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Héctor Francisco Latorre Carbajal

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Héctor Francisco Latorre Carbajal Oficial de la Marina de Guerra del Perú en situación de actividad. Graduado en la promoción 2000 de la Escuela Naval del Perú. Licenciado en Ciencias Administrativas Marítimas. Bachiller de Administración en la Pontificia Universidad Católica del Perú. Casado con Bethania De La Cruz con quien tiene una hija llamada Eva Luna. Entrena a nivel competitivo en la disciplina de remo.


LOFTSTORY CONOCIÉNDONOS Héctor Francisco Latorre Carbajal


LOFTSTORY CONOCIÉNDONOS Autor: Héctor Francisco Latorre Carbajal Email: hector_latorre_carbajal@hotmail.com Editor: Galo Flores Padilla Diseño y diagramación: Yuraq Comunicación Integral E.I.R.L.

Está prohibida la reproducción total o parcial de este libro, su tratamiento informático, la transmisión de cualquier forma o de cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, registro u otros métodos, sin el permiso previo escrito de los titulares de Copyright. Primera edición en español - Impresión bajo demanda Editorial Livel Una marca registrada de Editorial Livel SAC. Hecho el Depósito Legal en la Biblioteca Nacional del Perú N° 2018-01876 Para encargar más copias de este libro o conocer otros libros de esta colección visite www.calidadynegocios.com


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LOFTSTORY CONOCIÉNDONOS Autor: Héctor Francisco Latorre Carbajal Editado por: Editorial Livel SAC Alameda Marquina 150-301 Limatambo San Borja Lima-Perú Teléfono: (511) 3759302 / 996596427 Email: gflores@calidadynegocios.com

Primera Edición, febrero 2018 Tiraje: 1000 ejemplares

Hecho el Depósito Legal en la Biblioteca Nacional del Perú N°: 2018-01876 ISBN: 978-612-47362-2-3

Impreso en Imprenta Shallom YP Jr. Huaraz N° 1717 - 137A- Lima-Perú Teléfonos: 582-5097 / 954766511 Febrero 2018 Lima - Perú


ÍNDICE

8 10 14 24 28 32 36 44 50 102 102 66 80 86 94 104 112 190 128 136 142 230

INTRODUCCIÓN TRISTEZA HACIENDO AMIGOS RE INICIAR NOCHE ABURRIDA JUREL DESPUÉS DE MUCHO ¡QUÉ TE IMPORTA! PENA ENGANCHE SORPRESA SALIDA Y DUDA SIN TEMORES LIBRE DECISIÓN ROMANCE INVITACION DESENLACE CONFUSIÓN FIN DEL INICIO TRAGEDIA TODOS VUELVEN


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INTRODUCCIÓN Sonaba fuerte la música de la orquesta de salsa de aquel local ubicado en Barranco. Este funcionaba como salsódromo los martes, el resto de días era un bar donde se tocaba rock de todas las épocas. En medio de la multitud que rebasaba el lugar, una mujer de treinta años miraba hacia el escenario siguiendo el compás de la música con experimentados pasos de baile. De piel blanca capulí, uñas largas color rojo oscuro, vestía un ceñido pantalón jean color azul, zapatos de taco moderado y una prenda superior muy suelta de colores básicos. Todo encajaba perfectamente con su estatura y su muy delgada figura. No hacía calor dentro del local. Su largo cabello marrón semi ondulado se movía con la fuerza de los ventiladores. A la izquierda había otra mujer de negro pelo lacio casi de la misma edad, que no bailaba tan bien pero deslumbraba con su porte. Vestía un escote súper pronunciado que a duras penas presionaba sus prominentes senos, seguido por una larga falda como entero complemento de un conjunto color naranja veteado con sombras rojizas, tacos número diez tipo sandalia y las uñas sin esmalte. Ambas amigas entrañables se divertían los martes bailando salsa. “La Salsa” se titulaba aquella especie de ritual semanal. Trataban de encontrarse a las 9 de la noche, tomar una o dos botellas de cava amenizándolo con mucha conversación y comentarios que no dejaban ningún detalle suelto. A las dos les molestaba que algún extraño se acercara para conversar o para lo que fuese. Sentían que su privacidad era invadida; ante ello simplemente daban la espalda o seguían conversando o bailando entre ellas. El ritmo no paraba, pero decidieron ir a descansar un momento. Se dirigieron a la barra. Ahí no servían la cava que normalmente tomaban o algún vino bueno, por lo que optaron por beber un licor preparado, un ‘aperol spritz’ para una y un ‘moscow mule’ para la otra. Se encontraban sentadas conversando y disfrutando de la música. Luego de terminar de beber los cocteles volverían a la pista de baile. Pero la noche del martes de invierno era joven y además recién acababa de pasar las 12. 9


INTRODUCCIÓN

-Una cosa –dijo la del cuerpo despampanante –hace rato que un tipo me mira. -¿Qué tal está? –preguntó la delgada. -Estaba bailando con una flaca y me miraba… -¿Te miraba a los ojos? -No… solamente miraba ¡Salud! –Golpearon los vidrios. -¿Dónde está? –Volteó a uno y otro lado. -En la otra barra. Su cara me es familiar pero no sé, lo hubiese reconocido. -No puedo voltear pues, haría muy evidente que te gusta. -Creo que ya se va. -¿Cómo sabes? -Acaba de ponerse una casaca… pero… -¿Pero qué? -Es… medio extraño… -¡Jajajaja! ¿Por qué dices eso? ¿Tiene pata de palo? -No al contrario, baila muy bien. Creo que ya no se va porque lo acaban de sacar a bailar. -Entonces debe bailar muy bien. A ver… -No, no, no. No voltees, se dará cuenta que te estoy contando… pero ¿Dónde lo he visto antes? 10


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-¿Pero qué tiene de extraño? -La casaca… -¡Jajajaja! ¿La casaca? A ver a ver… -No voltees por favor que sigue mirando. La casaca es roja con unos cierres… -¿Roja? –Abrió los ojos con sorpresa. -¿Es alto con pelo corto? -Es alto, pero de cabello ondulado crecido… -¿Usa botas? -Sí, las tejanas… -¿Es guapo? –Preguntó con duda. -Sí, claro. Sino no le hubiese echado ojo. Pero tiene barba… mucha barba. -¿Estas segura que baila bien? -Muy bien. -Bueno, pues te ganaste. Pensé que era un tipo, creo que lo conociste. Sí, claro que lo conociste, pero bueno ¡salud! -Ahí viene… ¡No! Lo volvieron a sacar. Está empapado de sudor, no pudo quitarse la casaca. -Pero… ¿Qué tanto te llama la atención? –Volteó para ver y quitarse la curiosidad.

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INTRODUCCIÓN

-Huevona, no te está mirando. Ese hombre me está mirando a mí. -¿Lo conoces? –preguntó asombrada. -Sí, claro que sí. Tú también lo conociste. Espera –se puso de pie –conversaré con él. -¿A dónde vas? –preguntó sorprendida. -Te dije que hablaría con él. -Pero… ¿Tienes alguna bronca con él? -Al contrario, tengo que disculparme. La mujer de pelo semi ondulado y delgada figura caminó con paso decidido entre las parejas que bailaban hasta llegar a medio metro del hombre de barba que bailaba alegremente. Con el dedo índice derecho le dio dos toques en la espalda y este volteó por reacción. La miró con asombro y mostró una sonrisa por compromiso, le dijo algo a la mujer con la que bailaba quien se fue mirando fríamente a quien había interrumpido aquella pieza. La mujer de cuerpo despampanante se quedó sorprendida al ver que ambos en la pista de baile conversaban un poco pero sin dar un solo paso de baile. Ella le hablaba sonriéndole y él solo atinaba a responder, no sonreía ni tenía facciones de molesto, simplemente se veía en él a un hombre desconcertado. La salsa continuó sonando, las parejas seguían bailando, quienes no estaban emparejados también, unos bebían y conversaban, los músicos hacían uso de sus instrumentos para seguir deleitando al público fiel. La mujer despampanante continuó mirando a su amiga con aquel desconocido cuyo rostro lo había visto en algún otro lugar. Tomó su copa, la levantó ligeramente y continuó bebiendo.

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TRISTEZA Claudia se encontraba sentada en el asiento del conductor de su poderoso Pontiac cupé color rojo mirando por la ventana abierta, la mano derecha de dedos gruesos y uñas cortas rectangulares agarraba el volante justo a la altura del centro por donde cruzaba el claxon con el escudo de la V flechada de la marca, el brazo izquierdo lo apoyaba semi estirado sobre el marco inferior de la puerta con el dedo meñique de la mano le daba toques suaves al espejo retrovisor mientras que con el índice y pulgar sostenía lo que le quedaba de un porro, llevándoselo a sus delgados labios para fruncirlos y darle una última pitada mientras cerraba los grandes ojos caramelo a medida que sintió una ligera ráfaga de viento que le movía el lacio pelo negro. Abrió los ojos cuando tiró a la calle el saldo que no podía consumir y continuó mirando hacia el parque en el que había estacionado el automóvil. Eran cerca de las cuatro de la tarde y los niños corrían y paseaban en bicicleta por los jardines verdes y bien cuidados del parque, sin darse cuenta de lo que sucedía dentro de ese automóvil rojo estacionado cerca de ellos. Tenía los ojos rojos tanto por la marihuana consumida como por la cantidad de lágrimas que había derramado. En aquel momento se sentía tan triste y a la vez furiosa, no comprendía lo que realmente sucedía, mejor dicho, si sabía lo que sucedía pero no comprendía qué había llevado a desencadenar aquella situación. Con la contra palma izquierda se secó las mucosas que chorreaban por su nariz prominente para continuar mirando fuera del automóvil. -Deberías dejar de fumar eso… -Todo el tiempo me engañaste. –Reclamó Claudia mientras continuaba mirando el parque verde. -Tú sabes que no te engañe jamás. Esta fue la forma como quisimos que esto sucediera… -¡Bájate de mi carro imbécil…! –Interrumpió Claudia sin prudencia.

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TRISTEZA

-No creo que desees que esto termine así Claudia, sabíamos en lo que nos metíamos… -Te dije que te bajes de mi carro. No quiero verte nunca más… -Pero Claudia… -¡Bájate imbécil! ¡Bájate! –Sonó fuerte la voz exaltada de Claudia. Al cabo de pocos segundos ya se encontraba sola en su automóvil, cerrando los ojos pegó suavemente la frente al volante y comenzaron los sollozos acompañados de llanto silencioso. Estaba furiosa, triste y decepcionada, no sabía cómo reaccionar más que llorando, tampoco se le venía a la mente a qué hombro acudir, aquello la desesperaba cada vez más, volvió la cabeza en dirección del respaldar del asiento, abrió los ojos para mirar el techo y continuó llorando. Con ambas manos agarró la tapa del claxon, la misma que llevaba el escudo de la marca del automóvil. Con los dedos jaló fuertemente y la arrancó; una vez fuera esta tapa quedó una cavidad en la que Claudia guardaba una bolsa no tan pequeña llena de marihuana y papelitos para hacer cigarrillos manualmente. Sacó aquella bolsa, la abrió e hizo una pequeña selección de los “moños” para colocarlos dentro de uno de los papelitos delgados y comenzar así a rolar un nuevo porro mientras trataba de calmarse para no echar a perder el armado artesanal del cigarrillo. Una vez preparado el porro, cerró cuidadosamente la bolsa y la volvió a esconder en la cavidad del volante para inmediatamente después colocar la tapa del claxon de un fuerte golpe con la palma derecha: ¡Clap! Con la mano derecha se colocó entre los labios el cigarrillo artesanal, luego tomo una cajita de fósforos que la tenía entre el espacio que hay en los dos asientos delanteros del automóvil. Entró la duda si encender o no el porro, pero lo mantuvo en la boca mientras decidía que hacer con aquello. La decisión estuvo tomada, movió la cajita de fósforos para oír el ruido que hacen estos al chocarse entre sí, dejándola donde la encontró. Cuidadosamente colocó 14


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el porro en el mismo sitio de los fósforos, tomó la llave que estaba en la chapa para encender el motor. Sin colocarse el cinturón de seguridad arrancó velozmente para ir sin rumbo conocido, lo único que quería era emborracharse y fumar hierba, pero no pretendía hacerlo en un parque por donde veía niños jugando, sino en un lugar más apropiado. El sol color naranja caía hacia el horizonte tratando así de despedirse del verano. Claudia manejaba desquiciadamente por la autopista con vista al ocaso, solo buscaba algo de tomar. Cervezas y más cervezas acompañadas de marihuana le harían sentirse mejor, solo tendría que encontrar el lugar adecuado donde comprarlas y poder tomarlas junto con la sustancia prohibida de consumir en la vía pública. Por fin llego a un grifo, en donde parqueó de manera temeraria con una escandalosa quemada de llanta sobre el asfalto, el grifo tenía una tienda de licores, bebidas, sándwiches, globos, muñecos de peluche y otras cosas que uno pudiese imaginar; Claudia bajó. Exhibió su macizo cuerpo de casi un metro setenta vistiendo un pantalón jean celeste ancho, una camiseta color fucsia sin dibujo estampado y unas sandalias sin taco que lucía sus dedos gruesos con las uñas pintadas con esmalte color rojo. Entró en el local abriendo fuertemente la puerta de vidrio templado, como pistolero en cantina. Se dirigió hacia las refrigeradoras que contenían las botellas de cerveza heladas, abrió una sin distinguir entre marcas ni tipos, solo tomó un paquete de seis unidades y lo llevó a la caja. -Hola. –Saludó el cajero. Un muchacho delgado de cabello negro parado y rostro sudoroso -¿Cancela con efectivo o con tarjeta? -Efectivo. –Respondió Claudia sin responder el saludo y entregando un billete cuyo monto era superior al precio del paquete. -Aquí está el cambio ¿Te las guardo en una bolsa? -No. –Respondió fríamente.

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TRISTEZA

Tomó el paquete con una mano y con la otra las monedas del cambio para guardárselas en el bolsillo, salir rápidamente del local y encerrarse en su automóvil. Una vez dentro de éste, abrió las ventanas, encendió la radio a un volumen un poco más alto que el moderado. Lo hizo para no escuchar lo que sucedía afuera y concentrarse únicamente en la música, las cervezas y el porro que en cualquier momento se fumaría. Abrió la primera cerveza y se llevó el pico de la botella a la boca para tomar el primer trago, eructó y continuó hasta terminar rápidamente la primera botella. La emisora pasaba la música favorita de Claudia: “…carreteras mojadas… nieblas heladas…”. Aquello le causaba mucha nostalgia pero a la vez más ganas de seguir adelante, no sabría cómo seguir adelante pero no perdió la esperanza. Comenzó a tomar la segunda botella pero esta vez de manera más pausada para tratar de “disfrutar” aquel doloroso momento. Al cabo de cuarenta y cinco minutos ya había oscurecido, Claudia terminó la tercera cerveza y dejó la botella en el suelo del asiento del copiloto junto a las otras dos. Destapó la cuarta cerveza arrojando la tapa en el mismo sitio donde dejaba los envases vacíos, la botella helada la sujetó entre sus dos piernas, con la mano derecha torpemente tomó el porro colocándolo en sus delgados labios, humedecidos de cerveza. Agarró la cajita de fósforos, la sacudió suavemente para tratar de oír el sonido de los palitos unos contra otros, pero el ruido de la música no lo permitió. Saco un palito para encenderlo por el lado lateral de la cajita, hubo chispa pero no encendió debido a que se partió. -¡Puta Madre! Sacó otro palito y esta vez si encendió, pero el viento lo apagó antes de hacer lumbre. -¡Carajo! ¡Puta Madre!

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Tomó un tercer palito y esta vez logró su cometido. Se hizo el fuego y encendió el no muy pequeño porro. Tosió con la primera pitada pero supo controlarse. Fumó aquel porro mientras seguía bebiendo cerveza. La noche se hacía más densa y cada vez el ambiente se llenaba de más automóviles para hacer lo mismo que ella, jóvenes llegaban y se iban, otros se quedaban a beber con música a alto volumen y acompañados de amigos y amigas, se podía oír música de diferentes lados, luces que pasaban y otras que se apagaban y así transcurrieron las horas, entonces Claudia tambaleándose salió del automóvil para ir por otro paquete de seis cervezas. Se agarró del marco de la puerta que abrió, se recompuso y caminó hacia el local, cargó las cervezas, pagó y regresó al automóvil que por cierto lo había dejado con la puerta abierta sin temor a que le robasen algo. Si bien la gente la miraba extrañada no se acercaron al automóvil y seguramente no permitirían que alguien se acercara a robarle algo. Claudia iba ya por la segunda botella del segundo paquete de seis cervezas, ya sentía que todo le daba vueltas, el mareo era inminente y el sueño quería dominarla. Tiró la botella con medio contenido hacia el resto de botellas que había acumulado en el piso del copiloto. “Puta madre, que mal me siento”. Puso ambas manos y la frente sobre el volante para ver si de manera imposible le pasaba la borrachera y poder ir a la casa de sus padres a dormir. De pronto una voz le llamó la atención a tal grado que la sobresaltó casi como un susto. -¿Estás bien? –un muchacho desconocido tenía los codos apoyados sobre el marco inferior de la puerta que ya estaba cerrada y el rostro medio metido dentro de la cabina. -Sí, estoy bien… huevón… –Respondió Claudia con voz queda y molesta, volteó para ver y se trataba de un muchacho que sonreía de una manera que no le gustó.

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TRISTEZA

-¿Te llevo a tu casa? Manejo bien y podría cuidarte –insistió el joven. -Te dije que No-Me-Jodas huevón –respondió con voz más fuerte. -Vamos, yo te llevo. –Fue más incisivo el muchacho quien estiró la mano hacia la chapa de encendido en donde estaba puesta la llave. -¡No jodas! –Gritó Claudia haciendo que la gente levantase la mirada tanto por el grito como por el puñetazo que le propinó en la cara al muchacho de dudosa procedencia. El joven retrocedió con las manos sobre la nariz sangrando, Claudia aprovechó para tomar una de las botellas que había arrojado dentro del auto, abrió rápidamente la puerta para bajar, una vez de pie sorprendió al muchacho reventándole la botella vacía en el lado izquierdo de la cara. Los vidrios salpicaron por todos lados, incluso tuvo la sensación de haber recibido alguna esquirla en sus ojos. Al muchacho no solo le sangraba la nariz sino también el lado por donde había sido golpeado con la botella, éste no cayó en el suelo pero si se apoyó en el automóvil del costado sin dejar de agarrarse el rostro. -Estás loca –gritó el joven. -Te dije que no me jodieras huevón. –Respondió Claudia con voz aún más fuerte. -¡AAAAHHHH! –volvió a quejarse. Se escuchaban voces entre la bulla ocasionada por la música de los diferentes automóviles así como de los motores de los autos que pasaban a toda velocidad por la pista. Un par de muchachos trató de acercarse a Claudia para ver si se tranquilizaba pero no obtuvieron resultado. Ella arrojó al suelo el pico roto de la botella para subir a su auto. Rápidamente encendió el motor para colocar la marcha en retroceso. Sin mirar hacia atrás Claudia dio marcha atrás y el auto salió disparado con su respectiva quemada de llanta quebrando hacia 18


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la derecha para poder salir de aquel lugar. Puso primera y antes de arrancar sacó la cabeza por la ventana. -¡Váyanse a la mierda cagones! –Gritó con un pequeño gesto de burla para inmediatamente tomar la carretera. Allá por el año 96, a sus veinte años, Claudia llevaba ya una vida algo acelerada, el consumo de alcohol y marihuana siempre estaban presentes, sus amistades tenían las misma tendencias por lo que se intuía que no cambiaría su modo de llevar la vida, a pesar que su madre y padrastro siempre veían por ella, al igual que su padre. Ya tenía más de dos años de haber terminado la escuela secundaria y no se definía por ninguna carrera profesional, anduvo por un instituto ahí y otro por allá pero nunca terminó más de un semestre por cada uno. Iba manejando por la autopista a más de cien kilómetros por hora, efectuando maniobras temerarias sin causarle el mínimo remordimiento ni susto. Subió el volumen del equipo de sonido al máximo para incrementar su euforia. “… estoy aquí queriéndote…”. Sonaba otra canción de moda, ella iba con la ventana abierta y su lacio cabello negro se alborotaba sin dirección alguna. Le provocó fumarse un porro más, entonces echó una rápida mirada hacia el escondite secreto y le vino a la mente aquella vez que su madre descubrió que ella consumía marihuana, le dio un pequeño ataque de risa pero siguió manejando. Cierto día, como un año atrás, la madre de Claudia le pidió que le prestara su automóvil debido a que el suyo se encontraba en el taller de mantenimiento y le urgía salir. Claudia se encontraba con un pijama verde de verano limón tirada en su cama resaqueada y eran cerca de las diez de la mañana de un martes. -Hijita –se acercó la madre sin darse cuenta en el estado en el que se encontraba la hija–Préstame tu auto, tengo que salir al supermercado.

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TRISTEZA

-Ok mami –respondió con voz ronca –las llaves están encima de ese mueble –señaló con el control remoto del televisor hacia la cómoda sin la mínima intención de ponerse de pie. -¿Dónde hija? Ay esto es un desorden. -Levanta ese calzón… ahí esta mami. -Ok gracias. Ordena todo esto que parece un chiquero. La madre subió al auto y salió de la casa. Iba manejando tranquilamente por la ciudad, la ruta no era larga y tampoco hacía calor. A los diez minutos de manejar tranquila, se encontró en un tráfico complicado, la luz verde del semáforo no era respetada o por lo menos el policía de tránsito no la hacía respetar. En una de esas, cuando tuvo la indicación de poder cruzar la calle, intempestivamente un auto le cerró el paso por lo que tuvo que frenar bruscamente, la acción irritó a la mujer por lo que tocó fuertemente el claxon, el sonido sería el mismo, pero la verdad es que no lo tocó, sino golpeó fuertemente el claxon. El golpe asestado trajo como consecuencia que la tapa constantemente violentada por Claudia para sacar y guardar la hierba saliera de su posición original y cayera encima del regazo de la señora junto con el paquete habitual de marihuana y los papelitos de preparar cigarrillo artesanal. La mujer quedó sorprendida, al principio como que no entendió que sucedía, pero inmediatamente se dio cuenta de que se trataba. “Mi hija es drogadicta” –se le llenaron los ojos de lágrimas pero aterrizó gracias al sonido de los claxon de todos los autos cuyos conductores se encontraban desesperados por querer salir de tal atolladero. Cuando vio que el policía de tránsito se le acercaba para ver si tenía algún problema debido a que no avanzaba, la señora se asustó y arrancó sin mirar a nadie y salió de ahí. Unas calles más allá, donde no había transito intenso, se estacionó y lloró decepcionada por el problema en que se estaba metiendo la hija. Decidió buscar al padre de Claudia para ver qué cosa hacían con la muchacha, no lo 20


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llamó debido a que en esa época no era muy común usar teléfono móvil y la señora había optado por no tener uno. Una vez que se encontró en la oficina del padre, la señora le pidió que bajara a presenciar lo que había encontrado. Juntos fueron a buscarla a la casa, en donde aún seguía en pijama viendo televisión. -¡Hola Papi! –saludó efusivamente cuando vio a ambos entrar en su habitación. -¿Me puedes explicar que es esto? –gritó el padre a la niña de sus ojos. Claudia no supo que decir, por lo que de inmediato dedujeron que si estaba metida en problemas. -Papi, espera, me voy a bañar y cambiar de ropa para que salgamos y explicarte todo. –Claudia necesitaba algo de tiempo para estar a solas y ver qué excusa inventaba ante tal embrollo. -¡No! –grito el padre a tal extremo que el padrastro se acercó por la bulla a ver qué sucedía y abrazó a la madre que lloraba desconsoladamente– quédate ahí donde estas. Estás castigada y de aquí no sales hasta dentro de seis meses, salvo que sea para la terapia que contrataré. Claudia recordaba aquel episodio con algo de risa y preocupación a la vez, sabía que no debía guardar la hierba en un lugar nada seguro, mucho menos secreto. Pensó en cambiarla de lugar pero no era momento de preocuparse por aquello, así que detuvo el auto en la berma de una calle para preparar un último porro, ya no tenía más hierba por lo que botó la bolsita y el poco de papel de cigarrillo. Se dirigió al parque en donde había estado horas antes, el mismo que en el momento se encontraba desolado, detuvo el auto suavemente a diferencia de otras maniobras que por costumbre realizaba. Prendió el tercer porro del día mientras miraba por la ventana abierta hacia el parque, con la mano derecha se tomaba la quijada grande mientras que con la otra continuaba llevándose el cigarrillo a la boca hasta que lo consumió completamente. Los ojos los tenía rojos y desorbitados de tanta cerveza, marihuana y llanto. Esperó un rato más y arrancó el auto para dirigirse a la casa de sus padres. 21


TRISTEZA

Llegó cerca de la media noche a la casa de su madre, estacionó como pudo su Pontiac rojo en la cochera de la casa. Subió las escaleras que iban al segundo piso, buscó la llave de la puerta de la casa. La encontró… pero no podía encajarla en la chapa, hasta que luego de varios intentos lo consiguió. Abrió la puerta, entró y la cerró con mucho cuidado pero igual hizo ruido. Para su buena suerte no se despertó ni su madre ni el padrastro. Entró en su habitación y cayó con peso muerto sobre la cama. Al día siguiente se despertó como a las diez de la mañana, la resaca era espantosa pero lo podría superar, decidió que no se bañaría nunca más en su vida. Tenía mucha pena por haber terminado hacía unas horas con una relación amorosa prolongada, dio vueltas en la cama para luego encender la televisión y ver cualquier programa que le pudiera entretener en algo. -¿Claudia, no vas a tomar nada para desayunar? –Preguntó preocupada la madre. -No tengo hambre mamá. –Respondió alargadamente. -Hija, te vas a volver una desnutrida… -Ay mamá, estoy hecha una vaca. -Eres de contextura gruesa pero no gorda hijita. –Aclaró la madre mientras entraba a la habitación de Claudia con un pequeño azafate que contenía un vaso lleno de jugo de papaya y un sándwich –se sentó a un lado y le entregó el desayuno. -Gracias Mamá –comenzó con el jugo y luego le dio trámite al sándwich, en menos de cinco minutos se devoró el desayuno. -¿Te sucede algo? Te veo triste –preguntó apaciblemente. -No mami. Estoy cansada nada más.

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Pasó el resto de la mañana y toda la tarde viendo televisión y pensando en lo triste que se sentía, no entendía aquel final. De pronto se dio cuenta que por haber estado todo el día tirada en la cama, envuelta entre sábanas, su cuerpo había sudado. La decisión de no bañarse nunca más en su vida tuvo que ser postergada, por lo que se levantó y se desnudó completamente. Se colocó unas sandalias y la bata blanca sobre su grueso cuerpo. En la ducha sentía el chorro grueso de agua tibia caer sobre su cuerpo, tomó un poco de champú para echárselo en la cabeza, la espuma creció por unos segundos y se enjuagó. Luego continuó con jabonarse todo el cuerpo, lo hizo una vez y el jabón se cortó por lo que tuvo que hacerlo nuevamente. Se dio cuenta que le había crecido el vello púbico un poco más que de costumbre, pero como ya no había ante quien lucirlo se lo dejó tal cual. Cerró la llave de la ducha, dentro de esta se secó el cuerpo con una gruesa toalla celeste para salir. Se paró en un tapete blanco para así colgar la toalla en un gancho de la pared, se colocó nuevamente la bata y amarró la cinta. Se puso frente al espejo empañado de vapor con el cabello mojado pegado a la espalda, pasó la mano para quitar el vapor y poderse ver en él cuándo escuchó que sonaba el timbre de la casa. “Peeeeee”. –Tomó un cepillo de cabello, comenzó a peinarse–. Escuchó la voz de su madre con emoción. -Holaaaa –saludaba la madre a quien había tocado el timbre– espera un ratito. -¿Claudia? –llamó la madre a la puerta del baño. -Si Mamá, ya salgo. -Te buscan. -¿Me buscan? -“Ojalá no sea quien creo que es. Le dije que no me buscara otra vez”. -¿Quién es Mamá? -Es Pichicho. 23


HACIENDO AMIGOS Transcurrían las cuatro de la tarde aproximadamente de un sábado de febrero de 2001 y Susana se encontraba en un certamen deportivo organizado por la compañía para la que trabajaba. Se trataba de un torneo interno de vóleibol entre oficinas y departamentos con la finalidad de estrechar lazos de amistad y camaradería entre empleados y funcionarios de la empresa. “¿Si quieren estrechar lazos por qué no lo organizaron un día de semana?”, pensó cuándo le cursaron la invitación general. Estaba realmente incomoda al inicio pero luego de unas cervezas, conversaciones con compañeros de labores y un poco de vóleibol, del cual no tenía ni la menor idea de cómo se jugaba, la tarde comenzó a hacerse entretenida. -Dime Rosa ¿Nos quedamos un rato más? –preguntó Susana con un vaso de cerveza en la mano a su paisana, compañera de piso y de labores. -No sé cariño, es que se está haciendo un poquito tarde. -Sí, pero está divertido. Esta gente me hace reír mucho. -Pero tú no juegas al vóleibol. ¡Nada de nada! Ambas se echaron a reír. Con un vaso de cerveza en la mano de cada una, caminaron juntas a reunirse nuevamente con sus colegas. El torneo terminó al cabo de las seis de la tarde. Aún no oscurecía por lo que en las inmediaciones de la cancha de vóleibol los trabajadores de la empresa de telefonía continuaron bebiendo cervezas. Las hamburguesas que prepararon a las dos de la tarde se habían terminado, por lo que decidieron ir a comer a otro lugar una vez terminadas las cervezas. -Cariño, yo ya me voy a casita –le dijo Rosa a Susana, puesto que ya se notaba que tenían muchos tragos de cerveza encima. -Yo me quedo Rosa. Ve tranquila. ¿Llamaste al taxi? 24


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-Sí. Debe estar por llegar, lo llamé hace unos diez minutos. -Casi todos se fueron, nosotros vamos a ir a comer algo y de ahí a seguir tomando un rato más. Me estoy divirtiendo mucho. Le hizo un cariño en el rostro y se despidieron. El grupo se había reducido a nueve personas: Susana y ocho hombres. Entre ellos muchachos y adultos de más de cuarenta años. Fueron a comer unos sándwiches en un local muy cercano al centro de labores, pidieron de lomo, pavo, lechón y lo que se le ocurriese a cualquiera de los comensales. Como era de esperarse, por ser sábado y haber tenido una larga tarde deportiva y de esparcimiento, los sándwiches los combinaron con cerveza y de esta manera la tarde se convirtió en noche y la noche se hizo cada vez más noche. Mientras conversaba y reía con sus compañeros de trabajo, a Susana se le vino a la mente la reunión de hace dos meses con la que había recibido aquel año y con la que se despidió de su España querida, despedida corta porque su viaje a Perú era por tan solo un año, pero que le trajo mucha nostalgia debido a que tenía la certeza que el retorno le traería mucho más añoranza que la ida. Por alguna extraña razón supo que extrañaría más al Perú por toda una vida que a España por esos cortos doce meses de ausencia. En aquella reunión de Año Nuevo, que no tardó en convertirse en fiesta, hubo mucho licor, marihuana y algo de cocaína. La fiesta duró hasta el amanecer y un poco más. A Susana, dentro de todo lo bebido, fumado y un poquito de aspirado más la nostalgia de la despedida que se haría efectiva en los próximos dos días, más la nostalgia futura del retorno, le vino una crisis de llanto. -Vamos Susan, le dijo una muy querida amiga y compañera del esquí. -Elí –respondía Susana entre sollozos– es que los voy a extrañar muchísimo pero…

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HACIENDO AMIGOS

-Vamos. La fiesta aún no termina, recién son las siete de la mañana. Trató de animarla. -Lo se Elí, pero es que no puedo controlarme. Me voy a casa –anunció poniéndose de pie pero retornando al asiento debido a que estaba muy borracha–. -Venga. ¿Me sirves un carajillo? Una vez terminados los sándwiches y unas cuantas cervezas más en el restaurante al que habían ido para “continuarla”, uno de los muchachos animó al resto para seguir tomando unas “chelas” más, ya eran pasadas las 9 de la noche y a Susana le pareció genial continuar con una reunión maratónica por tratarse de una de tantas costumbres locales. La voz que animó al resto indicó que se entretendrían bien en un local llamado “La Noche” en el bohemio distrito limeño “Barranco”. Si bien Susana conocía ya aquel distrito, pues sus nuevas amistades se lo habían enseñado tanto a ella como a Rosa, como el principal atractivo nocturno de Lima, no conocía el local anunciado, que se trataba nada más que una mezcla de bar con discoteca donde en algunas ocasiones se presentaban bandas locales, tocaban música rocanrolera y cosas por el estilo hasta una determinada hora en la que arrimaban las mesas y sillas hacia los costados como para que en el medio quedase una especie de pista de baile, la música cambiaba una vez instalada aquella pista de baile y se convertía en música pop, merengue, salsa y lo que se le pudiese ocurrir al disc jockey. Se encontraban sentados en una mesa y seguía lo mismo. A Susana, en una de esas, comenzó a aburrirle la misma conversación. Los chistes eran entretenidos pero ya era momento de un poco de toque femenino, escuchar mucho a las mujeres le aburría pero no tanto como para escuchar a tantos hombres hablar de lo mismo. Tal vez era por la hora o porque ya estaba cansada, pero eran como las 11 de la noche y quiso sentirse mejor. Se puso de pie para ir a la barra y pedir un vaso de whisky así como que de pasada se fumaba un cigarrillo. La atendió una muchacha de baja estatura y pelo pintado de rojo. -¿Whisky doble? –Le preguntó atentamente. 26


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-Sí, por favor. ¿Le pones tres hielos? –Pidió muy cortésmente pese a que se encontraba ya en disimulado estado de ebriedad. -Son quince soles. –Le aclaró la muchacha mientras le entregaba el vaso con el licor solicitado. -Ten por favor. ¿Me das fuego? Encendió uno de sus cigarrillos “Camel”, mujer ruda toma whisky y fuma “Camel”, para observar cómo era la manera de divertirse en Lima. De cierto modo le parecía gracioso ver con sus grandes ojos glaucos como bailaban la música tan antigua como la música de los años 80 y hasta menos. “¿Es que antes que esta música no hubo otra?”. Observaba como las luces de colores y el calor se apoderaban de la oscuridad, realmente se sentía algo sofocada. En eso se le acercó uno de los colegas, un gordo de baja estatura con bigotes y aires de galán. -Susana ¿Quieres bailar? –trato de seducir con sabiduría pero sin resultado. -No Fredy. No bailo. –Respondió amablemente pero muy tajante, como para que no haya insistencia. -No sabes bailar. Yo te puedo enseñar -Te dije que no Fredy. No insistas por favor. -Entonces te acompaño para que no estés solita. -Oki. “Lo que quiero es estar solita no que me aburras pedazo de gordo”, respondió Susana con gesto de que no tenía otra opción que ser cortés con su colega. El seudo pretendiente le llegaba a la altura del hombro cuando ella no usaba tacos como en aquella ocasión, pues Susana media un metro con setenta y cinco centímetros, pero él se sentía tranquilo ya que ella estaba apoyada de espaldas a la barra, lo que le reducía relativamente la estatura y podía 27


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estar casi a la altura de su gordo y grasiento rostro. Le buscaba todo tipo de conversación pero las respuestas de Susana siempre eran escuetas y evasivas, tanto porque el interrogatorio le parecía aburrido como porque la bulla no permitía que la vocecita del gordo se llegara a escucharse claramente. Para evitar seguir escuchándolo, Susana decidió ir a los servicios higiénicos. -¿Me disculpas? Voy a los servicios. -Te acompaño… -¿Me acompañas? ¿A los servicios? Coño, tu si no tienes educación Fredy. – Respondió molesta y mirándolo con sus hermosos ojos. -No Susanita, era solo para que no te perdieras. Ella se fue caminando mientras él miraba como se alejaba aquella esbelta y delgada figura realzada con las excitantes caderas y escaso pecho. “Una delicia. Creo que esta noche me corro la paja”, pensó el hombre. A pesar de no estar vestida apropiadamente para una salida nocturna, llevaba puestas un par de “bambas” que en castellano común son zapatillas deportivas, un pantalón de deportes semi ceñido y una camiseta deportiva muy suelta. La figura de Susana era muy atractiva, su piel blanca tostada hacia una combinación sublime con el cabello rubio cenizo suelto y ondulado. Una vez que salió de los servicios higiénicos, a unos cinco metros de la barra donde había estado tomando el whisky doble, se dio cuenta que Fredy aún seguía en el mismo sitio, le daba la impresión que estaba esperándola –“¿Y ahora que me hago con este paquete?”. Entonces tomó la decisión de irse a su casa, pues ya se encontraba cansada y no soportaba a aquel gordo que le hablaba estupideces en sentido de interrogatorio. Llegó a la barra y pidió otro whisky doble. “Un trago más y me voy”. Nuevamente se apoyó de espaldas en esta y antes que Fredy comenzara con el interrogatorio y sus propuestas de baile tropical, Susana por el lado derecho sintió la voz de un muchacho que también se apoyaba en la barra pero mirando hacia dentro de ésta. -¡Una cerveza! –pidió la voz fuerte del muchacho. 28


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-¿Qué marca? –Le preguntó la muchacha que también había atendido a Susana. -Cualquiera pero que esté helada. Susana, ignorando a Fredy, volteó para ver de quién era aquella voz. Se trataba de un muchacho de un metro ochenta y cinco de estatura, muy delgado, nariz prominente y cejas pobladas, piel morena y cabello muy recortado casi hasta llegar a tener la cabeza pelada. Tomó la botella de cerveza y se la llevó a la boca para darle un primer sorbo sin voltear a ningún lado, lo que dio la apariencia de no haberse dado cuenta que tenía a una mujer a su costado. Susana no dejó de mirarlo mientras el otro hombre seguía con sus intrigantes preguntas y comentarios sin sentido. El muchacho dio dos o tres sorbos de cerveza y finalmente miró hacia su derecha encontrándose ante Susana mirada con mirada. Susana recibió una mirada de pardos ojos grandes adormilados por haber tomado bebidas alcohólicas en exceso, una de las cejas pobladas se arqueó y le regalo una sonrisa de cara marcada de tanto gesto. -¡Susana! ¿No quieres bailar? –Otro de sus compañeros de trabajo, un muchacho entusiasta, la interrumpió parándose frente a ella y estirándole la mano para que fueran a la pista de baile, el gordo le hizo un gesto como expresando que era impertinente frente a su interesante conversación. -No… no bailo –respondió con un gesto que indicaba que recién aterrizaba. -Ya pues. Yo te enseño a bailar salsa. –Insistió el muchacho entusiasta. -Te dije que no –respondió Susana de manera tajante para voltear a su derecha y darse cuenta que el muchacho de la cerveza ya no estaba. “¿A dónde se fue? Todo por este gilipollas”. –Volvió la mirada al colega sin decirle nada. Con la vista dio una barrida a todo el bar y no volvió a ver al chico. Debió haberse ido, pues por la estatura se hubiese dado cuenta entre tanta gente, cuya talla promedio no sobrepasaba el metro setenta. Entonces ya no tenía nada que hacer en ese lugar, rápidamente tomaría su whisky e inmediatamente 29


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después se largaría. Mientras bebía encendió otro cigarrillo “Camel” se dio cuenta de una especie de disputa entre un gordo y un muchacho por atraer su atención, pero lo único que lograban era ponerla de mal humor y aceleraba sus ganas de querer irse a su casa. “Le hubiese hecho caso a Rosa. Hubiese sido mejor haberme ido oportunamente”. Entre tanta molestia nuevamente oyó la voz que le llamó la atención minutos antes. -Hola. –Intuyó que el saludo era para ella. Fue una voz fuerte pero no invasiva. -Hola. –Respondió ella sin hacer caso a lo que hablaban sus dos compañeros de trabajo que no habían caído en cuenta que ella estaba empezando a corresponder una conversación “ajena”. -Veo que no vienes sola. –Le comentó con el cuerpo apoyado en la barra a la inversa de Susana e inclinándose ligeramente hacia su espalda como dirigiendo su mirada hacia ellos de manera disimulada pero sonriendo. -Sí. Vine con unos colegas. –Le aclaró con mal gesto por el bochornoso momento que venía pasando. -Por tu forma de hablar… o sea, por tu dejo… ¿Eres de España? -Eres adivino. –Respondió Susana riéndose y sin hacer caso a sus colegas. -Jaja. Un poco obvia mi pregunta, ¿no? Pensé que no te reías. -Si me río chavalín, pero no vivo sonriendo a cada momento. –Seguía mirándolo sonriendo con sus dientes incisivos chuecos concluyendo con una pitada. Los inoportunos compañeros de trabajo insistían en llamar la atención de Susana con propuestas de baile y más preguntas impertinentes. Susana se sentía súper incomoda. -¿Estoy interrumpiendo tu reunión de trabajo? –Preguntó al ver tanto movimiento entre los dos individuos, dándose cuenta además que en una mesa muy cercana se encontraban más muchachos del mismo grupo. 30


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-Mira, no lo tomes a mal –respondió con cara compungida– he venido con estos amigos del trabajo, como te dije. No sabía cómo decirle que quería apartarse de ellos y quedarse conversando con él pues presentía que era un chico interesante. -Bueno, discúlpame, no quise interrumpir. Nos vemos. –Rápidamente y sin dejarle opción de seguir conversando se fue de la barra con su botella de cerveza en la mano, luciendo una camiseta blanca de cuello V metida dentro del pantalón de jean azul con una correa ancha y hebilla cuadrada grande. El mal humor de Susana se incrementó aún más. “Ni siquiera ligué con un buen chico”. Apagó su cigarrillo “Camel” presionándolo contra un cenicero que estaba sobre la barra, tomó con su mano de gruesos y largos dedos el vaso de whisky doble que se encontraba a la mitad y de un solo sorbo lo terminó, dejando dentro de éste solamente dos cubos de hielo a medio derretir. -Bueno chicos, ya me tengo que ir, ya es muy tarde. –Anunció amablemente pese a estar furiosa. -No te vayas Susana, todavía es temprano. –Continuó impertinentemente Fredy. “¿Es que no se da cuenta que me incomoda hablar con él?” Vamos a bailar para que te diviertas. -Muchas gracias –respondió con los grandes ojos glaucos bien abiertos demostrando incomodidad– pero me voy. Adiós. Se dirigió a la puerta del local para sacar su teléfono móvil y llamar a la compañía de taxi para que la recogiera en aquella dirección. Al cabo de unos diez minutos de espera, observando con cautela que ninguno de sus colegas se acercara, llegó el taxi. Salió rápidamente del local y se embarcó en el automóvil. Una vez dentro sintió un doble golpe en el techo que la alarmó tanto a ella como al conductor. Vio que el muchacho delgado aquel se acercó a su ventana con la misma sonrisa que lo caracterizaba.

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-¿Ya te vas? Es una pregunta con respuesta. Me gustaría conocerte un poco más. -Está bien –respondió sorprendida pero sonriéndole– pero no creo que vaya a ser esta noche. -Jajaja. Definitivamente no, ¿pero me puedes dar tu número de teléfono? -¿Tienes donde anotar? –Preguntó con interés. -Pues no tengo ni teléfono celular, ni lapicero, ni papel. -¿Tendrá un lapicero? –preguntó Susana al chofer, quien le alcanzo uno– dame tu brazo. El muchacho lo acercó y Susana le escribió su nombre y número de teléfono móvil en el antebrazo cuidando de no abrirle alguna herida con la punta del lapicero. -Ok, te llamo mañana ¿Está bien? -Vale. Hey chico ¿Tienes nombre? –preguntó medio sacando la cabeza por la ventana mientras el daba media vuelta para irse. -Sí, tengo nombre. –Respondió riéndose pero sin decirlo. -¿No me lo vas a decir? –Insistió riéndose también. -Sí, claro. –La miraba con una sonrisa que le encantó a Susana. -¿Y? –Insistió Susana, el taxi ya tiene que irse– también le regaló una mirada cautivadora. -César. Te llamo mañana. Adiós.

