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Son las diez de la mañana, Andrés llena de comida el plato de Chispa y le acaricia la cabeza, éste responde dándole una gran lengüetada en la mano. Es un día nublado, por lo que hoy, Chispa, una schnauzer de ocho meses de edad, podrá quedarse dentro del departamento. Antes de partir, dueño y mascota comparten una mirada cómplice, como dos amigos que se ríen de un chiste que sólo ellos entienden. Cerramos la puerta y nos marchamos.

un destino sin boleto de regreso.

Por: Alejandra Valencia Cantoral


ndrés es un chico universitario, vive solo y es foráneo. Posee dos perros como mascotas: Chispa y Figo, un samoyedo de 2 años de edad y quién lleva desaparecido una semana. Andrés se encontraba de viaje en Orizaba, su ciudad natal, cuando ocurrieron los hechos. Pidió a un amigo suyo que alimentara a los caninos y “le echara un ojo a la casa” mientras él no estaba. Sin embargo, una tarde el amigo olvidó cerrar la puerta de entrada, acción que Figo aprovechó para escabullirse y salir a jugar a la calle cual niño pequeño, no se le ha visto desde entonces. Después de realizar algunas llamadas, Andrés tiene la esperanza de que Figo haya sido recogido y llevado a la perrera municipal ubicada en la zona norte. Pensar en la alternativa le aterra, se niega a considerar las otras opciones con la misma testarudez con la que un alcohólico rechaza tener un problema de adicción; está inquieto, mueve mucho las manos jugando con ellas, las cierra en forma de puño, se truena los dedos, y se limita a repetir frases como “es un perro sumamente casero” y “no podría arreglárselas sólo en la calle”. Figo ahora es, al igual que otros cientos de mascotas, un animal callejero; término que suele asociarse con lo descuidado, sucio y desamparado; como los niños que viven en la calle, dejados a su suerte e ignorados por una sociedad indiferente a su sufrimiento y a los peligros que enfrentan.

De acuerdo con la Fundación Dejando Huella, al menos el 70% de los perros comprados o regalados son abandonados por sus dueños, lo que genera una proliferación callejera que podría llegar hasta los cuatrocientos mil en toda la ciudad.

Nuestro destino se ubica al norponiente de la ciudad, en la colonia Guadalupe Victoria. En la calle no hay mucho tráfico, unos cuántos carros estacionados del lado izquierdo, una farmacia y una tlapalería son los negocios de la cuadra, ambos abiertos, ambos con desabastecimiento de productos y con sólo una persona atendiéndolos, en el primero una joven con una alta coleta de peinado, en el segundo un hombre de la tercera edad con mirada severa. El resto de los edificios son departamentos habitacionales, algunos parecen estar abandonados; todos son viejos y pintados de colores vivos, a los que el tiempo y la humedad se han encargado de apagar poco a poco. Preguntamos a los transeúntes donde se encuentra la perrera, “¿la jaula?”, replica un señor de pronunciado bigote y que sostiene con ambas manos una franela azul deshilachada, “está ahí enfrente, el edifico de color rojo” nos responde en un tono burlón. El inmueble se ubica al otro lado de la calle, es del tamaño de una casa, mucho más grande que los comercios de por ahí. Es de color rojo oscuro, como el vino tinto, o tal vez, más de acuerdo a la situación, como la sangre, como las cortinas de gamuza de un teatro viejo que guardan tras de sí un misterio que la gente desea conocer. Pero las paredes no son suaves como la gamuza, sino ásperas y rugosas al contacto, la pintura deslavada por el sol se ha despegado de los muros, descarapelándose y dejando a la vista el yeso que se encuentra debajo, como cuando se descascara un huevo duro, o el tronco de un árbol viejo al que le han arrancado pedazos de su corteza y que a pesar de ello, siguen ahí, de pie, aguantando la tempestad y el inevitable paso del tiempo. Es una construcción antigua, de estilo ecléctico, tiene dos pisos, en el superior hay dos ventanales alargados a cada lado cual ojos de mirada inquisitiva, tienen rejas negras cerradas con un candado.

