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C olombia Internacional 62, jul - dic 2005, 7 - 9

EDITORIAL Arlene B. Tickner

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El presente número de Colombia Internacional se dedica a la exploración de las tendencias contemporáneas en los estudios políticos e internacionales. Por naturaleza, cualquier intento de realizar un estado del arte de un campo cualquiera es selectivo, y hasta excluyente, por cuanto parte de una visión específica de lo que constituye una disciplina “x” y de lo que son sus problemas, preguntas y métodos particulares. En efecto, uno de los aspectos fundamentales que permite establecer la especificidad e identidad de cualquier campo académico es la definición de sus límites. Bourdieu (1988: 43) sostiene que los límites son básicos para determinar cuáles son las voces legítimas de una disciplina, qué reglas de juego se comparten y qué constituye una práctica disciplinaria reconocida. En este sentido, las disciplinas funcionan como “tribus” en los cuales la existencia de ídolos, artefactos y lenguajes que les son específicos son factores determinantes (Becher y Trowler 2001: 45-46). En el caso de los estudios políticos e internacionales, podría afirmarse que éstos se distinguen de otros campos académicos por su interés en “lo político” en todas sus formas. La política se define en términos de las relaciones de poder que existen entre distintos actores sociales en el marco de la sociedad y de su organización

estatal, y se manifiesta en el ámbito local, nacional y global (Goodin y Klingemann 1998). Los diferentes textos incluidos en el número analizan fenómenos tales como la democracia, el poder, la seguridad, el papel de las elites, el conflicto, la nación y la economía política internacional con el objeto de resaltar los principales debates que se han dado en torno a ellos. Mientras que algunos de las/los autores se concentran en la reseña y discusión de la bibliografía que existe sobre sus respectivos temas de estudio, otros realizan este mismo ejercicio de tal forma que éste los conduce a la formulación de preguntas acerca de las condiciones de posibilidad de la disciplina y de la práctica académica misma. Dado que la especificidad disciplinaria también se asocia con sus metodologías de investigación, hemos incorporado dos reflexiones sobre el método cualitativo y la teoría de la elección racional. En su conjunto, los artículos que presentamos a continuación ofrecen una radiografía interesante de algunos de los problemas y discusiones teóricos que caracterizan los estudios políticos e internacionales en el mundo y en Colombia hoy. Con ello, esperamos brindar una herramienta de trabajo útil para aquellas personas interesadas en estas temáticas. A pesar del carácter amplio y comprehensivo de este esfuerzo, somos conscientes de que el número no alcanza a abarcar todos los temas que podrían considerarse básicos para el estudio de lo político. Tal vez una de las ausencias más importantes, teniendo en cuenta el carácter de este número de la revista, es la de un texto sobre el estado.

1 Profesora Titular, Departamento de Ciencia Política, Universidad de los Andes y Editora de Colombia Internacional.

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E ditorial

Por otra parte, se extraña la presencia de algunos enfoques conceptuales no convencionales, entre ellos el feminismo y el postcolonialismo, precisamente por la forma en que éstos han cuestionado los límites y las tradiciones que han caracterizado a los estudios políticos e internacionales. Por ejemplo, la distinción entre las esferas pública y privada de la actividad humana ha sido identificada por el feminismo como una herramienta para identificar los agentes legítimos de la política, a saber, los estados y los hombres hegemónicos que los representan (Tickner 1993). El efecto básico de la dicotomía público/privado es la circunscripción del análisis de lo político a la esfera pública, en donde las diferencias de poder que existen entre distintos actores sociales, así como sus respectivos roles en la sociedad, determinan el carácter de los actos y los actores políticos. Estas diferenciaciones parten de una visión estática del espacio político dentro del cual los actores privados (por ejemplo, las mujeres y otros sujetos marginales) y sus respectivas prácticas son considerados irrelevantes. Otro límite que ha sido determinante de la identidad de los estudios políticos e internacionales es la distinción entre lo que ocurre “dentro” de los sistemas políticos domésticos y lo que ocurre “afuera” en el sistema internacional, la principal diferencia siendo que el estado-nación garantiza un principio jerárquico de orden en el plano interno mientras que la coexistencia de múltiples actores estatales a nivel mundial repercute en la existencia de la anarquía (Walker 1993). El hecho de que el estado constituya un referente obligatorio en ambos con-

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textos ha sido criticado por el postcolonialismo, por considerar que el carácter europeo y moderno de este modelo de comunidad y de organización política lo hace incapaz de codificar y representar otras experiencias políticas que son diferentes. De allí que la universalización del estadonación en el mundo no ha conllevado a la eliminación total de otras formas de organización comunitaria y de subjetividad política, las cuales también deben ser objeto de estudio en la disciplina, en particular en contextos postcoloniales (Chaterjee 1993). En conclusión, el llamado que hacemos con este número de Colombia Internacional es por la incorporación de una sana dosis de autoreflexividad en los estudios políticos e internacionales, a partir de la cual interrogar las formas en las cuales este campo se ha construido en el mundo, y en América Latina y Colombia. Esta tarea implica necesariamente desenvolver las prácticas de poder que se han inscrito en el conocimiento dominante en el campo y visibilizar aquellos cuerpos de conocimiento que han sido descalificados históricamente por éste (Foucault 1980). A lo mejor, la idea de Edward Said (1994) de hablarle al poder con la verdad, permite precisamente esto. Para este autor, los retos fundamentales que enfrenta el intelectual tienen que ver con cómo hablar la verdad, qué verdad hablar, para quién y dónde. Para ello, Said (1994: 64) propone que los académicos adopten el papel del viajero o del amateur, lo cual implica exponerse a lo riesgoso y lo innovador en vez de apegarse a lo habitual, y estar dispuesto a formular preguntas incómodas y difíciles en lugar de reproducir el status quo.


A rlene B.Tickner

Bibliografía Becher,Tony and Paul R.Trowler. 2001. Academic Tribes and Territories, Buckingham: Open University Press

Foucault, Michel. 1980. Power/Knowledge, New York: Pantheon Books

Bourdieu, Pierre. 1988. Homo Academicus, Cambridge: Polity Press

Said, Edward W. 1994. Representations of the Intellectual, New York:Vintage Books

Chaterjee,Partha.1993.The Nation and its Fragments. Colonial and Postcolonial Histories. Princeton: Princeton University Press

Tickner, J. Ann. 1993. Gender in International Relations, New York: Columbia University Press

Goodin, Robert E., y Hans Dieter Klingemann. 1998. “Political Science: The Discipline” en (Eds.) A New Handbook of Political Science. Oxford: Oxford University Press. 3-49

Walker, R.B.J. (1993). Inside/Outside: International Relations as Political Theory, Cambridge: Cambridge University Press

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NUEVAS TEORÍAS DE LA DEMOCRACIA De la democracia formal a la democracia deliberativa Oscar Mejía Quintana1 y Carolina Jiménez2

recibido 31/01/06, aprobado 28/02/06

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O scar Mejía Quintana y C arolina Jiménez

El proyecto político del neoliberalismo configura la democracia como una democracia capitalista, expropiada de sus dimensiones utópicas y normativas en nombre del mercado y de la eficiencia. Se configura una democracia restringida, de corte neoconservador, que despolitiza el concepto de ciudadanía, deslegitima la intervención del Estado, acota el terreno de la política, libera a la economía de las intervenciones políticas y deteriora el alcance y sentido de lo público. Frente a esta problemática el propósito del escrito es analizar la plausibilidad de la diversas teorizaciones sobre la cuestión democrática desde una perspectiva postliberal (Rawls), socialista (Habermas) y postsocialista tal como se presentan en las propuestas de la democracia radical de la tercera generación de la Escuela de Frankfurt, de la democracia real de Negri y Hardt, de la democracia disputatoria del republicanismo postmoderno, y de la democracia de liberación de Touraine. En esta línea el texto identifica igualmente los “puntos de fuga de la democracia” acercándose a las teorizaciones que exploran el potencial emancipatorio de ésta, donde se destacan los trabajos de Agamben, Zizek y Virno. Palabras clave: Democracia neoliberal, democracia postliberal, democracia deliberativa, democracia radical, democracia real, democracia disputatoria Neoliberalism conceives of democracy in capitalist terms, deprived of its utopic and normative dimensions in the name of the market and efficiency. The resulting political model, restricted and neoconservative in nature, depoliticizes the concept of the citizen, negates state intervention, narrows the political environment, frees the economy from political interventions and deteriorates the meaning and reaching of the public sphere. Given this problematic, the article analyzes the plausibility of distinct theoretical reflections on democracy from a postliberal (Rawls), socialist (Habermas) and postsocialist perspective, based upon the Frankfurt School’s third generation discussions of radical democracy, Negri and Hardt’s analyses of real democracy, postmodern republicanism’s disputatory democracy, and Touraine’s liberation democracy. In this vein, the article also identifies democracy’s “escape points” by examining this model’s emancipatory potential through authors such as Agamben, Zizek and Virno. Keywords: Neoliberal democracy, postliberal democracy, deliberative democracy, radical democracy, real democracy, disputatory democracy

1 Profesor Titular, exdirector del Departamento de Ciencia Política y director del Centro de Investigaciones Jurídicas y Políticas de la Facultad de Derecho, Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional de Colombia. Profesor Asociado de la Facultad de Derecho de la Universidad de Los Andes. Filósofo (U. Nacional), Maestría y Doctorado en Filosofía Moral y Política (Pacific University, Los Angeles). Obtuvo un (post)Doctorado en Filosofía del Derecho en el Departamento de Filosofía de la Universidad Nacional de Colombia. 2 Politóloga del Departamento de Ciencia Política de la Universidad Nacional de Colombia. Candidata a la Maestría en Estudios Políticos del IEPRI. Docente Ocasional del Departamento de Ciencia Política de la Universidad Nacional de Colombia y Miembro del Grupo de Investigación Theseus que actualmente adelanta el proyecto Elites Intelectuales y Reformas Estructurales.

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Introducción n las últimas décadas hemos asistido a una reconfiguración global del orden social, económico, político y cultural. De un modelo de desarrollo sustentado en la producción industrial, en el Estado de bienestar como motor de crecimiento, y en la democracia liberal como fuente de legitimidad, pasamos a un modelo fundado en la liberalización de los sistemas financieros, en la contracción de las funciones estatales y en la democracia neoconservadora de mercado. El proyecto político del neoliberalismo modela de este modo, un nuevo proyecto de sociedad en el cual el individuo y el mercado se erigen como los protagonistas de los procesos de integración moral, política y económica. Así, el mercado se constituye en el mecanismo superior de regulación social y la precondición de cualquier democracia, y el individuo deja de ser entendido como resultado de un compromiso social, para entenderse en el marco de las relaciones de intercambio. Tenemos entonces que el proyecto político del neoliberalismo configura la democracia como una democracia capitalista, expropiada de sus dimensiones utópicas y normativas en nombre del mercado y de la eficiencia. Se configura así una democracia de corte neoconservador que despolitiza el concepto de ciudadanía, deslegitima la intervención del Estado, acota el terreno de la política, libera a la economía de las intervenciones políticas, deteriora lo público y en últimas destruye el sentido normativo y emancipatorio de la democracia. Frente a esta problemática que plantea la democracia liberal (formal) a las sociedades contemporáneas, en

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las últimas décadas han surgido múltiples aproximaciones teóricas, que a través de la formulación de modelos normativos de democracia, buscan avanzar en la construcción de nuevos proyectos de sociedad sustentados en la potencialidad del poder constituyente contemporáneo y en los sujetos colectivos (políticos o sociales) como sujetos capaces de catalizar su proyección emancipatoria. Es por esto que el propósito de este artículo es analizar la plausibilidad de la diversas teorizaciones sobre la cuestión democrática desde una perspectiva postliberal como la de Rawls, socialista como la de Habermas y postsocialista, tal como se presentan en las propuestas de la democracia radical posthabermasiana de la tercera generación de la Escuela de Frankfurt, de la democracia real de Negri y Hardt en el marco del capitalismo global, de la democracia disputatoria del republicanismo postmoderno, y de la democracia de liberación de Touraine, definiendo con ello un marco normativo que posibilite dar cuenta de los procesos contestatarios en curso, así como infiriendo de allí, no solo eventuales tendencias objetivas que permitan prefigurar estrategias frente al capitalismo global neoliberal, sino también y ante todo, una concepción de resistencia o desobediencia civil –incluso insumisióncomo defensa activa de la constitución, a ser tenida en cuenta por los tribunales constitucionales en sus procesos de adjudicación. En esta línea el escrito busca avanzar en la identificación de lo que hemos denominado “puntos de fuga de la democracia”, para referirnos a las construcciones teóricas que rebaten el escenario de la


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democracia liberal como potencial emancipador de los sujetos sociales y políticos, donde se destacan los trabajos de Agamben, Zizek y Virno, entre otros. Para su desarrollo el texto se estructura en cuatro momentos: “La Democracia consensual y discursiva”sugiere una aproximación crítica a los planteamientos teóricos de Rawls y Habermas sobre la democracia. El segundo momento “El Horizonte de la democracia deliberativa” expone las cuatro propuestas más destacadas sobre el horizonte de la democracia deliberativa. El tercero titulado “Puntos de fuga de la democracia” devela algunas aproximaciones teóricas que encuentran en el escenario democrático una legitimación del orden social existente y bajo esta crítica proponen un replanteamiento del problema de la democracia. El cuarto momento “Transiciones, democratizaciones y democracias en América Latina” presenta de manera general el retorno de la democracia al subcontinente y expone las tendencias de discusión que sobre el problema de la democracia y la democratización han surgido. El quinto momento“La despolitización de la democracia colombiana” problematiza la configuración elitista y plebiscitaria de la democracia colombiana. 1. La Democracia Consensual y Discursiva 1.1. Crítica Consensual a la Democracia Liberal Los planteamientos de Rawls en Teoría de la Justicia (1971), constituyen un audaz intento por fundamentar una nueva concepción de la moral, la política y el derecho, y de sus relaciones entre sí, con sustanciales connotaciones

para el desarrollo institucional de la democracia e inaugurando con ello un proyecto alternativo, similar al de Habermas, que hoy se inscribe en lo que ha dado por llamarse democracia deliberativa. La Teoría de la Justicia representa una crítica de carácter postliberal a la democracia liberal decimonónica y funcional, oponiendo al modelo de democracia de mayorías un modelo consensual donde la posibilidad de desobediencia civil deviene un puntal estructural de la legitimidad del sistema y el reconocimiento y subsunción de la disidencia el imperativo, moral y político, del ordenamiento. Para ello concibe un procedimiento de consensualización, la posición original, de la que se derivan, en condiciones simétricas de libertad e igualdad argumentativas, unos principios de justicia que orientan la construcción institucional de la estructura básica de la sociedad, a nivel político, económico y social (Rawls 1979). Con la publicación del libro Political Liberalism (1997), Rawls representa la asunción crítica de los argumentos comunitaristas, mediado por la lectura tanto de Hegel, y sus conceptos de reconciliación y eticidad, como de la tradición republicana, y su concepto de deliberación ciudadana, permitiéndole su ruptura definitiva con el liberalismo doctrinario y su concreción de un modelo de sistema político normativamente incluyente donde, sin embargo, el acento en la posibilidad de la desobediencia civil se ve reemplazado por la capacidad de consensualización política del sistema. 1.2. La Democracia Discursiva El programa de investigación de Jürgen Habermas, desarrollado a lo

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largo de su vida en tres grandes momentos teóricos, responde a dos propósitos centrales: primero, la refundamentación epistemológica del materialismo histórico con base en el análisis de las condiciones reales de emancipación que se evidencian en el capitalismo tardío y, segundo, articulado con ello, la reconstrucción normativa de la legitimidad en las sociedades complejas. A este proyecto responde tanto su teoría de la acción comunicativa, en donde se inscribe su reconstrucción racional del lenguaje y su ética discursiva, como, posteriormente, el giro hacia la reconsideración normativa del estado democrático de derecho desde la perspectiva de una democracia radical cuyo propósito se inscribe en moderar la tensión entre facticidad y validez que mimetiza la colonización sistémica del mundo de la vida que fractura y cosifica a las sociedades contemporáneas. En efecto, en Facticidad y Validez Habermas fundamenta este nuevo paradigma discursivo-procedimental del derecho, así como un modelo normativo de democracia radical, el cual complementa en muchos aspectos el paradigma consensual de John Rawls (Mejía 1996). El giro que representa su propuesta de un paradigma discursivo del derecho constituye el reconocimiento de que los procedimientos jurídicos, en tanto sus contenidos garanticen la multiplicidad de perspectivas del mundo de la vida, puede ser el elemento más eficaz para rehacer el lazo social desintegrado desde una posición dialogal que supere los límites del paradigma monológico de la modernidad (Hoyos 1995; Baynes 1995; Bohman 1994). Es en este contexto donde Habermas expone los tres grandes

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modelos normativos de democracia en conflicto en la actualidad, oponiendo al modelo de democracia liberal representativa y al modelo de democracia republicana directa un modelo de democracia radical fundado en lo que denomina un modelo sociológico de democracia deliberativa de doble vía (Habermas 1999: 231-246). 2. El Horizonte de la Democracia Deliberativa. Lo que el estado del arte ha acuñado como “democracia deliberativa”, se ha multifurcado en varias interpretaciones desde los diferentes paradigmas jurídico-políticos contemporáneos. En esto se origina que encontremos versiones de la misma en Rawls, el republicanismo y el neomarxismo angloamericanos y europeo, y el marxismo analítico y el utilitarismo, entre otros (Sandel 1996; Gutmann 1996; Elster 1998; Bohman 1996; Benhabib 1996).A esta tipología normativa subyace paralelamente una variante sociológica que podríamos descomponer en dos versiones dicotómicas y, en apariencia, mutuamente excluyentes, con pretensiones prácticas más que teóricas. De una parte, un modelo sistémico derivado inicialmente del planteamiento funcional, que abreva en las teorías de Parsons e Easton, que alcanza su máxima expresión en la teoría de sistemas luhmanniana y del que pueden rastrearse proyecciones –tanto descriptivas como propositivas- en los planteamientos de Dahl, Beck y Buchanan; cuyo desarrollo apenas dejamos sugerido (Luhmann 1994; Dahl 1991; Beck 1999; Buchanan 1975). Es por esto, que el propósito de este apartado, es adentrarnos en cuatro


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propuestas que se inscriben, sin duda, en ese polisémico espectro pero que rápidamente se van diferenciando de las propuestas conservadoras y liberales, bosquejando unas posibilidades de acción e interpretación políticas y constitucionales más complejas. 2.1.Teoría Crítica y democracia radical La primera opción es la representada por la tercera generación de la Escuela de Frankfurt que indudablemente profundiza la propuesta habermasiana de una democracia radical, bastante sistémica pese a la significativa crítica que hiciera del abandono de la cuestión democrática por parte de Marx reivindicándola desde el anarquismo (Habermas 1998: 589-618). En efecto, su propuesta, basada en un modelo sociológico de política deliberativa de doble vía termina estando más cerca de Luhmann, vía Teubner, que de Bakunin, obviamente por el excesivo cuidado habermasiano de no apostarle a propuestas normativas que no estén solidamente afianzadas en estudios empíricos y sociológicos, pero igualmente por un exagerado realismo político y la necesidad de proponer modelos plausibles y no meras utopías irrealizables (Offe 1995; Wellmer 1996; Dubiel 1997). Pero esa carencia de utopía sin duda es rescatada por la tercera generación de la Escuela de Frankfurt. Offe (1990), Wellmer (1996), Dubiel (1993; 1997; 2000) y Honneth (1997) retoman la bandera de la democracia radical para radicalizarla (valga la redundancia) y mostrar –hasta donde sus propias condiciones históricas y sociales lo permiten- hasta qué punto la cuestión democrática es propia del

pensamiento marxista en general, no solo el heterodoxo, y en qué términos la reflexión postsocialista puede asimilarla como propia, sin concesiones al pensamiento burgués liberal. Dubiel ubica en la estrategia política de la desobediencia civil, el camino para acceder a la consolidación de una verdadera sociedad democrática. La desobediencia civil, reivindica el carácter abierto e inacabado del proyecto democrático y ve en el ciudadano el sujeto político que debe impulsar el camino hacia la consolidación de verdaderos regímenes democráticos. La desobediencia civil es así un dispositivo simbólico que produce dos efectos fundamentales. De un lado, plantea demandas democráticas a los actores políticos (autoridades, parlamento, tribunales de justicia) y al público en general en situaciones caracterizadas por el predominio de proyectos elitistas y abusos del poder. De otro, crea un espacio público para la formación de opinión y voluntad ciudadanas de cara a un proceso de autolegislación democrática. Una sociedad en la que la desobediencia civil asume su lugar legítimo en la producción y defensa de un orden realmente democrático, se erige como una república democrática, en la cual el espacio público expresa los acuerdos políticos sobre cuestiones generales de la sociedad y en donde se desarrolla un nuevo equilibrio entre autonomía individual y responsabilidad solidaria, configurando nuevas formas de solidaridad – solidaridad postradicional – que permiten la refundación democrática del estado social, es decir, la democratización de la democracia liberal.

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2.2. Globalización y democracia real La segunda opción la representa la propuesta de Negri (2003), posteriormente desarrollada en Hardt, de una democracia real o absoluta, en la línea de Spinoza. De nuevo aquí es necesario diferenciar la propuesta inicial de Negri que constituye una radiografía del poder constituyente en la modernidad y el giro que representan Imperio y Multitud (Negri 2001; 2004), respectivamente, en la medida en que los últimos constituyen una reflexión sobre el capitalismo global y las posibilidades efectivas que la multitud, en tanto sujeto político emancipatorio, y la democracia real puedan tener en el contexto mundial. Frente al estudio socio-histórico que representa Poder Constituyente (Negri 1994) mostrando la maduración paulatina que la multitud adquiere como sujeto emancipatorio durante toda la modernidad, Imperio pretende –por primera vez desde el estudio clásico y sistemático de Lenin sobre el imperialismo, en la línea que posteriormente desarrolla Trostky y, con él, la IV Internacional sobre el capitalismo global- diagnosticar el carácter que la sociedad capitalista postmoderna adquiere en tanto sistema imperial y la plausibilidad emancipatoria que en ese contexto puede tener la multitud, sin mucho éxito dadas las críticas que tiene específicamente esta última como categoría que da razón de una nueva subjetividad revolucionaria. De ahí el interés de Multitud por resolver los vacíos de Imperio, desafortunadamente de nuevo, sin lograr definir con precisión, al menos teóricamente, los contornos y proyecciones de este como sujeto revolucionario (Borón 2002). Pero si el texto no

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logra satisfacer los cánones reconocidos de una teoría revolucionaria, de un nuevo Qué Hacer? para los tiempos del imperio global, lo que si muestra es qué es el sistema global y qué se ha hecho en términos de contestación frente al mismo, sin lograr inferir de ello un marco conceptual que determine los parámetros tanto por comprender teóricamente la situación actual como para proyectar las tendencias contestatarias con las que poder enfrentarla. 2.3. Republicanismo y democracia disputatoria. La tercera opción a explorar, determinante hoy en día en la comprensión de la teoría política y constitucional contemporánea e igualmente en la concreción de marcos normativos que permitan proyectar líneas de acción, es la del republicanismo (Gauchet 1989; Kiegel 1996; Renaut 1999; Mesure 1999). Definir los alcances del mismo, sus diferentes matices y su proyección en la teoría jurídica y política contemporánea es un objetivo colindante que debe ser esclarecido dado que son varias las tendencias que pueden distinguirse a su interior. En efecto, pueden observarse por lo menos dos ramificaciones en la tradición republicana: una, que se ha denominado “neorrepublicanismo”, se identificaría con su vertiente anglosajona, donde, sin embargo, pueden distinguirse tres versiones: la del humanismo cívico de Pocock (1975), la del republicanismo liberal de Skinner (1990) y la republicana radical de Pettit (1999; 2004).Y, en la otra ramificación, la francoparlante, lo que podría denominarse “postrepublicanismo” que igualmente admite varias versiones, la de Ferry y Renaut (1990), por un lado, y la de


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Mouffe (1999), por otro, completando así una geografía conceptual con directas consecuencias en los modelos de democracia y de adjudicación constitucional, así como del papel potencial de los tribunales constitucionales en las sociedades contemporáneas que es imprescindible esclarecer. El concepto de democracia disputatoria, en una de sus más completas formulaciones, tiene lugar en la obra de Philippe Pettit (1999) Republicanismo: Una teoría sobre la libertad y el gobierno. Para el autor, que se ubica en el debate de la libertad en sentido positivo (o de los antiguos) y negativo (o de los modernos), resulta fundamental distinguir un tercer tipo de libertad, a saber, la libertad como no dominación, la cual es entendida ya no en términos de autodominio o ausencia de interferencia, como lo hiciesen las anteriores nociones, sino en términos de ausencia de servidumbre. En resumen, una democracia disputatoria sigue las pautas deliberativas de toma de decisiones, de forma que incluye a las principales voces de la diversidad presentes y responde apropiadamente a las quejas contra ella formuladas. Con esto, es claro que tal tipo de democracia se distingue de las democracias pluralistas de los grupos de interés. Al exigir que quienes toman las decisiones públicas las tomen de manera transparente y fundándose en consideraciones neutrales, el republicanismo descarta aquellas corrientes para las que para el mejor modo de organizar las cosas públicas es disponer de un marco acorde con las razones de los grupos particulares. En estos casos, afirma Pettit (1999:266), “el hacer de las preferencias desnudas el motor de la vida

social, expone a todos los individuos que se hallan en situaciones de debilidad a las presencias desnudas de los mas fuertes”. 2.4. Dualismo y democracia de liberación Finalmente, la cuarta opción se ubica dentro lo que en la sociología francesa se conoce como teorías del dualismo, las cuales intentan mediar en la relación entre la estructura y el sujeto. Alain Touraine (2001) en su obra ¿Qué es la democracia? problematiza el concepto de la democracia en la modernidad, y sugiere un modelo normativo de la democracia. El concepto de democracia de liberación surge tanto en respuesta a la democracia liberal fundada en el principio del utilitarismo, como a la democracia republicana fundada en palabras de Touraine en la eliminación de las particularidades. En el mismo sentido, Touraine crítica la propuesta postliberal de Rawls, al considerar que en su búsqueda por una síntesis entre el problema de la unidad (libertad) y la pluralidad (igualdad), termina premiando y revindicando el individuo utilitarista. En efecto, Touraine considera que no puede existir un principio central entre estos dos escenarios, sino por el contrario, se debe abogar por la búsqueda de combinaciones y compromisos que permitan articular el problema de la racionalidad instrumental/unidad y la identidad cultural/diversidad. Del mismo modo, considera que la democracia discursiva habermasiana, no logra resolver el problema entre lo particular y lo universal, debido a que no acepta la idea del sujeto. Desde esta óptica Habermas resultaría premiando la acción política de la comunidad por

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encima de la acción política del sujeto –como productor de si mismo-3. Según el planteamiento de Touraine, la idea de la democracia de deliberación propuesta por la escuela de Frankfurt resultaría ubicando a la comunicación y la participación como fundamentos últimos del proceso democrático, en contravía de los fundamentos reales de la democracia, a saber: la libertad y la acción creadora del sujeto. La democracia de liberación no estaría definida como en Habermas por la participación ni por el consenso, sino por el reconocimiento de las diferencias y el respeto de las libertades individuales y la diversidad.Así, el objeto principal de la democracia sería el de permitir a los individuos, a los grupos y a las colectividades convertirse en sujetos libres, productores de su historia, capaces de unir en su acción el universalismo de la razón y la particularidad de una identidad colectiva (Touraine 2001). Este modelo de democracia al decir de Touraine le permitiría a la sociedad ser una y diversa a la vez, resolvería el problema entre universalismos y particularismos; en últimas sería la expresión más acabada de la política del sujeto. 3. Puntos de Fuga de la Democracia Las distintas aproximaciones teóricas expuestas en el apartado anterior han develado un panorama bastante amplio sobre la posibilidad de encontrar en la democracia un escenario de emancipación para los sujetos políticos y sociales. Sin embargo, existen algunas teorizaciones que rechazan el escenario de la democracia

como potencial emancipador del poder constituyente contemporáneo, ya que ven los regímenes democráticos, la expresión más acabada de la dominación burguesa. Aquí se destacan los trabajos de Giorgio Agamben, Slavoj Zizek y Paolo Virno. 3.1. Agamben: democracia y estado de excepción Giorgio Agamben (2003) desarrolla una crítica a las sociedades liberales contemporáneas, a partir de la figura del “Estado de excepción”. Según el planteamiento de éste autor, el estado de excepción se ha convertido en la forma permanente y paradigmática del gobierno durante el siglo XX, de tal suerte que se ha erigido como la forma de gobierno por excelencia de los estados democráticos. La excepción se ha vuelto la norma, y a nombre de ella se ha invocado la protección de los valores liberales. La teoría de la excepción propuesta por Agamben, se levanta de esta manera contra la democracia, al considerarla como la estrategia de la legitimación política de la dominación. La democracia no es otra cosa que la mascara de la más pura dominación totalitaria; la democracia encuentra en la excepción y en el totalitarismo el modo y la manera de garantizar su normalización y actualización; por tanto, la excepción se constituye en un mecanismo interno de los regimenes democráticos. De hecho, la democracia liberal como una forma del estado de excepción ha hecho de la vida humana la nuda vida –vida desnuda-, la existencia humana despojada de todo valor

3 Al decir de Touraine, Habermas buscaría desde lo particular llegar a lo universal, trataría en últimas volver a encontrar el universalismo partiendo de las culturas y personalidades particulares (ver Alain Touraine, 1994: 330-336).