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RE INICIAR El reloj marcaba ya la hora de salida y Mara no estaba dispuesta a quedarse ni un minuto más en la tienda de modas que administraba, pues tenía una reunión social con las chicas y chicos de la cadena y sus respectivas sucursales. “Felizmente mañana descanso”. Aquella reunión se llevaría a cabo en algún local no muy conocido del distrito de Miraflores, en donde se dedicarían a conversar, tomar cervezas y bailar si es que se podía. Cerró la tienda con sus respectivos candados y cerraduras de seguridad, entonces con una chica y dos muchachos compañeros de trabajo fueron caminando hacia el punto donde se llevaría a cabo la reunión, que se encontraba ubicado a escasas tres cuadras de donde estaban. Hacía mucho tiempo que Mara no se divertía y esta era la ocasión propicia para hacerlo, no necesitaba de un hombre pero si necesitaba de vida, ya que era divorciada y con dos hijos, uno de doce años y el otro de cuatro, por lo que su vida era trabajar e ir directamente a casa de sus padres en donde ella vivía. Esta vez no sería así, pero si bien ya tenía edad suficiente para no rendirle cuentas a nadie respecto a lo que hacía con su vida, el hecho de vivir bajo el mismo techo que sus padres y con sus hijos eso la convertía en una especie de niña de casa. Su apariencia también hacia que aparentara ser menor de la edad que tenía, su estatura era pequeña, de aproximadamente un metro cincuenta, de piel blanca y pecas en la espalda, pelo lacio marrón claro, de figura delgada, nariz respingada y ojos pequeños cubiertos siempre de lentes para la miopía. A sus treinta y un años, Mara no era una mujer vivida sino por el contrario sufrida, nunca en su vida había trabajado hasta que decidió divorciarse de su ex esposo, su juventud se había desarrollado en criar a sus hijos y dedicarse a la casa debido a que, quien fue su marido con una decisión arbitraria y típica machista nunca le permitió trabajar ni estudiar alguna profesión. “¿Para qué quieres trabajar si yo te puedo mantener?”. Ella había salido embarazada apenas a los dieciocho años de edad y eso la obligó a contraer matrimonio con aquel sujeto. El esposo trabajaba mientras ella con ayuda de su madre criaba al mayor de sus hijos. Como era de esperarse, un matrimonio obligado tiene duración corta al igual que las mentiras, y este estuvo lleno de nada más que eso. 33


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Mara comenzó a sospechar de las arduas horas de labor y pocos ingresos de su esposo. Trabajaba hasta tarde e incluso en algunas ocasiones se quedaba toda la noche y empalmaba hasta el día siguiente trabajando. Llegaba a casa luego de aquellas duras jornadas solo con ganas de dormir. Aquello le generaba mucha incomodidad a Mara, ya que ni siquiera cumplía con sus deberes maritales, tampoco con las exigencias que toda pareja amorosa demanda. Por eso comenzaron las innumerables peleas y las posteriores reconciliaciones. Su vida marital estuvo llena de sufrimientos, ya Mara sospechaba de sus infidelidades y le hacía ver a cada momento aquella actitud. El hombre como siempre lo negó todo y la engañaba con el cuento de siempre. Pobre Mara. Tenía que criar prácticamente sola a su hijo mayor, pues el segundo aún no llegaba. Se separó de aquel hombre un aproximado de seis veces, debido a los pleitos que éste generaba al ser puesto contra las cuerdas cada vez que Mara le preguntaba respecto a su mal proceder. Él se enojaba mucho y trataba de hacerle creer que ella era la culpable. Aún seguía enamorada. En una de esas tantas reconciliaciones luego de cada separación, Mara volvió a quedar embarazada, su segundo hijo estaba por venir y a primera impresión eso había sellado la relación de manera positiva. Mara una vez más se equivocó, pues al año de haber nacido su segundo hijo el marido volvió con la rutina de siempre. “Mucho trabajo, poco ingresos y cero atención en casa”. Ella no era celosa ni mucho menos, el problema era él, quien simplemente se comportaba como lo que realmente era: un sinvergüenza. Tras esos embrollos, ella comenzó a recibir llamadas en la casa de mujeres que preguntaban por él y daban respuestas sarcásticas cada vez que Mara preguntaba quién llamaba a su marido. Incrementaron las discusiones y peleas, ella lo tildaba de mujeriego mientras él lo negaba y le increpaba que ella era una enferma de los celos. Cierta mañana recibió otra llamada, pero esta tuvo un matiz especial.

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-¿Aló? –Saludó Mara. -¿Mara? –Respondió una mujer. -¿Sí, con quién hablo? –Preguntó cortésmente. -Tengo un hijo y es de tu marido. –Informó la voz femenina. -¿Quién habla? –preguntó Mara debido a que no sabía qué responder ante tan crueles palabras. -La otra mujer de tu marido –respondió pausadamente la mujer interlocutora. -No entiendo. –Dijo con voz queda. -Pregúntale a donde va cada vez que te dice que tiene que trabajar hasta tarde. Mara colgó el teléfono de un fuerte golpe y apoyada en la pared fue cayendo sentada hacia el suelo. Una vez sentada con las nalgas sobre el suelo y las rodillas dobladas y abrazadas contra el pecho de pocos senos, se le llenaron los ojos de lágrimas pasándose las manos por el rostro arrancándose los lentes que también se bañaron de lágrimas. Pasó un largo rato en la misma posición y se levantó para atender al menor de sus hijos. Esperó impaciente la llegada del marido. “Espero que esta vez no tenga que trabajar tanto”. Inesperadamente el esposo llegó temprano a la casa, aproximadamente a las seis de la tarde. -Hola. –Saludó el hombre. -Me llamó una mujer. –Le dijo Mara con cara larga pero decidida. -¿Sí? ¿Qué te dijo? –Preguntó sin temor alguno, pues no se esperaba tal situación. 35


REINICIAR

-Que tiene un hijo tuyo. -¿Qué? –Preguntó levantando la voz. -Respóndeme ¿Tienes un hijo con otra mujer? -No. Por supuesto que no. –Gritó el hombre. -Entonces ¿Por qué gritas? ¿Qué te altera tanto? –Pregunto ella apaciguada. -Porque me da cólera que estés creyendo en estupideces. ¿Ves? Eres una enferma de los celos. –Se fue a su habitación para darse un baño. Mara no le creyó, hizo como que se sentía mal por ser una “Enferma de los celos” pero no dejó eso ahí no más. Sabía que aquella llamada volvería a llegar –“Tarde o temprano la llamada llegará” –aquello no demoró. Al parecer los planes de la amante respecto a que el marido dejara su hogar no funcionó, entonces llamó nuevamente. -¿Aló? –contestó Mara cortésmente. -¿Mara? –preguntó la misma mujer. -No sé quién eres –intervino cortantemente –pero sí te creo. -¿Me crees? ¿Él no te dijo la verdad? –Preguntó sorprendida la mujer. -Pensé que le habías dado una oportunidad. -No. Él lo negó todo. -No lo puedo creer. Es un cínico. -Sí, es un cínico. Ya no quiero saber nada de él, pero para eso necesito tener pruebas.

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-¿Quieres más pruebas? –Preguntó una vez más sorprendida. -Tenemos que encontrarnos. Quiero conocer a tu hijo, al hijo que tienes con él. -Muy bien ¿Dónde? ¿A qué hora? Al cabo de media hora se encontraron en un parque cerca a la casa de Mara. La mujer fue con el hijo extramatrimonial del marido, Mara conoció a ambos; la amante era una mujer de aproximadamente la misma edad que ella pero se mantenía físicamente mejor, un poco más alta de tez trigueña y cabello negro, nada especial hubiese dicho Mara. El hijo. “Un hermano más para mis hijos. Qué infeliz”. Un niño de dos años, casi de la misma edad que su segundo hijo era juguetón al igual que cualquier niño de la misma edad, de cabello lacio recortado como “chapita” y risueño. En aquel momento no le entró ningún sentimiento de odio sino más bien una especie de alivio debido a que por fin habría descubierto la verdad detrás de tantas horas de trabajo, la verdad que correspondía a la falta de atención en el hogar y la falta de atención hacia ella misma, descubrió que no era una “enferma de los celos” sino que se trataba de un presentimiento orientado por ese sentido adicional que tienen las mujeres. “Infeliz, me estuviste engañando siempre. Me estuviste engañando toda la vida”. Ambas se saludaron y se sentaron en una de las bancas del parque. -No es la mejor manera de conocernos. Pero tenía que ser así. –Inició la conversación la amante. -No había otra forma. –Agregó Mara al inútil protocolo. -Desde el principio no fue sincero conmigo. -Ya veo, al parecer eso no es novedad. -Me refiero a que… me enteré que era un hombre casado cuando salí embarazada. -A mí me dijo que tenía mucho trabajo… desgraciado. 37


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-No lo tomes a mal, pero el destino nos ha puesto en esta situación… -¿El destino? Luego que te enteraste que era un hombre casado seguiste viviendo como la amante de mi marido. –Alteró un poco su voz. -Él tiene que tomar una decisión. -Yo ya tomé la decisión. -Yo lo amo Mara… No sé cómo… -Le voy a pedir el divorcio. Si quieres seguir amando a un mentiroso pues las consecuencias las asumirás tu misma. Pero acuérdate, si él me negó a un hijo suyo, tu hijo. No dudara en hacerlo otra vez. Seguramente también en algún momento negó a los míos. Aquel recuerdo no la atormentaba pero si le hacía ver que su vida había sido desperdiciada por largos diez años, ella comenzó a trabajar luego de la separación tanto porque lo deseaba hacer como porque el padre de los hijos dejó de cumplir con sus obligaciones económicas para con ellos. Mientras caminaba hacia el punto de encuentro de diversión con sus compañeros de trabajo y sucursales, Mara limpió aquella aura negativa pensando únicamente en lo divertida que estaría esa noche. La chica y los dos muchachos que la acompañaban hablaban trivialidades que a Mara le causaban gracia, eran jóvenes muy simpáticos y no dudaban en hacerle bromas a su “Jefa” relacionadas al diario vivir del capitalino. -Ya vamos caminando tres cuadras ¿Dónde está el local? –Mara preguntó algo impaciente. -Es en esta esquina ¿Ves donde está estacionado ese auto verde? –Indicó uno de los chicos. -No es verde –corrigió el otro. –Es color olivo. 38


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-¿Eso no es lo mismo que decir verde olivo? –Intervino la chica. -Jajaja –rió él que corrigió –por querértela dar de culto quedaste como un idiota. -Voy a llamar a Carlos. –Dijo Mara antes de entrar al local. -Llámalo desde dentro. –Recomendó uno de los chicos. -Mucha bulla. No voy a poder hablar. -Conociéndolo a Carlos, seguro debe estar dentro ya con unas seis botellas de cerveza dentro. -Ya me contestó. Aún no llega, está en casa de un amigo… tomando unas cervezas jajaja. La reunión había comenzado ya, era un sábado por la noche y desde que Mara entró al local ya se notaba un ambiente de relajo y diversión como no lo había vivido antes o por lo menos que ella lo recordase. Lo primero que le ofrecieron antes de saludar fue una botella de cerveza helada sin vaso ya que era personal, por lo que optó tomarla de ”pico” sin hacerse ningún problema por ello. Al cabo de una hora y media aproximadamente, Mara ya tenía encima unas cuatro botellas de cerveza, no estaba borracha pero si se divertía demasiado. Era un grupo que había congregado aproximadamente quince personas, algunos muchachos y otros no tan muchachos le hacían mofas de doble sentido a Mara, muchas relacionadas a su nueva soltería y otras en doble sentido y sentido directo respecto a que su cuerpo estaba ardiente de deseo y que aún permanecía “vigente” para disfrutar de aventuras amorosas. El haber perdido prácticamente su juventud en un hombre que no valía la pena, a Mara le causaba extrañeza al oír este tipo de comentarios pero al ser tan directos pues lo interpretaba como payasadas de alto contenido. Solo optaba por reírse y tomarlo desde ese lado. “Son solo bromas”. Tomó su teléfono 39


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para llamar a su amigo y compañero de trabajo Carlos. Después de varios intentos este le respondió. -¡Aló! –Contestó Carlos -¡Oye! ¿Vas a venir? -¿Estás borracha? -No. No sé. ¿Vas a venir? -Sí. Pero estoy en la casa de un pata. Voy a ir con él. ¿Lo quieres conocer? -¿Qué tal está? –Preguntó en plan de chacota. -No es tan pepón como yo… -¡Ay! Eres un estúpido jajajaja. -En veinte minutos llego. -Oki. Nos vemos. Al cabo de veinte minutos Carlos no llegó. Mara no se desesperó más porque la iba pasando bien con las chicas y chicos. Más cervezas llegaron y más cervezas se fueron, cigarros por ahí y cigarros por allá. Luego de una hora de haber entablado la última comunicación, por fin llegó Carlos, aquel muchacho alto de más de un metro noventa y flaco con su pelo negro enrulado y pecas en la cara. Mara lo vio y le hizo una seña para que la identificara, este se acercó luego de saludar a unos cuantos. Ella le llegaba a la mitad del pecho por lo que debía alzar la mirada para hablar con Carlos mientras el agachaba la cabeza sin encorvarse para poder hablar con ella. -Mara. –Saludó amicalmente. -Hola –respondió ella entre risas– ¿Y tu amigo? 40


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-Esta estacionando su auto. Ya viene. -Que mentiroso. Seguro estuviste con una forajida por ahí. -En serio. Mira, ese es… Mara volteó y vio a un hombre que aparentaba ser mayor que ella, tenía el cabello muy recortado, la mirada firme acompañada de cejas grandes y fruncidas y sin sonrisa, bigotes negros y tez bronceada. Tan flaco como Carlos pero no tan alto, tenía un aproximado de un metro con ochenta y cinco centímetros de talla, llevaba puesta una camiseta blanca de manga corta ceñida al cuerpo con una vieja casaca de jean gruesa y desteñida que no dejaba ver cuál había sido su color original, un pantalón también de jean color azul y botas oscuras. “Feo pero guapo”. El hombre dio una mirada al desconocido grupo deteniéndola hacia donde estaba ella y se dirigió hacia ahí. “No me ha visto a mí, ha visto a Carlos y por eso se acerca hacia acá”. Llegó para darle una suave palmada en el hombro a Carlos, miró a Mara y le dio una sonrisa con sus grandes bigotes. -Hola. –Saludó. -Hola. –Respondió Mara mirándolo detrás de sus gafas y devolviéndole aquella sonrisa. “No es tan feo, solo que esos bigotes…”. -Ella es Mara. –Intervino Carlos. -Mucho gusto –miró a Carlos– ¿Una cerveza? Mara lo observó con atención y se fue hacia otro grupo de amigos en donde departió y continúo bebiendo. Luego de una hora aproximadamente, ya se encontraba ebria y esto fue aprovechado por uno de sus compañeros quien antes de retirarse con ella, como para lucirse con sus compañeros de trabajo le dio un beso que fue recibido de buena gana por Mara y ovacionado por todos. Se fueron del local sin abrazarse. El amigo de Carlos que usaba bigote miró aquella escena y sonrió.

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NOCHE ABURRIDA Maju estaba sentada con las piernas cruzadas sobre la silla de la barra de un pub de Miraflores, vestía unas sandalias veraniegas de taco con plataforma y las uñas pintadas de color azul eléctrico, sobre las caderas usaba un pantalón color coral ceñido al cuerpo lo que delataba que sus nalgas no eran proporcionalmente equitativas con su cintura, sobre el cuerpo llevaba puesto un body color azulino bien pegado a su pecho de escasos senos. Maju usaba el lacio pelo negro muy corto, era su estilo de peinado desde hacía más de cinco años, al parecer le gustó mucho y no pretendía cambiarlo. Tenía nariz aguileña relativamente achatada a la altura del tabique, ojos pequeños rasgados y sonrisa algo extraña que hacia lucir sus pequeños dientes. Tez cobriza, de contextura delgada pero de piernas gruesas, caderas anchas y nalgas pequeñas. Se trataba de una mujer que en 2004 tenía treinta y dos años de edad. Era joven aún y definitivamente vivía la juventud de muy buena onda. No era bonita pero si interesante y simpática. Su trato era alegre y cuando salía con una persona le gustaba conversar mucho sobre su vida, sus anhelos y sus desgracias pasadas. Esa noche se encontraba con un tipo que en un inicio la estaban pasando bien en aquella primera salida. El hombre parecía mayor que ella, tenía el cabello ondulado recortado por el cuello pero de tamaño suficiente para peinárselo con gomina hacia atrás, de frente amplia, piel blanca y muchos vellos en los brazos. Al principio la conversación aparentaba ser entretenida, pero con el paso de las cervezas el hombre visitaba muy seguido los servicios higiénicos, lo que despertó curiosidad en Maju. Se dio cuenta que esas visitas eran para consumir cocaína, por lo que cada vez el aspecto y simpatía del tipo se fueron apagando. Esa situación le estaba causando aburrimiento y la conversación pasó a ser de repuestas escuetas y monosílabos –“Si, No, Ya” –solo esperaba que el tipo la llevara a su casa para irse a dormir.

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Si bien vivía en Lima, Maju era original de la selva peruana, exactamente de Pucallpa de donde había partido doce años atrás para estudiar periodismo y buscarse una vida mejor. Estuvo cerca de tres años en un instituto en donde le puso el mayor de los esfuerzos para obtener los resultados deseados. Completó el currículo y comenzó a trabajar como reportera en una revista. Al poco tiempo se compró un equipo portátil de fotografía y edición para efectuar trabajos de manera independiente. Cierto día viajo a su ciudad natal para instalarse y comenzó a trabajar vendiendo información y efectuando coberturas de determinados eventos de interés. Al cabo de tres meses ya le estaba yendo bien pero la desgracia llegó: le robaron los equipos que dejó en un automóvil. Rompieron el vidrio y se los llevaron. Maju lloró como una Magdalena. Sintió mucha impotencia por lo sucedido y a su vez también sintió que el esfuerzo de mucho tiempo se había ido al agua. Decidió que por cuestiones del destino el periodismo no sería lo suyo, por lo que buscó otras opciones pero no en su tierra natal en donde ella sintió que había sido castigada por el destino sino que regresaría a Lima para buscar un buen trabajo en donde pudiera relacionar su profesión. El hecho de haber vivido en la selva la ayudó a tener contactos influyentes en determinadas instituciones, pues su espíritu amiguero la había ayudado a desarrollarse socialmente, entonces no le costó mucho conseguirse un trabajo, no de tan buena paga pero si con aspiraciones de ir escalando. Desde 1998 se instaló en Lima con la determinación de no volver a hacer planes de vida en Pucallpa. “Mi pueblo me castigó”, pensaba cada vez que la idea de regresar la amenazaba. Solamente viajaba unas cuatro veces al año para visitar a su familia unos días y nuevamente regresaba a su vida laboral y social en la capital. Comenzó a trabajar en el área de proyectos de una empresa de seguridad en donde poco a poco fue escalando hasta obtener un cargo de mediana capacidad de toma de decisiones.

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NOCHE ABURRIDA

Maju estaba muy aburrida, el hombre que la había invitado a salir ya ni siquiera bailaba y lo que hablaba no tenía sentido con la conversación que ella trataba de entablar. “Esta coqueado”. Pensó que lo mejor que habría que hacer era aburrirlo también, para eso ya ni lo miraba a pesar que él seguía hablando incoherencias, ella solo movía los dedos en son a la música y así lograr que este decidiera irse. “Si no se va, me voy en un taxi”. Entonces también se animó a hacer visitas seguidas al baño pero no por necesidad fisiológica sino para ver si se encontraba con alguien o simplemente se animaba a irse sola. Cuando se puso de pie, vio a un muchacho que aparentaba una edad muy cercana a la de ella. “A este chico lo conozco”. Pero no se acordaba de dónde. Su cara y apariencia le resultaba muy familiar. La curiosidad la obligó a observar por donde iba aquel hombre. Estaba dando vueltas por el pub hasta que se sentó solo en la barra a unos seis metros de la silla de patas muy largas donde ella estaba sentada, entonces fue a los servicios higiénicos para cruzarse con él por la espalda. Pasó… pero el chico no se dejó ver muy bien el rostro por lo que Maju siguió su camino hasta los servicios higiénicos. Salió de los servicios y caminó en dirección a la silla que ella ocupaba en la barra junto al aburrido acompañante, pero cuando cruzó a la altura del muchacho esta ya no estaba de espaldas sino que se encontraba apoyado en la barra dando frente a la pista de baile, cuando ella cruzó por su frente se dio cuenta que él miraba como hacia el horizonte, como que tenía la mirada perdida y ni siquiera se dio cuenta que una mujer de un metro sesenta había pasado frente a él. Maju se sentó en la silla correspondiente mirándolo, el acompañante le dijo algo que ella ni siquiera le prestó atención, solo atinaba mover sus dedos nuevamente al son de la música mientras lo observaba. -“¿De dónde lo conozco? ¿De dónde?”. Hasta que llegó el momento en que la mirada perdida del chico aterrizó en el planeta tierra. Llevó su botella de cerveza a la boca para darle un sorbo corto, tragó la bebida y volteó hacia Maju, ella lo miró como diciéndole: “¿Te

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acuerdas de mí?”. Sin ella misma saber de donde lo conocía. Él la miró un par de segundos, no le hizo ni siquiera un ademán de saludo y volteó hacia otro lado. De cierto modo eso le causó algo de frustración, ya que no se atrevía a acercársele y preguntarle de donde se conocían, tenía que esperar que él la abordara por lo menos para “Meterle Floro”, pero él siguió mirando a todos lados menos a ella. Mientras tanto Maju seguía sin saber qué hacer con el hombre que la acompañaba, pero esta vez no quería que se aburriese tanto porque tenía la necesidad de quedarse un rato más para ver qué pasaba con el chico ese que permanecía apoyado en la barra bebiendo una cerveza más. Nuevamente Maju se puso de pie para ir a los servicios higiénicos, no por necesidad sino porque intentaría sacarle una mirada más a aquel muchacho. Pasó frente a él y este ni siquiera la miró. -“¿Está ciego?”. Y siguió caminando. Entró al baño y se apoyó un rato en la pared mirando al techo con la cabeza hacia arriba. -“¡Ya sé quién es!”. Recordó con entusiasmo. -“Este chico estuvo trabajando el año pasado en Pucallpa. Es el periodista”. Trataba de recordar su nombre pero por lo menos ya sabía de donde le era familiar. -“Pero el año pasado tenía la cabeza rapada, ahora tiene el pelo crecido y bien peinado”. Tomó su teléfono celular y llamó a una amiga. -¿Aló?... Charo. -Hola Maju –contestó la amiga con voz somnolienta–.

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NOCHE ABURRIDA

-¿Pasó algo? ¿Por qué llamas a esta hora? -Sí, pasa algo –advirtió riéndose–¿Te acuerdas que viajamos el año pasado a Pucallpa? -Sí, ¿pero cuál de todos los viajes? -Cualquiera, había dentro del grupo de amigos un chico que también era de Lima, un periodista que llevaba la cabeza rapada. -¿El flaco? Uno con pinta de fumón… -Ese mismo, ya no tiene la cabeza rapada. Lleva el pelo un poco crecido y peinado. Ya no parece fumón. ¿Te acuerdas cómo se llama? -No sé, acuérdate que solo lo conocíamos de vista. -Si me acuerdo, pero… -Te llamo en dos minutos, le voy a preguntar a una amiga que si paraba con él. -Ok, te espero. En menos de dos minutos recibió la llamada. -¡Aló! -Se llama César Gómez. -Ok amiga, gracias. Abrió la puerta del baño y salió rápidamente, a los dos pasos que dio en el pasillo que dividía los baños de ambos sexos, se encontró frente a frente con César quien le echó una mirada más familiar. 46


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-Hola –saludó él. -Hola –respondió ella. -¿Tu eres Maju? –preguntó con cierta lejanía que daba la impresión que trataba de adivinar. -Sí, y tú eres César Gómez. -Sí, te vi sentada en la barra con un amigo. -Está coqueado y me estoy aburriendo. -Entro un momento al baño y te doy el alcance en la barra. Maju se sentó al costado del acompañante y trató de recordar si alguna vez compartieron el mismo grupo de amigos y concluyó que sí, que un par de veces habían estado en el mismo grupo de chicos de Lima. Si bien era periodista, se había especializado como corresponsal de guerra y siempre fue el que hacia las notas de prensa y reportajes relacionados a las actividades de aquella índole, de esta manera por no ser de aquella ciudad entabló relaciones laborales y posteriormente amicales con aquel grupo de periodistas. César se acercó a Maju, quien se encontraba con el acompañante que estaba peor y puso cara de palo al ver que el muchacho sin ningún reparo lo superó para ponerse a conversar con ella, Maju pensó que por fin se le había hecho la noche pero sin delatar que podía estar interesada en César. Luego de una media hora de conversación divertida, el acompañante le hizo una seña para que pudieran irse. -¿Te vas? –preguntó César sorprendido. -Sí, César. Me va a llevar a casa.

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NOCHE ABURRIDA

-Pensé que te aburrías. -¿Tienes cómo llevarme? –Ella le preguntó insidiosamente. -Vine sin auto. -Entonces él me llevará. -¿Me dejas tu número de teléfono? -Sí claro –en una servilleta de papel escribió su nombre y número telefónico– me llamas si puedes. Nos vemos. -Adiós. El acompañante de Maju se acercó a César con la misma cara de palo para estrecharle la mano con un fuerte apretón. -Hay que saber perder chiquillo. César le sonrió al tipo mientras se estrechaban la mano, lo miró con los ojos entre cerrados sin dejar de sonreír respondiéndole un escueto. -Caballero no más. Se guardó el papel en el bolsillo izquierdo mientras que con la mano derecha cogió su botella de cerveza y se quedó para divertirse un rato más.

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JUREL La noche de un sábado de octubre de 2004 era de locura, Ángela se encontraba conduciendo su moderno automóvil e iba acompañada de Patty V, su entrañable amiga de barrio de senos extremadamente grandes, efectuando la que desde algún tiempo pasado fue la llamada “Ruta Jurel”. Escuchaban música a todo volumen. -“… llama por favor estoy tan indefensa…”. Mientras bebían cervezas. La “Ruta Jurel” consistía en hacer un tour por los bares y discotecas que pudiesen encontrarse de moda en Lima. Nunca se supo a ciencia cierta porque le habían puesto aquel nombre tan divertido a ese paseo nocturno, pero el objetivo era hacer aquella ruta y en eso estaban. Ángela media aproximadamente un metro con sesenta y cinco, era de figura delgada, tanto de piernas como de caderas no tan pronunciadas, sus senos eran grandes, no tanto como los de Patty V, pero si era algo que se podía apreciar a simple vista, de piel tostada, cabello lacio color marrón oscuro siempre bien cuidado y suelto, ojos oscuros rasgados ni chicos ni grandes, labios gruesos y sonrisa fresca, siempre usaba zapatos con taco excepto cuando iba a la playa, donde usaba sandalias; siempre vestía de manera fachosa y pendiente a la moda sin ser una mujer pretenciosa. Toda la vida fue amiguera debido a que tenía un trato muy simpático hacia las demás personas. Patty V era de una personalidad muy parecida pero un poco más radical en sus decisiones y siempre minuciosa en las cuentas de los restaurantes, bares y demás salidas; no era delgada como Ángela, tenía dientes grandes y ojos oscuros redondos cercanos uno con otro, cabello negro semi ondulado y largo. Habían ya pasado por dos bares pero la noche aún era joven, tenían planeado ir a un par de bares más para luego terminar en alguna discoteca y así bailar hasta que la madrugada aclarara el cielo y se convirtiera de día. Ya en la visita del último destino, antes de ir a bailar, ambas se encontraban en un café– bar de sofás de cuero artificial blanco, mesas bajas y abierto como al aire 49


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libre, la atención era súper sofisticada y amigable a la vez. Se encontraban sentadas con las piernas cruzadas en uno de los asientos de doble cuerpo conversando muy agradablemente, mientras que en la mesa la esperaba a Ángela un Apple Martini y a Patty V un Pisco Sour. -Salud –dijo Patty V. -Salud por esta noche, respondió Ángela. -Ojalá que esta noche traiga buenos resultados –miró Patty V a Ángela con los ojos bien abiertos y riéndose– porque tanta soledad como que ya es suficiente. -Ay si, mira que estos últimos enamorados no me dan mucha ilusión. Como que medios monses jaja. -Pero después del último. ¿Cómo se llama…? -Pedro. –Respondió Ángela entre risas. -¿Nada? ¿Después de Pedro no has tenido nada? -Nada Patty, nada… -No necesitas ocultármelo Ángela, dime la verdad –insistió con risa pícara Patty V. -En serio, nada y eso fue hace más de tres meses atrás. Imagínate como estoy. -¿Imagínate? Imagínate como estoy yo, que hace más de seis meses que salí con un pata. -¿En serio? ¿No será ese gordo?

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-No era gordo. Solo estaba un poco subido de peso –aclaró Patty V entre risas. -¿Pero estuvo bueno? -¿La verdad? No. Por eso lo corté. No contesté más sus llamadas. Salud. -Salud –respondió Ángela chocando su copa contra la de Patty V– ¿Nos vamos? Una vez que terminaron de tomar sus tragos, ambas se pusieron de pie. Pagaron la cuenta y dejaron una considerable propina. Caminaron hacia el estacionamiento entre muchas risas, abrazos y conversaciones, ambas tambaleaban ligeramente ya que era el cuarto bar que visitaban, habían bebido una copa en cada establecimiento y en cada bar fue un trago diferente al otro, por lo que habían combinado cuatro bebidas diferentes, eso sumado a las cervezas que iban tomando en el auto de Ángela. Una vez que salieron de la playa de estacionamiento del centro comercial donde se encontraba el último bar en el que habían estado bebiendo. Una vez embarcadas en el automóvil se miraron como diciendo: “¿Y ahora?”. Entonces Patty V dio la pauta. -Por aquí cerca hay una discoteca que me dicen que está buena. -Dime por dónde voy. –Dijo Ángela. -Sí, mira dobla por esta esquina. Llegaron a la discoteca llena de gente y música “tonera”, las chicas como siempre haciendo gala de su belleza sofisticada mientras que los muchachos no dejaban de ocultar sus barbas no afeitadas del fin de semana, algunos gordos y otros mal vestidos. Ambas entraron caminando al son de la música y sonriendo por lo alegres que se encontraban. De pronto un pensamiento invadió la mente de Ángela, recordó cómo había iniciado estas sesiones de turismo urbano nocturno. Todo había sido una casualidad, incluso hasta el apodado tour “Ruta Jurel”, desde cómo conoció a aquellas amigas que 51


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extrañaba, hasta cómo se desató aquella amistad que poco a poco se fue extinguiendo hasta quedar en un recuerdo y saludos o llamadas telefónicas por compromiso. Con una sonrisa en los labios comenzó a recordar. Corría 2001 y Ángela trabajaba en una compañía de telefonía, aún no había cumplido los treinta años de edad. Cierta mañana iba caminando por los pasadizos de las oficinas con un par de documentos por los que tenía que hacer unas consultas, abrió una puerta, entró a una oficina y se topó con dos mujeres que no había visto jamás, sentadas cada una en un escritorio con sus respectivas computadoras portátiles. Ambas la miraron debido a que la entrada había sido algo sorpresiva. Pudo darse cuenta que una de las mujeres, que aparentaba unos veintisiete años de edad, tenía la piel canela casi parecida a la de Ángela solo que sin aquel matiz cobrizo sino más bien un tono más parecido al de las mujeres árabes, el pelo crespo negro y suelto, oscuros ojos grandes, nariz chata atractiva y una hermosa sonrisa de dientes perfectamente alineados en su cara ovalada; desde su asiento se podía notar que sus senos tenían un tamaño superior al promedio pero no tan grandes como los de Ángela. También analizó a la otra mujer que aparentaba tener unos treinta y seis años de edad, cabello suelto rubio cenizo ondulado y recortado hasta un poco más arriba de sus delgados hombros, grandes y preciosos ojos glaucos, rostro triangular, nariz larga y sonrisa imperfecta, desde el punto de vista de Ángela, esta mujer era muy alta. -Dime cariño –dijo amablemente la mujer de tez morena– ¿Te has perdido? -¿Perdido? –Aclaró riéndose la compañera de oficina– nosotras somos las que estamos perdidas. -Hola –saludo Ángela muy amigablemente y como siempre con una sonrisa– ustedes deben ser de la empresa española que está haciendo el proyecto de… -Sí. Somos nosotras. –Respondió la rubia con una sonrisa por haber interrumpido la pregunta de Ángela.

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-Pero vale –dijo la mujer de piel canela– pasa. ¿En qué te podemos ayudar? -Tengo estos dos documentos que no entiendo muy bien, por eso vine para que me orientaran. –Dijo Ángela a medida que entraba con pasos cautelosos a la oficina. -¿Es muy importante? –Preguntó la rubia delgada con rostro molesto. -Bueno –respondió Ángela con rostro de duda debido a que la rubia tenía pinta de ser una mujer muy de armas tomar en el trabajo– si es importante pero si quieres regreso en un rato. Parecen muy ocupadas. -Ostias Susana –intervino la mujer morena riéndose– tu sí que eres malvada. Mira no más… la cara que puso ¡Jajajaja! -Te pregunté si era importante –se dirigió riéndose la rubia hacia Ángela– porque creo que en estos momentos los más importante es ir al baño a fumarnos un cigarrito. ¿La hora? Once de la mañana. Hora del cigarrito ¿Nos acompañas? -Claro –respondió Ángela con cierto entusiasmo debido a la acogida– ¿puedo dejar estos papeles aquí? -Soy Rosa –se acercó sonriéndole la mujer de pelo crespo para darle un doble beso en las mejillas– vamos, ¿no estas asustada, verdad? -No –respondió Ángela con su sonrisa fresca– me sorprendió un poco nada más. Me llamo Ángela. -Yo soy Susana –también le dio el doble beso en las mejillas– ¿vamos? Desde el pasadizo se vio que las tres mujeres salieron de la oficina riéndose, desde aquel momento a Ángela le habían caído en gracia ambas mujeres procedentes de España, pues veía en ellas que eran muy divertidas sin tapujos ni nada por el estilo de toda mujer local. Una vez que entraron a los servicios 53


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higiénicos de mujeres, ubicado en el primer piso del edificio donde laboraban, Rosa se apoyó en la meseta de los lavatorios, mientras que Ángela y Susana permanecieron de pie dando espaldas a las puertas de los tres espacios cerrados donde iban los inodoros, las tres como por orden sacaron al mismo tiempo sus respectivos cigarrillos, Ángela saco un “Kent” ultra suave, mientras que Rosa y Susana un “Camel” cada una; Ángela usó un encendedor mientras que Susana fósforos, dándole lumbre con el mismo palito a Rosa. En menos de treinta segundos el ambiente estaba lleno de humo. En esa época las reglas de fumar en lugares cerrados recién estaba en boga, por lo que no se podía fumar dentro de las oficinas ni en sus correspondientes pasadizos, pero nada prohibía hacerlo dentro de los servicios higiénicos. -¿Fuman “Camel”? –preguntó sorprendida Ángela por lo fuerte del sabor de citada marca– pero son muy fuertes. -Si cariño –respondió Rosa– es que se siente un sabor más intenso. -Sino para que fumo. –Intervino Susana. -Pero Susana –anunció Rosa con entusiasmo–cuéntanos cómo es eso del muchacho que conociste. -¿Un peruano? –Intervino Ángela con sincera curiosidad y los no tan pequeños ojos marrones bien abiertos. -Sí –respondió Susana con poca emoción pero muy convencida de lo que tenía– parece medio loco. Tengo que ver qué pasa, aún no me llama. -Pero llámalo –sugirió Rosa– no te hagas problema. -Ni hablar –recomendó Ángela– cuidado que estos peruanos son medios vivos. -¿Vivos? –preguntó Susana.

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-Vivos pues, son aprovechadores cuando conocen a una extranjera. -Vamos cariño –respondió Rosa– somos españolas, está bien difícil que nos quieran tomar por bobas. ¿Pero lo dices porque te ha sucedido? –Ángela asintió. -Además, no me dio su número de teléfono. Creo que no tiene teléfono móvil. Algo así me contó. Voy a esperar que me llame, aunque cuando lo conocí también me dejó en ascuas sin llamarme a pesar que le di mi número. -Pero cuenta cariño –siguió Rosa -¿Trabaja? ¿Es un vago? -¿Un vago? –pregunto Ángela. -No lo sé. Estaba algo borracho, fuma demasiado. No estoy segura, pero me dijo… no sé si me dijo que era marino o bombero. –Terminó riéndose. Las tres acabaron casi al mismo tiempo sus cigarrillos y salieron del baño hacia la oficina donde habían iniciado la conversación, con la finalidad que Ángela pudiese recopilar la información que necesitaba. Se quedaron el resto de la mañana analizando la información aquella pero entre risas, aclaraciones, concentradas y relajadas, para luego ir a almorzar juntas a un restaurante cercano y regresar al trabajo, las dos españolas a su oficina y Ángela a la suya. Ángela recordó con mucha añoranza aquel episodio que inició una bonita amistad; fue un nuevo grupo de amigos muy divertido, salían de fiesta a cada momento, en algunas ocasiones viajaron juntos, Rosa y Susana conocieron a unos muchachos entretenidos y todo esto llevo a que Ángela conociera más gente, el grupo se expandió de tal manera que habían perdido la cuenta de cuantos eran y cuantas veces salían a divertirse juntos o parcialmente juntos, el hecho es que Ángela en aquel momento sintió algo de nostalgia por aquellos momentos, pero como el tiempo pasa y no vale la pena ponerse triste, pues a seguir viviendo que diversión aún queda.

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-¡Oye! –Gritó Patty V debido a la música de alto volumen de la discoteca– ¿estás aquí? -Claro ¿Por qué? –Respondió sonriendo. -Porque te quedaste como ida ¿pasa algo? No me digas que te estás compungiendo. -No Patty, nada de eso. Vamos por unas cervezas. Al cabo de un rato ambas se encontraban bailando, cada una con una botella de cerveza, la pista de baile estaba llena de gente al igual que el resto de la discoteca pero eso no parecía molestarles por el contrario, las ayudaba a ver si encontraban a algún chico guapo que les ayudara a pasar un buen rato en la discoteca. “Ven conmigo, ven conmigo baby…”. Los cuerpos de la juventud se rozaban casualmente entre paso y paso de baile desenfrenado, las gotas de ligero sudor no parecía molestar a nadie, todos se divertían sin cesar y la noche… aún era joven. Ángela vestía aquella noche un “top” color crema oscuro lo que hacía una perfecta combinación con su color de piel, el vientre estaba descubierto, un apretado pantalón jean azul lucía sus caderas y unos botines de taco color marrón hacia que su talla fuese un poco más alta. El calor de la discoteca le hizo transpirar ligeramente la nuca cubierta por su lacia cabellera, por lo que decidió ir al baño a ver que hacía con eso, seguramente echarse un poquito de agua que la refrescara, un poco sin afectar el peinado. Le dijo a Patty V a donde se dirigía y esta la acompañó para así no perderse en medio de la tan poblada discoteca. Caminaron arrimándose entre chicas y chicos que iban y venían, todos con una botella de cerveza o algún coctel en la mano, muchos con algún cigarrillo encendido en la boca pues en aquella época aún no se había prohibido fumar dentro de las discotecas a pesar que no estaba permitido hacerlo en lugares públicos cerrados. Entre gente, luces, música alta y humo, Ángela llegó a

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la puerta de ingreso de los baños, la abrió y se encontró con una especie de sala cuya pared estaba pintada de color de una maracuyá madura, a la mano izquierda estaba la puerta del baño de mujeres y el de hombres que tenía al costado una mesita con un florero, lo extraño era que con tanta gente que pasaba por ahí este florero ni se movía. Ambas ingresaron a los servicios higiénicos, primero lo hizo Patty V y detrás Ángela, una vez dentro tuvieron que esperar ya que los tres cubículos de los inodoros se encontraban ocupados por lo que aprovechó Patty V para encender un cigarrillo. -Esta divertido ¿Verdad? –Dijo Patty V mientras daba una pitada a su cigarrillo. -Sí. –Respondió de manera escueta Ángela pero sin dejar de sonreír. -¿Estás aburrida? –Preguntó también sonriendo. -No. Está bien. –Otra vez respondió Ángela, dando ver que algo no le convencía. -¿Quieres que nos vayamos? Podemos regresar al bar del centro comercial, ahí parecía que te divertías más. -Un rato más. Si no regresamos al otro bar. Al final de cuentas aún es temprano. Se desocuparon los inodoros y cada una fue a hacer lo suyo. En pocos segundos ya estaban lavándose las manos y echándose algo de polvos en la cara para salir nuevamente al ataque. Ángela abrió la puerta y vio algo que no lo podía creer, por lo que la cerró inmediatamente sin salir del baño. -¿Qué pasa? –Le preguntó Patty V. -Es él. –Respondió Ángela. -¿Quién huevona? –Preguntó nuevamente Patty V riéndose y tratando de abrir ella la puerta. 57


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-No. –Detuvo a Patty V para evitar que abriera la puerta. -¿Quién está afuera? -Es él. -¿A ver? –Hizo nuevamente el ademán de abrir la puerta. -Solapa no más. Que no te vea. –Patty V abrió la puerta, observó un pequeño instante y cerró nuevamente. -¿Ese no es el que fue a tu cumpleaños? El que bailó… -Sí, sí, sí. Ese mismo. -No nos vamos a quedar encerradas toda la noche en este baño ¿o sí? -No. Espera un ratito no más. Seguramente en un ratito se va. –Sugirió Ángela. -A ver –Patty V nuevamente abrió la puerta y la cerró –sigue ahí. Esta apoyado sobre la mesita que está al frente. Pareciera que espera a alguien. -¿A quién va a esperar? –preguntó impaciente Ángela– las chicas que están en este baño acaban de entrar y salir. -Tal vez a ti –aclaró Patty V– fácil te vio por ahí y te siguió. -¿Por qué ha de seguirme? -Porque tal vez también se haya sentido atraído a ti en algún momento. Ángela miró con duda a Patty V, tomo la manija de la puerta del baño de la discoteca y jaló con decisión para salir a continuar con la noche de baile desenfadado. Al encontrarse en el umbral de la puerta vio a aquel hombre 58


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alto mirando hacia su lado izquierdo, medio sentado con las piernas estiradas hacia adelante sobre la mesa pequeña que tenía encima aquel florero que nunca se caía, llevaba puesta una camisa manga larga suelta color naranja salmón metida dentro del pantalón jean azul ceñido y ajustado con una gruesa correa y su típica hebilla grande cuadrada, y sus habituales botas tejanas color chocolate. Seguía igual de flaco que hacía más de dos años pero con el pelo castaño oscuro muy crecido denotando que lo tenía ondulado, algo que nunca se pudo determinar debido a que su look anterior consistía en usar el cabello demasiado corto. Tal vez tenía un poquito más de arrugas avanzadas para su corta edad. Tenía la pinta de haber bebido demasiado pero no parecía encontrarse ebrio o por lo menos se notaba que lo podía controlar en caso lo estuviese. El sonido de la puerta al abrirse más la convergencia del eco del baño y la música hizo que el muchacho voltease en dirección a Ángela, entrecerró los ojos color caramelo presionando ligeramente las cejas hacia el centro como diciendo: “A ti te conozco”. Le sonrió con astucia. Ángela lo miro como haciéndose la sorprendida y también lo saludó con una sonrisa antes de pronunciar cualquier palabra. Dio dos pasos al frente de él. -Hola. –Saludó el tipo con agrado pero sin ser efusivo. -Hola –respondió Ángela siguiendo la corriente de que no le había entusiasmado en lo mínimo aquel encuentro– a los años. -Sí. A los años. ¿Qué ha sido de tu vida? –Inició la conversación con su peculiar sonrisa y denotando un poquito más de entusiasmo. -Bien. Trabajando y divirtiéndome un rato… -¿Ruta Jurel? … Patty V –se levantó para ponerse completamente de pie y saludar con un beso en la mejilla a la entrañable amiga de Ángela y de paso también saludó a ella de la misma forma.

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-¿Cómo te acuerdas? –Preguntó Ángela interrumpiendo el protocolo. -Porque me acuerdo de ella, es tu amiga… -No sonso. –Interrumpió con una risa que la hizo agachar y agarrarse las rodillas para rápidamente otra vez pararse. -¿Entonces? -De la “Ruta Jurel” ¿Cómo te acuerdas de eso? -¡Ah! No sé Ángela. Me acuerdo nada más. -Perdón flaco, estás esperando a alguien ¿verdad? –Preguntó Ángela para no sentirse sorprendida al momento que saliera alguna chica del baño. -No. -¿Entonces, qué haces aquí? -Nada fui al baño y me quede aquí a descansar los oídos de tanta bulla y respirar un poco más tranquilo. -¿No estas tomando nada? –Pregunto Ángela. -¿No lo ves? –respondió Patty V por él –está esperando que le invites algo pues. -¿En serio? –le preguntó con mirada de que algo era obvio– ¿te invito una cerveza? -Bueno. Gracias. -De paso bailamos un rato ¿No? –Sugirió Patty V con su tono tan fervoroso. 60


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DESPUÉS DE MUCHO Rocío se encontraba completamente desnuda en el baño de su habitación, recién había salido de la ducha después de tomarse un baño de agua caliente con un chorro final de agua helada para revitalizarse. No tuvo ningún reparo en permanecer desnuda luego de haberse secado el cuerpo con una gruesa toalla de algodón color café. La puerta del baño se encontraba abierta lo que hizo que el vapor se disipara rápidamente a pesar que la habitación permanecía cerrada. Se paró frente al espejo para peinarse el rubio cabello ondulado hacia atrás, no le agradaba ir a la peluquería para hacerse peinados de moda, simplemente iba peinada como a ella le daba la gana, con sus grandes ojos azules se miraba el atlético cuerpo y sus pequeños senos de pezones rosados. “Se me están cayendo las tetas”. Pensó, pero sin pesar, puesto que con los músculos obtenidos en todo el cuerpo por sus sesiones exigentes de Pilates así como por el hecho de practicar cultura vegetariana se minimizaba aquel pequeño detalle. Salió del baño hacia la habitación, tomó un pequeño calzón negro que no era ni sexy ni aburrido, pero si le quedaba muy bien haciendo que ambas nalgas marcaran una separación notoria en la tela de la prenda, se paró de espaldas al espejo del cuarto y volteó hacia el lado izquierdo para ver cómo le quedaba, mientras se miraba instintivamente el metatarso del pie derecho sostenía en equilibrio su semidesnudo cuerpo, enseguida se colocó un sostén también de color negro sin adornos. Descalza se paró frente al ropero de puertas corredizas para ver que prenda se colocaba, no había mucho que pensar pues saldría solamente a beber un rato con su amiga Gabriela y su novio Siriaco. Encontró una especie de camisón de vestir corto color blanco con mangas tres cuartos y cuello con tiras, se lo colocó rápidamente calzando este a la cadera, de pronto sonó el teléfono celular. Lo tomó y vio por la pantalla de quien se trataba la llamada. -Aló Gaby. -Rocío, te estamos esperando abajo. –Respondió la amiga.

