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Enseñanzas del Aguán Nuestra Palabra | 16 JUNIO 2011 La realidad política, económica, social y cultural hondureña está en el mejor de los tiempos para estudiarla en su integridad, y al hacerlo con honradez, sus conclusiones pueden ser una base sólida para fortalecer compromisos y para impulsar iniciativas de cambio. El valle de Aguán es un escenario inspirador para reflexionar y trabajar sobre el país que tenemos y sobre el país que soñamos. En ese pedazo de tierra se expresa de manera brillante y a colores los rasgos del modelo económico excluyente, la debilidad institucional y la ausencia del Estado, pero sobre todo, brilla, y con luz propia, el camino emprendido por importantes sectores campesinos de la zona para hacer frente al gran problema nacional: la concentración de riqueza y la exclusión social. El Aguán es un escenario donde se reflejan las carencias y ausencias del Estado. Si algo queda fuera de duda es que la acumulación de conflictos y la agudización de los mismos hasta llegar a convertirse en casi una zona de guerra, es porque el Estado ha sido incapaz de resolver en tiempo y forma asuntos agrarios que demandaron siempre una respuesta jurídica agraria. En el valle del Aguán se expresa la radicalidad del modelo económico impulsado por el gobierno y la empresa privada, especialmente a partir del comienzo de la década de los noventas del siglo pasado, caracterizado principalmente por procesos continuados de concentración de tierras, propiedades y riquezas en pocas manos en relación dialéctica con la exclusión creciente de enormes poblaciones campesinas del acceso a la tierra, en no pocas veces con el apoyo de dirigentes campesinos sobornados por agroindustriales y terratenientes. En el Aguán hay un empresario, que según datos del INA, cultiva 13 mil hectáreas de tierra mientras centenares de familias campesinas no cuentan ni con una manzana de tierra. Y lo que ocurre en el Aguán es apenas el reflejo de un modelo de exclusión que se extiende en todo el territorio nacional. Otro rasgo del país que tenemos, que se refleja en esa porción de tierra, es la precariedad institucional del Estado hondureño. Esta precariedad y a veces nula presencia del Estado estimula y a veces legaliza el cruce entre los poderes formales con los poderes irregulares, arrinconando a la ciudadanía, por un lado, a que todo se resuelva desde la aplicación de la ley del más fuerte y, por otro, abandonando ese territorio a la suerte de los negocios de los señores del crimen organizado. Hay una lección entre muchas otras que nos deja el Aguán y que hoy resaltamos: la lucha y el amor de las organizaciones campesinas por la tierra se escapa de la ley del mercado, y cuestiona el corazón mismo del modelo económico actual. Las mujeres y los hombres campesinos del Aguán nos enseñan que cualquier iniciativa de transformación pasa por la lucha estratégica por recuperar y proteger la tierra, los bosques, el agua, la riqueza mineral. Y en ese amor que le ponemos a la lucha, se juega el presente y el futuro de la democracia, el Estado de derecho, la soberanía y la dignidad de la patria que hoy sigue desangrándose en el Aguán.


Enseñanzas del Aguán - 16 de junio de 2011