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LA MEMORIA ILUMINADA EXPOSICIÓN DE CAJAS DE LUZ CON FOTOGRAFÍAS DE FERRAN PETIT 09 de Marzo de 2012 Valldemossa


LA MEMORIA ILUMINADA A Ferran Petit, poseedor de la luz que hace, de una mirada, el mirar distinto, que sólo algunos poseen, donde mirarnos. A sus cajas de luz, instantes que conmovieron, aún lo hacen, mi memoria y mi sensibilidad. A su amistad, viva en el hoy y predispuesta, con total certeza, a ser parte importantísima de la memoria que se va construyendo, desde que abrí los ojos a la vida y que será, adentrada en los brazos del futuro, suma de recuerdos preciados. Pura María García


Se cimbrea.

Oscila como un enorme junco.

Baila en las estrechas orillas, cubiertas por la tierra deshecha que es el tiempo, cuando no existe más que en el recuerdo. Junto al río donde la vida es caudal fluctuante de inesperadas aguas, desciende desde el lugar que en el ayer existió y, ahora, presente próximo y efímero, no se reconoce. Llega, avanza, fiel a la materia de los sueños con que fue modelada, construida, hacia el delta oscuro del cese de la vida.

Repentinamente se sitúa frente a nuestros ojos más internos. Es la memoria, recién llegada siempre, respuesta sin voz que huye de cualquiera y de todas las preguntas. Final concéntrico al que llegará, un día, nuestro propio pensamiento.


Regresa, jamás huída. Es la memoria. Toca la aldaba de metal del alma quieta.

Una puerta se abre, sigilosa y libre. Desboca las ideas, rompe los grilletes de la prisión de acero que es la realidad del ahora enquistado en el reverso blanco del blanco calendario donde cuelgan el amor y la esperanza del niño que fui, encerrado en la utopía de empezar a creer en lo posible. La memoria se tiende, como la ropa limpia, al viento del segundo, al pasar de un minuto tras otro, oleada de recuerdos infinitos, concéntricos, pasto de la tristeza del pasado y alimento único del nuevo tiempo por llegar, que a golpe de día todavía aventuramos.


Se tienden los recuerdos, al aire invisible de la vida que, alma adentro, recreamos…

Sucede entonces. La memoria nos llama, cuando descubrimos la fragilidad del ayer, su pasajero colgarse del recuerdo, el falso espejismo que es también recordar, lo incierto en la verdad que, para sobrevivir a la memoria, cada día inventamos. Una mañana observamos las palmas expresivas de nuestras blancas manos ¿Quién soy?, nos decimos, con un susurro inteligible que escondemos en el trasfondo hueco de la hueca garganta ¿Qué he sido? ¿Quién era cuando no era yo éste que soy, interrogándome el alma cuando quizás, no sea tarde ni temprano, al destiempo del momento que ha lanzado su trampa?


He llegado hasta aquí, nos decimos. Y cerramos las viejas maletas que asidas a las manos persiguieron nuestra ilusión con su viajero ser, de cartón y emociones. Retrocedemos con ellas, adentrándonos al camino de nuestro pasado por el atajo increíble de recobrar un nombre, un paisaje, aquella canción que resuena por siempre y quedó prendida a la piel iridiscente de los días que cesaron. He llegado hasta aquí, hasta mí mismo, nos decimos. Y acariciamos las maletas que nos guardan, nos encierran, dulcemente, refugio itinerante que tanto hoy añoramos.


Llega la tarde y nos atrapa con su la tenue silueta que despliega ante la vencida mañana. Llega la lluvia que anega el desamor que un día dejó su sabor en la boca vacía de un adiós o un hasta siempre. Llega la lluvia que desdibuja lo que existe, que vuelca sus extraños colores sobre ventanas, puertos, aceras, pupilas, dedos y tantos otros retazos de memoria. Llega la lluvia y un corazón, lejos, muy lejos, está, como nosotros, zozobrando en el recuerdo.


Todo es vida en la memoria. Es ella la prueba solitaria de que pervivir, tras cesar, es sólo posible si el acto del recuerdo se conjuga. Todo es, ahora, un ayer nuevo al evocarlo. Se alborotan las voces de quienes nos abandonaron, cualquier día, y cerraron sus ojos o abrieron hacia lugares distintos sus más distintas huellas, su intención transeúnte, su voluntad de abandonarnos. Se alborotan, amontonados, los minutos más lejanos. Y regresa el aroma de la casa que un día se convirtió en el diminuto universo que habitamos. Regresa la mano tendida de mi madre y el cómplice gesto de un padre que iba y venía a mi encuentro, como el otoño acude precediendo el invierno. Regresan las noches infantiles de vigilia, imaginando serpientes venenosas y monstruos expectantes que hacían crujir el alar viejo del impasible tejado.


Es ella, la memoria, quien ahora me llama con su voz fragmentada. Es ella quien sabe, en realidad, quién fui, ave exiliada de lugares y brazos; alma de libertad, preso muchas veces, por la idea. Es ella quien me trae, en la noche que empieza, una canción de recuerdos, la luz en haces de pasado que ahora, más intensa, me recuerda quién soy, quién fui, más allá de la humildad de estos ojos que, hoy, se ciegan de la luz que ella me presta.


LA MEMORIA ILUMINADA  

Textos sobre las fotografias de FERRAN PETIT incluidas en su exposición MEMORIA ILUMINADA

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