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-Me pongo un pantalón y bajo. –Dijo Rocío riéndose con sus largos dientes. -Jajaja. Apúrate. Un beso. Rocío dejó el teléfono encima de la cama para apurarse en elegir que ponerse sobre las caderas, volteó por el apuro y vio un pantalón de tela jean azul “Levi’s” encima de una silla, lo tomó de los costados y se lo puso, lo abotonó para inmediatamente después agarrar un par de zapatos cerrados hasta los tobillos de taco no muy alto, cogió una pequeña cartera donde guardó el teléfono móvil, unos documentos y algo de dinero. Rápidamente salió de su departamento, cerró con mucho cuidado la puerta para luego tomar el ascensor y bajar al auto de Siriaco quien junto a Gabriela la esperaban para ir de fiesta. Rocío medía un metro sesenta y dos, de rostro serio y nariz aguileña. Ahí hacia finales de octubre de 2005 ya tenía cincuenta años de edad, los que no aparentaba debido a su personalidad jovial, aquellas intensas ganas de vivir y la energía que le ponía para hacer todo. Eso le restaba unos diez años a su apariencia física. Se encontraba sentada en la parte de atrás del automóvil de Siriaco, un hombre bajo de estatura, cara redonda y el pelo completamente blanco. Rocío iba conversando con Gabriela que si bien era ligeramente más alta que ella, estaba algo subida de peso, mientras que Siriaco solamente se reía de las cosas tan graciosas que ellas comentaban. -Rocío ¿Te parece bien si primero vamos al “Haití” a tomarnos unos cuantos pisco sour? –preguntó Siriaco– estamos muy cerca. -Claro –respondió animada Rocío– pero tú sabes que no quiero tomar. -Pero, sí puedes –Gabriela intervino airadamente pero riendo– aunque sea uno, recuerda que hoy celebramos Halloween. -Prefiero Día de la Canción Criolla. –Respondió dubitativamente Rocío debido a que no sabía si se animaría a beber. 62


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-Es cierto. Eres muy nacionalista amiga, todo el mundo celebra Halloween el 31 de octubre. -Pero en el Perú falta identidad, por eso siempre a este día lo llamare Día de la Canción Criolla. -¡Ay ya! –respondió Gabriela mientras Siriaco se reía de la conversación y de las interminables discusiones de las amigas– igual vamos a celebrar porque somos amigas. -Pero eso es en febrero… -¡Ya! –gritó Gabriela con carcajadas y Siriaco también hacia lo suyo– ¿estamos por llegar? -Sí. –Respondió Siriaco con su voz apagada pero media aguda. Pasaron diez minutos y llegaron al distrito de Miraflores, muy cerca del Barranco querido de Rocío, por suerte Siriaco encontró estacionamiento frente a la cafetería donde también servían licores, sándwiches, postres y demás. El “Haití” tenía mesas tanto fuera como dentro del local. Tenía varias décadas en el mismo local y era un clásico para ir a tomar, comer y hasta era un atractivo turístico de la capital. El piso era de una loza antigua que nunca la cambiaban para no quitarle ese “caché”. El olor a café salía hasta la calle. Al fondo de la barra de atención había cinco máquinas cromadas antiguas de café que servían de adorno. Los tres bajaron y se ubicaron en la terraza exterior del “Haití”, se acercó un joven mozo, algo raro para las personas que atendían en aquel local que en su mayoría eran señores de más de cuarenta y cinco años de edad. Muy cortésmente con tres cartas… pero antes que se las entregase, Siriaco interrumpió. -Tráenos tres copas de Pisco Sour, por favor… -Noooo –interrumpió Rocío– a mí un jugo de… 63


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-Tres Pisco Sour, por favor –interrumpió Gabriela con voz más fuerte que la de Rocío– esta noche vamos a celebrar. -¿Qué vamos a celebrar? -Nada, solamente que somos amigas y que amo a este hombre –Siriaco se sonrojó– y de aquí nos vamos a bailar. -¿A bailar? ¿A dónde? Es que no sé Gabriela… -No me digas que no tienes ganas. Vamos, si te aburres me avisas y nos regresamos. -No sé. –Respondió Rocío con la mirada perdida. Al poco rato se apareció el mozo con las tres copas de pisco sour sobre un azafate circular, una por una fue colocándolas sobre la mesa cuya superficie era de vidrio, Rocío miró con gusto la copa del licor puesta al frente suyo, la apetecible espuma blanca con la pizca de amargo de angostura y el coctel verdoso que sumía debajo de ésta le hizo agua la boca. “No quiero tomar pero esto me está tentando”. Tocó con el índice derecho la superficie lateral de la copa y la sintió muy fría y húmeda. -¿Te animaste? –Le preguntó Siriaco con una sonrisa sarcástica. -Sí –sonrió Rocío con una especie de complicidad– pero solo uno, tú sabes… -Yo no sé nada –interrumpió Gabriela– tomaremos lo que debamos tomar. -¡Salud! –Saludó Siriaco levantando su copa. -¡Salud! –Respondió Rocío también levantando su copa al igual que Gabriela.

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Inmediatamente se llevó la copa a los labios que no se los había pintado y con los ojos cerrados saboreó el coctel de bandera; la rica espuma le dejó una especie de bigote blanco sobre la comisura de los labios, disimuladamente se pasó la lengua por ese lado para que no le quedase la marca y rápidamente completó la limpieza con una servilleta de papel que había en la mesa. Tenían ya más de una hora y media en el “Haití”, más allá de la media noche y tanto Gabriela como Siriaco habían bebido ya tres copas del mismo coctel, mientras que Rocío apenas iba por la segunda. Los tres estaban muy animados y la hora era ya avanzada, el siguiente paso era ir a bailar. Rocío no bebería más que el contenido restante del pisco sour de su segunda copa y por lo ya conversado la pareja no pediría otra copa más. -Con esto es suficiente –anuncio Rocío– y creo que para ustedes también. -Sí –respondió Siriaco– mejor vamos a bailar porque si me tomo una copa más me voy a emborrachar de verdad. -Yo si me quiero emborrachar. –Dijo Gabriela riéndose. -Ya no. –Advirtió Rocío. -Eso mismo. –Acompañó Siriaco. Siriaco pidió la cuenta al mismo joven mozo a quien le estuvieron haciendo bromas muy simpáticas, rápidamente el muchacho le alcanzó la cuenta. Siriaco pagó y le dejó una buena propina, tanto por la excelente atención como por haber aguantado de muy buena gana sus bromas. Se pusieron de pie y salieron del local entre muchos abrazos, risas y bromas. Subieron al auto de Siriaco para dirigirse a un pub para adultos que estaba a menos de diez minutos en automóvil.

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Desde afuera se veía que en el pub había mucho ambiente bueno, gente bailando, divirtiéndose, tomando y fumando, risas y más risas, cortejos y más cortejos. Para mal gusto de Rocío la decoración de todo el local, a pesar que nadie usaba disfraz pero muchos si estaban disfrazados, era referida a Halloween, algodón sintético simulando telas de araña, sombreros de brujas, calabazas endemoniadas, escobas colgadas simulando que volaban, globos color naranja y negro entro otros. Rocío y la madura pareja de enamorados ingresaron, había mesas llenas desde el umbral de la puerta por donde cruzaron caminando hasta la pequeña pista de baile, al lado izquierdo estaba la barra donde atendía un hombre blanco de unos cincuenta años con el pelo lleno de canas, un polo color negro y cuerpo aparentemente musculoso, lo acompañaba atendiendo una chica trigueña de pelo pintado color rojizo y cuerpo bien marcado entre la cintura y caderas, senos no grandes pero aparentaban ser duros; cruzaron la pista de baile por un lado hasta llegar a otro espacio que también estaba con las mesas llenas de gente. La música a volumen alto retumbaba los oídos de cualquiera, pero nadie se quejaba porque era fiesta y para eso uno iba a bailar. -No hay donde sentarnos –se quejó Rocío pero no con pena. -Que importa. Hemos venido para bailar –respondió Gabriela gritando debido a que la música sonaba alto. -Si pues, esta buena la música –era música pop clásica– vamos los tres a bailar. -Un momentito –dijo Gabriela– Siriaco ha ido a comprar unas cervezas. -Yo no voy a tomar. –Advirtió Rocío. -Ya lo sé. Fue a traer dos cervezas nada más. Rocío estaba divirtiéndose con solo ver tan animado ambiente, no se divertía hacía mucho tiempo pues el divorcio le había sentado muy mal a pesar que de esto transcurrieron más de seis años atrás. El ex esposo le había sido infiel, 66


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Rocío lo descubrió cuando en su computadora personal descubrió poemas parecidos a los que a ella le enviaba, pero con prosa que le causó extrañeza –“… tu lacio pelo negro…”. -“Pero mi pelo es rubio y ondulado”. Cosas como esa le despertó sospechas, luego siguió el rastro del correo electrónico de Max (quien fue su esposo) y no fue muy difícil descubrir que la mujer de pelo lacio negro si existía, se trataba de una mujer española, no era tanto más joven ni tanto más guapa pero si diferente, algo que seguramente Max persiguió desde hacía mucho tiempo. Rocío no dudó en encararlo, así como tampoco dudó en exigirle el divorcio. “Max es más joven que yo”. Se torturaba con esa teoría absurda, era más joven pero no tanto, había tan solo una diferencia de cinco años lo cual no constituía estímulo para que la engañase con otra mujer. “Si me engaña es porque se aburrió de mí, nada más. Es un hombre bueno pero ya no tiene sentido seguir atada a él”. -Solo quiero que me digas la verdad –le dijo ella con los ojos azules llenos de lágrimas y la voz quebrada– ¿desde cuándo me engañas con Lucía? –Le dijo el nombre para que Max no tuviera opción de negarlo. -Perdón Rocío. –La miró con los ojos marrones fijos a ella. -Esa no es la respuesta Max. -Hace seis meses. –La seguía mirando pero sin llorar. -Sabes que no te lo voy a perdonar, ¿verdad? -Lo sé…

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-Entonces, ¿por qué me pides perdón? –Preguntó moviendo la cabeza confundida. -Te pido que me perdones la traición. -Muy bien. Estás perdonado. Perdonada la traición Max. Pero lo nuestro muere aquí. Mañana inicio los tramites del divorcio. -Voy a alistar mis maletas Rocío –no había mucho pesar en él– esta noche me voy. Aquella noche Rocío lloró demasiado, hizo lo mismo las siguientes ciento ochenta noches, engordó mucho y se descuidó hasta que llego el día en que vio a su hija y se dio cuenta que había mucho porqué luchar en la vida. A partir de aquel día comenzó a recuperarse, en acto de rebeldía contra ella misma se cortó el pelo hasta quedar completamente calva y dio inicio a su “Nueva Vida” convirtiéndose en vegetariana e iniciar sesiones diarias de Pilates y mucho, pero mucho trabajo, maestría y otras ocupaciones que le hicieran olvidar aquella decepción. Dentro de todo lo divertido del local y las dudas para divertirse, Rocío bailó junto a Gabriela y Siriaco, la música la invadió y soltó un poco aquella retraída actitud, cerró los ojos en torno a las notas musicales y se dejó llevar por unos largos veinte segundos a un espacio diferente del que se encontraba, abrió los ojos azules con una sonrisa y fue como si hubiese vuelto a nacer, se sintió con una energía diferente y decidió ver el mundo de otra manera, bailó y bailó. En tanta danza, Siriaco divisó que una mesa se desocupó y como desquiciado fue corriendo para separarla. La alcanzó y con el brazo levantado movió la mano haciendo una seña para que se acercaran, ellas hicieron caso omiso y continuaron bailando mientras el pedía unas cervezas más, esta vez se atrevió y pidió una para Rocío también. Mientras Rocío y Gabriela bailaban entre tanta gente, Rocío al borde de la pista vio a un hombre de aproximadamente cuarenta y tantos años de edad con la barba insípida, alto, delgado y pelo 68


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ondulado oscuro y algo crecido, él hacía pasos de baile de pie mirando a la gente como bailaba, sonreía al parecer a sí mismo, desinhibido por completo. “Qué guapo … y que bien baila”. Usaba una camisa de manga larga remangada hasta los codos con rayas celestes, un pantalón jean celeste muy ceñido y correa gruesa, él no se había dado cuenta de la presencia de Rocío. “Tal vez ni lo note”. Por la mirada parecía que iba buscando a alguien. “¿Por qué no me miras?”, pensaba Rocío mientras trataba de sacarle eso mismo, una mirada. -Vamos a sentarnos. –Le dijo Gabriela. -Un rato más. –Pidió Rocío para ver si alcanzaba sacarle una mirada al hombre. -Ok, pero un ratito más porque quiero tomar algo. -Excelente. –Respondió Rocío levantando el dedo pulgar de la mano derecha y con un brillo en sus ojos azules que Gabriela no había visto desde hacía mucho. -“¿Qué habrá visto?”. –Se preguntaba Gabriela quien no había observado aún que le llamaba la atención a Rocío, continuaron bailando al igual que aquel hombre más joven que Rocío pero que tenía un atractivo distinto. Bailando y haciendo pasos y de manera disimulada, Rocío fue acercándosele para ver si así empalmaban unos bailes juntos ya que éste iba solo. Los planes de acercamiento se desvanecieron cuando dos chicas de una edad más aproximada al hombre que a ella se le acercaron y lo sacaron a bailar, una era alta de tez blanca, dientona y cuerpo delgado pero de piernas firmes, caderas ligeramente anchas, cabello oscuro amarrado hacia atrás, la otra chica era baja de tez trigueña, nariz larga y pelo lacio suelto. La chica alta se le pegó en el baile mientras éste le correspondía, la otra vio las intenciones de aquellos dos y se separó. -Ya vamos a la mesa. –Le dijo Rocío decepcionada a Gabriela. -Vamos. –Respondió satisfecha porque por fin se sentarían.

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Se sentaron y bebieron sus cervezas, Siriaco les hacía bromas y ellas reían. “Igual esta divertida la noche”, pensó Rocío mientras observaba a la pareja bailar. Volteó hacia Gabriela para seguir conversando y divertirse, pues el objetivo de haber salido era ese: Divertirse. Luego de pasada una hora y tal vez algo más, Rocío vio que parados en la barra estaba conversando de pie el hombre guapo con la chica dientona, ella le dio un papelito y se despidió con un beso en la boca, mientras se retiraba del local él sonrió mirando el papel y se lo guardó en el bolsillo de la camisa mientras continuaba de pie apoyado de un codo sobre la barra. -Vamos a bailar. –Le dijo Rocío a la pareja. -Vayan ustedes –respondió Siriaco– estoy cansado. Desde aquí las veo. –Se rió. -¿Vamos? –Le preguntó algo apresurada Rocío a Gabriela. -Vamos. Se pusieron a bailar en la pista y Rocío se ubicó en una posición tal que podría atraer una mirada del hombre aquel. Este permaneció de pie en el mismo lugar donde la chica lo había dejado con un beso en la boca, con un codo apoyado en la barra miraba hacia la pista, sonreía pero no bailaba ya. De pronto sucedió lo que Rocío había estado buscando, él la miró con sus oscuros ojos grandes directamente a sus preciosos ojos azules. Pero solo eso, la miró y nada más “Me mira pero ni siquiera me sonríe”. En el furor del baile Gabriela le cambió de posición evitando que Rocío pudiese regalarle una sonrisa a este individuo. Las puntas de su cabello rubio ondulado rozaban sus delgados hombros al son del ritmo de la música, no pudo evitar voltear para ver al tipo que ya le había echado una mirada pero él seguía haciendo lo mismo. Rocío se llevó una sorpresa cuando lo vio bailando detrás de ella a dos escasos metros. Regresó la mirada con un gesto de júbilo que Gabriela no lo había visto en el rostro de Rocío desde hacía mucho tiempo, este gesto de impresión vino acompañado de sus grandes ojos azules abiertos y una risa que hizo que sus labios mostraran sus dientes grandes hasta las encías. 70


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-¿Qué paso? –Le preguntó Gabriela con complicidad. -Has la que no te has dado cuenta –advirtió disimuladamente– ¿ves al pata que está parado detrás mío? -¿El alto de la barba crecida? –Preguntó mirando hacia otro lado. El hombre parecía no haberse dado cuenta de que conversaban. -Sí, ese mismo. -No está mirándote. Bueno, ahora sí. -¿No? Ya sé que hacer. Vamos a sentarnos. En la que Gabriela caminó delante de Rocío, pasó frente al hombre ya observado y Rocío cuando lo estaba cruzando, tomó una decisión radical, volteó para dirigirse a él. -¿Quieres bailar? –Le preguntó con tono de advertencia. “¿Por qué en vez de mirarme tanto no me sacas a bailar?”. -¿Cómo? –con voz gruesa pero sonriendo preguntó el tipo debido a que no había entendido. -¿No quieres bailar? –Preguntó Rocío una vez más. -Claro. –Respondió con una sonrisa y enseñándole la palma de la mano para que ella la tomase. Las telas de araña artificiales hechas con algodón sintético que adornaban el ambiente comenzaron a caer en la pista de baile, estas al roce con la piel de Rocío le comenzaron a molestar debido a que tal material le causaba alergia, entonces ella le ofreció al hombre ir a su mesa para seguir conversando. En aquella mesa conoció a Gabriela y Siriaco, a ambos le cayó simpático aquel 71


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tipo, y a Rocío por supuesto. Los cuatro conversaron hasta el amanecer, la música no sonaba y ya no había nadie más que el personal de limpieza y de caja en el pub, además de ellos y un par de hombres mayores de los cuales uno trató de abordar a Rocío tratando de minimizar al hombre que recién conocía con la obvia juventud comparada con los años que ella podría aparentar. -¿Cuántos años tienes muchacho? –preguntó de manera altanera el desconocido. -Caballero –respondió solemnemente el nuevo amigo de Rocío –tengo un nombre así que mejor evite el apelativo de muchacho, y como usted no sabe mi nombre pues es de muy mala educación hacerle ese tipo de preguntas a un desconocido– todos rieron menos el inoportuno hombre, quien no contento se dirigió a Rocío. -¿Y tú? -¿Yo que? –Respondió Rocío con mala cara. -¿Cuántos años tienes? –Insistió el mal educado tipo. -Veinticuatro –Respondió ella con convicción. Era obvio que no tenía esa edad. -¿En serio tienes esa edad? –Le preguntó suavemente al oído el amigo nuevo a Rocío. -Pensé que me preguntaba por la edad de mi hija. –Le respondió ella en secreto mientras se reía por la cara de idiota que puso el otro al escuchar semejante respuesta. El impertinente hombre murmuró algunas palabras con su amigo y se fueron, con cara de molesto por el chasco que acababa de pasar. Los cuatro permanecieron un rato más en el local, Rocío estaba tomando agua mientras los otros tres bebían cerveza, hasta que se acercó un joven mesero ojeroso 72


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por las arduas horas de trabajo nocturno para indicarles que ya el local tenía que cerrar, los cuatro se miraron y comenzaron a reírse debido a que no se habían dado cuenta o tal vez no les interesaba que ya había amanecido. -Rocío –conversó el nuevo amigo antes de ponerse de pie– ¿cuál es tu apellido? -Salazar de Agüero. –Respondió ella con tranquilidad. -Pensé que eras divorciada… -Sí –respondió ella con emoción– mi apellido es compuesto, es más mis dos apellidos son Salazar de Agüero Salazar de Agüero… -Entiendo. –Dijo con cara de primera noticia que aquel apellido existía. -Y mi nombre sale en las páginas de la guía telefónica. No hubo necesidad de intercambiar teléfonos, ella solo esperó que el hombre entendiera la pista y la llamara. Llegaron a la puerta de salida del local y caminaron hacia el auto de Siriaco, que se encontraba a unos diez metros, mientras los cuatro conversaban. -Ya amaneció –comentó Gabriela. -Que observadora. –Intervino Siriaco lo que arrancó una carcajada de Rocío que hizo que se agachara por esto. -Qué gracioso –respondió Gabriela riéndose. –Mira vas a poder contarle a tus amigos que amaneciste con Rocío Salazar de Agüero. -Bueno –respondió el nuevo amigo– con Rocío y sus amigos. Es bueno aclarar. -Eres un caballero. –Anunció Rocío a los tres.

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-Seguro le contarás a tus amigos. –Insistió Gabriela. -¿Cómo así? –preguntó con duda el hombre– ¿en los camerinos? -Jajaja –sonrió Rocío– Gabriela está bromeando. Rocío vio que él usaba unas viejas botas tejanas color marrón que le hicieron recordar a ella unos veinte años atrás, sonrió por eso. A la altura del auto de Siriaco, él, Gabriela y Rocío se despidieron del hombre alto y delgado quien no dudó en abrir la puerta posterior del vehículo para que Rocío pudiese entrar. -Sí –le dijo Rocío– eres un caballero. Al momento que él se alejaba dejando ver su espalda, Rocío se quedó observándolo con una sonrisa, de pronto mientras él seguía caminando volteó el rostro con media espalda para mirarla con una sonrisa que a ella le encantó. “Paz y ternura”, pensó al verlo y esperando que en vez de llamar a la dientona con quien bailó hacía más de tres horas y cuyo teléfono seguramente lo tenía anotado en el papel que guardaba en el bolsillo de la camisa, hubiese adivinado el acertijo de su compuesto apellido en la guía telefónica.

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¡QUÉ TE IMPORTA! Con sus manos blancas de uñas duras, largas y sin pintar, Cinthya se acomodaba el largo cabello marrón semi ondulado hacia un lado y luego hacia otro, pues el calor sofocante de la selva peruana le incomodaba y la hacía transpirar. Sus glándulas sudoríparas se activaban en esa región y le regalaban una ligera transpiración. Estaba sentada en la mesa del comedor de la casa de su abuela, eran como las cuatro de la tarde y el sol de Pucallpa castigaba la ciudad. Acababa de almorzar junto con la abuelita, una tía que era hermana de su madre con su respectivo esposo, una prima y un amigo que había sido enamorado de la hermana de Cinthya. Luego del almuerzo y fiel a las costumbres de la ciudad para los fines de semana, Cinthya como sobremesa les ofreció tomar unas cervezas y comenzaron a beber para disfrutar un poco en familia y de paso refrescarse del calor. Cinthya vestía un pantalón corto que lucía sus delgadas piernas, unas sandalias de corte común, tenía las uñas de sus pequeños pies pintadas de color verde cosmopolita que hacían contraste con su piel blanca capulí. Encima del pecho, de senos diminutos, llevaba un polo color negro con un estampado en la parte delantera que lucía una gama de colores que formaban el paisaje del ocaso en una playa de Miami. Aquella prenda le quedaba tan grande que no se veía el pantalón corto que usaba. Cinthya era una chica de veintinueve años, de contextura delgada, muy delgada, apenas pesaba cuarenta y nueve kilos frente a un metro sesenta y tres de estatura. Tenía labios delgados que terminaban en el centro con una pequeña comisura, no se los pintaba porque ella misma decía que cuando lo hacía se parecía al Guasón de la tira cómica Batman. Sus dientes eran parejos y blancos haciendo que su sonrisa fuera amplia y fresca en su cara ovalada. Sus ojos negros eran grandes y rasgados ligeramente hacia arriba sobre los que tenía unas cejas que parecían depiladas, con una forma arqueada natural. Ese detalle le añadía a su mirada una rara intensidad. La nariz era recta con orificios pequeños. Poseía una personalidad no solo luchadora sino también estaba

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consiente que tenía un “Tornillo Flojo”. Aparentemente estaba loca desde el punto de vista coloquial, pero en algunas ocasiones aquel punto de vista coloquial se convertía en lo más real que pudiese existir. “Soy loca”, se lo recordaba siempre como para estar convencida que vivía en este planeta. Continuaron bebiendo cervezas hasta aproximadamente las seis de la tarde, todos a excepción de la abuelita estaban borrachos, la conversación había fluido de manera natural al hablar sobre recuerdos de la familia, sobre los vecinos y sus actitudes ridículas o extrañas, sobre los conocidos con los que de cuando en cuando alguno de ellos se cruzaba; hablaron también sobre el inclemente calor pucallpino, sobre la mala gestión del gobierno regional, sobre la corrupción local. Intentaron de manera fallida sacarle información a Cinthya sobre algún novio. Ella en todo momento respondía que no tenía a nadie, cosa que era muy cierta, pero por lo bonita que era sus familiares no podían creer que anduviera sin pareja. Cinthya no podía creer que después de más tres largos años hubiese regresado a su tierra natal, la misma que la vio crecer y que la despidió de muy joven. Ella se había vuelto una mujer independiente y se dedicaba mucho a trabajar en su propia empresa de exportación de café, además de eso también trabajaba como administradora en un conocido y sofisticado restaurante. El hecho de haber sido madre a los dieciséis años había desarrollado en ella un instinto de supervivencia que sobrepasó los límites. “No seré pobre. Jamás”. Era la promesa que se había hecho a sí misma. No quería que a su hija le sucediese lo mismo que a ella, haber sido embaucada por un hombre mucho mayor y que tras eso le hubiese dado una calidad de vida difícil pese a este contar con recursos económicos para solventarla. “Nunca quiso que estudiara, siempre me quiso tener metida en casa mientras este salía con perras”. Era justo que anduviese resentida con el padre de su hija, pero eso ya le había pasado hacia muchísimo tiempo. El hombre le era indiferente. A duras penas se comunicaba con su hija y no enviaba ni un centavo para su manutención ni estudios, Cinthya con carácter de fiera se dedicó a su hija y solo para su hija.

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Una vez que dio a luz se separó del padre de su hija y se dedicó a trabajar en la agencia de viajes de la excuñada, quien al igual que el resto de la familia del padre de la hija le tenían un cariño muy especial. Cinthya trabajó ahí hasta cumplir la mayoría de edad, luego viajó a Lima para estudiar dos años en un instituto de turismo y hotelería, luego de eso se dedicó a trabajar en el rubro y regresaba a Pucallpa por una temporada, trabajaba en los negocios de la familia del exmarido, luego viajaba otra vez a Lima y anduvo así hasta que se le presentó la oportunidad de viajar a Nueva Zelanda con todas las facilidades. Vivió en Nueva Zelanda por un año donde trabajó en un proyecto dedicado al café y donde además aprovechó en realizar labores de limpieza, tal como lo hacen los jóvenes que viajan durante sus vacaciones a los Estados Unidos de Norte América. Cinthya aprendió a ser barista y comenzó a ganar mucho dinero en ese oficio y en sus horas fuera de aquella labor, se dedicaba al oficio de limpieza en hoteles. “Tengo que ganar más dinero”. Se convirtió en una obsesión el querer ganar cada vez más dinero y enviarlo al Perú para mantener a su pequeña hija sobre un estándar que era el que ella deseaba. Durante su estadía en el extranjero, Cinthya se comunicaba con un ex enamorado que había resultado ser un sin vergüenza, pero en esas llamadas él le prometió mucho amor y ella le creyó perdiendo más oportunidades en aquel país. A su retorno a Lima, este muchacho la fue a recoger al aeropuerto y estuvieron juntos sin separarse por un par de días. Ella fue a hospedarse en la casa de una de las excuñadas que la quería como a una hija y a partir de ese momento comenzó a sospechar que no fue una buena idea volver al Perú. Tuvo un pretendiente kiwi que le había ofrecido toda una vida además de amor en aquel país. El enamorado quien le había prometido todo el amor del mundo no le respondió el teléfono por varios días, a Cinthya comenzó a entrarle algo de miedo respecto a lo que le pudiera estar sucediendo al muchacho este. “Tal vez este año que no estuve se metió en algún tipo de problema”. Aquellas dudas y miedos los tenía dado que por muy enamorada que estuviese del hombre, sabía que él tenía un grado de irresponsabilidad elevado, por lo que

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¡QUÉ TE IMPORTA!

el hecho de no poder comunicarse la ponía en una condición desfavorable. Un día jueves, como a las once y media de la mañana, Cinthya regresaba a Miraflores en un taxi por el circuito de playas cuando vio el auto del “Mejor Amigo” del enamorado estacionado en una de las playas, lo que despertó aquel instinto femenino que nunca falla. Le pidió al taxista que regresara. Cuando el automóvil llegó a la playa indicada ya Cinthya le había pagado al conductor, antes que este se detuviese ella ya había abierto la puerta y con el pie derecho a punto de tocar tierra firme. “Este conchesumare debe estar aquí”, se autoconvenció. Una vez que terminó de desembarcar caminó con pasos alargados, más largos que los que comúnmente daba, no llevaba ropa para playa, muy por el contrario llevaba un jean color negro pegado a sus delgadas piernas “Con el calor que hace aquí”, se quejaba por la manera como el sol castiga el color negro. Llevaba un par de zapatillas deportivas como estaba acostumbrada. En esta ocasión este calzado era de color azul con líneas verdes. No había llevado lentes de sol, puesto que había salido muy temprano de casa y en ese momento no los había necesitado. Encima tenía un polo de algodón blanco sin dibujo alguno ni detalle resaltante. La rápida caminada hacía que su pelo negro se alborotara mientras ella miraba hacia un costado en dirección a la arena y el mar en búsqueda del muchacho que tenía ya tres días sin dar señales de vida. Pasó por el automóvil que era muy parecido al del amigo del enamorado, por determinados detalles comprobó que sí era el vehículo. “Si me estoy equivocando espero poder dar una excusa que no me haga quedar como una cojuda”. No se equivocó, desde aproximadamente veinte metros vio tanto al amigo como al enamorado con unos chicos más bronceándose y bebiendo unas cervezas, no estaban con mujeres pero si era una actitud muy irresponsable: divirtiéndose de esa manera un día de semana por la mañana en vez de estar trabajando tal como él le había dicho que lo hacía. Ni el muchacho ni el amigo cayeron en cuenta que ella estaba a punto de abordarlos, el resto de amigos quizá sí pero como no la conocían pues ni modo. Cinthya llegó al punto de encuentro de estos cinco jóvenes.

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-¡Concha de tu madre! –se manifestó Cinthya sin gritar pero si posando su mano sobre el hombro desnudo y resbaloso de tanto bronceador del enamorado– o sea que mientras yo me rompo el culo trabajando tú estás chupando. Tengo tres días llamándote y no me respondes por esto. -¡Cindy! –respondió como todo un sin vergüenza joven– no pienses eso, mi teléfono se perdió y no pude ir a la casa de tu tía a visitarte, no sabía si te encontraría. -¿Crees que soy estúpida? Me voy… -Por favor mi amor no te vayas… te acompaño… -No es necesario. Me llamas si es que te interesa. Cinthya se fue caminando firmemente sobre la fofa arena sin dar señales que esta le causaba dificultad al caminar, llegó al borde de la pista y se subió a un taxi para seguir con su rumbo inicial. Luego de un par de horas recibió la llamada telefónica del enamorado y Cinthya le dijo lo que le vino en gana, desfogando así toda su molestia. El muchacho le pidió perdón, luego de dar todas las excusas que pudo inventar. Cinthya lo perdonó, pensó que seguramente el chico aún no se acostumbraba a que ella estuviese en la misma área geográfica. Luego de aproximadamente una semana de haberse estado viendo, Cinthya llamó por teléfono móvil al joven y nuevamente este no le respondió, al segundo día, pasadas las ocho de la noche ella no aguantó. “Este imbécil está burlándose de mí”. Decidió ir a buscarlo a la casa de sus padres en San Borja. Cuando llegó, la oscuridad de la noche le permitió ver que salía un automóvil de la casa de los padres del enamorado, entonces ella se acercó sigilosamente. Cuando el muchacho decidió partir, las luces del vehículo iluminaron la silueta de Cinthya que se encontraba al frente de este impidiendo su salida. El muchacho no supo que hacer contra eso, tampoco supo qué hacer con la chica que lo acompañaba. 79


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-¿Ahora que me vas a decir hijo de puta? –Increpó Cinthya desde la ventana abierta mientras que lo miraba fijamente a los ojos y a la vez veía que estaba acompañado. -Cindy… yo… Sin palabras trataba de salir de aquella embarazosa situación pero eso estaba más difícil que vivir en el sol. -Me estuviste engañando… eres un desgraciado… -¿Tú eres Cinthya? –Preguntó la chica que acompañaba al confundido enamorado. -Sí –Cinthya la miró extrañada por la forma tan gentil como se dirigió la chica a ella. -¿Podemos hablar? –le preguntó cortésmente mientras bajaba del automóvil. Cinthya se apartó de la ventana que se encontraba al lado del enamorado y cuando trató de cruzar frente al auto que aún permanecía con las luces encendidas se vio frente a frente con la muchacha. Aquello le cayó como un balde de agua helada, era peor de lo que se imaginó, la muchacha estaba embarazada. -¿Estás embarazada… de este? –preguntó Cinthya sabiendo cual era la respuesta. -Sí –respondió tranquila la chica– pensé que tú eras parte del pasado. -Definitivamente soy parte del pasado. –Dijo convencida y sin querer dar muestras de dolor.

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-Me contó que lo habías abandonado para irte a Nueva Zelanda. No sabía que habías regresado. ¿Tienes mucho tiempo en Lima? -Poco más de quince días. –Dijo Cinthya con voz baja y más confundida pero a la vez convencida que todo aquello parecido a una relación que hubiese tenido con aquel hombre había sido parte del pasado, nada más que eso… el pasado. Antes de irse se acercó nuevamente al tipo. –Me jodiste la vida imbécil. –Le dijo con voz baja pero siempre con la mirada fija a los ojos del adversario. -Tú tienes la culpa que ella haya salido embarazada. –Reclamó el hombre con la cara más dura que una escultura. -¿Qué has dicho? –Pregunto sorprendida Cinthya pero con tono amenazador. -Si no te hubieses ido yo no habría salido con ella, me rechazaste tantas veces que tuve que refugiarme en ella. -¡Imbécil! –gritó Cinthya– ¡Eres un imbécil! …Muchacha –se dirigió en voz alta a la mujer gestante- ¿tú sabías que este miserable me llamaba todos los días que estuve en Nueva Zelanda? ¿Te dijo este imbécil que él fue una de las razonas por las que regresé? -Disculpa –contestó con voz suave la mujer interrogada– él me dijo que le hacías mucho daño y que… -¿Le creíste? –Preguntó Cinthya indignada. -Pues… sí. Le creí. -Chica, te deseo lo mejor.

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¡QUÉ TE IMPORTA!

Cinthya se fue caminando con sus acostumbrados pasos alargados y con los grandes ojos negros rasgados llenos de lágrimas. “Tengo que olvidarme de esto”. No lo olvidó pero sí lo superó. Aquella tarde recordaba lo que había sucedido diez años atrás mientras bebía cervezas heladas con sus familiares, Cinthya pensó que esa era la verdadera felicidad. “Más que ganar dinero, esto es felicidad genuina”. La hora corría y Cinthya solo quería seguir pasándola bien. Solo se había quedado ella, la prima y el ex de la hermana, la abuelita se había ido a dormir y el resto se retiró a sus respectivas casas. -Brother –le dijo Cinthya a Juanjo, el ex enamorado de la hermana que era muy amigo de la familia– vamos a comer algo. -Ya –respondió– ¿a dónde quieres ir? –Sonó en tono galante. -No sé pues huevón. Yo no vengo a esta ciudad hace más de tres años. – Reclamó Cinthya entre una pequeña risa. -Ya sé dónde. –Dijo el muchacho como si hubiese descubierto la pólvora. Salieron de la casa de la abuela de Cinthya hacia la calle en donde tomaron un mototaxi. El viaje le ayudo a respirar algo de aire menos caliente que el de la casa de la abuelita. Después de unos ocho minutos llegaron a una especie de cafetería en donde el único café que servían era el instantáneo pero sí preparaban sándwiches contundentes y también cervezas. Una vez que se sentaron se acercó un muchachito amanerado preguntando que iban a servirse. -Una hamburguesa –pidió Juanjo. -¿Qué tienes para comer? –preguntó delicadamente Cinthya pese a encontrarse algo borracha. -Tengo sándwich triple, hamburguesa, hamburguesa con queso –el muchachito miró hacia el techo para tratar de recordar– también milanesa… 82


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-¿Tienes club sándwich? –Preguntó Cinthya interrumpiendo la memoria del mozo. -Sí –respondió con una sonrisa. -Tráeme uno por favor. –Juanjo puso los ojos exorbitados al ver que la cuenta se podría escapar de su manos. Mientras iban comiendo, Cinthya pidió una cerveza para tomarla con Juanjo. Juanjo seguía poniéndose nervioso porque la cuenta no iba a hacer equilibrio con su presupuesto. Cinthya no comió ni la mitad del sándwich pero siguió pidiendo cervezas. Ya iban tomándose cinco botellas y el muchacho cada vez se ponía más nervioso. La hora era ya avanzada y ella le propuso ir a un bar a seguir tomando y de ahí ir a bailar. La cara que puso Juanjo lo delató por completo. -¿Me traes la cuenta? –Pidió Cinthya al mozo amanerado. -Sí señorita. Aquí tiene –Juanjo comenzó a meterse las manos en los bolsillo en ademán de sacar dinero, pero Cinthya se adelantó cuando sin mucho aparataje sacó un billete de cien. -Cóbrate por favor. -Pero Cinthya –intentó reclamar Juanjo. -A mí nadie me invita nada… oye. Tanto la respuesta como la situación le incomodaron a Juanjo, pues en la sociedad machista pucallpina era imposible que una mujer invitase a un hombre, muchos empleaban la mala costumbre: “Boca come…”. Salieron al bar tal como lo había propuesto Cinthya. Juanjo rápidamente superó la “incomoda” situación pues ahora se consideró un tipo beneficiado, pues al ser 83


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invitado a juerguear por una chica capitalina lo convertía a él en un muchacho irresistible según su errada teoría. Abordaron un bar que él recomendó y bebieron hasta más o menos la media noche. Cinthya estaba borracha pero lo suficientemente consciente como para poder andar y bailar tranquilamente, Juanjo también estaba borracho pero menos que ella, parece que estaba acostumbrado a beber cerveza todos los fines de semana. -Vamos a la discoteca de siempre –exigió Cinthya– quiero bailar ¡vamos! -Vamos. –Respondió Juanjo sonriendo con su pequeña barba. Fueron a la discoteca de moda de la ciudad de Pucallpa, ya venía siendo la discoteca de moda desde muchos años atrás, incluso antes que ella viajara a Nueva Zelanda. Llegaron e hicieron lo suyo, bailaron y bailaron, Cinthya sentía que estaba en otro mundo y no se daba cuenta que Juanjo la tomaba por la cintura con intensiones que ella en ese momento no las consideraba. Se sentaron en las bancas de uno de los extremos de la barra, Cinthya pidió cervezas, mojito, cuba libre y fumaba más de la cuenta. No tomaban ni un vaso completo de bebida debido a que Cinthya sacaba a bailar a Juanjo, pues lo que quería ella era bailar y nada más. La borrachera la había vuelto eufórica, de por si ella era arrebatada, pero esta vez estaba súper feliz, pero no por la compañía de Juanjo sino porque se estaba divirtiendo como desde mucho tiempo no lo hacía. Se dio cuenta, sin alarmarse en lo más mínimo, que cada vez que descansaba de bailar con Juanjo y se sentaban a seguir bebiendo, alguien le sonreía desde la mitad de la barra pero ella no hizo caso a detalle tan insignificante. Continuó bailando con Juanjo hasta que volvieron a descansar y este se fue al baño. Entonces un hombre alto y algo maduro se acercó a Cinthya. -Llevas aquí poco menos de dos horas y ya te vas fumando nueve cigarrillos. –Dijo el hombre sonriente.

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-Bueno –respondió ella insuficientemente– aquí tengo una cajetilla más– le enseñó el interior de la cartera de hippie que llevaba. El hombre trató de seguir conversando más pero se apareció Juanjo con cara de molesto, el hombre maduro no se intimidó para nada pero se retiró, tomando en cuenta que no podía ser grosero al interrumpir a una pareja. -¿Quién es? –preguntó algo molesto Juanjo. -Un broder. –Respondió Cinthya sin duda alguna. -¿Lo conoces? –Se molestó un poco más. -No. Acabo de conocerlo, no sé cómo se llama. -Ya me quiero ir. Vámonos ya. -Yo no me quiero ir. –Respondió Cinthya con convicción. -Vámonos. –Se atrevió a exigir Juanjo. -No me voy. Yo me quedo. -¿Y cómo te vas a ir a tu hotel? –Preguntó Juanjo con tono de advertencia dando a entender que él era su única opción de sobrevivir. -Ese es mi problema no tuyo. Yo me quedo. -Entonces me voy. –Anuncio infantilmente Juanjo. -Has lo que quieras. El muchacho se fue y Cinthya se quedó sola sentada en la misma banca, con una botella de cerveza, un vaso de mojito y dos de cuba libre. Eso no 85


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le interesó en absoluto, igual se divertía viendo como la gente bailaba. Y si mucho hacía falta, pues saldría a bailar sola, pues lo que quería era seguir divirtiéndose. Tomó un cigarrillo y se lo colocó entre los labios, cuando se acercó nuevamente el hombre maduro. -¿Te dejaron sola? –Preguntó extrañado pero sonriente aquel hombre. -Sí –respondió Cinthya– se fue. -¿Por qué? –Preguntó nuevamente pero sin ánimos de entrar a un interrogatorio sino más bien sorprendido que alguien tan feo como Juanjo dejara plantada a una chica tan guapa. -Se molestó cuando nos vio conversando. -Qué raro… -¿Me enciendes mi cigarro? –Preguntó Cinthya con una sonrisa divertida alcanzándole el cigarrillo. -Claro –el hombre volteó donde uno de sus amigos y le hizo la seña correspondiente y este le alcanzó un encendedor y de esta manera se colocó el cigarrillo entre los labios, tomó el encendedor y lo encendió– aquí tienes. -Gracias. –Dijo ella esta vez sin reír pero con los ojos bien abiertos a pesar que estaban algo apagados debido a la cantidad de bebidas que había ingerido. -¿Todo esto estás tomando? –Preguntó el hombre quien no tenía aspecto de estar borracho, o por lo menos no tanto como ella, refiriéndose a las bebidas que tenía Cinthya a su lado. -Te invito un mojito –ofreció Cinthya retomando la sonrisa. El hombre también le sonreía.

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-Gracias –tomó el vaso con la mano derecha, colocó el sorbete en la boca y lo probó– está bueno. -Le invité a este huevón y no lo quiso tomar. Solo le gusta tomar cerveza. -¿Es tu enamorado? –Preguntó el hombre con cierta confianza. -A ti que te importa. –Respondió Cinthya con cierto exalto. -Fue una pregunta suelta. –Continuó con tranquilidad y sin sentirse afectado. -¿Esos son tus amigos? -Sí… claro. -Son de Lima y todos los limeños son unos huevones. -¿Sí? –Respondió riéndose y agarrándose los testículos en señal de haber recibido un golpe ahí mismo. -¡Sí! –continuó Cinthya con voz dura, media rasposa– también son unos maricones. -¿En serio? –Volvió a preguntar el hombre riéndose y agarrándose las nalgas como gesto de haber recibido un puntapié. Cinthya lo miró de costado apoyando un codo sobre la barra. -¡Si! –Continuó riéndose. “Me cae bien”. Vamos, toma un poco más de mojito. Le hizo una seña con las cejas y la cabeza hacia arriba como tratando de convencerlo. -Salud. –Levantó el vaso el hombre mientras ella elevó ligeramente su vaso de cerveza pero sin tomar.

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¡QUÉ TE IMPORTA!