Se trata de un edifico que no fue construido para retener a los animales callejeros, en otro tiempo, funcionó como oficinas de correo y después se convirtió en “la jaula”, sin que se llevara a cabo una remodelación y una adaptación de las instalaciones a las nuevas necesidades que este servicio traería consigo.

Las cornisas son prominentes y en la parte inferior hay una sola ventana del lado izquierda, mismo patrón: enrejadura negra y de un vidrio opaco que oculta sombras de los objetos al interior. La fachada es grande y enmarca la entrada con un relieve minimalista. No hay ningún letrero o indicación alguna de lo que es este lugar, sólo un pequeño escudo del gobierno de Puebla a la derecha superior de la puerta principal. Subimos los tres escalones que te llevan al pórtico, el viento silba amenazante, y justo al llegar al último, nos topamos con un empleado del lugar a quién preguntamos si sabe dónde se encuentra Gloria Luna, directora del sitio en cuestión; el empleado nos indica el camino apresuradamente, pues es la hora de su descanso y se dirige a comer. Es de tez morena y manos grandes. Entramos y doblamos a la izquierda, guiados por el continuo sonar de un teclado en el que alguien escribe con prisa. Tras dar unos cuantos pasos, nos encontramos a Gloria, quién escuchó nuestras voces desde el final del pasillo. Nos da la bienvenida estrechando manos. Gloria es una mujer de baja estatura, mediana edad y complexión robusta. Mientras se presenta, con una actitud formal y distante, oímos su voz áspera y algo ronca, muy parecida a la de cualquier cantante de rock. Su mirada es penetrante y el fuerte contacto visual que establece al saludarla intimida a la vez que la suavidad de sus manos asombra, de una sedosidad envidiable que cualquier mujer desearía poseer. La tersura de su piel contrasta con lo severo de sus facciones, toscas, pero que se adaptan a la perfección con su carácter serio y cortante. “¿Esta es la perrera municipal de la zona norte?” pregunta Andrés, a lo que la directora responde con una voz aún más dura y haciendo énfasis en el no “esto no es una perrera, es un centro de control animal” declara, meneando ligeramente la cabeza y corrigiendo a Andrés.


Nos encamina rápidamente por un pasillo de paredes blancas, del que sólo cuelgan letreros de qué hacer en caso de incendio o sismo y la iluminación amarillenta evoca el interior de un túnel vial. Su andar es peculiar, balanceándose hacia los lados, lleva unos zapatos mocasines negros, sin lustrar, y no utiliza medias o calceta alguna. Llegamos a un cuarto con la típica apariencia de una oficina de gobierno, muebles viejos, montones de papeles apilados en los tres escritorios de madera, archiveros de metal, computadoras ensambladas de modelos pasados, una cafetera, un garrafón de agua con los respectivos vasos de papel en forma de cono, y una pequeña mesa con propaganda acerca de los beneficios de la esterilización de mascotas y los procesos de adopción de éstas.

Gloria entra a su oficina a contestar una llamada, nos sentamos en el sillón negro que está junto a la mesita. La única fuente de iluminación en toda la habitación es un foco de luz blanca, no hay ventanas, más paredes blancas, tratan de compensar la falta de circulación de aire con un ventilador empotrado en el techo, sus aspas de plástico y color gris giran en el sentido de las manecillas del reloj, dando la impresión de un tornillo que juega a ser perinola. De los tres escritorios sólo dos están ocupados, ambos por mujeres de mediana edad, vestidas con un conjunto formal de blusa y falda. La señorita ubicada en el escritorio de la derecha juega con su bolígrafo, pasándoselo entre los dedos y mordiéndose las uñas de cuando en cuando. Nada

de accesorios, poco maquillaje, con el cabello recogido en media cola, utiliza lentes de armazón negra con bastante aumento. Aproximadamente cada dos minutos voltea a ver el reloj análogo de marco verde que se encuentra en el centro superior del muro derecho con las ansías de un niño que no puede esperar a abrir sus regalos de cumpleaños. Espera la hora del almuerzo, su momento de descanso, todavía faltan quince minutos para el mediodía, sin embargo ella ya no realiza trabajo alguno. La secretaria de la izquierda permanece agachada todo el tiempo, rellenando formularios, lleva el cabello negro y ondulado suelto, en la mano derecha porta una pulsera dorada ancha y de sus orejas cuelgan unas pequeñas arracadas plateadas.


