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El cardenal y la resistencia Nuestra palabra |19 Noviembre 2010 Los medios de prensa informaron de la agresión sufrida por el cardenal Oscar Andrés Rodríguez cuando inauguraba el templo de San Judas Tadeo en una colonia de Comayagüela. Obviamente es de lamentar estos hechos pues no son más que signos de una sociedad que después de más de un año del golpe de estado sigue polarizada y manifestando enclaves anti-democráticos y de fanatismo. La razón de ser de este antagonismo entre estos dos actores sociales radica en que el FNRP siempre calificó de “golpista” a la jerarquía de la Iglesia Católica. Le pareció intolerable que se definieran tan claramente de parte de aquellos que rompieron con el orden constitucional, llegando incluso a participar en alguna de las marchas de las “camisetas blancas”. El caso es que a través de los medios se creó un debate acerca de quién era la víctima y los victimarios; se crearon apoyos y solidaridades de todo tipo. Pero, dejando a un lado todo el ruido periodístico en torno al caso, habría que ubicar este conflicto a otro nivel: el del antagonismo entre “Iglesia y Política”; o, para ser más precisos, entre “un determinado tipo de Iglesia” y “una determinada política”. Desgraciadamente muchas veces la Iglesia, más que buscar su identidad y presencia en la sociedad de forma independiente y conforme a los criterios evangélicos, ha buscado aliarse con los poderes establecidos dando legitimidad y sacralizando actores sociales, coyunturas políticas o sistemas politico-económicos. Sin embargo, el caminar del episcopado latinoamericano desde fines de los años sesenta ha abierto caminos diferentes para la presencia y actuación de la Iglesia en la sociedad: son caminos de carácter pastoral y profético más en consonancia con la opción por los pobres y el evangelio. Sería una lástima que dejara que la coyuntura política y las relaciones de poder se impusieran por encima de lo que constituye su esencia y su misión hoy día. Es este tipo de Iglesia contra el cual protesta el FNRP. La crítica sería válida en el sentido que ayuda a purificar la postura eclesial liberándola de los “poderes establecidos”. Por parte del Frente Nacional de Resistencia Popular habría que señalar dos cosas. La primera de ellas es el “carácter de intransigencia e intolerancia” y, a veces, de violencia que ha manifestado en sus planteamientos. Resulta muy negativo y descalificador en una coyuntura que necesita diálogo, consensos y alternativas viables para la sociedad hondureña. La demanda y exigencia de una Asamblea Nacional Constituyente queda desautorizada e hipoteca su futuro político al no ser capaz de aceptar democráticamente a personas, actores o instituciones que, en materia política, piensan de forma diferente. El otro hecho a señalar respecto al FNRP es su posición con respecto a la Iglesia. Si anteriormente se dijo como aporte positivo a la Iglesia que la ayuda a purificarse de sus adherencias con el poder, en este caso, es a la inversa, y la Iglesia ayuda al FNRP a purificarlo de una concepción que reduce a la Iglesia a su dimensión social y política. Establece una especie de “maniqueísmo ideológico” donde solamente existen “amigos o enemigos”, o “conmigo o contra mí” desembocando en un totalitarismo ideológico sin más salida que aceptar sus planteamientos políticos como los “únicos y verdaderos”. La Iglesia es mucho más que una institución reducida a ser “correa de transmisión de los procesos sociales y políticos”, referido fundamentalmente a los proyectos del movimiento popular. Eso significa que si la derecha puede manipular a la Iglesia, también lo puede hacer la izquierda. En ambos casos, la Iglesia es instrumentalizada. Al final, ¿con qué nos quedamos?. Con la necesidad de purificar a un determinado tipo de Iglesia y un determinado tipo de movimiento popular que, enredándose en la coyuntura política, pretenden instrumentalizarse o deslegitimarse recíprocamente. Con ello traicionan su propia identidad como actores sociales y fracasan totalmente en la búsqueda de caminos de viabilidad política y democrática. Tanto la Iglesia como el FNRP son dos actores básicos en este momento de la coyuntura que necesitan reorientar su presencia social.


El cardenal y la resistencia