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Atizando el fuego Nuestra Palabra | 04 Julio 2013

Todo mundo sabe que el actual alcalde de la capital es formal perdedor en las elecciones primarias realizadas en noviembre del año pasado. Todo mundo sabe que este señor formalmente quedó fuera para las contiendas generales de noviembre de este año, aunque todo mundo sabe que por el poder que tiene dentro de su partido, se la asignaría un puesto de mucha relevancia en la siguiente administración pública, en caso de que su partido resultara ganador. Todo mundo sabe, además, que los resultados electorales de la contienda primaria del año pasado pasaron por el turbio proceso de trampas, ajustes partidarios, negociaciones y reparto de posiciones en las diversas casillas para candidatos a diputados y alcaldes por parte de las corrientes de los partidos que participaron en la contienda electoral. La derrota del alcalde capitalino es un botón de muestra. Él mismo realizó una campaña nacional denunciando el fraude que le cometió el presidente del Congreso y formal ganador del partido oficialista como candidato para las elecciones generales. En la encuesta del ERIC de finales del año pasado, más de la mitad de la población tiene la percepción de que las elecciones primarias fueron fraudulentas. Todo mundo lo sabe, y casi nos hacemos de la vista gorda, porque, como dice mucha gente, es mejor elecciones aunque sea con trampas que no tener elecciones y vivir mucho más expuestos a la violencia, corrupción e impunidad. Sin embargo, el proceso electoral está férreamente controlado por los violentos, corruptos e impunes, es decir por los líderes de los partidos políticos, especialmente los que habitan en el oficialismo, quienes están empeñados en usar las elecciones para sostenerse en el poder, sin importar los costos de tal empeño. Una muestra de ello es la decisión de imponer al perdedor alcalde de la capital en la fórmula presidencial. Con la decisión del candidato oficialista de manipular el poder judicial para lograr sus propósitos de campaña al nombrar al alcalde capitalino como su compañero de fórmula, se confirma que el actual proceso electoral es uno de los factores que mayor peligro representan para la democracia y el Estado de derecho. Al estar las estructuras electorales en manos de este tipo de políticos, se eleva sin remedio la certeza de que los ganadores de las elecciones del último domingo de noviembre no se definirán en las urnas electorales, sino en las mesas de cálculos y negociaciones en donde los políticos con mayor poder se repartirán los cargos públicos y luego le podrán el membrete de elecciones democráticas. En los hechos esto quiere decir que el candidato oficialista se ha convertido en el mayor atizador del fuego del caos, la inestabilidad, la violencia, la impunidad y el desorden institucional en el que se seguirá consumiendo el presente y el futuro del Estado y la sociedad hondureña.


Atizando el fuego