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Punto de partida y no de llegada Nuestra Palabra | 14 enero 2011

Indudablemente hoy la noticia política se centra en la aprobación de la reforma a los artículos 5 y 213 de la Constitución de la República: 103 votos a favor 16 en contra. Setenta fueron del Partido Nacional, cuatro de Unificación Democrática, uno de la democracia cristiana y 28 del partido liberal. “Esta fue una decisión histórica para darle salida a la reforma más polémica que se ha presentado en el Congreso Nacional, la cual requería la aprobación de los dos tercios de los diputados”. Esta es una de las muchas afirmaciones de los rotativos nacionales. El decreto aprobado afirma que “para fortalecer la democracia representativa se instituyen como mecanismos de participación ciudadana el referendum, el plebiscito y la iniciativa de ley ciudadana”. Lo que, en cambio, no fue aprobado fue el “referendo revocatorio” y pasó sin hacer bulla sobre la posibilidad de reelección presidencial. Es decir, que, en resumidas cuentas, el “festín democrático” fue restringido, se trataba del “menú del día” y no de un “bufett libre” y a discreción. Toda la clase política celebró la aprobación del decreto como un gran triunfo. Solamente estaban de velorio Roberto Micheletti y sus seguidores. Inclusive aquellos que hasta hace poco declaraban como constitucional el golpe de estado trataban ahora de apropiarse del gran avance democrático. Y lo hacen porque es la manera de seguir controlando la vida y los procesos políticos nacionales. Lucharán por todos los medios para que las redes del poder no se vayan de sus manos y queden neutralizados todos los avances democráticos y participativos. Los políticos no son conscientes que este decreto más que un triunfo es una conquista que se les ha arrebatado de las manos y que lo que ellos han contribuido a generar es una especie de “ateísmo político”: cada vez crece más la indiferencia, el escepticismo y el rechazo hacia los partidos, las instituciones jurídico-democráticas y los gobernantes. Curiosamente la realidad de nuestros políticos es que “no les importa nada el pueblo a quien dicen representar; más bien, su único objetivo es conquistar, mantener el poder por cualquier medio y manipular las instituciones en beneficio propio”. Lo que ejercitan diariamente es la “idolatría del poder” aunque lo encubren diciendo que “estamos contentos pues hemos logrado comprender que el pueblo es superior a nosotros (…) los ciudadanos son los que nos mandan a nosotros y no al revés” o que “servimos al soberano”. Estas frases retóricas y para salir del paso olvidan que el decreto recién aprobado más que un “punto de llegada es un punto de partida” hacia una mayor democratización de la vida política, de una economía tan terriblemente eficiente como injusta, y de una opinión pública moldeada por los dueños del poder.

Punto de partida y no de llegada - 14 enero 2011  

Editorial Radio Progreso ERIC-SJ

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