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Horror y dolor en la familia hondureña Nuestra Palabra | 20 Febrero 2012

Los testimonios de los privados de libertad que sobrevivieron al pavoroso incendio en la Granja penal de Comayagua, ha sacudido a la mayor parte de la población hondureña, por ser tan comunes pero tan poco conocidos fuera de las rejas. Revisando las listas de los fallecidos y la de los sobrevivientes se encuentran casos que desnudan con brutalidad lo agotado que está el sistema de justicia del país. Un sistema que manda a la cárcel a los pobres. Aquellos que por robarse una bicicleta, un tercio de leña o lastimar a un perro son condenados en la práctica a una muerte tortuosa. En el interior de las prisiones conviven con los condenados por asesinatos, violaciones, y extorciones. Son pobres, hombres que no pudieron demostrar su “arraigo” porque no tenían a su nombre ninguna propiedad porque solo son dueños de su pobreza, no tenían un abogado porque ni con todo el salario mínimo de un año les ajustaba para pagar por defender su inocencia. A penas comenzábamos a digerir la tragedia de Comayagua, cuando en pleno centro de Comayagüela un voraz incendio en pleno día dejaba sin trabajo a unas 5 mil familias que con mucho sacrificio ofrecían en los mercados sus productos populares. En ambos siniestros no faltaron los políticos que buscaban mejor su perfil, así como tampoco se extraño la promesa de “no los dejaremos solos”. La tercera gran tragedia en los centros penales hondureños en la última década, debe ser oportunidad para demandar una revisión exhaustiva de las condiciones en las que sobreviven miles de seres humanos, porque si no nos conmueve esta tragedia humana, en el fondo nos debería importar porque en la situación de deterioro institucional, todos y todas enfrentamos la real posibilidad de habitar, hasta por equivocación, una de esas horripilantes bartolinas donde se juntan los más nauseabundos olores humanos y las últimas esperanzas de regresar a la vida. Tanto el incendio de los mercados de Comayagüela como el siniestro de Comayagua, nos recuerdan que este tipo de tragedias se pueden prevenir si las ciudades se construyen con planes de largo plazo y si los planes de evacuación priorizan a las personas, por respeto a su dignidad humana.

Horror y dolor en la familia Hondureña  

Editorial, Radio Progreso y Eric-SJ

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