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político. En efecto, el Estado democrático de derecho, a nombre del derecho niega el ordenamiento jurídico, suspende toda la legalidad, desprotege al ciudadano en nombre de su protección, legitimando de este modo la muerte como última garantía del mantenimiento del orden político. Se configuran de este modo unos regímenes democráticos en donde el soberano no es el pueblo sino el gobierno; unas democracias protegidas por la excepción que generan su ruina, puesto que el “uso sistemático del estado de excepción conduce a la liquidación de la democracia” (Agamben 2003:18-19). El quid del problema de la democracia liberal, está en que ella acepta la dominación, la nuda vida y el homo sacer para garantizar su supervivencia. En éste marco, la democracia no permite agenciar proyectos de emancipación social y política, y por el contrario solo conduce a la reproducción del orden social existente. Es por esto, que la apuesta es por la apertura de un espacio para la acción humana, para la acción política, la cual no es otra cosa que la acción que corta el nexo entre violencia y derecho. Es decir, un nuevo mundo que garantice el fin de la nuda vida y el reino de la vida humana. 3.2. Zizek: la utopía de la pospolítica Slavoj zizek (1992) problematiza el concepto de democracia como significante amo en la actualidad. Según éste autor, la democracia se ha presentado como el mejor régimen político para la sociedades liberales, generando el imaginario de una falsa apertura, que esconde de este modo, el problema de la dominación e imposibilita de paso la búsqueda de escenarios alternativos que propendan realmente por la emancipación

social y política. La democracia liberal, no es otra cosa que la formula política para la legitimación del orden social existente, un orden que genera genocidio y masacres. En efecto, la democracia se erige como el constituyente ontológico positivo del orden existente, un constituyente que castra, que impide, que despolitiza, que niega y destruye el antagonismo social y político. Es por eso que no se puede caer en la trampa democrática, no se puede ni siquiera aceptar la consolidación de una democracia deliberativa como muestra de emancipación social, ya que esta acepta y cae en la lógica legalista del poder dominante. El escenario de la democracia como campo de lucha y reivindicación del constituyente primario, no es más que una alternativa virtual. No es otra cosa que la aceptación de la dominación por la posibilidad de cambio, así como lo expresa Zizek (2004:165) “lo que la referencia a la democracia entraña es el rechazo de los intentos radicales de salir, de arriesgarse al corte radical, de seguir la tendencia de los colectivos autogestionados en áreas fuera de la ley”. Desde esta perspectiva, la búsqueda de la utopía exige una completa negación del espacio social existente, requiere de un rechazo total del enemigo, de escapar al horizonte de la política democrática, ya que solo en el escenario de un cambio verdadero y radical es posible encontrar los modos de practicar la utopía pospolítica 3.3.Virno: Del éxodo a la construcción de la esfera pública no estatal Virno (2003) nos propone un análisis de las sociedades contemporáneas y de sus posibilidades de emancipación en el escenario que ha denominado

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como postfordista. Para el autor, el nuevo estadio del capitalismo global resulta siendo bastante paradójico, puesto que su principal recurso productivo, a saber el “General Intellect” se constituye en el punto de fuga para la emancipación de los sujetos sociales y políticos. En efecto, Virno considera que el servilismo hacia el trabajo del que es objeto el pensamiento, es el eje fundamental para redefinir la práctica política, esto debido a que el “General Intellect” es el fundamento de una cooperación social más amplia que la específica del campo de trabajo. Así, de un pacto de obediencia hacia el Estado, mediado por la relación “General Intellect”/Trabajo transitaríamos a la constitución de una esfera pública autónoma, en donde el intelecto estaría al servicio de la acción política: una forma radicalmente nueva de democracia. La apuesta es entonces, para que la Acción política desarrolle el carácter público del Intelecto por fuera del trabajo, y esto solo es posible, a través de una política de la multitud postfordista que sea capaz de construir espacios políticos del intelecto común: Una República de la Multitud. La multitud, no es otra cosa que una forma de existencia política que persigue de una manera activa y creativa la construcción de unas nuevas formas de vivir la democracia, una democracia no representativa y extraparlamentaria, que niega el problema de la unidad política –Estado- y la voluntad general Pueblo-. Esta nueva multitud no es un torbellino de átomos a los que todavía les falta unidad, sino la forma de existencia política que se afirma a partir de una unidad radicalmente heterogénea con relación al Estado: el intelecto público. En éste escenario, el éxodo se constituye en el modelo de acción

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pleno, en la despedida fundadora de la República (Virno 2003:100-107). 4.Transiciones, Democratizaciones y Democracias en América Latina Las últimas décadas del siglo XX presagiaban el nacimiento de una nueva época para el subcontinente Latinoamericano; los fuertes desequilibrios económicos y los altos niveles de ingobernabilidad, por los que atravesaban los regímenes políticos del Centro y el Sur de América inducían a cambios en el modo y las maneras como hasta el momento se habían conducido los regímenes de la región. 4.1. Debates y perspectivas de la democracia en América Latina. Durante las décadas del ochenta y el noventa del siglo XX, el tema de la democracia se ubicó como eje central del análisis político de la región. Los primeros trabajos sobre la cuestión democrática, se centraron en los procesos de transición de los regimenes autoritarios hacia los democráticos. Así se estructuró todo un corpus teórico sobre el problema de la transición. Uno de los trabajos más destacados y que ha cobrado más relevancia en América Latina es el desarrollado por Schmitter y O´Donell (1991); estos autores identifican los factores centrales que causaron la crisis de los regímenes autoritarios en la región y, en este marco, analizan los diversos momentos que marcan el transito de la dictadura a la democracia, a saber: dictadura – dictablanda – democradura – democracia. De éste esquema se infieren dos grandes momentos dentro del proceso de construcción de regímenes


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democráticos, uno de descomposición del régimen (dictadura – dictablanda) y un segundo momento de consolidación (democradura-democracia). En el mismo sentido encontramos los estudios de Garretón (1987), quien explica el transito de los regimenes autoritarios a los democráticos -democratización política-, a partir de dos procesos centrales, por un lado, la crisis interna o de descomposición del régimen y, por otro, la reacción y movilización de la sociedad civil frente a los horrores de la dictadura. Estos estudios sobre la transición democrática en América Latina, carecieron de una aproximación crítica al problema de la democracia liberal formal, y en últimas terminaron legitimando una lectura procedimentalista de la misma. En consecuencia, más que propender por una democratización real y efectiva de los regimenes políticos de la región, terminaron avalando el proyecto político de una democracia neoconservadora de mercado. A partir de estos estudios, se inició un amplio debate en América Latina sobre el tipo de regímenes que habían resultado de la transición. A juicio de algunos autores como Lechner (1999), quizá, los profundos trastornos que habían generado las dictaduras en las sociedades latinoamericanas habían conducido a la consolidación de regimenes parcamente democráticos, al decir de éste autor, se había optado una “definición mínima de la democracia”4. En síntesis, se

habían configurado regimenes de democracias electorales, caracterizadas por un manejo tecnocrático del proceso político. De igual manera, O´Donnell (1997) caracteriza las democracias de la región como democracias delegativas5, este tipo de democracias generan una negación de lo público y de la efectiva legalidad del Estado democrático. Por su parte Giovanni Sartori (1990), categoriza las democracias de la región como unas democracias confusas, otros autores como Blanquer han caracterizado las democracias latinoamericanas como democracias autoritarias, democracias incompletas, democracias para los privilegios, democracias plebiscitarias y personalistas. Frente a estas realidades, en los últimos años los estudios se han centrado por una parte, en los obstáculos que plantea para el desarrollo de las democracias latinoamericanas la presencia del régimen económico neoliberal (Garretón 1999; Töpper 1994; Kaufman 1995; Borón 2003; Stolowicz 2005), y por la otra, en la importancia que tienen la sociedad civil, la ciudadanía, los movimientos sociales, la esfera pública, entre otros, en la consolidación de auténticos regímenes democráticos (Canclini 1995; Hopenhayn 2001; Strasser 2000; Panfichini 2002; Gaitán 1996; Sosnowski 1999). Estos planteamientos permiten pensar, crear y recrear en todas sus dimensiones la problemática democrática en América Latina.

4 Esta opción mínima daba cuenta de un régimen con autoridades elegidas mediante sufragio universal en una competencia regular y regulada, un derecho de asociación e información que aseguraba la libre participación ciudadana, el respeto a las minorías y la lealtad a la institucionalidad. 5 Se habla de democracias delegativas debido a su: 1) alta discrecionalidad presidencial; 2) gobierno por delegación más que por representación; 3) audiencia electoral pasiva frente acciones gubernamentales; 4) tendencias plebiscitarias; 5) fuertes componentes carismáticos del Presidente, 6) sentidos de urgencia, susceptibles de manipulación político-administrativos; y, 7) orientación cesarista del Ejecutivo.

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4.2. Retorno a la democracia latinoamericana. Paralelo a los procesos de estabilización y ajuste económico que se adelantaron durante las décadas del ochenta y el noventa, América Latina asistió hacia la consolidación de regímenes democráticos, dejando atrás las experiencias autoritarias que habían signado el devenir del subcontinente desde la década del sesenta. Los nacientes procesos de democratización encontraron en la fórmula de las reformas estructurales el canal más adecuado para la consolidación de unas sociedades pluralistas e incluyentes. De tal suerte que la apertura económica y la puesta en acción de las fuerzas del mercado garantizarían una apertura política y la consolidación de auténticos regimenes políticos democráticos6. De éste modo la puesta en acción de las tecnologías políticas del neoliberalismo, se erigían como las garantías últimas para el pleno desarrollo de las golpeadas sociedades latinoamericanas. Tenemos entonces la manifestación de como las poderosas fuerzas que predican el mercado libre son las mismas que empujan la democracia liberal trabajando en simbiosis interdependiente. Esta simbiosis se expresa en el modo y la manera como el Estado del capitalismo global encuentra en la consolidación de regímenes democráticos un poder unificador, legitimador, articulador, integrador de los individuos en la nueva estructura social. Es decir, con la consolidación

de regímenes democráticos se garantiza el establecimiento de una nueva formula de estabilización política, necesaria para el óptimo desarrollo de los mercados. En consecuencia, los regímenes políticos y económicos latinoamericanos se estructuraron bajo los mismos postulados: el de la democracia liberal y la economía de mercado. De esta manera el proyecto político del neoliberalismo configura en América Latina “democracias tecnocráticas de corte delegativo”, en las cuales la especialización y la racionalización se erigen como los valores supremos para la toma de decisiones; de tal suerte, que la nueva ciudadanía queda relegada del proceso participativo, para permitir que los cuerpos dirigentes “deliberen sabiamente”.Así el problema de la gobernabilidad, la eficiencia y la estabilidad política se superponen a las lógicas participativas, incluyentes de las auténticas democracias participativas. 5. La despolitización de la Democracia colombiana El final de la década del ochenta y los inicios de la década del noventa en Colombia estuvieron marcados por una profunda crisis en materia política, económica y social. La crisis política se expresaba y se agudizaba por la permanente ausencia de una izquierda legal democrática, por el fortalecimiento de una estructura clientelista del poder que no lograba representar los intereses del conglomerado social; aunado a la

6 En éste escenario, los procesos constitucionales jugaron un papel estratégico para el caso latinoamericano; ya que se encontró en la promulgación de una nueva Constitución el mejor mecanismo de legitimación de la nueva formula política de estabilización. Los procesos constituyentes movilizaron de este modo y mediante el uso narrativas de transformación social, la idea de la emergencia de un nuevo mito fundacional que cerraba el ciclo de fallas estructurales que había agobiado la región por más de tres décadas. En éste sentido, podemos afirmar que la matriz del proyecto político neoliberal estuvo presente en todos los textos constitucionales surgidos durante las décadas del ochenta y el noventa en América Latina.

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crisis de legitimidad del Congreso producto de su incapacidad para atender las demandas sociales. 5.1. Las narrativas de la democracia participativa En éste escenario, la democracia colombiana se erigía como una democracia excluyente, elitista y parcamente representativa, en la cual los ciudadanos eran vistos como sujetos pasivos del proceso político, limitando su papel a la práctica sincrónica de las elecciones libres. De hecho, la creciente pérdida de legitimidad de los partidos políticos tradicionales, el fortalecimiento e incremento de la acción insurgente, aunado a la autonomía del movimiento popular con respecto a las fuerzas políticas tradicionales, crearon un contexto favorable para que se empezara hablar de la apertura del régimen político (Múnera 1999). En consecuencia, se empezó a consolidar en el imaginario político nacional la idea de la democracia participativa, como la única salida viable a la crisis del régimen político colombiano. De tal suerte que la convocatoria a una asamblea nacional constituyente se convirtió en el espacio privilegiado para crear y consolidar un real espacio de articulación institucional. De éste modo, los diversos actores sociales y políticos convergían en la idea de la importancia de convocar a una ANC. La importancia de la constituyente radicaba de este modo, en el papel de tabla de salvación que tenía (Buitrago 1990). En efecto, la característica principal de la constituyente, era que se proyectaba como un verdadero tratado de paz, y de paz democrática, entre todos los colombianos. De esta manera, lograba erigirse como “la única iniciativa política nacional y

democrática que Colombia tenía frente a sí, en el momento presente y futuro” (Valencia 1990: 84 ). En éste contexto, la legitimación del nuevo pacto político, por parte del constituyente primario, permitiría la consolidación de una verdadera cultura democrática para Colombia. La consigna era un Estado democrático y pluralista, y una Sociedad civil participativa, democrática y pacífica. La convocación a la ANC se configuraba de este modo en un nuevo mito fundacional que cerraba un ciclo de fallas estructurales mediante el uso narrativas de transformación social. De esta manera, la Carta Política del 91 se erigió como la salvadora de la sociedad colombiana, como el acontecimiento perfecto para la construcción de un nuevo modelo de sociedad acorde con una nueva eticidad democrática. No obstante, después de un poco más de una década surge el interrogante de ¿porqué este nuevo pacto político y este discurso de la democracia participativa no lograron recomponer los fragmentados lazos de solidaridad de la sociedad colombiana?, y por el contrario asistimos a un déficit democrático, a un vaciamiento y despolitización de la democracia, a una profunda fragmentación de la conciencia pública-política, en últimas a una sociedad donde reina la desconfianza y la falta de solidaridad entre ciudadanos que deberían haberse constituido con la Carta del 91 en los grandes ciudadanos virtuosos. 5.2. Aproximaciones teóricas al problema de la democracia Múltiples y de diversos órdenes han sido los estudios que han abordado el problema de la democracia en Colombia. Durante la década de los

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ochenta, los estudios sobre la democracia cobraron especial auge impulsados en buena medida por los acontecimientos internacionales, pero de igual modo por las problemáticas particulares. Los primeros trabajos indagaban sobre las consecuencias autoritarias y antidemocráticas que había generado el Frente Nacional en el régimen político colombiano; al decir de muchos autores el pacto político del bipartidismo había configurado un régimen elitista, clientelista y excluyente (Vásquez 1989; Hoskin 1989; Murillo 1989; Chernik 1989; Dávila 1991; Ayala 1996). Frente a estas realidades, a finales de los ochenta surgieron numerosos estudios que invitaban a construir una auténtica democracia en Colombia7 (Fals 1990, Sánchez 1991). En éste contexto el escenario de la ANC cobró especial relevancia. Se inicia de este modo en la década de los noventa una serie de estudios sobre el problema de la Democracia y el nuevo régimen constitucional colombiano, muchos autores encontraban en la promulgación de la nueva constitución, el mejor escenario para la consolidación de una auténtica democracia en Colombia (Valencia 1990; Pizarro 1992; Cepeda 1993; Dugas 1993; Moncayo 2002). Sin embargo, a mediados de la década y ante la grave crisis política y social que agobiaba al régimen, surge una segunda ola de estudios sobre la democracia y la constitución, que cuestionaban la posibilidad de democratizar el régimen a partir de una ilusión constitucional. Estos estudios

aseguraban que la Carta del 91 no había logrado su objetivo principal que era el de la consolidación de una auténtica democracia participativa; incluso, muchos de ellos aseguraban que por el contrario se habían configurado democracias plebiscitarias, pactadas, elitistas, despolitizadas (Sarmiento 1997; Dávila 1997; Restrepo 1998; Gutiérrez 1998; Múnera 1999). Finalizando los noventa y entrado el nuevo siglo, los estudios sobre la democracia dieron un nuevo giro, y aunque algunos trabajos continuaban explorando la problemática relación entre democracia y constitución, muchos de ellos fueron mas allá y empezaron a indagar sobre el papel de los nuevos sujetos políticos y sociales en la consolidación de una auténtica democracia participativa para Colombia. Algunas investigaciones usaron como marco referencial las teorías de los nuevos movimientos sociales, así como los modelos normativos de democracia (Mejía 1998; Uribe 2001; Pizarro 2003; Moncayo 2004; Orjuela 2005). Conclusión Pese a las posturas críticas y contestatarias de las diversas teorizaciones que hemos abordado, el punto donde interesan a los Estados constitucionales democráticos contemporáneos, es en la posibilidad de inscribirse en lo que podríamos denominar, con José Antonio Estevez (1994: 139-150), la defensa activa de la constitución y los derechos fundamentales a través de la figura de la desobediencia civil e, incluso, -en lo que por supuesto sería

7 Ver entre otros, los trabajos elaborados por los investigadores del CINEP sobre democracia y conflicto, publicados en la revista cien días vistos por CINEP (No 1-12); de igual forma los trabajos de la Revista Foro (No 8-13) y Análisis Político.

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una posición controvertible en cuanto ello supondría la asimilación sistémica de las mismas- de insumisión ciudadana. En otras palabras, la relevancia que estas posiciones tienen para la realidad de los Estados constitucionales es que, pese a que se inscriben las cuatro, en especial la frankfurtiana y las negrihardtiana, en las versiones más radicales de la democracia radical, sus posturas permiten fundamentar la posibilidad de asimilación constitucional de la disidencia en sus diferentes formas, incluso la armada, como un intento legítimo de participación política sistemáticamente excluida que brega por penetrar ese espacio vacío del poder que no puede sino pertenecerle a todas las eticidades y sujetos políticos por igual y que encuentra en la Constitución y , sobretodo, en el tribunal constitucional, su principal aliado en ese propósito.Actualizando así, en forma efectiva y real, por no decir que política, lo que Gargarella (2005: 11-16) llama el constitucionalismo radical. Es en este complejo marco donde tiene que examinarse la posibilidad del poder constituyente actual y el carácter que la lucha por la democracia puede tener en la sociedad global. Es por esto, que pese al creciente desencanto democrático al que asistimos, es necesario trabajar en torno a la construcción de un nuevo paradigma democrático que defienda la posibilidad de combinar igualdad social, diversidad cultural y democracia participativa. La Utopía posible de una alternativa real exige la capacidad de construir una nueva Hegemonía8 y poner fin a la reproducción de poderes instrumenta-

les y excluyentes. En otras palabras, un sujeto colectivo capaz de movilizar una transformación radical que permita el cambio de la Hegemonía actualmente en crisis. Bibliografía Agamben, Giorgio. 2003. El estado de excepción. Homo Sacer II, I. Valencia: Pre-textos Ayala, César. 1996. Resistencia y oposición al establecimiento del Frente Nacional. Bogotá: Universidad Nacional de Colombia, Facultad de Ciencias Humanas, Ed Produmedios Baynes, Kenneth. 1995. "Democracy and the Rechsstaat" en Stephen White (Ed.) Habermas, Cambridge: Cambridge University Press. 201-232 Beck, Ulrich. 1999. La Invención de lo Político. México: F.C.E. Benhabib, Seyla (ed.) 1996. Democracy and Difference. Princeton: P.U.P. Bohman, James. 1994. Law and Society Review.Volume 28, N. 4 Bohman, James. 1996. Public Deliberation. Cambridge (USA): MIT Press Borón, Atilio. 2003. Estado, capitalismo y democracia en América Latina Buenos Aires: CLACSO Borón, Atilio. 2002. Imperio & Imperialismo, Buenos Aires: Clacso

8 Hegemonía entendida en términos Gramscianos como "La Dirección Política, Intelectual y Moral".

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C olombia Internacional 62, jul - dic 2005, 32 - 49

PODER (Trayectorias te贸ricas de un concepto) Leopoldo M煤nera Ruiz1

recibido 20/03/06, aprobado 07/04/06

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L eopoldo Múnera Ruiz

La caracterización del poder presupone enfrentar las dos dicotomías básicas que lo definen como uno de los conceptos fundamentales de la teoría y las ciencias políticas: las constituidas por la fuerza y el consenso, y por la capacidad y la praxis. Sin embargo, emprender la tarea de asumirlas e intentar superarlas, implica participar del ejercicio mismo del poder en el que simbólicamente se define la política. El debate sobre la determinación del concepto del poder, inevitablemente hace parte del juego político que configura el mismo poder, y, por consiguiente, tales debates se presentan en este texto como un entramado de fuerzas intelectuales y culturales en permanente tensión, conflicto y contradicción Palabras clave: teoría política, poder, fuerza, consenso, capacidad, praxis The characterization of power presupposes confronting two basic dichotomies that define it as of one the fundamental concepts of political theory and political science: force versus consent, and capacity versus praxis. However, understanding these dichotomies and eventually overcoming them requires participation in the very exercise of power in which politics is symbolically defined. Debate over defining the concept of power inevitably forms part of the political game configured by its exercise. In consequence, in this text such debates are presented as a complex array of intellectual and cultural forces that are in permanent tension, conflict and contradiction. Keywords: political theory, power, force, consent, capacity, praxis

Introducción

L

a sinonimia múltiple del término poder en el lenguaje cotidiano, guarda correspondencia con la indefinición y ambigüedad del concepto en la teoría política moderna y contemporánea. Dominación, violencia, potencia, poderío, autoridad, influencia o potestad se amalgaman confusamente en un mismo significado, que por su amplitud e imprecisión no parece apto para desarrollar las ciencias sociales o para determinar los límites de un campo de

conocimiento. No obstante, diferentes corrientes de pensamiento coinciden en que el poder es uno de los conceptos esenciales para definir la especificidad de la ciencia y la teoría políticas. Quizás porque el mismo proceso histórico de configuración del concepto ha denotado lo que se quiere significar con él. Desde el surgimiento de la modernidad política en occidente, las nociones de poder en Hobbes y de potencia en Spinoza, reflejaron interpretaciones antagónicas de la política, en una lucha incesante por determinar el sentido de la misma. Alrededor del

1 Profesor Asociado y Coordinador del Grupo de Teoría Política Contemporánea, Facultad de Derecho, Ciencias Políticas y Sociales, Universidad Nacional de Colombia

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P oder (Trayectorias teóricas de un concepto)

concepto de poder se fueron librando las múltiples batallas del saber orientadas a dominar dentro del campo teórico de la política. La adopción de un significado o de otro, implicaba la toma de posición dentro de una batalla ideológica, cargada de concepciones sobre la naturaleza de la sociedad y de su gobierno político. En ese juego de fuerzas intelectuales, que se mantiene hasta nuestros días, en ese despliegue permanente de capitales culturales, dos dicotomías analíticas han ido articulando el combate: las constituidas por la fuerza y el consenso, y por la capacidad y la praxis; a través de ellas intentaremos discurrir en este escrito, participando de la batalla. 1. De la fuerza al consenso En 1922, cuando Economía y Sociedad se editó por primera vez en alemán, Max Weber condenó al concepto de poder a vivir dentro de las ciencias sociales como una categoría sociológicamente amorfa y poco pertinente para comprender la sociedad. Unas líneas antes lo había definido como la “probabilidad de imponer la propia voluntad, dentro de una relación social, aun contra toda resistencia y cualquiera que sea el fundamento de esa probabilidad” (Weber 2002: 43). Aunque consideraba la relación social como una conducta plural recíprocamente referida, con respecto al sentido que encierra, que es orientada por tal reciprocidad, redujo conceptualmente el poder dentro de ella al resultado neto de una imposición unilateral, más allá de cualquier fundamento, y, por consiguiente, negó uno o varios de los términos de la relación, los referentes a quienes sufren la imposición de la voluntad. Desfiguró así la reciprocidad

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que constituye la relación social y la remitió al concepto de dominación, a “la probabilidad de encontrar obediencia a un mandato de determinado contenido entre personas dadas” (Weber 2002: 43), en el cual hay una correspondencia entre la voluntad (o el mandato) de uno o varios actores sociales y la obediencia de otro u otros. De allí en adelante su sociología de la dominación se centraría en la comprensión de los motivos de la obediencia voluntaria, inherentes a la dominación legítima. La condena de Weber implicó consecuencias inmediatas para el estudio del poder; pues lo ubicó en el campo semántico de la violencia, de la imposición pura y simple de la voluntad, y lo marginó del análisis de la legitimidad. No sólo resaltó como irrelevante el fundamento de la probabilidad que lo caracteriza, sino que excluyó de su comprensión la obediencia de quienes quedan sometidos a la voluntad del poderoso. Igualmente, transformó el poder en un acto unilateral de dominio, donde toda resistencia o intento de emancipación es anulado en su origen, y limitó la aproximación sociológica al mismo, contradictoriamente, al análisis de la dominación legítima. Finalmente dejó huérfana a las ciencias políticas de un concepto que constituye parte importante de su especificidad como campo diferenciado del conocimiento social. Aislado como fuerza pura y unilateral, imposible de ser sostenida políticamente en el tiempo, el concepto de poder quedó relegado a reflejar un estado pre-político que sólo podía adquirir su dimensión propiamente política dentro de la dominación legítima. Por consiguiente, el análisis de las diversas formas de consenso que se pueden dar en una sociedad determinada adquirió


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la relevancia que en forma concomitante perdió el de la fuerza como origen y motor de la dominación y el poder. Dos décadas después, en 1942, año de su muerte, Guglielmo Ferrero, en su testamento intelectual, configuró una noción diferente del poder. Convencido, como Burke, de que la fuerza y la violencia son temporales e insuficientes en lo atinente al poder2, reivindicó la legitimidad, la obediencia voluntaria, como un elemento connatural al mismo:“En suma los principios de legitimidad son justificaciones del Poder, es decir, del derecho a mandar. Entre todas las desigualdades humanas, ninguna tiene tanta necesidad de justificarse ante la razón como la desigualdad establecida por el Poder. Salvo raras excepciones, un hombre vale lo que otro hombre: ¿por qué entonces unos tienen derecho a mandar y otros el deber de obedecer? (…) El poder viene de arriba: estamos de acuerdo. Se trata de una necesidad del espíritu humano expresada por una constante histórica: el Poder viene de arriba, tanto en la democracia como en la monarquía. Pero en las monarquías, como en las democracias, la legitimidad viene de abajo. El poder no deviene legítimo y no se libera del miedo más que cuando consigue suscitar el consentimiento, activo o pasivo, pero sincero, de aquellos que le deben obediencia” (Ferrero 1998: 81 y 325). En la obra de Ferrero, el concepto de poder adquiere las características de una fuerza consentida y aceptada por los subordinados, pero no en el sentido que le daba Etienne de La Boétie, como una servidumbre

voluntaria derivada de la incapacidad para asumir la propia libertad (De La Boétie 1980), sino como un consenso generado alrededor de un horizonte de sentido históricamente compartido, que lleva a aceptar los mandatos como razonables y justos, tanto por los que mandan, como por la mayoría de los que obedecen (Ferrero 1998: 97). El contraste entre Weber y Ferrero, entre la pura imposición y la obediencia voluntaria como característica determinantes del poder, encierra una de las dicotomías contemporáneas en la definición de este concepto: la existente entre la fuerza y el consenso. A pesar de que al comienzo del capítulo dedicado a la sociología de la dominación,Weber, en forma ambigua e incluso contradictoria, describió la dominación como un “caso especial de poder” (Weber, 2002: 695), obviando que en la definición de este último concepto no había dejado ninguna libertad al subordinado y por consiguiente había cerrado analíticamente la posibilidad de la obediencia voluntaria, en el conjunto de su obra, el poder es comprendido como una acción unilateral del poderoso; mientras en Ferrero es entendido como una relación social, en la cual existe correspondencia entre el mandato y la obediencia. En el primer caso la balanza analítica se inclina hacia la acción individual y la fuerza, en el segundo hacia la relación social y el consenso. Tanto Ferrero como Weber compartían el interés y el propósito de comprender y explicar la legitimidad política en virtud del consentimiento

2 Al comentar la teoría de Ferrero, Eloy García resalta este punto de la siguiente manera:“La fuerza, por sí sola, resulta insuficiente para sostener al Poder: la fuerza es un instrumento coyuntural de la dominación no su principio estructural. Como afirmara con su habitual agudeza Edmund Burke: «el uso de la fuerza es sólo temporal. Se puede sojuzgar por un momento, pero ello no elimina la necesidad de sojuzgar de nuevo».” (García 1998: 30).