-Vamos, sigue tomando. Yo te invito. –Se le había quedado a Cinthya la idea que el hombre de aquella ciudad no aceptaba invitaciones, pero este no era de Pucallpa. -Me llamo César Renato. –Anunció el hombre. -Pero… –movió la cabeza como expresando que no creía lo que escuchaba– ¿Por qué tienes ese nombre de mierda? ¿Te crees actor de novela venezolana? -Jajaja –se rió César– no se pues, así me pusieron mis padres. ¿Cuál es tu nombre? -A ti qué te importa –respondió con los ojos bien abiertos en señal de advertencia pero él no se sintió ofendido sino más bien continuó riéndose. Ella lo miró y trató de disculparse con su sonrisa– es una broma chico, me llamo Cinthya Aguilar. -César Gómez… -Yo amo Pucallpa –decía auto consolándose– mira como me visto. Se agarró el pie de la pierna que tenía cruzada sobre la otra. –Mira estas sandalias, son sencillas porque así tiene que ser la vida, mira mis uñas –César se fijó muy bien en el verde cosmopolita con que se había pintado las uñas de los pies– en la selva me siento libre ¿me entiendes? -Me pasa algo parecido. –Respondió César algo convencido, pues la selva también le daba a él una sensación paradisiaca. -Vamos sigue tomando. -Ya se acabó el mojito… -El cuba libre pues huevón –sugirió ella riéndose pero con voz fuerte.

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Ambos se encontraban cada uno en su respectiva banca apoyados sobre la barra de la discoteca, muy cerca el uno al otro pero no rostro con rostro sino el hombro izquierdo junto al hombro derecho bebiendo lo que Cinthya había comprado para Juanjo que se había retirado resentido. César se dio cuenta que Cinthya no estaba bebiendo pero si fumando, sin embargo le exigía a él que tomase –“Está borracha, no debería tomar una gota más”. Él también estaba borracho pero nada en comparación al estado en que ella se encontraba. “Mejor lo dejo para otro día”. Pensó César concluyendo que si bien podía seguir conversando y riéndose con Cinthya, aquella noche no llegaría más lejos así ella se lo ofreciera. -¿Hay alguna forma en que pueda comunicarme contigo? -Estás hablando conmigo. -Claro, pero tendrás algún número de teléfono para llamarte mañana u otro día. -Sí, espera. –Abrió su cartera de hippie y comenzó a sacar un montón de cachivaches. -¿Todo eso entra en tu cartera? -Amo esta cartera, se la cambié a mi tía por una Vuitton. –Dijo con emoción mientras seguía buscando dentro de su cartera. -¿Qué buscas? ¿No te acuerdas de tu número de teléfono? -Espera pues huevón. –Hablaba ella mientras riéndose continuaba con la búsqueda. -Está bien, espero.

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¡QUÉ TE IMPORTA!

-Aquí está –sacó una tarjeta de presentación color negro con unos dibujos medios raros y su nombre y número de teléfono en esta. -¿Trabajas en una empresa dedicada al café? –Preguntó con curiosidad. -No huevón, esta empresa es mía. Exporto café. César guardó la tarjeta en uno de sus bolsillos del pantalón jean que usaba, agarró uno de los vasos de cuba libre cuyo hielo ya estaba derretido pero igual tenia buen sabor y comenzó a tomar. La madrugada ya había avanzado lo suficiente y si bien la conversación con Cinthya estaba entretenida, César ya se encontraba algo cansado. -¿Te vas a quedar un rato más? –preguntó César a Cinthya con mucha cautela para que ella no se sintiera mal debido a la manera como Juanjo se había ido dejándola sola. -No –respondió ella muy calmada– ya me quiero ir. -Bueno, yo también estoy algo cansado… -¿Me puedes acompañar a mi hotel? –Sugirió ella sin problemas. -Claro -respondió César con cautela, pues realmente consideraba que Cinthya estaba ebria y que él no se aprovecharía de aquella situación. “Estoy viejo para estar con cojudeces”. -Pensé que estabas hospedada en la casa de algún familiar. -No, porque no me gusta incomodar a mi familia. -Ok Cinthya. ¿Está Lejos?

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-Acompáñame nomás –recomendó ella, se puso de pie mientras agarraba su cartera– vamos. Salió caminando con sus pasos alargados mientras él iba detrás de ella. Fuera de la discoteca había una cantidad aproximada de cincuenta mototaxis, ella vio que unos cuantos conductores vestían un chaleco con el logo de la discoteca que era la caricatura de un loro. -Vamos en este que es de la discoteca. Ambos subieron y mientras ella hacía el trato con el conductor vio que un hombre se acercó a conversar con César, intercambiaron un par de palabras y el individuo se fue. El vehículo arrancó con ambos abordo. -¿Quién era ese que se acercó? –Preguntó Cinthya algo asustada. -Un amigo, quería saber si estaba bien. Sabemos que hay asaltos cuando uno viaja en estos vehículos por las madrugadas. -Ok. Verdad. Muchas gracias por acompañarme. Te lo agradezco de corazón. -No te preocupes. Si bien estaban sentados uno al lado de otro, César se mantuvo con ambas manos sobre sus piernas. No hizo el más breve gesto de abrazarla ni de ponerle una mano encima. -Es cierto –decía Cinthya convencida– nadie se hubiese molestado. -Tranquila, no es nada. A los diez minutos, la conversación se resumió a agradecimientos y más agradecimientos por haberla acompañado y hacer que llegara sana y salva.

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¡QUÉ TE IMPORTA!

Llegaron al hotel en donde estaba hospedada Cinthya. Ella bajó del vehículo mientras seguía agradeciendo. -Realmente eres un caballero. Te agradezco por haberme acompañado. Yo pagaré la carrera hasta tu casa. -No te preocupes. –Respondió César. -Sí, tengo que recompensarte por esto. –Sacó de su cartera una bolsa plástica de cierre hermético y de esta bolsa sacó un billete de cincuenta. -No tengo sencillo señorita. –Respondió el conductor. -Te dije que no te preocuparas. –Le dijo César. -Qué vergüenza. La verdad no sé cómo agradecerte –continuó Cinthya – llévalo a su casa seguro. –Advirtió al conductor. Chau… gracias. Mientras el conductor daba la vuelta a su vehículo, César dio una mirada a Cinthya quien le agradecía con un gesto que consistía en juntar ambas palmas de las manos e inclinar la cabeza mientras le decía: “Gracias”. Ingresó al hotel, su habitación estaba en el tercer piso por lo que tomó las escaleras chocando entre ambas paredes mientras subía, hasta que llegó para ir directamente a dormir, pero no sin antes cepillarse los dientes. Durmió hasta la hora del almuerzo, hora en la que se despertó con un impresionante dolor de cabeza. “Que tal borrachera”. Tomó un vaso de agua que tenía en el velador y se quedó echada un rato más mientras se daba el valor de levantarse para darse un duchazo de agua fría. Agarró el control remoto del televisor y lo encendió. Mientras, verificaba qué podía ver durante aquella tarde de resaca y de paso pensaba en qué pediría que le llevasen para almorzar en la habitación. Dejó el televisor en un canal de películas y cerró los ojos un rato más. Luego de unos quince minutos los volvió a abrir y tomó la valiente decisión de levantarse y bañarse. 92


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El baño con agua caliente duró algo más de veinte minutos, se mojó el largo cabello marrón y se lo lavó con el champú de siempre, luego se jabonó todo el cuerpo una vez, se enjuagó y volvió a jabonarse y otra vez a enjuagarse. Salió de la ducha con el cabello mojado y una toalla blanca con el emblema del hotel envuelta en el delgado cuerpo. Se sentó en la cama del lado donde estaba el teléfono del hotel, lo tomó y pidió un arroz chaufa de cecina para que se lo llevaran a la habitación con una jarra de limonada. Agradeció y colgó el teléfono. Vio que al costado de este teléfono estaba su teléfono móvil, lo tomó y comenzó a verificar si tenía llamadas perdidas o mensajes. -“Hola Cinthya. Llegue bien”. –Decía el primer mensaje y Cinthya se quedó impresionada ya que el número de dónde provenía el mensaje no lo tenía registrado dentro de sus contactos. -“Espero que duermas bien”. –Decía el segundo mensaje cuyo destinatario era el mismo… Desconocido. Trató de recordar si durante la noche había conocido y recordar la imagen del remitente y si bien se imaginaba una foto, esta no se podía ver con claridad de quién se trataba. Cinthya llegó a la determinación que no se acordaba de nada de lo que había sucedido en la noche. “¿Quién es este? No me acuerdo de nada. Absolutamente nada”, pensó con intriga y a la vez con vergüenza.

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PENA César con sus amigos de toda la vida, Carlos y Jorge, se encontraban el martes de una noche del verano del año 1996 sentados en el pequeño muro del jardín que se ubicaba frente a la puerta de la antigua casa de los padres de Carlos tomando un ron barato comprado en la bodega que estaba en la esquina. En aquel entonces él tenía veinte años y sus dos amigos un año más. Propio de la edad y por la condición de jóvenes en periodo universitario, la botella de ron barato la combinaban con una botella de bebida gaseosa de cola, vaciando proporcionalmente en una jarra el contenido de ambas, para luego beber el coctel compartiendo un solo vaso descartable. Sentados los tres, uno al lado del otro, César se encontraba en uno de los extremos mientras Carlos en el centro y Jorge al otro extremo, a escasos diez centímetros aproximadamente entre joven y joven. César en aquel entonces empezaría a cursar el tercer ciclo de la universidad en la facultad de ciencias de la comunicación pues quería ser periodista. Apenas aquella mañana había llegado de un viaje por el interior del país, pues su padre dispuso que, ni bien terminara el primer año de estudios, que durante el verano en vez de estar de vago por la casa, debería emprender un viaje por el interior del Perú para que fuera conociendo la realidad del país, por lo que hizo un tour de cuarenta y cinco días por determinados pueblos, puertos y ciudades. Al regresar a Lima no dudó en comunicarse con sus entrañables amigos de la infancia, con quienes conversaba largas horas de temas triviales y de la vida personal, y en este caso particular César les contaba acerca de su nueva experiencia de viajes austeros. Aquellas reuniones siempre iban acompañadas de mucho licor. Pesaba poco más de setenta y ocho kilogramos, era extremadamente flaco para el metro ochenta y dos que tenia de estatura. Llevaba el pelo negro muy corto, como si por una etapa de formación militar estuviese pasando. En aquel entonces le gustaba usar el cabello así de corto pero no le gustaba usar aretes. Tenía la piel tostada. Nariz y boca grande, como adolescente, que es lo primero que les crece y que se hace algo desproporcional al resto de la cara. Sus cejas pobladas le daban a duras penas un toque varonil, pero la cara de inocencia no se la quitaba nadie, hasta llegar en algunas ocasiones, 94


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según muchos testigos, a tener cara de idiota. Carlos sin embargo media un metro noventa, se le notaba más delgado aún pero siempre tenía la mayoría de conquistas, su cara llena de pecas y su sonrisa cautivadora atraía muchas chicas al grupo. Jorge no era igual de flaco que César pero un poco más bajo, súper conversador y simpático de trato, llevaba siempre los pelos parados y una sonrisa de dientes chuecos que atraía más sonrisas. César había llegado a la casa de los padres de Carlos como a las cinco de la tarde, vestía unas zapatillas deportivas de suela gruesa y color negro, medias cortas deportivas, un pantalón corto tipo bermuda para playa y una camiseta blanca algo suelta sobre su delgado pecho con un dibujo de flores pintado en la parte delantera, mientras que Carlos llevaba puesto un pantalón jean color azul, una camiseta color negro con el estampado de una banda musical de metal en el pecho y unas sandalias de marca deportiva. -Cuanto tiempo maricón. –Saludó Carlos efusivamente. -No pensé que fuera a tener un viaje tan largo. –Respondió César mientras se estrechaban las manos y posteriormente un abrazo. -“Garganta” está en camino –anunció Carlos refiriéndose a Jorge– le dije que ibas a venir y se animó a venir también. Ojalá que traiga algo de tomar. -“Garganta” siempre pone algo jajaja. -Pasa a mi cuarto, un toque que me voy a lavar los dientes. -Justo eso te iba a decir, te apesta la boca a mierda jajaja. -Jajaja –siguió la broma Carlos– al toque no más para ir a la bodega a comprar. En menos de cinco minutos Carlos ya se había lavado los dientes y la cara, también se había mojado el largo cabello ondulado color negro que le llegaba a la nuca para peinárselo hacia atrás. No se cambió de ropa, así que pudieron 95


PENA

salir rápidamente hacia la bodega a comprar el ron de siempre. Una vez que hicieron la compra regresaron a la casa de Carlos, César lo esperó sentado en el pequeño muro del jardín con la botella de ron y la botella de bebida gaseosa mientras que Carlos sacaba de la cocina de la casa de sus padres una jarra grande para poder preparar el coctel. Eran ya casi las seis de la tarde y tanto Carlos como César se encontraban bebiendo el coctel preparado en plena vía pública compartiendo un solo vaso descartable. César le contaba sobre las aventuras que tuvo en aquel viaje de cuarenta y cinco días mientras que Carlos le contaba sobre las conquistas que tuvo durante el tiempo que no se habían visto. Se reían a carcajadas mientras que la gente pasaba caminando por la vereda posterior a ellos y la que estaba al frente. Muchas personas saludaban a Carlos debido a que era un vecino conocido y alguno que otro muchacho se acercaba a saludar y de paso a tomarse un vaso del ron con cola. Otros se quedaban un rato más, pero eso no les molestaba a ninguno de los dos pues ambos eran de carácter amiguero y mientras más gente conocieran o conversaran pues mucho mejor para ellos. La noche había caído ya, eran como las siete y algo más, la conversación seguía y aún había un poco menos de la mitad del ron con cola, ambos estaban presos de una borrachera pero aun así podían fácilmente caminar y modular palabras sin ningún problema, solo que entre frase que modulaban se venían cada vez más ocurrencias y eso hacía que procedieran con arranques de risas y fuertes carcajadas. En esos instantes sintieron un silbido desde el fondo derecho de la calle. El silbido era como la contraseña de amistad. “¡Fuifuifuiiii! … ¡Fuifuifuiiii!”. Ambos voltearon hacia el lugar de donde venía el sonido. Carlos determinó al instante que se trataba de Jorge. -Ese es “Garganta”. –Le aclaró a César quien miraba extrañado. -¿Cómo sabes? –Preguntó observando de donde venía el sonido. -Por la caminada de huevón –respondió Carlos riéndose– ¿no lo ves? -Bueno sí, tiene caminada de huevón. –Ambos rieron a carcajadas. 96


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Mientras se ponían de acuerdo con el adjetivo que le correspondía el estilo de caminada de Jorge, éste llegó con una botella de ron no tan barato como el que estaban tomando. -¿De qué se ríen huevones? –Intervino Jorge a modo de saludo. Ellos respondieron mirándose el uno al otro con una carcajada más fuerte. -¡Garganta! –Saludó fuertemente César mientras se ponía de pie. -Hola maricón. –Devolvió el saludo estrechándole la mano con un abrazo. -¿Y a mí no me saludas? –Intervino Carlos con voz delicada tratando e imitar a una dama, estrechándole la mano doblada hacia abajo y con la palma apuntando al suelo. -Claro que si mi amor. –Respondió Jorge haciendo el ademán que le agarraba la mano pero se la dejó estirada y los tres comenzaron a reírse. -¿Qué están tomando? –preguntó mientras se sentaban en el muro– miren lo que traje. -Qué rico –respondió Carlos– estamos tomando un ron pero este está mejor. Una vez que se sentaron continuaron bebiendo y conversando, Jorge era muy simpático y una tertulia entre los tres culminaba con una sumatoria de estupideces que a ellos mismos les daba mucha risa. Conversaciones de borrachos al final de cuentas. Entre risas y recuerdos llegaron a destapar la botella que llevó Jorge y la combinaron de la misma forma que habían hecho con la botella anterior, entonces de esta forma llegó una pregunta que a César lo desconcertó. -¿Qué fue de tu amiga, esa la que era tu vecina antes que te mudaras? – Preguntó Jorge a César. -Ah, ella –respondió César con cierta nostalgia– no sé, no la veo hace tiempo. 97


PENA

-Es que se mudó –le respondió Carlos a Jorge– ¿no la ves desde hace más de un año? -Más o menos –respondió César– hace como dos años -¿Qué pasó? –Insistió Jorge– ¿Era tu flaca? -No –respondió César mientras tomaba un sorbo– era mi amiga. Le perdí el rastro, espero que esté bien. -Era buena gente –intervino Carlos– media loca ¿no? -Rayadasa –respondió César con la voz media interrumpida debido a que tenía un cigarrillo en la boca y lo encendió con un fósforo– pero la verdad no sé qué es de su vida… -Pero ustedes paraban juntos de arriba para abajo –continuó Jorge– ¿te la agarraste? -No –respondió César sin reparos– nunca pasó nada. -Si pues, ¿no? –siguió Carlos– nunca los vi agarrándose ni nada… -Solo nos cagábamos de risa –interrumpió César– buena gente… buena gente. -Te veo medio raro –le dijo de buena fe Jorge– ¿te ha chocado el trago? -Más o menos –respondió César– pero qué importa. Continuaron tomando y siendo más de las nueve de la noche ya los tres estaban muy borrachos. Seguían sentados en el mismo murito, solo se levantaban para ir al baño de la casa de Carlos. El suelo estaba mojado por el sudor de la jarra debido a que le habían echado hielos al coctel, estaba mojado porque también se les chorreaba de cuando en cuando un poco de trago. Además habían dejado puchos de cigarrillos ya que cada uno fumaba más que el otro. 98


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La borrachera le dio una reacción extraña a César. -¿Sabes qué paso? –se dirigió a Jorge pero con la voz suficiente para que escucharan ambos. -¿Con quién? –pregunto Carlos riéndose. -Con la flaca pues –respondió Jorge a Carlos con gesto de respuesta obvia– mírale la cara de huevón que acaba de poner. Los tres rieron nuevamente a carcajadas. -¿Te la agarraste? –preguntó Carlos– cuenta cómo fue. -No me la agarré nunca. -Entonces no jodas. –Reclamó Jorge obteniendo como respuesta la risa de los otros dos. -Espera pues, antes de mudarme la operaron de un tumor en el cerebro. -Verdad, ya me acordé –dijo Carlos– pero quedó bien. -No sé. Aparentemente había quedado bien, pero no le quedaría mucho tiempo de vida. En un año más o menos moriría. -¿Qué? –preguntó Jorge– ¿no has sabido nada de ella? -No –respondió César mientras se llevaba otro cigarrillo de tabaco fuerte a la boca– nada. César hizo lumbre con ambas manos cuando encendió el fosforo y así prendió el cigarrillo. Absorbió fuertemente el humo y lo botó sin soplar, simplemente exhaló con normalidad y su rostro se llenó del humo de tabaco. Miró hacia el piso mojado y luego hacia la casa del frente con cierta melancolía. Miró hacia la izquierda dándoles cara a ambos amigos. 99


PENA

-Creo que está muerta. –Dijo con pena pero sin llorar. -¿Por qué dices eso? –Carlos preguntó escandalizado mientras Jorge lo miraba con duda. -Porque luego de la operación le dieron solo ese tiempo de vida. Nadie de mi familia me ha dicho algo de ella. Tampoco han tenido contacto. -No creo. –Dijo Carlos. -Tranquilo –recomendó Jorge– debe estar bien. -Estoy seguro que no –respondió convencido César– cuando acabemos el trago voy a su casa para visitar a su mamá. -No vayas –recomendó Carlos– llegarás después de las diez de la noche, no le vas a tocar la puerta a la señora a esa hora. -La tía te echará agua hirviendo. –Dijo riéndose Jorge como para calmar la situación. Los tres rieron y César lo tomó de buena fe. Luego de unos veinte minutos la segunda botella de ron se había acabado, eran las diez en punto y como ya no tenían dinero para comprar otra botella, decidieron dar por terminada la reunión y César anunció nuevamente que iría a buscar a la madre de su amiga. Carlos y Jorge le volvieron a recomendar que era una locura hacer aquella visita protocolar. Jorge y César se despidieron de Carlos quien se quedó en su casa, la casa de César estaba cerca de la casa de Carlos. Sin embargo, la visita que haría no quedaba tan cerca pero tampoco tan lejos, podría hacerla caminando, y así lo decidió. Ambos caminaron hasta la avenida más cercana donde Jorge tomaría un bus hasta su casa, se despidieron y César continuó caminando hasta el destino trazado, el que alcanzó en un aproximado de veinte minutos desde que salió de la casa de Carlos. Una vez que llegó a la casa de la madre de la amiga, se detuvo al frente y la vio diferente que hace dos años, desde la última vez que la vio. Ya no tenía 100


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rejas negras de acero al frente sino que tenía un portón de cochera, asimismo había un segundo piso. –“Que raro. La señora ya se mudó”. –Se autoconvenció entonces, dio vuelta a la izquierda para irse pero volvió a voltear. Entonces tocó el timbre dos veces, lo peor que le podría suceder siendo las diez y media de la noche era que la actual dueña de la casa lo botara y nada más. Estaba borracho así que no tomó con mucha seriedad aquel diminuto riesgo. Escuchó que del segundo piso vino un ruido, era de una ventana corrediza. Era la madre, ella no lo distinguió bien por la oscuridad de la calle, y comenzó a mirar abajo con los ojos entrecerrados para ayudarse. “Qué bonita es esta señora”. César miró hacia arriba. Hasta que se dio cuenta que la señora no lo reconocía. -¿Quién es? –preguntó la señora con esa voz que a César le encantaba. -Buenas noches señora –saludó respetuosamente y amigablemente a la vez– soy yo. No se atrevió a preguntar por la hija. -Pichicho. -¡Hola! –saludó alegremente la señora bonita mientras que llamaba a la hija comunicándole que la visita era para ella. Escuchó el sonido de otra ventana corrediza que también venia del segundo piso, pero esta vez se trataba de la habitación contigua a la de la madre. Asomó su rostro y sonrió. -Espérame un ratito –le dijo a César– ya bajo. César se convenció que ella no estaba muerta.

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ENGANCHE SORPRESA -¡Pichicho! –Gritó Claudia desde la ventana de su habitación, que estaba en el segundo piso de su casa, al reconocerlo en medio de la oscuridad de casi las once de la noche. César la saludó solo levantando rápidamente el brazo y moviendo la mano. Pasa. Cerró la ventana y la cortina. César pudo darse cuenta desde abajo que ella vestía una gruesa bata blanca y que su cabello lacio oscuro hacía contraste con esta prenda cuando sonó la chapa eléctrica de la puerta de ingreso a la casa. “La casa está diferente”. La puerta de ingreso y el interior había sido cambiado, al lado derecho había una cochera con tres automóviles estacionados, entonces escuchó desde el segundo piso la voz de Claudia que hacía un eco entre las escaleras. -¡Sube Pichicho! –Dijo la madre con voz alta para que con aquel sonido César pudiese seguir el camino hacia la puerta del departamento. Subió y vio a la madre que también estaba con bata, recibiéndolo con voz amable y una sonrisa en el rostro. -Hola señora. –Saludó alegremente César con una borrachera terrible “Está con bata, sí que es tarde”. -Pasa hijo –ofreció amablemente la señora– siéntate que ya sale Clau. Antes que la madre se retirase, Claudia salió de su habitación con la bata aun colocada y pantuflas desluciendo su no delgado cuerpo de un metro setenta. Lo vio a César y saludándolo le dio un abrazo que fue correspondido.

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-Espérame un ratito –solicitó Claudia sonriéndole con sus ojos grandes bien abiertos– no me demoro. -Claro. –Respondió frescamente César. Se sentó en uno de los sofás y al cabo de dos minutos salió Claudia de su habitación vestida con un pantalón jean color celeste, una camiseta color rojo ladrillo manga corta y suelta con la que disimulaba su cuerpo robusto, y unas finas zapatillas negras deportivas. El negro cabello lacio lo llevaba suelto como siempre. -Vamos. –Le dijo Claudia quien llevaba unas llaves en la mano. -Vamos. –Respondió César sin saber a dónde irían. -Cierra la puerta. –Le dijo mientras ella bajaba las escaleras y él la seguía. -Claro. –Respondió César haciendo caso a la petición. Claudia desactivó la alarma de su Pontiac rojo y subió rápidamente, César dio la vuelta y subió también sin esperar que lo invitase a hacerlo. Sintió que el auto era cómodo, espacioso y bien perfumado pues tenía olor artificial a flores. Claudia encendió el auto e inmediatamente encendió la radio a volumen más alto que lo moderado. Abrió con el control remoto la puerta de la cochera y raudamente salió en retroceso. Una vez fuera de la cochera, cerró el portón y dio marcha al vehículo. 103


SORPRESA

-Vamos a comprar unas chelas. –Sugirió Claudia casi sin dar opción. -Estoy misio. –Respondió César sin ningún reparo. Fue una opción. “¿Voy a seguir tomando?” -Siempre estás misio huevón. –Agregó Claudia riéndose. -Soy universitario Clau. Aún no trabajo. –Se excusó. -Yo tampoco trabajo. Tampoco estudio. –Rió nuevamente pero con una carcajada más fuerte. -Pero tu viejo te da pues –respondió riéndose– lo que me da mi viejo no me alcanza. -Porque te lo tiras en trago –siguió ella en tono de burla– igual te invitaré como siempre. Claudia condujo el vehículo hasta una estación de servicios, estacionó y bajaron juntos para comprar las cervezas. “Ayer tomé pero hoy lo puedo hacer otra vez”, pensó Claudia. “Este está borracho, pero igual tomará”. Entraron al local y se dirigieron al rincón donde se encontraban las refrigeradoras que tenía diversas marcas de cerveza. Como a Claudia le daba lo mismo cualquier tipo de cerveza, le dio a escoger la marca a César. -¿Por qué escogiste esa cerveza? –Preguntó Claudia cuando estaban en la caja pagando el paquete de seis botellas personales. -Porque me dijiste que escogiera lo que quisiera. –Respondió con autosuficiencia pero riéndose. -Estúpido. –Insultó de buena gana y riéndose. -Jajaja. Esta cerveza es más amarga. 104


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-¿Más amarga? –Preguntó haciendo un ademán de alterada pero riéndose -¿Por qué tomas la más amarga? -Porque si no tomaría refresco. –Concluyó César mientras ella pagaba. Claudia tomó el vuelto y el recibo de venta, César cargó la bolsa que tenía el paquete de botellas de cerveza amarga dentro. Ella agradeció a la joven cajera y él atinó solo a guiñarle el ojo y esta chica le correspondió con una sonrisa. Salieron del local, César iba detrás de Claudia y la siguió hasta el Pontiac rojo. Cada uno subió al lado correspondiente y se sentaron. Claudia con la puerta abierta mientras que César cerró la puerta del copiloto, saco dos botellas de la bolsa y las abrió con dificultad, le entregó una a Claudia, levantó la suya y Claudia lo siguió para chocar ambas botellas. “Salud”, se dijeron al mismo tiempo. -Tu casa está diferente. –Habló César. -Sí –respondió ella con entusiasmo– mi mamá construyó dos departamentos en el segundo piso y la casa del primer piso la alquila. -Que buen negocio. –Respondió César. -¿Qué fue de tu vida? Cuéntame pues. –Interrogó Claudia mientras daba un sorbo más a su cerveza. -No nos vemos desde que ingresé a la universidad… -Te sobras porque eres universitario. –Interrumpió sonriendo y volviendo a tomar. -Tú también te sobras ¿Estás en la universidad? -No. No postulé, estuve todo el año pasado en un instituto estudiando administración de empresas. 105


SORPRESA

-¿Te saliste? –Preguntó ilusamente César. -Sí. Me llegó y me salí. -Pensé que estudiarías para veterinaria. -Quería, pero lo que no quiero es ir a la universidad. -Cierto, como que es muy largo ¿no? -Sí. Para estar como tú que no sales cuando estudias… No gracias. -Si salgo, pero después de exámenes. -Estás muy bronceado. –Le comentó Claudia haciendo referencia a que la piel morena de César estaba muy quemada por el sol. -Estuve de viaje –respondió César– casi dos meses. -¿Estuviste dos meses en la playa? -Estuve por el interior del país, también tuve viajes por la playa. Fue mucho tiempo. -Cómo me gustaría estar de vacaciones por casi dos meses. -No fueron vacaciones Clau. Mi padre me hizo una ruta y me mandó solo con un billete justo para poder subsistir. -Anda. ¿De aventura? -Prácticamente. Hospedaje y alimentación, pero si ahorraba para algo de diversión. –Sonrió con la última frase.

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Durante la conversación y mientras se contaban que había sido de sus vidas durante el tiempo que no se habían visto se bebieron las seis cervezas que Claudia había comprado. César le contaba mucho sobre su viaje, estudios y aventuras amorosas muy cortas, Claudia también le contaba sobre su vida y la de su familia, pero no le contó lo que le había sucedido el día anterior. César estaba un poco más borracho pero no se sentía mal, Claudia comenzaba a empilarse aunque su personalidad desenfadada le hacía hablar mucho y hacer reír a César. Claudia sacó un billete de uno de sus bolsillos y se lo entregó a César para que éste fuera a comprar un paquete de seis cervezas más. César bajó y en menos de tres minutos volvió a subir con el paquete de cervezas. -Que rápido Pichicho. -No hay mucha gente. –Respondió César mientras se acomodaba en el asiento. -Yo si veo bastante gente. -Pero no están en la caja, están dando vueltas por la tienda. -Vamos a otro lado, aquí está muy aburrido. –Dijo Claudia mientras arrancaba el Pontiac rojo. Claudia condujo por las calles a toda velocidad, la mano izquierda la llevaba sobre el volante y la derecha con una botella que se la llevaba a la boca y a la vez la utilizaba para efectuar los cambios. Siguieron conversando y conversando hasta que llegaron a un parque oscuro cerca a la casa de Claudia, también algo cerca a la casa de César. Era casi la una de la madrugada y continuaron conversando en aquel parque oscuro, que cuando Claudia le hizo recordar, César cayó en cuenta que ahí iban a fumar cigarrillos cuando él estaba preparándose para ir a la universidad y ella estaba apenas terminando el colegio. En aquel momento además de tomar también estaban fumando, Claudia no estaba fumando marihuana, solo acompañaba a César con sus cigarrillos, él no sabía que ella consumía drogas.

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-¿Y qué hiciste? –Le preguntó Claudia tras una anécdota que César le estaba contando, había sido una pelea callejera con Carlos y su hermano. -Hicimos, nos tuvimos que ir corriendo porque eran más de diez tipos los que nos querían matar. -¿No se dieron cuenta que eran varios? -Si nos dimos cuenta –respondió mientras se miraban riéndose mucho– pero nos armamos de valor para enfrentarlos, pero cuando aparecieron más ya no tuvimos otra opción. -Hace unos meses me quisieron asaltar dos tipos. –Contó Claudia. -¿En serio? -Sí ¿Te acuerdas cuando me quisieron asaltar en una tienda y al final terminaron asaltando a tu hermana? -Pero eso fue hace más de tres años. -Sí, pero fue algo parecido. Fueron dos huevones que me pidieron que les diera mi bicicleta, los mandé a la mierda y me fui. -¿No te hicieron nada? –Preguntó sorprendido. -No, creo que fue porque me armé de valor. –Respondió con un ademán de envalentonamiento particular con el cuerpo erguido sin apoyarlo en el asiento pero más cerca al volante. -¿Sabes por qué te vine a buscar? –Preguntó César mirándola a los ojos. -No –respondió ella sonriendo– ¿Por qué?

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-Pensé que estabas muerta. -¿Qué? –respondió ella asombrada– ¿muerta? -Por lo de tu operación. Tu mamá me dijo que no te quedaría más de un año de vida. -En un principio se pensó eso, pero después dijeron que todo había quedado bien. -¿Y por qué no me lo dijiste? –preguntó César con una media sonrisa. -Porque no sabía que mi mamá te había dicho que me iba a morir pues huevón. -Ufff –suspiró César– te lo juro que se me vino a la mente esa idea. Justo se lo estaba comentando a Carlos y Garganta ¿Te acuerdas de ellos? -¿Estuviste tomando con ellos? Sí, me acuerdo de Carlos, pero de Garganta no. -Garganta si se acuerda de ti. Es un poco más bajo que yo, flaco y con los pelos parados. –Creo que sí, pero no sé. De Carlos me acuerdo que es bien guapo y gracioso, y ahora me voy a armar de valor y te voy a dar un beso. Claudia lo tomó por sorpresa y comenzaron a besarse sin medir consecuencia alguna. Las manos de César comenzaron a pasar por las piernas de Claudia y por la cintura, ella hacía lo mismo con él. César, mientras se besaban, estaba sorprendido porque a pesar de conocerse mucho tiempo nunca lo habían hecho y menos con aquella pasión juvenil. Era el fin del verano de 1996 y la juventud los llevaba a hacer locuras pero nunca pensaron que tanto. “¿Por qué la estoy besando si es una amiga que la quiero como si fuera mi hermana?”. Claudia era un año menor que César pero tal como es conocido,

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SORPRESA

la mujer normalmente le lleva cinco años de madurez al hombre pero en este caso no era así, Claudia era muy engreída pero de carácter muy impulsivo. El beso se prolongó unos minutos más acompañado de las manos de ambos paseándose por los muslos, pechos, nalgas y partes íntimas. César pensó en dar marcha atrás a tremenda locura, además que, si bien era de noche y no pasaba ni un alma además de estar todo oscuro, estaban dentro de un vehículo estacionado en medio de la vía púbica. Cuando César estuvo a punto de terminar con el beso y con las caricias impulsivas Claudia besándole el cuello y la oreja del mismo lado le preguntó: “¿Tienes condón?”. A lo que César con un movimiento de cabeza dio respuesta afirmativa seguida de un nuevo beso por parte de Claudia. Ella corrió su mano de dedos grandes con las uñas pintadas de rojo debajo del pantalón corto haciéndole las caricias que volvían loco a César. Él no cumplió con detener aquella locura y continuó desabrochándole el botón del pantalón jean de Claudia. Para evitarle mucho trajín, ella se bajó el pantalón y la prenda interior al mismo tiempo, el hizo lo mismo y la ayudó a quitarse la camiseta pero no fue tan diestro para hacer lo mismo con el sostén, se quedó más de un minuto buscando el broche por la espalda. “Espera”, dijo ella desabrochándose el sostén por la parte de adelante. César le tomó desesperado con la mano izquierda los pechos grandes con pezones erectos color crema mientras que con la mano derecha acariciaba el vello púbico de Claudia, comenzando a tornarse temperaturas diferentes entre las partes intimas que ambos acariciaban. Rápidamente Claudia se movió hacia el asiento del copiloto en donde se encontraba César quien al ver la maniobra reclino completamente el respaldar hacia atrás. Ella completamente desnuda se encontraba encima de César quien también estaba como llegó al mundo. Poco a poco las lunas del Pontiac rojo, que ya se encontraban cerradas, fueron empañándose, ambos gemían suavemente pero no se decían absolutamente nada, solamente atinaban a mirarse y nada más. Los movimientos propios del acto sexual fueron incrementándose, ambos eran libres a pesar de estar expuestos a la vista de cualquier transeúnte que pudiera pasar por ahí. César estaba concentrado en lo que hacía junto a Claudia, pero a la vez estaba atento 110


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a si se avecinaba persona alguna por las inmediaciones. Felizmente para ambos no pasó nadie y al cabo de unos quince minutos de relaciones y cambios de posiciones llegaron al mismo tiempo al éxtasis final. En ese momento él se encontraba encima de ella, las piernas de Claudia habían atrapado las pantorrillas de César, el quedó echado sobre el regazo con el rostro entre el cuello de Claudia, ella le acariciaba la espalda. Ambos pensaron: “¿Cómo pudo ocurrir esto?”. Pero ese preciso instante no interesaba lo que pensaban sino solo aquel momento, el resto vendría por añadidura. César se acomodó en el asiento del conductor y lo reclinó para estar a la misma altura que Claudia que aún yacía echada desnuda sobre el otro asiento. Él se quitó cuidadosamente el condón, abrió un poco la puerta y lo botó fuera del vehículo, volviéndose a echar en el asiento. Volteó a mirar a Claudia, ella hizo lo mismo, mirándose ambos mostraron una sonrisa de complicidad seguida de una carcajada conjunta. Aún seguían borrachos y desnudos dentro de un Pontiac rojo. -Alcánzame mi ropa. –Le pidió Claudia ya que él se encontraba en el asiento por donde ella había dejado sus prendas. -Sí… claro. –Respondió mientras se acomodaba para alcanzarle las prendas. -Menudo polvito ¿verdad? –Se dirigió Claudia hacia él con una pequeña sonrisa mientras iba acomodándose las prendas superiores. -Sí… claro. –Respondió César colocándose el pantalón corto. -“Sí Claro”. –Imitó la voz medio tímida de César. -¿Sabes decir otra cosa? -Sí… claro… perdón. –levantó la cabeza hacia el techo y la volvió a regresar– sucede que … nada, todo está bien.

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SORPRESA

Claudia lo miró de reojo y terminó de vestirse al igual que César. -Ya es tarde –dijo ella– ¿quieres que te lleve a tu casa? -Si Clau, porfa –respondió con voz muy tranquila– está cerca, yo te indico por dónde ir.

Ella dio marcha al vehículo y sin hablar más que las indicaciones que le daba César, llegaron a la casa de sus padres. Ella detuvo el auto para que él abriera la puerta. -¿Tienes algo que hacer mañana? –Preguntó Claudia antes que él bajara del vehículo. -No Clau, estoy de vacaciones. –Respondió con un guiño de ojo y sonrisa de complicidad. -A las 10 de la mañana ¿Te busco? -Sí, te espero en la esquina. –Respondió él sin expresar sentimientos. Se despidieron y Claudia rápidamente arrancó en tanto el abría la puerta de la casa de sus padres para por fin ir a dormir.

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SALIDA Y DUDA Era una noche de sábado de la segunda quincena de marzo de 2001, César se encontraba en la casa de sus padres viendo televisión echado en la cama. Apenas tenía un mes de graduado en ciencias de la comunicación, en la especialidad que siempre quiso: Periodismo. César estaba pagando derecho de piso en el diario donde se encontraba trabajando, diario que lo mando a hacer investigaciones relacionadas todo lo que concernía a incendios en buques mercantes. Para este fin, estaba llevando cursos de lucha contra incendio en la Compañía de Bomberos y sus respectivas prácticas en los buques que arribaban al puerto. El entrenamiento se llevaba a cabo todos los días desde las nueve de la mañana hasta las seis de la tarde, por lo que mientras veía televisión iba de cuando en cuando dormitando. Era verano y César vestía un pantalón corto y nada más, sus padres andaban por la casa haciendo sabrá dios que. La televisión tenía volumen moderado pero aun así su padre le decía que lo bajara –“pero si es sordo”– igual trataba de hacer caso, si bien tenía veinticinco años. Y en su casa, por el hecho de hacer siempre algo productivo, sus padres le daban ciertas libertades, pero también algunas restricciones que debía de cumplir. Eran cerca de las diez y su madre se acercó a su habitación para comunicarle que Carlos estaba al teléfono. César se puso de pie y caminó descalzo y sin prenda superior hacia el comedor de la casa en donde estaba el aparato. Lo tomó y se lo llevó a la oreja izquierda. -Aló. –Habló César. -Aló Pichicho. –Saludó Carlos. -Carlos, ¿cómo estás? –Respondió con algo de sueño. -Vamos a tomar unos tragos. –Animó Carlos. 113


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-No, mañana tengo que trabajar temprano. -Mañana es domingo. –Reclamó sorprendido Carlos. -Sí, pero en esta chamba estaré así por lo menos tres meses. -Vamos pues, algo tranquilo –trató de convencer– mira que no nos vemos hace tiempo. -Está bien –respondió con limitado ánimo– pero algo tranquilo, un par de tragos y nada más. -Excelente. -Me baño y voy a tu casa. Rápidamente César se bañó para luego cambiarse de calzoncillo, pues el que llevaba puesto lo había usado todo el día, se echó talco en los genitales y llenó sus axilas con desodorante para luego colocarse un viejo pantalón jean clásico y una camiseta blanca muy fiel a su estilo. No se perfumó. Tomó un poco de dinero de la mesa de noche de su habitación, metió las llaves de la puerta de la casa en uno de los bolsillos y salió. No demoró más de quince minutos en llegar a la casa de los padres de Carlos que quedaba en el bohemio distrito de Barranco. Abrió la puerta la madre de Carlos a quien César saludó con mucho cariño, pues la señora lo conocía desde que él era un bebito. Era enfermera del hospital en el que tanto él como sus hermanos habían nacido. La señora llamó a Carlos con voz alta mientras que le daba las indicaciones a César para que subiese a la habitación. César abrió raudamente la puerta. -¡Hola! –Saludó con voz alta mientras que daba el primer paso dentro de la recamara.

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-Pichicho. –Respondió Carlos a modo de saludo echado en su cama con una camiseta negra, un pantalón de jean azul y sandalias de dentro de casa -Puta madre, me has sacado de la cama. –Reclamó riéndose. -Si tenías sueño ¿para qué viniste? -Porque insististe pues. -Jajaja –rió Carlos –mira– le enseñó una botella de ron de mediana calidad. -¿Tienes hielo? -Claro –de dentro de un cajón sacó una cubeta conservadora de temperatura– aquí está, agarra tu vaso. Ambos se pusieron a tomar el ron combinado únicamente con hielo, cada uno con un vaso de vidrio mientras miraban dentro de la habitación unos videos musicales en VHS. César le ofreció un cigarrillo de los muchos que llevaba y de esta manera acompañaron el licor con tabaco. Conversaron y conversaron tras la música hasta que en unas dos horas se acabó la botella de ron pero quedaron algunos cigarrillos. -¿Vamos? –Propuso Carlos. -¿A dónde? –preguntó sorprendido César, pues ya era más de medianoche y al día siguiente tenia entrenamiento con los bomberos– me dijiste que íbamos por algo tranquilo. -Claro pues huevón, vamos a “La Noche” por una par de cervezas y arrancamos. -Ya –respondió César– pero algo tranquilo. Continuó riéndose. -Un par de cervezas y nada más. –Insistió Carlos riéndose. 115


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Salieron de casa de los padres de Carlos y se dirigieron al muy concurrido bar “La Noche”, iban caminando por la calle conversando a voz alta y riéndose de cuanta estupidez se les ocurría, saludaban a gente que no conocían, buscaban conversación a chicas con las que se cruzaban, compraron una cerveza en lata para cada uno para el camino y fumaron un cigarrillo más. Todo eso sucedió en quince minutos que fue lo que les tomó en llegar caminando desde la casa de los padres de Carlos hasta el bar. Llegaron al bar y se detuvieron en la puerta de este para terminar rápidamente la cerveza y dejar las latas en el tacho de basura de la carretilla de una señora que vendía sándwiches nocturnos. Al entrar se dieron cuenta que no era tan tarde ya que aún las mesas no habían sido arrimadas hacia los costados para así utilizar ese espacio como pista de baile. Ambos pidieron una cerveza y se pusieron a observar a la gente que había concurrido. La música sonaba a un volumen tal que el bar ya parecía estar en modo discoteca sin embargo la música no era precisamente para bailar –“Amanece tan pronto y yo estoy tan solo…”. –De pronto César se dio cuenta de la presencia de alguien. Mira –le dijo a Carlos– ahí está la española que conocí hace casi un par de meses, ¿te acuerdas? -Sí –respondió Carlos– hace rato está mirándote. -¿En serio? -Sí. Te mira y le dice no sé qué a la amiga. Yo que tú me acerco. -Un toque. Una cerveza más para estar bien empilado. -¿Empilado? Nos hemos tomado una botella de ron. Ya estamos empilados. -Entonces voy. Espérame.

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César caminó por entre las sillas y mesas, esquivándolas entre un medio zigzagueo ocasionado tanto por el abarrotamiento como por la cantidad de alcohol consumido. Entre tanto empujón y tropezón llegó a la mesa donde se encontraba aquella mujer que hacía un mes había conocido en el mismo lugar. Se paró frente a la mesa, Susana se encontraba hacia la mano derecha de César, ella lo miraba y se reía de César, aparentemente llevaba una faceta cómica, a la izquierda estaba una chica de nombre Karla. El lugar estaba libre y César tomó la silla y sin pedir permiso se sentó. -Hola. –Saludó efusivamente y con voz alta para de alguna manera apabullar la música. -Hola, ¿qué tal? –Respondió Susana con la quijada apoyada sobre la mano derecha que a su vez se apoyaba con el codo sobre la mesa. Karla lo miraba con desprecio. -Eres Susana, ¿verdad? -Sí. –Respondió Susana con aquella sonrisa que no podía evitar. De pronto César se quedó mudo, no supo que decir. “¿A dónde se fue mi floro?”. Entonces pensó que tal vez hablar un poco de, aunque con escasa esperanza, su experiencia llevada a cabo en su capacitación de lucha contra incendio podría ayudarlo a conquistar a aquella mujer. La miró a los ojos y ella también, con aquella mirada Susana le decía: “¿Y? ¿Vas a hablar o qué?”, lo que aceleró un poco más la ansiedad de César por abrir la boca para decir algo que impresionara a Susana. Karla miró a César y luego a Susana y apoyó su espalda en el respaldar de la silla en señal de incomodidad. -¿Sabes de cuantas maneras te puede salvar la vida un extintor? –Inició la conversación César con rostro de quien narra un cuento de terror. -¡Ay Susana! –intervino de manera impertinente Karla– dile que se largue.

