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El poder de las víctimas y la resurrección Nuestra Palabra | 13 Abril 2012 Hay cosas de nuestra realidad social que van demasiado deprisa y, otras en cambio, que van demasiado despacio. Y, como sucede siempre, quisiéramos que las primeras fueran en camino de terracería y, las segundas, en autopista. Es lo que nos está pasando con el tema de la impunidad y la depuración policial. Y si el regreso de Semana Santa viene acompañado de todo tipo de aumentos a la canasta básica y a los servicios públicos, en nuestro caso, al menos, hemos tenido una agradable sorpresa: el “Informe de los expertos y de los asesores de la policía colombiana” sobre la seguridad en Honduras. Según dicho informe los aliados de la impunidad en el país son los siguientes: incapacidad de los fiscales, miedo a investigar funcionarios policiales, abuso y creación de investigaciones paralelas, desconfianza entre los fiscales y los investigadores de la DNIC, ignorancia y mal manejo del Ministerio Público, negligencia fiscal, descoordinación entre la DNIC y el Ministerio Público, desidia, desorden y, como resultado, aumento de la impunidad. Sin caer en la crítica barata y sensacionalista, ¿qué hay de positivo en todo esto?. Sencillamente que pasan a ser datos reconocidos y aceptados públicamente por toda la sociedad, significando un paso más para poder llegar a los responsables, personales e institucionales, que se esconden detrás de la impunidad reinante en nuestro país. Y, como no podía ser menos, la rectora Julieta Castellanos refiriéndose al informe de los expertos colombianos nos señala que su mensaje es claro pues “al estar la policía coludida con el crimen y el delito, y contaminada por la corrupción, las posibilidades para un desempeño eficiente son casi nulas porque una Policía que está coludida con el delito es una Policía que prácticamente está inhabilitada para investigar. Somos víctimas de un cuerpo policial corrupto, de un cuerpo policial coludido con el delito y con un cuerpo policial totalmente ineficaz”. Y respecto a la corrupción policial va directamente al grano cuando afirma que “la corrupción en los niveles bajos de la Policía es porque lo han permitido los niveles altos de la institución y si el nivel alto de la policía lo ha permitido es porque se beneficiaba de esta actividad. En este sentido, estaríamos frente a una circunstancia de ineficiencia que no es producto de la falta de capacitación, sino también de la corrupción policial. Pero hay un elemento más grave y es que filtran la información”. Para Julieta Castellanos la conclusión de todo esto es que no hay en absoluto ninguna confianza en la cúpula militar y, más bien, tienen que dar explicaciones en por qué no se investigan los casos y ni avanzan las investigaciones. Es obvio, pues, que no hay voluntad política para depurar a la policía y lo que se ha hecho es por la presión que viene de las víctimas y el apoyo de los medios de comunicación que han estado dándole seguimiento a este tema, porque sin ese apoyo hubiera sido imposible. Si a nivel nacional la liturgia de la Iglesia nos confronta todos los años en Semana Santa con el “Via Crucis” de nuestra realidad social, la Pascua lo hace con la realidad de la Resurrección y sus “signos” en medio de nosotros. Lo hemos vivido litúrgicamente en la Iglesia, personalmente en nuestro camino de conversión/ resurrección y socialmente en los “signos” de que la impunidad no tiene la última palabra de muerte. El “poder de las víctimas” se convierte en “poder de resurrección” cuando los poderes policiales e institucionales, al igual que con Jesús de Nazaret en el relato evangélico, no pueden encubrir la impunidad y acallar la voz de la verdad.


El poder de las víctimas y la resurrección