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debe alcanzar. Estar solo como en la infancia, cuando los adultos pululaban alrededor, enredados con cosas que parecían grandes e importantes, porque los mayores siempre parecían muy atareados y no se comprendía nada de su actividad. Y si un día uno se da cuenta de que sus ocupaciones son infelices, que la profesión se ha petrificado sin relación con la vida, ¿por qué no continuar mirando como un niño lo extraño, desde lo profundo del mundo propio, desde la amplitud de la propia soledad, que en sí misma es trabajo, jerarquía y profesión? ¿Por qué querer cambiar el sabio no-comprender de un niño por el rechazo y el menosprecio, cuando el no-comprender significa estar solo y, en cambio, el rechazo y el menosprecio significan participar en aquello mismo de lo que uno quiere apartarse? Piense usted, querido señor, en el mundo que lleva usted en sí mismo, y llame este pensar como usted prefiera —recuerdo de la propia infancia o anhelo de futuro— y esté simplemente atento a lo que se eleva en usted y colóquelo por encima de todo lo que observe a su alrededor. Su desarrollo interior es digno de todo su amor, en él debe usted trabajar y no ha de perder demasiado tiempo ni demasiado ánimo en justificar su posición ante los demás. ¿Quién le dice a usted que, después de todo, tenga una? Su profesión es dura, lo sé. Sé que está llena de contradicciones, vi venir de lejos su queja y estaba seguro de que un día u otro aparecería. Ahora que ya está aquí no lo puedo tranquilizar. Solo le pido que considere si no sucede así con todas las restantes profesiones. ¿No están llenas de exigencias, de hostilidad hacia el individuo, por decirlo así, impregnadas

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Cartas a un joven poeta (1903). Rainer Maria Rilke  

Epistolario.

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