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-No –respondió muy pausadamente Susana– déjalo, que siga. Por suerte para César la conversación relacionada a extintores, hidrantes, mangas, acoples, temperatura, combustible entre otros fue del agrado de Susana, no tanto por el tema central en sí, sino porque le hacía mucha gracia la manera de expresarse de César. También César tuvo suerte de que Carlos se acercara a la mesa y con su encanto cautivara a Karla y de esta manera evitó que interfiriera en la conversación tan cercana. Bebieron cervezas y bailaron. A Susana también le hacía mucha gracia la manera como bailaba César, y lo que más le asombraba era que él se sabía la letra de todas las canciones y se las cantaba o al oído o a todo el bar. Entre baile y baile refrescado con cerveza fría e incentivado con muchos cigarrillos ambos juntaron sus rostros húmedos de sudor y comenzaron a besarse. Susana le pidió que no cerraran los ojos al besarse sino que se miraran fijamente y así lo hicieron. La madrugada estaba ya avanzada, los besos y abrazos, así como el tour de sus manos por ambos cuerpos se incrementaba. César tenía entrenamiento al día siguiente a las ocho de la mañana, lo que implicaba levantarse a las seis. Aquello no interesaba –“Pero Igual llego al entrenamiento” –pensó “responsablemente” César. -Vamos a tu casa. –Propuso César a Susana. -No. –Respondió ella tajantemente. -Ya tengo que irme –informó César mientras que dejaba de besarla– ya es tarde y mañana… -Ya lo dijiste, tienes entrenamiento –interrumpió ella mientras le tomaba el rostro y volvía a besarlo– ya viene mi taxi. -¿Cómo me comunico contigo?

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-Te escribí mi número en tu antebrazo, ¿se te borró? -No. Llamé y no contestaste. -¿Y? –Preguntó Susana con los ojos bien abiertos como reclamándole algo. -Pues pensé que… -¿Que te había dado un número que no existe? ¿Eh? … ¿Einnn? –Se reía Susana de la cara de confundido de César. -¿Nos vemos en la semana? –Preguntó César con duda. -Si me llamas, pues sí. Se despidieron con un beso apasionado cuando ella subió al taxi que la esperaba, en el mismo lugar donde Susana un mes atrás le había escrito su número telefónico en el antebrazo. Ella se apoyaba sobre la puerta posterior derecha del automóvil con sus brazos sobre los hombros de César mientras él tenía el brazo y la mano derecha hacia abajo, como si estuviese muerta aquella extremidad, y la mano izquierda la tenía metida en el bolsillo posterior derecho del jean que vestía Susana. El miércoles de la misma semana quedaron en encontrarse en la esquina de una calle cerca tanto a la casa de los padres de César como al departamento de Susana, para fortuna para César, todo estaba situado en Miraflores. Al encontrarse se saludaron con cautela, como si ambos estuviesen avergonzados de algo. Se hicieron las preguntas protocolares de un saludo y ella abordó. -¿Qué quieres que hagamos? ¿Tomamos una cerveza o caminamos un rato? -Bueno –respondió César sonrojándose– prefiero caminar un rato porque la verdad es que no tengo dinero para invitarte una cerveza. Tuve que pagar una deuda a un amigo por haberle chocado su automóvil. 119


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-¿No te molesta que te invite une cerveza? –Preguntó Susana riéndose y mirándolo como diciendo: “Sí, es el mismo personaje del sábado por la noche”. -Claro que no. –Respondió César sin prejuicio alguno. -Mira, en esta misma calle hay un café. Vamos ahí. Al llegar al café, tomaron una mesa y antes de sentarse César le acomodó la silla a Susana, cosa que a ella le impresionó. El mozo los atendió y ambos brindaron cada uno con un largo vaso de cerveza. Conversaron mucho y de todo. César habló casi nada respecto a lucha contra incendio, salvo por alguna pregunta realizada por Susana. -¿Qué música escuchas? –Preguntó César. -Grunge. Mi banda favorita es Pearl Jam, fui a su concierto en España. En el escenario había veinticuatro guitarras como en exhibición. El guitarrista las tocó todas ¿Puedes creerlo? -Sí te creo. Son muy buenos músicos. -¿Escuchas ese tipo de música? –Preguntó Susana sorprendida. -Un poco. Escucho bastante heavy metal. -¿Heavy Metal? –Preguntó más sorprendida aún. -Sí. ¿Por qué esa pregunta tan airada? -El sábado te sabías las letras de todas las canciones y eso no era precisamente heavy metal. Era pop, y pop del auténtico. –Se reía mientras hablaba. -Eso es porque las escucho en todos lados y bueno, cuando bailo las canto. –Se reía no pudiendo creer lo que él mismo respondía. 120


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Al cabo de tres horas de conversación, Susana pidió la cuenta. Salieron del café y caminaron hasta el edificio donde ella vivía. -¿Nos vemos el viernes? –Propuso César. -Por supuesto. –Respondió Susana. -Pero esta vez yo invito. -¿Te van a pagar? –Preguntó Susana entre risas. -Sí. –Respondió muy convencido y se despidieron con un beso corto. Llegó el viernes en la noche, César esperaba a Susana en el lobby del edificio donde ella vivía. Habían pasado veinte minutos y César estaba convencido que si ella se demoraba era porque estaba arreglándose bien. “Buena señal”. Al cabo de unos pocos minutos más bajó Susana. Se saludaron con otro beso corto para luego embarcarse en un taxi rumbo al boulevard del distrito de Barranco. Una vez que llegaron entraron a un bar, en donde la música que sonaba era rock n’ roll y el volumen no estaba tan alto, por lo que pudieron conversar sin ningún problema. Susana a cada momento tomaba su teléfono móvil, César no tenía pues le parecía incomodo portar uno. -¿Pasa algo? –preguntó César disimulando su incomodidad. -No ¿Por qué? –Respondió tranquila. -Estás algo distraída. -Es mi amiga Rosa, me dice si podemos ir a una discoteca llamada Señor no se que más... -Vamos. –Respondió César de inmediato.

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-Oki, vamos. Subieron a un taxi y ambos tenían dentro por lo menos un par de jarras de cerveza, por lo que ya estaban alegres. Dentro del taxi se besaron, pero esta vez no fueron besos cortos sino apasionados, tanto o más que el sábado pasado. -Eres simpático ¿Sabes? -Lo sé. –Respondió con cierto sarcasmo. Ella lo acompañó con una sonrisa. Entraron a la discoteca y se encontraron con Rosa quien a su vez estaba con una amiga. Susana y César pidieron una cerveza y bailaron mucho. Esta vez César no cantó nada. Salieron a la terraza de la discoteca que daba hacia el mar y se besaron de manera incontrolable. -¿Vamos a otro lado? –preguntó César. -¿A dónde? –César sabía que si le proponía ir al departamento de Susana, ella podría responderle al igual que la última vez “NO”. Si le decía para ir a un hostal, pues estaría en problemas porque nunca había visitado uno con alguna chica, pues su suerte radicaba en siempre tener relaciones sexuales con mujeres con casa propia o con padres que no tenían problema de recibir visitas en la habitación. -A tu departamento –respondió César con aquel miedo de haber tomado la decisión equivocada. Ella lo besó y miró hacia el horizonte. César pensó que eso era el fin. -Vamos. –Respondió ella y salieron de la mano de la discoteca para tomar el primer taxi que encontraron. Subieron al automóvil besándose, continuaron besándose dentro del automóvil, lo hicieron mientras César pagaba al conductor, seguían besándose saliendo del taxi, entraron al edificio besándose aún más, en el ascensor la 122


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pasión desbordaba hasta que entraron al departamento en donde explotó. Él la cargó tomándola con ambas manos por las piernas que le rodeaban la cintura, de esta manera daba pasos cortos llagando a un pasadizo pequeño que tenía dos direcciones, entonces entre besos le preguntó. -¿Hacia dónde está tu habitación? -Estribor. –Le respondió ella. Él se dirigió hacia la derecha. -Estribor es hacia el otro lado. –Aclaró Susana. -A mi derecha es estribor. –Contestó César. -Es verdad –dijo ella– estoy dando la espalda. Entraron a la habitación y las ropas salieron volando por todos lados, ambos se encontraban completamente desnudos y cuando estuvieron a punto de comenzar con el acto sexual Susana estremecida preguntó. -¿No usas protección? -No traje. –Respondió César también asombrado. -Ay –dijo ella con cierta molestia y salió de la habitación. César se quedó echado unos segundos y se sentó parta prepararse a salir pero para casa de sus padres, pues consideró que la noche había acabado ya. Pero entró Susana con una tira de condones. -Eso es lo bueno de no vivir sola. –Dijo con cierto júbilo. Tuvieron sexo de todas las formas habidas y por haber, hasta que el acto se consumó. Ambos desnudos, ella quedó boca arriba con las piernas entre la cintura de César quien terminó con sus labios pegados a los de ella y ambos dormitaron por un rato. 123


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-César –le dijo ella al oído. -Dime Susana –respondió medio dormido y con el rostro entre el cuello de ella. -¿Puedo poner mis piernas normal? –Los brazos de César estaban por debajo de la parte posterior de las rodillas flexionadas de Susana. -Perdón –respondió riéndose y la soltó. Ella también sonrió y durmieron abrazados hasta que salió el sol. Era muy temprano y César tenía que ir a entrenar otra vez, pero eso no fue impedimento para que hicieran el amor una vez más. Cuando terminaron el segundo acto, César le pidió que lo disculpara pero tenía que irse. Ella accedió y continuaba besándolo mientras él se vestía. Lo acompañó desnuda hasta la puerta del departamento en donde se besaron una vez más. -¿Me llamas luego? -Sí. –Respondió César mientras las puertas del ascensor se cerraban.

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SIN TEMORES Se encontraba en su trabajo, aquella tienda de modas que administraba. El reloj marcaba poco menos de las diez de la noche, aproximándose la hora de cerrar e irse a casa o a cualquier otro lado. Un trabajo duro pero era la única manera de salir adelante. Pudo ver que al frente de la entrada de la tienda estaba aquel hombre, el amigo de su amigo Carlos, quien ya venía buscándola desde unas semanas atrás. Se encontraron las miradas, ella le hizo una señal con la mano dando a entender que en poco rato saldría, él asintió. Salieron a tomar unas cervezas en plan “tranqui” y conversar, había cierta atracción entre ambos. Ella lo veía guapo y simpático, mientras él veía en ella un paño de lágrimas con el que afrontaba su soledad luego de una desastrosa relación amorosa. “Cuando dejará de hablarme de esa mujer y comenzará a verme… pero verme de verdad”. Dieron aproximadamente la una de la mañana y fueron hasta la casa de los padres de Mara. Ya en la puerta se despidieron con un beso en las mejillas, ella lo miró en señal que no quería que se despidieran aún pero él al parecer no se dio cuenta y solo atinó a sonreír con un gesto siempre de tristeza y se fue con pasos tristes y lentos. Si bien su personalidad tímida no se lo permitía, ella decidió aplicar una estrategia para ver si lo atraía, sin embargo su personalidad estaba adjudicada a ser un paño de lágrimas acompañada de no tener muchas amigas, por lo que no tenía mucha facilidad en el asunto relacionado a estrategias en el amor. Finalmente tuvo que contarle a su hermana por lo que estaba pasando y de esta manera pedirle el consejo correspondiente. A los dos días se dio la rutina de siempre, solo que esta vez era viernes y habría más tiempo para conversar y ver si lograba que él cambiase de tema de conversación. Ella ya estaba cansada de seguir siendo el paño de lágrimas. “Hoy le abro los ojos”. Fueron una vez más por la aburrida cerveza. Ella dejó las zapatilla habituales en la oficina de la tienda para cambiarlas por un par de zapatos de taco, solo ese detalle le causó algo de impresión a él, ya que de un metro y medio paso a medir diez centímetros más y hacer de su 125


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figura algo menos infantil. “Por lo menos se le abrieron los ojos al verme”. Caminaron al silencioso bar de siempre conversando de todo, pero esta vez aun no llegaba el monotema de siempre: “La Ex”. Llegaron al bar, se sentaron para pedir lo de siempre: “Dos cervezas”. Mientras esperaban ella se quitó la casaca para colocarla en el respaldar de su silla y cuando apoyó los brazos pudo dejar lucir su busto ante los ojos de aquel hombre. Definitivamente surtió efecto, pues no hablaron de la ex ni nada parecido. Hablaron de cuanto tema de conversación se les vino a la mente, de todo menos de aquella mujer que no lo dejaba en paz. Se les pasó la hora habitual del fin de la conversación, a Mara se le hizo tan diferente pasar a ser un paño de lágrimas a una amiga de verdad. “Tal vez sea mejor dejarlo así no más, como un buen amigo”. Pero con el consumo de más cervezas que lo acostumbrado, a él le empezaron a fluir distintos deseos, las palabras del hombre comenzaron a tornarse atrevidas, un poco más de lo que ella esperaba pero le agradó. Conversaron también acerca del compañero de trabajo de Mara, con quien se besó la noche que se conocieron en aquella fiesta. -No lo puedo creer hasta ahora. Me llamaron al día siguiente para ver qué había pasado. No sé cómo accedí a darle un beso a ese asqueroso. Me acompañó a casa y de ahí no lo volví a ver. Parece que la puerta de mi casa espanta a la gente. –Sonrió mirándolo a los ojos que no podían dejar de verle el busto. El reloj de Mara marcó las cuatro y pico de la madrugada, le pareció que ya era hora de partir a casa, él no le propuso nada pero sí, era obligatorio retirarse de aquel bar. Le gustó mucho la manera como los ojos se le iban por su busto, fue inevitable mirar y seguir mirando. Para tal propósito, Mara no se puso la casaca que llevaba puesta pese a que la temperatura estaba algo baja. “Me aguanto este frío pero que siga mirando. Hoy no se me escapa”. Caminando por las calles fue sorprendida por un abrazo de costado, un fuerte brazo la tomó por el hombro extremo para llevarla a su lado en medio de risas. “Por fin se desató”. Ella solo se dejó llevar y cruzó su brazo por la cintura de él. Caminaron hasta la casa de los padres de Mara. “Este no entiende nada. ¿Me dejará otra vez aquí en la puerta y sin… nada?”. En la entrada de la casa continuaron conversando un rato más.

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-Bueno, ya es tarde. Me tengo que ir. -¿En serio? –Respondió ella en un tono tal que el pudiese entender que quería que se quedase. -Sí. Tus padres deben estar esperándote. Le dio un inocente beso en la mejilla con una ligero “chau” para dar la vuelta y caminar. Mara no lo podía creer. “No se da cuenta de nada. Es ahora…”. -No tengo que entrar. –Le dijo con voz baja pero con el tono suficiente como para que a través de sus oídos aquel ruido le dijera a su inerte cerebro que diera un paso más. El volteó para dar tres pasos y ponerse juntó a Mara. Ella le tomó el rostro alijado para acercárselo al suyo. Él no opuso resistencia. Simplemente se besaron y continuaron besándose. Ambos sabían que solo se trataba de un romance corto. Mara se nutrió mucho de esta aventura amorosa, le sirvió para quitarse los demonios que le había dejado el padre de sus hijos, esta corta relación le dio ese valor que necesitaba para enfrentar la vida, aquel mundo real que había sido obligada a no conocer, la libró de aquellas cadenas de la opresión masculina a la que fue sometida por años, se quitó aquellas vendas de los ojos que la privaron de ver la esencia pura de la vida. Descubrió que el amor no era cocinar, limpiar y cuidar niños, descubrió que el amor era más que libertad, supo que las telenovelas son ficción pura en todos sus sentidos, pudo tener en cuenta que el amor no solo es un beso de despedida sino un sinfín de besos en la totalidad de la anatomía. Entendió por fin que era una mujer y que desde ese momento se dedicaría a ser eso mismo, una mujer que viviría a entera plenitud la sexualidad en su vida, tuvo la certeza que amaría y se dejaría amar. Pasaron poco más de ocho semanas y ambos decidieron que no podían ser pareja, tan solo una amistad que demoró en forjarse debido a que la llama no se apagaba por los encuentros esporádicos llenos de pasión, encuentros que también fueron dejando de darse hasta que solo quedó el recuerdo y el agradecimiento. -Me ayudó a ser una verdadera mujer. 127


LIBRE Maju regresaba de trabajar, era poco más de las 7 de la noche cuando se disponía entrar a su casa, frente a la puerta escuchó el timbre de su teléfono móvil, vio que se trataba de un número que no tenía registrado. “¿Quién llamará a esta hora?”. Sin pensarlo contestó la llamada con el teléfono apoyado entre el oído y el hombro derecho mientras trataba de abrir la puerta con aquel manojo de llaves. -¿Aló? –Contestó haciendo un gesto debido a la difícil maniobra de hablar, sujetar el teléfono y abrir la puerta. -Hola Maju. -¿Quién habla? –Respondió con otro gesto, esta vez de duda pero no de esfuerzo debido a que ya había podido abrir la puerta. -César. –Dijo con voz relajada. -¿César? Ok. Hola César… -¿Sabes quién soy, verdad? -Sí claro… César Gómez. No reconocí tu voz. –Cerraba la puerta y dejando su cartera hacia un lado iba acomodándose en un sofá. -¿Qué tal? ¿Estás ocupada? -Acabo de llegar de trabajar. Todo bien. -Qué bueno.

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A César le incomodaba las conversaciones por teléfono, no entendía como existía gente que duraba horas llevando conversaciones por aquel medio. –¿Mira, tienes algo que hacer mañana? -¿Mañana viernes? Siempre ando ocupada los fines de semana. “Claro que no”, pensó pero quiso darle un poco de cuerda para no hacerle la cita tan fácil. -Bueno, si es así entonces ni modo. –Respondió con auto suficiencia pero lamentándolo. -Llámame en una hora, tengo que ver un par de cosas y te respondo. Creo que tengo una reunión con unas amigas. -Claro, en una hora. Hablamos. Luego de más de una hora César volvió a llamar. El teléfono sonó pero sin respuesta por parte de Maju. “Tal vez se molestó por no llamar exactamente a la hora que me dijo. Solo me pase por unos cuarenta minutos”. Intentó nuevamente, recibiendo un escueto: “César estoy hablando con otra persona, llámame después”. Al cabo de unos cuarenta minutos, consideró que ya había pasado tiempo suficiente para que ella terminara de hablar con la otra persona, por lo que nuevamente marcó el número y esta vez Maju contestó, pero solo accedió a monosílabos como “Si, No, Ya”. Al cabo de cinco minutos César se dio cuenta que la conversación no tenía sentido, mientras que Maju buscaba torturarlo un rato más para así finalmente poder tenerlo en sus manos. -Sí. –Volvió a responder Maju. “Cómo me gusta hacerlo sufrir”. Mientras que las frases de César se apagaban con cada palabra. -Entonces pensé que sería necesario cerrar la puerta. –Dijo César. -Ya… –Otra vez con otro monosílabo.

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-¿Maju? –Lo escuchó más apagado aún. -Sí –Continuaba con respuestas extremadamente cortas y con voz trémula “que siga que ya cae” pensaba ella. -Creo que estás con sueño. “Cayó” pensó ella. -Mejor hablamos otro día. “Espera, espera, espera”, se dijo a sí misma. -Llámame cuando estés disponible… “No, no, no… eso no estaba entre los planes”, se dijo a sí misma una alarmada Maju. - Adiós… -¡Aló! –levantó la voz Maju. -¿Aló? –Respondió César sorprendido ya que estuvo a punto de presionar el botón rojo de su teléfono móvil. -Sí… sí… -¡¿Sí?! –respondió esta vez con voz enfurecida debido a que supuso que la mujer se quería burlar de él. -Disculpa César, estaba algo ida. –Inventó porque no se le ocurría otra excusa. -¿Ida? ¿Te sientes mal? –Su voz sonó con preocupación. -Un poco. –Mintió para suplir su estrategia estéril.

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-¿Estás enferma? -No. Estuve pensando en algo que me apenó mucho. -Bueno, ¿lo podemos conversar mañana? –Preguntó con un tono más animado. -Está bien. –Respondió con voz baja pero pensando en que al final todo saldría bien. A las 8 de la noche siguiente, César pasó por la casa de Maju. Ella justo se encontraba cerrando la puerta, pues era la hora en que habían quedado. Lo vio con un pantalón de jean celeste, un par de botines marrón claro no tan gruesos como los de alpinista ni tan delgados como botas tejanas, una camisa manga larga color negro y una gruesa correa vieja de cuero. Ella vestía un pantalón pegado color negro, unas botas negras cuya caña iba sobre el pantalón, una blusa de fondo negro con flores de colores en los que predominaba el rojo. Su habitual cabello corto lo llevaba peinado con una raya hacia el lado derecho. Usaba un ligero lápiz labial al igual que un sobrio maquillaje en los párpados y pestañas. -Hola. –Se saludaron ambos y rieron por haberlo hecho al mismo tiempo. -¿A dónde iremos? –Preguntó ella con entusiasmo. -No lo sé… -Ya fuiste. Entonces vamos a donde yo quiera. –Le sonrió mirándolo con ese rostro que dice “mala suerte”. -Perfecto. Justo pasa un taxi por aquí. Ya embarcados en el taxi comenzaron las conversaciones triviales, aquellas palabras que van y vienen respecto a trabajo, amistades, pasatiempos, compras, salud física y salud mental entre otras. Llegaron a un bar que César conocía por nombre pero al que jamás había ido, Maju si lo conocía y le gustaba mucho por el vino que servían. 131


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-¿Tomas vino? –Preguntó Maju luego de haber pedido una botella. -Sí. –Contestó sorprendido pero a media verdad, ya que si bien tomaba vino, solo podía aguantar un par de copas pero no una botella. -Tienes cara de que no, me hubieras dicho y tomábamos otra bebida. -Está bien, sí tomo vino. Pero no me responsabilizo de lo que me pueda suceder luego de la segunda copa. –Sonrió mirándola. Ella correspondió a la sonrisa. En un tiempo muy breve se apareció el mozo con un vino tinto joven y dos copas, descorchó la botella para llenar ambas copas y retirarse. La conversación siguió durante la primera copa. -¿Me vas a decir en qué pensabas anoche que te tenia triste? –Preguntó mirándola a los ojos y sin sonreír luego de servir la segunda copa de ambos. -Pensaba en mi ex. –Respondió mintiendo ya que lo que pretendió la noche anterior fue simplemente ahorcarlo hasta tenerlo a sus pies para finalmente poner la excusa de que anduvo pensando en algo. -Qué interesante. ¿Terminaron hace poco? -No. Fue hace dos años. Fue muy triste y decepcionante para mí. -¿Te engañó? -No. Maju tuvo un novio norteamericano, era un oficial de la DEA que por trabajo radicaba en la selva en la lucha contra el narcotráfico. El hombre como todo gringo fuera de su país era algo alocado, tenía más de un metro con noventa centímetros, corpulento con sobrepeso, cabello rubio escaso y peinado hacia atrás, cara grande y ojos azules. Era mayor que Maju por unos quince años, siempre vestía pantalones cargo y camisa de manga corta. Se conocieron en uno de los viajes vacacionales que ella realizó, fue en la discoteca de moda de 132


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la ciudad en la que el dueño, quien era amigo de Maju, fungió de anfitrión. Disfrutaron de increíbles aventuras, no solo excursiones por la selva las cuales ella le mostró, sino que también viajaron por el resto del Perú. Sus viajes a la selva fueron más frecuentes y los de él a Lima también. Se veían casi todos los fines de semana, a excepción de los viajes que él tenía que realizar a Estados Unidos, al regreso de uno de estos fue a buscar a Maju a su trabajo, directamente del aeropuerto con todo el equipaje que llevaría en su próximo vuelo a la selva. En plena oficina, como buen gringo, con un ramo de rosas tremendamente grande, le ofreció matrimonio y entre palmas, lágrimas de emoción y silbidos de todos los compañeros de trabajo Maju aceptó. A partir de esos momentos los preparativos comenzaron a avanzar de manera exponencial, los viajes eran cada vez más seguidos. Un día, el novio le propuso que dejara su trabajo en Lima para que ella se mudara a la selva y así vivir juntos, ella aceptó. Canceló el contrato de alquiler del departamento en el que vivía, renunció a su trabajo con un mensaje alentador: “las puertas de la empresa siempre estarán abiertas para ti” por parte de su jefe. Se despidió de todas sus amigas pidiéndoles que la visitaran seguido para que de paso disfrutaran del encanto y el calor de la selva. El novio dejó de vivir en la base de la DEA para arrendar una casa en las afueras de la ciudad, ella consiguió un trabajo como agente de turismo en el hotel de un amigo suizo y comenzaron así una vida juntos. Él tuvo que hacer su último viaje a Estados Unidos, para finiquitar unos trámites documentarios y regresar a los quince días para contraer las nupcias prometidas. Maju esperó con ansias el día que él llegaría, pidió permiso en el trabajo para esperarlo en casa a la hora que el llegara. Llegó el día y la hora, pero él no. Pasaron dos horas de la hora de llegada, al no aparecer Maju llamó a un contacto en el aeropuerto, él si había llegado. Llamó a su teléfono móvil, este parecía estar apagado. Se preocupó hasta que pensó que tal vez algo relacionado al trabajo lo obligó a dirigirse directamente a la base. Para relajarse, salió a hacer unas compras. Regresó al cabo de dos horas, al entrar a la casa lo vio, sentado en una silla mirando hacia un lado. No volteó cuando ella entró. -Mi amor. Me tenías preocupada. “¿Qué le pasa?”, pensó al verlo con tan poca emoción. Se acercó y se agachó para darle un beso. Él no lo correspondió, solo lo recibió sin moverse y con la mirada fija hacia algún objeto. 133


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-¿Qué te sucede? –Reclamó Maju debido a aquella actitud. -Saliste el sábado a la discoteca. –Dijo él sin cambiar el rumbo a su mirada. -Sí. No entiendo. Te dije que lo haría. -Pero no me dijiste que me engañarías con otro hombre. -¿De dónde sacas eso? ¿Por qué me dices eso? -Porque es cierto ¿Lo negarás? –La voz seguía con el mismo ritmo y tono. -A ver… espera. ¿Con quién has hablado? -Eso no interesa. Dime la verdad. -Ok. Dímelo entonces. –Los ojos de Maju se llenaron de lágrimas y la voz se le quebró. -Las mujeres de aquí son fáciles. -¿Si? ¿Entonces porque me propusiste matrimonio si desde un principio sabias que “soy fácil”? –El hombre no contestó. -Te guías por un paradigma y nada más. Ahora dime ¿de dónde sacas que te engañé el sábado? Porque eso es lo que piensas, ¿verdad? Que salí el sábado a la discoteca de moda de esta pequeña ciudad para engañarte a vista y paciencia de todo el mundo. -Lo hiciste. Me engañaste con el dueño de la discoteca. Todos mis compañeros de trabajo te vieron acariciándolo. Me hiciste quedar como un estúpido. -¿Como un estúpido? Como un estúpido estás quedando ahora. Como un estúpido que solo cree en habladurías. Un estúpido que no está seguro de sí mismo. El “dueño” de esa discoteca es Lucho y lo conoces, sabes que lo 134


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quiero como a un padre. Tal vez si lo acaricié, pero por el cariño que le tengo no porque me quería acostar con él. ¿Te das cuenta lo que estás diciendo? El hombre solo miraba al único sitio que miró desde que entró en esa casa. Ella se puso de cuclillas frente a él, apoyando sus brazos sobre las rodillas de aquel hombre. Con lágrimas chorreando a través de su semblante triste –piensa mi amor –“te perdonaría esta ofensa” -¿Cómo te voy a engañar? Te he dado muestras suficientes de mi amor. Por favor Mark, mírame. -Mis maletas están hechas. Me voy de esta casa. –Nunca la miró. -¿Te vas? –ella se puso de pie –no te vas de esta casa. -Levantó la voz. -Sí, me voy. –Dijo con la misma voz que ya la estaba sacando de quicio. -No –siguió con voz airada– esta es tu casa y tú te quedas aquí. Pero yo me voy. En estos mismos momentos voy a preparar mis maletas. Maju entró a su habitación, aquella habitación en donde fluyó tanto amor, aquel lugar en donde surgieron tantas promesas y planes de felicidad. Tomó sus maletas y guardó toda su ropa, no quiso ningún recuerdo de él, se llevó únicamente lo que ella misma había adquirido. Una vez que alistó sus cosas, salió de la habitación abriendo la puerta de un fuerte jalón. Mark se encontraba casi inerte en el mismo lugar. Sin despedirse, ella salió con dirección a la casa de una amiga. Al día siguiente hizo las coordinaciones necesarias en la empresa en la que había dejado de trabajar apenas cuatro meses atrás. Consiguió con un contacto el alquiler de un pequeño departamento y a los dos días ya estaba de regreso a Lima. -Lo que me cuentas es muy triste. –César le dijo a Maju cuando servía la última copa de vino. -¿Tomamos una segunda botella? -Sí. Pensé que el vino no era lo tuyo.

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LIBRE

-Parece que sí. –Ambos dieron una ligera carcajada. -¿Y tú? –Preguntó ella. -¿Yo? ¿Yo que? -¿No tienes una historia de amor? -También, una desgracia. –Sirvió la primera copa de la segunda botella. Sin control… si es que vendrían más botellas. -Cuéntame –puso cara de interesada– jamás pensé que fueras un romántico. Pareces más un tipo loco. -El amor es una locura. –Aclaró con una sonrisa. Continuaron bebiendo y conversando. Él también le contó su historia de amor con decepción como final. Luego de beber una tercera botella de vino, ella decidió que sería hora de ir a bailar. Luego de eso le dio sueño y lo invitó a su departamento a tomarse un último trago, algo seguramente tenía. Finalmente la acompañó pero solo bebieron agua. Maju no necesitaba de una relación amorosa para estar bien. Luego de la ruptura de su noviazgo se dedicó a trabajar y ser feliz. Consideró que para ser feliz no tenía que haber ataduras. Anduvo saliendo con César poco más de dos meses para luego decirle “eres libre” y de esta manera continuar con su vida y seguir siendo feliz. Luego de tres meses de haber dejado libre a César conoció otro hombre con el que también estuvo un corto tiempo. Luego de eso por esas cosas de la vida y la tecnología, volvió a contactar a César para comenzar un corto romance. César no vivía incomodo con esa situación, entre ambos no había sentimiento de amor sino de amistad, pero al momento de acostarse si había un enganche que ambos lo borraban al salir de aquel trance que lleva consigo hacer el amor. 136


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DECISIÓN -¿Por fin? –Preguntó Patty V con cara de asombro. -Sí Patty –contestó Ángela mientras se desparramaba en el respaldar del cómodo mueble del bar de costumbre allí en el centro comercial con vista al mar– por fin. -¿Valió la pena? -Claro que valió la pena tanta espera. -Pero eso fue demasiado amiga, como seis meses ¿verdad? -Cuatro meses y veintitrés días… fue demasiado. Pero… -Debió ser demasiado bueno para haber esperado tanto. -Estuve a punto de despacharlo, acuérdate cuando te conté… -Claro, eso fue a los cuarenta días… cuarentena jajaja ¿Y por qué no lo botaste ahí no más? -Porque ya había recibido buenas referencias. -Verdad, por la chica esta. -Sí, por ella misma. -Cuenta… cuenta… Cuando estuvo por contarle los pormenores, llegó una amiga más llamada Karla, quien saludó rápidamente y se sentó para conversar de asuntos que ya no eran relacionados a la noche que había pasado Ángela junto a su amigo enamorado. Aun sentía su perfume y la barba de dos días raspándole 137


DECISIÓN

suavemente el cuello. Recordó que él tuvo la osadía de recorrer su cuerpo sin pedir permiso para nada. “Realmente fue como me lo contaron”. Le entró una especie de frío y trató de olvidar todo para seguir en la divertida tertulia. Era una noche de domingo y pensó en llamarlo terminando la reunión, pero luego pensó que sería muy descortés apurar la charla para aquello y por otro lado prefirió que él se comunicara con ella. La conversación se tornó más que divertida, prolongándose hasta pasada la 1 de la madrugada, hora en que las tres decidieron que ya era tiempo de irse a casa. Se pusieron de pie luego de cada una pagar su consumo y caminaron juntas conversando hasta el estacionamiento en donde se separaron hacia sus respectivos vehículos. Ángela se sentó en el asiento de su automóvil y de su cartera sacó su teléfono móvil en el que pudo ver un mensaje recibido tres horas atrás: “Hola, ¿Estás ocupada?”. Se puso la palma de la mano en la frente en señal que corría mala suerte. Le entró la duda de responder o no hacerlo. Pues la hora no era adecuada… pero lo hizo. Si le respondía tal vez pudiese tener otra noche de placer pero un poco más corta por lo que al día siguiente habría que trabajar, la duda la invadió. “Hola, recién veo el teléfono. Que descanses”. Escribió apurada tomando en cuenta que por la hora tendría que estar durmiendo y así fue porque no recibió respuesta por el resto de la noche. A partir del día siguiente, en la mañana, no dejaron de comunicarse seguido. Se veían entre tres a cuatro veces a la semana. Los martes iban al cine, los jueves a cenar y los sábados de fiesta. Si quedaba por ahí algo pendiente lo hacían los domingos o los viernes. Se llevaban muy bien, pues más eran las horas que conversaban que cualquier otra actividad, ella sentía que le atraía a él y que la empatía era recíproca. Sin embargo percibía que en él no había mucha emoción, no sentía que su corazón latiese a mayor frecuencia por ella. “Con Susana tal vez hubiese sido lo mismo al principio”. Pero como toda mujer madura, esperaba que con el tiempo esta relación madurase, pues no era momento de pensar en relaciones interminables sino más bien en noches inacabables.

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En determinadas ocasiones, César deseaba tener espacios libres y Ángela lo entendía pues ella deseaba lo mismo, ambos no creían en que una relación debía tener un punto de partida establecido, como una especie de contrato, pero si era implícito que llevaban una relación y que era necesario siempre tener en cuenta que el respeto era primordial. Anduvieron en esta situación durante diez meses, con altas y bajas pero transcurrieron rápidamente. Ambos comenzaron a sentirse incomodos, ella quería formalizar aún más los derechos de la relación y eso hacía que él quisiera huir de aquello por sentirse de algún modo amenazado. Si bien César sentía cariño hacia Ángela, este jamás pudo convertirse en amor, a pesar de los intentos que éste hizo. El factor determinante para que se extinguiera esta relación fue cuando percibió que Ángela deseaba que en ella César viera a Susana. Habían sido buenas amigas mientras Susana vivió en Perú, sin embargo su abrupta partida y la falta de comunicación hizo que todo se olvidara, pero César no lo olvidaría jamás. En una ocasión, ambos estaban algo bebidos y Ángela no aguantó lo que tenía contenido. -Bien sabes que te quiero flaquito. –Le decía ella mientras lo abrazaba en la discoteca en la que estaban aquella noche. -Yo también. –Respondía César pensando en que solo hasta ahí y con la esperanza que no le dijera nada más comprometedor. -Tú eres mi amorcito flaquito. -Ok. –Respondió mientras correspondía a la miel otorgada por aquella enamoradiza mujer. -¿Ok? ¿Esa es tu respuesta? –Reclamaba Ángela pero con tono dulce y sin dejar de besarle el cuello y una de las orejas. Él no respondió, se quedó callado

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DECISIÓN

pensando en lo bonita que era esa relación sin ataduras, quería a Ángela, no solo como amiga sino también como mujer. Muchas veces necesitaba de ella, necesitaba compartir con ella sus logros, sus tristezas, sus felicidades, pero no estaba enamorado de ella. No sabía cómo expresárselo, pensaba que el silencio lo explicaría todo, pero así no funciona la vida. Felizmente la conversación no continuó, César sentía que esta relación debía terminar, pero cada vez que se veían conversaban y la pasaban tan bien, que dejaba que fluyera pero con el temor de enfrentarse a otro interrogatorio de sentimientos no correspondidos. Hacía un análisis de que tan enamorado podría estar y siempre el resultado le arrojaba que era una relación con expectativas de corta duración. -¡Huevona! –Exclamó Patty V. con aquellos ojos marrones bien abiertos. - ¿Le dijiste eso? -Creo que sí –respondió Ángela con un vaso de jugo de frutas agarrado con las dos manos mientras ambos codos los apoyaba en sus rodillas– estábamos muy borrachos. -Pe… pe… ¿pero solo te respondió eso? … ¡¡¡¿¿¿OK???!!! –Hizo una mueca desenfadada y con los ojos más abiertos aún, aumentando los decibeles de tal manera que las personas de los módulos de los costados del café en el que se encontraban voltearon a ver. A Patty V obviamente no le interesó. -Baja la voz –sonrió Ángela con cierto disimulo– sí me dijo eso. Lo entiendo, él aún no olvida a Susana… -Pero ese es un huevón. Y tú también. Si aún no la olvida entonces que la busque… -No lo quiero forzar…

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-¡Fuérzalo! –Nuevamente las personas cercanas al lugar donde estaban sentadas voltearon por la fuerte voz de Patty V. -No es un chiquillo para estar con esas dudas. Pero qué raro, me parece un tipo tan maduro pese a… -¿A la edad? Me haces sentir vieja… -Nada, solo que sí. Es menor que tú… -Pero solo por cuatro años… -Pero es menor. Si cuando son mayores que una se comportan como niños, este que es menor… Imagínate. -Lo conoces, es súper maduro. Pero no llega aún a madurar su pasado. Por eso te digo que no lo puedo presionar… no lo quiero presionar. -En cierto modo tienes razón. Pero vas a recibir golpes como este, acostúmbrate. -No son golpes… -¿Ah No? ¿Entonces? Mírate la cara de idiota que tienes. -Son simplemente pasos duros que tendré que dar para ver si esto sigue avanzando. Los encuentros siguieron dándose con la misma rutina semanal de siempre. Ángela iba con más cautela pero cuando se pasaba de copas, que sucedía generalmente los fines de semana, y estaba acompañada de César, no dudaba en darle a entender que estaba enamorada de él. Pero… con más cautela. César simplemente dejaba que todo pasara, no compartía sus sentimientos ni dudas con nadie, solo esperaba no tener que enfrentar otra situación

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DECISIÓN

realmente comprometedora y solucionar con un escueto Ok. Sin culpas, sin remordimientos, sin preocupaciones, a pesar que los sentimientos se encontraban y desencontraban continuaban en lo mismo. Cierta madrugada de mediados de octubre del año 2005, entre tragos, bailes y mucha diversión, ambos subieron al automóvil de Ángela. -Tu maneja. –Le dijo Ángela a un borracho pero estable César. -Ok, yo conduzco. –Respondió mientras recibía las llaves del vehículo de manos de ella quien le sonreía mirándolo a los ojos a lo que él le correspondía. -Está fresquito ¿verdad? –Dijo Ángela refiriéndose al aún húmedo clima nocturno de Lima mientras él conducía. -Sí, un poquito. –Le devolvió una sonrisa mientras pensaba “Fresquito” esa es una frase muy utilizada por Susana. -¿Cómo aguantas andar así en camisa y sin abrigo? –Le decía con un ligero pellizco que más parecía cosquilla. -Soy ardiente. –Respondió con una risa pícara como corolario cuyo desenlace sería volver a encamarse. -Lo sé. –Dijo ella mirándolo con un gesto de que era obvio que lo sabía. -Nos conocemos muy bien, por eso nos hemos entregado. Somos como marido y mujer. César solo atinó a mirar a través del parabrisas del auto de Ángela la calle oscura aplastada por la luz de la luna. “¿Marido y mujer? Eso fue mucho” -Te siento muy callado. –Ángela trato de cambiar el sentido de la conversación pero no surtió mucho efecto, pues César solo atinaba a dar respuestas cortas.

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-No, solo estoy concentrado para no tener accidentes de tránsito. -¿Puedes detenerte un momento? –César, sin preguntar nada, obedeció y se estacionó al costado de una calle. -César, tú sabes que estoy enamorada de ti. -Lo suponía. –Respondió con voz baja, respondiéndole a ella pero a la vez respondiéndose a sí mismo. -¿Lo suponía? ¿Esa es tu respuesta? -Sí. –Continuó César esperando que esa conversación “sin sentido” terminara de una buena vez. Por su cabeza pasaban una serie de recuerdos fugaces, cuantos recuerdos de amores furtivos, cuantos engaños y desengaños. Si bien estaba convencido que su relación con Ángela era tan solo un romance temporal, sabía que aquel sería el momento de darle fin. -César, yo sé que aún no te olvidas de Susana. -¿Por qué dices eso? –Era cierto que aún no se olvidaba de Susana pero tampoco quería ser él quien ocasionara la ruptura de esta relación. -Porque es cierto, Rosa me lo contó. -¿Acaso Rosa puede leer mis recuerdos? -Susana le contó lo que le escribes. -No entiendo, Rosa sabe que salimos. No tendría sentido que te contara eso. Además no escribo nada a Susana. -¿Me vas a decir que no le escribes? –Fue una pregunta inquisidora.

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DECISIÓN

-Sí le escribo, pero conversaciones triviales. -César, Susana vendrá este año. Si tu deseas yo doy un paso al costado. Entiendo que no te hayas olvidado de ella… Mientras Ángela hablaba a César se le llenaban los ojos de lágrimas. No demostró nada más que impavidez, su rostro era inexpresivo y su mirada apuntaba a un punto fijo que ni él sabía cuál era. No había olvidado jamás a Susana, no dejaba de pensar en ella ni un solo instante, no sabía a ciencia cierta si Ángela lo quería probar de alguna manera o si trataba de jugar con sus sentimientos para así ponerlo entre la espada y la pared. No estaba triste, tampoco molesto, solo se encontraba incómodo. “Estoy incómodo y no puedo estar en una situación incómoda, no debo estar con gente que me pone incómodo”, pensaba sin decir nada. Atinó únicamente a encender el auto y conducir, escuchaba la voz de Ángela pero no entendía nada, solo podía pensar en Susana… “Susana, me haces falta… ¿Dónde estás?”. Condujo el vehículo hasta llegar a la casa de Ángela. -No entiendo. –Dijo ella algo alterada. -¿Qué hacemos aquí? –César bajó cerrando la puerta suavemente y cuidando minuciosamente, a pesar que estaba algo ebrio, que sus movimientos no fueran toscos. Se paró al costado de la puerta en donde estaba sentada Ángela y la abrió delicadamente. Ella consternada bajó. -¿Qué hacemos aquí? –Preguntó ella abriendo los ojos de impresión. -Adiós. –Respondió entregándole las llaves del automóvil. -¿Qué…? –No supo qué decir.

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César caminó hasta la avenida más cercana, luego dobló en la esquina y siguió caminando durante aproximadamente dos horas, tiempo que lo llevó hasta su casa. En el camino tuvo un conato de pelea con unos muchachos que se encontraban bebiendo en la calle por donde andaba meditabundo, felizmente no pasó de un cruce de palabras y un par de empujones, por lo que llegó ileso a su destino. Ángela se quedó de pie en la puerta de su casa con los ojos húmedos, no lloró pero si le desconcertó mucho la situación. “Hubiese dejado que todo fluyera como hasta hoy venía sucediendo”. Entró a su casa para dormir, en su habitación se desvistió para colocarse un pantalón y camiseta de manga larga de tela gruesa. Se echó sobre la cama pero no pudo conciliar el sueño, solo dolor de cabeza y mareo que provenían de lo bebido. “La cagué… la cagué… la cagué”. Se repetía constantemente hasta que amaneció y con un poco de sol que atravesaba sus finas cortinas pudo dormir. Pasaron los días y la comunicación fue nula. Ella tomaba su teléfono para intentar llamarlo o siquiera enviarle un mensaje de texto. “No lo haré, debe estar furioso… además, me dejó diciendo simplemente adiós. No, no lo haré”. Las noches eran largas y malhumoradas, dejó de hacer aquellas actividades nocturnas junto a su compañero, el trabajo se le hizo pesado y sus conversaciones con el resto de amistades y familiares eran más que cortas. César estuvo pensativo durante varios días, si bien estaba molesto, aquel mal humor se le iba pasando con el transcurrir de los días. Se sentía mal por haberla dejado “plantada” frente a su casa. “Ya no hay vuelta atrás, estará muy molesta por eso”. Pasaron unos diez días y recordó lo que alguna vez le dijo Susana y es que en estos asuntos no existen culpables, simplemente son sentimientos que desencadenan acciones. Si bien Ángela lo hizo sentirse incomodo, él se portó muy mal con hacerle aquel desplante. “La llamaré”. Pero no se atrevía, recibir algo que no querría escuchar no era tan agradable a pesar que tampoco le haría mucho daño, pero tenía conciencia y eso le afectaría peor que cualquier otra situación. Finalmente decidió comunicarse,

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DECISIÓN

pero de la manera más infantil que un hombre de treinta años lo pudiera hacer… por mensaje de texto. “Hola, ¿te acuerdas de mí?”. Dejó el teléfono y se puso a ver algo de televisión para pasar el rato hasta que se pudiese quedar dormido. Y así sucedió, se quedó dormido hasta que el timbre del teléfono móvil sonó, fue como a las dos horas de haber enviado aquel infantil mensaje de texto. “Mensaje de Ángela”, decía la pantalla del aparato. “¿Qué habrá respondido?”, se preguntó esta vez un temerosos César. Manipuló y se dio con otra sorpresa: “¡¡¡Hola!!! Claro que me acuerdo. ¿Qué haces? Seguro estás durmiendo”. –Se apresuró a ver que le contestaba y no dudó en hacerlo. No había voces, solo letras de teléfono que iban y venían. No hubo compromiso ni nada que se asomara a la última conversación que tuvieron. Entre tanta conversación electrónica, Ángela lo invitó a una fiesta para el sábado que sería el 31 de octubre, unos cuatro días después. César aceptó, él pasaría por la casa de ella aquel día a las 10 de la noche. Ese día llegó y César, tras haber estado con unos amigos bebiendo durante toda la tarde, llegó a su casa para recostarse un rato y salir a recoger a Ángela. Se quedó dormido y se levantó a media noche. Intentó llamar y no obtuvo respuesta, escribió mensajes que nunca fueron respondidos, llamó a su casa y solo recibía el largo sonido del teléfono que nunca contesta. “Seguro en cuanto tome el teléfono me responde”. Se apresuró a bañarse, se echó el mejor perfume y esperó sentado en la sala bebiéndose un vaso de whisky. Luego bebió otro y otro hasta que después del cuarto vaso se levantó y salió, no en busca de Ángela, sino en busca de encontrarse con él mismo, con aquella juerga de siempre.

