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Ética pública y corrupción Nuestra Palabra | 10 Agosto 2012

Con frecuencia hablamos de la realidad social y política y es normal que lo hagamos. Pero no lo hacemos tanto con otras dimensiones igualmente importantes como lo relacionado con la ética o la corrupción que no es si no la falta de ética en aspectos básicos de la vida social. Por eso no nos extrañan noticias como la de hoy: “dos mil millones en tributos condonan a las térmicas. La exoneración de impuestos a las generadoras de energía sucia se hizo para que el pueblo obtuviera energía más barata, lo cual no ha ocurrido según Industria y Comercio”. La rectora de la UNAH en unas recientes declaraciones se expresó con las siguientes frases: “con seis mil millones de lempiras, unos cuatro hospitales funcionando a plenitud y con todos los medicamentos que se necesitan se construirían con ese dinero que le roban al Estado todos los años”. Empresarios deben aprender a no hacerle fraude a Honduras y los órganos contralores del estado son inefectivos ante la corrupción”. Con estos simples titulares se entiende perfectamente bien el por qué vinculamos la ética pública con la corrupción y con la necesidad urgente de hablar de una ética política, una ética económica, una ética empresarial, una ética del funcionario público y, en definitiva, de una ética de las profesiones. Atraviesa a toda la sociedad y a todos los sectores sociales sin excluir a nadie. Recordar un poco de historia puede ayudar a nuestra reflexión. Es la sociología quien nos recuerda que la idea de profesión en el mundo moderno está vinculada a la Reforma protestante: es la misión impuesta por Dios a cada uno; por eso deben ejercerla, no por interés egoísta, sino por mandato divino, y están obligados a ser excelentes en su ejercicio. La idea de profesión se seculariza y queda la noción de que el profesional realiza una misión en el mundo, aunque ya no divina, junto con los demás profesionales que persiguen la misma meta. El problema de los “profesionales” hoy día es que han quedado encerrados en sus pequeños círculos, al margen de la ciudadanía y la sociedad. Practican lo que se llama “tesis separatista” que significa que tienen derechos y deberes privativos suyos, que pueden ser incluso contrarios a los de los otros sectores sociales y que les permite incluso infringir derechos de sus clientes o de otras personas. Los profesionales gozarían de privilegios y de ciertas inmunidades en la aplicación de algunas leyes. Sin embargo, en un Estado de derecho se debe aplicar la ley universalmente de forma imparcial. Julieta Castellanos nos recordaba que en los últimos cincuenta años los escándalos más grandes comenzaron en la década de los años setenta con el “Banana Gate” cuando al no existir investigación criminal de nadie, ni hubo culpables, entonces se produjo una onda expansiva a todos los niveles, con gobiernos militares y civiles, con la clase política y en todos los niveles del gobierno: “la colusión y la corrupción se originan desde los niveles superiores, intermedios, hasta en los órdenes estrictamente operativos: desde un empleado de ventanilla, hasta los más altos estratos”. Todo ellos culmina en la “visión del Estado botín”. Al final quedamos claros que el problema de la falta de ética o de la corrupción ha permeado a toda la sociedad, se ha transformado en un “problema cultural” significando con ello lo arraigado y profundo del mismo. Si hasta el momento presente “los profesionales”(de la política de lo público) y sus intereses han logrado imponerse a toda la sociedad, es el momento de resucitar la ética haciéndola presente en todos los niveles de la sociedad y recuperarla para toda la ciudadanía.


Ética pública y corrupción