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Nuestra palabra |01 Noviembre 2010

Nuestro pueblo celebra con intensidad el día de Difuntos. Los cementerios, mal cuidados a lo largo del año, se convierten en jardines todos los años en torno al 2 de Noviembre. Se llenan de gente limpiando las tumbas, enflorándolas, rindiendo, de algún modo, culto a sus antepasados. Los difuntos no son simplemente los que ya pasaron, sino los que continúan en el presente trasformados a través de nuestra propia realidad. Los difuntos nos trasladan a la verdadera identidad de nuestro pueblo, y es por ello que ciertos recuerdos se pretenden sepultar. Hay un tipo de difuntos --esos que fueron asesinados por quienes tienen poder y decisión en el Estado--, que nos remiten a un pasado inmediato del que permanecen huellas de impunidad e injusticia, y a un presente con muchos rasgos de inhumanidad. Los difuntos nos hablan de asesinatos y de asesinos impunes; nos hablan de un modo ineficiente de perseguir el crimen, de una cultura de la violencia abonada por la impunidad de los poderosos. Los difuntos nos siguen dando la clave para analizar la realidad, porque difuntos son los niños y niñas que mueren en demasiada cantidad en el primer año de nacidos, por falta de la debida atención médica. Mucha de esta impotencia y de hondo reclamo es lo que sin formularlo, mucha gente sencilla lo expresa cuando va a depositar flores a los niños y niñas que murieron por enfermedades gastrointestinales o por malnutrición o enfermedades respiratorias. Y difuntos son los jóvenes cuyas vidas son cercenadas de manera espantosa, a niveles de masacres que todas ellas quedan en la impunidad. Esas muertes ingratas nos remiten sin remedio a una mirada crítica y exigente de la realidad. La gente sencilla asiste masivamente a los cementerios como una manera de expresar inconscientemente su amor a la vida, y lo hacen a través de la invocación de la memoria de sus difuntos. Esta unidad entre muerte y vida representa una identidad la cual es más fuerte que la que ofrecen los medios de comunicación, especialmente aquellos que venden muerte y horror, y que invita a resolver los conflictos con venganzas y desquites. La gente sencilla, de manera inconsciente, se aglomera en los cementerios para expresar una fidelidad, solidaridad y comunicación franca porque en los hechos no las encuentra en una sociedad atiborrada de mentiras y de impunidades. Nuestra gente sencilla sabe afrontar la muerte con naturalidad, sólo quiere que la misma no esté provocada por la pobreza, el crimen o la deficiencia del servicio médico. Justo lo contrario de la gente adinerada, que le tiene terror a la palabra muerte, y por eso se esfuerza a ocultar la realidad de la misma por medio del alargamiento artificial de la vida y de funerales repletos de lujos y de apariencias. Tal vez el día que los ricos de este país tengan un sentido de la muerte tan humano como el de nuestro pueblo sencillo, tal vez entonces podamos entre todos y todas construir una sociedad donde la muerte no esté asociada con la sobredosis de dolor que producen la injusticia, la inequidad y la violencia que tanto peso tiene en nuestros días.


Día de difuntos