El único sonido que se escucha en la habitación es el del segundero del reloj, tic tac – al ritmo de los latidos del corazón-, el ruido de los motores de los carros que pasan se oye lejano, parece que estuviéramos a varios metros debajo de la tierra, la sensación de aislamiento es total.

Andrés se levanta y le pregunta a la secretaría por Figo, dándole su descripción física e indicando que llevaba un collar con una placa que decía su nombre y dirección. La mujer busca en el gabinete de su escritorio y saca una carpeta de color blanco; la abre y tras hojear algunas páginas, informa que no han traído a ningún perro con esas características. Andrés le agradece y vuelve al sillón. Dos, tres minutos, el reloj sigue avanzando pero la actividad en la oficina parece estar suspendida pues todos continúan haciendo lo mismo. Entonces Gloria emerge de su oficina y nos hace una seña para que nos acerquemos. Se encuentra sujetando una carpeta paja con ambas manos, porta un anillo dorado en el dedo índice derecho y sus uñas tienen manicure y esmalte color verde pistache. Nos informa que tiene una llamada muy importante que atender y que el encargado de mostrarnos el lugar será Toño, un trabajador del centro animal, a quién llama gritándole por su nombre. Toño entra en escena por el lado derecho, atravesando una puerta metálica color blanco, la directora se retira a su oficina. Toño es un hombre alto, de tez clara y de uno 40 años, se presenta con una gran sonrisa en el rostro, haciendo más contacto corporal al momento de estrechar manos; éstas son ásperas, con ampollas en los dedos y las uñas sucias. Viste un overol de mezclilla con una playera blanca debajo, lleva unos tenis color gris. “pásenle” nos indica. Atravesamos la puerta blanca y tras dar unos cuantos pasos nos invade un fuerte olor a animal: una mezcla de orines, heces y comida para perro parecen ser los ingredientes de este hedor tan penetrante que provoca hagas gestos con la nariz, frunciéndola, pues se niega a olfatear dichos aromas. Toño se percate de esto y tras una breve carcajada dice “con el tiempo te acostumbras”. Seguido al hedor parecido al que se respira en los establos, un estallido de sonidos invade el ambiente, ladridos de perro, aullidos de gato, sollozos, ruidos metálicos, gruñidos, son algunos de los que se pueden identificar en medio de la conmoción. Seguimos caminando, el suelo es de concreto y parece que no lo han barrido en mucho tiempo, pues el polvo es notable en él. Nos acercamos a la primera jaula, en ella, hay sólo un pequeño perro, algo que llama la atención, pues las demás tienen de tres a cuatro canes. “Lo llamamos Rambo” dice Toño. Es un macho mezcla de pastor alemán con terrier, tiene el pelo color castaño claro


como la miel de las abejas, unos ojos grandes cafés y expresivos, que recorren la silueta de los nuevos visitantes sin parar, está delgado pero no desnutrido, saca su lengua de un rosado intenso como la toronja, es juguetón y no deja de dar saltos dentro de su jaula que tiene el suelo algo sucio –basura de hojas de árboles y algo de lodo, proveniente de la tierra de sus patitas mojadas-, con su pequeña y húmeda nariz negra se acerca a olfatearnos moviéndola rápidamente. Alza las patas delanteras y, moviendo la cola, emite un ladrido fuerte y efusivo a modo de saludo, abre el hocico y exclama otro aullido más, meneando la cola rápidamente y sacando la lengua sin parar; es su forma de sonreírnos, como las personas hacen entre sí para indicar que les agrada el otro, es una invitación a conocerse, a la posibilidad de llegar a ser amigos. Rambo logra transmitir todo esto sin la necesidad de articular o escribir ninguna palabra. Andrés se inclina a acariciarle la cabeza y orejas, a lo que Rambo responde lamiéndole la mano y meneando la cola, sus patitas vuelven a saltar y se tumba en el suelo boca arriba con la esperanza de que le rasquen la panza, pero la malla metálica lo impide. A decir de Andrés, el canino tiene el pelo suave y muy poco enredado aunque algo polvoso. Al fondo de la jaula de Rambo, en la esquina izquierda, hay unas hojas de periódico en el suelo para que ahí haga sus necesidades fisiológicas. Uno de sus platos está lleno de agua, no obstante, el de la comida se encuentra vacío. Toño afirmó que los animales son alimentados sólo una vez al día con croquetas, pues no cuentan con los recursos necesarios para proporcionarles más comida; asimismo comento que son los fines de semana los días que los sacan a jugar al patio por un espacio de dos horas.


