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Y si a usted le llena de angustia o de ansiedad pensar en la infancia y en lo que en ella hay de sencillo y sosegado porque ya no puede creer en Dios que allí se encuentra por todas partes, pregúntese a sí mismo, querido señor Kappus, si de veras ha perdido a Dios. ¿No será más bien que no lo ha poseído nunca? Porque, ¿cuándo lo habría podido poseer? ¿Cree usted que un niño puede poseerlo a Él, al que los adultos solo con esfuerzo soportan y cuyo peso oprime a los ancianos? ¿Cree usted que quien de verdad lo tiene lo puede perder como si se tratara de un guijarro? ¿O no opina que quien lo tuviera podría ser abandonado solo por Él? Pero si usted reconoce que Él no estaba en su infancia ni tampoco antes, si usted intuye que Cristo fue confundido por su anhelo y Mahoma traicionado por su orgullo, y si siente con horror que ahora, cuando hablamos de Él, tampoco está, ¿qué le da derecho a añorar como un pasado a Aquel que nunca existió y a buscarlo como si lo hubiera perdido? ¿Por qué no piensa en Él como el que viene, como el que se anuncia desde la eternidad, el futuro, el fruto definitivo de un árbol cuyas hojas somos nosotros? ¿Qué le impide a usted proyectar su nacimiento en los tiempos venideros y vivir su vida como un día doloroso y bello en la historia de un gran embarazo? Pues, ¿no ve cómo todo lo que sucede una y otra vez es solo un inicio, y no podría ser Su inicio, ya que comenzar es siempre tan hermoso? Si Él es el más perfecto, ¿no debe estar lo inferior ante Él para que pueda escogerse entre toda la plenitud y la abundancia? ¿No debe ser Él el último para abarcarlo todo en sí mismo? ¿Y qué sentido tendríamos nosotros si Aquel que anhelamos ya hubiera existido? 3 2

Cartas a un joven poeta (1903). Rainer Maria Rilke  

Epistolario.

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