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otorgado por quienes obedecen. No obstante, la diferencia entre ellos no es puramente semántica. Escoger para tal efecto el poder o la dominación como categorías analíticas y como medio heurístico, implica restringir, en el caso de Weber, o ampliar, en el caso de Ferrero, la tensión permanente entre la fuerza y el consenso, las dos características básicas del símbolo más representativo de la política en la modernidad: el centauro maquiavélico. Weber remitía la fuerza hacia el terreno amorfo del poder, poco relevante, desde su punto de vista, para la sociología, y dejaba el consenso en el campo comprensivo de la dominación legítima; Ferrero subordinaba el estudio de la fuerza al del consenso, en el universo amplio del poder.Ambos privilegiaban el análisis de la legitimidad como el principal componente para comprender las relaciones políticas en la sociedad; sin embargo, Weber enfatizaba la inter-subjetividad como el elemento comprensivo fundamental, en contraposición con Ferrero, que resaltaba la estructuración de los referentes objetivos de sentido, como el eje del análisis político. Aproximadamente treinta años después del trabajo de Ferrero y medio siglo del de Weber, Hannah Arendt intentaría radicalizar la tarea de ambos y excluir la fuerza y la violencia del ámbito del poder. Acusó a la ciencia política de estar en una suerte de estado de postración analítica, por no lograr diferenciar los conceptos de fuerza, violencia, poder, poderío y autoridad, e incluirlos todos indiscriminadamente como medios que simplemente emplea el ser humano para

dominar a su prójimo (Arendt 1970: 40-41). Limitó el concepto de fuerza a “la energía desatada por los movimientos físicos y sociales”, el de poderío a la “propiedad inherente a una persona” y el de autoridad al “reconocimiento indiscutido por parte de aquéllos a quienes se les exige obediencia”. Sin embargo, su principal esfuerzo analítico consistió en deslindar los conceptos de violencia, entendida como los instrumentos diseñados y empleados “a fin de multiplicar la fuerza natural hasta llegar a sustituirla en la etapa final de su desarrollo” y de poder, “la capacidad humana de actuar y de actuar en concierto” (Arendt 1970: 41-43). Culminó así el desplazamiento teórico del poder desde la fuerza hasta el consenso, tomando la precaución de advertir que en el “mundo real” estos conceptos no corresponden a compartimientos estancos, pues “no hay nada más normal que la combinación del poder y la violencia, y nada menos frecuente que su manifestación en forma pura, es decir extrema. De allí que se pueda concluir que la autoridad, el poder y la violencia sean lo mismo” (Arendt 1970: 44). De esta manera, Hannah Arendt convirtió el poder en puro consenso, en una acción colectiva concertada que le otorga legitimidad al apoyo activo o a la obediencia voluntaria dentro de una comunidad o asociación3. Lo transformó en la expresión de una voluntad y un sentido comunes orientados a conseguir objetivos colectivos y a realizar intereses generales en una determinada sociedad. Realizó así el anhelo moderno de

3 Dentro de la teoría política contemporánea, la noción de consenso hace referencia simultáneamente a la construcción concertada de un sentido colectivo y a la obediencia voluntaria que se deriva de ella.

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concebir las relaciones políticas dentro de la sociedad como la confluencia pacífica alrededor de una causa común, de la cual ha sido desterrada para siempre la violencia, y en la que la comunicación se desliza de unos a otros en forma desinteresada. En consecuencia, logró realizar una escisión aséptica entre la violencia y el poder, y la fuerza y el consenso4, como jamás se lo hubieran imaginado Weber y Ferrero, debido al contenido histórico de sus obras. En efecto, la historia de la formación de los Estados modernos, como lo ilustrarían años después autores totalmente alejados de la prédica de la violencia, como Norbert Elías (1994: 333-446), Charles Tilly (1992: 109-148) y Michael Mann (1997: 525-578), impediría separar en forma tan tajante la fuerza (y la violencia) del consenso, dentro del campo semántico del poder, sin caer en simples alegorías ideológicas tendientes a justificar la democracia liberal. A pesar de ello, como ya lo había hecho con anterioridad Ferrero frente a Weber,Arendt rescató la pertinencia del concepto de poder como categoría analítica. 2. Del consenso a la fuerza En uno de sus comentarios sobre la naturaleza del derecho y del Estado,

Carlos Marx había esbozado una manera diferente de entender el poder que implicaba un retorno parcial a la teoría de Hobbes y a su noción de que el poder entendido como fuerza antecede al consenso y lo condiciona: “Si se ve en el poder el fundamento del Derecho como lo hacen Hobbes, etc, tendremos que el Derecho, la ley, etc., son solamente el signo, la manifestación de otras relaciones sociales sobre las que descansa el poder del Estado. La vida material de los individuos, que en modo alguno depende de su simple “voluntad”, su modo de producción y la forma de intercambio, que se condicionan mutuamente, constituyen la base real del Estado y se mantienen como tales en todas las fases en que siguen siendo necesarias la división del trabajo y la propiedad privada, con absoluta independencia de la voluntad de los individuos.Y estas relaciones reales, lejos de ser creadas por el poder del Estado, son, por el contrario, el poder creador de él.” (Marx 1975: 386). No obstante, como acertadamente lo percibió Hannah Arendt5, Marx no redujo la fuerza que constituye el poder a la violencia, sino que la situó en el ámbito de las relaciones de producción y la entendió como el dominio que una clase detenta sobre otra u otras, dentro de campos sociales definidos por el conflicto y la contradicción, mediante la orientación

4 Dentro de la misma línea de análisis de Hannah Arendt, pero resaltando las limitaciones del mismo, Habermas diferencia entre poder comunicativo (el cual correspondería al caracterizado por Arendt), poder administrativo (el ejercicio mismo del poder dentro del sistema o jerarquía de cargos establecidos por las leyes, que implicaría una lucha por las posiciones que facultan su uso) y el poder social (la fáctica capacidad de imponerse que tienen los intereses privilegiados). No obstante, no establece una clara relación entre poder social y poder político (poder comunicativo más poder administrativo) que le permita a la teoría política aclarar la tensión entre fuerza y consenso en la definición misma del poder (Habermas 1998: 214-218). 5 “Marx estaba consciente, por supuesto, del papel que había despeñado la violencia en la historia, pero ese papel le parecía secundario; no era la violencia sino las contradicciones inherentes en la vieja sociedad la causa de su derrocamiento. La emergencia de una nueva sociedad estaba precedida, pero no causada, por la violencia; Marx la comparaba con los dolores del parto que preceden, pero no causan, el nacimiento orgánico. En los mismo términos, consideraba al estado como un instrumento de violencia en las manos de la clase dirigente; en cambio, el poder real de esa clase no consistía de ni se apoyaba en la violencia: estaba definido por el papel que desempeñaba la clase dirigente en la sociedad, o más exactamente, en el proceso productivo.” (Arendt 1970: 16).

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del proceso productivo en función de sus intereses específicos y de la producción y reproducción del capital y del proceso de trabajo que éste conlleva. A partir de las intuiciones políticas de Marx, quién nunca tomó el poder como objeto diferenciado de estudio o reflexión, éste hubiera podido ser interpretado como la movilización permanente de los medios sociales de producción material y simbólica de la vida social, para realizar los intereses de las clases dominantes y del capital en general. Es decir, como el ejercicio colectivo de una fuerza social por parte de una clase, para definir el sentido de una formación social dentro de un modo de producción determinado por ese poder y por las luchas que lo constituyen. A la luz de una interpretación de este género, el consenso sería el resultado de la visión distorsionada de la realidad social por parte de las clases subordinadas, ocasionada por la alienación y la ideología, y conduciría a un tipo de obediencia más cercano a la servidumbre voluntaria que al libre consentimiento. No obstante, en la ciencia política marxista, o en la crítica marxista de la política, donde fue tratado el tema del poder, el retorno a Hobbes fue leído literalmente, tal y como lo hizo Poulantzas. La noción hobbesiana del poder como capacidad individual, como facultad abstracta, fue transformada en capacidad colectiva de

una clase y las relaciones de fuerza en relaciones entre facultades abstractas6. Por ende, el concepto de fuerza, praxis o acción social, fue desnaturalizado y reconducido hacia el terreno de un consenso parcial en la sociedad, el que se da dentro de la clase dominante, la cual actúa colectivamente en virtud de sus capacidades como grupo social estable. El reto analítico planteado por Marx, consistente en comprender y explicar el poder desde una perspectiva que tiene como eje fundamental la fuerza y no el consenso, fue retomado por Michel Foucault y Pierre Bourdieu, provenientes de corrientes gnoseológicas y políticas diferentes, que no se limitaban al marxismo. Aunque Foucault manifestó expresamente que el propósito de su trabajo no era el de analizar “los fenómenos del poder, ni el de elaborar los fundamentos de tal análisis”, sino la “historia de los diferentes modos por los cuales, en nuestra cultura, los seres humanos se convierten en sujetos” (Foucault 1991: 51), probablemente para justificar la falta de tratamiento sistemático del tema, su obra gira fundamentalmente alrededor de las diversas manifestaciones del poder en las sociedades modernas y contemporáneas. A partir del modelo de la “batalla perpetua”, de una intrincada red de relaciones siempre tensas y siempre en

6 La definición del poder realizada por Poulantzas dice textualmente:“Se debe entender por poder, aplicado a las clase sociales, la capacidad de una o varias clases para realizar sus intereses específicos. El poder referido a las clases sociales es un concepto que designa el campo de su lucha, el de las relaciones de fuerzas y de las relaciones de una clase con otra: los intereses de clase designan el horizonte de la acción de cada clase con relación a las otras. La capacidad de una clase para realizar sus intereses está en oposición con la capacidad (y los intereses) de otras clases: el campo de poder es pues estrictamente relacional. El poder de una clase (de la clase dominante, por ejemplo) no significa una sustancia que tenga en sus manos: el poder no es una magnitud conmesurable que las diversas partes se repartan o intercambien según la vieja concepción del poder suma cero. El poder de una clase remite, ante todo, a su lugar objetivo en las relaciones económicas, políticas e ideológicas, lugar que abarca las prácticas de las clases en lucha, es decir, las relaciones no igualitarias de dominación/subordinación de las clases ancladas en la división social del trabajo y que consisten a en relaciones de poder. El lugar de cada clase, y por tanto su poder, está delimitado, es decir, a la vez designado y limitado por el lugar de las otras clases. El poder no es, pues, una cualidad adherida a una clase «en sí», en el sentido de un conjunto de agentes, sino que depende y deriva de un sistema relacionista de lugares materiales ocupados por tales o cuales agentes.” (Poulantzas 1979: 177-178).

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actividad, considera al poder simultáneamente como el ejercicio de fuerzas dentro de las relaciones sociales y como una situación estratégica compleja (Foucault 1986: 33-34). Por una parte, el ejercicio de fuerzas implica la modificación de la praxis (conjunto de acciones) de uno o varios actores sociales por parte de la praxis de otro u otros, mediante su dirección y gobierno, en función del sentido resultante de la dominación en un determinado campo de relaciones sociales (Foucault 1991: 83-86). Por otra parte, la situación estratégica compleja hace referencia a un entramado social compuesto por una multiplicidad de relaciones de fuerza y a un juego incesante de técnicas, estrategias y disciplinas, que desde orígenes sociales diferentes se confrontan entre sí o se encuentran y apoyan parcialmente unas con otras, dentro de un dominio específico, y van estructurando redes sociales jerárquicas y asimétricas que pueden cristalizar en diferentes instituciones, en el Estado, en formas discursivas o en universos de sentido (Foucault 1987: 113). Foucault no define o caracteriza las fuerzas que en su ejercicio constituyen el poder, pero, en una respuesta implícita a Arendt, descarta que puedan ser limitadas al consenso o la violencia: “En sí mismo el ejercicio del poder no es violencia ni tampoco un consentimiento que, implícitamente, sea renovable. Es una estructura social de acciones posibles, incita, induce, seduce, vuelve más fácil o más difícil: en el límite constriñe o prohíbe absolutamente; sin embargo es siempre una manera de actuar sobre un sujeto o unos sujetos actuantes en virtud de su actuación o su capacidad de acción.

Un juego de acciones sobre otras acciones.” (Foucault 1991: 85). En tales términos, el poder no supone de antemano ni la obediencia voluntaria, ni la servidumbre obligatoria; pues sólo puede ser ejercido sobre sujetos libres que son a la vez constituidos y constituyentes de las relaciones sociales, ni totalmente determinantes, como en el consenso, ni totalmente determinados, como en la violencia (Foucault 1991: 87). Para Foucault, al igual que para Marx, pero no necesariamente para el marxismo, el poder no puede ser restringido ni al Estado, aunque pase por él, ni a la capacidad colectiva de una comunidad para actuar en concierto; ya que encierra en sí mismo una gran variedad de probabilidades políticas, dentro de la gama amplia que va de la dominación a las resistencias. A pesar de ser muy sugestiva analíticamente, la concepción dual de Foucault sobre el poder, como ejercicio de fuerzas y como situación estratégica compleja, deja muchos cabos sueltos. Aparte de la indefinición de las fuerzas que constituyen el poder, ya mencionada, la utilización de tal concepto para caracterizar simultáneamente una situación y un tipo de praxis lleva a callejones analíticos sin salida. Si el poder sirve para denominar una situación estratégica compleja en la que se encuentran simultáneamente la dominación y la resistencia, no es posible hablar de su ejercicio, pues no se ejerce una situación, ni tampoco pensar en su superación, pues la resistencia es constitutiva del poder; lo cual lleva a un irremediable fatalismo político, como bien lo anotó Poulantzas, quien, sin embargo, al estar prisionero de sus propios presupuestos teóricos, confundió el poder y la dominación en la obra de

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Foucault7. Si, por el contrario, el poder denomina el ejercicio de fuerzas dentro de las relaciones sociales por parte de múltiples actores, es necesario diferenciarlo con claridad de la simple dominación, que sería sólo una de sus posibles expresiones, labor que tampoco realiza Foucault, y que , por ende, le impide analizar las resistencias como manifestaciones de poder, con una estructura práctica que sin ser totalmente exterior a la dominación, no tiene su misma génesis, porque conlleva el ejercicio de fuerzas diferentes a las de quien domina. La ductilidad del análisis de Foucault sobre el poder atenta contra la claridad conceptual del mismo y además deja en la indefinición total las jerarquías entre las relaciones de poder que configuran a la sociedad, la cual había tratado de ser resuelta por Marx con la primacía de las relaciones de producción. Como si se tratara de una respuesta a algunos de los vacíos de la propuesta teórica de Foucault, el análisis de Pierre Bourdieu parte por definir las fuerzas que constituyen el poder como capital en acción; es decir, energía social en movimiento, trabajo acumulado en forma de materia o en forma interiorizada dentro de diferentes campos sociales y orientado prácticamente a aprovechar las ventajas a las que permite tener acceso. En su calidad de capital, el poder es simultáneamente una relación social, que sólo genera efectos en el campo donde es producida o reproducida, y su producto, y el resultado de luchas por la apropiación

de trabajo vivo o cosificado; por ende, contiene la dinámica social que esas mismas luchas le imprimen, es el resultado complejo de las relaciones de fuerza que las constituyen (Bourdieu 1979: 127; 2000: 131). Además, la concepción amplia de capital que desarrolla Bourdieu, le permite clasificar las energías que conforman el poder en económicas: bienes materiales o inmateriales convertibles en dinero; culturales: información y conocimiento; propiamente sociales: redes de conexión y grupos de pertenencia; o simbólicas: la legitimidad adquirida por las otras formas de capital. Por tal razón, la noción de fuerza adquiere una nueva entidad, acorde con la visión materialista de Marx, pero con una complejidad explícita que evita cualquier tipo de reduccionismo. De la misma manera que en Foucault, en la obra de Bourdieu el poder se extiende al universo de sentido en su calidad de poder simbólico: fuerza que establece un “orden gnoseológico: el sentido inmediato del mundo (y en particular del mundo social)” y que, en conformidad con Durkheim, supone un “conformismo lógico”, una concepción homogénea en el seno de la sociedad que permite su integración (Bourdieu 2000: 91-92). En virtud de la naturaleza relacional del capital, el poder se desdobla en dos dimensiones, prácticas y estructurales, como “fuerza inherente a las estructuras objetivas y subjetivas” y como “regularidad interna del mundo social” dentro de múltiples campos

7 Esta confusión constituye uno de los ejes de la crítica de Poulantzas: “Pero las luchas pueden subvertir el poder sin ser nunca, en efecto, realmente exteriores a él. Si en la concepción de Foucault no es posible tal subversión no se debe a que sostenga, después del marxismo y coincidiendo con él, que la naturaleza del poder es relacional y que las luchas-resistencias no están nunca en exterioridad absoluta con respecto al poder, sino a razones diferentes. Los poderes y las resistencias aparecen en Foucault como dos polos puramente equivalentes de la relación: las resistencias no tienen fundamento. Por ello el polo «poder» acaba por adquirir primacía.” (Poulantzas 1979: 181).

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sociales (Bourdieu 2000: 131). En consecuencia, el campo específico del poder se convierte en un campo intersección: “El campo del poder (que no hay que confundir con el campo político) no es un campo como los demás: es el espacio de las relaciones de fuerza entre los diferentes tipos de capital o, con mayor precisión, entre los agentes que están suficientemente provistos de uno de los diferentes tipos de capital para estar en disposición de dominar el campo correspondiente y cuyas luchas se intensifican todas las veces que se pone en tela de juicio el valor relativo de los diferentes tipos de capital (por ejemplo la «tasa de cambio» entre el capital cultural y el capital económico); es decir, en particular, cuando están amenazados los equilibrios establecidos en el seno del campo de las instancias específicamente encargadas de la reproducción del campo del poder (en el caso francés, el campo de las escuelas universitarias selectivas).” (Bourdieu 2002: 50-51). La aproximación teórica de Bourdieu al estudio del poder transforma la noción de fuerza en su principal elemento comprensivo y explicativo y llega hasta subsumir el consenso en sus características simbólicas, cuando los actores tienen como referencia principal el orden gnoseológico dominante y el conformismo lógico que él supone. La transición del consenso a la fuerza como eje analítico del poder queda así consumada, mediante la superación de la sinonimia entre violencia y fuerza, y el enriquecimiento conceptual de esta última noción8. Sin embargo, en ese

trayecto, el poder termina siendo asimilado a la dominación y al sometimiento de los subordinados. No sólo se desdibuja completamente la obediencia voluntaria o apoyo activo de Hannah Arendt y con ella la probabilidad de de la dominación o el poder legítimos propuestos por Weber y Ferrero, sino también la probabilidades de resistencia y emancipación de quienes a pesar de no salir victoriosos en sus respectivos campos y de no apropiarse del trabajo vivo o cosificado de los otros actores, logran movilizar la energía social contenida en su propio trabajo y en sus propios recursos, para incidir en el orden dominante, o transformarlo. En la obra de Marx ese poder provenía del carácter específico y diferenciado del proletariado dentro de las relaciones de producción, de la fuerza que se desprendía de su participación activa en el proceso productivo como energía creadora de riqueza social. La segunda dicotomía del poder entre capacidad y praxis probablemente ayude a comprender la tendencia conceptual a encerrar el poder en la dominación. 3. Capacidades individuales y colectivas En los albores de la modernidad política en occidente, Hobbes definió el poder que tiene el ser humano como las facultades del cuerpo o la inteligencia, poder original, o los medios e instrumentos para adquirir bienes futuros, poder instrumental (Hobbes, 1994: 90). En una época de desarrollo del capitalismo mercantil, tal caracterización puso el énfasis en la

8 Incluso la fuerza contenida en el capital económico, cultural y social se transforma en capital simbólico cuando logra su reconocimiento como poder legítimo, cuando adquiere las características del poder simbólico.

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propiedad por parte del individuo de su propio cuerpo y de los bienes materiales o simbólicos. Sin embargo, dicha propiedad no era entendida como una apropiación real, sino como la facultad abstracta de todos los seres humanos, destinada al dominio del mundo externo, en el que se incluía a los otros eres humanos. Por tal razón, la riqueza, la reputación, la amistad y hasta la buena suerte, eran consideradas como parte de esas facultades, de esas capacidades individuales de las que disponían a los seres humanos para la acción. La única connotación relacional y práctica en la concepción hobbesiana residía en la definición del valor de cambio del ser humano como el precio que sería dado por el uso de su poder (Hobbes 1994: 92). Esta capacidad individual, en su calidad de propiedad, podía ser susceptible de una cesión abandono, mediante la realización de un contrato social entre sus portadores, para transferirla y crear una capacidad colectiva absoluta, una facultad abstracta sobre todos los seres humanos y las cosas, que constituiría el fundamento ideológico del Leviatán y el Estado moderno (Hobbes, 1994: 172 y ss). El poder adquirió así la naturaleza de una virtualidad contingente, en cabeza de cada uno de los individuos o en cabeza del Estado y sus instituciones, que, sin embargo, en la práctica sólo podía ser realizada, sin restricciones, por el Leviatán y por quienes efectivamente tuvieran acceso a los bienes o pudieran desarrollar sus facultades físicas e intelectuales. Este tipo de concepción se vuelve durante toda la

modernidad y hasta nuestros días un lugar recurrente dentro de las teorías del poder. Como capacidad colectiva podemos encontrarla en autores ideológicos tan diversos como Carl Schmitt9, Hannah Arendt y Michael Mann, e, incluso, sin que perciba la inconsistencia con la propuesta de Marx, en Poulantzas, que la extrapola al estudio de las clases sociales, a pesar de insistir en forma contradictoria en la naturaleza relacional de su perspectiva analítica. No obstante es Parsons quien le da una nueva identidad, al redefinirla dentro del ámbito teórico del estructural-funcionalismo: “El poder, entonces, es una capacidad generalizada para asegurar la realización de compromisos obligatorios por parte de las unidades de un sistema de organización colectiva, cuando los compromisos están legitimados por referencia a su relación con los objetivos colectivos, y donde, en caso de actitudes recalcitrantes, hay una presunción de imposición mediante la aplicación de sanciones situacionales negativas, sea cual fuere la agencia actual que aplique dicha imposición” (Parsons 1967: 308)10. De esta manera, tal como lo ilustra en forma acertada Barnes, mediante la analogía con el dinero, Parsons configura el poder como un medio institucional que garantiza las transacciones políticas e incluso permite su acumulación en los «bancos de poder». Lo concibe como un medio material y simbólico que no puede ser reducido a una «suma cero» entre quienes obtienen su manejo, por no constituir una cantidad fija distribuida proporcionalmente

9 La teoria decisionista de Carl Schmitt se concreta en el poder del soberano, en la capacidad colectiva del mismo para mantener la unidad de un pueblo (Schmitt 2001: 23-42). 10 Adopto la traducción del texto de Parsons incluida en Barnes (1990: 34), por considerarla mas ajustada a la versión inglesa. La edición en español en: (Parsons 1966).

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en la sociedad, de tal forma que el aumento del poder en manos de un agente conlleve al detrimento en las manos de los otros agentes sociales (Barnes 1990: 34-40). Como ya había sucedido en la teoría de Hannah Arendt, el poder es definido en forma simple y parcial como un medio para la integración social, el cual supone la existencia de valores compartidos entre los asociados y de alguna forma de consenso que supedite la fuerza contenida en él a la obtención de sus objetivos sociales. Adicionalmente, como facultad abstracta inherente a la estructuras, no depende de los efectos que produzca dentro del sistema de relaciones sociales, sino de las funciones que permita implementar para mantener el equilibrio estructural de la sociedad. La identificación entre poder y capacidad, lo convierte en una especie de atributo metafísico y sistémico ajeno a las consecuencias materiales y sociales que origine. Ni siquiera los esfuerzos desesperados de Barnes para salvar el concepto de poder como capacidad y obviar sus características abstractas e inmateriales logran ponerlo a salvo. Cuando nos dice que el poder social “es la capacidad añadida para la acción que acumulan los individuos a través del hecho de constituir una distribución de conocimiento y, por lo tanto, una sociedad”, ya empieza a moverse hacia el terreno de la praxis social (Barnes 1990: 85). En otras palabras está sosteniendo, como ya lo había hecho con extraordinaria lucidez Spinoza en la época de Hobbes, que la praxis colectiva no puede ser reducida a la sumatoria de las praxis individuales, sino que debe ser comprendida como praxis estructurada y estructurante, a la manera de Bourdieu, que determinada

otros tipos de praxis, en su calidad dual de fuerza, individual o colectiva, y de regulación del ejercicio de las fuerzas en la sociedad: “Consideremos ahora una verdadera sociedad de individuos, que tienen y constituyen una distribución de conocimiento y, sobre esa base, actúan e interactúan de un modo coherente. El poder total disponible se ve así considerablemente aumentado; la capacidad total para la acción es bastante más amplia que la de tantos individuos aislados; ahora, son posibles cosas que antes no lo eran; otras cosas pueden hacerse con mayor rapidez y menos esfuerzo. Una distribución de conocimiento compartido confiere una capacidad para llevar a cabo rutinas y ejecutar proyectos de forma concertada, lo que representa una capacidad añadida para la acción, que es el poder social.” (Barnes 1990: 85). Sin abandonar la noción del poder como un medio de integración en la sociedad y dentro de una concepción sistémica de la misma, Niklas Luhmann da el salto definitivo de la capacidad hacia la praxis, como elemento caracterizador del poder; para tal efecto, diferencia dos ámbitos de estudio: “las condiciones genéticas y estructurales para la constitución del poder como potencial” y las “condiciones estructurales y situacionales para el ejercicio del poder.” (Luhmann, 1995: 37). El primero sería el relacionado con las capacidades, pero ahora vistas como un elemento constitutivo de la praxis (el potencial) y el segundo sería el relacionado directamente con el poder: su ejercicio y las condiciones que lo permiten. Unas páginas atrás había definido este concepto en términos concretos y prácticos, y no como facultades abstractas: “Tal vez la diferencia

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más importante con respecto de las teorías de poder más antiguas, es que la teoría de los medios de comunicación conceptualiza el fenómeno del poder sobre la base de una diferencia entre el código y el proceso de comunicación, y por lo tanto, no está en posición de atribuir poder a una de las personas como propiedad o facultad. El poder es comunicación guiada por un código. La atribución del poder al poderoso está regulada en este código por los resultados de amplio alcance que conciernen al refuerzo de motivaciones que cumplir, responsabilidad, institucionalización, dando una dirección específica a los deseos de cambio, etc.” (Luhmann, 1995: 22-23). Dentro del juego complejo de la doble contingencia parsoniana, donde hay un condicionamiento mutuo entre la praxis de los diversos agentes que intervienen en una relación social, Luhmann opta por conceptualizar el poder como la sugerencia sistémica de selecciones funcionalmente posibles dentro de una sociedad, guiada por una opción binaria generalizada, la cual crea una disyuntiva entre dichas selecciones y la alternativa de evitación compuesta por una sanción negativa.Transforma el poder en una praxis que orienta el sentido de la acción social hacia los objetivos sistémicos, por medio de la comunicación, vínculo social fundamental, y simultáneamente facilita la identificación de la disonancias dentro del sistema, en su carácter de resistencias, las cuales exigen el desarrollo de una función para reducir la complejidad del entorno caótico (asistémico), asimilar el conflicto y permitir la evolución de la sociedad. La comunicación, como relación social, implica praxis recíprocamente referidas, que en

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términos del poder van encarrilando las selecciones por las vías sistémicas; por consiguiente, con respecto a Parsons y Barnes, el poder conserva su característica de medio socialmente generalizado, de hecho es un medio de comunicación en la terminología de Luhmann, pero pierde su carácter facultativo, para adquirir una naturaleza fundamentalmente práctica. A pesar de hacer el tránsito del poder como capacidad al poder como praxis, Luhmann conserva la idea hobbesiana de concebirlo en sus manifestaciones colectivas como una función de integración social que adquiere la forma de una dominación con una legitimidad presupuesta, en el caso de Hobbes bajo la figura del contrato y en el de Luhmann bajo la del sistema social. 4. La praxis En la segunda mitad del Siglo XVII, la noción de potencia en Baruch Spinoza estaba en las antípodas de la noción de poder de Hobbes. Paradójicamente, con relación al significado contemporáneo de los términos, mientras para Hobbes el poder era una capacidad, una facultad abstracta, como hemos visto con anterioridad, para Spinoza la potencia era un concepto práctico; sintetizado con precisión al referirse a Dios y a la naturaleza contenida en él: “El vulgo entiende por potencia de Dios una voluntad libre y un derecho sobre todas las cosas que existen, y que son, por ello, comúnmente consideradas contingentes. Dicen, en efecto, que Dios tiene la potestad de destruirlo todo y reducirlo a la nada. Y comparan, además, muy frecuentemente la potencia de Dios con la de los reyes. Pero esto lo hemos refutado […] hemos mostrado que la


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potencia de Dios no es otra cosa que la esencia activa de Dios y, por tanto, nos es tan imposible concebir que Dios no actúa como que Dios no existe” (Spinoza 1987: 103-104). Tanto en el caso de Dios como en el de los seres humanos vistos como sujetos colectivos, la multitud, la potencia se diferencia del poder, de la misma forma que la fuerza activa productora de las cosas de la capacidad para producirlas (Negri 1993: 318). La potencia es la capacidad hecha realidad, la capacidad en acto y no la facultad abstracta de actuar. Además, constituye al mismo tiempo el fundamento del derecho natural y del derecho positivo, como divina y humana, y la condición necesaria para libertad (Spinoza 1987: 84 y ss.) Esta manera de comprender la potencia no sólo rompió la relación necesaria que Hobbes había intentado establecer entre poder y dominación, sino que desvirtuó la idea del poder-capacidad como una facultad abstracta sin concreción, ni materialidad. El poder, visto como potencia, sólo podía ser entendido como una fuerza actuante que producía resultados y que no podía ser limitada al gobernante, sino que por el contrario se extendía a todos los seres humanos como forma de realización individual y colectiva. Más allá de las consecuencias inmediatamente políticas del pensamiento de Spinoza, que lo convirtieron contemporáneamente en el referente teórico por excelencia de la democracia radical y del colectivismo, debido a relecturas como las de Deleuze y Negri, su concepción de la potencia colocó al poder en un nuevo horizonte analítico: como praxis que produce resultados en los otros y en nosotros mismos. Esa es la línea teórica de

