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Nuestra palabra | 03 Agosto 2010 En la edad de pantalones cortos y pan y leche en la mano, los niños, especialmente los varones, ven a su papá como la fuente de protección y guía. Si el papá es responsable, realiza para sus hijos e hijas trabajos increíbles, y sabe estar en el momento oportuno, incluso en el juego y el canto a la par de sus pequeños. El es el héroe, tiene todas las respuestas y marca el camino a seguir. Sin embargo, con nostalgia y dolor tenemos que dejar atrás el dulce tiempo de la infancia, aunque mucha gente se resista y se aferra vivir como Peter Pan, en la Tierra del nunca jamás. Pero el tiempo es implacable, no se detiene, y llega el momento para preguntarnos qué queremos hacer de nuestras vidas, y por nuestra propia cuenta. Es inevitable el momento de dejar los pantalones chingos y ponernos pantalones largos. Es inevitable también la crisis que significa la relación con el papá o la mamá, porque es necesario que el amor se exprese de otro modo, y que el papá deje de tratar como niño a quien ya se va haciendo adulto. Mientras vamos creciendo lo hacemos bajo la sombra de nuestros padres y madres, y ocurre algunas veces que el padre o la madre no se resignan fácilmente a perder poder y perder control y mando. Así como los individuos, los pueblos tienen sus edades. Hay una edad de la inocencia, una adolescencia y una edad adulta. En nuestro tiempo es fácil desempolvar el dicho aquel que dice: afortunados los pueblos que tienen un líder, un caudillo, un padre. Nosotros más bien decimos: bienaventurados los pueblos que no lo necesitan, porque ello significa, que han crecido, que se han puesto los pantalones largos, que son adultos y están dispuestos a elegir, qué y cómo hacer de sus vidas. Cuando los procesos dependen de una sola persona, casi siempre termina muy mal. Y allí tenemos los amargos ejemplos de la historia. Distribuir el poder en la mayor cantidad de manos posibles es la salida. Afortunados los rebaños que tienen un pastor, sobre todo si es un buen pastor, que no se duerme y sabe elegir a sus amigos. Pero la historia está llena de pastores descuidados, distraídos y hasta mentirosos. Por eso, dichosos los rebaños que no necesitan un pastor, sea porque se acabaron los lobos, sea porque aprendieron a cuidarse a sí mismos. “El pueblo es mi pastor”, dijo Monseñor Romero. La conocida expresión: sólo el pueblo salva al pueblo, debe ser más que una frase, una consigna o un slogan de barricada. Debe ser una convicción profunda, hecha carne. Una mística de vida, que nos descubra haciéndonos pueblo en el camino, haciéndonos cargo de nuestras tareas y responsabilidades, sin tener que delegarlas a un caudillo, por muy ilustrado o comprometido que sea. La historia de América latina está llena de líderes y caudillos bien intencionados, que siempre quisieron ser los papás y siempre trataron a los pueblos como niños. Se fueron, se derrumbaron los caudillos, y los pueblos, huérfanos del padre, cayeron víctimas de dictaduras militares terriblemente represivas. En situaciones turbulentas e inciertas, los pueblos pueden caer fácilmente en la tentación de buscar un mesías, un caudillo que los proteja, y se sienten cómodos delegando en un líder carismático la solución a todos sus males. Que no ocurra así en la oportunidad que tenemos en la actual situación histórica hondureña. Llegó la hora de dejar atrás la niñez y la adolescencia. Llegó el momento de ponernos los pantalones largos y asumir el rumbo de Honduras en nuestras propias manos.


Pantalones largos - 03 agosto 2010  

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