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ROMANCE A pesar de la hora y de la cantidad de alcohol que había bebido, César no se sentía borracho. Se había despedido de Rocío unos instantes atrás para rápidamente dirigirse a la casa de su padre, solo para hacer algo que en el momento le urgía. Abrió raudamente la puerta con tres golpes de llave, entró para caminar por la sala de la casa y así sentarse sobre la mesita donde se encontraba el teléfono. Cogió la guía de teléfonos y comenzó a buscar: “Salazar de Agüero… Salazar de Agüero…”. Encendió la luz para ver con más claridad. A pesar que era ya de día la casa no estaba aún muy iluminada debido a que las cortinas estaban cerradas. Buscó con mucho cuidado pese a sus entorpecidos sentidos, hasta que luego de aproximadamente veinte minutos encontró el apellido tan rimbombante. Si bien no eran muchos como los “Pérez”, el apellido “Salazar de Agüero” ocupaba más de media página de la guía. Ahora tenía que discriminar por segundo apellido, aquello no demoró mucho hasta que llegó a dar con la información “Salazar de Agüero Salazar de Agüero, Rocío”. -Aquí está. –Dijo con voz moderada mientras lo anotaba en un papelito que lo guardó en el bolsillo de la camisa que llevaba puesta, el mismo papelito donde anotó el teléfono de la chica alta y dientona que le había dado un beso de despedida. Se dirigió a su habitación, se desvistió y se echó solo con ropa interior. Pensaba en Rocío. “Que hermosos ojos”. Hasta que se quedó dormido. Cerca de la una de la tarde César se levantó pensando en los ojos de Rocío. Rápidamente se levantó pero la acción fue truncada debido al mareo que le vino por la resaca que aún no le pasaba. Se recostó un rato más para finalmente levantarse suavemente e irse a dar un duchazo de agua fría. Se vistió con una camiseta blanca, unos pantalones de tela jean y un par de mocasines. Antes de salir se bañó el rostro con agua de colonia para finalmente peinarse apurado. Salió para almorzar en un restaurante cerca a casa con una pareja de amigos.

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-César ¿Qué tal anoche? –Preguntó Chela. -Ayer pasé por tu casa, pero no estaban. -Habíamos salido, pero hubieras llamado por teléfono. –Dijo Juancho, el novio de Chela. -No saqué mi móvil, pero igual me divertí. -Anda –intervino Chela– ¿a dónde fuiste? -A un pub por aquí cerca… -¿Al que siempre vas? ¿El de las tías? –preguntó Chela– ¿otra vez te acostaste con una tía? -Jajajajaja. –Se rió Juancho. -No me acosté –respondió César– estoy enamorado. Lo dijo con un rostro como de perdido en el espacio cosa que causó carcajadas por parte de la pareja. -Gallina vieja da buen caldo… -Pero depende de la yuca que le metas. –Aclaró Juancho trayendo más carcajadas aún. -Ríanse lo que quieran –dijo César– yo sigo para adelante. Almorzaron los tres y luego en el mismo restaurante tomaron unas cuantas cervezas “para cortarla”. Era un domingo soleado de la primavera limeña y estos tres amigos se divertían mucho conversando trivialidades. Chela era una chica de veinticuatro años, blanca, delgada, de ojos rasgados achinados color marrón oscuro, cabello rubio teñido, largo y lacio. Siempre vestía de

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negro o con prendas de cuero y botas altas que hacían verla un poco menos baja de lo que era. Era simpática de trato y amante de la música pesada. De igual manera, Juancho era amante de la música metal y también vestía comúnmente de negro; tenía el pelo rubio natural crecido un poco hacia arriba, de piel blanca, estatura promedio y algo de pecas en la cara de caricatura. Cuando dieron cerca de la seis de la tarde, César decidió que era hora de partir, pues esas cuantas cervezas que habían tomado “para cortarla” ya habían pasado a ser muchas cervezas en casi cuatro horas, pero la tarde y la conversación estaban tan entretenidas que no se había dado cuenta solo hasta que el día comenzó a hacerse menos claro e iluminado. Se puso de pie para despedirse y emprendió rumbo hacia casa. Mientras caminaba se le vino a la mente la mirada de Rocío, aquellos ojos azules lo habían cautivado. Además del trato tan ameno y las horas que pasaron conversando. Las condiciones se presentaron en el momento pero no determinaron nada. Tampoco era cuestión de que a primera instancia pudiera funcionar de inmediato, pero de todas maneras hubo un enganche. Si bien bromeaba con el asunto de que estaba enamorado, sí había sentido una pegada distinta. Por otro lado también pensó en la chica dientona que se despidió de él con un beso en los labios y le había entregado su número telefónico. “Fue una buena noche, ¿pero cuál es el nombre de esta chica?”. Siguió caminando mientras ya la noche caía rápidamente. Llegó a casa, abrió la puerta para dirigirse a su habitación a buscar el papel en donde había anotado el número de teléfono de Rocío y el de la otra chica. Tomó el papel y vio la anotación: “Constance”. Era el nombre de la chica que le dio un beso de despedida. Estuvo tentado de llamarla pero primero llamó a casa de Rocío. El sonido de espera era desesperante hasta que alguien contestó el teléfono: -¿Aló? –Escuchó César la voz de una joven.

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-A… Aló… Buenas noches… -¿Sí? ¿Aló? –Preguntó su interlocutora. -Sí… Buenas noches… con Rocío por favor … -No está. ¿De parte? -César… dígale por favor que llamó César. -Ok, buenas noches. -Buenas… La interlocutora cortó antes de despedirse. Se echó en su cama, César estaba un poco cansado por las cervezas ingeridas durante el almuerzo. Con los dedos de la mano derecha daba vueltas al papelito en donde tenía anotado los dos números de teléfono. “Constance… Rocío”. Tomó el teléfono con la mano izquierda y marcó el número de Constance. El teléfono sonó dos veces y se oyó una voz femenina: -¿Hola? –Respondió una mujer. -Hola, ¿Constance? -Sí, ¿Con quién hablo? -Te habla César. “Habla como gringa”, pensó. -¿César? ¿Quién es César? –Preguntó Constance. -Nos conocimos anoche en el pub, estuvimos bailando. -¡Oh! ¿Cómo estás? No me acordaba tu nombre. 150


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-Estoy bien ¿Qué haces? -¿Quieres verme? –Preguntó algo cortante Constance. -Bu… bueno… ¿Cuándo? –César respondió con duda. -Estoy en casa de Lourdes. -Ok, Lourdes –“¿Quién es Lourdes?”– ¿Me das una referencia? Al cabo de una hora, César y Constance se encontraban cenando en un restaurante que Lourdes le había recomendado. “¿Quién es Lourdes?”. El lugar era moderno, estaba ubicado en una de las calles adyacentes a un óvalo miraflorino. César ya había ido en alguna ocasión invitado por Ángela, no se acordaba si había sido en verano de ese año o un año antes. Faltaba poco menos de diez días para el cumpleaños de Ángela. “Anoche me llamó dos veces y no le contesté”. A César le parecía que ya era tiempo de terminar con aquellas salidas, pues se sentía muy presionado por ella. Mientras conversaba con Constance, César no pudo evitar mirarle la línea formada por juntar ambos senos terminada en un escote no tan pronunciado. Sacó la vista de ahí para mirarla a los ojos mientras ella hablaba con un español medio masticado. -¿Quién es Lourdes? –preguntó intrigado. -La chica con quien bailamos anoche. –Respondió Constance con una pequeña sonrisa. -Ya me acordé –correspondió a la sonrisa– pero recién me entero de su nombre… -Tampoco sabias el mío. –Seguía sonriéndole. 151


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-Me enteré hoy cuando tomé el papel en el que me anotaste tu número telefónico. -¿Por qué los peruanos viven pendiente de si una sabe su nombre o no? – Preguntó Constance algo intrigada. -La verdad no sé, tal vez por seguridad. –César sonrió algo jocoso. -¿Sí? –Preguntó Constance con mucha duda y levantando una ceja y sonriendo. -¿Qué te trae por el Perú? -Un intercambio. Me voy mañana. -Qué pena. -Sí, una pena. ¿Quieres dormir conmigo? -Me gustaría. -La pregunta lo dejó a César algo confundido pero supo disimular como para que Constance no se diera cuenta. ¿Quieres que vayamos a mi casa? -Si quieres. Al cabo de una hora las prendas se estaban regadas por toda la casa mientras ellos se encontraban desnudos en la cama de César, dando vueltas enredándose entre sábanas y regalándose besos de manera indiscriminada. Terminaron el primer acto con ella sentada encima de él y sus manos sobre la nuca acariciándose su propio cabello. -Uy… -exclamó ella sin vergüenza alguna mientras miraba al techo. -Uff… –Respondió él en ese extraño idioma de jadeos y miradas.

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-Estuvo bueno César. César… -¿Aló? –Respondió el mientras pasaba sus palmas por los muslos de Constance. -Estuvo bueno. Uy… sí que estuvo bueno. -¿Otro? –preguntó César sin dudar, pues aquellas caderas posadas sobre él y ese par de senos grandes y duros con pezones rosados que casi se perdían con el color de su piel, eran un manjar difícil de encontrar. -¿Sí? ¿Puedes? Preguntó sorprendida, mirándolo con ojos de felicidad furtiva. -Estoy preparado y tengo todo el tiempo. -Pues vamos… Al día siguiente César no fue a trabajar, llamó solamente para decir que estaba en algún lugar recóndito de Lima haciendo unas investigaciones para su próximo reportaje. Allá por finales de 2005 los medios de comunicación no eran tan avanzados y ello obligaba la presencia del periodista en ciertos lugares. Pero en este caso se encontraba investigando el cuerpo de Constance durante toda la mañana y parte de la tarde, luego fueron a casa de Lourdes de donde recogieron las maletas de Constance, parece que ella también estaba preparada para lo que acontecería durante la noche anterior y aquella mañana, pues lo único que hizo fue sacar sus cosas y embarcarse en el mismo taxi con César hacia el aeropuerto. En el taxi se besaron hasta casi desvestirse, era un solo de besos y risas hasta que llegaron al aeropuerto con la anticipación que correspondía. César la ayudó con las maletas, eran tres pesadas maletas y él solo se hizo cargo de una. Constance se chequeó y fueron a comer algo y así seguir conversando.

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Dieron como las 8 de la noche cuando tuvo que entrar a migraciones y se despidieron con un beso y sin la mínima intención de volver a comunicarse. César llegó a su casa aproximadamente a las 10 de la noche, se quitó los zapatos y se recostó en su cama, la misma en la que había disfrutado largas horas junto a Constance. Las sábanas aún tenían su perfume. Encendió el televisor, estuvo un rato dando vueltas a los canales de televisión hasta que encontró la programación adecuada, colocó el control remoto en la mesa de noche y al momento de hacerlo se percató que aún tenía el papel donde había anotado el teléfono de Constance por un lado y por el otro lado el de Rocío. Lo tomó para distraer su atención puesta en la televisión. “Rocío… mejor intento mañana”. Dejó el papel en el mismo sitio para quedarse dormido. No llamó hasta el jueves como a las 7 de la noche, esta vez le contestó Rocío. -¿Aló? –sonó su inconfundible voz. -Buenas noches, con Rocío por favor. -Sí… ¿Con quién tengo el gusto? –Respondió ella con tono amable pero con la certeza de quien era su interlocutor. Desde aquel día que Rocío conoció a César no dejaba de pensar en él, no porque anduviera asfixiada esperando su llamada sino porque le había causado mucha curiosidad la forma de ser y la atención que éste le prestaba a cada palabra que ella mencionaba. “Una mujer sabe cuándo un hombre está muy interesado por ella”. Y este era el caso. Ella también sintió cierta atracción hacia él. No tenía perfume muy marcado, no conservaba una figura ni muy atlética ni mucho menos se trataba de un gordo, no se vestía como un “viejo” pero tampoco como un niño, tenía un

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estilo propio y un factor muy importante para ella era que la edad de este hombre era indefinida, se notaba que era menor que ella pero no por cuantos años. Mientras trabajaba de rato en rato iba pensando en cómo se conocieron, pero a medida que pasaban los días se desilusionaba. “No entendió el mensaje. Debí ser más clara. Pero si le dije mis dos apellidos y que me podía buscar en la guía telefónica, más fácil que eso no hay, no existe una Rocío Salazar de Agüero Salazar de Agüero en la guía telefónica, solo yo. Debió estar borracho y olvidarlo”. Pero entró la duda cuando su hija le dijo el domingo que había recibido una llamada durante la tarde. - …Verdad mamá –le dijo la hija– te llamaron en la tarde. -¿Quién? -Un pata. -¿Preguntaste su nombre? –Dijo Rocío mirándola con aquellos ojos azules y sonriéndole. -No. “Tal vez haya sido él”. Entonces al escuchar su voz por el teléfono estuvo segura de quién se trataba. “Es él”. -Te habla César, nos conocimos el sábado en el pub. César habló con seguridad luego de titubear en la primera palabra. -Hola ¿Cómo estás? -Bien. ¿Tú? ¿Cómo te ha ido? –Preguntó César como para ir iniciando una conversación.

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-Trabajando pero tranquila ¿Llegaste bien a tu casa aquella noche? -Bueno, ya no era de noche. –César se rió al decirle eso. -Jajaja… Es verdad, como era de día supongo que no tuviste mayor inconveniente en llegar. -Sí, aunque casi me quedo dormido mientras caminaba. -Pero no se te notaba con sueño cuando conversábamos en el pub. -Porque hablaba contigo. -Veo que entendiste el acertijo. –Preguntó Rocío haciendo referencia a su nombre en la guía telefónica. -¿Qué acertijo? –Contesto César sin realmente darse cuenta a que se refería Rocío. -No, nada –rió Rocío. -¿Mañana tienes algo que hacer? -¿Mañana? –Respondió preguntando. -Sí, ¿Te gustaría ir a tomar algo? –Preguntó decidido. -No quisiera beber licor. -Yo tampoco, podemos tomar un jugo por la noche. -Bueno, ¿temprano?

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-Sí, paso por tu casa como a las 8 de la noche ¿Está bien la hora? -Mostro. Ahí nos vemos. A las ocho de la noche del día siguiente César se encontraba en la puerta del edificio donde vivía Rocío. En pocos minutos caminaban juntos hacia el restaurante donde tomarían el jugo. Al llegar ella pidió un jugo de fresas y él también pidió lo mismo. -Este sitio me encanta. A César le gustaba aquel lugar porque era ahí donde había vivido los episodios más intensos con Susana pero obviamente no lo mencionó. -Tiene un ambiente agradable. -Si, a mí también me parece agradable. El pisco sour que sirven aquí es buenísimo. -Pensé que no tomabas. -Si tomo, pero prefiero no hacerlo. -Yo un poco. -Si… me di cuenta –sonrió Rocío– estabas en una bomba brava. -No creo, sino no hubiese aguantado una conversación hasta el amanecer. Mira, hasta aguanté al antipático que te quiso cortejar. -Sí, es verdad. No sé porque los hombres piensan que una mujer por ser divorciada tiene que ser una mujer fácil, cuando lo bonito en una relación es la conquista. “Ojalá que también entienda este acertijo”.

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-También opino lo mismo. –Respondió César, sin entender mucho el acertijo. -Sí –sonrió pero frunciendo el ceño– a veces son tan atrevidos e impertinentes que obligan a una a poner una barrera para evitar que se acerquen. -Me imagino. Mucho fanfarrón machista. -Exacto César –lo miró a los ojos– a ti no te veo así. “Espero que también des con el acertijo”. -Qué bueno. –Respondió César, mirándole embobado aquellos grandes ojos azules. -¿Qué bueno? –Exclamó Rocío. -Claro, que bueno que pienses así, yo tampoco me considero una persona atrevida. -¿Atrevido? –Puso los codos sobre la mesa para apoyar su mentón en sus nudillos entrelazados poniéndolo algo nervioso. Cada uno repitió una vez más un jugo y así la conversación duró más de lo pensado hasta que dieron las dos y pico de la madrugada. Quien se dio cuenta de la hora fue Rocío, a pesar de no llevar reloj porque consideraba que la esclavizaba. Pudo ver que ya no había mucha gente y que muchas de las mesas ya se encontraban con las sillas volteadas encima. -César –interrumpió Rocío mientras él hablaba– ¿te has dado cuenta de la hora? -No –respondió mirando su reloj– ¡wow! Ya es tarde.

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-Sí, creo que es el momento de irnos a dormir. “No creo que la capte… tampoco es el momento”, pensó vagamente Rocío respecto a lo que iban conversando y de una remota posibilidad de acostarse con aquel hombre. -Tienes razón, es hora de dormir. ¿Nos vamos? -Está bien. “No creo que piense que dormiré con él”. Se pusieron de pie y caminaron hasta el automóvil de César, él cuidadosamente le abrió la puerta para que Rocío subiera, una vez embarcados continuaron conversando. Hasta que llegaron a la puerta del edificio en el que Rocío vivía, ella abrió la puerta para evitar interpretaciones apresuradas. -¿Tienes planes para mañana? –preguntó César muy cauteloso. -¿Cómo para qué? -Vamos a bailar un rato. ¿Qué te parece? -¡Bestial! ¿A qué hora? –Preguntó Rocío con entusiasmo. -En la noche. –Contestó con una sonrisa. -Normalmente no se baila de día. –Intervino Rocío riéndose. “Este hombre no puede ser tan despistado”. - ¿A qué hora? -¡Ah! Sí, ¿estará bien a las nueve? -Bacán. Nos vemos mañana. Se despidieron con un beso chocando ambas mejillas. Él esperó que ella ingresara a su edificio –“Vamos voltea” – al entrar pudo ver como esperaba 159


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las puertas del ascensor abrir. Rocío volteó a verlo y cuando se dio cuenta que él la miraba se regalaron mutuamente una sonrisa de complicidad. Mientras César iba manejando rumbo a su casa escuchó un sonido de su teléfono móvil, era un mensaje de texto de Rocío “¿Me mandas un mensaje cuando llegues a tu casa?”. “Lo haré”. Pensó César. A la noche siguiente, sin siquiera entablar comunicación telefónica, César estaba parado a la hora pactada frente a la puerta del departamento de Rocío. Tocó el timbre y en cuestión de veinte segundos escuchó desde adentro como se iba abriendo la puerta. -Hola César. –Lo recibió con júbilo. -Hola Rocío. –Sonrió César. -¿Te quedarás ahí parado? Vamos pasa. -Gracias. -Mira lo que preparé. –Le enseñó un piqueo de mango con queso orgánico y vinagre de manzana. -¿Puedes tomar une cerveza? -Claro que sí, solo una. Se ve rico ese piqueo. –Realmente no sabía lo que era hasta que ella se lo contó. Conversaron aproximadamente durante noventa minutos hasta que decidieron ir a un disco bar adyacente a un óvalo miraflorino, César sabía a donde iban, ya que había frecuentado durante algún tiempo aquel local. Bailaron,

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conversaron y se divirtieron, César tomó tres cervezas hasta que Rocío le recomendó que no bebiera más. Ella no tomó más que agua. Cerca de la 1 de la madrugada ella le pidió que se retiraran, pues el olor a cigarrillo le estaba incomodando. Salieron del local entre risas, caminando uno al lado de otro pero sin tocarse ni siquiera la mano. Pero las miradas que se regalaban eran muy enternecedoras, a pesar de las diferencias de edad, César no preguntaba, ambos pensaban que tal vez se conocían de otra vida. Caminaron hacia el automóvil de César, él estaba a la altura de la puerta del conductor y ella en la del extremo, sobre el techo volvieron a mirarse y se rieron, él con sus ojos oscuros y arrugas prematuras sonreía a los ojos azules y encías libres de Rocío. -¡Uy perdón! –Dijo atentamente César para inmediatamente abrirle la puerta del automóvil a Rocío. -Gracias. –Agradeció con una mirada fija a los ojos tímidos de César dando frente hacia el mientras subía. Él solo sonrió. -¿Mañana vamos de paseo a algún lado? –Preguntó César con seguridad. -Bacán ¿A dónde? Me gustaría buscar algo de sol. -Ni idea –respondió César con una sonrisa desinteresada–piensa en un lugar. -Está bien. A las nueve creo que sería buena hora que estés por aquí. Al despedirse, ambos se acercaron para darse un beso en la mejilla, Rocío le puso la palma de la mano en la mejilla de César. El beso quedó en la mejilla y nada más. Cuando ella se acercó al ascensor se dieron la misma mirada hasta que dejaron de verse. Mientras el ascensor subía Rocío pensaba en lo joven que podía ser César pero a la vez pensaba también en lo maduro que le parecía. Podía aparentar más edad de la que tenía. Con la barba y las

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arrugas prematuras podría parecer un hombre, menor que ella, pero de edad indefinida. “A seguir adelante”, pensó sin preocuparse por consecuencias que en realidad no serían para nada catastróficas, “Lo puedo manejar”. Al día siguiente, siempre puntual César se encontraba fuera de su vehículo en la puerta del edificio donde vivía Rocío. Ella lo esperaba afuera con unas sandalias, una cartera de paja y un vestido de tela playera casi del mismo color que la cartera. César vestía un cómodo pantalón crema claro, una camiseta de cuello circular color naranja encendido y unas modernas zapatillas de playa así como unos lentes de sol deportivos. “Le creció la barba en solo unas horas”, pensó Rocío pero fue solo una idea, pues naturalmente es imposible. Rocío bajó las escaleras con una sonrisa radiante, César pudo darse cuenta como le brillaban los ojos, al igual que la sonrisa y el delicado movimiento de la tela rozando sus caderas al compás del viento mientras ella caminaba. -Hola César. –Saludó efusivamente. -Hola. Parece que nos vamos a la playa. -Pensé que buscaríamos el sol. –Aclaró sin dejar de mirarle a los ojos como Rayos X a través de los oscuros lentes de César. -Claro, por eso tengo un traje de baño en la maletera. Soy algo precavido. -Sí… sí. Ya me di cuenta de eso. Creo que estará bien si nos vamos a Punta Rocas. -Me parece bien. Vamos. Camino a la playa Rocío le propuso a César poner un disco de música vivencial en vez de la música relativamente estridente que iban escuchando. César accedió sin miramientos, además disfrutaba de aquella música tan relajante. El camino se hizo corto, pues ambos disfrutaban de la conversación, a César

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le parecía que Rocío era una lora pero con temas de conversación súper interesantes mientras que Rocío tenía la impresión que César era un hombre de ideas muy liberales y mente abierta. -¿Me esperas un momentito? –preguntó César– voy a los servicios a ponerme ropa de baño. -Claro. –Respondió ella mirándolo extrañada. “¿Quién viene a la playa en pantalón para cambiarse en un baño?”. -¿Ves esa sombrilla de color verde? -Sí, claro. -Ahí voy a poner mi toalla y me echaré a tomar sol. -Buena voz, no me demoro. Una vez que César se puso la ropa de baño tipo bermuda color negro con las letras rojas de la marca además de un par de sandalias simples color negro, se acercó a la sombrilla verde en la que se encontraba Rocío sentada sobre una tela de muchos colores con un bikini azul no tan atrevido terminando de colocarse bloqueador solar en los brazos, el hecho de encontrarse sentada no revelaba ante los ojos de César el cuerpo formado por intensas sesiones de pilates, ella sí pudo ver el cuerpo delgado y fibroso de su acompañante. -Que rico sol ¿verdad? –Dijo César para romper el hielo. -Sí –respondió Rocío sonriendo y cerrando un ojo justamente para que el sol radiante no le molestara– ¿No usas bloqueador solar? -¿Bloqueador? No… nunca uso.

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-Deberías, el cáncer a la piel está cada vez más recurrente… -¿Debido a los rayos ultra violeta y a la capa de ozono? -Sí –rió. -Ya lo sé, espero algún día recapacitar sobre eso. –Mientras hablaba pensaba: “Como no me echas un poco de tu bloqueador”. -Recapacita. –Se lo dijo mirándolo mientras él se acomodaba en la toalla. “Pídeme que te eche bloqueador y con gusto lo hago. No, no es atrevido” -Voy al mar. –Dijo César mientras se ponía de pie. Caminó hacia el mar en donde se clavó contra una ola, volvió a ponerse de pie cuando escuchó de Rocío un quejido amigable a razón de la baja temperatura del agua, quien había entrado al mar detrás de él sin que lo notara… hasta el momento que la escuchó. Pudo darse cuenta de inmediato que si bien Rocío tenia los senos pequeños, el pecho si era desarrollado por lo que denotaba una figura atlética. Conversaron un rato de pie en la orilla, en donde el agua no les llegaba más que a media altura de las canillas. Ahí cada uno se dio cuenta de las bondades que ofrecía el cuerpo del otro. Caminaron hacia la sombrilla verde, en donde cada uno se recostó sobre su respectiva toalla. Continuaron conversando y así se les pasó el día hasta aproximadamente las 2 de la tarde. -¿De aquí podemos pasar por Chorrillos? –Preguntó Rocío. -Claro ¿A qué parte? -Al terminal pesquero, para comprar un pescadito y prepararlo en mi casa. -Genial. -Un ratito más y nos vamos. 164


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Ya en casa de Rocío, ambos se encontraban en la mesa del comedor comiendo un pescado preparado por ambos, mientras ella cocinaba el lavaba todo, de esta manera cuando la comida estuvo lista la cocina también se encontraba limpia. Siguieron conversando hasta que dieron como las siete de la noche. “Como habla. Es una lora”, pensaba embobado César mientras contemplaba aquellos impresionantes ojos azules y escuchaba armoniosamente el sonido de la voz de Rocío. “Tan cerca y a la vez tan lejos”. Conversaban y conversaban y de esta manera el tiempo pasaba volando. -Bueno Rocío, ya es tarde y no quiero seguir incomodando. -No me incomodas, pero si es tarde y me imagino que te tienes que levantar temprano. -Sí, mañana es ese desagradable lunes. -No deberías enfrentar las cosas con pesimismo. Busca la parte buena en todo lo que parezca malo. -Tienes razón Rocío –le regaló la mejor de sus sonrisas– aplicaré aquello. Se despidieron con un beso en la mejilla, ambos desearon que el otro hubiese dado el primer paso. Mientras con la mano derecha Rocío cerraba la puerta de su casa, por ese espacio que iba reduciéndose ambos continuaban mirándose y sonriéndose, ella agachándose y apoyando la mano izquierda en sus rodillas dobladas y César con ambas manos agarradas por detrás se agachaba ligeramente hacia adelante también riéndose. Al cabo de seis días, tras salidas, conversaciones, citas románticas y más conversaciones, César amaneció en la cama de Rocío, ambos desnudos y abrazados. En el transcurso de aquellos días se habían contado casi todo sobre sus vidas, desde la edad que los diferenciaba abismalmente hasta sus decepciones amorosas. Salvo una que César decidió no contar por tratarse de un episodio muy complicado en su vida sentimental.

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INVITACION Cinthya aún con dolor de cabeza, almorzó en el balcón de la habitación del hotel en el que estaba hospedada. Sentada en una silla con la rodilla izquierda doblada y el pie sobre el asiento se preguntaba una y otra vez: “¿Quién es ese tipo?”. Dejó más de las tres cuartas partes del plato de arroz chaufa con cecina pero se tomó toda la jarra con limonada helada. Su delgado cuerpo vestía un bikini de colores negro y fucsia así como las sandalias que había calzado la noche anterior. Bajó a la piscina del hotel y se metió al agua, estuvo un corto rato cuando de pronto cayó una lluvia torrencial mientras ella permanecía dentro. Le causó mucho agrado aquella escena, era como estar zambullida en una tina mientras la ducha goteaba. Permaneció dentro unos minutos más, luego salió a envolverse en una toalla color naranja y subir rápidamente a su habitación, pues no tenía sentido quedarse más tiempo ya que el sol no saldría por lo menos durante el resto de la tarde. Subió a su habitación y tomó una ducha de agua caliente. Salió del baño con la toalla envolviendo su largo cabello marrón pero con el cuerpo desnudo para dejarse caer en la cama, tomó el control remoto del televisor para encenderlo y ver un poco de noticias, otro poco de videos clip, algo de películas, en fin, no se decidía por nada, por lo que de pura aburrida se puso a revisar su teléfono celular. Dejó de jugar con el aparato para volver a ver el mensaje del hombre que la había acompañado hasta la puerta del hotel: “No se aprovechó de mi”. Entonces pensó en responder a tan cortés gesto. Estuvieron conversando por texto durante el resto de la tarde. Cinthya no podía creer lo que él le contaba, todo lo que ella le había dicho, ahora se sentía doblemente avergonzada. Sin embargo no podía aguantar la risa de todo el espectáculo que según ella había representado ante aquel tipo. -¿Puedo visitarte? –Él le preguntó.

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-Está lloviendo mucho, además aún no me pasa el dolor de cabeza. –Respondió Cinthya considerando que dentro de toda mentira hay una verdad, puesto que con aquel dolor de cabeza sí podría conversar tranquilamente, solo que se sentía avergonzada. -¿Cuándo regresas a Lima? -Mañana en la tarde. Por tu caballerosidad te voy a enviar un presente. ¿A dónde te lo envío? -A mi trabajo. ¿Sabes dónde es? -Sí, claro. En el transcurso de la semana te lo envío con mi madre. Al día siguiente continuó la lluvia torrencial, Cinthya tenía que hacer unas cosas más antes de tomar su vuelo que salía a las cuatro de la tarde. Eran aproximadamente las once de la mañana y unos minutos más cuando recibió una llamada de un número desconocido. -¿Aló? –Respondió con apremio la llamada. -Hola Cinthya. –Escuchó una voz con entusiasmo. -¿Quién es? –Preguntó ella. -César. -Hola. –Intuyó de una vez de quien se trataba, pues su voz no la recordaba así como tampoco su rostro. -¿Has visto la lluvia? –preguntó César– creo que no te vas.

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-Me tengo que ir de todas maneras. Aún no salgo del hotel, tengo que recoger un par de lentes que me mandé a preparar y con esta lluvia no puedo. Pero tengo que ir a Lima hoy. -Con esta lluvia pues lo dudo. Al cabo de unos cuarenta y cinco minutos la lluvia cesó, Cinthya pudo recoger sus lentes y por consiguiente pudo también retornar a Lima en el vuelo programado. César nunca recibió el presente. Al llegar a Lima Cinthya continuó con sus labores dedicadas a su negocio así como otros que tenía en paralelo. Se dedicaba mucho a producir dinero, vivía en Miraflores y eso implicaba esforzarse un poco más para mantener su estatus económico y social, pues además pagaba los estudios de la hija de quien el padre jamás se preocupó. Por sus habilidades y experiencia en trabajos dedicados al arte culinario y por ser barista formada en Nueva Zelanda, Cinthya consiguió empleo en un restaurante cinco cubiertos compartido con una cafetería muy exclusiva, ambos negocios compartían un mismo local comercial. El empleo consistía en administrar ambos negocios. La capacidad laboral y habilidad por los negocios hacia que Cinthya pudiese afrontar retos de esta índole, por lo que sus ingresos aumentaron exponencialmente. Como en la vida no todo es felicidad, Cinthya tuvo que sacrificar sus fines de semana por obtener más ganancias. Cierto día, una tarde de abril mientras Cinthya terminaba de almorzar para continuar con sus labores, tomó su siempre silencioso teléfono móvil y vio un mensaje de un contacto “Chico” que decía: -Me dieron ganas de tomar café y me acorde de ti. “¿Chico?”, se preguntó Cinthya, vio la foto del remitente y se dio cuenta que se trataba de César. Pero no se acordaba de su nombre por eso al contacto lo llamó “Chico”. 168


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-Hola –saludó por mensaje– ¿no te llevaron el café? -No. –Respondió César. -Le dije a mi madre que te lo llevara. Tal vez se le olvidó. Qué vergüenza. -Tranquila. ¿Cómo estás? Conversaron por un rato por texto telefónico, ella le contó que había conversado con una amiga acerca de lo sucedido la noche que se conocieron y que esta le había dicho que él era una especie en extinción o algo parecido debido a la actitud tan decente que había tenido hacia ella. -Te prometo que hoy te enviaré el café que te prometí. -Tranquila, no te preocupes. Conversaron un rato más y la comunicación se terminó. Fue un domingo muy temprano del veintitantos de mayo que César se encontraba durmiendo y despertó para ir a hacer unas tomas fotográficas de la misteriosa selva. Se tomó un baño rápido, mientras se cambiaba agarró su teléfono móvil y vio un mensaje enviado cerca de las dos de la madrugada por Cinthya con un escueto: “Hola”. César no perdió la oportunidad de la iniciativa que había tomado Cinthya y le respondió. A media mañana ella continuó la conversación, conversaron por texto celular por una hora y nuevamente la conversación terminó y el silencio se prolongó hasta por un mes aproximadamente en el que César le escribió una noche del veinte de junio. -Hola Cinthya. –Escribió César sin esperanza de respuesta inmediata. -Hola. –Respondió ella de inmediato.

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-¿Vas a venir para San Juan? –Preguntó César refiriéndose a la fiesta patronal de la selva celebrada el veinticuatro de junio de todos los años. -No –respondió– nunca voy a Pucallpa para San Juan. -Qué pena. –Escribió César y no recibió más respuesta. Luego de aproximadamente dos horas sonó el timbre del teléfono móvil de César anunciando la recepción de un mensaje de texto. -Hola. –Era el mensaje de Cinthya y ya eran cerca de las once de la noche. -Hola Cinthya. –Respondió César. -Disculpa, justo entraba al cine con mi hija. -Que bacán. –Respondió César, quien recién se enteraba que Cinthya tenía una hija. “Vamos conociéndonos”. -¿Qué película vieron? –Ella como respuesta le envió la foto de un vaso tomado por ella misma con el logo de una película de dibujos animados. -¿Qué tal la película? –Preguntó tratando de alargar la conversación. -Estuvo muy buena, es la continuación de otra que dieron hace como quince años. –Respondió Cinthya. -Algo me habían contado, pero no me acuerdo de la primera película, la vi hace muchos años. -Me divertí mucho, mi hija no tanto. -¿A tu hija no le gustan las películas de dibujos animados?

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-Algunas, pero esta no tanto. Creo que fue porque no vio la primera. -Bueno, es muy chiquita. Tal vez por eso no entendió mucho la película. -Cumple catorce este año. –César se preguntó, pese a que no le calculó a Cinthya una edad. “¿Catorce? ¿Cuántos años tiene esta mujer?” -Bueno –no supo decir nada más, entonces disimuló– que pena que no puedas venir para San Juan, será fin de semana largo porque justo cae viernes y aquí lo han decretado feriado. -No puedo, la verdad no me gusta. Pero sé que te vas a divertir. La gente prepara “Juanes” y se baña en el río. -También hacen una juerga terrible. -Claro. Pero la verdad no me gusta ir, además tengo que trabajar. -¿Con el café? –Preguntó sabiendo que ella le respondería que sí. -Ese negocio camina solo. También administro un restaurante de cinco cubiertos y una cafetería. Quedan en Barranco. -Que loco, tres trabajos. -Podría decirse que sí. Dos trabajos en uno solo y un negocio que lo llevo por teléfono e internet. -Qué vida tan dura. -Sí. Pero gano bien, así que mientras más gane pues a seguir trabajando. -Qué bueno.

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-Mira, voy a viajar a Pucallpa para el matrimonio de una amiga. -¿Si? ¿Cuándo? -El matrimonio es el 9 pero llego el 8 en la mañana, la tengo que ayudar con unas cosas. Está haciendo fiesta y eso es muy complicado. -Que bien. Ojala que te diviertas. -Seria chévere que me acompañaras. -¿A dónde? -Al matrimonio… –Cinthya pensó “¿Hace siempre preguntas cojudas?” -Ok. Gracias. -Es en agradecimiento a tu caballerosidad. -Gracias Cinthya. Pero tengo un problema. -¿Cuál? -No tengo terno aquí. Como nunca lo uso en la selva, pues no traje uno. -No te preocupes, en Pucallpa no se estila. Lleva una camisa y pantalón. -Eso si tengo. El nueve de julio cae sábado. -Sí. -Excelente. -No sé qué tipo de vestido mandar a hacerme –le envió una foto– ¿qué te parece uno de color azulino con un collarín como de piedras? 172


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-Me imagino que quedara bonito. ¿Tendrás tiempo para mandar a prepararlo? -Mañana mismo voy donde la costurera. -Haces bastante deporte, ¿verdad? -Bueno, sí. -¿Te animarías a trabajar como estríper en la despedida de soltera de mi amiga? -¿Cómo? –Preguntó César confundido. -Estoy bromeando. Pero no sería nada malo. Solo somos cinco. -Jajaja. –Respondió César dándose cuenta de la broma. -Entrena dos veces al día por si se animan. -Tienen que contratar un profesional. –Aclaró César. -No necesariamente. Te contratamos y te pagamos. -Jajajajaja. -Seré tu manager. -Bueno, entonces entrenaré más, jajaja. De esta manera la conversación se prolongó hasta cerca de las tres de la madrugada. Ambos decidieron que ya era hora de dormir, pues al día siguiente había que trabajar mucho. Transcurrieron los días y tanto Cinthya como César no volvieron a comunicarse. El viernes 8 de julio, mientras César terminaba de asearse luego de haber hecho ejercicios escucho que llegó un mensaje a su teléfono móvil.

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-Hola. Ya llegué –informaba Cinthya. -Hola Cinthya. ¿Qué tal el viaje? -Cansada, me levanté muy temprano. Voy a dormir. ¿Hablamos más tarde? -Ok. Aproximadamente a las 7:30 de la noche César regresó del gimnasio y al no saber nada de Cinthya, le envió un mensaje. -Hola Cinthya. -Hola Chico –respondió ella rápidamente –estuve muy ocupada todo el día ayudando a mi amiga con los preparativos. -Me imagino. ¿Seguirás ocupada? -No. Ya estoy terminando ¿Quieres cenar? –ofreció Cinthya. -¿Esta noche? –preguntó ingenuo César. -Si –Cinthya pensó: “¿Y cuándo más idiota?” –recuerda que mañana es el matrimonio. -Es cierto ¿Te parece bien el restaurante que está en hotel ecológico? -Está bien. ¿Te parece a las 9? -Ok. ¿Paso por ti? -No, espérame que yo te doy el alcance.

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César llegó cinco minutos antes de la hora pactada, quedaba dentro de un hotel ecológico ubicado en la ciudad pero no en el centro sino en una calle que cruzaba la avenida que conducía hacia la carretera de salida al costado del cementerio. El restaurante era de madera sobre pilotes de tronco, tanto las sillas como las mesas eran de madera tallada al estilo rustico con una vidrio que permitía ver cómo se trabajaba en la cocina, además todas las ventanas tenían celosía, el interior del restaurante contaba con un equipo de aire acondicionado que permitía refrescar la calurosa temperatura. Tomó asiento y pidió una jarra de jugo de fruta helado y dos vasos, en breves minutos el mozo se acercó con el pedido pero con un solo vaso. -Le pedí dos vasos. –Indicó César. -¿Dos vasos? –pregunto el joven mozo como diciendo: “Pero si estas solo” -Sí, dos vasos. Estoy esperando a una persona. –Aclaró César. Por tratarse el piso del restaurante de una plataforma de tablones de madera, se podían escuchar las pisadas de las personas que se acercaban al restaurante y las que iban directamente a la recepción del hotel. César estaba sentado de una forma tal que no daba frente a la puerta de entrada sino que tenía la puerta hacia su diagonal derecha. El restaurante contaba con pocas mesas de las cuales solo estaba ocupada la de él y otra en la que se encontraban comiendo una pareja de turistas extranjeros de más de cincuenta años. Cada vez que César escuchaba unas pisadas que se acercaban pensaba: “Es Ella”. Pero no volteaba para no parecer angustiado. Eran las 9:20, las pisadas iban y venían pero ninguno de los pasos era de Cinthya. César se sentaba con la silla ligeramente separada de la mesa para cómodamente poder cruzar las piernas. El tránsito de los pasos golpeando la madera había disminuido, entonces había más posibilidades de que los pasos que se escuchasen fueran de Cinthya. Por eso que cada vez que los escuchó no se atrevió a voltear: “Tranquilo, ya llegará”. Unos pocos minutos más y volvió a escuchar pausadamente “Toc, toc, toc toc, toc”. 175


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- “Son pisadas de tacos. Es ella”. Entonces los pasos se detuvieron. Era Cinthya, ella lo vio mirando hacia cualquier lado menos hacia la puerta: “Es él, pero si está guapo”. Entonces entró. César escuchó que el silencio de los pasos que se detuvieron continuó pero esta vez estaba dentro del restaurante. -Hola. –Saludó Cinthya a un distraído César. -Hola. –Se paró para acercarse. Ella le dio un beso en la mejilla. A él le pareció un poco más delgada que cuando la había conocido, aquella percepción fue porque en aquel momento estaba con el cabello mojado, mientras que cuando la conoció estaba con el cabello seco y eso hacía que se le formasen unas hermosas ondas marrones. Además los zapatos de plataforma que llevaba puestos la hacían ver un poco más alta además de la falda larga y la blusa. Ante los ojos de César ella lucía diferente pero con la misma esencia, aquella mirada profunda y la sonrisa tan amplia. Se sentaron y comenzó la conversación. Hablaron mucho y de todo, ella le contaba muchas cosas. Cinthya de por si hablaba como una lora y César escuchaba, intervenía y hablaba poco, pero lo poco que decía a Cinthya le causaba mucha simpatía. Para comer ella pidió una crema de zapallo, él pidió un sándwich. Mientras se alimentaban continuaban conversando y riéndose. Entre tanta conversación se acercó el joven mozo a indicarle a César que lamentablemente le tenía que pasar la cuenta porque el restaurante cerraba a media noche y ya estaba sobre la hora. Efectivamente eran las doce de la noche. El mozo se acercó con la cuenta y Cinthya se ofreció a pagar. “Por tu acto de buena fe”, le dijo, cosa que a él no le incomodó en lo mínimo: “Me hace recordar a Susana”. Salieron caminando del restaurante hacia la puerta del hotel.