Foucault, cuando siguiendo a Nietzsche, afirma que el poder no es algo que se pueda adquirir, arrancar, compartir, conservar o dejar escapar, sino una fuerza en ejercicio, inmanente a las relaciones sociales, que transforma la praxis y el sentido de la misma de los otros sujetos y al sujeto mismo (Foucault 1987: 114-115). También, como se puede inferir de lo ya visto, en este mismo horizonte analítico pueden ser ubicados Marx y Bourdieu, quienes igualmente comprenden el poder como fuerzas activas en la producción material y simbólica de la sociedad. Sin embargo, la visión práctica del poder tiene expresiones que pierden cualquier vínculo con Spinoza, como en el caso del empirismo, cuyo principal representante es Robert Dahl. Su definición del poder, que en su formulación clásica puede ser sintetizada de la siguiente manera: «A tiene poder sobre B en la medida en que puede conseguir que B haga algo que de otra manera no haría; siempre y cuando se trate de una tentativa coronada por el éxito» (Dahl 1957: 201205; 1961), reduce la praxis social a las simples conductas individuales y la despoja de sus componentes relacionales y de estructuración. Con la pretensión de hacerla observable y verificable, la convierte en simple acción e interacción, generada en la movilización de los recursos a disposición de actores que viven en un sistema limitado a ser el “contexto” o el “escenario” de sus prácticas sociales. Su concepción del poder es totalmente ajena a la doble dimensión de la praxis, como fuerza y regulación estructural de la misma, que sintetizó con precisión Bourdieu y que encerraba un desarrollo contemporáneo de la noción spinoziana de la

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potencia humana como particularidad y universalidad. Adicionalmente, como también sucedía en la teoría de Luhmann, ignora la dimensión del poder como praxis positiva o negativa, acción o inacción, que inhibe las acciones individuales de los otros en su origen, mediante la alteración del sentido de su praxis o de la producción de la misma, tal como lo ponen en evidencia los críticos de su teoría (Lukes 1985: 427; Múnera 1998: 97-119). No obstante, el pluralismo político de Dahl abre la posibilidad de pensar el ejercicio del poder como una praxis social que puede estructurarse en situaciones políticas asimétricas diferentes y ser ejercida desde la dominación, la resistencia, la emancipación o la negociación. La ruptura definitiva de la identidad simple entre dominación y poder permite entenderlo como un ejercicio de fuerzas sociales, de energías materiales o simbólicas, que transforma el sentido de la praxis de otros actores en campos decisionales, relacionales o de producción de sentido, mediante el empleo de estrategias de presión, represión (incluida la violencia) y legitimación a favor o en contra de la dominación o de la búsqueda del consenso. Asimismo, facilita su estudio en relación tanto con la obediencia voluntaria como con la subordinación impuesta, y la superación, por esta vía, de la dicotomía entre fuerza y consenso11. De Spinoza a Dahl, la visión práctica del poder reafirma su especificidad

como categoría analítica que le había negado Weber y su centralidad en la teoría política contemporánea. 5. Corolario La asunción de la dicotomía entre la fuerza y el consenso como una tensión constitutiva de la política y no como un par de alternativas excluyentes, permite comprender la naturaleza dinámica del poder en las sociedades modernas y contemporáneas. La fuerza pura sin el consenso, tiende a desgastarse en una guerra ininterrumpida, que en el devenir destructivo de la violencia hace imposible la existencia social. El consenso puro sin la fuerza se pierde en la utopía racional del hombre sin deseo; la unidad y homogeneidad de sentido que presupone llama necesariamente a una nueva batalla por la diferencia, en la cual la fuerza recobra su protagonismo. Por consiguiente, la política no puede prescindir del ir y venir entre la fuerza y el consenso, pues en él van tomando forma las diferentes manifestaciones del poder. Es precisamente en la definición social del tipo de consenso constitutivo del poder y de la fuerza que debe respaldarlo donde se juegan las diferentes concepciones de la política, o, desde otra perspectiva, en la definición del tipo de fuerzas alrededor de las cuales se deben conformar los consensos sociales. Siempre y cuando entendamos por consenso, la confluencia de fuerzas para alcanzar objetivos comunes, y por fuerza, la

11 Este punto fue precisado en un texto anterior: “La diferencia entre el poder y a dominación no reside en la existencia o no de la obediencia, sino en el carácter permanente de ésta para que la dominación pueda ser tal; el «estado de cosas» del que habla Weber en su definición. Si el poder de quienes resisten se vuelve habitual y contrarresta el poder de quienes domina, la obediencia permanente se desmorona y la dominación entra en crisis. Un proceso de emancipación con respecto a ella empezaría a andar. Si, por el contrario, esa resistencia sólo alcanza objetivos puntuales o ninguno de los actores conquista el dominio en una relación dada, estaríamos frente a un proceso de negociación, que en este último caso y dependiendo de sus resultados puede dar origen a otro proceso de dominación o de emancipación. La dominación, la resistencia o la emancipación son procesos, y en cuanto tales, mecanismos que funciona movidos por relaciones sociales cuyo motor es el poder. Son los mecanismos del poder.” (Múnera 1998: 114).

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movilización de las energías sociales contenidas en las regulaciones estructurales y en los recursos para la praxis de los actores sociales, dentro de ámbitos decisionales, relacionales y de producción de sentido, en los cuales se disputa la orientación de las relaciones sociales. La dicotomía entre capacidad y praxis social, en la configuración del poder, debe definirse, por el contrario, a favor de esta última dimensión. Es evidente que toda praxis presupone la existencia de una capacidad para su realización; es decir, que no puede darse la acción sin que exista la facultad para actuar. La praxis misma implica la materialización de una facultad para la acción. Sin embargo, la capacidad como facultad abstracta, individual o colectiva, independiente de la acción, no tiene ninguna relevancia social, ni práctica ni analítica.

Mucho menos si se hace referencia al poder, el cual conlleva la modificación real de una praxis o de su sentido. Concebirlo como mera virtualidad, como substancia predispuesta a la materialización, es como concebir la vida como el espíritu vital destinado a habitar el cuerpo biológico. Pero la praxis que constituye el poder no puede ser reducida a mera acción o interacción, pues conforma un conjunto de prácticas estructuradas y estructurantes, orientadas por un universo de sentido. Al ser estructuradas encierran facultades concretas en acto y al ser estructurantes, acciones que facultan y posibilitan otras acciones. El poder sólo puede ser entendido como capacidad materializada en la praxis, de tal forma que la segunda dicotomía se supere sin suprimir los términos que la conforman. Bogotá, abril de 2006.

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C olombia Internacional 62, jul - dic 2005, 50 - 63

INTERNATIONAL POLITICAL ECONOMY: the state of the art Ralf J. Leiteritz1

recibido 20/12/05, aprobado 31/01/06

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R alf J. Leiteritz

El autor ofrece una revisión del campo de la economía política internacional (EPI) a partir de sus lineamientos metateóricos. Las comunidades de EPI en Estados Unidos y Europa exhiben más diferencias que aspectos comunes en sus supuestos ontológicos, epistemológicos y metodológicos. Mientras que la perspectiva estadounidense se basa en una ontología materialista y el individualismo metodológico, y tiene como fundamento epistemológico al neopositivismo, la comunidad europea de EPI es más heterogénea en sus aproximaciones teóricas, epistemológicas y metodológicas. El artículo termina planteando tres posibles escenarios para el futuro de la sub-disciplina de la EPI. Palabras clave: Economía política internacional, filosofía de la ciencia, Estados Unidos, Europa The author provides an overview about the field of international political economy (IPE) along metatheoretical lines. The IPE communities in the United States and Western Europe exhibit more differences than commonalities in their ontological, epistemological and methodological assumptions. While the U.S. perspective is solidly based on a materialist ontology, methodological individualism, and neopositivism as its epistemological foundation, the European IPE community is considerably more heterogeneous in its theoretical, epistemological and methodological approaches. The article ends with a view towards the future introducing three possible scenarios for the IPE sub-discipline. Keywords: International political economy, philosophy of science, United States, Western Europe

T

he discipline of International Political Economy (IPE) is one of the most recent entries into the curricular canon of International Relations (IR).While the term ‘political economy’ has of course a formidable intellectual pedigree, IPE scholars came to associate themselves with this new label only during the 1970s, when a group of political scientists defined IPE as an autonomous field of research apart from economics. The volume by

Robert Keohane and Joseph Nye “Power and Interdependence” (1977 [2001]) emblematically signaled the arrival of the new sub-discipline within International Relations. Scholars increasingly realized the multiple interactions between politics and economics on the international level (as discussed by Keohane and Nye studying the political implications of the oil shocks during the 1970s) which required an integrated perspective between the two professions.

1 Profesor Asistente, Departamento de Ciencia Política, Universidad de los Andes, Bogotá,Colombia. I thank Andreas Dür, Axel Hülsemeyer, Markus Lederer, Andreas Nölke, Ken Shadlen, Manuela Spindler, Jens Steffek as well as the anonymous reviewers for valuable comments on an earlier draft of this article.

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I nternational Political Economy: the state of the art

This brief overview about the “state of the art” in International Political Economy will introduce the field along metatheoretical lines. Any substantial theory in the social sciences in general and international relations in particular is built upon a specific philosophy of social science or metatheory. Metatheory includes ontological claims - claims about existence of the form ‘what is the world made of ’. Epistemological considerations are claims about what would constitute a valid knowledge claim, and the grounds for such claims. Epistemology is closely related to methodological implications. Methodology is focused on the specific ways - the methods that we can use to try to understand our world better (Smith 1996: 18). Taken together, ontology, epistemology and methodology form a tripartite system of acquiring knowledge along the following lines: “if you believe in X (ontology) and wish to ground the claim X in Y (epistemology) then you should follow method Y (methodology)” (Wight 2002: 41, fn 4). Metatheoretical differences matter for social science research, since different ontological and/or epistemological positions lead to different theoretical approaches in terms of what and how to investigate (in) the social world. In other words, depending on what you believe the world (of IPE) mainly consists of, you have a preference for the objects of your investigation. Likewise, virtually all IPE scholars approach their research questions with the help of specific methodological understandings. While these metatheoretical decisions remain mostly implicit in theoretical and empirical research, the

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purpose of this paper is to make them explicit and visible. After discussing what IPE is all about, I will separate the research tradition in the United States from the one in Western Europe in order to highlight the different trajectory that the sub-discipline has taken in both regions. I conclude with a brief consideration of possible scenarios for the future. What is IPE? The U.S. scholar Robert Gilpin provided the - still widely used - standard definition of IPE along the cleavage between the state and the market: The parallel existence and mutual interaction of ‘state’ and ‘market’ in the modern world create ‘political economy’(…) In the absence of the state, the price mechanism and market forces would determine the outcome of economic activities; this would be the pure world of the economist. In the absence of the market, the state or its equivalent would allocate economic resources; this would be the pure world of the political scientist (Gilpin 1987: 8).

Both spheres - state and market - are supposed to operate separately, with different functional logics.While power politics dominates the political realm, market processes are driven by economic or efficiency imperatives. However, the increasingly complex links between developed countries described by Keohane and Nye and more recently the onslaught of globalization in all its different forms, including the rise of new actors such as multinational corporations and social movements across borders, have


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challenged the treatment of states and markets as separate and contesting units of analysis, reinforcing the political and scientific significance of their mutual interconnectedness (Strange 1988)2. We now live in the era of a truly global economy reaching virtually all parts of the world and making economic integration a fact of life. On the other hand, we are still confined by a fragmented political system of states, which are desperately trying to keep control of economic globalization. The resulting tensions and constant interactions between politics and economics make for the ‘bread and butter’ of analyses in IPE. Rather than thinking in terms of separate spheres, contemporary IPE can be defined as the analysis of the interaction between the political and the economic sphere involving state and non-state actors on the national and the international level. Politics and economics have transcended their traditional disciplinary anchors and their fusion has given rise to numerous theoretical research agendas and empirical analyses.The main topics in contemporary IPE are either specific issue-areas such as international trade, international finance, and (economic) development, or questions of political regulation under the term governance (of the international economy). Examples for specific research areas are the political and institutional determinants of foreign trade policy, the effects of foreign direct investment on domestic political processes and institutions, the amount of economic ‘development space’ granted by multilateral economic

institutions to developing countries, and the political effects of economic globalization on states. The conventional view separates the field in three major paradigms: realism/mercantilism, liberalism/pluralism, and Marxist structuralism (Gilpin 1987: 25-64).Yet recent theoretical and empirical developments have superseded these hermetical divisions between the three schools of thought. First, realism and liberalism have converged on many important points. While the debate between neorealism and neoliberalism characterized the theoretical discourse in IPE during the 1980s, it ended with a pragmatic fusion of sorts (Baldwin 1993). Sharing important ontological and epistemological assumptions, realist scholars increasingly embraced the rationalist, ‘scientific’ methodology derived from neoclassical economics, while liberals came to appreciate the relevance of power and structural anarchy for the analysis of international (economic) co-operation. The result has been the hegemony of a specific metatheoretical approach to IPE in the United States (see below). Second, while Marxist analyses experienced a significant decline after 1990 vis-à-vis the two other traditional schools of thought, it has undergone a remarkable theoretical diversification. While most textbooks focus on the capitalist world system theory of Immanuel Wallerstein as the main protagonist of this paradigm (Wallerstein 1979), recent contributions in the Marxist literature challenge its overdeterministic, structural analysis of history. More nuanced approaches have

2 To be fair, the more historically informed tradition of classical political economy, e.g., Adam Smith,Thorstein Veblen and Karl Polanyi, has long ago challenged the conventional distinction between ‘states’ and ‘markets’ (Watson 2005).

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emerged that try to ‘bring the capitalist state back in’ and to transcend the classbased exploitative politics of traditional Marxism. Especially neo-Gramscian scholars have contributed a new theoretical vocabulary and a new empirical focus to study the multiple, often hidden dimensions of exploitation, including the various discursive techniques seen as expressions of power relations (Gill 1993). A related aspect of the relative decline of Marxist structuralism has been the virtual disappearance of genuine ‘Latin American voices’ in mainstream IPE.The comparative advantage of Latin American scholars as the originators of the dependency theory dissipated with the end of Cold War and the triumph of neoliberal ideology in economic theory and practice in the developing world. Latin American IPE scholars - a rare specie in any case have largely shied away from subscribing to the emerging dominance of the liberal-institutionalist paradigm in the United States and have instead pursued a strategy of theoretical eclecticism in their writings (Tickner 2003: 344-5)3. Yet, the lack of diversification in both theoretical approach and research method has limited the visibility and influence of Latin American writers in the contemporary IPE discipline, at least beyond the region itself 4. Third, many contemporary IPE scholars do not define themselves as

followers of one of the three paradigms. The main reason is that each school presents a coherent but largely self-contained interpretive framework that focuses on one aspect of the international political economy but neglects many others. A significant amount of IPE students is unwilling to make the trade-off between paradigmatic consistency and engaging the infinite range of processes and actors in IPE. Studying the complexities and inherent contradictions of the international political economy requires leaving behind the “eitheror” mentality suggested by the paradigmatic division in the search for (better) explanatory theories5. The U.S. perspective One defining trend over the last fifteen years in the IPE field has been the growing distance between the United States and (Western) Europe in discursive terms. Liberal or rational institutionalism has established itself as the undisputed metatheoretical orthodoxy in the U.S.. IPE in the United States has so many commonalities with neo-classical economics, both from an epistemological and a methodological point of view, that the latter clearly serves as the ‘lead discipline’ in U.S. IPE. As a result, a wide range of substantial causal theories have been derived under this common framework for various aspects of the international political

3 However, this eclecticism draws only on a rather limited sample of available IR theories, namely structural dependency theory, Morgenthauian realism, and interdependence theory. Newer theoretical developments such as social constructivism or post-rationalist approaches have yet to be incorporated into contemporary IR/IPE research in Latin America (Tickner 2003: 344). 4 While theoretical homogeneity around dependency theory might have been a formula for success in earlier periods, changing political circumstances as well as internal contradictions have contributed to the relative decline of this research tradition (Velasco 2002). 5 While theoretical homogeneity around dependency theory might have been a formula for success in earlier periods, changing political circumstances as well as internal contradictions have contributed to the relative decline of this research tradition (Velasco 2002).

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economy. The convergence around major ontological, epistemological and methodological issues and problems in U.S. IPE takes the following form. The majority of U.S. IPE scholars accept the ontological premise that human interactions have a material foundation. Actors are essentially driven by material interests, not norms or ideas. As a consequence, depending on the position in the domestic political economy, different actors will pursue different goals, yet all of them with a material substance. The goal-oriented, utility-maximizing behavior of rational, self-interested individuals is the ontological baseline from where substantial theory-building is supposed to start. For example, while domestic economic groups strive for additional wealth, policy-makers are primarily interested in reelection. The concepts and methodologies of neoclassical economics and especially its inherent methodological individualism constitute the epistemological backbone of the IPE mainstream in the U.S..The strategic choice framework has been particularly influential in tackling research questions in IPE, where individual behavior is aggregated into group behavior (Lake and Powell 1999). A (neo-)positivist, empiricist research strategy aimed at uncovering causality and empirical regularities with the help of scientific inference reflects the methodological core of contemporary IPE in the United States (King et al. 1994).This often comes in form of using quantitative or statistical methods in order to allow for law-like

generalizations and parsimonious theoretical arguments6. Major publications outlets for the IPE mainstream in the U.S. are International Organization, International Studies Quarterly, World Politics, the American Political Science Review, and the American Journal of Political Science. The concept of ‘Open Economy Politics’ (Bates 1997) can be used to illustrate how these metatheoretical foundations have led to the development of an influential analytical framework in recent years. ‘Open Economy Politics’ (OEP) is aimed at the analysis of domestic economic policy-making with reference to the international context. The chain of deductive reasoning is captured in a three-stage process: Scholars in the OEP tradition begin with firms, sectors, or factors of production as the units of analysis, then derive their interests over economic policy from each unit’s position within the international economy. They also attempt to incorporate the impact of domestic political institutions, conceiving of institutions as mechanisms that condition the bargaining of competing societal interests; and (finally) they introduce interstate bargaining at the international level (Frieden and Lake 2005: 149).

The first step involves deriving material interests of aggregate societal interest groups (firms, sectors, classes) vis-à-vis specific economic policies. Due to their different locations in the

6 See Woodruff (2005) for a lucid criticism of the search for universal “laws” and in favor of uncovering context-specific “causal mechanisms” in light of the empirical record.

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domestic economy, these groups have different policy preferences resulting in political cleavages, e.g., import-competing vs. export firms and industries. In a second step, these societal interests are aggregated, potentially modified and finally transferred through formal political institutions on the way to ultimate policy choices. Examples for these institutions as the intervening variable between societal interests and policy outcomes are the size of electoral districts, the number of veto points in the political system, and the form of the specific electoral system. The final step in the framework looks at strategic international bargaining and the influence of international institutions over the domestic bargaining structure, e.g., as captured in the wellknown two-level game metaphor of Robert Putnam (Putnam 1988). The primary advantage of having a metatheoretical consensus in the national community of IPE scholars is the possibility of creating cumulative scientific progress within clearly defined boundaries of research. The rigorous empirical testing of theoretical propositions also allows U.S. scholars to contribute to contemporary (international) policy discussions and problems. An often-cited example for this double achievement is the political economy of trade policy.The overarching goal of the flourishing theoretical and empirical studies of trade policy during the last twenty years or so has been to uncover the forces behind the variation in trade protection between and within countries.The crucial theoretical take-off came with the import

7 See Adler (2002: 97-98) for these categories

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of conventional trade models from neoclassical economics into IPE in order to distinguish potential losers and winners from trade liberalization (Frieden and Rogowski 1996). Subsequent analyses then converged around the political impact of organized special interests in the formulation of trade policy, later enriched by institutional economics and mostly applied to the context of U.S. foreign trade policy. The primary drawback of having a common metatheoretical foundation in U.S. IPE is the effective exclusion of non-positivist or non-rationalist approaches from the mainstream discourse. A partial exception from this exclusionary practice concerns constructivism. While the so-called ‘modernist’ or ‘neo-classical’ wing of this relatively new theoretical tradition is given ample representation in mainstream publications, in particular in the premier IPE journal in the United States (International Organization), protagonists of ‘radical’ or ‘critical’ constructivism in IR7 have been effectively sidelined. Even though modernist constructivists in the U.S. such as Martha Finnemore, Peter Katzenstein, or John Ruggie diverge from the ontological consensus by emphasizing norms and ideas instead of material interests as crucial elements for the study of international (economic) relations, they nonetheless share the epistemological and methodological pillars of the rationalist-positivist mainstream (Finnemore and Sikkink 2001). The result is an acclaimed constructivist ‘middle ground’ between rationalism and inter-


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pretivism or post-structuralism (Adler 1997), albeit one that has much more commonalities with the former than with the latter. The conventional justification for the exclusionary politics of U.S. IPE is the charge that non-positivist theories are “unscientific” due to their mostly postmodernist stance. As Peter Katzenstein, Robert Keohane, and Stephen Krasner, in their review of the U.S. IPE discipline as reflected in the journal International Organization (IO), make clear: IO has been committed to an enterprise that postmodernism denies: the use of evidence to adjudicate between truth claims. In contrast to conventional and critical constructivism, postmodernism falls clearly outside the social science enterprise, and in international relations research it risks becoming selfreferential and disengaged from the world, protests to the contrary notwithstanding (Katzenstein et al. 1999: 38).

Yet, denying interpretive, hermeneutic, or post-structuralist approaches visibility and serious, unbiased discussion in mainstream journals as well as university curricula in the U.S. leaves the IPE discipline in a somewhat problematic, parochial state (Breuning et al. 2005; Peterson et al. 2005). Put simply, some relevant topics are not studied and some important questions do not get asked as a result. Where are significant, theoretical contributions by mainstream

U.S. scholars to the informal (international) economy or the ‘dark’ sides of globalization? What about everyday, recurring phenomena which imply that the world is not a rational order driven by a set of universal rules, iron laws, or systemic logic? For example, Foucault’s empirical studies of power and discipline have demonstrated that historical change comes about at least in part through collective agencies that cannot be defined as institutions or classes, but are contingent forms of alliances and identities emergent in discourse.What is ultimately at stake is the ‘opening up’ of IPE in the United States from its economistic and material base to broader questions of history, culture, identity, gender, and the role of language.The European IPE discipline has been significantly more attentive to these kinds of questions and problems. The European perspective Instead of an accepted hegemonic approach, the European IPE landscape is characterized by the heterogeneity of theoretical, epistemological and methodological approaches (Wæver 1999). Against this background of a ‘let a thousand flowers bloom’ situation, it is not surprising that European scholars have a preference for using the term “Global” rather than “International” Political Economy in order to highlight the multi- or transdisciplinary background as well as the variety of actors and concepts involved in contemporary and historical political economy8. In addition, sociology and history rather than neo-classical eco-

8 In contrast to the established IPE discipline in the United States, only a few national political science communities in Europe (United Kingdom, Germany, Netherlands, and Scandinavia) have actually developed a similar identity. In the majority of countries (e.g., France, Spain, and Italy) IPE topics continue to be studied within separate professions such as economics, political science, geography, sociology, business administration, etc.

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nomics serve as the primary inspiration for theoretical work in Europe. Major publication outlets for European IPE research are Review of International Political Economy, Millennium, Review of International Studies, Journal of International Relations and Development, New Political Economy, and the European Journal of International Relations. Besides an always visible, yet only more recently also influential liberal-rationalist school, contemporary European International Relations in general and IPE in particular have been especially shaped by the Foucauldian, post-structuralist theory and the resurgence of Marxism in form of the neoGramscian/transnational class alliance approach9. The common characteristics of these self-labeled ‘critical’10 approaches to IPE include a concern for different, not just state or private business actors such as labor or the family as well as broader questions such as the formation of global order and transnational hegemonies. Naturally, not all IPE work in Europe can be described as ‘critical’ in the above sense. Hence, I am hesitant to label the IPE mainstream in Europe in such a way. Yet, what distinguishes European from U.S. scholars is the primary use of historical and sociological methods of

investigation across all epistemological divisions11. Post-structuralists challenge rationalist, ostensibly ‘scientific’ discourses and the traditional mode of explanations of truth and their relationships to (colonial, racist, gender, etc.) hierarchies and exclusionary practices (DerDerian and Shapiro 1989). While post-structuralist empirical work in IPE has been relatively scarce, some scholars see a great potential in applying discursive analysis the method of choice in post-structuralism - to IPE.They point out that central material structures of capitalism such as money, credit, profit and capital do not exist independently of discursive practices enmeshed in social power relations, which bring these concepts into being in the first place as well as constitute their contested and contingent nature (De Goede 2003). Neo-Gramscian scholars, on the other hand, maintain the class-based level of analysis of traditional Marxism. The overall aim is to identify coherent historical structures (‘historical blocs’) consisting of different patterns of social relations of production, forms of state, and world order - that have existed within the capitalist mode of production (Cox 1987). Classes or in Robert Cox’s terminology ‘social forces’ are the

9 However, there are important differences between national IR/IPE communities in Europe. For example, German IR/IPE scholars tend to be much closer to the U.S. mainstream than, say, British scholars (cf. Wæver 1999; Friedrichs 2004). 10 The ‘father’ of neo-Gramscian theory in IPE, Robert Cox, emphasizes that theory is always developed in concrete historical contexts and that “theory is always for someone and for some purpose” (Cox 1981: 128). Cox contrasts ‘problemsolving theory’, which contributes to the maintenance of existing social and power relationships, including their inherent inequalities, within the features identified as constant, with ‘critical theory’.The latter, by contrast, “does not take institutions and social and power relations for granted but calls them into question by concerning itself with their origins and whether they might be in the process of changing’ (Cox 1981: 129). For Cox, critical IPE must focus on the historically constituted structures of the international political economy. In particular, critical IPE analyzes how existing world orders emerged and how dominant norms, institutions and practices were established. Historical dialectics provides the tool for critical IPE to understand change and transformation.The ultimate political goal of such an analysis is to serve as a starting-point for the identification of those forces that are able to develop an emancipatory project for a new and more just world order. 11 My thanks to Markus Lederer for this point.

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main collective actors engendered by the social relations of production.They operate within and across all spheres of political, economic and social activity. Through the rise of contending social forces, linked to changes in production, mutually reinforcing transformations in forms of state and world order may occur. Innovative theoretical work in the neo-Gramscian tradition has focused on the emergence of new global disciplinary forms of neoliberal politics.According to Stephen Gill, the notion of ‘new constitutionalism’ involves the narrowing of the social basis of popular participation within the world order of disciplinary neoliberalism. ‘New constitutionalism’ results in an attempt to discipline states along a neo-liberal restructuring policy by disseminating the notion of market civilization based on an ideology of capitalist progress and exclusionary or hierarchical patterns of social relations (Gill 1995). Empirical studies in the neo-Gramscian tradition in IPE have, amongst others, analyzed transnational class formations in Europe (Bieler and Morton 2001; van Apeldoorn 2002), the institutionalization of mass production in the United States and its expansion as the basis for American hegemony throughout the world after the Second World War (Rupert 1995) and the global politics of intellectual property rights (Sell 2003) as well as novel phenomena of the contemporary ‘globalization age’ such as tax havens (Palan 2003) and private bond rating agencies (Sinclair 2005). What unites these ‘critical’ scholars from both the post-structuralist and the neo-Gramscian camps is a visceral suspicion about universal vali-

dity claims of rationalist approaches based on methodological individualism. Instead they pursue holistic interpretations of social relations where “there are totalising processes driven by a predominant logic which we call capitalism, and that such totalising processes manifest themselves in all aspects of social life” (Palan 2000: 16).They also have in common a rejection of the positivist assumption that the aim of social science is to identify causal relationships in an objective world. These perspectives neither accept that it is possible to se-parate the subject from the object, nor to distinguish between normative enquiry on the one hand and empirical scientific research on the other. Instead they search for alternative theories and explanations in the wider range of approaches in the social sciences, e.g., structuralism, post-structuralism, feminism, cultural studies, historical sociology, etc. highlighting the specific aspects and actors of IPE that have been deliberately neglected or downplayed by the dominant rationalist-positivist perspective. Methodologically, ‘critical’ IPE scholars show an inclination for discursive and historical analyses revolving around the notion of power in all its possible forms and expressions and with a focus on different levels of analysis, e.g., transnational class relations, a different conceptual vocabulary (e.g., capitalism, neoliberalism, labor, hegemony, exploitation) and a different epistemological interest (challenging and potentially changing the status quo). One problem with ‘critical’ IPE approaches is their inclination for debates about concepts and metatheory rather than substantial, cumulative theory-building.While mainstream IPE scholars perhaps engage in too little

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reflection about the metatheoretical foundations of their research, ‘critical’ scholars sometimes give the impression of an obsession with those questions. In addition, there is rather little dialogue across ontological or epistemological boundaries. Together with the much smaller size of the European IPE community compared with the one in the U.S., the metatheoretical fragmentation has contributed to the lower visibility and impact of the European IPE discipline12. Outlook Given the divergence between developments within the U.S. and the European IPE field, how will the future of the discipline look like over the next five to ten years? For me, three possible scenarios are conceivable. The first scenario is the perpetuation of the discursive split between the two continents.We will witness an increased homogenization of epistemological, methodological and theoretical approaches in the United States around the rationalist-positivist mainstream, while the ‘let a thousand flowers bloom’ situation continues in Europe in the absence of a dominant approach. This scenario does not, however, exclude transatlantic dialogues on particular, contentious issues, based on a shared epistemological or theoretical framework.A good example is the contemporary debate on globalization and state. Both U.S. and European scholars have made important theoretical and empirical contributions to the debate from a rationalist-positivist

standpoint13. On the other hand, neoGramscian analyses have already bridged the transatlantic divide. In fact, its ‘founder’, Robert Cox, is a Canadian scholar. Important theoretical and empirical contributions in this research tradition have been equally provided by European-based as well as American – U.S. and even more so Canadian - scholars. The second scenario implies that the rationalist-positivist hegemony reaches Europe and, in turn, establishes a truly global IPE discipline defined by common standards of empirical research and a limited amount of accepted theoretical approaches. The ‘International Political Economy Society’ (IPES), whose inaugural meeting will be held in November 2006, could serve as the appropriate vehicle for this endeavor14. The third scenario suggests an extension of the ‘perestroika’ movement in U.S. political science (Monroe 2005) beyond the focus on methodological pluralism and diversity to push for a more complete representation of the epistemological universe in the social sciences in both IPE journals and relevant undergraduate and graduate courses in the United States. As of now, Marxian political economy, neo-Gramscian theory, historical sociology, the evolutionary institutionalism of Karl Polyani as well as the whole range of non-rationalist or poststructuralist approaches are given short shrift in U.S. IPE. This scenario thus envisions an equal footing of these approaches in teaching and writing

12 My thanks to Andreas Nölke for this point. 13 See Keohane/Milner 1996 and Garrett 1998 for U.S. and Hall/Soskice 2001 for European contributions, respectively 14 For details on the IPES, see the homepage at http://polisci.ucsd.edu/ipes.

