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Centroamérica y Honduras: de los destrozos a las solidaridades Nuestra Palabra | 14 marzo 2011 febrero 2011

Centroamérica, tantas veces puesta en el mapa internacional por sus inundaciones, terremotos, maras y pandillas, cruce de carteles, masacres y violencias o golpes de Estado, es una región que por su historia reciente, en comparación con los viejos mundos, con aciertos y tumbos, sigue dando de qué hablar, con mucha vida, coraje y poniéndose de pie. Guatemala, Nicaragua y El Salvador compartimos una historia de mucho dolor por nuestras cruentas guerras, pero los tres países juntos compartimos una de las zonas de mayor riqueza en biodiversidad del continente y del mundo. No en vano, ha sido en este triángulo del norte centroamericano en donde con más afán las multinacionales siguen presionando para que se legisle a favor de la privatización de los recursos naturales, particularmente el agua y todos sus afluentes. Su gente, cerca de 40 millones de personas de acentos varios, tiene sus propias lenguas, tradiciones y verdades. Pero también comparten riesgos. La penetración de las estructuras paralegales --o lo que solemos llamar crimen organizado o poderes ocultos-- en las estructuras públicas ya no es una amenaza, es una realidad con la que se levantan cada mañana especialmente, catrachos, nicas, y chapines. Y es una de las razones por las cuales el fortalecimiento del Estado de derecho es una tarea regional. Honduras recordó de un tajo el 28 de junio del 2009 que nuestras democracias se sostienen sobre pies de barro, y que es muy poco lo que hemos avanzando luego de los terribles conflictos políticos militares que sacudieron nuestra región hace menos de tres décadas, quedándonos con una democracia sostenida sobre pies de barro. Los centroamericanos y centroamericanas, con sus limitaciones y fortalezas, soñamos con una región sin fronteras pero como límites. Soñamos con trabajar, estudiar, vivir y morir dignamente en nuestro territorio. Así lo dijo la sociedad hondureña en el reciente sondeo de opinión pública de la UCA y el ERIC. En el momento en que Honduras está buscando el camino de los consensos mínimos para avanzar hacia una nueva institucionalidad a través de una Constituyente, es saludable caer en la cuenta que estamos avanzando, pero que los procesos son largos y difíciles. Y aquí sólo vale una apuesta: buscar la máxima inclusión posible, aspirando a que nadie se quede fuera. Y en un nuevo pacto social, si es que ha de ser creíble, todos los consensos debían sostenerse por uno previo e innegociable: que en la Honduras por refundar, los conductores de todo el proceso sean quienes hasta ahora y por siempre han dado su voto, pero nunca se les ha permitido que hagan valer su palabra y su dignidad.


Centroamérica y Honduras : de los destrozos a las solidaridades