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Benemérita Escuela Normal Manuel Ávila Camacho Licenciatura en Ed. Preescolar Pensamiento Cuantitativo Primer Semestre Rafael Alejandro Zavala Carrillo

Había una vez en el pueblo de Matelandia unos seres pequeñitos, y a la vez extraños, que compartían fantasías y alegrías. A ellos les gustaba divertirse de una manera tan extraordinaria en un juego

que apodaron el de las operaciones

básicas, en el sumaban sin parar y restaban sin cesar -¿pero cómo lo hacían?, se preguntarán-. Es fácil, -responderían ellos sin dudar-, solo es necesario ser ágil como una avestruz, inteligente como un delfín y audaz como el tiburón. Pero no te asustes amiguito no es cuento de terror, sino un mundo de color, -¿De color?- Si, en el aprendes a convivir armónicamente con tus compañeritos y lo más fantástico aprendes las matemáticas sin temor. Un día esos seres pequeñitos, a quienes los denominaban como los números, decidieron ir al pueblo de Asgaf con la intención de extender su conocimiento hacia otros niños que lo requerían. Pero una tarde, en ese lugar ocurrió lo inesperado, el temible Asgaf apareció en lo más alto de una montaña, y de repente, robo una parte de ese juego tan maravilloso con el que jugaban -¿Pero que se llevó?, preguntarán- es difícil de contestar, pero ahora en lugar de sentir alegría y satisfacción sentían miedo y temor. Pasaron días, y años, hasta que uno ellos comenzó a contar cada una de las piececitas que los componían hasta que se cuestionó –Si estamos todos completos, entonces ¿qué nos arrebató?-, y de manera instantánea contestó – nos hace falta los signos de operación-, -¡oh no!- exclamaron los demás. De manera inmediata se dirigieron al pueblo de Asgaf con el propósito de rescatar a sus amigos para así jugar como antes lo hacían. Al llegar, ese ogro tan malo y agresivo los retó para que así lograrán salvarlos. Y así lo hizo, les puso acertijos - que me es difícil de recordar- los puso a sumar, restar, multiplicar, pero lo más complicado fue hacerlos dividir. Estuvieron a punto de perder, pero con la


agilidad

que

tenían

del

avestruz

lograron

engañar

a

Asgaf,

el

cual

inesperadamente les dio la solución. Al término de ese problema, el ogro de manera sorprendente desapareció, del cual a la vez salieron de sus bolsillos los signos que hacían falta para completar ese juego con el que se divertían. Al verlos los números, salieron corriendo para abrazarlos y decirles cuanto les hacían falta. Al regresar a su aldea, sus demás amiguitos los recibieron con una gran fiesta, en la cual jugaron, cantaron, bailaron, y lo más importante volvieron hacer sumas, restas, multiplicaciones -¿pero que creen?- aprendieron a dividir, lo cual hizo su juego más emocionante.

Cuento  
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