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with the extant rationalist-positivist mainstream. In essence, it would be an emulation of the European situation, yet with the important difference that rationalism or positivism never constituted the mainstream on the ‘old continent’. Which, if any, of these three scenarios will actually materialize is up in the air. The spaces to watch are twofold: first, the overall development of the global economic discourse. Will there be any significant movements away from the normative pillars of economic liberalism in economic theory and economic practice, especially in the developed core countries? Second, as a result of external and inner-disciplinary processes, will there be a redistribution of epistemological and theoretical approaches in the leading journals on both sides of the Atlantic? Stay tuned! Bibliografía Adler, Emanuel. 1997. “Seizing the Middle Ground: Constructivism in World Politics”. European Journal of International Relations 3(3): 319-363 Adler, Emanuel. 2002.‘Constructivism and International Relations’, in: Walter Carlsnaes, Thomas Risse, and Beth A. Simmons, eds., Handbook of International Relations. SAGE: London, pp. 95-118 Baldwin, David A. (ed.) 1993. Neorealism and Neoliberalism: The Contemporary Debate. New York: Columbia University Press Bates, Robert H. 1997. OpenEconomy Politics:The Political Economy of the World Coffee Trade. Princeton, NJ: Princeton University Press

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LOS ESTUDIOS SOBRE CONFLICTO ARMADO Y PAZ: un campo en evoluci贸n permanente Carlo Nasi1 y Angelika Rettberg2

recibido 28/02/06, aprobado 27/03/06

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Dado su fuerte impacto en las sociedades, los conflictos armados internos han ocupado la atención de los académicos del mundo. Especialmente tras el fin del la guerra fría, ha aumentado el número de explicaciones que los atribuyen no sólo a la confrontación bipolar entre las dos potencias mundiales, sino a otras dinámicas políticas, económicas y sociales internas y externas a los países. En Colombia, especialmente, la existencia de un conflicto armado que ya ha superado medio siglo de duración ha nutrido una prolífica producción académica. Este artículo identifica algunas de las principales líneas de investigación que se han desarrollado en materia de conflicto armado y estudios de paz en las últimas décadas. Sugiere que con el paso de los años, la literatura se ha vuelto cada vez más compleja, diversa y sofisticada y ha mostrado una notable capacidad de adaptación y transformación a los nuevos retos conceptuales y empíricos. Palabras clave: Conflictos armados internos, estudios de paz, Colombia The pervasive effect of armed conflicts on affected societies has kept scholars busy around the world. Since the end of the Cold War in particular, the number of explanatory efforts attributing armed conflict not only to the bipolar confrontation among the world’s super powers but to complex internal and external political, economic, and social dynamics of conflict-ridden countries has increased. In Colombia, decades of armed conflict have nurtured a prolific academic production. This article identifies some of the main lines of research on the topic of armed conflicts and peace studies. It suggests that with the passage of time, the literature has gained in complexity, diversity, and sophistication, displaying a notorious capacity to adapt and transform in the face of new conceptual and empirical challenges. Keywords: Internal armed conflicts, peace studies, Colombia

Introducción os conflictos armados internos han ocupado una buena parte de la atención de los académicos del mundo. Abordados primordialmente como manifestaciones de la confrontación entre las dos potencias mundiales durante la Guerra Fría, el fin de ésta permitió visibilizar la existencia de múltiples enfrentamientos armados domésticos con lógicas y dinámicas propias que plantearon retos impor-

L

tantes a la comprensión académica. En Colombia, especialmente, la existencia de un conflicto armado que ya ha superado medio siglo de duración ha nutrido una prolífica producción académica. El presente artículo identificará algunas de las principales líneas de investigación que se han desarrollado en materia de conflicto armado y estudios de paz en las últimas décadas. Sin pretender brindar un panorama exhaustivo sobre estas áreas, dado que la

1 Ph.D. Profesor asociado, Departamento de Ciencia Política, Universidad de los Andes 2 Ph.D. Profesora asociada, Departamento de Ciencia Política, Universidad de los Andes

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-de por sí extensa- bibliografía crece año a año, lo que haremos a continuación, es identificar brevemente algunas de las principales ideas, debates y tendencias de la investigación sobre conflicto armado y paz, incluyendo referencias a diferentes publicaciones. Naturalmente habrá omisiones. Además, se privilegiarán los estudios más directamente relevantes al caso colombiano. Sin embargo, esperamos que el texto sirva como guía de este complejo y creciente campo. Estudios sobre conflicto armado Quizás los estudios más generales en materia de conflictos armados tienen que ver con el desarrollo de tipologías y tendencias a lo largo del tiempo. En este campo, el trabajo pionero de Small y Singer (1979) que operacionalizó el concepto de guerra y elaboró una base de datos sobre las distintas guerras internacionales, ha tenido varios sucesores. Wallensteen y Axell (1994), Wallensteen y Sollenberg (1997; 1999), Eriksson y Wallensteen (2004), han realizado un trabajo continuo por más de una década, dirigido a contabilizar y clasificar los conflictos armados alrededor del mundo. Su tipología divide a los conflictos en términos de conflictos armados menores, conflictos intermedios y guerras, desarrollando los criterios numéricos introducidos por Small y Singer. Este ha sido un valioso esfuerzo por llevar un registro y mostrar tendencias agregadas a partir de los datos recogidos, y que revela –entre otras– un claro predominio de las guerras internas (o civiles) sobre las internacionales. Por otra parte, los trabajos de Ted Gurr (2000; 2003) y Charles Tilly (2004) constituyen esfuerzos más analíticos en el intento por crear nuevas tipologías de las instancias de violencia

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colectiva. Tilly, por ejemplo, ofrece una tipología que incluye, además de las guerras, los rituales violentos, eventos de destrucción coordinada, oportunismo, y reyertas. La evolución de las formas de la guerra también ha sido estudiada por autores como Holsti (1996) –con su noción de guerras institucionalizadas, totales y del tercer tipo–, y más recientemente Kaldor (2001) –con su propuesta sobre las “nuevas” guerras– y Münkler (2002). En Colombia no se han realizado esfuerzos por crear tipologías de los conflictos armados. Sin embargo, el debate se ha centrado en cómo clasificar el conflicto armado interno en relación con las tipologías existentes. Una expresión de esto ha sido el reciente debate sobre si en Colombia hay (o no) una guerra civil. Promovido desde el gobierno y el Congreso y en línea con el endurecimiento de la noción de seguridad tras el 11 de septiembre del 2001, el debate abordó la pregunta de si el país padece una amenaza terrorista (que exigiría una respuesta principalmente represiva), y no un conflicto armado o guerra civil (en el que las partes tienen agendas políticas que eventualmente pueden otorgarles legitimidad para constituirse como interlocutores, no simples enemigos). La academia participó de esta discusión, en parte a raíz de la sugerencia de Pecaut (2001) (secundada por Eric Lair) de que lo que hay en Colombia es una guerra contra la sociedad o los civiles. Esta noción, igual que la posición del gobierno, ha sido controvertida por autores como Nasi y Ramírez (Nasi, Ramírez y Lair 2003), quienes proporcionan distintas razones sobre por qué Colombia puede (y debe) ser considerada como una instancia de guerra civil.


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El debate anterior se nutrió de la literatura sobre la economía política de los conflictos armados. Impulsada por los estudios pioneros de Collier (2000), Collier y Hoeffler (2001), David Keen (2000; 2001), Berdal y Malone (2000), esta literatura parte de estadísticas elaboradas con bases de datos de cientos de conflictos armados internos a nivel mundial. Uno de los puntos centrales sugeridos es que existe una relación cercana entre disponibilidad de recursos saqueables e incidencia de rebeliones. Contrario a un supuesto de larga vigencia, de acuerdo con el cual habría conflicto donde hay pobreza o distancias étnicas insuperables, esta literatura sugiere que la rebelión necesita recursos para operar (de Soysa 2000). Por eso, además de considerar factores como la desigualdad, la ausencia estatal y la disponibilidad de mano de obra joven y masculina, los seguidores de esta corriente examinan también la presencia de recursos como promotora de los conflictos armados, sea como insumo operativo para rebeliones existentes, o como objeto de disputa entre bandos enfrentados. Documentada crecientemente con casos empíricos en distintos países (en el caso de recursos como los diamantes, el petróleo, la madera y el coltan), esta literatura ha precisado sus argumentos desde su primera salida en público. Así, hoy se sabe más acerca de los mecanismos por medio de los cuales los recursos financian guerras (Ross 2004), los procesos históricos en los cuales se inscribe la relación entre recurso y guerra (Le Billon 2001) y la diferencia cualitativa entre aquello que origina los conflictos y aquello que los sostiene (Collier, Hoeffler y Soderbom 2001).

En Colombia, los nexos entre el narcotráfico y los grupos armados ilegales han generado versiones reduccionistas y trivializadas del argumento que consideran la insurrección como simple instancia de criminalidad a gran escala. Políticamente atractiva, dicha noción ha sido calificada sin embargo con estudios sobre el complejo sistema de guerra (Richani 2002), sobre las motivaciones de los rebeldes derivadas de estudios con desmovilizados y desertores (Gutiérrez 2003; Kalyvas y Arjona 2005), y sobre los procesos y justificaciones internas de los grupos armados (Camacho 2002), así como con estudios de caso sobre zonas específicas (Guáqueta 2003) y con avances en la identificación de las particularidades regionales de la relación entre recursos y conflicto (Nasi y Rettberg 2005). En general, puede decirse que hoy se ha avanzado en el reconocimiento de la necesidad de auto-financiarse que tienen los grupos rebeldes y de la naturaleza potencialmente generadora de conflictos sociales de los recursos, sin que ello implique la ausencia de motivaciones políticas en las insurrecciones. Al respecto, se destaca la reciente publicación del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales (IEPRI) de la Universidad Nacional (Varios autores, 2006), en la cual se afirma la naturaleza específica del conflicto colombiano, que contiene elementos criminales sin perder sus significados políticos. Otra herencia de un enfoque económico sobre el conflicto armado han sido los avances en nuestra comprensión del costo económico del conflicto armado y de la construcción de paz. En ese sentido, estudios como los de Bejarano y Echandía (1997), PNUD (2003), Badel y Trujillo (1998),

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Granada y Rojas (1995), Rubio (1997), Pinto et. Al. (2004a; 2004b) cuantifican los costos directos e indirectos del conflicto armado colombiano, ayudan a re-pensar acerca de la conveniencia de poner fin a la confrontación armada y sugieren ideas respecto a los costos de hacer la paz (Corredor 2001; Departamento Nacional de Planeación 1998; Nieto 2001, Llorente et Al. 2005). También ha ocurrido un re-descubrimiento de una de las literaturas más influyentes en el análisis de los conflictos armados internos: los estudios sobre revoluciones. En esto, el trabajo seminal de Theda Skocpol (1979) que comparaba la revolución francesa con la soviética y la china, no solamente marcó un hito, sino que generó una verdadera escuela de análisis. Su aproximación fue desarrollada, entre otros, por Timothy Wickham Crowley (1992), quien se enfocó en los grupos revolucionarios latinoamericanos, e incorporó álgebra booleana para llevar a cabo comparaciones. Jeff Goodwin (2001) –discípulo de Skocpol–, llevó a cabo uno de los estudios recientes más ambiciosos en este terreno, al comparar los grupos revolucionarios del sudeste asiático, América Latina, y las instancias cuasi-revolucionarias en Europa del este a raíz de la caída de la cortina de hierro. Cynthia McClintock (1998) realizó otro análisis comparativo importante, que aunque se enfoca apenas en los casos salvadoreño y peruano, ofrece hipótesis interesantes sobre las condiciones bajo las cuales los movimientos revolucionarios llegan a fortalecerse al punto de amenazar a los regímenes políticos establecidos. Intentos recientes también han procurado dar cuenta de las múltiples formas en las que los conceptos de revolución y

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conflicto armado se sobreponen y se redefinen en el Tercer Mundo (Africa, Latinoamérica y partes de Asia) en un contexto cambiado de seguridad (Raju 2003). En Colombia se han realizado pocos estudios comparativos en esta materia. Ello puede explicarse por un relativo desconocimiento y/o desconfianza frente al método comparativo, que se refleja en declaraciones que exageran el carácter sui generis (y supuestamente no-comparable) del conflicto armado colombiano y que muestran una reducida familiarización con casos más allá de nuestras fronteras. En cualquier caso, se pueden citar unos pocos ejemplos de trabajos comparativos, como el de Pizarro (1996), Nasi (2002), y Rangel (2001), como intentos por relacionar el conflicto colombiano con el de otros países. Fuera de los estudios comparativos citados, algunos analistas han intentado explicar la naturaleza y estrategias de la guerra en general, o de algunas de sus manifestaciones, como la guerra de guerrillas. Aquí se pueden citar desde los textos clásicos de Sun Tsu, Clausewitz, Mao, y el Che Guevara, hasta aproximaciones más recientes sobre la estrategia guerrillera, como son los trabajos de Laqueur (1976) y Joes (1992). La academia no ha estado exenta de las modas. De ahí que en años recientes hayan proliferado las publicaciones sobre terrorismo, en particular después de los atentados del 11 de septiembre de 2000. Este tema tiene una dificultad particular: el término “terrorismo” es extremadamente ambiguo y ha sido particularmente difícil generar un mínimo consenso académico sobre lo que es (y no es) terrorismo. Dicha


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ambigüedad ha facilitado en extremo politizar el uso de la palabra terrorismo, y eso se refleja en estudios donde pareciera que el propósito central es aplicar ese calificativo a un enemigo. Con todo, hay unos cuantos trabajos analíticos sobre el tema, como puede ser el de Laqueur (2003), y –especialmente– el de Juergensmeyer (2001). A raíz de las circunstancias locales, lo que ha proliferado en Colombia son los estudios genéricos sobre el conflicto armado y la violencia. Se distinguen varias tendencias al respecto. De un lado hay estudios históricos, que se refieren en particular al enfrentamiento bipartidista y las guerrillas liberales, e incluso se remontan a conflictos armados anteriores (véase entre otros: Comisión de Estudios sobre la Violencia 1995; Gilhodes 1985; Oquist 1978; Palacios 1995; Pardo 2004; Sánchez 1985; Sánchez y Meertens 1983). También hay estudios más dirigidos a caracterizar la violencia actual (Pécaut 1997; Rangel 1998; Rubio 1998). El tema de la seguridad nacional ha sido trabajado extensamente por Leal (1994 y 2002). A tono con los desarrollos recientes que buscan trascender una visión netamente estado-céntrica de la seguridad, este autor ha criticado la permanencia de legados de la doctrina de seguridad nacional en Colombia. En una vertiente complementaria, Mason (2004) ha sugerido la necesidad de ampliar nuestra visión de seguridad para incluir alternativas de autoridad soberana al Estado central en países como Colombia. De igual manera, Mason y Tickner (2002), en línea con los preceptos de la Comisión sobre Seguridad Humana de la Organización de Naciones Unidas (2003) han enfati-

zado la seguridad humana, entendida como un “complemento a la seguridad estatal, la promoción del desarrollo humano y la protección de los derechos humanos” (secundada en el caso colombiano por el proyecto Callejón con Salida del Programa de Naciones Unidas, PNUD). En cualquier caso, los proponentes de la seguridad humana (y aquellos gobiernos que han intentado trascender los parámetros clásicos de la seguridad nacional) se han encontrado con la dificultad de que la nueva concepción de seguridad abarca demasiados ámbitos al mismo tiempo e involucra a todas las agencias del Estado, dificultando su eficaz implementación. Otros autores han analizado la evolución de actores armados específicos. De ahí que distintos analistas se hayan enfocado en las fuerzas militares (Dávila 1998;Vargas 2002), las FARC (Alape 1998, Ortiz 2005; Pizarro 1991; Ferro y Uribe 2002), el ELN (Corporación Observatorio para la Paz 2001; Medina Gallego 1996), y los grupos paramilitares (Duncan 2005; International Crisis Group 2003a; Rangel ed. 2005; Reyes 1990; Romero 2003). Una orientación que ha cobrado cada vez más fuerza se refiere a la realización de estudios regionales de la violencia, y la geografía del conflicto armado (Comisión de Superación de la Violencia 1992; Bejarano y Echandía 1997; Echandía 1999; González, Bolívar y Vásquez 2003, Reyes 1987). En ocasiones los estudios regionales se han dirigido a revelar coincidencias geográficas entre la presencia de los actores armados y los cultivos ilícitos, para efectos de comprobar la tesis sobre la estrecha dependencia que los grupos armados ilegales tienen frente al narcotráfico

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(Díaz y Sánchez 2004). En esta misma línea se sitúan los trabajos del Observatorio de Derechos Humanos de la Vicepresidencia y algunos de la Fundación Seguridad y Democracia. Otros estudios han intentado atribuir particularidades de las manifestaciones regionalmente específicas del conflicto armado a trayectorias y experiencias históricas, como por ejemplo aquella conocida como el periodo de La Violencia (Roldán 2003). Una vertiente adicional se refiere a las dimensiones internacionales del conflicto armado y la paz (Ramirez 2004; Londoño y Carvajal 2004). La dimensión internacional ha cobrado importancia por el mayor perfil adquirido por la comunidad internacional, tanto en los esfuerzos de intermediación durante las negociaciones de paz de la administración Pastrana, como por la creciente intervención norteamericana en el conflicto armado colombiano mediante el Plan Colombia y sus varios componentes (Kurtenbach 2005; Tickner 2003; Mason y Tickner 2003). Finalmente, es notable el crecimiento de estudios que describen la forma en la que el conflicto armado ha afectado a actores no armados de la sociedad civil. Así, estudios sobre la crisis humanitaria (International Crisis Group 2003b), en general, y específicamente sobre mujeres (Rojas 2002) y niños (Human Rights Watch 2003) en la guerra, desplazamiento (CODHES 2003), minas anti-personales (Lahuerta y Altamar 2002), grupos minoritarios como las negritudes, los indígenas (ACNUR 2005; ONIC 2006) y familias de secuestrados (País Libre 2006) han revelado detalles menos conocidos sobre las dinámicas

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e impactos de la guerra más allá del calor del combate. No en vano, muchos de estos estudios han sido activamente impulsados por organizaciones promotoras y defensoras de los derechos humanos. Estudios sobre paz y resolución de conflictos En materia de estudios de paz y resolución de conflictos se observan distintas vertientes. De un lado se encuentras textos generales sobre técnicas de resolución de conflictos. Estas aproximaciones parten del supuesto de que conflictos muy diversos en cuanto a magnitud, causas y ubicación plantean, sin embargo, retos similares en cuanto a su resolución (Fisher, Ury y Patton 1981; Ury 2000). Independientemente de si se trata de conflictos inter-personales, grupales, étnicos, nacionales, o internacionales, el repertorio de acciones no varía sustancialmente, pues en todos juegan un papel importante las variables psicológicas referidas a necesidades como no ceder, no sentirse derrotado y no revelar los verdaderos intereses tras las posiciones adoptadas. Estas variables, que están presentes tanto en una disputa matrimonial como en una guerra internacional, sugieren a negociadores, mediadores y facilitadores una serie de pasos esenciales y reiterativos para avanzar hacia el entendimiento entre las partes. Este enfoque ha sido particularmente atractivo en el ámbito del ejercicio del Derecho, pero ha sido empleado también en negociaciones comerciales multilaterales, en aproximaciones pedagógicas y en crisis políticas internacionales. Algunos trabajos como el de Kriesberg (1998) compilan los principales hallazgos en materia de resolución de conflictos durante las últimas décadas


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por parte de las distintas disciplinas del conocimiento. Lederach (1995 y 1998), por su parte, propone distintos modelos de resolución de conflictos que toman en cuenta la variable cultural.Algunos de estos estudios tienen un fuerte componente normativo-prescriptivo, más que científico. Es decir, el énfasis está en sugerir acciones a tomar, más que en un análisis riguroso del éxito o fracaso de ciertas acciones (aunque se presentan excepciones: ver Pruitt y Carnevale 1993). Un aporte reciente en esta línea de investigación es el texto de Crocker, Hampson y Aall (2004), que incluye prescripciones para abordar casos de conflictos armados internos particularmente difíciles de resolver. Otra línea de investigación que ha tenido múltiples desarrollos, especialmente a nivel internacional, se refiere al análisis del rol de Naciones Unidas en la resolución de conflictos armados (especialmente) internos. Existen numerosos estudios sobre el papel desempeñado por esta institución en distintos conflictos armados particulares (Bertram 1995; Mingst y Karns 2000; Roberts 1996; Paris 2004). Parte del debate se ha centrado en la eficacia y verdadero impacto de Naciones Unidas en la transformación de los conflictos, y en su potencial para mantener y construir paz (Downs y Stedman 2002; Paris 2004). Esto ha sido acompañado por discusiones sobre la necesidad de alterar la doctrina y mandatos de esta organización internacional. Por supuesto, siendo Naciones Unidas una mega organización, se han producido estudios sobre algunas de sus agencias especializadas, como es el caso de ACNUR en el tema humanitario (Loesher 2001; Weiss y Collins 1996). De manera similar, algunos analistas han examinado algunos

repertorios específicos de Naciones Unidas, como la aplicación de sanciones a países que atentan contra la seguridad y paz mundial (Cortright y Lopez 2000). También se ha despertado un interés por organizaciones internacionales regionales que han empezado a desempeñar un papel más protagónico en la resolución de conflictos armados, como es el caso de la OEA (Sereseres 1996). Un tema relacionado con el anterior se refiere a los estudios sobre los procesos de transición de conflicto armado a posconflicto, lo que incluye la implementación de los acuerdos de paz y su impacto (Rettberg 2003). Se distinguen varias aristas a este respecto. Algunos estudios enfatizan los hallazgos estadísticos referentes a las transiciones de la guerra a la paz sugiriendo, por ejemplo, que la mayoría de los conflictos se reanudan en los cinco años siguientes a la firma de un acuerdo de paz (Gurr y Marshall 2003), que la mayoría de guerras civiles terminan con la victoria militar de una de las partes Hartzell (1999) y que los acuerdos resultantes de una victoria militar tienen mayor probabilidad de resistir (Licklider 1995 y 1998). Otros estudios miran la dimensión sociológica del desmonte de las estructuras de incentivos y prácticas que se generan en los conflictos armados (King 1997; Zartman 1995). Otros más examinan el rol de la cooperación internacional en la terminación de los conflictos (Ball y Halevy 1996) y las varias dimensiones de la implementación de acuerdos de paz (Stedman, Rothchild y Cousens 2002). No faltan analistas que han estudiado las dificultades de los procesos de desarme y desmovilización de combatientes (Berdal 1996; Spear 2002). También hay un creciente número de trabajos sobre el

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tema de la justicia transicional, que se refiere a la forma en que las sociedades enfrentan el legado de los crímenes de guerra (Kritz 1995; Mendez 1997; Orozco 2003; 2005; Rettberg 2005). Varios otros estudios se han enfocado en las condiciones bajo las cuales los acuerdos de paz resultan exitosos o fallidos. Esto incluye desde aproximaciones genéricas (Hampson 1996), hasta investigaciones sobre dimensiones específicas de los conflictos armados internos contemporáneos y su resolución. Por ejemplo, Barbara Walter (1997) hizo carrera con su tesis de que es prioritario atender el dilema de seguridad durante la fase de terminación de guerras internas, es decir, aquella situación donde únicamente una de las partes en conflicto se desarma, lo que le acarrea vulnerabilidad y el riesgo de ser aniquilada por la contraparte (sobre alternativas para generar confianza, ver Nasi 2003a). Steve Stedman (1997), en cambio, enfatizó la importancia de identificar y controlar a los saboteadores de los procesos de paz, por cuanto estos han logrado descarrilar un buen número de negociaciones, con consecuencias letales. Esta tesis se está aplicando a nuevos estudios de caso, incluido el colombiano (Nasi 2006a). Otros autores han enfatizado la necesidad de asegurar los recursos domésticos e internacionales necesarios para llevar los acuerdos a una efectiva implementación (Forman y Patrick 2000), la importancia de controlar el flujo de armas para evitar la criminalidad en el post-conflicto (Oxfam y Amnistía Internacional 2003) así como la importancia de los esfuerzos para promover la reconciliación en la sociedad civil afectada por el conflicto (Boraine 2000; Galtung 1998; Lederach 1998).