El espacio se abre y llegamos a un patio en el que se ubican jaulas a cada lado de este, creando una especie de andador turístico entre ellas. Los ladridos y aullidos se intensifican, el trabajador los manda a callar pero no le hacen mucho caso. Las jaulas son de acero con una malla metálica, no son muy grandes, miden poco más de un metro de altura por dos de ancho.

La diferencia radica en que estos perros, tratados como reclusos, no son culpables de delito alguno, al contrario, son las víctimas de sus dueños irresponsables.

Proseguimos el recorrido, más ladridos, la luz del sol por fin se hacía presente, infiltrándose por los huecos de los techos que parcialmente cubren las jaulas, más ladridos, un gruñido por acá y otro por allá; los perros se encuentran revueltos unos con otros, pequeños con grandes, viejos con cachorros, abandonados con callejeros, de raza con mestizos o mezcla, enfermos con sanos, aquí, así como en la cárcel, no hay diferencias, todos son tratados por igual, el ser un can de una mejor raza o más bonito no te brinda beneficios o más comodidades, así como el que un recluso sea de una mejor posición social o más inteligente no le dará una cama más suave o una celda más grande. Todos sufren lo mismo, todos sufren la misma condena y a todos les espera el mismo destino final en caso de no ser rescatados a tiempo. La organización especial, lo cual puede resultar contraproducente pues los que poseen infecciones o pulgas pueden transmitírselos a los que se encuentran sanos. “La única distinción importante que hacemos, es separar a los machos de las hembras” declara Toño, con el propósito de evitar la reproducción entre ellos y con ello, una sobrepoblación que acabaría con el centro de control animal. Más jaulas, ojos tristes nos siguen con la mirada, algunos curiosos otros asustados. Algunos de los caninos se levantan y se acercan al borde de la jaula, tratando de vernos pero sobretodo tratando de olernos; pugs, cockers y chihuahuas, algunos ni si quiera se molestan en alzar la cabeza, se les ve cansados y resignados; poodles, mestizos y hasta un dálmata, comparten una frazada entre tres y a veces no se dejan tocar pues se han vuelto muy temerosos; collies, beagles y pastores alemanes, algunos buscan llamar la atención de los visitantes a como dé lugar, haciendo todos los trucos que conocen.

El cincuenta por ciento de los perros que ingresan a la perrera son de raza pura, y existe una probabilidad del noventa por ciento de que los perros que aquí ingresan no sean adoptados o rescatados, acabarán siendo sacrificados.

El encargado también comenta que cuando no están muy llenos, separan a los perros desahuciados de los sanos “algunos llegan más muertos que vivos, en condiciones de salud deplorables” poco es lo que se puede hacer en estos casos, pues no cuentan con el medicamento ni equipo necesario para tratarlos. Además, son pocos los que saben que en las perreras también recogen otro tipo de animales, como gatos e incluso aves. Ahora nos muestran unas jaulas del lado derecho, más pequeñas que el resto y en ellas se encuentran unos felinos. Algunos se encuentran dormidos, otros estirándose cual alargados son y es aquí donde conocemos a Catsup, un gato siamés al que recogieron hace una semana, suponen era un gato casero pues no se encuentra desnutrido y tiene todas sus vacunas. Catsup tiene unos ojos color azul rey penetrantes, patas y cola negras y el resto de su pelo es de color blanco, con una pequeña mancha gris en el muslo. No es agresivo y ronronea cuando Toño le rasca el cuello, tiene los bigotes quemados, producto del tiempo que estuvo en la calle, realizado por alguna persona irrespetuosa de los derechos animales; esto le provoca un andar chistoso pues los gatos tienen la mayoría de sus puntos de equilibrio en los bigotes. Una vez que los animales son llevados el centro de control, cuentan con un máximo de tres semanas para ser reclamados por sus dueños o adoptados, de lo contrario son sacrificados pues no tienen el espacio ni los recursos suficientes para mantenerlos a todos. Arriba de las jaulas de los felinos, hay otra que contiene a un perico de plumas verdes y pico amarillo, es grande y al mismo tiempo que come sus semillas no deja de repetir la palabra “wei”. Vemos más jaulas, en todas la historia parece repetirse, mascotas que son abandonadas por sus dueños y acaban en la calle. Muchos de ellos tienen piojos e infecciones en la piel que no les ayudan a mejorar su aspecto, las moscas los acechan molestándolos al punto que acaban mordiéndose a ellos mismos con tal de pararlas. Estas infecciones no les son tratadas pues son muy costosas para el presupuesto con el que se cuenta.


