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Simulé una pena honda, y mentí: —Si habré gritado los goles de Masantonio, inspector. El tipo se volvió a derretir. —Entre leprosos no andemos con protocolos. Los amigos me llaman Paco. —Paco, el leproso –le dije. —“Paco, el leproso.” Me gusta como suena. Hablamos media hora de fútbol y hasta me pagó el café. Nos despedimos como hermanos, con un abrazo, luego de darme un sobre con los cinco mil pesos marcados. Caminé hasta el Antiguo Hotel Imperio y pedí un cuarto. El conserje, un muchacho de ojos diminutos y orejas rosadas, me preguntó: —¿Paga con tarjeta o efectivo? En este momento, las tarjetas están suspendidas. —¿Entonces? —Puede pagar en efectivo. —Muchas gracias. Siempre es bueno poder elegir, para eso es la democracia. —Acá acostumbramos a cobrar el día por adelantado. —Más democracia, qué bien. Le adelantaré una semana. El hombre me sonrió con una falsa cordialidad y tomó el dinero con avidez. De inmediato, lo apunté como sospechoso. Anoté mentalmente: “Conserje de orejas rosadas. Sospechoso número uno”. 12

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No confíes en tu suerte  

Querido amigo, cuando abras este libro, no confíes en tu suerte. No confíes porque aparecen delitos o misterios que, tal vez, no podrás reso...

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