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-¿Te puedo preguntar algo? –Preguntó Cinthya riéndose. -Claro –respondió César– preguntar no ofende. -Pero no te voy a preguntar nada, te voy a decir algo. -Bueno. Dale ¿Qué me vas a decir? -Pero no te vayas a molestar. –Seguía riéndose. -No creo que me moleste. Salvo que me vayas a insultar. -No sé tu nombre. –Las palabras sonaron desde los labios de Cinthya con lamento. -Jajajajaja –rio César. -Es que no me acuerdo porque estaba muy borracha. -Pero en el mensaje sale mi nombre. -Sí, pero me olvide de anotarlo y grabé tu nombre como “Chico”. -Jajajajaja –continuó César sin poder creerlo– me llamo César. Mucho gusto. –Le estiró la mano a modo de saludo con una sonrisa que a ella le encantó, no solo por la sonrisa sino por el modo tan fresco con que él tomó la situación que otro quizá se hubiese sentido ofendido. Salieron de las instalaciones del hotel y ambos subieron a un mototaxi rumbo a la casa donde se encontraba hospedada Cinthya. Ella bajó y quedaron en que ella le avisaría a la hora que se encontrarían para ir al matrimonio y luego a la recepción. Una vez que ella entró a la casa él se retiró en el mismo vehículo hacia su casa. Al día siguiente César salió a almorzar con dos amigos, tal como lo hacía años atrás. César se hospedaba en una pensión. Como corresponsal 177


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trataba de cubrir los trabajos en función al desarrollo de la región Ucayali y su pacificación. Almorzaron y tomaron unas pocas cervezas para luego regresar a la pensión, la que César llamaba: “Mi Casa”. César durmió el resto de la tarde mientras que Cinthya hizo todo lo contrario, calmar el estrés de la novia ayudándola con los preparativos de la recepción. Tales fueron las complicaciones que a Cinthya también se le contagio la desesperación y el mal humor por la desorganización tan intensa con que había encontrado todo. Como a las 6:30 de la tarde Cinthya se dio cuenta que estaba con la hora para ir a la iglesia y aún no se había alistado. Dejó todo y se fue a bañar, no le dio tiempo para ir a la peluquería por lo que optó ella misma tratar de lacearse el cabello, no le tardó mucho ya que al subirse al mototaxi el viento se encargó de dejarle el cabello alborotado, justo como a ella no le gustaba. Pero al final de cuentas las ondas que se le formaban hacían parecer que estaba igualmente peinada, no laceado pero si peinada. Estaba en plena ceremonia cuando se acordó de algo: “Fuck”. Me olvidé de avisarle a César. Terminando la ceremonia le aviso”. Al término de la ceremonia se acercó a saludar a los novios y se quedó en el saludo protocolar un buen rato. Luego se dirigieron al lugar de la recepción. Cuando llegaron la novia le dio las quejas que hacía falta sillas y mesas. “Por favor Cin, ayúdame con esto que los invitados están por llegar”. Nuevamente Cinthya se fue a salvarle la vida a la amiga y recorrió media ciudad para conseguir las sillas y las mesas en tiempo récord y las llevó a la fiesta. Los novios le agradecieron con mucho cariño. Eran cerca de las 10 de la noche y Cinthya se volvió a acordar de César: “Otra vez se me olvidó”. César estaba en su cuarto escribiendo una nota de prensa, eran cerca de las diez y media y no sabía nada de Cinthya, no la llamó ni le escribió para no parecer molesto. “Tal vez no le gusté”, de pronto sonó la puerta de su cuarto, abrió y era uno de sus amigos. -Hola –saludó Pedro– ¿No ibas a un matrimonio? 178


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-Sí, pero la flaca me dijo que me iba a llamar y nada. -Llámala pues. -No quiero ser inoportuno. Ella dijo que me llamaría, si no lo hizo tendrá sus motivos. -Ya es tarde. Creo que ya no te llamará. -También creo lo mismo. -Vamos a salir con el resto de la mancha. ¿Vas? -¿A qué hora? –Preguntó César tratando de animarse. -Salimos a las once y media. -Buena voz. En cinco minutos termino esta nota y me voy a bañar. César acabó con su trabajo y se fue a bañar. Salió de la ducha con la toalla envuelta a la cintura. Mientras que se echaba desodorante revisó su teléfono móvil y tenía tres mensajes de Cinthya. “Hola César”, decía el primero. “Disculpa que no te haya avisado pero estuve súper ocupada con los arreglos de la recepción”, decía el segundo. “Entiendo si estás molesto”, decía el tercero. -Esperaba que me avisaras. –Respondió César sin saludar. -Como te dije, estuve muy ocupada. La fiesta está por comenzar. -Sí, pero ya es tarde. –Respondió César desanimado.

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-Bueno. Entiendo si ya no quieres venir. –César pensó que realmente no había sido culpa de Cinthya sino que realmente había estado ocupada. La sentía sincera. -Ok, me voy a cambiar. ¿Dónde te doy el encuentro? -En la misma recepción. Anota la dirección. César se comunicó con su amigo Pedro y le dijo que no los acompañaría porque iría a la fiesta a la que había sido invitado. Se vistió rápidamente, puso un par de billetes en sus bolsillos y salió rumbo a la fiesta. No albergaba ningún tipo de esperanza en tener algo con Cinthya debido a que ella solo estaría aquel fin de semana y él estaba yendo a la fiesta por compromiso debido a la invitación que había recibido días atrás y para que ella no se sintiese mal por casi haberlo dejado plantado. Llegó al lugar de la recepción, era un restaurante de propiedad del padre de la hija de Cinthya. El local estaba lleno y no entró debido a que no conocía a nadie. Le envió un mensaje a Cinthya y ella le respondió: “Estoy saliendo”. César vio desde lejos como se movía el delgado cuerpo de Cinthya con el cabello marrón con las puntas onduladas al compás de sus pasos alargados, el vestido azul con el collarín de brillantes le pareció esplendido, Cinthya llevaba un maquillaje muy recatado, zapatos de taco plateados y las uñas de las manos pintadas del mismo color. -Hola –saludó algo apurada– ven pasa, sígueme. -Hola. –Respondió el saludo rápidamente mientras que la seguía. César pudo ver que el vestido azul lucía la espalda descubierta de Cinthya: “Esta noche será de angustia”, pensó César riéndose para sí mismo. Ella lo llevó a la barra del restaurante dejándolo de pie solo, pero por unos segundos ya que llegó con dos bancos, uno para ella y otro para él.

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“Siéntate”, le dijo y se fue. Un minuto después se apareció con una botella de whisky etiqueta negra. Le pidió al mozo de la barra dos vasos y una hielera. -Tú me conociste borracha. ¿Verdad? -Sí. –Respondió César riéndose. -Pues hoy nos emborracharemos juntos. ¿Está bien? -Sí, claro. -Me dijiste que no sabes bailar. ¿Cierto? -No mucho. Salsa no bailo nada y veo que la orquesta solo toca música tropical. -Sí, pero no interesa. Cuando tenga ganas de bailar lo haré con ese tío de pelo blanco y corbata color lila. Baila espectacular. -Está muy bien. –Dijo César mientras echaba hielos en ambos vasos y le sirvió un trago a Cinthya. -Si te aburres me avisas, cosa que esperamos un rato y nos vamos a bailar a otro lado. -Ok. –Respondió César. -Salud. -Salud. Así fue transcurriendo la noche entre tragos, y conversaciones. César, la noche anterior, había conocido a una Cinthya diferente a la de la primera vez y esta noche se estaba transformando en la Cinthya que había conocido aquella noche en la discoteca. Ella le presentaba a amigos y amigas con 181


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quienes compartían brindis tras brindis. Había pasado un par de horas y la botella iba por la mitad. Ambos estaban alegres más no borrachos, pues Cinthya había tenido la habilidad de echarle agua al whisky con hielo para que no les afectara más de la cuenta. Conversaron mucho, ella de cuando en cuando salía a bailar con el señor de cabello blanco y corbata color lila. En una de esas le propuso a César bailar los dos juntos y lo hicieron, Cinthya se reía mucho porque se daba cuenta que realmente el hombre no era muy hábil en la pista de baile por lo que se fueron a sentar en el mismo lugar de toda la noche para seguir conversando y tomando. Al poco rato Cinthya acercó su rostro muy cerca hacia el de César. -Mírame a los ojos –le dijo riéndose– las mujeres selváticas tenemos la mirada profunda. César la miró fijamente y le regaló una sonrisa. -Como no sabes bailar tú te quedas sentado y yo bailo contigo, total sentado somos casi del mismo tamaño. Cinthya comenzó a bailar al frente de César que permanecía sentado en un banco alto, le enseñaba como hacia ella para bailar tan bien, le mostraba sus pasos se daba vuelta y se recostaba sobre el rígido cuerpo de César. En ese momento César se dio cuenta que podría por lo menos robarle un beso a Cinthya, aquella chica que conoció cinco meses atrás y que lo cautivó desde la primera mirada. En un momento Cinthya se ausentó por unos minutos debido a que se acercó a conversar con una amistad, entonces llegó el padre de la hija de Cinthya con aspecto de gran jefe y un seudo guardaespaldas a la barra donde se encontraba César sentado y cuidándole el banco a ella. -Esta estúpida se está chupando todo el whisky –se expresó el diminuto hombre de piel colorada. Tomó la botella y se sirvió un vaso que llevaba en la mano y otro al guarda espaldas. 182


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-Tranquilo –le dijo pausadamente César– aquí hay otra botella. Si quieres te llevas esa y nosotros tomamos esta otra que también es un whisky escocés. Se acercó Cinthya. -Oye cojuda –dijo otra vez el duende– te estás chupando todo el whisky. César pensó en ponerlo en su sitio pero no fue necesario. -Y a ti que te importa imbécil –respondió con voz alta Cinthya– deja esa botella que no es tuya. -Como te digo –intervino César dirigiéndose al enano– este otro también es escocés, es otra marca pero también es bueno. Si quieres nosotros tomamos éste. El duende maldito cogió la botella de la que le hizo mención César y se llevó a la nariz el pico para olfatearla como perro. -Si pues –dijo como buen catador– este es un bourbon. ¡Craso error! Ante tal muestra de ignorancia etílica, César y Cinthya se miraron y rieron juntos. El enano se sintió en ridículo y se fue. -Ya me quiero ir. ¿Nos vamos a bailar a otro lado? –Sugirió Cinthya. -Vamos. –Respondió César. -Pero primero pasamos por la casa para cambiarme de ropa. Salieron caminando, ella lo tomó de la mano y se puso adelante para poder pasar entre la gente. Se detuvieron para que Cinthya se despidiese de una persona y César se dio cuenta que el duende estaba intentando vaciarle una botella de agua sobre la cabeza de Cinthya. César le tomó la muñeca al enano. “No te la juegues”, le dijo mientras se la presionó fuertemente y antes que hubiese alguna reacción miró fijamente al guardaespaldas: “Quédate sentado”. Cinthya no se dio cuenta de la escena, solamente se despidió de las personas con quienes conversaba, tomó nuevamente de la mano a César y lo condujo 183


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hacia la calle. César pensó que en cualquier momento saldría el duende con su guardaespaldas, pero aquello no sucedió. Se embarcaron en un taxi y en el camino a la casa en la que se hospedaba Cinthya ambos estaban muy pegados y con muchísima confianza, entonces ella le tomó el rostro y lo besó. Obviamente él no puso la menor oposición y continuaron besándose hasta que llegaron a la casa donde Cinthya se cambiaría de ropa. “Espérame un ratito”. En menos de seis minutos Cinthya salió con una mini falda negra que era disimulada con una prenda que se colocaba sobre los hombros, algo muy de moda de verano, unas sandalias que a César le encantaron y una prenda sencilla que le cubría el pecho. Subió al vehículo y volvieron a besarse mientras el conductor salía de la calle y se detuvo. -¿A dónde vamos? –preguntó el conductor. -¿A dónde vamos? –Le preguntó César a Cinthya en referencia al lugar donde irían a bailar. -Creo que ya estamos grandes para hacer esas preguntas. –Respondió Cinthya mientras lo besaba. César propuso ir al hotel en el que ella se había hospedado el día que se conocieron pero ella le sugirió que no porque era muy caro, entonces se dirigieron a un hospedaje. Al llegar, César pagó al conductor y de inmediato se fueron a la habitación que les asignaron. Entraron besándose y cayeron en la cama, ella encima de él. -¿Sabes por qué estamos aquí? –Le pregunto Cinthya a César en la soledad de la intimidad. -Bueno… –Dijo César sin saber bien qué responder. -Estamos aquí porque yo quiero ¿Escuchaste bien? Porque yo quiero. -Muy bien –respondió César– porque tú quieres. Pero yo también quiero. 184


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-Sí –dijo ella en voz alta– pero estamos aquí porque yo quiero. Se besaron nuevamente mientras él le levantaba la mini falda negra y ella le tomaba el rostro para seguir besándolo. El proceso de desvestirse duró un poco, pues César no quería interrumpir el beso prolongado ni siquiera un segundo. Sin darse cuenta ambos se encontraban completamente desnudos sobre la cama, ella se encontraba boca arriba mientras César le besaba el cuerpo. César había desarrollado musculatura natural en su delgado cuerpo de piel tostada, mientras que el cuerpo de piel color capulí de Cinthya seguía siendo delgado como siempre. Sus senos eran completamente pequeños, casi nulos y sus pezones también eran dos pequeños círculos color marrón, uno con un lunar entre la aureola y la piel. Tenía más lunares por el pecho y los hombros, César no dejó de pasar sus labios por ninguno de ellos. Hicieron el amor y se quedaron dormidos al final del acto. Despertaron abrazados como a las 7 de la mañana. Ella echada sobre su hombro derecho y él igual pero detrás de ella y con sus brazos rodeándola. “Que chicle es este chico”, pensaba Cinthya pero le gustaba. Sentía como de cuando en cuando él le olía la piel inhalando fuertemente con su nariz el aroma de su piel. -César, que piel tan suave tienes. -Tu piel huele delicioso. -No –dijo ella oliéndose el brazo– siento que mi piel huele feo. -Te equivocas Cin –le dijo el con mucha confianza– huele muy bien. -¿Sabes desde cuando no tengo sexo? –preguntó Cinthya. -No –respondió él. -Desde setiembre. Fue con mi ex.

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-Mucho tiempo… ¿Verdad? Se besaron una vez más y volvieron a hacer el amor. Se acomodaron en todas las posiciones habidas y por haber y se siguieron besando. Ambos se sintieron atraídos y se quedaron nuevamente dormidos. Como a las dos de la tarde volvieron a despertar y tuvieron un tercer acto sexual. Nuevamente conversaron y se quedaron dormidos hasta las cinco de la tarde, hora en la que decidieron ir a cambiarse de ropa y dormir cada uno en su respectiva casa. -¿Hasta cuándo te quedas? –Preguntó César. -El martes me voy en la tarde. Se vistieron y salieron juntos del hospedaje. Cada uno tomó un vehículo diferente. Después de unas dos horas Cinthya le escribió un mensaje para ver si podía ir a comer algo pero César ya se encontraba con dos amigos cenando. Al día siguiente César le escribió para saber cómo estaba ella. Cinthya le respondió que se encontraba bien y quedaron en encontrarse en la noche para cenar. En la noche fueron a comer comida china, él estaba con un pantalón jean y una camiseta blanca con unos dibujos diminutos mientras ella vestía un conjunto verde petróleo y unos zapatos de plataforma. Cenaron y conversaron mucho. Al término de la cena César la acompaño hasta la casa donde ella se hospedaba. -Bueno –dijo Cinthya a modo de despedida– que tengas buen futuro… -La pasamos bonito. –Interrumpió el con un beso en la boca. -Chau. –Se despidió ella sonriéndole. -Buen viaje.

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Cuando él llegó a su cuarto, le escribió un mensaje. -Cin, llegué bien. -Qué bueno. –Respondió ella. -¿Nos podemos ver mañana? -Pensé que mañana te ibas para Lima. -Pero mañana a la hora del almuerzo. Para almorzarte. Al día siguiente a la una y media de la tarde se encontraron en el mismo hospedaje. Se hicieron el amor dos veces y sin tapujos. Se divirtieron muchísimo sin saber que aquella diversión pasajera pudo anticiparles un futuro incierto. Pasaron tres semanas y Cinthya regresó para verse con César, pasaron cuatro días de sus vacaciones capitalinas en tierras coloradas. Luego renunció a su trabajo por estrés laboral extremo para ir a su reino a recuperarse. Todo el dinero ganado y ahorrado le sirvió para mantenerse por un buen tiempo sin la necesidad de trabajar. Estuvieron dos meses juntos, el terminaba sus labores y se daban el encuentro, lo disfrutaban demasiado y vivieron el amor a plenitud. Al pasar esos dos meses, cierto día César trató de comunicarse con Cinthya y no obtuvo respuesta. Fue a buscarla y tampoco estaba y nadie sabía de su existencia o lo más probable, nadie quería decirle nada. Anduvo en esta situación cerca de diez días. Él estaba consiente que ella era una muchacha media loca, lo había demostrado por su comportamiento tan desenfadado y sin tapujos, pero esto era demasiado, no habían tenido ninguna discusión como para que ella se escapase así por así. En un principio anduvo preocupado pero con el pasar de los días lo superó, consideraba que luego de lo vivido con Susana cualquier cosa que pudiese suceder respecto a los sentimientos del amor era simplemente pasajero. Decidió no insistir más, ni por teléfono ni buscándola en casa de su abuela.

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Luego de unos días recibió una llamada, eran como las 9 de la noche de un domingo y César se había quedado dormido luego de cenar. Era Cinthya. -¿Aló? –Respondió César con voz somnolienta. -Hola César. –Dijo Cinthya con voz tranquila. -Hola… -¿Puedes venir a casa de mi abuela? -Claro. –Respondió mientras se ponía de pie para desperezarse. Le pareció una situación extraña, ella desaparece por cerca de diez días y lo llama para una cita como si nada hubiese sucedido. “Realmente está loca”. Se lavó la cara y salió. Al llegar había una fiesta en la casa de la abuela de Cinthya. Ella había bebido, lo recibió en la puerta y lo hizo pasar a la cocina en donde le sirvió una copa de vino que la bebió sin saborear. “Vamos a comprar más”, dijo ella. Subió a su pequeña motocicleta. “Sube, pues”, le dijo apresuradamente, a lo que él accedió tomando conciencia que ella estaba ligeramente borracha y se disponía a conducir una motocicleta, pequeña pero vehículo motorizado en fin. Fueron a una licorería en donde ella compró tres botellas de vino. Llegaron a la casa de la abuela y César se dio con la sorpresa que esas botellas eran únicamente para los dos, puesto que el resto de invitados solo tomaba cerveza tal como se acostumbra en lugares de clima tropical. Bebieron sentados en un sillón y conversaron. -¿Sabes por qué no quería verte? –Le dijo ella al oído. -Porque no querías verme supongo. –Respondió con lógica escolar. -No pues huevón. Estoy hablándote en serio. –Reclamó ella besándole la mejilla.

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-No Cin. No lo sé. -Porque me gustas mucho –aclaró ella con mucho cariño– y no quiero enamorarme. -¿No? ¿Por qué? –Preguntó muy pausado. -Porque el amor me hace sufrir. El martes me regreso a Lima. Ya no podemos seguir viéndonos porque ni tú sabes hasta cuando te quedaras por aquí trabajando. Tendremos vidas diferentes, yo trabajo mucho… -¿Y yo no? -Si pues. Pero mis horarios son complicados. Así que… ya sabes. Siguieron bebiendo y para no perder la costumbre terminaron la noche haciendo el amor. Llegó el día martes y Cinthya tomó el vuelo hacia Lima. El trató de llamarla en la noche pero fue imposible. Sus llamadas no entraban al teléfono de Cinthya, simplemente ella cambió de número y nunca le dijo nada. No tenían amigos en común ni algún tipo de contacto. Cinthya desapareció para siempre. Aquello le causó mucha pena a César, pues pudieron haber llegado a tener una relación muy bonita. Él estaba enamorado de ella, pero como todo hombre curtido en el amor, trató de olvidarla y así lo hizo. En un mes de luto encontró la cura, no con otro amor sino consigo mismo, tal como lo hizo cuando Susana lo dejó. Decidió cambiarse de lugar de trabajo para regresar a Lima y continuar como si aquel episodio fuese un recuerdo más en su tan golpeado corazón.

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DESENLACE CONFUSIÓN Claudia y Pichicho tenían una relación muy extraña. Ella iba algo entusiasmada, él iba asustado y no le gustaba andar así. Le asustaba un poco la manera como ella quería liderar la relación, que una mujer tomase esa iniciativa no le causaba ningún inconveniente, pero si la forma como Claudia lo hacía. De momentos cariñosos pasaba a ser una mujer prepotente, pese a que él no le reclamaba nada, ella parecía que disfrutara de eso y a cada momento le hacía recordar de una u otra forma que ella “mandaba” en esa relación. El trató de alejarse pero algo lo comprometía a no rechazarla. Tal vez no quería perder la amistad, tanto con ella como con su familia. Le gustaba su manera de ser, juntos hacían muchas locuras, se reían mucho, iban al cine seguido y por comida chatarra. Hasta cuando ella se agarraba a golpes con algún tipo bravucón de por ahí él se divertía porque la pelea era también una de sus diversiones compartidas. Pero esos momentos muchas veces eran interrumpidos cuando de pronto a ella se le venían las ganas de fumar marihuana y lo hacía en donde las ganas le agarraran. Una vez prendió uno de sus “tronchos” en el cine, lo que por suerte de ambos solo les costó que los botaran de la sala sin llamar a la policía. Otra cosa que también en algunas ocasiones interrumpían los momentos de diversión era cuando le daba un arranque de arrebato de jefe y lo insultaba, eso solo hacía que él se retirara y luego de un día ella lo llamaba para hacer las paces con una fresca frase: “Te perdono”. Dejándolo pensando: “Pero si me insultó ¿cómo así es que me perdona?”. Al día siguiente de haber tenido relaciones sexuales por primera vez, en aquel Pontiac rojo de dos puertas, pasó por la casa de él a la hora pactada. 190


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-Vamos a la oficina de mi papá. –Dijo ella mientras conducía temerariamente. -Vamos. –Respondió con poco entusiasmo. -¿Qué te pasa? Pareces idiota con esa cara. –Reclamó Claudia. -¿Sí? No, creo que estoy un poco resaqueado. -Ok, tranquilo te estoy bromeando. –Le dio una pequeña palmada en la nuca de cabello muy corto seguida de una caricia. Él solo sonrió. Rápidamente, tras haberse cruzado más de tres luces rojas, cerrar a unos cuantos vehículos de transporte público y vociferar algunos insultos a peatones y conductores también imprudentes, llegaron a la oficina del padre, en donde pudo estacionarse en algún parqueadero no asignado, pero como el padre era el dueño de la empresa, a ella no le interesó nada. Bajaron luego de darse un pequeño beso y caminaron hacia la tienda de armas. -Mira. –Le dijo ella con mucho entusiasmo enseñándole una pistola automática de un calibre pesado. -Es impresionante. –Respondió con un fingido entusiasmo. -Es el último modelo que acaba de traer mi papá. –La tomó del mostrador para rastrillarla.

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CONFUSIÓN

-Hola Claudia –dijo el administrador de la tienda– ¿quieres probarla? -¡Sandro! –Respondió ella con un abrazo– él es César, pero le decimos Pichicho. -Hola ¿Pichicho? –Sandro riéndose le hizo una contraseña que usaban en esa época los consumidores de drogas. -Hola –respondió César– no, na’quever. Sonrió para darle a entender que no era consumidor de drogas. -Vamos al polígono. –Dijo el maduro administrador de la tienda, el mismo que aparentaba tener poco más de treinta años de edad, de tez blanca con huellas de acné adolescente, abundante cabello oscuro peinado hacia atrás con gel, de grandes músculos en la parte superior del cuerpo pero de piernas delgadas que se hacían notar en su metro setenta de estatura. Los tres fueron al polígono ubicado en el sótano de la tienda, el administrador de la tienda cargó el arma y se la entregó a Claudia, ella con un par de protectores grandes de oídos ya colocados la tomó con el cañón hacia arriba, la rastrilló y apuntó con toda la pose hacia un blanco de cartón con silueta humana y círculos marcando diferentes puntajes que se encontraba a unos veinte metros de distancia, ella volteó hacia Pichicho: “Ponte esas huevadas”, señalando con la mirada unos protectores iguales a los que ella llevaba en las orejas, y comenzó a disparar. Por un momento César a sus veinte inexpertos años de edad se vio confundido dentro de una película de mafiosos, salvo que se encontraba en un lugar seguro y legal. -Le toca a Pichicho. –Claudia le dijo con autoridad a Sandro mientras le entregaba el arma desabastecida de balas. -Claro. –Respondió el administrador ante la mirada sorprendida de César quien no dejaba de estar sorprendido que la prepotencia aún adolescente de Claudia traspasara las barreras y llegase hasta la empresa de su padre.

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Tomó el arma, le quitó el cargador, le colocó uno abastecido y le entregó el arma a César. ¿Sabes cómo usarla? -Sí. –Dijo convencido por lo que vio en las películas pero no supo cómo comenzar una vez que la tuvo en sus manos. -Anda huevón. –Le dijo Claudia quitándole el arma. La rastrilló para devolvérsela. Apunta al centro del círculo… a cualquier parte pero que sea en el cartón. Reía mientras le dio las indicaciones. -Ok… al centro… -Un momento. –Intervino Sandro. Se puso detrás de César y le tomó las manos que sujetaban el arma. Le dio la sensación de seguridad que necesitaba a comparación de Claudia que le daba todo lo contrario. “Con ambas manos sujeta el arma y deja que este dedo presione el gatillo. No pongas el índice duro, relájalo y solo disparará. Las manos con fuerza para que no zapatee”. Disparó con tranquilidad, acertando únicamente dos tiros de los diez que tiró. Claudia acertó ocho. -Llegó tu papá, subamos. –Dijo Sandro mientras guardaba el arma de exhibición en una funda. Subieron para encontrarse con el padre de Claudia, quien saludó a su hija con un fuerte abrazo. César lo conocía pero no lo veía desde hacía más de dos años, saludó amablemente al señor de estatura baja, de poco pelo y barba. -Clau, tengo una reunión que comienza en un ratito. Me hubieras avisado que venías y así nos íbamos a almorzar. -Sí pues –respondió Claudia– pero igual tengo que hacer un montón de cosas. “Tiene mucho que pasear en auto”, pensó César.

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CONFUSIÓN

-¿Necesitas dinero? –Preguntó el padre sonriendo pero con rostro de preocupación. -Un poquito. –Respondió ella con el encanto que solo una hija sabe cómo usar para conquistar a su padre. -Toma. –Dijo el padre luego de sacar su gruesa billetera del bolsillo posterior del pantalón, entregándole algunos billetes de cien dólares cada uno. “Menuda propina”, pensó César. -Gracias papi –dijo Claudia sin mucha emoción por el dinero pero si con mucha emoción por abrazarlo– llámame para ver si mañana almorzamos. -Ok hijita. Cuídate. Adiós Pichicho. Ambos salieron de la tienda para inmediatamente embarcarse en el Pontiac rojo y seguir con la ruta que aún Claudia no planeaba. César solo la seguía. -Mira, quería decirte algo por lo que pasó anoche. Acabo de salir de una relación. Una relación de casi dos años. -No sabía. ¿Hace cuánto terminaron? –Preguntó sorprendido. -Hace dos días. –Respondió con rostro compungido. -Hace… dos… días. “Hace menos de un día tiramos en este mismo asiento”. -Sí y eso me afectó mucho. Hasta ahora me siento muy mal por eso. -Entiendo. “No entiendo nada”. -No terminamos, terminaron conmigo ¿Sabes? Todo esto me tiene confundida. Sé que te gusta ser libre y lo entiendo. No te quiero atar a ninguna relación y yo tampoco lo quiero estar. Tú sabes que te quiero mucho, tenemos tanto 194


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tiempo de amistad y no sería justo que botemos todo al tacho por una relación que no tiene sentido. -Entiendo. “Felizmente, porque con esta loca no podría tener una relación más allá de una amistad”. -Así que Pichicho, solo podemos ser amigos. -Entiendo. “Ahora sí entiendo”. -No tengo ningún problema. -Bueno –dijo ella con tono de aclaración– amigos cariñosos. Volteó a verlo con una sonrisa de complicidad que fue correspondida. Anduvieron así por tres o cuatro meses, ella lo disfrutaba mientras él, si bien le gustaba, iba con mucha precaución por las razones de siempre: el mal trato de Claudia. Cierto día, la paciencia rebasó su límite, cuando tras una tarde de haber consumido más de cinco tronchos de marihuana y varias cervezas, le dio una especie de ataque sentimental, algo incomprensible por tratarse de una chica que no quería ni atar ni atarse a una relación amorosa, solo quería divertirse tal como lo hacía y como pensaba que también César lo hacía. -Pero Claudia, entiende que ya quiero irme a mi casa. –Le dijo César mientras ella conducía su automóvil Pontiac rojo por la autopista que iba a la playa. -Siempre es lo mismo. Te tienes que ir a tu casa cuando todo está de lo mejor. -Pero te dije desde temprano que antes de las seis de la tarde tenía que estar en casa. -¿Sino tu mamá te castiga? –Fue sarcástica con esas palabras. -No. Pero le dije que la ayudaría a unas cosas. 195


CONFUSIÓN

-¿Qué cosas? ¿Por qué inventas? -¡A ti que te importa! –Respondió un acorralado César. -Seguro que vas a salir con tus amigotes. –Aceleró temerariamente el automóvil. -¿Y si así fuera, cuál es el problema? Apenas terminó de pronunciar la última silaba, César sintió un fuerte golpe en la sien, fue tan fuerte el puñetazo que Claudia le propinó que el lado opuesto de la cabeza se golpeó también pero en el vidrio de la puerta. “¿Qué mierda pasó?”, pensó mientras trataba de hilar aquel dolor con la realidad de la situación. No pudo ni siquiera voltear para ver a Claudia para… ni siquiera sabía porque quería voltear a verla, tal vez para ver si había sido ella quien lo golpeó o para reclamarle por tremendo porrazo o … no sabía para qué, pero antes de que reaccionara vio que a la altura de su pecho se cruzó el brazo de ella. “Pero que caraj…”. Ella jaló la palanca con que se abre la puerta y lo hizo, la abrió y lo empujó hacia afuera mientras que el vehículo iba a gran velocidad. En ese preciso momento César entró en conciencia sobre lo importante que era utilizar el cinturón de seguridad. Lo tuvo puesto y eso evitó que rodara por la pista, pero no evitó que medio cuerpo fuera impactado por el viento generado por el exceso de velocidad y se moviera de un lado hacia otro mientras la puerta, también impulsadas por el viento fungía de verdugo contra su cabeza, brazos y costillas. Esos escasos segundos los sintió como si hubiese transcurrido toda su vida. Por fin pudo darse cuenta que no se trataba de una pesadilla sino que era realidad. Entonces reaccionó. -¡Claudia! –gritó a voz en cuello– ¡por favor!

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-Muérete imbécil. –Gritó con aquellos ojos grandes que esta vez trataban de salirse de su órbita anatómica al tiempo que su largo pelo lacio se movía en acto de turbulencia. -¡Piensa lo que vas a hacer! –No supo porque dijo aquellas palabras pero las mencionó y parece que fue la clave para comenzar a sentir que la velocidad disminuía hasta que finalmente el Pontiac se detuvo, lo que ayudó a César acomodarse en el asiento. En el interior del auto solo se escuchaban respiraciones, la suya sonaba mucho más fuerte por los efectos de la agitación generada por aquel susto que pudo llevarlo a la muerte, mientras la respiración de Claudia sonaba agitada pero por el mal momento que pasaba sumado al consumo de bebidas alcohólicas mezcladas con marihuana. “Claudia, cálmate por favor”. Entre el dolor de cabeza por aquel golpe, el dolor general y las pulsaciones elevadas por el susto, César tomó la iniciativa en la discusión con la finalidad que esta se convirtiese en una pacífica conversación. Claudia estaba llorando, solo se escuchaban sus sollozos también agitados. En el rostro cubierto de lágrimas que habían pegado en sus pómulos parte del largo y lacio cabello marrón, se veía frustración y mucha confusión, no determinándose si era por sentimientos encontrados o por el consumo de cosas raras o si aquel consumo confundido por la costumbre entre ambos había desencadenado aquel acto de furia. -¿Por qué actúas así? –Reclamó ella con voz pausada y algo aletargada. -No entiendo. –Lo dijo para despistar pero también lo dijo porque no entendía nada. “Ella casi me mata y soy yo al que le preguntan ¿Por qué actúas así?”. -Vives rechazándome. ¿Te hice algo malo? Pareciera que te avergüenzas de mí. -¿Me estás preguntando si me hiciste algo malo? –Después de esta pregunta con inevitable levantada de tono de voz, tomó la medida de seguridad inmediata de bajarse del auto.

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-¿A dónde vas? –preguntó gritando, mientras bajaba del auto– ¡a mí no me dejas hablando sola! -No estoy dejándote hablando sola. Me bajo porque no quiero que vuelvas a intentar matarme. –El viento soplaba fuertemente y levantaba algo de polvo en aquel descampado al costado de la carretera. -No me has respondido. Eres un cobarde. -No soy un cobarde, lo que no entiendo… -Nunca entiendes nada. Solo sabes responder eso: “No entiendo, no entiendo”. Esta última frase la pronunció con mímica de burla. -Está bien. Sí entiendo. Entiendo que estás loca… -Y tú eres un imbécil… -¿Te das cuenta? –gritó en acto de desesperación– siempre me insultas. Para ti soy un huevón en todo, hasta cuando tenemos sexo me criticas diciéndome que soy un huevón. Encima de eso quieres que todo el día y todos los días me reporte como si fuese un policía… -¡Eso es mentira! -¿Lo ves? Siempre interrumpes. Acabas de golpearme salvajemente, quisiste matarme… -No te quise matar… -¡¿No?! –César ya se encontraba alterado -¿Qué pensabas que me sucedería si salía volando por la puerta a más de cien kilómetros por hora? ¿Cosquillas? -Lo siento… 198


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-¡No! … ¡No, no no y noooo! Tú misma me dijiste que no querías vivir atada a una relación ni querías atarme. Eso me lo dijiste al día siguiente que cometimos esta locura de tener relaciones sexuales cuando nos queríamos como hermanos ¿Por qué carajo lo hicimos? -No te hagas el huevón… -¡Estoy hablando! Estoy cansado que siempre me interrumpas, estoy cansado de todo. El silencio invadió aquel terral, solo se escuchaba el viento y algunos vehículos que pasaban disparados por la carretera. Claudia se apoyó sobre el lado derecho del automóvil, César daba pasos en círculo sin detenerse. -Lo siento. –Dijo ella con calma. -Lo siento también –bajó la voz y también mantuvo la calma– pero lo tenía guardado. No sé cómo aquel tipo pudo aguantar ser tu enamorado por más de un año. -¿Qué tipo? –lo miró con rostro desencajado– ¿de que estas hablando? -Del tipo con el que estuviste por más de un año de relación –levantó un poco la voz–¡puta Madre! No me digas que me mentiste y que inventaste lo del exenamorado para someterme a una relación que desde el principio sabíamos que no iba a funcionar. -No me entendiste –le dijo riéndose– te dije que había salido de una relación pero no con un tipo. Tenía una enamorada y esa huevona terminó conmigo. -No entiendo. –Sí lo entendía, pero no lo podía creer. -No lo entiendes. Si lo entiendes, solo que no lo quieres entender.

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-No lo puedo creer. ¿Qué pretendías? -No lo sé. Tal vez probar a ser una mujer… una de verdad. La chica con la que estuve era muy bonita. Súper coqueta, yo quería ser como ella pero ella me prefería así como soy, algo masculina. –Mirándolo con sus ojos ligeramente apagados y rojos, hizo un gesto de resignación. -Me lo hubieras contado antes. -Tal vez no hubieses querido ni que te tocara. -No sé. Pero igual me pareces atractiva y también femenina. Solo que ahora que me cuentas… -Mis pantalones. Mi manera de hablar. Mis actitudes. -Sí, eso mismo ¿Por qué terminó? Me imagino que por tu trato. -No. A ella la protegía mucho, pero era su amante. -No entiendo. –Ahora sí, de verdad no entendía nada. -Ella tenía novio. Yo lo sabía, pero nunca me dijo que estaba por casarse. Me enteré un día antes del matrimonio. Ella me lo dijo aquí mismo, en este mismo carro. Me dijo que lo nuestro se acababa porque al día siguiente se casaba ¿Te das cuenta? Solo era su pasatiempo sexual. -Lo siento. -A veces yo también lo siento. Otras veces no. Tal vez por eso me desquito contigo. Lo siento por eso. Tienes eso morado. -¿Morado? ¿Qué tengo morado?

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-El golpe. Se te puso feo. –Lo miraba sonriendo. -Me duele mucho. Aún me retumba la cabeza. -Perdóname Pichicho. –Le puso una mano al hombro. -Deberíamos dejar de vernos. –Dijo él con calma. Convencido que así debía ser. -Creo que sí. Te extrañaré. -Yo no. –Sonrió pero convencido que no mentía. -Lo sé y también lo entiendo. -Qué bueno. -Pero… -¿Pero qué? -Podríamos hacerlo una vez más. -¡¿Hacerlo?! ¡¿Hacer qué?! ¡¿Te has vuelto loca?! Me voy. -Te irás caminando. A mi carro no subes huevón. -Estaría loco si me subiera a ese vehículo que es tu arma de exterminio. César se fue caminando para cruzar la carretera y seguir caminando con rumbo hacia Lima, esperando algún bus que lo pudiera recoger. Ella encendió su Pontiac rojo, temerariamente dio una vuelta también con sentido a Lima levantando tanto polvo como pudo para que terminara enterrando a César. Nunca más se vieron, nunca más se comunicaron, nunca más supo cada uno de la existencia del otro. Simplemente… se esfumaron. 201


FIN DEL INICIO Regresaban de un corto viaje en automóvil, relativamente corto porque fueron como tres horas manejando. Conversaban ambos muy contentos, intercambio de palabras desproporcionado ya que ella ocupaba un setenta por ciento de la conversación mientras el treinta por ciento eran respuestas por parte de él. “Habla como una lora”. Pero aquello no le molestaba, ya que sentía el entusiasmo con que ella iba pronunciando cada palabra, era una mujer que sabía vivir. Su voz emanaba notas musicales para los oídos de este hombre cuyas dudas acerca de su vida se fueron esfumando tras haberla conocido. Dentro de la aventura que vivieron en el viaje a aquel pueblito, surgieron muchas conversaciones, unos tragos para brindar no para emborrachar, paseos de excursión, baño en el río, más conversaciones y sobre todo amor a discreción. Fueron tres días de goce. La primera noche, de manera sorpresiva, ella le dijo que le haría una terapia. -¿Terapia? –preguntó sorprendido– pensé que eras educadora. -Claro que lo soy. Pero como sabes ya no trabajo en aulas hace muchos años… -Verdad. La ONG. Pero… ¿Y las terapias? … verdad, también eres psicóloga. -¡Jajaja! Es otro tipo de terapia. -¿Entonces? -Se llama “Craneosacral”. –Dijo ella con convicción. -¿Y eso? –Preguntó con mucha duda pero con confianza. -Es para… curarte el alma, por así decir. 202


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-¿Y por qué ese título tan ostentoso? -Por los movimientos del líquido cefalorraquídeo desde el cráneo hasta el sacro. -No entendí nada. Lo voy a investigar… -¡Ay! No vengas con esas cosas. Tú sométete nomás. -Jajaja. Ok. Al terminar la sesión César se sintió muy relajado, no sabía si por la terapia o porque sentir el olor y la respiración de Rocío le curaba constantemente el alma. El resto de los otros días todo fue felicidad, pasearon, hicieron algo de excursión, conversaron mucho, hicieron el amor en demasía y de esta manera las horas pasaron muy rápido, tan rápido que pensaron en quedarse un par de días más, pero lamentablemente ambos tenían compromisos ineludibles al retorno a Lima. Llegaron a casa de Rocío, bajaron las cosas que tenían que bajar y se quedaron conversando sobre un sofá de la sala, ambos tenían muchas ganas de acostarse, a pesar que en el viaje había brotado amor hasta por los poros… el deseo era constante. A César le volvía loco aquel aroma natural de la piel de Rocío, sentía un bálsamo muy parecido al de un suave bloqueador solar. Ella pocas veces usaba perfumes, sin saberlo tenía una esencia que emanaba de su piel, aquella fragancia que hacia babear al hombre joven e infantilmente varonil que la amaba con locura inocentemente madura. Estar abrazado a Rocío lo dopaba y a la vez lo mantenía despierto. A ella le encantaba aquel olor masculino de César, él sí usaba perfume, pero aquellos con aroma a tierra, cuyas esencias mezcladas con el sudor despedía una droga para los cinco sentidos de Rocío. Podía hasta ver y palpar el olor de César. Ambos sentían que se convertían en un mismo ser al momento de entrelazar sus brazos y piernas desnudos, 203


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experimentaban la fusión corporal ungida en una atmosfera espiritual. Las yemas de los dedos de César no llegaban a tocar el cuerpo de Rocío, apenas a unos milímetros de su piel sentía un voltaje extraño que le subía por el torrente y se paseaba por todo el sistema sanguíneo. Era una sensación difícil de describir pero le activaba los sentidos de manera agradable. Sin embargo, Rocío al agarrarle la mano sentía que aquel torrente que ocasionaba el paseo de hermosas sensaciones de César, ejercía continuidad hacia su compleja anatomía de mujer madura con energía de niña. Aquella noche durmieron en sus respectivas casas. César durmió como un bebé, mientras que Rocío no durmió. A él le embargaban una serie de emociones. No se había vuelto a enamorar desde que Susana se fue. Pero esta vez no era lo mismo, habían pasado casi cuatro años y se sentía algo más maduro. Al conocer a Rocío se dio cuenta que la juerga ya no tenía que ser parte de su vida, se dio cuenta que para amar se necesitaban cosas muy básicas y que por eso el amor es más que pose y glamour. Rocío sentía casi lo mismo, solamente que la barrera que separaba a la mujer enamorada y a la mujer decepcionada del amor simplemente daba como resultante matemática el resultado de cero. A eso, por un lado, le aumentaba los momentos tan hermosos que estaba pasando con César, pero por otro lado la balanza se inclinaba hacia la diferencia de edades. Eso le atormentaba demasiado y era la variable principal del resultado sin cifras que siempre le daba al hacer este análisis de fortalezas sentimentales. Pese a que en todo momento, desde que conoció a César, las amigas más cercanas le decían que se le veía súper radiante, ella no accedía. En otra ocasión también le dijeron: “Se nota que es menor, pero no por mucho. César tiene un aspecto que le da una edad indefinida. No parece un muchachito a tu lado. Disfruta y déjate llevar”. Todo parecía que iba bien. Ella se sentía bien, le daba su mirada de ojos azules con absoluta sinceridad y el respondía aquello con la misma intensidad. “No es un hombre falso. Es una de las personas más sanas que he conocido”. Dio

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la vuelta para acomodarse de costado en su tan cómoda cama para pensar que los consejos y buenos deseos de sus amistades eran por algo, disfrutaría del momento, tras esto quedó profundamente dormida. Al día siguiente sonó el despertador muy temprano. Se estiró completamente a lo largo y ancho de su cama para inmediatamente sentarse con las plantas de los pies apoyadas en la alfombra del costado y las manos sobre las rodillas. Inhaló, exhaló y concluyó que la decisión estaba tomada, aquel romance tan lleno de emociones debía terminar. Durante el día las respuestas de Rocío hacia los mensajes telefónicos que le enviaba César eran escuetas y con ausencia de palabras cariñosas. Él supuso que era porque tenía mucho trabajo, por eso a media mañana, luego de tres mensajes dejó de insistir. “Cuando se desocupe me llamará”. Esa era la rutina de siempre, dos a tres mensajes y si ella se encontraba ocupada venían respuestas cortas o no contestaba, pero luego le devolvía la llamada. Transcurrió el día completo, César llegó a su casa casi a las 7 de la noche. Se bañó para ponerse a leer un libro. Se distrajo casi una hora en eso hasta que llegó el sonido esperado que indicaba que había recibido un mensaje de texto en su teléfono móvil. Dejó el libro a un lado para tomar el teléfono. -Hola César. ¿Tienes tiempo para tomar un jugo? –Escribió Rocío. -Hola. Claro que sí. ¿Paso por tu casa? -No. Nos encontramos mejor en el café de siempre. -¿En veinte minutos está bien? -Ok

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“¿Ok?” –Pensó César. Le pareció extraño el mensaje tan sin gracia, pero no se hizo problemas pues en menos de veinte minutos conversarían. Seguramente recordarían las vivencias del viaje del fin de semana. Cuando César llegó, vio a Rocío sentada en una de las mesas de la terraza exterior del café de siempre. No traía buena cara. “Creo que le fue mal en el trabajo”. Estaba dispuesto a escucharla y entender cualquier actitud que tuviese. Saludó e inmediatamente tomó asiento. Se disculpó por haber llegado tarde aunque si había llegado a la hora pactada y dio unas palabras para ver si le levantaba el ánimo, cosa que no sucedió. -Te fue mal en el trabajo, ¿verdad? –Preguntó César ante la cara larga de Rocío. -Más o menos. –Respondió haciendo un pequeño gesto de lamento. -Entiendo. –Aclaró César dejando de tratar de sacarle una sonrisa a Rocío. Llegó el mozo con un jugo de fresas que había pedido Rocío para ella misma y una cerveza pequeña para César. Haciéndole la indicación que ella ya lo había pagado. Comenzaron a conversar de cosas sin importancia pero él sentía que el ánimo no entraba en ella. Llevaban como media hora en lo mismo, César estuvo a punto de decirle: “Al grano. Algo te pasa”. Pero ella le ahorró el trabajo de respirar, tragar aire y desembuchar aquella frase que la anduvo pensando desde que llegó a aquel local y que le aplicaba un tremendo nudo en la garganta. -Estoy angustiada. –Le dijo ella con el mismo rostro. -¿Pasa algo? –“¿Dónde está esa sonrisa acompañada de tu mirada?”, pensaba muy penumbrosamente. -Sí… Ya no podemos seguir saliendo. 206


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El silencio se apoderó de la conversación. Él no podía mirarla más que por instantes muy cortos… -Nnnn… ¿No? –Seguía paseando la mirada sin entender como hacía apenas una noche atrás la habían estado pasando tan bien que sintió que la relación se afianzaba y ahora ella le decía esto. -No César. No puedo seguir viéndote… –Su semblante se tornó compungido. -No entiendo. –La miró a los ojos, no para ver si mentía sino para que se lo dijera una vez más. Sentía que estaba en medio del inicio de una pesadilla. -Eres un buen chico… -Tengo treinta. Creo que hace tiempo dejé de ser un chico. -César, soy mucho mayor que tú. Si solo fueran diez años nada más, sería otra cosa. Me encanta estar contigo y lo sabes pero son veinte años de diferencia… Los ojos se le llenaron de lágrimas. -Es demasiado. -No me crees. Cuando te digo lo que siento… no me crees. -Sí, te creo. Pero lo que estás viviendo es la emoción de un romance en el que al final de cuentas yo saldré mal parada. Prefiero terminarlo ahora que continuar así. -¿Así? –preguntó con voz baja. -Pensé que estábamos bien así. -No entiendes. No entiendes nada.

