido una baja en su trabajo. Su marido trabajaba todo el día y se veían solo por las noches. Él era muy guapo y notaba que quería mucho a mi hija y que estaba muy ilusionado con el bebé. La vida de una jubilada era muy aburrida, sobretodo porque era muy patosa y no podía concentrarme para hacer nada, pero ahí estaba mi hija para entretenerme y hacerme reír. Poco a poco se le iba notando más el embarazo a Andrea. Y ya solo le faltaban unos días para tener al bebé, pero se adelantó. Rompió aguas cuando estaba haciendo mi cama y llamé rápidamente a una ambulancia. Tardaron unos minutos en venir, y ella esperó tumbada en el sofá del salón manteniendo la respiración. Ella me pidió que me fuera con ella pero preferí esperar en casa para evitar sobresaltos. A los cinco minutos llamaron al timbre y era mi yerno que se dirigía al hospital y había pasado a por

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mí. Me alegré mucho de verlo y me subí al coche. Cuando llegamos al hospital yo me quedé en la sala de espera y mi yerno entró a ver el parto. Pasados unos minutos me llamaron para poder entrar y vi a mi bonita nieta en brazos de mi hija. Mi hija con una gran sonrisa en la boca y con toda la cara sudorosa me pasó al bebé. Con la emoción que me surgió al tener a mi nieto en los brazos de repente empecé a recordar cosas que Andrea no me había contado. Empecé a hablar de recuerdos que tenía sobre la infancia de Andrea y que ella recordaba que se las había contado anteriormente. Por fin recordé quién era y como había sido toda mi vida. Deseé con todas mis fuerzas que durara eternamente, pero sabía que tarde o temprano volvería a olvidar.

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De la felicidad Juan Fernández Jiménez 2º Bachillerato


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cosas surgían por oposición a sus contrarias, así lo suave Durante la vida cotidiana sentirse feliz puede ser

surgiría como oposición a lo áspero, y lo frió surgiría como

resultado de muchas cosas: una chica acepta una cita,

oposición a lo caliente: ¿Surge la felicidad como oposición

asciendes en tu trabajo, pasas un buen rato con tus

a la tristeza?

amigos, etc. Sin embargo durante tu vida cotidiana

Está claro que si no sabes lo que es el tristeza y

también hay muchas cosas que pueden hacerte infeliz, tu

nunca lo has pasado mal, has tenido que llevar una vida

novia decide dejarte, te despiden, o simplemente te

feliz, aunque quizá no has valorado esa vida, como la

sientes desdichado por el estrés que sufres día a día. Al

valoraría un hombre que está sufriendo hasta el momento

morir puedes decir que has sido feliz, si las cosas que te

de su muerte.

han hecho sentirte bien superan en número a las que te han hecho sentirte mal, pero, ¿quién ha disfrutado más de la felicidad que ha tenido, el hombre que la ha sufrido en mayor grado, o el que apenas lo ha hecho? ¿Si eres el hombre más rico del país, y te toca en quinto premio en la lotería, te sientes igual de afortunado que te sentirías si fueras el hombre más pobre? Anaximandro decía que las

De esto deducimos que no es necesario ser infeliz previamente para llevar una vida feliz, ahora bien, tu vida puede haber sido satisfactoria en su totalidad pero tú no le darías la importancia que se merece, pongamos algún ejemplo:

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Imaginemos que Adán, nunca hubiera pecado, y hubiera vivido siempre en el paraíso con Eva, sin ningún motivo

que

pudiera

hacerle

tener

sensaciones

desagradables, obviamente nosotros que contamos con experiencias desafortunadas podríamos catalogar su vida como vida feliz, ¿Pero podría hacer lo mismo él, sin tener nada a lo que compararlo? Viviría alegre, no tendría motivos para no hacerlo, pero cualquier persona normal podría sentirse mucho más afortunado que él. La cuestión no es si se podría ser feliz o no, sin conocer la tristeza, obviamente feliz serías, pero necesitas tener contacto con el sentimiento opuesto, para valorar suficientemente tu felicidad.

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Con la tragedia en la sangre Juan Carlos Rubio Román 2º Bachillerato


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Apuré me cigarrillo. El trabajo había terminado antes porque uno de esos novatos gilipollas se había roto la espalda, un brazo o algo así. Tanto mejor para mí, odiaba la fábrica. Trabajaba en esa fábrica desde los 18 años y no creía que esto pudiese cambiar nunca. Aborrecía mi trabajo y a mis compañeros. Pero a veces pasaban estas cosas, alguien tenía un accidente y yo me iba más temprano a casa. Como salí dos horas antes, no pude coger el autobús, ya que solo había un turno. Me tocó caminar hasta casa pero no era todo lo malo, podía pasarme por donde Paco y comprarle algo...Paco tenía mierda de primera. Empezó a hacer frío y me encogí dentro de mi chaquetón todo lo que pude. Iba caminando por las afueras, pues mi casa y mi trabajo (mi vida) estaban allí situadas. No se veía un alma, y lo único que me hacía compañía era la molesta luz de las farolas. Tras una hora andando, y con casi todo el camino recorrido, solo pensaba en meterme un poco. Así que, como tenía planeado, me acerqué al garito de Paco. Fue breve, unos 5 minutos. Cinco minutos y ya era

Dios. Estaba eufórico mientras sentía el polvo blanco deshacerse en mis pulmones. Mi única forma de conseguir alegría. Cuando vi mi bloque de pisos, ya se me había pasado un poco el efecto, y la relidad me golpeaba duro. Un piso de mierda en un bloque de mierda. Y dentro me esperaba ella. La conocí con 16 años, y con 19 la dejé embarazada. Desde entonces siempre hemos estado juntos, aunque el amor se desvaneció hace mucho. Yo trabajaba, ella cocinaba, y de vez en cuando, un polvo. Eso era todo. Decidí meterme otro poco en el portal. Subí las escaleras como un rayo. Cuando metí la llave en la cerradura y abrí la puerta no olí la cena, y las luces estaban apagadas. La llamé con un grito. Nada. Nada excepto un leve murmullo. Corrí hacia la habitación y allí estaba ella. Con su asqueroso cuerpo pegado al de otro. Me hacía eso a mí, al hombre que la mantenía y a cambio solo pedía lo que era suyo. Ella me escupió en toda la cara, me traicionó, le dio a otro lo que era mío. Todavía siento pinchazos de cólera

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al

recordarlo.

Obviamente, eso no iba a quedar así. Cogí lo único de valor que había en la casa, una katana que le regaló el asqueroso de su hermano. Mientras la empuñaba, el otro cobarde salió corriendo. No me importaba, la odiaba a ella. Ella, que me había traicionado, esa puta se lo merecía. Alcé la espada y...

Ahora estoy subiendo a un poste eléctrico. Policía, ambulancia y bomberos se arremolinan como un estridente enjambre. A mí me da igual, ya está todo hecho. Mientras subo hasta lo más alto, e ignoro sus gritos pidiéndome que baje, me acuerdo de la cabeza de mi mujer. No me arrepiento en absoluto. Solo queda una cosa por hacer, miro al vació y... “Supongo que algunas personas nacen con la tragedia en la sangre”. (Donnie Darko, 2001)

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Con la tragedia en la sangre. Historia gráfica Ángel Sánchez-Camacho Buitrago 1º Bachillerato


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