El viento comienza a soplar fuertemente, amenazando la probabilidad de una tormenta, llegamos a la última jaula y nada, ninguno de esos perros Figo, Andrés deja escapar un suspiro y adopta una postura encorvada. Mientras caminamos al fondo del patio nos comentan que muchos de los animales que ahí se encuentran son abandonados voluntariamente por sus dueños, argumentando que sus hijos ya no quieren jugar con ellos o que ya no tienen espacio suficiente en casa para mantenerlos “siempre aseguran que serán adoptados rápido, pues son buenas y educadas mascotas… no podrían estar más equivocados”, equivocados o en negación, lo cierto es que ninguno sale vivo. El patio es pequeño, cubierto por un césped al que no se le corta con regularidad, frondoso en algunas partes y secos en otras, en la tierra se encuentran distendidas dos mangueras verdes, las cuales son utilizadas para bañar a los animales con agua fría, procedimiento que se realiza cada dos semanas. Entramos a un cuarto que se encuentra separado del edifico, pegado del lado derecho del patio. Un olor a desinfectante, parecido el de los hospitales invade la nariz, prosigue una luz blanca un tanto cegadora como una linterna apuntada directamente a los ojos. Nos encontramos en la clínica del centro donde el olor a limpio impera en toda la habitación y todo se ve muy limpio y brillante, paredes y suelo blanco, estantes con cajas de medicinas, una mesa metálica en el centro con su juego de dos sillas, un lavamanos y otro estante con jeringas, alcohol, algodón, vaya un botiquín de primeros auxilios, así como también instrumentos quirúrgicos. Dentro de la clínica se encuentran dos jóvenes, ambos pasantes de la licenciatura en Veterinaria de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP), quiénes son los encargados de administrar los servicios médicos a los animales del lugar. Los dos visten batas blancas largas, pantalón y tenis blancos, tienen las manos limpias y las uñas recortadas. Ambos se muestran amables y accesibles a brindarnos información. El procedimiento general y rutinario que se le aplica a todos los animales recién llegados consiste en una desparasitación, se les aplican las vacunas básicas en caso de que no las tengan, se les realiza un examen médico para determinar su estado alimenticio y detectar algunas otras posibles enfermedades. Como a los pacientes en espera de donación de órganos, los animales del centro, en caso de resultar positivos a una infección o enfermedad grave, son prácticamente desahuciados, pues los procedimientos quirúrgicos o medicamentos que necesitan son demasiado caros, por lo que se les deja así, con todo y su enfermedad. Otro de los grandes problemas es que cada animal que entre en el centro debería ser esterilizado, sin embargo, esta cirugía es de las más caras que hay, por lo que en promedio sólo se le realiza a uno de cada diez animales que ingresan a la perrera, que vendrían siendo dos cirugías por mes aproximadamente. Andrés regresa a las oficinas del principio del recorrido para que lo comuniquen con otros centros antirrábicos y de control animal y pueda pedir informes sobre Figo. Mientras tanto acompaño a Toño quién regresa a la jaula del principio, a la de Rambo. Había una razón por la cual se encontraba sólo en esa celda esta mañana, Rambo lleva más de tres semanas en el centro, casi cuatro y nadie ha ido a reclamarlo o mostrado interés en adoptarlo.