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-No. No entiendo nada… -Supongamos que todo vaya bien. En diez años tendré sesenta y tu cuarenta. Estarás en el desarrollo pleno del hombre mientras que yo… –Sollozó con esta última palabra. -Tú… -por fin entendió algo. Lo pronunció con una mezcla de resignación y entendimiento, pero a la vez no quería desprenderse de ella. Los apegos los tenía como punto débil. En ese momento sintió que no era una ruptura común y corriente con posibilidad de reconciliación, esta vez era para siempre puesto que el motivo así lo indicaba. Ella no quería seguir con este romance por el hecho importante de que la continuidad de caricias y buenos momentos podría hacerse adictiva y finalmente ella sufriría más que él. -Por favor, no lo tomes como que estoy rechazándote. Solo te pido que me entiendas como lo estás haciendo. Como lo acabas de decir. Salieron del café y caminaron hasta llegar a casa de Rocío. Durante el trayecto conversaron como si nada hubiese sucedido. “Es realmente maduro”. Pensaba ella mientras seguían intercambiando palabras amenamente. En la puerta del edificio conversaron unos instantes más hasta que llegó el momento de despedirse. -Bueno César –dijo Rocío abriendo los brazos y regalándole esa sonrisa sincera de amistad, la sonrisa que siempre tuvo y que zanjaría este corto amorío para simplemente comenzar una gran amistad– aquí nos despedimos. -Rocío… adiós –respondió César mientras se acercaba para corresponder aquel abrazo– adiós… adiós. –Continuó con un sollozo seguido de un llanto, no era un llanto desconsolado, pero transmitía mucha pena. No fue lo mismo que sintió cuando se acabó el amor de Susana, pero le dolía.

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-Por favor César –dijo Rocío mientras sus brazos lo presionaban más– no hagas eso… por favor. Ambos abandonaron suavemente ese abrazo de despedida, aquellas cuatro palmas acariciaron horizontalmente sus dorsales hasta llegar a una delicada liberación de manos, como si del vuelo de búhos se tratase. Fueron veinte dedos los que asemejaron el plumaje de las silenciosas alas de aquella ave nocturna que observaba como dos corazones se fragmentaban. Dejaron caer sus brazos a la vez que el ser alado hacía lo mismo para dar un impulso más a su aventura bajo las estrellas. César dio un paso atrás, sus ojos inevitablemente brotaban lágrimas pero su mente pudo controlar el llanto. Rocío levantó ligeramente la quijada dando una fuerte inhalación de oxígeno. “También está llorando”, pensó él sin consuelo y sin comprender porque ella daría fin a un amorío si de todas maneras compartiría el mismo dolor. “Es realmente maduro”, se repetía ella. “Pero tiene corazón de niño”, alegaba a su vez. Se miraron fijamente, el fluido de lágrimas aumentó mientras los sollozos se extinguieron, simultáneamente se dieron una sonrisa, la más natural de sus vidas. “Adiós amor de mi vida”. No reclamos, no demandas, no culpas, simplemente se amaban, se sintieron muy tristes pero con la convicción que aferrarse a situaciones contra la naturaleza solo trae resultados imposibles.

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TRAGEDIA Tenían varios meses de amores, eran muy modernos en la relación, pero fieles y leales. Ambos no requerían de ataduras para poder ser felices, simplemente vivían la relación con mucha alegría. Se amaban sin saberlo ni etiquetarlo, simplemente lo sabían. César vivía en el departamento de Miraflores que alquilaba Susana, el mismo que compartía con Rosa. No fue una mudanza de un momento a otro, sino que poco a poco se fue quedando, dejando unas cosas por aquí, otras por allá y finalmente, sin que se dieran cuenta él ya estaba instalado. Largas noches de amor y más largos aun los fines de semana en los que por su juventud impetuosa les daba el cuerpo y la voluntad de poder ir de fiesta todos los fines de semana. Bebían demasiado pero aquello no era problema, sus cuerpos eran fuertes y resistentes, lo suficiente para soportar lo que se les viniese al día siguiente. Cierta mañana de un día sábado, él se despertó por una ligera cosquilla, pues Susana paseaba la uña no tan larga de su índice derecho sobre la desnuda espalda y hombro de César, quien abrió los ojos suavemente y le vio la mirada enamorada de ella mientras repetía aquel movimiento de la mano como si fuese un circuito. El permaneció boca abajo y le sonrió con un buenos días a aquella mujer de figura hermosa que se encontraba echada hacia un costado. “Buenos días bicho”, respondió ella devolviéndole además la sonrisa. Él se puso de lado para continuar observando a la mujer que tanto amaba. Ella dejó de acariciarlo. Se volvieron a mirar para instintivamente abrazarse con suspiros y más suspiros. -Vamos, levantémonos de esta cama. –Sugirió Susana. -Sí… vamos. -Qué entusiasmo. Aun no dije a donde y ya estás dispuesto. -Contigo puedo ir a hacer trámites burocráticos y sin embargo la paso bien. 210


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-¡Ay que exagerado! Se dieron otro abrazo prolongado para rápidamente bañarse juntos sin hacer el amor. Ella se puso un pantalón jean, un par de zapatos suecos que a César le encantaban puesto que tenían un corte tejano y una camiseta blanca con mangas largas de color verde con el estampado de una caricatura. Él se colocó también el primer pantalón jean que encontró, sus marrones botas tejanas y una camisa blanca manga larga. Susana tomó una manzana de la cocina mostrándosela a César como ofreciéndole una. Él asintió para que rápidamente ella se la lanzara y tomara otra al paso. Salieron del edificio caminando y comiendo fruta. Él no sabía a donde irían pero ella sí. Caminaron unas cuadras hasta llegar a una disco tienda. A César le pareció extraño que Susana se levantase tan temprano para comprar unos discos de música. -Este es el último disco de Stone Temple Pilots. –Dijo ella mientras lo tomaba y observaba como si de una obra de arte se tratara. -Escuché algunas canciones, parece que está muy bueno. -Sí, está muy bueno. –Iban caminando por las vitrinas de la disco tienda y ella se detuvo para tomar otro disco, él iba medio distraído sin razón alguna. -Este sé que te encantará. –Le enseñó otro disco. -¡Joe Satriani! –Dijo él sorprendido– claro que sí… -Fly In A Blue Dream –dijo Susana como deletreando el inglés– te lo regalo. -¡Oh! Gracias… muchas gracias. -No es nada bicho. –Le sonrió mostrándole sus imperfectos dientes y mirándolo con esos ojos glaucos que lo dominaban. 211


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Luego caminaron unas calles más para detenerse en un café, ambos se sentaron y continuaron conversando hasta que se acercó el mozo. Ella pidió un espresso y él un jugo de piña, el café afectaba su sistema nervioso. Eran como las once de la mañana y seguían conversando, ambos disfrutaban de largas tertulias. En el mismo local pidieron algo de comer, pues la hora del almuerzo estaba muy cerca. Comieron algo muy ligero, ella una ensalada y él un sándwich triple. Como la tarde estaba ligeramente soleada en el nublado invierno de Miraflores, les provocó una cerveza. La conversación se hizo más larga aún, Susana tomó su teléfono móvil para llamar a Rosa con la intensión que se uniera a la charla tan amena. A César le encantaba compartir conversaciones con Rosa, pues era una chica muy simpática tanto de trato como de apariencia. Su voz de mujer española tan fuerte le causaba mucha gracia además de sus ocurrencias. En poco rato llegó y continuaron, dieron como las seis de la tarde y cada uno tenía encima unas seis cervezas. Si bien estaban en estado ligero de ebriedad, no causaron ningún espectáculo desagradable. Solo hablaban más fuerte. “¿Están haciendo un concurso de quien grita más?”. Les dijo Susana por las tremendas levantadas de voces y carcajadas tanto de Rosa como de César, puesto que ella tenía la voz muy baja. Cerca de las 7 de la noche Rosa anunció que debía irse a casa para alistarse, puesto que había quedado con su novio en salir a algún lado. –Pero con este pedo que llevo encima no sé cómo le haré. –Dijo riéndose mientras se ponían de pie. En casa, Susana cogió una botella de Martini para beber con César, le ofreció a Rosa pero ella se negó debido a que iba apurada. Una vez que ella salió ambos se quedaron solos en el departamento y continuaron bebiendo, conversando y riendo apoyados en la cornisa de la ventana del piso dieciocho en el que vivían. -Pensé que el novio de Rosa vendría por ella. 212


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-No. Ella se va hasta su casa. -¡¿Hasta Los Olivos?! –preguntó sorprendido César– pero eso está muy lejos. -Eso mismo pienso. Le dije, pero como que anda muy loca por él. -Habría que estar muy loca. ¿Puedo ser sincero contigo? -Siempre eres muy sincero conmigo. –Le dijo ella sonriéndole. -Ese tipo me da mala espina. -Se la pasan ameno. -Sí, es medio fanfarrón pero por lo menos se puede conversar trivialidades. -Jajajaja –rió mirándolo– pero tú siempre conversas trivialidades. -Jajajaja –respondió él con una sonrisa y atorándose ligeramente con la bebida– uno no puede ser todo el tiempo culto… jajaja. -Pero sí, a mí también me da algo de duda. No sé, tal vez por la costumbres de aquí. Se fueron a acostar cerca a las once de la noche, entre muchos besos se quedaron dormidos, no sin antes ella decirle antes de cerrar los ojos. –Aun no me llega la regla. –Cuando César quiso ir por más información ella ya estaba dormida. Él también hizo lo mismo. Al día siguiente, nuevamente César despertó por la cosquilla ligera que le provocaba el paseo del dedo índice derecho de Susana desde el hombro hasta la espalda, nuevamente la observó con aquellos ojos enamorados. Realmente la amaba como a su propia vida. Un joven de veintiséis años no podría estar más feliz que llevar aquella vida llena de madurez. 213


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-Tengo tres semanas de retraso. –Fue lo primero que ella le dijo. -¿Y eso ya está fuera del tiempo? –Preguntó él ignorante. -Sí… me haré la prueba de embarazo. El atinó a abrazarla, a consolarla con el calor de su pecho, pues a ella no se le veía bien con tal preocupación. “Tal vez estará pensando que huiré o que no lo deseo. Veremos qué pasa”. Pero él estaba realmente entusiasmado con la noticia. “Seré padre con la mujer que tanto amo”, dejó simplemente que ella se relajara por lo que no presionó más. Pasaron cinco días y ella no decía nada. César comenzaba a preocuparse. -¿Te hiciste la prueba? –Le preguntó una noche antes de dormir. -No –respondió ella de manera cortante. -¿Te la harás? -Como que estás cayendo un poco pesadito con eso. –Respondió ella volteándose hacia el lado opuesto de la cama. Susana iba angustiada con la situación, pues ya se había hecho la prueba de embarazo y esta arrojó resultado positivo y no sabía cómo decírselo a César. No sabía cuál podría ser su reacción: “Es muy joven”. Ni como terminaría todo esto, si esto sería una causal para que la relación terminara. Estaba en el baño del departamento con la pequeña regleta del test en la mano marcando dos líneas rojas, aún no salía hacia el trabajo, sin embargo César ya había salido al suyo. Para una mujer de treinta y seis años esta debería ser 214


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una situación fácil de controlar, pero nunca había estado en una condición similar. Decidió que esperaría a que César le volviera a tocar el tema. Esa misma noche cenaron en casa con Rosa y unos invitados, la conversación grupal se prolongó hasta pasada la media noche. Una vez que se retiraron los invitados se fueron a la habitación para dormir, ambos conversaban con naturalidad mientras iban quitándose las prendas hasta quedar en ropa interior. Ella se echó boca arriba al igual que César quien se puso de lado para acariciarle suavemente el vientre, Susana le tomó la mano y se la sacó de encima de tal manera que él lo tomo como un: “¡No me toques!”. Le causó molestia, giró su cuerpo completamente hacia el extremo de la cama. A Susana le pareció que había sido algo dura y lo abrazó por la espalda. Al día siguiente César se despertó, no por ningún tipo de cosquilla sino porque simplemente ya no tenía sueño, era sábado y habían pasado las 7 de la mañana. Volteó a ver a Susana quien también se encontraba despierta. -Hola. –saludó César. -Buenos días. –Respondió Susana sin ánimo. -Te estás comportando extraño. -No sabes lo que me pasa. –Respondió ella llorando. -¿Qué te sucede? –Preguntó mientras se sentaba apoyándose en la cabecera. -Estoy mal César, no sé si estoy deprimida o… no lo sé. –Lloraba desconsoladamente. -¿Estas embarazada? –Preguntó seguro de la respuesta. -Sí. –Respondió ella aumentando el llanto. -¿Qué haremos? –Preguntó erróneamente. 215


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-Me haré cargo en España. –Respondió convencida. César no preguntó más, se dio cuenta que sus constantes interrogantes respecto a la situación literalmente embarazosa por la que ambos pasaban ponían a Susana de muy mal humor. Muchas dudas y emociones convergieron en su mente, le causaba mucha emoción saber que sería padre de una criatura con la mujer que amaba así como también si es que ella estaba dispuesta a irse con él para España o si se quedaban viviendo en Perú, pero también le entraba mucho miedo si es que ella decidiese irse sola con el bebé, era una mujer muy liberal e independiente, tal vez simplemente deseaba lograrse como madre y hacerlo a un lado a César. Estas y muchas dudas más pasearon por su cabeza mientras la relación seguía viento en popa. Luego de diez días Susana viajó a Barcelona por una semana para visitar a sus padres. “Hace tiempo que no veo a mis viejos”, fue el comentario que le hizo cuando le recordó que tenía ya un viaje programado. Él decidió que aprovecharía esos días para ir a la casa de sus padres a pasar unos días. Antes de salir al aeropuerto, Susana y César hicieron el amor como si de la última vez se tratase. Sus besos y abrazos fueron extremadamente apasionados, ambos se entregaron completamente, sintieron el calor de sus cuerpos penetrándose entre cada movimiento, sus besos hicieron que dos pares de labios y dos lenguas se transformaran en un solo ser viviente, un ser ardiente de amor. Finalmente terminaron, ella sentada sobre él con su desnudo pecho de senos escasos sobre el pecho sin vello de César. Volvieron a besarse con muchas ganas de continuar pero imperaba vestirse para ir al aeropuerto. Al momento que Susana entró a migraciones le dijo a César que le enviaría un correo electrónico para anunciarle que había llegado bien, eran las seis de la tarde así que esperaría al día siguiente por la tarde para saber sobre cómo le estaría yendo en el viejo continente. 216


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Así lo hizo, revisó su correo: “Hola Bichin, llegué bien. Un poco cansada por el viaje y por el cambio de horario, por el cambio de clima y por todo. Pero en fin, a darle adelante”. Él de inmediato le contestó con palabras enamoradas despidiéndose con un amoroso: “…cuídense”, refiriéndose tanto a Susana como al bebé que esperaban. No recibió respuesta de este correo, pasaron tres días desde la última vez que le escribió y no sabía nada de ella, por lo que optó por llamar a Rosa en la noche para preguntarle si se habían comunicado. -Hola César. –Contestó amenamente como siempre. -Hola Rosa –saludó algo preocupado– hace tres días le escribí a Susana y no recibo respuesta. -¡Oh! Qué raro, pero estate tranquilo porque tú sabes cómo es ella. Sí, me llamó anoche, mientras preparaba su maleta para regresar. Pensé que también habían hablado. -No, nada ¿Cómo está? -Bueno, está bien. Un poco afectada por el tema este pero está recuperándose rápidamente. -¿Tema? ¿De qué tema me hablas Rosa? -Espera… espera… creo que no estamos hablando de lo mismo. -Me parece que nnnnno… Sintió que iba ahogándose. -Caramba César, pensé que Susana y tú ya habían conversado de esto. Discúlpame por favor… discúlpame César. 217


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-Rosa –pronunció armándose de valor– solo dime. Ni más, ni menos… Necesito escuchar la verdad. ¿Para que viajó Susana a España? -Susana viajó porque tenía el boleto comprado desde hacía mucho tiempo. Pero coincidió con esta circunstancia… -¿Circunstancia…? - No deseada… -¿Me estás diciendo que…? –Al fin César entendió lo que estaba sucediendo pero necesitaba escucharlo a pesar que aquello rápidamente lo mataba. -César… Susana se practicó el aborto… Rosa guardó silencio. -¿Qqqqqueeeé? De esta manera solo atinó a preguntar algo inconcluso, inconcluso como la vida de aquel pequeño ser, inconcluso como el amor, inconcluso como el mundo, inconcluso como la ilusión, inconcluso como la felicidad. En ese momento todo le pareció inconcluso pero si vio llegar el final. -Lo siento mucho César… pensé que los sabías… es que soy una boba… César no supo que hacer, guardó su teléfono móvil en el bolsillo y caminó sin dirección, no sabía a donde ir, era de noche y la oscuridad hacía que la penumbra fuese cada vez más turbia. Caminó por el periodo de una hora y media, cuando se dio cuenta que se encontraba lejos, muy lejos de casa, tanto de donde vivía con Susana como de la casa de sus padres. Era un lugar relativamente peligroso, más por lo oscuro que por el peligro que este podría representar, resignado dio media vuelta y regresó. No lloró, solo estaba en un estado muy parecido al trance entre lo real e irreal, sabía que no era una pesadilla, tenía la certeza que todo era pura realidad, ni siquiera albergó algún tipo de esperanza respecto a que no fuese cierto, pues vivía en el planeta habitado por seres humanos, no en la fantasía en la que creyó haber estado, simplemente era un muchacho confundido con veintiséis años de edad. 218


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Llegó a casa de sus padres, era cerca de media noche estaba con el cuerpo sudado, decidió darse un baño para refrescarse, pero no pudo soportar el agua helada por lo que abrió la llave de agua caliente para entibiar. Luego de esto se puso un pantalón negro y una camiseta celeste. “¿Para qué me pongo esta ropa si no saldré de casa?”. Se sentó sobre la silla que tenía al costado del escritorio que utilizaba para estudiar durante su época universitaria. Se recostó un pequeño instante para inmediatamente apoyar sus codos sobre las rodillas. No sabía qué hacer. “Olvídate… olvídate… olvídate”. Se repetía a sí mismo en voz baja. Abrió uno de los cajones del escritorio encontrando una botella de ron abierta pero apenas consumida, se puso de pie para ir a la cocina a sacar unos hielos y un vaso de vidrio. Entró a su habitación, se sentó para servirse un poco del licor sobre el vaso que contenía tres hielos, tomó un largo trago y volvió a servir. Se dio cuenta que iba a tener que ir varias veces a la cocina de la casa de sus padres para ir por hielo, por lo que optó por llenar de hielos un deposito conservador de temperatura, retornando a su habitación vio sobre la mesa del comedor un disco, aquel disco que días atrás le había regalado Susana, lo llevó también a su habitación sin recordar cómo había llegado ahí. Se sentó nuevamente. “Olvídate… olvídate… olvídate”. Antes de servirse un poco más de la bebida puso el disco de Satriani en el pequeño y antiguo equipo de sonido, luego sirvió más licor en el vaso lleno de hielos. La música a volumen moderado pasaba a medida que el licor se consumía, luego de media hora César ya estaba borracho. “Olvídate…”. No lo pudo hacer, imposible olvidarse de algo así.

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-“Olvídate César… piensa en el daño que te está causando esto. Debiste haberte dado cuenta”. Hablaba en voz muy baja, para escucharse a él mismo. –Susana no te ama, fuiste simplemente un juguete para ella. Imbécil… imbécil… ahora entiendo todo. No todo podía salir tan bien como estaba. No existe el amor… no existe… no existe… Sus ojos se llenaron de lágrimas. –No entiendo… no entiendo nada. Ella no está enamorada… Si lo está, claro que lo está… Susana… Susana… Susana ¿Por qué? Comenzó a llorar mientras se embriagaba cada vez más. Sostuvo una foto de ambos abrazados y sonriendo en la playa. –Creo que me equivoqué Susana. ¿Dónde estás? ¿Susana? Inevitablemente la música siguió sonando y cada nota musical le llegaba al alma o le traía algún recuerdo bonito con Susana, aquellas notas musicales que para César solamente Joe Satriani podía hacer llorar a un hombre… un muchacho herido. Una canción en especial hizo que perdiera el control “The Forgotten, Pt. 2” aquellas notas estridentes y a la vez pasivas lo confundieron aún más, entreverándose aquellos sentimientos hundidos con la borrachera que llevaba encima. Aquellos cinco minutos de duración que tiene este tema fueron inconclusos, tan inconclusos como todo lo que en ese momento lo agobiaba. Comenzó a llorar más y más hasta que su llanto se volvió desgarrador, el llanto se tornó en grito, fueron gritos angustiados y desesperados, cada vez más fuertes. Los decibeles se confundían con los golpes de la puerta de la habitación, estaba de pie pateando lo que en el camino se le cruzara, una silla con una par de prendas encima, algún objeto en el suelo, eso sumado a un par de puñetazos aplicados a la puerta del ropero, un cuadro de fotografías

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arrojado al infinito, le dio un fuerte puntapié a la pesada silla con ruedas del escritorio a la que también hizo volar. Momento crucial entre el minuto 2:00 y el minuto 2:20 de la misma canción. Todo, absolutamente todo se nubló al tomar de un trago el licor que contenía el vaso y romperlo de un solo apretón. El corte fue profundo pero no pudo darse cuenta de eso ya que entre tantas vueltas y miles de cosas volando a su alrededor vio el rostro de su madre tratando de agarrarlo para que se calmase, mientras su padre hacía algo que ya no pudo recordar. Entró en estado de inconsciencia. Al día siguiente despertó, no estaba en su habitación. Se encontraba echado en la cama de sus padres. Tenía la mano derecha vendada y estaba tapado. Su madre estaba a su lado con una mano haciéndole una caricia sobre la venda. Pronto se recuperó. Pasaron los días y fue a buscar a Susana. En aquel departamento donde pasaron mucho tiempo juntos. Aunque sabía que le dolería esto no podía acabarse así. Tendría que escuchar algo y no simplemente huir. La situación la tenía que enfrentar de cualquier manera. -Hola –le dijo ella abriéndole la puerta– pasa. -Gracias. –Si no lo hubiese invitado a pasar él se quedaba afuera. Ya no se sentía parte de esa casa. Entró y accedió a tomar asiento luego que ella se lo indicara. -¿Querías conversar? –Dijo ella no con actitud retadora, sino todo lo contrario. -Solo quería saber la verdad. -¿Querías o quieres? –Lo miró con rostro de duda. -Quiero. –Aseveró César.

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-Bueno… ¿Qué quieres saber? –Preguntó con rostro algo desencajado. -¿Cuántas veces te practicaste el aborto? –Le preguntó esto porque le pareció que una decisión tan drástica parecía venir de una persona con experiencia en el asunto. -Es la primera –se puso de pie– y la última. Levantó un poco la voz. -Muy bien. –Dijo él con las yemas de los diez dedos de las manos pegadas. -¿Muy bien? ¿Es eso lo que querías saber? Para eso me hubieses escrito un correo y te lo contestaba y nos evitábamos todo esto. -Quería oírlo de tus propios labios. -No entiendo… eso es lo único que te interesa. No te interesa saber si estoy bien o no… -Estoy seguro que estás bien. –Lo dijo porque fue una decisión únicamente de ella, nadie la había presionado para que se practicara el aborto. -¿Piensas que estoy bien? ¿Crees que no sufro con esto? ¿Te parece que lo estoy disfrutando? –Comenzó a alterarse. -No sé. Tú lo decidiste unilateralmente. –Su voz y expresión en todo momento eran sobrios. Ya había llorado lo suficiente. Era momento de salir adelante. -No César… la maternidad y yo somos incompatibles. También lo decidí unilateralmente porque no te vi para nada preocupado. -No estas considerando todas las veces que te pregunté. Las veces que me respondías que estaba cayendo pesado y demás…

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-¿Nada más? ¿Esa fue tu preocupación? Definitivamente no sabes nada, crees que me siento muy bien, que esta situación no me afecta en nada. No sabes la crisis hormonal por la que estoy pasando… Noooo, claro que no. A ti solo te interesa si querías ser padre o no. Te entusiasmas pero nunca me preguntaste si quería o que es lo que quería. Solo vienes a mi casa… -Tienes razón… es tu casa –se puso de pie– cuando me dijiste que te encargarías del bebé en España… lo único que me pasó por la cabeza era que yo no estaba en la vida que tendrías con esa criatura. Jamás pensé que… Olvídalo. Se acercó a la puerta y la abrió. -César… Él no hizo caso y salió del departamento, de aquella morada a la que no pertenecía. -César… Volvió a llamar. Él no hizo caso, subió al ascensor cuyas puertas se cerraron cuando ella se acercó a la puerta del departamento. César se encontraba triste y furioso, no entendía porque la vida era tan complicada. Salió del edificio y caminó unos veinte metros cuando escuchó la voz de Susana: -César… César. Él volteó y se detuvo mientras ella se acercaba con largos pasos. -No te vayas –dijo ella con los ojos llorosos. La miró con rostro de no saber en dónde se encontraba… -… No te vayas. -No entiendo…

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-Es que –lagrimeando le tomó una mano– me siento muy mal. -Si me dijiste… por la cirugía… -César –le besó la mano y también se la mordió suavemente mientras lagrimeaba– es que no me imagino estar sin ti… no te vayas por favor. César la abrazó con mucha fuerza pero sin presionarla, fue con aquella fuerza que solo las manos ejercen sobre la espalda de la mujer que amaba mientras que ambos pechos respiraban a la par. Quiso ser fuerte y rechazarla pero no pudo. Por el contrario, la abrazó más y buscó el ángulo entre su cuello, cabello, la nuca y oreja para sentir el perfume natural de aquella convergencia. Estuvieron abrazados en medio de la calle por aproximadamente cinco minutos, para ambos el reloj había dado ya cuatro vueltas. -¿Vamos a casita? –Sugirió Susana con ademan de convencimiento a lo que César accedió para continuar con aquella invitación que era una propuesta a seguir sus vidas juntos. Ambos escupieron el pasado y enrumbaron una nueva vida, con las mismas locuras y el mismo amor y pasión que experimentaron desde que se conocieron. Se acercaba el fin del año y asimismo se acercaba el fin del contrato que habían firmado Susana y Rosa en el Perú. Aquella situación le preocupaba a César, debido a que era un factor muy importante para el fin de la relación. Escuchó una conversación de Rosa por teléfono en la que aseguró estar interesada en renovar el contrato por un año más debido a que le habían alcanzado una propuesta laboral interesante. Oír aquella conversación lo llenó de nostalgia, al novio de Rosa lo consideraba afortunado. Trató de superar aquel final anunciado, por lo que optó por conversar de la situación como si nada le afectara. -¿En qué piensas bichin? –Le preguntó Susana mientras estaban recostados en la cama.

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-Nada, todo tranquilo. -¿Tranquilo? No. A ti te pasa algo. Te conozco César. -No… solo estuve escuchando a Rosa conversando por teléfono. -¿Conversaba contigo? -No, yo estaba en la cocina tomando agua y ella estaba haciendo no sé qué mientras hablaba por teléfono. -Ok. Bueno y eso… ¿Qué te preocupa? -No estoy preocupado, ya te lo dije. Pero si me causó un no sé qué… -Un no sé qué… un no sé qué. –Le decía ella riéndose mientras le besaba el oído -¿Puedes ser más directo? -Hablaba sobre que renovará su contrato por un año más por… no me acuerdo el término. -¿El termino? … ¿No será: “Una Propuesta Laboral Interesante”? –Lo dijo riéndose. -Eso mismo… ¿Cómo sabes? -Bueno, vivimos bajo el mismo techo, trabajamos bajo el mismo techo y nos vamos de fiesta bajo el mismo techo. –Rió mostrando sus imperfectos dientes. -Claro. No lo pensé…

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-Es que tú nunca piensas… es que tienes un muro aquí –le dijo riéndose y haciendo el ademán con el puño golpeando la frente de César –ya te imaginaras “quien” es la propuesta laboral interesante. -Sí, me imagino. El gugunote ese que tiene por novio. -No seas malo. No digas así –se seguía riendo… Él la acompañaba entre risas y abrazos –jajaja “Una Propuesta Laboral Interesante”. ¿Sabes bichín? Tú eres una buena propuesta, podría decir que eres una propuesta interesante. -¿Sí? –Preguntó sin saber que le quería decir. -Claro. –Le dijo mientras echada se apoyaba sobre su codo derecho para observarlo mejor. -No entiendo… -Es que no entiendes nada. –Nuevamente le hizo el ademán con el puño en la frente pero esta vez riéndose más. -Es que no entiendo los acertijos… -Te digo… si con esto no me entiendes te vas a dormir a la sala, que eres mi “Propuesta Laboral Interesante”. -Ok –no entendía aún– ¿yo soy tu propuesta? Se quedó mudo ordenando las ideas. -Yo soy tu propuesta laboral … ¿Soy tu propuesta laboral? –Gritó emocionado mientras ella sonreía siempre enseñando sus imperfectos dientes que a él lo embobaban. -¿Renovaste tu contrato? Eeees queeee ohhh ¿Sí? Ella asentía varias veces como para que él se quedara convencido. 226


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-¿Nos quedaremos juntos? –se le salieron las lágrimas de emoción mientras que ella continuaba asintiendo y también brotando lágrimas. Pasaron así los días, Susana viajó para pasar Navidad con sus padres. César la pasó con su familia y la esperó el veintisiete de diciembre en el aeropuerto para directamente enrumbar a la playa. Ahí pasaron Año Nuevo y unos días más. Regresaron a Lima y César ya lo había planificado todo. Corría el diez de enero y la llamó como a media mañana para invitarla a almorzar a un restaurante exclusivo, ella accedió. Aquel día él no había sacado llaves del departamento pero igual tenía en casa de sus padres un blazer azul que se lo colocó sobre la fresca camisa blanca que llevaba puesta. La esperó en el área de recepción del edificio. Ella bajó con un vestido completamente de verano, era largo hasta unos diez centímetros por debajo de las rodillas, la tela floreada en la que predominaba el celeste súper fresca, nada atrevido pero a César lo impactó. “Hola”, saludaron al mismo tiempo. Se tomaron de la mano luego de un pequeño beso en los labios en presencia del portero quien sonrió por ver tanto amor en la atmosfera y salieron con rumbo al restaurante. El restaurante con vista al mar estaba en el malecón de Miraflores. Pidieron, almorzaron y bebieron un poco. La pasaban bien. -Susana –dijo mirándola a los ojos y sentado con la espalda recostada y las piernas elegantemente cruzadas– me alegra que estemos juntos. -A mí también. –Respondió ella con su sonrisa peculiar. -Sabes que estoy enamorado de ti. -Lo sé. Yo también César. –Su mirada era enamorada. -Quiero decirte algo. –Se inclinó hacia la mesa tomándole la mano.

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-Te escucho. –Se inclinó ligeramente a la mesa también poniéndole su mano encima a la de él. -Quisiera… -¿Quisieras? -Quiero que nos casemos. –Se lo dijo cuando sacó del bolsillo de su blazer una diminuta caja de color azul. -César… –Le dijo ella llorando. -¿Aceptas? –Le dijo mientras con su dedo pulgar e índice derecho desprendía suavemente el anillo y con la otra mano tomaba suavemente la de Susana. Ella apoyó ambas palmas de las manos sobre la mesa para darle un beso en los labios. Un beso muy corto. -No César… –Se puso de pie y salió del restaurante. César intentó salir detrás de ella pero uno de los mozos lo detuvo para que pagase la cuenta. Aquello se demoró demasiado, cuando salió del restaurante no estaba Susana. Rápidamente tomó un taxi rumbo al departamento. Al llegar se percató que no tenía las llaves del departamento por lo que tocó el timbre insistentemente pero sin respuesta. Le preguntó al recepcionista por Susana pero este no supo qué responder. Esperó en la recepción, despierto hasta después de la medianoche y dormido hasta el día siguiente. Susana no contestó el teléfono. Se quedó todo el día, estuvo dando vueltas por la calle solo para comer algo pero regresó. Trató de llamar a Rosa pero tampoco contestó. Llegó nuevamente la noche insistió con el timbre y nada hasta que recibió la llamada de Rosa. -Aló Rosa. –Contestó apresuradamente. -César buenas noches. 228


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-¿Dónde está Susana? Tengo que hablar con ella. -¿Qué pasó? –preguntó con voz quejumbrosa– es que estoy confundida. -Le propuse matrimonió a Susana –solo sintió silencio por el otro lado de la línea– ¿Rosa? -César… Susana se fue… -¿Se fue? ¿A qué hora regresa? -Es que no entiendo, lo que hiciste fue algo muy hermoso pero… -¿Pero? -Susana… canceló su contrato. No regresó al departamento, fue a casa de Karla y desde ahí enviaron a una persona a recoger sus cosas. Ella partió ayer mismo pagando un dineral por el pasaje. César, lo lamento mucho. César no supo que más decir, solo atinó a preguntar si podía subir recoger sus cosas. Rosa llegó en aproximadamente veinte minutos, se abrazaron en la recepción y subieron. Él no lloró, conversaron pero no quiso continuar para no llorar. Simplemente recogió sus cosas y las metió apresuradamente en un maletín y se fue despidiéndose de Rosa. Salió del edificio y caminó hasta la casa de sus padres, como tampoco tenía las llaves tocó el timbre abriéndole la puerta su madre. Por la cara ella sabía que algo iba mal, simplemente lo abrazó y le indicó que su habitación siempre estuvo disponible. Nunca más lloró, de cuando en cuando se encontraba con lugares y momentos que le causaban mucha nostalgia. Nunca pudo olvidarse de Susana, su gran amor jamás correspondido, porque el amor no es cuestión de esperanzas, méritos o buenos momentos, es simplemente estar seguro si lo que se siente es lo correcto.

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TODOS VUELVEN Caminaron desde la pista de baile hacia una de las cinco barras del local salsero, ella solo sonreía y él simplemente estaba desconcertado –“esta mujer está loca”– se sentaron en donde él había dejado su vaso de cerveza casi lleno. -Cómo has cambiado. –Dijo mientras lo miraba con sus tremendos ojos y su sonrisa de boca amplia. -¿Tú crees? –Respondió tocándose la barba con una sonrisa tímida. -¡Jajajaja! No solo por eso… tu cabello… no sé. -Yo me veo igual, claro está que por la barba y el pelo largo puedo haber cambiado algo pero… -Pero tienes la misma esencia. -Exacto. Sigo siendo el mismo… -¿Cómo así se te dio por bailar salsa? Tú eres todo lo contrario… y bailas muy bien. -Tomé clases. Todas las noches. Eso fue después que pasé una temporada en Venezuela haciendo coberturas de la represión por la que pasan… -Se nota –lo miraba riéndose mientras él solo atinaba a devolverle la sonrisa– si supe que anduviste por Venezuela entre tantas bombas y manifestaciones, salía tu nombre en las credenciales de los reportajes pero nunca vi tu cara. Le sonrió y le puso una mano en el hombro. -También veo que te mantienes en forma. -Sí, como siempre. Pero es la casaca que me hace ver… -César –interrumpió– ¿qué haces aquí? 230


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-Vine a bailar. -Lo sé. Te vi haciéndolo. Es más, si no fuese por Paola tal vez no me daba cuenta que estabas aquí. Pero, ¿Por qué esa repentina afición por la salsa? -Porque me pareció interesante. No es mi tipo de música pero si considero que se debe tener un talento especial para bailarla. -Pero si no te gusta la música. -Pero si me gusta bailarla. -Tú sabías desde que nos conocimos que yo venía los martes a “La Salsa”. -Sí, pero no todos los martes. Además, no nos vemos desde hace más de un año. -Tienes razón, pero me sorprende mucho ese cambio. Barba, cabello largo y salsero ¡Jajajaja! -Los seres humanos no cambiamos, simplemente mejoramos o empeoramos. Solo espero no haber empeorado. –Esta última palabra la terminó con una sonrisa ya no tan tímida. -¿Por qué tan tímido? –Le dijo pasándole los dedos por el cabello de César con toda la confianza del mundo, como si se hubiesen dejado de ver tan solo unas horas atrás. -Cinthya –respondió con rostro serio– me dejaste y nunca más supe de ti, no porque no quisiera sino porque simplemente te autoborraste del mapa ¿Ella no es Paola, tu amiga pianista? -Sí, es ella. Desaparecí porque era lo correcto… -¿Lo correcto? ¿Te parece correcto terminar una relación sin decir nada? 231


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-Te lo dije. Te dije que te dejaría. -Me dijiste que no te querías enamorar pero… -Ya pues. No me quería enamorar así que te tuve que dejar. -Entonces huiste. -No hui, solo que no quería enfrentar la situación de terminar contigo… -Pero lo hiciste, solo que sin decirlo. Eso es huir. -Solo lo evité. Además fue lo mejor para ambos, así lo olvidábamos más rápido. -Yo no me olvidé. Hasta ahora no lo hago. Jamás lo entenderé. -Sé que no lo entenderás. Sé que no entenderás lo que una mujer siente al ser libre. -Definitivamente nunca lo sabré, pero si estoy convencido que la única libertad de la que vives es de la que no te deja salir. -¿Cómo es eso? –Preguntó mirándolo con ojos interrogantes ya sin acariciarle el cabello. -Me refiero a que eres presa de tu libertad. No eres libre, simplemente estas encerrada entre paredes que te gritan que no salgas de ahí a disfrutar los verdaderos placeres de la vida. -¿De qué hablas? ¿Qué placeres disfrutas tú? -¿Ya ves? Aprendí a bailar salsa y no por ser soltero, la pareja no afecta los sueños de uno sino la propia voluntad. Estoy convencido que el amor es para disfrutarlo y vivir con el de la mano con otros placeres adicionales. Hubiese 232


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sido más divertido para mí haber aprendido a bailar contigo o que me hubieses acompañado a mis clases de salsa para que así perfeccionaras tu estilo. -Me parece súper extraño que hables de amor. -¿Extraño? –levantó una ceja mirándola con ojos somnolientos– pensé que fui cariñoso. Me parece que estoy siendo egoísta o… no sé, me siento como si estuviese sacándote en cara… discúlpame. -Está bien. Tú estabas aquí tranquilo y yo me acerqué a interrumpirte como si estuvieses en mi reino. Pero bueno, ya estamos aquí. Te pido disculpas por haberte dejado así. Es que soy de espíritu libre y mi corazón es aventurero. -Estoy acostumbrado a los corazones aventureros y a los espíritus libres, tal parece que los atraigo. -Pero, a pesar de eso hubo algo que me impulsó a tomar la decisión. -Dime. -La última vez que hicimos el amor, implícitamente te di una especie de ultimátum. Esperé que me dijeras lo que quería escuchar… pero no lo hiciste y por lo visto… por tu apariencia veo que no te afectó mi partida. -Esta apariencia la tengo porque no quise que me afectará más una ruptura tan complicada como las otras –los ojos se le humedecieron– tú sabes lo que pasé en mis relaciones anteriores. Simplemente… hiciste lo mismo. -Sí. Lo hice, porque tal vez te sucedió en tus antiguas relaciones por lo mismo que conmigo. -Pero Cin… considero que fui extremadamente cariñoso contigo. Nunca miré a otra mujer más que a ti. Si no fui lo suficientemente atento y detallista házmelo saber ahora por favor. Estamos en un momento en el que nadie pierde 233


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ni gana. Si es como me lo imagino, tanto el hombre como la mujer sufren de la misma manera cuando una relación se acaba. No estoy buscando culpables y pienso que tú tampoco. Creo que este es el momento para liberarnos de lo que nos atracó la garganta. -Es que… ¿No te das cuenta? ¿Nunca te lo dijeron? Solamente quería escuchar de ti una simple frase pero no, eres tan… no sé… eres tan… -¿Soy tan? ¿Qué querías escuchar? -Solamente quería escuchar de tu boca un sencillo y sincero “Te Amo”. – Se le quebró la voz y los ojos también se le humedecieron ante el rostro de asombro de César. -Y yo te hubiese respondido lo mismo: “Te Amo”. Se fue en llanto, pero fue un llanto controlado, pero él no sabía qué hacer. -Nunca le dije a nadie eso. Lo dijo no con voz de justificación sino con voz de que no sabía en qué situación estaba. -Lo sé. No sé de qué manera fue pero pude descubrir por tu forma de ser que a nadie le habías dicho eso… un simple “Te Amo” y nada más. Por eso hui, porque solo te faltaba eso para que seas mi hombre completo… pero no fue así. Las lágrimas cayeron al igual que su voz. -¿Te das cuenta César? Es algo que quizás… -Te amo. –Interrumpió César. -Y tienes razón, nunca lo dije porque tal vez quería protegerme bajo algún tipo de coraza. No quería ser el enamorado asfixiado que al final termine pagando los platos rotos… pero igual… terminé pagándolos. Tú te fuiste…

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-¿Crees acaso que no me dolió? Me fui, sí, pero quise protegerme de una relación que no parecía tener futuro… -¿Por no decirte “Te Amo”? –Reclamó –te lo acabo de decir… -César… -Te amo Cinthya, no hay día en que no piense en ti. ¿En dónde te metiste? -César –se tomó el cabello cercano a la sien sonriendo en señal de impaciencia amical– se te pasó el tiempo. Eso debiste decirlo hace más de un año, no ahora. -Entiendo. Es demasiado tarde –miró al techo y bebió un trago de cerveza– demasiado tarde. -Escucha –le pasó la palma de la mano por la barba desordenada mirándolo a los ojos– olvídate del pasado. Sigamos siendo amigos. Olvídate de todo así como lo hice… -No es fácil. Tal vez lo sería si no te hubieses acercado. -Lo hice, pero no para hacerte sentir mal. Nunca lo haría… -Lo hiciste… y lo estás haciendo otra vez. –Se puso de pie. -Espera –le tomó la mano– no te vayas. -Por favor… ya fue suficiente. -César –ella se puso de pie y le tomó el rostro con ambas manos– yo también te amo. -Pensé que era demasiado tarde… ¿Cómo amas a quien abandonas? -Por favor… te lo acabo de decir, olvidémonos del pasado. 235


TODOS VUELVEN

-Lo olvidaré. –Se sentó nuevamente al igual que Cinthya. -Toma un trago más. –Le dijo ella con sonrisa pícara. Él la miró con ojos que sonríen y sonrió con boca que mira. Ambos se tomaron de las manos mientras sonaba aquella canción antigua cuya estrofa decía “Todos vuelven a la tierra en que nacieron…”. Cinthya se puso de pie y sin soltarle las manos bailó al frente de César, de la misma manera que en el matrimonio en donde al término de la fiesta se amaron sin saber que se estaban amando. Hizo un par de pasos y le susurró al oído: “…al embrujo incomparable de su sol…”. A ambos se les chorrearon las lágrimas de emoción y ella volvió a susurrarle al oído mientras el repetía la letra en voz muy baja: “Todos vuelven al rincón de donde salieron, donde acaso floreció más de un amor…”. Aquel susurro se entremezcló con los largos cabellos marrones y semi ondulados de Cinthya y la respiración profunda de César en su delgado cuello, ella acarició la barba que no le gustaba pero que en aquel momento la amaba más que a cualquier otra cosa. Metió sus dedos entre la nueva cabellera de aquel hombre de eterno pelo corto. El sintió que el amor nuevamente tocaba la puerta de su corazón, sintió que esta vez sería diferente, que el regreso de una aventura se estaba convirtiendo en el fin de una tortura y el inicio de una nueva vida, la felicidad. Ella sintió que no valía la pena vivir con un corazón gitano, comprendió que lo único que hace un espíritu libre es lo mismo que un pájaro en una jaula gigante, tiene libertad pero limitada. Se dio cuenta que ser libre no es lo mismo que vivir siendo presa eterna de su libertad. Aquel momento les dio una reflexión que si bien no aseguraba el futuro de ambos, si les estaba dando una oportunidad para vivir el amor como dos seres humanos que no se privan de ser libres pero que de la mano les iría mejor en aquel camino a la felicidad.

FIN 236


LOFTSTORY / CONOCIÉNDONOS

237


Su largo cabello marrĂłn semi ondulado se movĂ­a con la fuerza de los ventiladores. A la izquierda habĂ­a otra mujer de negro pelo lacio casi de la misma edad, que no bailaba tan bien pero deslumbraba con su porte.


Héctor Francisco Latorre Carbajal

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Sonaba fuerte la música de la orquesta de salsa de aquel local ubicado en Barranco. Este funcionaba como salsódromo los martes, el resto de...

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