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Otra dimensión relevante para determinar el éxito o fracaso de la construcción de paz se refiere al diseño de las instituciones políticas. En la disciplina de las relaciones internacionales se realizaron numerosos estudios sobre el carácter relativamente pacífico de las democracias, en el sentido de que casi nunca tienen guerras entre sí (aunque a nivel internacional pueden ser tan o más agresivas que otros regímenes políticos en sus relaciones con los Estados no-democráticos). Rummell (1997) intentó replicar este hallazgo a nivel doméstico, y concluyó que en general las democracias han sido más pacíficas a nivel interno que los regímenes totalitarios y autoritarios. Un número completo del Journal of Democracy de enero 2005 fue dedicado a los retos de la construcción de democracias estables en el post-conflicto (Journal of Democracy 2005), complementando trabajos previos como los de Barnes (2001). Desde los años setenta Lijphart propuso la tesis de que los modelos consociacionales de democracia—en los que acuerdos entre las elites enfrentadas de compartir el poder y el acceso a los principales recursos estatales eliminan la confrontación, como en el caso del Frente Nacional colombiano (Hartlyn 1988)—son adecuados para propiciar la convivencia (y resolver conflictos) en sociedades profundamente divididas, en particular los Estados multinacionales (para un recuento de esta posición, ver Lijphart 1999). Aunque Horowitz cuestionó la conveniencia de la democracia consociacional como modelo de resolución de conflictos, el debate sigue abierto. Los trabajos de Hartzell y Rothchild (1997), Hartzell (1999) y Doyle (2002), entre otros, se apegan a la


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noción de que un diseño institucional que ayude a proteger los intereses vitales de las partes en conflicto es esencial para garantizar la durabilidad de los acuerdos de paz. En Colombia, una discusión sobre el problema del diseño institucional en las negociaciones de paz se encuentra en Nasi (2003). Paris (2004), adhiere a una aproximación un tanto distinta, que prioriza construir instituciones funcionales y efectivas antes de emprender procesos de liberalización política y económica. Más allá de estos temas generales, hay muchos estudios disponibles sobre procesos de paz concretos. Se distinguen algunos análisis comparados de las negociaciones de paz en América Latina (Arnson 1999; Nasi 2002), así como muchos estudios sobre los procesos de paz en Colombia. Con respecto a lo último se encuentran desde recuentos generales de las distintas negociaciones de paz (Bejarano 1990; Bejarano 1995; Chernick 1999; García 1992; Palacios 1999; Medina y Sánchez 2003; Pardo 2004; Villamizar 1997), hasta estudios concretos de distintas experiencias de gobiernos particulares con los grupos guerrilleros. Hay estudios sobre las negociaciones de las administraciones Barco y Gaviria con el M-19 (Zuluaga 1999), el EPL (Villarraga y Plazas 1994; la reinserción de este grupo fue estudiada por Alape 1996) y el Movimiento Armado Quintín Lame (Peñaranda 1999). El fracaso de las negociaciones de Caracas y Tlaxcala fue estudiado entre otros por Bejarano (1995) y Kline (2001). El fracaso de las negociaciones de paz de Pastrana ha sido poco estudiado, y lo disponible contiene información valiosa pero carece aún de profundidad académica (Valencia 2002; Pastrana 2004). Dadas las negociaciones en curso

con la AUC empiezan a publicarse trabajos en la materia (Arnson 2005), pero, como es propio de los estudios coyunturales, aún falta la distancia histórica necesaria para hacer un balance completo. Así como en el los estudios sobre el conflicto armado, también los estudios sobre la construcción de paz han tendido a especializarse por temas y actores. Dadas las respuesta regionalmente específicas a las condiciones del conflicto armado, ha surgido una importante literatura sobre las experiencias regionales de construcción de paz (Consejería Presidencial para la Política Social 2002) así como los logros y retos del movimiento social por la paz (Archila 2005; García 2005; Rettberg 2005; Sandoval 2004a y 2004b). Actores que han recibido atención específica han sido las mujeres (Rojas 2004), los indígenas y campesinos (Hernández 2004), la Iglesia Católica (González 2005) y el sector privado (Rettberg 2002; 2004, en imprenta). Conclusiones En sus largos años de existencia, la literatura sobre conflictos armados y estudios de paz ha explorado un cada vez más complejo entramado de conceptos y argumentos, aplicado a contextos nacionales e internacionales en continuo movimiento y que plantean cada vez nuevos retos a nuestra capacidad explicativa. En esa evolución, la literatura temática se ha nutrido de diferentes disciplinas, tomando de la economía, la ciencia política, la antropología, la sociología, la psicología y los estudios jurídicos. Como en pocos otros casos, la investigación sobre conflicto armado y construcción de paz ha estado estrechamente aliada a propósitos normativos y ha ofrecido insumos

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permanentes para la formulación de políticas públicas frente a situaciones de conflicto armado en plena actividad. Colombia, en particular, ha producido un significativo volumen de trabajos sobre su propia situación que revelan no sólo la complejidad del caso nacional, sino que también proveen insumos cada vez más sólidos para la comparación sistemática con otros países en situaciones similares de conflicto armado. Hoy sabemos que el conflicto colombiano encierra ciertas particularidades, pero hemos dejado atrás el aislamiento explicativo al que nos arrastró en el pasado una creencia generalizada de excepcionalismo. De igual manera, los estudiosos externos de los conflictos armados paulatinamente han abandonado la reticencia a incluir a Colombia, con todas sus especificidades, en sus análisis comparativos, lo cual ha abierto nuevas y prometedoras vetas de análisis. Hoy en día, la tendencia mundial es hacia la disminución en el número de los conflictos armados (Gurr y Marshall 2003). Sin embargo, la complejidad y la resiliencia ante los esfuerzos por superarlos indican que los conflictos en marcha continuarán siendo preocupaciones centrales del quehacer académico durante mucho tiempo más. Las transformaciones teóricas señaladas anteriormente, así como la adopción de nuevas ideas y evidencia por el campo le auguran una continua relevancia explicativa. El anterior recorrido por la literatura podrá servir de orientación en esta actividad. Bibliografía Alape, Arturo. 1996. La reinserción del EPL: esperanza o frustración? Colombia Internacional 36

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C olombia Internacional 62, jul - dic 2005, 86 - 99

LA CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓN: debates disciplinares y dominación simbólica Ingrid Johanna Bolívar1

recibido 15/03/06, aprobado 07/04/06

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I ngrid Johanna Bolívar

El objetivo de este artículo es plantear algunas de las problemáticas suscitadas por la investigación contemporánea en torno a la nación. El texto está dividido en cuatro secciones. La primera recuerda, a grandes rasgos, los dos tipos de preguntas prevalecientes sobre la nación. La segunda, parte de dichas preguntas para reseñar la intensa discusión sobre el papel de las elites y los subalternos en la constitución de ese tipo de comunidad política y las dificultades de método de esta discusión. La tercera sección reconstruye los planteamientos de diversos autores para mostrar que la construcción de la nación implica un ejercicio de dominación política. La cuarta y última sección insinúa la estrecha vinculación entre construcción de naciones y definición de un tipo específico de repertorios emotivos. Palabras clave: Nación, elites, subalternos, metodología, dominación política The objective of this article is to examine a series of issues related to contemporary research about the nation. The text is divided into four sections. The first section reviews two types of prevalent questions about the nation. Second, the debate about the relationship between elites and subalterns in the construction of this kind of political community and the methodological problems it entails is discussed. Third, a series of authors are analyzed to illustrate that nation building implies a specific type of political domination. The fourth and final section illustrates the relationship that exists between nation building and emotional repertories. Keywords: Nation, elites, subalterns, methodology, political domination

Introducción

M

i objetivo en este artículo es plantear algunas de las problemáticas suscitadas por la investigación contemporánea en torno a la nación. El texto recoge y desarrolla algunos señalamientos hechos en publicaciones anteriores (Bolívar 2001; 2004) pero también proyecta nuevos cuestionamientos a partir de algunas discusiones

actuales. El texto está dividido en cuatro partes. La primera recuerda, a grandes rasgos, los dos tipos de preguntas prevalecientes sobre la nación. La segunda, parte de esos tipos de pregunta para reseñar la intensa discusión sobre el papel de las élites y los subalternos en la constitución de ese tipo de comunidad política y las dificultades de método que están implícitas en esa discusión. La tercera sección reconstruye

1 Profesora asistente, Departamento de Ciencia Política, Universidad de Los Andes. Las reflexiones expuestas en este artículo fueron elaboradas en el marco de una investigación realizada por el Cinep con la cofinanciación de Colciencias y titulada “Emociones y discurso político de los Actores Armados en las negociaciones de paz (1998-2004). Agradezco los comentarios y correcciones de los evaluadores anónimos del texto.

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los planteamientos de diversos autores con el ánimo de mostrar que, a pesar de la buena prensa que caracteriza a la nación por esta época, su construcción supone un ejercicio de dominación específico e incluso un juego de violencia simbólica. La cuarta y última sección insinúa la estrecha vinculación entre construcción de naciones y definición de un tipo específico de repertorios emotivos. El texto termina precisamente, con un llamado de atención sobre la necesidad de combinar las preguntas orientadas hacia lo que predica el actor con investigaciones sobre las condiciones específicas de la estratificación en sociedades no plenamente nacionalizadas. A partir de la reseña puntual de algunas de las dificultades propias de la investigación empírica sobre construcción de nación y de algunas preguntas acuciantes hoy, el texto aspira a participar y a promover los debates sobre los supuestos de las categorías más utilizadas en ciencias sociales y sobre la forma en que ellas heredan supuestos y anhelos del ordenamiento político particular que quieren describir o comprender. 1. “Lo estructural” y la producción de “clasificaciones” Una forma sencilla de empezar a desbrozar el enmarañado mundo de la producción académica sobre nación es recordar los diferentes énfasis que caracterizan el trabajo de los autores. Incluso se puede arrancar comentando que durante mucho tiempo las ciencias sociales no se ocuparon de la nación pues parecía un tema demasiado “nacionalista” o demasiado ideológico pues arrastraba cuestiones atadas al “carácter nacional” (Anderson 1989;

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Hobsbawm 1991). Uno de los libros más famosos sobre nación, Comunidades imaginadas de Benedict Anderson, aparece a mediados de los años 80 y explica la nación a partir del estudio de procesos culturales específicos como el desarrollo de lo que el autor denomina “capitalismo de imprenta”, la conversión de una lengua vernácula en lengua administrativa y la apropiación política de las divisiones administrativas en las colonias americanas. Anderson insiste en la importancia de estudiar los distintos dispositivos que, como el censo, el mapa y el museo, se alimentan del grado de centralización política que han logrado los estados modernos. Muestra que desde esas fortalezas del estado moderno se proyecta y produce una específica comunidad política. El trabajo de Anderson ha sido ampliamente comentado y discutido en distintos contextos sociopolíticos. Su insistencia en que la nación es una comunidad política imaginada facilitó el desarrollo de una historiografía que se pregunta explícitamente quienes imaginaron la nación y para quienes ya no queda nada por imaginar (Chatterjee 1993).Además estos trabajos facilitaron la inscripción del tema de la nación en un contexto más amplio que habla de las diferentes experiencias de colonización y descolonización en los diversos continentes. Más puntualmente, permitió mostrar que la construcción de la nación implica dinámicas parcialmente diferenciables en las sociedades centrales de Europa y en las sociedades coloniales (Balibar 1991; Quijano 2000). De hecho, en el abigarrado panorama de investigaciones sobre la nación pueden identificarse grosso


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modo tres grandes aproximaciones. Una primera en la que se dan cita historiadores, sociólogos y más recientemente antropólogos influenciados de alguna manera por el marxismo y por corrientes críticas de la sociología que se han concentrado en estudiar las condiciones históricas que hicieron posible la emergencia de esa forma de comunidad política que es la nación. A este grupo pertenecen los trabajos dedicados a investigar los efectos de la industrialización en la emergencia de las sociedades nacionales (Gellner 1988); la relación de las naciones con la consolidación o centralización de los Estados (Rosanvallon 1990; Hobsbawm 1991), las relaciones de la formación de la nación con procesos de integración territorial y de estratos (Elias 1998) e incluso el trabajo del mismo Anderson sobre las condiciones que permiten el intercambio comunicativo y la imaginación de comunidades nacionales (1989). Un tema central en esta literatura tiene que ver con las condiciones económicas que facilitan la integración de los grupos y la existencia o no de burguesías nacionales. Otros analistas, más cercanos a la sociología de la cultura, la antropología y los estudios culturales y literarios, han orientado su atención a los esfuerzos de los grupos dominantes por construir y producir imágenes de lo nacional. Han revisado para ello distintas producciones culturales: discursos políticos, textos literarios, prensa política y de variedades, novelas y programas de TV, entre otros, de los siglos XIX-XX (Sommer 1991;

Bhabha 1990; Chatterjee 1993; Monsivais 1981). Finalmente, otros investigadores también cercanos a los estudios culturales y a corrientes fenomenológicas, han recalcado la importancia de estudiar cómo se experimenta la nación día a día, cómo distintos grupos sociales aprenden a inscribir su biografía en una historia nacional y cómo los medios de comunicación crean lo que ellos denominan un “nacionalismo banal” (Palmer 1988; Billig 1995 ). Por supuesto, se trata de una caracterización y organización de los trabajos muy incipiente, pero que ha resultado de utilidad para clasificar y hacer seguimiento a la producción intelectual sobre nación2. Ahora bien, las principales debilidades del ordenamiento propuesto tienen que ver con su silencio sobre los contextos históricos y las disputas intelectuales y políticas que enmarcan o promueven la conceptualización en uno u otro sentido. En efecto, (me) hace falta un trabajo detallado sobre los tejidos institucionales que explican cuándo y por qué las preguntas están centradas en la existencia de una burguesía y un mercado nacional, cuándo y por qué la pregunta es por el tipo de imágenes de lo nacional que producen las clases dominantes y cuándo y por qué se cuestiona la nación como una “etnografía de lo contemporáneo”, como algo que se consume y se vive día a día. Es necesario armar un marco analítico que explore cuándo, por qué y

2 La identificación de los autores más significativos de cada corriente y de otros de sus rasgos específicos puede leerse en Bolívar (2001).

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entre quiénes o en qué encadenamientos institucionales las preguntas sobre nación tomaron un carácter o el otro. Cómo se relacionan los cambios en las preeminencias disciplinares o los debates al interior de las ciencias sociales con las transformaciones de los énfasis en la conceptualización y en las estrategias de investigación empírica sobre nación. Hace falta también conocer cómo los investigadores colombianos han participado en esos debates, cómo usan las teorías y cómo las transforman en sus ejercicios de indagación. Es preciso poder responder qué tipos de pregunta, qué disposiciones metodológicas y qué perspectivas conceptuales han predominado en las ciencias sociales colombianas y por qué3. A pesar de las debilidades del esquema de organización propuesto y de todo lo que el omite, su utilidad resulta respaldada por los señalamientos que uno de los más importantes historiadores sobre América Latina, John Tutino comenta sobre los estudios de nación a propósito del trabajo de Florencia Mallon. Para Tutino, la nación ha tenido gran centralidad en la historia del siglo XIX y XX, así como en las historias trabajadas por los historiadores. “Muchos, —dice el autor— han examinado los comienzos de las naciones latinoamericanas a través de un análisis de las élites que las imaginaron” (Tutino 2003: 34) y con eso recuerda dos puntos importantes para la discusión: la “idea

extendida de que son los grupos dominantes quienes construyen las naciones” (Tutino 2003: 30) y el hecho de que las metodologías de la investigación histórica han estado guiadas por este supuesto. La sección siguiente se ocupa de este problema y desde ahí introduce la discusión sobre el hecho de que aún las discusiones en las ciencias sociales suelen hacerse más en términos “conceptuales” abstractos que en términos de las relaciones estrechas entre “conceptos” y decisiones metodológicas, entre “términos analíticos” y elección o construcción de datos (Bourdieu 1995). 2. Elitismo y transformaciones del método Una de las más recientes e interesantes discusiones en torno a la nación es aquella referida al papel de los campesinos o en términos más amplios de las clases subalternas en la construcción de comunidades políticas nacionales. La publicación, en 1995 y en inglés, del libro Campesinos y Nación de la historiadora Florencia Mallon en el que ella compara las experiencias de construcción de nación en el Perú y el México postcoloniales alimentó una serie de debates entre historiadores y sociólogos del continente4. Uno de los principales debates tenía que ver, precisamente, con la pregunta sobre si los campesinos tenían proyectos de nación o si sólo participan de manera subordinada en la construcción de

3 Intuitivamente, podría decirse que en Colombia han sido los historiadores quienes más explícitamente han trabajado y conceptualizado el problema de la construcción de la nación. Interesantes y viejos debates al respecto pueden leerse en el libro compilado por el Fondo Cultural Cafetero sobre “Aspectos polémicos de la historia colombiana del siglo XIX”, publicado en 1982 y en donde se leen posiciones de Jaime Jaramillo Uribe, Marco Palacios, Frank Safford, Germán Colmenares, Malcom Deas, entre otros. El trabajo de Jaime Eduardo Jaramillo y su equipo sobre la historia de las ciencias sociales en Colombia, que está próximo a ser publicado, puede dar muchas luces a este respecto. 4 Una reseña de esas discusiones y las respuestas de la autora puede leerse en la introducción que ella hace a la edición en español de su libro en 2003 (Mallon 2003)

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una nación que es imaginada por las clases burguesas o poderosas de sus respectivas sociedades. En torno a esta pregunta se definieron distintas posiciones, alimentadas siempre por marcos conceptuales que desde el marxismo tradicional, el gramsciano o los más contemporáneos estudios subalternos insistían en dar a los campesinos uno u otro lugar en la explicación del cambio histórico. En este contexto, la tradicional insistencia de algunos autores en el nexo entre burguesías y naciones, o en términos más amplios entre sectores dominantes en la expansión del capitalismo y modernidad política, enfrentó fuertes condenas por elitismo e incluso por estatismo (Guha 2002). Se retomaron y discutieron algunos de los planteamientos de los estudios subalternos y muy particularmente la insistencia de Guha en la importancia política y analítica de reconocer la existencia de un ámbito político propio de los subalternos. Como se sabe, a partir del análisis de la vida política en India, Guha y otros autores han señalado la necesidad de ampliar la comprensión de la política y de la historia para incluir las voces de aquellos grupos cuyas iniciativas suelen ser desconocidas o introducidas sólo como muestra de la creciente dominación de unas élites. El autor critica el estatismo de la historia como disciplina y recalca que las “historias” de los grupos subalternos suelen ser incorporadas en lecturas teleológicas de la política y la transformación social (2002:2329). Estos planteamientos fueron usados por Mallon, y paradójicamente también por algunos de sus críticos. Mallon los usó para llamar la atención sobre la existencia de una vida política

que no se agota en lo estatal y en la que se definieron o disputaron importantes rasgos de la nacional. Sus críticos, y en especial John Beverly, usaron los señalamientos de Guha para discutir el interés de Mallon por mostrar los vínculos entre campesinos y nación, su esfuerzo por inscribirlos en una historia “nacional” y por esa vía su olvido de que ellos tienen “otro” mundo político. Para los propósitos de este texto es muy útil constatar que los debates en torno a la nación como comunidad política editan, por un lado, aspiraciones románticas a la incontaminación o la transparencia de ciertos grupos y por el otro, visiones teleológicas de la política. Estas cuestiones que parecen abstractas se traducen en problemas muy concretos que revelan las limitaciones de nuestras categorías y de nuestros hábitos de pensamiento. En su introducción a la edición en español de Campesinos y Nación, Mallon hace una interesante revisión del consenso entre distintas orientaciones teóricas acerca de que la política entre los campesinos tiende a ser menos consciente, menos racional, casi premoderna (2003:66). La autora discute explícitamente las tensiones que introduce en la investigación lo que denomina “teleologías del conocimiento” y el hecho de que en ocasiones y en temas tan “políticos” como la nación, las ciencias sociales dejan que la teoría defina totalmente qué es posible e imposible en el acervo empírico (2003:66). Muestra de manera muy reveladora cómo las teorías modernizantes quieren condenar a la premodernidad o al mundo tradicional a los campesinos, mientras ciertas apropiaciones de los estudios subalternos quieren convertirlos en

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un campo político particular. Ella se distancia de ambos señalando que la meta es reconstruir “todo intento de transparencia política, tanto en el ámbito de la comunidad como en el del estado” y “desmitificar la política subalterna al mostrar sus fisuras y jerarquías internas, y también su complicidad histórica con el estado y el ejercicio del poder” (2003:72). Y es que desmitificar la política subalterna no tiene por que ser equivalente a negar los vínculos entre estos grupos y el estado o a decir que ellos no han producido propuestas sobre cómo construir la nación. Cuando Mallon recuerda estos puntos y cuando caracteriza lo que denomina “construcción neocolonial del campesino andino como otro social” nos recuerda hasta qué punto nuestros términos analíticos heredan las aspiraciones y la auto imagen que la sociedad tiene o quiere tener de sí (Bourdieu 1995). Además conviene decir que la insistencia de Mallon en que los campesinos sí tenían proyectos nacionales y que participaron en la definición de la comunidad política de formas que usualmente la historiografía no detecta abrió la controversia sobre métodos y transdiciplinariedad en el estudio de la nación. La autora fortaleció su ejercicio como historiadora con estrategias metodológicas propias de los estudios literarios, antropológicos y sociológicos. De los primeros tomo el interés por la estructura y las propiedades de los relatos, de los segundos la importancia del trabajo de campo y “en directo” con las tradiciones orales y pautas de comportamiento y de los últimos, el interés por los debates teóricos y los procesos de conocimiento. Eso la expuso a criticas y sanciones

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provenientes de las distintas disciplinas y le mostró también hasta qué punto lo nacional se define desde lo estatal o dominante. Para nuestros propósitos, la discusión suscitada por el libro de Mallon resulta de gran utilidad pues nos recuerda y previene sobre los supuestos de nuestras categorías analíticas en torno a la nación y sobre las dificultades de método implícitas en la muy invocada interdisciplinariedad. Desde un campo algo distinto, el estudio de la música tropical en Colombia y de la forma en que en torno a ella se articulan identidades raciales y regionales, Peter Wade (2000) encuentra problemas parecidos a los de Mallon. Para explicar cómo y por qué ciertos ritmos musicales que eran considerados “folclóricos” se convierten en representativos de la identidad nacional (2000: 2), Wade reconstruye diversos procesos históricos que muestran como las identidades nacionales son siempre plurales y cómo se relacionan entre sí a través de prácticas de contestación, apropiación y transformación. El autor muestra la importancia del capitalismo musical internacional y del desarrollo de la tecnología de comunicaciones en la construcción y “nacionalización” de identidades musicales que antes estaban circunscritas a grupos específicos. En su trabajo Wade discute explícitamente la tendencia de los estudios sobre nación a contraponer unas clases dominantes homogéneas y modernizantes contra un pueblo heterogéneo y muestra que una vía metodológica útil para evitar tales contraposiciones es estudiar identidades siempre en plural y en el marco de sus ambiguas relaciones. De ahí que el trabaje identidades musica-


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les, territoriales, raciales y de género, que muestre las superposiciones y conflictos entre ellas y su tendencia a inscribirse en espacios geográficos determinados (2000:7). La tradicional contraposición entre élites y subalternos es superada en la obra de Wade a través de un interesante ejercicio de reconstrucción de las diversas vías en que las élites producen las diferencias y en que grupos sociales subordinados transforman y recomponen sus propias identidades y proyectos. Wade recoge distintas trayectorias del marxismo interesado en la “cultura” y habla por eso de la “hegemonía transformista” y “la tradición selectiva”. Además insiste en que las diferencias nacionales siempre están situadas en un mapa transnacional que permanentemente alimenta y transforma las relaciones entre identidades y los contenidos de lo nacional. 3. Nación y violencia simbólica Una de las cuestiones más interesantes en el campo de estudio sobre la nación es que en torno a él convergen diferentes orientaciones disciplinares y distintas metodologías5. La nación es objeto de debate entre filósofos políticos, sociólogos, historiadores (incluso los económicos), politólogos, lingüistas, literatos y comunicadores sociales, entre otros. No es claro qué hace del tema un asunto tan atrayente o tan cer-

cano a las preguntas de las distintas disciplinas, pues no sucede lo mismo, o no con la misma intensidad, en torno a otras categorías de clasificación social como la clase o el estamento, o de autoclasificación como los distintos tipos de identidad. Es muy posible, pero tiene que ser investigado, que tal popularidad de la nación tenga que ver con el hecho obvio de que las sociedades están organizadas en la forma de estados nacionales y eso hace que la “realidad” de la nación aparezca como algo evidente para los distintos públicos. Con gran facilidad un estudio sobre la nación se convierte en un lamento porque aquella no es lo suficientemente fuerte, porque no cohesiona, porque no integra o, al contrario, porque ha sido excluyente e irrespetuosa de otras formas de identidad y pertenencia social. En ambos casos, las investigaciones sobre nación tienen que hacer frente a aquellos hábitos de pensamiento que la consideran como un destino deseable y bueno por sí mismo para las sociedades humanas, como la comunidad política por excelencia en el que se debería experimentar una “camaradería profunda” y anónima que saca o debería sacar a los grupos humanos de las “limitadas” identidades religiosas, étnicas o regionales, que aún en ciertas versiones de la modernización son vistas como vinculaciones prepolíticas6.

5 Por supuesto que no se trata de algo exclusivo de la nación, pero en torno a la formación del estado, por ejemplo, los literatos y los lingüistas producen menos. 6 En la reconstrucción de estos hábitos de pensamientos sobre la nación me apoyo en la literatura revisada en Bolívar (2001) pero sobre todo en la reseña de las discusiones que tal texto ha propiciado entre distintos públicos, incluidos los profesores de Ciencias Sociales de la Universidad de Los Andes. En una de tales reuniones fue interesante notar los diferentes e incluso contrapuestos puntos de partida de algunos historiadores, sociólogos, antropólogos y politólogos frente al tema. Historias disciplinares y pesos relativos de las teorías de la modernización le hacen a algunos politólogo suponer que es “más política” la identidad ciudadana y la pertenencia a la nación, que la identidad étnica o religiosa. Pero otras trayectorias disciplinares concentran a la antropología o la historia en la reconstrucción de lo que se vive como “identidad” en grupos “no nacionales” y marginados o en grupos “de élite” o recientemente “subalternos”. La siguiente sección del texto retoma este problema.

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La existencia de esos hábitos de pensamiento y su fuerza incluso entre los académicos nos invita a considerar los nexos entre construcción de nación y violencia simbólica. Está última es definida por Bourdieu como “aquella forma de violencia que se ejerce sobre un agente social con la anuencia de éste” (1995:120). Más adelante en el mismo texto, el autor se encarga de aclarar que la violencia simbólica usualmente es desconocida como violencia, que se traduce o se juega en la “aceptación de un conjunto de premisas fundamentales, prerreflexivas, que los agentes sociales confirman al considerar el mundo como autoevidente, es decir, tal como es y encontrarlo natural, porque le aplican estructuras cognoscitivas surgidas de las estructuras mismas de dicho mundo” (1995: 120). A pesar de que Bourdieu señala explícitamente que la violencia simbólica se traduce en axiomas que ni siquiera tienen que ser inculcados pues se desprenden de la organización “fáctica” del mundo (como las divisiones entre lo masculino y lo femenino), y que, como sabemos, la construcción de la nación si implica infundir en los grupos sociales “las” formas de hacer las cosas; no sobra subrayar que tal construcción nacional opera también a través de una violencia simbólica. El sentirse nacionales o el extrañarse y lamentar no serlo delata precisamente hasta qué punto se ha reificado la pertenencia nacional y hasta qué punto las categorías de las ciencias sociales participan y-o reproducen esa violencia simbólica7.

Los planteamientos del investigador mexicano Roger Bartra son muy reveladores al respecto. En sus distintos trabajos, pero especialmente, en La Jaula de la Melancolía (1987) y en Anatomía del Mexicano (2002), el autor muestra los distintos mecanismos a través de los cuales la pertenencia nacional se convierte en psicología o en rasgos de carácter. Benedict Anderson había mostrado que el censo, el mapa y el museo funcionan como mecanismos de construcción nacional, otros autores habían llamado la atención sobre los usos de la literatura y la prensa para construir la comunidad imaginad; Bartra explora las huellas de dominación política que se detectan en la definición de una particular psicología. A través de la identificación de personajes, descripciones del carácter nacional en obras de literatura, programas de televisión populares o discusiones frecuentes entre los diversos grupos sociales, Bartra muestra que la definición de sujetos nacionales implica un arduo ejercicio de dominación. En esa lógica, Bartra examina las figuras del pachuco, del pelado y otras muchas que pueblan las referencias al “ser mexicano”. Especialmente interesantes para el caso colombiano resultan sus referencias a “la indiferencia ante la muerte” y a Cantinflas. En el primer caso, el autor muestra cómo distintos actores y dinámicas sociales le han dado vida a una idea según la cual en el carácter del mexicano resuena un desprecio por la muerte, una “bravura y un fanatismo ” que los

7 En el libro ya citado Bourdieu hace interesantes referencias a la forma como las ciencias sociales heredan y reproducen la violencia simbólica de la que los propios científicos sociales han sido objeto (1995: 121).