En la ciudad de Puebla, se sacrifican en promedio quince mil mascotas al año, para lo cual se gastan un total de dos millones de pesos. A la semana se sacrifican alrededor de cuatrocientos animales

Rambo, un perro sano, joven, activo, que su mayor defecto es no poseer un par dientes, el de las patas saltarinas, de los ojos juguetones y cola bailadora, será “puesto a dormir” el día de hoy. A modo de última cena, como los presos condenados a muerte, Toño le da una rebanada de jamón al pequeño, quién se la devora casi al instante. La diferencia es que Rambo no es culpable de ningún delito más que el de haber sido abandonado. Toño le coloca una correa de color rojo alrededor del cuello, a lo que Rambo responde con entusiasmo dando vueltas, pues cree que irán a dar un paseo, lo sacan de su jaula y comenzamos a caminar hacia “el cuarto” lugar donde se sacrifica a los animales. El can profiere un ladrido animado de cuando en cuando y parece saludar a sus compañeros de celda cuando pasamos frente a ellos. Al llegar a la puerta del cuarto Rambo se detiene en seco, ha dejado de ladrar y menear su cola, se muestra confuso y nervioso pues se mueve hacia los lados olfateando y tratando de alejarse de allí. Toño le acaricia la cabeza y lo calma, le hace una señal a uno de los pasantes de veterinaria quién abre la puerta del “cuarto”. El lugar no tiene nada de especial, es una habitación vacía, con una bombilla de luz blanca en el techo, el suelo es de concreto y hay fondo se observa una escoba de mango azul, lo que sí es que un hedor difícil de describir emana de ese lugar, un olor parecido al pescado pero mezclado con el de una letrina, es el olor a una fosa séptica – un olor tan espantoso como la muerte misma-, una vez adentro, el interno con jeringa en mano, la cual contiene una sustancia rosa, se agacha y toma a Rambo por el cuello, Toño hace lo mismo pero rascándole las orejas, entonces el interno aplica la intravenosa cual bisturí en una cirugía y todo se hace silencio. Uno, dos, tres segundos, un minuto, el canino comienza a tambalearse y entrecerrar los ojos, nadie habla o hace ruido, dos segundos más, Rambo se deja caer en el suelo y sufre de pequeños espasmos, uno, dos, tres segundos más, Rambo cierra por completo sus ojos y no se mueve más. Todo ha terminado.

Rambo, el mestizo pastor alemán con terrier, el de los ojos juguetones, el de las patitas saltarinas y la cola bailarina, se ha ido. Un perro completamente sano ha sido sacrificado por el insignificante motivo de falta de espacio, una vida ha sido arrebatada, por haber sido abandonado, porque un dueño irresponsable no cuido más de él. Revisan sus pupilas que ya están dilatadas, el interno busca un pulso que no existe más, por último, lo pinchan con una pequeña aguja en el muslo, al instante brota un chorro de sangre blanquecina y aguada, indicando que la dosis de barbúricos ha cumplido su función. Es oficial, Rambo ha muerto. Ahora entran al lugar dos hombres más con bolsas negras de basura, ellos se encargarán de envolver el cuerpo del canino y llevarlo a un congelador que se encuentra en la parte trasera del lugar, más tarde pasará un camión de basura que se llevará los cadáveres a uno de los tiraderos de la ciudad. Supuestamente los cuerpos deberían ser incinerados, pero con el recorte del presupuesto, han dejado de hacerlo desde hace más de tres meses. Me reúno con Andrés quién sigue sin conseguir nueva información sobre el paradero de Figo. En ese momento reaparece Gloria, quién cual Poncio Pilatos, se lava las manos de lo que ahí sucede todos los días “nosotros nos encargamos de rescatarlos de las calles, no somos asesinos” asevera la directora del centro del control animal. Ambos nos despedimos y abandonamos el lugar. Es responsabilidad del dueño de la mascota llamar a las perreras para localizarlos, pues aunque los animales lleven placa, los centros de control no se contactarán contigo a menos de que tú lo hagas. Además para recuperarlo tendrás que pagar una multa que oscila entre los doscientos y trescientos pesos, en el caso de adoptar, tendrás que cubrir los gastos de otras vacunas y de su esterilización o castración. Solamente en el Ciudad de México se sacrifican 180 mil mascotas al año. Aprendamos a ser conscientes, esteriliza a tu mascota, adopta no compres, salva una vida. Diseño: Rafael Aspiazu


Crónica de perros