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—De eso vivo, de meter las narices en asuntos ajenos. —¿Lo dice como una gracia? Mire cómo me río. Ja ja. La charla no conducía a ningún lado. El tipo me aborrecía con ganas, así que tuve que usar mi arma secreta. Me había ocupado de averiguar las debilidades de Cometa. Era hincha fanático de un club rosarino al que los entendidos llaman La lepra. Saqué mi as de la manga y dije: —Le confieso, inspector, que si algo me atrajo de venir a Rosario es que soy leproso desde la cuna. Cometa, de súbito, se derritió como un cubito al sol. —Tendría que haber empezado por ahí, Emilio. Yo también soy leproso a muerte. Y ahora que llevamos una racha de tres derrotas consecutivas, soy más hincha que nunca. —¡Aguante La lepra! –dije. —Estamos mal, Emilio. Tan mal como este muchacho que tuvo tardes gloriosas en nuestro club, “El Misil” Masantonio, un delantero que convertía goles a lo loco y que fue ídolo de multitudes. Resulta que hace tiempo es noticia porque está en la lona, y ahora van a desalojarlo de su vivienda, no puede pagar ni el alquiler –dijo, mostrándome un ejemplar del diario La Capital, con una gran foto actual de Masantonio: un hombre vencido, de mirada perdida. 11

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No confíes en tu suerte  

Querido amigo, cuando abras este libro, no confíes en tu suerte. No confíes porque aparecen delitos o misterios que, tal vez, no podrás reso...

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Querido amigo, cuando abras este libro, no confíes en tu suerte. No confíes porque aparecen delitos o misterios que, tal vez, no podrás reso...

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