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convierte en personajes temerarios y valientes. Bartra muestra que tal caracterización se ha alimentado de la literatura, de historias orales de la revolución y de otros recursos. Insiste en que “suponer que hay pueblos que son indiferentes a la muerte es pensar a esos pueblos como manadas de animales salvajes” y que en la fuerza que tiene tal idea se cuela el desprecio que las capas altas de la sociedad sienten por otros sectores (1987:87). Más adelante, el mismo autor hace un señalamiento que nos obliga a revisar lo que creemos saber como sociedad de los sicarios y del supuesto desprecio por la vida que habría de identificar a ciertos grupos involucrados con la violencia; dice Bartra “… a los mexicanos sumergidos en la amargura la cultura nacional les propone el único gesto heroico posible: morir fácilmente, como sólo los miserables saben hacerlo” (1987:93). Otro conjunto de señalamientos igualmente inquietantes acerca de la forma en que la nación o más puntualmente las descripciones del carácter nacional y los hábitos de pensamiento que definen “lo nacional” operan como dominación o en los términos citados atrás de Bourdieu, como violencia simbólica tienen al popular personaje de Cantinflas como referente. Bartra reconstruye distintas discusiones entre autores mexicanos a propósito de esa figura. Habla de Cantinflas como un “frustrado Prometeo” y señala que su popularidad tiene que ver con las críticas que hace a la injusticia social. Sin embargo, aclara el autor, se trata de una “crítica conformista que propone la huida y no la lucha, el escurrimiento y no la pelea. El mexicano se convierte en un maestro de las fintas y los

albures. Se vuelve un ser torcido, alambicado, evasivo e indirecto, dominado por el “afán de circunloquio” (1997: 178). Más adelante y después de una sugestiva discusión sobre cómo la definición de la nacional recoge y transforma rasgos de la “cultura popular” y de las clases políticas, Bartra concluye: “Cantinflas no es sólo el estereotipo del mexicano pobre de las ciudades: es un simulacro lastimero del vínculo profundo y estructural que debe existir entre el despotismo del estado y la corrupción del pueblo. El mensaje de Cantinflas es transparente: la miseria es un estado permanente de primitivismo estúpido que es necesario reivindicar de forma hilarante; se expresa principalmente por su típica corrupción del habla, por una verdadera implosión de los sentidos (…) Se comprende que entre la corrupción del pueblo y la corrupción del gobierno hay una correspondencia: este pueblo tiene el gobierno que merece. O al revés: el gobierno autoritario y corrupto tiene el pueblo que se le acomoda, el que el nacionalismo cantinflesco le ofrece como sujeto de la dominación” (1987:180). Reproducimos por extenso estos planteamientos de Bartra porque ilustran la referencia conceptual que hacíamos atrás a la construcción de la nación en tanto ejercicio de violencia simbólica y porque muestran que la “construcción de la nación” se encarna en procedimientos y tipos de relación que parecen inofensivas, casuales, simplemente, hechas para el divertimento pero que a la larga imponen un sello particular al poder político y se traducen en dominación (2002: 11). Pero también al contrario. Está por estudiarse “cómo influye el destino de

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un pueblo a lo largo de los siglos en el carácter de los individuos que lo conforman” (Elias 1997:26). No tanto porque se quiera o se pueda decir que los franceses, los colombianos o los argentinos son, por naturaleza, de una u otra manera. Sino, porque las condiciones de interdependencia que vive cada una de esas sociedades ofrecen repertorios o espectros emotivos específicos a los distintos grupos. Este tema se retoma en la sección siguiente y sirve de consideración final. 4. Apelar a la nación: un repertorio emocional “aprobado” políticamente Es claro que la nación es una de las formas en que las ciencias sociales tienden a referirse al tipo de sociedades que se configuran en el contexto de expansión del capitalismo y división internacional del trabajo. Nación es otro nombre de la sociedad burguesa capitalista (Wallerstein 2001). De ahí que quienes hablan de las redes sociales por fuera del ámbito nacional tengan que hablar de sociedades transnacionales o simplemente sociedad internacional. Aunque ya hay una relativa claridad sobre esa superposición entre lenguajes técnicos y políticos para referirse a la sociedad, no pasa lo mismo con el reconocimiento de que la nación implica la construcción y el fortalecimiento de un repertorio emotivo particular. En efecto, la construcción de la nación implica el afianzamiento de una serie de lazos afectivos entre los distintos integrantes de la comunidad política. —la camaradería profunda de la que habla Anderson— y el establecimiento de una serie de relaciones entre los pobladores y la historia, los

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símbolos, los personajes y otros factores considerados “demostrativos de lo nacional”. En su trabajo sobre los alemanes, el sociólogo judío Norbert Elias, llama la atención sobre los contenidos afectivos e intensamente emocionales implícitos en la construcción de las naciones y las democracias. El autor comenta la necesidad de darle un lugar analítico a las emociones de “orgullo”, “vergüenza” o “enfado”, entre otras, con las que las personas resienten o dejan ver el tipo de relación que sostienen con sus respectivos estados nacionales. Desde su perspectiva, la construcción de las naciones implica un alto grado de integración territorial y de estratos, así como una transformación en la naturaleza y los modos de estratificación, que, a la larga se traducen en estructuras de la personalidad también diferenciables. Para Elias, la importancia o la fuerza de una vinculación emocional a la nación puede detectarse en el uso de los pronombres (ellos nosotros), en el sentido con el que los distintos actores cuentan su historia y la inscriben en los procesos políticos más amplios, pero también en las estructuras partidistas y los hábitos de interacción política (Elias 1998; 1997). Para el propósito de este texto es muy útil la insistencia de Elias en la necesidad de estudiar las exigencias emocionales implícitas en la construcción de las naciones y en la pacificación de la política. El autor recalca que pertenecer a una comunidad política nacional implica un arduo ejercicio de reordenamiento de lo lazos afectivos que se tiene con la población de procedencia, con la geografía, con la historia, entre otros puntos. Para él, la


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nación es un tipo específico de nosotros que permanentemente disputa su preeminencia con otros tipos de nosotros y que se expresa a través de disposiciones específicas hacia el lenguaje nacional, hacia la interacción con grupos de pobladores de distintas proveniencias, entre otras cuestiones. Es claro entonces que la pregunta por la construcción de nación implica conocer las experiencias de autoclasificación de los actores, pero que en ellas es necesario detectar las relaciones materiales de interdependencia y las vinculaciones emocionales que las sostienen y “justifican”. La poca identificación con la nación que algunos sectores sociales denuncian

debería devolver la mirada de los analistas hacia las formas de estratificación vigentes en la sociedad colombiana, hacia las limitaciones que esos sistemas de estratificación imponen para la “nacionalización de las sociedades” y para la interacción en nuevas condiciones de los diversos grupos sociales. De ahí que, más que celebrar o buscar los contenidos de la identidad nacional, sea útil preguntar por los procesos que históricamente permitieron o no nacionalizar las sociedades, construir un nosotros que se extiende aún precariamente a través del sistema de estratificación y que opera como comunidad política.

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ÉLITES, INTELECTUALES Y TECNOCRACIA Calidoscopio contemporáneo y fenómeno latinoamericano actual Jairo Estrada Álvarez1 y José Francisco Puello-Socarrás2

recibido 06/03/06, aprobado 27/03/06

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El artículo realiza un estado del arte sobre la teoría general de las elites, primero, presentando una taxonomía inédita y actualizada sobre la literatura académica, en una perspectiva histórica y, en segundo lugar, aproximando las tendencias de análisis más recientes dentro del ámbito latinoamericano, en torno al fenómeno intelectual y tecnocrático. Este campo temático de estudio ofrece grandes alternativas de investigación e importantes claves de análisis para considerar la novedad de las transformaciones vigentes en el ejercicio del poder político, sus modalidades de legitimación y las consecuencias de los cambios en las formas de regulación social en el marco de las nuevas configuraciones del capitalismo actual. Palabras clave:Teoría política, elites, tecnocracia, América Latina This paper to provides a state of art discussion of general elite theory by developing a taxonomy of the academic literature on this topic, based upon theoretical and historical criteria, and by discussing recent analytical tendencies in Latin America concerning the problem of intellectuals and technocrats. This field of study offers alternative research tools and important analytical keys for understanding current transformations in the exercise of political power, its legitimizing tools and the consequences of today’s capitalist model for distinct forms of social regulation. Keywords: Political theory, elites, technocracy, Latin America

Introducción

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esde las contribuciones inaugurales de Gaetano Mosca y Wilfredo Pareto hasta las tesis de las incursiones neoelitistas en el nuevo milenio, el tema sobre las élites ha mantenido un lugar especial dentro de las preocupaciones centrales de la moderna teoría política. La recurrencia al tema y el resurgimiento finisecular de su literatura confirman que los estudios elitarios antes que una mera casualidad o cierta novedad

momentánea, se han destacado y se destacan hoy por su inobjetable actualidad. Durante el siglo pasado hemos asistido a diversos procesos que revelan un profundo carácter elitista. Sin embargo, desde el punto de vista de la teoría social, las diferentes aproximaciones a las problemáticas actuales han permanecido subordinadas a distintas denominaciones que obscurecen este elemento constitutivo. Dado el panorama, ninguna de ellas parece “encapsular” la complejidad de los cambios acaecidos desde una apelación eminentemente politológica.

1 Profesor asociado del Departamento de Ciencias Política, Facultad de Derecho, Ciencias Políticas y Sociales, Universidad Nacional de Colombia, director del Grupo Interdisciplinario de Estudios Políticos y Sociales, Theseus. 2 Profesor del Departamento de Ciencias Política, Facultad de Derecho, Ciencias Políticas y Sociales, Universidad Nacional de Colombia, miembro del Grupo Interdisciplinario de Estudios Políticos Y Sociales, Theseus.

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É lites intelectuales y tecnocracia

Justamente, una de las contribuciones de mayor significación de los estudios elitarios –en vivo contraste con otros enfoques aparentemente rivales como aquellos que apelan a los paradigmas centrados en las clases sociales (Thornborn 1979; 1998)– ha consistido en suscitar un estilo relativamente autónomo de análisis en torno a los factores íntimos del poder, animando, de paso, el establecimiento y la postulación de las variables propiamente “políticas” que intervienen en la dinámica de las relaciones y estructuras del poder en las sociedades contemporáneas. Se logrado ha erigir a partir de allí, pues, una imagen característicamente “moderna” de las denominadas “minorías selectas” ó simplemente élites. El presente trabajo pretende ofrecer entonces un marco amplio y general que al mismo tiempo también explore en específico el carácter que exhibe actualmente esta problemática. En primer lugar, apunta hacia la descripción del panorama teórico global en el cual se han inscrito los estudios sobre élites, procurando actualizar una taxonomía sobre sus componentes centrales. En segundo lugar, intentamos elaborar una cartografía sobre la diversidad de las narrativas en o sobre América Latina que, tomando como referente el fenómeno elitista, han podido ponderar las nuevas configuraciones del capitalismo actual, especialmente, las cuestiones relacionadas con la continuidad del fenómeno del poder político y la intelectualidad. En esta forma, llamamos la atención sobre las cuestiones más significativas en las relaciones entre el saber y el poder; la experticia y la condición tecnocrática tan presente en las realidades y escenarios de la vida política mundial y regional. Se consideran estas

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tendencias no sólo por su innegable actualidad y pertinencia en las diferentes apuestas investigativas sino, con mayor énfasis aún, en razón al abordaje sistemático, “en concreto” y recientemente documentado de esas configuraciones del fenómeno elitista, abordadas en la producción académica de los últimos años, en forma reiterada. 2. Los estudios elitarios Los estudios y análisis sobre “élites” exhiben una problemática compleja. Lo decimos atendiendo no sólo a la localización temática de los autores sino también observando cuidadosamente su ubicación analítica dentro de los paradigmas teóricos de las disciplinas sociales del siglo XX. La vocación de los estudios comparte, no obstante, una definición muy genérica y hasta controversial en torno al término élite (entendida en singular o en plural). Se traduce generalmente como el “conjunto de individuos que ocupan el lugar más alto en la escala jerárquica de las distintas esferas de la sociedad” (Luna e Hidalgo 2000), bajo la premisa sociopolítica de la existencia inobjetable de tales cuerpos políticos tanto en las estructuras sociales como al interior del proceso político, al punto de convertirse en una “minoría selecta”. Apelando a una diversidad de recursos, además de los determinantes económicos, los enfoques de élite privilegian en sus análisis los recursos organizacionales, simbólicos, personales y, por supuesto, los propiamente políticos (EtzioniHavely 1990) para entrar a responder los interrogantes típicos sobre el quién, el cómo, el qué y el cuándo del ejercicio del poder, y en los que los aspectos de la composición de la elite y las trayectorias políticas de sus integrantes adquieren


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toda relevancia. Nuestro interés se centra, entonces, en las elaboraciones consideradas en el marco de una “teoría” de las élites. La tendencia histórica de los estudios elitarios y la incorporación en ella de una perspectiva politológica (atendiendo en todo caso un enfoque transdisciplinar) sugieren que lejos de constituir un corpus orgánico, la ambigüedad e irregularidad del panorama es una realidad palpable. Con base en la valoración crítica de los balances más autorizados sobre los estudios elitistas (Bobbio y Mateucci 1981; Albertoni 1985; Etzioni-Havely 1990), se ha intentado proponer una periodización y una taxonomía de los estudios elitistas que incorpore algunos aspectos ausentes en esos balances. Ello ha permitido la formulación de tres etapas básicas del elitismo: a) el paradigma clásico; b) el plural-elitismo; y, c) el neoelitismo; cuyos perímetros conceptuales, además de poseer ciertas líneas de continuidad, denotan claramente momentos de ruptura y divergencia. (Puello-Socarras 2005). Hablamos, en primer lugar, de un paradigma clásico (1887-1942), descartando los múltiples problemas que implica referirse a una “escuela italiana de las élites”, tradicionalmente asociada a Gaetano Mosca, Wilfredo Pareto y Robert Michels. Solamente alrededor de los estudios de Mosca (1897; 1923) y Pareto (1916; 1987) es posible establecer una estructura matricial, exclusiva y consistente de las elaboraciones que, en su designación clásica, no constituyen

rigurosamente una “escuela”. Mosca y Pareto resultan homólogos, epistemológica y analíticamente, cuando profundizan la polémica sobre las “aristocracias contemporáneas” – léase, las “élites” -, contrastando claramente con el tópico sobre las “oligarquías modernas” tratado juiciosamente, entre otros, por Michels y Ostrogorski (Bobbio 1995). El plural-elitismo (1942-1980), segunda etapa de la literatura elitista, intenta prolongar la discusión heredada del paradigma clásico aunque en un nivel cualitativamente diferente de desarrollo, caracterizado por una diversificación de las posiciones, que da lugar a un calidoscopio de variantes, las cuales -además de orientar los diferentes planteamientos- evidencian la pluralidad de alternativas analíticas y de temáticas elitistas de esta etapa3. En su perspectiva liberal estas elaboraciones post-clásicas ubican los trabajos de Joseph Schumpeter (1942), Harold Lasswell y Abraham Kaplan (1936; 1950) y James Burnham (1957). La segunda variante, de raigambre republicano, arremete contra la interpretación liberal-elitista, interpelando los valores propios del republicanismo (Bachrach 1967; Lukes y Ducan 1963); tendencia inclusive presente en Hannah Arendt (Arendt 1966; Cohen y Arato 2000). El tercer sub-apartado lo conforman los llamados elitismos marxistas (PuelloSocarrás 2004). Se destacan las síntesis entre las lecturas marxistas de Mosca en una dimensión analítica, como en el caso de Tom Bottomore (1964) - y las tentativas por conciliar las influencias

3 Además de las variantes que aquí se presentan, en algunos autores, como por ejemplo Robert Dahl (Dahl 1958), las opciones de clasificación se tornan más complejas.Aunque Dahl termina formulando una propuesta teórica que combina la teoría de las clases sociales con aspectos de la teoría de élites, su narrativa debe considerarse –en sentido estricto- dentro de las perspectivas del pluralismo político, antes que del plural-elitismo, considerado su entendimiento de la democracia como poliarquía.

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recíprocas entre los marxismos y los autores elitistas clásicos, tal y como lo expresa la obra de Aleksandar Sekulovic (1982). Por supuesto, también se inscriben aquí los trabajos eminentes y ampliamente reconocidos de C.W. Mills (1957; 1959). El tercer período, denominado neoelitista (1980-2...) e inaugurado con la obra de John Higley y Lowell Field, Elitism (1980) ha deseado reencontrar la hermenéutica de los clásicos con la aproximación “científica” desarrollada en las ciencias sociales contemporáneas en el marco de los llamados procesos de democratización. En general, podría verse como una segunda manifestación de la “ecléctica” elitista, la cual, después del plural-elitismo, avanza por medio de un enfoque más “empírico, metódico y elaborado”. John Higley y Lowell Field (1990); Thomas Dye y Harmon Ziegler (1996); Nelson Polsby (1985) y Giovanni Sartori (1993); Guillermo O’Donnell (1992), Terry Lynn Karl y Phillipe Schmitter (1990) representan tan sólo una parte de la generación de contribuciones más visibles durante esta fase. Desde otra perspectiva, que da cuenta de la fuerte influencia actual de la obra de C.W. Mills, o de su renacimiento (Aronowitz), deben considerarse los trabajos de Domhoff (1983; 1990; 1996; 2003; entre otros), de Wolfe (1999) y Krysmanski (2002; 2004). Los estudios de esta etapa neoelitista han mostrado ser desarrollos mucho más especializados y concretos, con la pretensión de apuntalar la diversificación de las temáticas presentes en los escenarios actuales, antes que desarrollar teorías generales. Se sitúan en cierta forma en lo que ha dado en llamarse:“teorías de alcance medio”.Tal es el caso de la mayoría de los estudios lati-

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noamericanos, que han centrado su interés en algunas de las configuraciones actuales del fenómeno elitista. 3. Intelectuales y tecnocracia en América Latina: fenómenos elitarios A partir de la década de 1990 se aprecia un renovado y creciente interés por los estudios elitarios en América Latina, en la perspectiva de hacer más inteligibles los procesos de reestructuración capitalista que ha vivido la región. El tránsito hacia las llamadas economías de mercado con la implantación de las políticas neoliberales, así como los “procesos de democratización” se han constituido en referentes incuestionables de los tópicos analizados en la literatura reciente (Centeno 1993). Muy especialmente, la relación recíproca entre la experticia – y con ella, la intelectualidad y el fenómeno tecnocrático – y el rol desempeñado por nuevos actores en la configuración de los regímenes sociopolíticos en la relación entre el Estado y la sociedad (es decir, los procesos de políticas públicas) han sido un tema de primer interés. Esta preocupación ha sido insistente en el sentido de comprender la morfología actual de las nuevas definiciones en el campo de la economía política latinoamericana, invocando como una de las variables clave el fenómeno intelectual y reconociendo sistemáticamente su innegable carácter elitista (Estrada 2005a). Este hecho ha logrado traducirse entonces en una colección ciertamente excepcional de diferentes designaciones y escalas de análisis que al final retienen la esencia del debate: ‘Comunidades epistémicas’ (De


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Venanzi 2002; Richardson 1996), ‘think-tank’ (Parraguéz 2001), ‘tecnocracia’ (Centeno 1993; Grindle 1997; Radaelli 1999), ‘Money-doctors’ (Babb 2005a; 2005b), ‘equipos de diseño de políticas’ (Grindle 2000a; 2000b), ‘comunidades de política y coaliciones discursivas’ (Sabatier 1998);‘consejos de asesorías’ (Radaelli 1999), ‘grupos profesionales’ (Plotkin y Neuburg 2005); y, últimamente, nociones tan provocativas como ‘élites tecnocráticas’ (Montesinos 1993; 2003; 2005), ‘élites de poder’ (Plehwe 2001; 2005; Plehwe y Palpen 2001), ‘technopols’ (Dezalay y Garth 2002; Edwards y Steiner 2000; Domínguez 1997) o ‘élites intelectuales’ (Estrada 2005a, 2005b;Acosta 2005; Plotkin 2005; Plotkin y Neiburg 2005). Este conjunto de aproximaciones denota la preocupación por una renovación constante de las herramientas teóricas frente a la novedad de las transformaciones en el ejercicio del poder, sus formas de regulación y sus modalidades de legitimación. Sin embargo, aunque todas las narrativas difieren tanto en sus referencias específicas como en sus modalidades especiales – aún advirtiendo la multiplicidad conceptual –, continúan manifestando la pluralidad de alternativas disponibles en la materia. En razón a ello, exponemos una cartografía global, tanto de los trabajos que han apoyado la reflexión teórica como de los “estudios de casos” más representativos que, en la diversidad de los enfoques disciplinares, han favorecido una reflexión mucho más integral sobre las circunstancias concretas del fenómeno intelectual elitista latinoamericano en el marco de la dinámica socio-política contemporánea (Silva 1998; Maihold 1999; Centeno y Silva

1998; Grindle y Domingo 2003). La valoración de la abundante literatura latinoamericana no podría reducirse a una repetición o reiteración en “escala nacional” de las nuevas configuraciones del fenómeno elitista. Si bien es cierto que los referentes de realidad presentan similitudes dadas la fuerte transnacionalización del proceso económico y la tendencia a la homogenización de la producción de políticas, los diferentes estudios se caracterizan, por una parte, por los esfuerzos de categorización específica; por la otra, por su contribución in situo a un mejor entendimiento de las nuevas formas (elitistas) de constitución y de reproducción de las relaciones de poder en el ámbito latinoamericano. 3.1. México Con seguridad, México es uno de los casos más representativos en el marco de los estudios regionales. Aunque los trabajos que relacionan élites y neoliberalismo han sido recurrentes dentro de enfoques tecnocráticos – acerca del papel político de los técnicos y tecnócratas – (Camp 1970; 1981; 1982; 1983 y 1985; Centeno 1990; 1993; Centeno y López-Alves 2001; Lindau 1996; Smith 1986) y sobre top bureaucrats (Morales Camarena, 1994) las nuevas posturas han renovado el panorama bajo perspectivas novedosas (Plehwe 2001; Grindle 1997). Sarah Babb, por ejemplo, ha introducido con éxito la noción de Money-doctors (“profetas del dinero”, o “de la economía”) (Drake 1997) para explicar el ascenso de una élite tecnocrática de economistas en el país azteca. A partir del status social de los eminent scientists apoyados por organizaciones multilaterales, tales como el Banco

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Mundial y el Fondo Monetario Internacional, reconocidos economistas (como Allende, Edwin Kemmerer y actualmente Jeffrey Sachs) han conseguido imponer y reproducir modelos foráneos de experticia económica para el manejo de las economías latinoamericanas. Esta estrategia ha contribuido a propiciar una verdadera “americanización” de las economías de la región a la par de una nueva “constelación burocrática” neoliberal (Babb 2005a; 2005b). Los Money-doctors – en un primer momento, extranjeros y, posteriormente, nativos entrenados foráneamente – serían utilizados en los gobiernos del Tercer mundo para ayudar a generar la confianza necesaria para fomentar la inversión (extranjera) antes que para manejar las políticas públicas que promuevan el bienestar nacional. Yves Dezalay y Brian Garth, por otra parte, han examinado el caso mexicano desde la sociología del derecho (el estudio “transversaliza” las experiencias en Chile, Brasil y Argentina, ofreciendo las generalidades más importantes sobre los procesos latinoamericanos), ilustrando la dinámica de las élites locales respecto al tránsito, construcción, establecimiento y reproducción del Estado neoliberal (Dezalay y Garth 2002). Los autores exhortan así la dimensión fundamentalmente transnacional y el carácter radicalmente internacionalizado del derecho, la academia y la política en la dinámica de las élites gobernantes y las jerarquías establecidas entre ellas y las técnicas y conocimientos especializados en los actuales procesos de globalización. El papel político desempeñado por un nuevo tipo de experticia y, por supuesto, de actores - los “políticos tecnócratas” ó technopols -, la redefinición del campo intelectual como campo de

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poder y la circulación de la experticia desde el saber de los abogados prestantes hacia el conocimiento institucionalizado de los economistas tecnócratas habría sido fundamental para lograr asir la naturaleza de las transformaciones más importantes en los últimos años. En México, como en otros países, esta situación entraña una realidad inobjetable. 3.2. Chile Otro ejemplo paradigmático de la problemática lo constituye el caso chileno. Chile resulta atractivo para explicar lo que parecería a primera vista un patrón de gobierno bastante común en la región. A pesar de que las indagaciones se han situado, como en el caso anterior, en el marco de las investigaciones analíticas e históricas sobre aspectos de la tecnocracia - especialmente con la instalación de la dictadura militar de Pinochet en 1973 y la llegada de los Chicago’s boys (García 1989; Montesinos 1993; 2003; Valdés 1995; Hunees 1997; Plehwe y Walpen 2001)-, las interpretaciones tradicionales más recientes se han reelaborado a la manera del ya mencionado estudio de Dezalay y Garth (2003) y del trabajo de Karin Fischer (2002). Montesinos, entre otros, ha destacado la importancia de las élites de política pública (policy elites), las élites tecnocráticas y profesionales (Montesinos, 1993; 2003; 2005) y los límites institucionales y contextuales que ellas enfrentan para llamar la atención sobre el interés teórico de considerar el poder explicativo de las ideas y los “climas intelectuales” en los cuales se desempeñan los productores de política (policy-makers). Apoyada en los sucesos específicos del país austral, exhorta la reconstrucción


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socio-politológica del papel jugado por los economistas chilenos en términos de la “transición democrática” (Montesinos 1993; 2003; 2005; Markoff y Montesinos 1993). 3.3. Estudios andinos (Venezuela, Ecuador, Perú y Bolivia) En los trabajos sobre la tecnocracia, las minorías tecnocráticas y los equipos de diseño de políticas en Venezuela, Ecuador, Perú y Bolivia durante las últimas décadas ha subrayado la importancia de comprender cómo las percepciones de los equipos económicos inciden en la implementación del modelo y el estilo de los procesos públicos decisionales (Conaghan 1993; Conaghan y Malloy 1994; Grindle y Domingo 2003). Las contribuciones de Catherine Conaghan y Merilee Grindle han profundizado – en perspectiva comparada – los componentes elitistas más sintomáticos de la subregión (Conaghan 2005; Conaghan, Malloy y Abugattas 1990; Grindle 2003). El conjunto de los estudios de Conaghan ha podido establecer la función de los equipos de tecnócratas dentro de los proyectos político-económicos de Ecuador, Perú y Bolivia. Según esta autora, las modalidades de gestión de las recurrentes crisis (mediante la imposición unilateral de un conjunto de reformas económicas neoliberales) y la preparación de los términos de las discusiones en materia económica se han realizado gracias al trabajo intelectual, consciente y organizado, de un “pequeño grupo de tecnócratas” que profesa una supuesta “independencia” y neutralidad políticas pero que, a la postre, apoya abiertamente intereses corporativos.

La emergencia de tales equipos económicos durante el ascenso neoliberal llegaría a ubicar estas unidades políticas como los actores privilegiados y más poderosos dentro de los gabinetes ministeriales. Secundados por el extraordinario poder presidencial y concientes de las presiones internacionales para proceder con la reestructuración de las economías, estos equipos han conseguido construir sus propias oportunidades para realizar sus “visiones” de las reformas, evidentemente orientadas al mercado. Por ello, la ‘nueva hegemonía’ de los economistas no habría sido meramente institucional sino que también se ha visto reforzada por una lucha política planteada en el terreno simbólico. En los últimos años, los ministros de gobierno y los economistas andinos han asumido una nueva y deslumbrante presencia en todas las facetas de la vida pública, convirtiéndose efectivamente en las “estrellas de la crisis” (Conaghan 1998). En un sentido análogo, Grindle ha reconsiderado el fenómeno de los think-tanks bajo las circunstancias propias de la realidad regional con base en la productividad política de los equipos de diseño de políticas y su directo carácter elitista – una cuestión presente también en Conaghan, aunque aquí con un alcance mucho más manifiesto. La imposición de las nuevas políticas e instituciones de las que ha sido testigo la sub-región ha ocurrido, en términos de Grindle, a la par de la ‘invasión’ de una serie de tecnócratas internacionales en las arenas de las políticas públicas nacionales. En esta forma, se logran introducir las orientaciones ideológicas y los condicionantes típicos que apoyan y realizan “el cambio”. La conformación de ciertos equipos en el

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diseño de las políticas sería fundamental para llevar a buen término dicha estrategia (Grindle 2000a; 2000b). Estas experiencias confirman, por lo pronto, lo que otros estudios ya han subrayado: a) que las iniciativas regionales de reforma son lideradas por el poder ejecutivo; b) el significado de la nueva exposición de un tipo específico de economistas (neoliberales) en la coyuntura latinoamericana para popularizar sus puntos de vista y anticipar así sus demandas (Conaghan 1996); y c), que las reformas han sido “proyectos de élite” promovidos por pequeños grupos socio-políticos con preocupaciones, intereses y visiones similares acerca de los problemas de sus respectivos países, especialmente ‘aliados’ con influyentes actores transnacionales. Los equipos de diseño vendrían a reproducir públicamente las preferencias de poderosas instituciones internacionales dado que su personal ha sido entrenado precisamente para “ver el mundo” y actuar en forma similar (Grindle 2000a; 2000b). 3.4. Argentina y Brasil Al lado de las contribuciones mencionadas que analizan el caso argentino (Dezalay y Garth 2003; Grindle 2000a; 2000b), Mariano Plotkin y Federico Neuburg han explorado los procesos de surgimiento de una “nueva élite” en la Argentina que, a partir de la década de 1910, consolidó la figura profesional y el campo científico de los economistas gauchos. Invocando la noción de élites intelectuales han explicado los procesos de evolución histórica de la disciplina de la economía argentina así como las trayectorias institucionales más influyentes en

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la modernización estatal de la nación durante el siglo XX. De esta forma, los autores reivindican la complejidad inherente, primero, a la conformación de un campo político y de poder desde la economía profesional y, segundo, la formación y el tipo de relaciones que se han consolidado entre las élites estatales y las élites intelectuales, dos de los actores prominentes en el marco de las transformaciones sociales y estatales más significativas en la Argentina (Plotkin 2005; Plotkin y Neiburg 2004). Otra de las variantes paradigmáticas formuladas en los estudios tradicionales sobre tecnócratas y burócratas para el caso argentino durante la década de los noventa ha resaltado la importancia de la emergencia, dentro del campo específicamente político, de una nueva figura pública, intelectual y profesional: los llamados políticos-gerentes. En contrapartida con los tecnócratas y los burócratas, los “políticos-gerentes” - un tipo especial pero también específico, bastante cercano a la categoría de los technopols y los equipos de diseño -, se diferencian de las formas más tradicionales de hacer política, entre otras, por el papel mediador que ejercen entre las exigencias de los votantes y las condiciones impuestas por la estructura de poder social dominante, condicionados bajo la supuesta separación entre política y administración (Thwaites Rey 2001). Sin duda, una hermenéutica singular que, en vivo contraste con otros análisis – por ejemplo, Dezalay y Garth para el mismo caso recurren a la categoría de technopols –, ha sido posible por las aproximaciones desde la administración pública y sus estilos teórico-conceptuales. Complementariamente, resultan de


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suma importancia para el fenómeno de la tecnocracia argentina los trabajos de García Martínez (2003), quien se ocupa del período 1975-1989, y el de Terragno (2005), quién aborda los gobiernos de la “transición democrática”, desde Alfonsín hasta Kirchner. 3.5. Colombia Tan sólo un par de estudios han conseguido profundizar el tópico elitista en el marco de los cambios más recientes de la historia colombiana. Los aportes a una sociología o una politología de las élites colombianas y su papel en el establecimiento y manutención del Estado neoliberal son más bien escasos y apenas recientemente han concitado el interés de los investigadores. (Estrada 2005a; Rodríguez 2002). La literatura existente ofrece, no obstante, algunas contribuciones de utilidad –con énfasis sociohistórico– para contextualizar la función y el rol político de la intelectualidad, particularmente, el desempeño político de los economistas en la era neoliberal. En especial deben señalarse los trabajos sobre la organización social e institucional de la economía (Echeverry 1994; Bejarano 1999); el papel de las misiones extranjeras (Arévalo 1997), y de sectores de la tecnocracia y de los productores de política (policy makers) (Gómez Buendía 1995; Marulanda 1999). Otro tipo diferente de contribuciones muestra algunos trabajos que caracterizan conjuntamente el rol político de los intelectuales en Colombia en una dimensión histórica y política (Sánchez 1993; 1998; 1999; Uricoechea 1990; Urrego 2002). Los análisis más puntuales sobre la problemática sugieren la formación

de cierta élite de economistas, estrechamente vinculada al poder político y su ejercicio, recreando la tesis de un tránsito autóctono de las figuras intelectuales, desde los abogados hacia los economistas (Palacios 1995; 2001; 2005). En todo caso, el surgimiento de esta “capa de tecnócratas”, la mayoría de ellos educados en prestigiosas universidades norteamericanas y con rasgos y procedencias comúnes (Ahumada 1996), sigue siendo una hipótesis de trabajo frecuente en las exploraciones que se ocupan progresivamente de la problemática. Recientemente y siguiendo esta misma clave analítica, los estudios comparativos han profundizado la documentación histórica, la perspectiva sociológica y la misma indagación politológica del fenómeno dentro del escenario de las élites en la administración pública colombiana (Serres 2005). Por otra parte, se han intentado acercamientos bastante comprensivos del acontecimiento de las reformas neoliberales. Destacando, el papel de las ideas y su organización corporativa en las redes de relaciones existentes entre los grupos de presión empresariales, conocidos como gremios y las formas de influencia del lobby (o “cabildeo”), la financiación de campañas y el éxito relativo en la promoción – aunque ciertamente débil – de think tanks (Fedesarrollo y más recientemente los centros de investigación de algunos gremios económicos), se ha logrado enfatizar en el desarrollo de cierta racionalidad intelectual como forjadora de consensos, posiciones y orientaciones políticas en el campo de la política económica y sus efectos sobre la “democracia criolla” (Wiesner 1978; Urrutia 1983; Edwards, 1994; Gómez Buendía, 1995).

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En particular, el enfoque de la economía política de las reformas ha progresado en el análisis sobre el papel de las ideas y de los grupos profesionales e intelectuales - primordialmente, la categoría de technopols - para aludir al grupo de economistas que “diseñaron” el programa económico (neoliberal) durante la década de 1990 (Williamson 1994). Algunos trabajos, siguiendo esta línea, han situado en el ‘cónclave’ del “Grupo del Club Suizo”, el “corazón de los technopols colombianos” de la época, en vista de que, luego, la mayoría de sus integrantes llegarían a ocupar puestos públicos de importancia en las instituciones estatales de dirección económica, haciéndose responsables de la definición del marco neoliberal en la era de las reformas (Edwards y Steiner 2000). Se trató entonces de “tecnócratas transformados en reformadores y políticos”, de formación foránea y perfil relativamente bajo, en su mayoría asociados al clima intelectual del Banco de la República (Cepeda 2000) y, al mismo tiempo, vinculados con organismos multilaterales influyentes, tales como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional y, al mismo tiempo, con verdaderos think-tanks de Washington (Ahumada 1996; PuelloSocarrás y Mora 2005). Ante el vacío y la exigüidad que exhibe la literatura especializada en este sentido, otros estudios han pretendido la recuperación analítica de la utilidad de los enfoques de élites anticipando un horizonte multiaproximativo que, desde el campo de la economía política, permita vincular los tópicos y las relaciones más significativas entre los intelectuales, los tecnócratas y el escenario propio de las reformas neoliberales.

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A partir de la categoría de élites intelectuales, referente para desatar las claves de interpretación y estudio sobre los sujetos políticos de la producción de la política económica en Colombia, desde diversos frentes (Estrada, 2005a; 2005b), se ha sistematizado el campo de estudios políticos, compaginando consistentemente las generalidades y las singularidades de los procesos de la región y los efectos de la instauración de un nuevo sujeto productor de política, la élite intelectual. Las particularidades del proceso de reformas neoliberales desde esta perspectiva han permitido ponderar las influencias globales, la tendencia transnacional del fenómeno paralelamente con su incidencia en Colombia (Puello-Socarrás y Mora 2005; Acosta 2005). Dos aportes en esta misma línea investigativa llaman la atención. El primero, referido a la constitución propiamente dicha de una élite intelectual como dispositivo de producción de la política económica en el país durante cerca de cuarenta años (1966-2…) (Estrada 2005b). Sin duda alguna, se trata de una contribución inaugural en el país sobre la temática en el panorama de la literatura más actual. Complementa esta directriz, el análisis de los discursos y narrativas de la élite (Aristizábal, Cubides y Jiménez 2005). En conjunto, se ilustran los aspectos más reveladores sobre las circunstancias históricas, los determinantes nacionales e internacionales, las rupturas y las continuidades en el ascenso de la élite intelectual colombiana al poder y la política y la forma específica como se ha podido reorientar el marco de la economía colombiana. Desde la misma perspectiva, se ha podido extender el estilo de los trabajos a otros horizontes menos invocados por


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la literatura tradicional, potenciando todavía más esta dimensión de estudios. Por ejemplo, el campo jurídico desde la Constitución Política de 1991 en Colombia aparece como una dimensión inapelable para comprender la nova liberal acudiendo al fenómeno de las élites intelectuales. El papel desempeñado por la Corte Constitucional ha sido analizado como una de las instancias claves en la reestructuración de las formas institucionales a partir de su trayectoria sociogeo-histórica (Novoa 2005) así como desde el carácter que han adoptado las decisiones jurisprudenciales en el supuesto “giro neoliberal” (Mejía y Galindo 2005). El elitismo igualmente ha sido invocado como una expresión bastante arraigada en la justicia colombiana, generadora no sólo de las orientaciones económicas sino de la justicia misma como lo sugiere la existencia de élites jurídicas (Ortiz 2005). Finalmente, desde una perspectiva social, en el trabajo de Sánchez (2005) articula la dimensión de las élites con la presencia de cierta anti-élite, con el propósito de examinar los efectos de la construcción de imaginarios y los desarrollos políticos en las naciones latinoamericanas y de abordar los desafíos que actualmente enfrenta la región y sus posibilidades de integración. 4. Conclusión Es posible encontrar un consenso relativo en torno a la diversidad de narrativas y escalas que iluminan alternativas potenciales por los cuales avanzar en la pluralidad de dimensiones que expresa la realidad socioeconómica y política contemporánea bajo el actual escenario global desde la relación entre élites y el fenómeno intelectual. Los estudios permiten

precisamente constituir una conciencia holística y un referente heurístico de cara a la complejidad del problema e, igualmente, frente a los modos y modalidades que asume esta relación, especialmente, en su perspectiva regional. Singularmente, las últimas investigaciones llaman la atención por su referencia especial y reiterada al hecho de poder contar con la dimensión de la intelectualidad desde el concepto de élites. Este es un reclamo reiterado con el fin de comprender las relaciones políticas al interior de los procesos de organización corporativa de las ideas y sus efectos en los marcos de acción política (politics) y de toma de decisiones en materia de políticas públicas (policy), incluyendo la política económica. Generalizar e integrar los diversos estudios y sus respectivas opciones de inteligibilidad, expresa los múltiples intentos por revelar las lógicas clave, legitimidades y racionalidades dentro de una alternativa analítica ponderada. No obstante, las diferentes estrategias investigativas sugieren todavía la urgencia de insistir por encontrar nuevas respuestas. Pensamos que estos y otros interrogantes, por supuesto, deben improvisarse (en el sentido positivo del término), conforme crece el interés por la problemática y se amplían los términos, usos, herramientas e instrumentos de discusión. Al mismo tiempo que se recogen nuevas evidencias, argumentos y justificaciones; se recolectan datos y se construyen más informaciones. Sin embargo, la conjunción del fenómeno de las élites y los intelectuales, eventualmente, aporta poderosas sugestiones, alrededor de los límites y posibilidades de los análisis, obteniendo progresivamente más y mejores resultados.

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C olombia Internacional 62, jul - dic 2005, 120 - 131

PRÓLOGO A LA LLAMADA ‘INVESTIGACIÓN CUALITATIVA’ en ciencias sociales Rodolfo Masías Núñez1

recibido 31/01/06, aprobado 01/03/06

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R odolfo Masías Núñez

Este artículo ofrece una visión panorámica de lo que se conoce corrientemente en ciencias sociales como ‘investigación cualitativa’. Bien podría considerarse un exordio, pues al tiempo que sólo asoma una cuestión deja el suspenso necesario para continuar una indagación futura más profunda. El artículo parte de una discusión general sobre el significado de la investigación cualitativa concebida a la luz del concepto de paradigma, para analizar luego su génesis y las razones que hacen a su expansión en las ultimas dos décadas del siglo XX. Se afirma que es una expansión difícil y conflictiva y, como realización de una legitimidad, todavía lejos de estar terminada: la oposición a este enfoque, en particular del positivismo académico, es aun en la actualidad una férrea barrera que superar, pese a las voces contemporáneas de integración o confluencia. Posteriormente, se detiene en la discusión acerca de su estatuto epistemológico y en los elementos que la distinguen de las otras concepciones de investigación. El trabajo se cierra con una propuesta de interpretación diferente de la presencia y generalización de todo este proyecto intelectual en ciencias sociales: retomando a Bourdieu, abre una pista para analizar este fenómeno más como producto de unos juegos de un campo social, que de una rebelión exclusivamente epistemológica. Palabras clave: Epistemología, hermenéutica, métodos cuantitativos, paradigmas, positivismo This article offers a panoramic view of what it is commonly known in the social sciences as “qualitative research”. It could well be considered an introduction, as it simply poses questions and points to areas of future research.The text begins with a general discussion on the meaning of qualitative research, based upon the concept of paradigm, and analyzes its genesis and the reason of its expansion in the last two decades of the twentieth century. The author affirms that it is a difficult and conflicting expansion and, that its legitimacy is far from assured: opposition to this approach, in particular by academic positivism, continues to present a difficult barrier to overcome, despite contemporary voices of integration or dialogue. Subsequently, the article discusses qualitative analysis’ epistemological status and the elements that distinguish it from other conceptions of research. The paper concludes with an interpretative proposal that differs from this entire intellectual project in the social sciences: making use of Bourdieu, it opens a path to analyzing this phenomenon more as the product of games within a social field than as an exclusively epistemological rebellion. Keywords: Epistemology, hermeneutics, qualitative methods, paradigms, positivism

1 Profesor Asociado del Departamento de Ciencia Política de la Universidad de los Andes, Colombia.

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P rólogo a la llamada ‘Investigación cualitativa’ en ciencias sociales

Introducción

R

eflexionar sobre la naturaleza y significado de eso que se convino en llamar pragmáticamente ‘investigación cualitativa’ en ciencias sociales resulta una tarea compleja y de suma responsabilidad. La complejidad tiene que ver con la ya larga historia de reformulaciones del concepto, que dificulta precisar sus notas de identidad por antonomasia; con las iracundas, agotadoras y desconcertantes controversias que ha suscitado en la comunidad de estudiosos de la sociedad; y con la cada vez mayor recurrencia en su aplicación (muchas veces a la usanza de una moda) que se muestra, sin embargo, bastante disímil y contradictoria. La extrema responsabilidad se liga a la tensión que supone reflexionar de manera independiente y crítica sobre este tema, más aún cuando sus propugnadores exponen todavía sus virtudes en términos de superioridad y sus detractores presentan sus defectos como manifestación de su nulo carácter científico y por ende cognitivo. Bien vista la cuestión, y entendida como movimiento intelectual, es decir, como un fenómeno de identidad colectiva, la investigación cualitativa se despliega como una alternativa a las maneras convencionales y legitimadas de investigar, pero tal vez, más importante aún, se desarrolla como una conciencia de vigilancia y develamiento de los límites de la investigación clásica2.

Este parece ser, al menos con mayor claridad, el curso que toma en el tramo más cercano de su historia, desde los años 80 hasta ahora. En estos últimos 25 años, aproximadamente, esta subcomunidad de las ciencias sociales, tras la bandera de una forma diferente de hacer investigación, ha expresado una justificada rebeldía e insatisfacción con el estado de cosas, ha representado una voz de alarma sobre las aporías de las ciencias sociales, resultado de su ligazón umbilical con ciertas ciencias naturales y sobre las sendas señales de imposibilidad de significar el mundo social que han venido manifestando en los últimos años, especialmente la denominada investigación cuantitativa3. Ahora bien, con todo, y por sobre la relativa exactitud de los juicios hasta ahora expresados, las preguntas siguen siendo las mismas: ¿qué es ‘investigación cualitativa’? ¿Qué es ‘metodología cualitativa’? ¿Cuál es la historia de este movimiento y practica de investigación? ¿Es posible encontrarle un estatuto epistemológico autónomo o es un fenómeno más de diferenciación social y distinción en el campo de las ciencias sociales? ¿Cuál es su relación con la llamada ‘metodología cuantitativa’? ¿Cuáles son los signos de identidad social de los ‘cualitativistas’ y qué es lo que buscan investigando de esa otra manera? ¿En qué aspectos reside la intensa controversia con la subcomunidad de la investigación cuantitativa?

2 Por ‘investigación clásica’ estoy entendiendo aquella práctica de conocimiento que tiene como ideal a la ciencia, esa práctica que busca reproducir el método cientifico. 3 Hablo de ‘ciertas ciencias naturales’ teniendo en cuenta que éstas no son en la actualidad un bloque estructurado en una unitaria filosofía de la ciencia. Hay toda una vertiente renovadora que redefine el concepto de ciencias naturales asemejándolo bastante al de ciencias sociales.Véase al respecto Prigogine y Stengers (1983), Prigogine (1997) y Holton (1998).

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Una historia para la ‘investigación cualitativa’ La historia de la investigación cualitativa es en verdad la historia de lo que Kuhn denominaría un paradigma4: una visión de la realidad, una perspectiva para abordarla y conocerla, unos objetos privilegiados de interés y unos procedimientos en particular para obtener un saber. Lo que resulta reciente en la historia en cuestión es su expansión en el mundo de las ciencias sociales en las ultimas tres décadas. Se trata de un fenómeno de generalización y mayor aceptación. Es decir, se trata de la cada vez mayor acogida de su propuesta epistemológica y metodológica, y del cada vez mayor numero de investigadores que ven en su promesa una superación de los problemas cognitivos y prácticos de las ciencias sociales. Es reciente también en esta historia la intensidad del debate que suscita y la constitución de verdaderos gremios defensores de esta propuesta o la de su antagónica, sea bien que se le denomine ‘investigación cuantitativa’, cientificismo o simplemente positivismo con todas sus mutaciones. Sin embargo, es al mismo tiempo de poca data la conformación de un movimiento a favor de la convergencia entre estas visiones de la investigación5. Pese a esta juventud de su propagación, legitimación y hasta institucionalización, como proyecto intelectual

parece encontrar sus orígenes en los remotos momentos de la Grecia Clásica, en la concepción aristotélica de conocimiento de la realidad6. No se trata, pues, de un intento sin pasado, ni de una ocurrencia exclusiva de la modernidad, como tampoco se trata de un movimiento que se explique solamente, aunque si bien bastante, en paralelo al desarrollo de la ciencia y en particular de la ciencia cuantificadora de estirpe galileana. Esa secular bifurcación de la historia cultural de la humanidad entre una forma de generar conocimientos de manera clara y distinta y con base en el universo de las matemáticas y esa otra forma humanística más apoyada en la imaginación y el discurso, dan cuenta de la extensa génesis de esto que ahora conocemos como investigación cualitativa o paradigma cualitativo, a falta de una denominación más justa. Si bien mi propósito es concentrarme en este periodo de auge7, conviene precisar algunos hitos de esta historia, así sea con una finalidad estrictamente informativa. Este repaso servirá posteriormente para hollar en su identidad epistemológica y en los fenómenos sociológicos que refleja la comunidad de los que la erigen como modalidad efectiva de realizar las ciencias sociales. Desde que hay ciencia moderna (siglos XVI y XVII), la concepción de investigación que posteriormente

4 Véase al respecto Kuhn (1971). 5 Un trabajo sugerente sobre cómo lograr esta deseada integración es el de Bericat (1998). En Colombia se publicó hace algunos años un libro con la misma inspiración, véase Bonilla-Castro y Rodríguez (1997). 6 Los textos mas recientes de metodología cualitativa parecen estar de acuerdo con esta afirmación. Si se quiere profundizar, véase Mardones (1991). 7 Sin poder documentar la afirmación contraria sobre el auge actual de las posiciones cualitativas, debo decir que tal corriente circula bastante en los medios académicos. Es una visión que también apuesta por la integración paradigmática.

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fue denominada positivismo, nunca se desarrolló solitaria; siempre tuvo oposición y, desde ese punto de vista, siempre hubo algo así como una perspectiva de investigación cualitativa. Sin embargo hubo de pasar dos siglos para que, en el siglo XIX, se edificara toda una filosofía crítica y alternativa en el conocimiento de lo humano: es la filosofía de Nietzsche. Aquí el positivismo encuentra un gran crítico y un gran opositor, pero sobretodo los perfiles de una manera diferente de aproximarse y entender la realidad8. Es también hacia finales del siglo XIX y comienzos del XX que se conforma toda una corriente crítica a la imitación mecánica de la estructura epistemológica de las ciencias naturales en las ciencias sociales9. Por su parte, sin desconocer la hegemonía del positivismo durante todo el siglo XX, este es el siglo que, más que cualquier otro, ve dilucidar los principios de un enfoque propiamente cualitativo, lo ve competir con la academia convencional, lograr aceptación y posicionarse finalmente.Todo este proceso de siglos es el que cuaja en un panorama de las ciencias sociales más diverso, en términos de entender el conocimiento y de sus formas de conseguirlo. La actual es una época de coexistencia, de acercamientos y aceptaciones, aunque no siempre pacifica y convergente. Sin embargo, no sería del todo inexacto decir que es la época de la investigación diferente, en la que la ‘cualitativa’ ocupa un lugar muy especial10.

En busca de una identidad epistemológica y política La propuesta de investigación cualitativa que aquí estoy concibiendo en el marco del concepto de paradigma ha sido denominada en los últimos años de diversos modos; es una gama de denominaciones que quieren expresar su elemento esencial. Son calificaciones sugerentes pero fragmentarias, al tiempo que plasman las discrepancias entre sus sistematizadores. Es, con todo, un esfuerzo grande por conferirle una identidad, filosófica, metodológica, académica y social. Por lo general, han tenido como contrapartida la ‘otra’ forma de investigación, también reconocida de muy diversas maneras, más comúnmente como cuantitativa. Así, frente a la llamada propuesta ‘prevaleciente’ la cualitativa es la ‘emergente’; cuando la primera es denominada ‘clásica’, la segunda es nombrada ‘alternativa’; al llamar a la otra ‘racionalista’, se le ha opuesto el apelativo de ‘naturalista’; cuando la otra es identificada como ‘realista’, ésta ha recibido la denominación de ‘hermenéutica’. Con todas sus imprecisiones, en estas apuestas hay bastante de cierto: la investigación cualitativa hasta ahora no ha prevalecido, no es ni ha sido una propuesta hegemónica; frente a la manera convencional de concebir la investigación en ciencias sociales, ha emergido como una alternativa; al predominio de la razón, este proyecto intelectual le ha opuesto la imaginación y la intuición;

8 Sobre esta historia y sobre la ‘hermeneutización’ de las ciencias sociales, véase la compilación de Gutiérrez (2004). 9 Sobre el punto, la reconstrucción de mayor impacto, por su precisión epistemológica e histórica, se puede encontrar en Rossi (1982). 10 Utilizo la palabra ‘diferente’ para dar cuenta de una suerte de sensibilidad bastante extendida en las ciencias sociales por innovar, por encontrar nuevas formas de hacer investigación y abordaje. Es una especie de actitud vanguardista que quiere cancelar el pasado y la repetición.

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y a los limites de la objetividad científica ha querido oponerle el sustento filosófico de la hermenéutica y mas recientemente del constructivismo11. Este juego de calificativos, que dan cuenta de los difíciles movimientos en busca de una identidad filosófica y también política, expresan igualmente los problemas que se han debido de sortear desde el punto de vista epistemológico, básicamente el estatuto de cientificidad de esta concepción alternativa. Desde los parámetros de la epistemología clásica, la investigación emergente ha tenido que enfrentar múltiples y justificadas críticas, sobre las cuales no siempre ha habido refutaciones consistentes ni convincentes12.Y es que lo que permanentemente ha estado en cuestión es la naturaleza del conocimiento que de estas prácticas brota: ¿se hace ciencia? ¿Se quiere hacer finalmente ciencia? ¿Son científicos los conocimientos producidos? Si no lo fuesen, ¿qué son? Ante los viejos criterios de demarcación entre ciencia y no-ciencia, las respuestas de los cualitativistas han sido diversas y divergentes: por un lado, aparece un sector que acepta los clásicos criterios, respondiendo con matices o replanteándolos tímidamente; por otro lado, hay un sector que los desconoce completamente. Si bien ambas posiciones son vigentes, me atrevería a decir que la segunda ha ido cobrando más fuerza en los últimos años. Pero ¿cuáles son algunos de estos criterios-problema en que se ha visto sometida la identidad epistemológica

del movimiento de la investigación cualitativa? El primero es el del método científico: a la investigación cualitativa se le ha criticado por no seguir el método científico y en situaciones extremas por no desarrollar algo así como un método, de manera que su cientificidad ha sido desaprobada. Se cuestiona que no haya un procedimiento que le sea suyo, que la identifique y que asegure la valía de los enunciados sobre la realidad que concluyen. Junto a ello, e íntimamente ligado, está el criterio-problema de la objetividad: el estudio de la subjetividad desde la subjetividad misma, objeto privilegiado de la investigación cualitativa, no puede considerarse una aproximación objetiva y consecuentemente los resultados que se alcancen no lo pueden ser. Si un conocimiento no es objetivo, por ende no es real, puede ser pura imaginación y no es científico. El criterio-problema de la generalización es un tercer ámbito de críticas: la investigación cualitativa, en tanto que casuística, está vedada a un tipo de conocimiento que revele alguna forma de regularidad del mundo social. Si esto es así, se trata de un tipo de investigación que poco aporta a desentrañar el orden social. Todas las reconvenciones anteriores desembocan en el criterioproblema de la validez del conocimiento obtenido: no habría en estos conocimientos la mínima posibilidad de su verificación. Bajo el lente de la perspectiva convencional, pues, la investigación

11 La comunión entre metodología cualitativa y constructivismo queda muy bien esclarecida en las compilaciones de Watzlawick y Krieg (2000) y en Watzlawick y otros (2000). 12 Para ahondar en las exigencias de la filosofía clásica de la ciencia conviene volver al antiguo libro de Bunge (1989). Si se quiere tener una imagen más actual de estos planteamientos puede consultarse, también, Bunge (2002).

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cualitativa difícilmente podrá considerarse científica o todavía dista mucho de serlo como para ser tomada en serio13. Es solamente sobre una imagen diferente de la ciencia o del conocimiento que puede tener cabida un movimiento que emerge justamente sobre la crítica a la manera legitimada de hacer las cosas. La investigación cualitativa solo podrá ser aceptada si se ensancha el horizonte epistemológico o se conviene en la posibilidad de abrir otro igualmente legitimo14. Este parece ser el meollo de los dilemas de los ideólogos y practicantes de la no tan reciente propuesta. La investigación cualitativa realmente existente: un tipo ideal El gran escollo a sortear en una caracterización de la propuesta cualitativa es establecer si hay algo así como un sustrato ontológico, epistemológico y metodológico colectivo en todas sus manifestaciones concretas de investigación, pues la primera impresión es la de la disimilitud. En efecto, el problema es poder encontrar si, entre quienes investigan portando su emblema, responden por igual, o tienden a hacerlo, a un mismo tipo de criterios paradigmáticos15. El recurso metodológico weberiano del ‘tipo ideal’ puede servir en este difícil ejercicio. En efecto, en un plano muy elevado de abstracción, hay una suerte de ethos al que responde la investigación

cualitativa y que parece plasmarse en la práctica. Filosóficamente, como tendencia general, se emparenta con la fenomenología, la hermenéutica y el constructivismo; bebe de éstas tanto para dilucidar un concepto de ‘realidad’ como para sentar las líneas maestras de un esquema de abordaje de la misma. La búsqueda de un sustento en estas corrientes representa un distanciamiento crítico del objetivismo positivista, a su creencia de que el conocimiento es un cotejo, un encajamiento, con la realidad externa a los sujetos. En el espíritu cualitativo se cuestiona que el conocimiento se origine más allá y con excepción del actor que conoce. La comprensión interpretativa como actitud frente al ‘objeto’ es una máxima metodológica de comportamiento, toda una postura del investigador. No es casual por ello que, en el plano de la teoría social, la investigación cualitativa reproduzca los principios de la fenomenología social de Schutz, el interaccionismo simbólico, la etnometodología o la teoría del discurso, entre otros. Pero en lo que podría llamarse el ‘programa de la investigación cualitativa’, hay otros elementos característicos, varias veces mentados por sus pensadores y que no tienen tanto que ver por lo que es mas conocido, con su critica a la función del numero como propio y exclusivo representador de la realidad. Si con los términos de la discusión de la época de la

13 Muy ilustrativo al respecto es el artículo de Aunger (1995). 14 Una muy notable contribución sobre el punto se puede confrontar en Balandier (1999). Aunque si bien en una posición diferente, una sugerencia de amplitud de horizontes de encuentra en Geddes (2003). 15 En los últimos 25 años se han producido infinidad de intentos por caracterizar el programa de la investigación cualitativa. Las referencias a continuación son las que, por lo menos al autor, le han sido las más influyentes: Crabtree y Millar (1992),Valles (1997),Vasilachis de Gialdino (1993) y Delgado y Gutierrez (1998).

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Batalla del Método se quisiera establecer si la postura cualitativa es más “ideográfica” que “nomotética”, habría que decir que propende a la primera. Hay una inclinación hacia la búsqueda de la singularidad de los fenómenos sociales que a generar enunciados que recojan regularidades a la manera de la antigua pretensión legaliforme. Por su parte, el conocimiento no es más prospero con la verificación de hipótesis. En esta postura verificar, tras que es un imposible cognitivo, reproduce la ontología positivista de la realidad independiente de la voluntad humana. En vez de verificar se trata de describir profundamente, comprendiendo e interpretando. El investigador cualitativo no se siente seguro verificando, se siente cómodo conjeturando, especulando, ilustrando la realidad. Si bien es uno de los temas que mayor desaprobación o controversia ha suscitado, la flexibilidad metodológica que se desarrolla en la investigación cualitativa es uno de sus signos de distinción. Hay toda una ruptura respecto del normativismo metodológico, a la reproducción mecánica del llamado método científico y en general a cualquier protocolo a tan solamente aplicar. La flexibilidad tiene que ver con que el método se realiza también en la practica; no es un dispositivo, cual técnica, que se aplique como receta. Investigar es ver el método en movimiento. Tal aserto se extiende, además, al papel

del llamado marco teórico: la propuesta en cuestión es más inductiva, la teoría no está allí para partir de ella, es más bien o debería ser, un punto de llegada16. Por ultimo, respecto de la medición, no es que sea satanizada, si no que se estima que no todo puede ser expresado cuantitativamente. El tema aquí es el del isomorfismo posible, real, entre el sistema de los números y la condición social o humana, la medida en que los fenómenos de la vida social encuadren como datos cuantitativos17. Sin embargo, no es cierto que los investigadores cualitativos no hagan uso de cifras en sus investigaciones, mas importante es saber cómo se usarán y qué sentido se les conferirá. Particularmente, a ese nivel de abstracción, hay además otros signos de distinción mas concreta. Por lo común, esta investigación reivindica como objeto de observación la vida cotidiana, quiere acceder al mundo de la vida de los actores y expresar sus hallazgos en el lenguaje corriente o en uso. Son las actividades diarias, los motivos de la acción y sus significados, el saber de los actores, su conocimiento práctico, en el lenguaje de la Etnometodología, lo que quiere saberse. De todo ello es consecuencia que sus fuentes principales sean los mismos individuos o sus prácticas, frente a la idea fallida de que los sujetos no pueden decir algo acerca de ellos mismos. El actor social también quiere ser reivindicado como participe del acto de

16 Sobre cómo los programas cualitativo y cuantitativo comparten una misma finalidad inferencial y sobre los alcances y limites de esta operación puede consultarse King, Keohane y Verba (2000). 17 Se puede llegar a una gran claridad sobre el punto consultando el magnifico trabajo de Cicourel (1982).

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investigación. En esta perspectiva, pues, los agentes pueden decir algo sobre la sociedad, el lego es considerado sapiente de su situación. La coinvestigación es un resultado de este principio. Los dispositivos y técnicas de recopilación de información han de ser correspondientes al espíritu de estos mandatos epistemológicos y teóricos. Es en razón de ello que esta forma de investigación sea tan conocida, desafortunadamente, como metodología cualitativa. Efectivamente, lo que se verá será una inclinación a practicar la observación participante, la entrevista a profundidad, el relato biográfico para la historia de vida o los grupos focales, entre otras18. A manera de coda: una sociología de la controversia Los fenómenos de división y diferenciación interna en ciencias sociales, sean bien de naturaleza filosófica, teórica o metodológica, como lo es éste entre los colectivos de la investigación cualitativa y las otras formas de investigar, engendran dudas sobre su justificación y hasta utilidad. No deja de pasar intensamente por la conciencia cuánto pueden ser divisiones caprichosas, agrupamientos extravagantes de la comunidad de los estudiosos de la sociedad; cuánto pueden ser sólo modas, o circunstancias de clasificación social, que se explican mas por razones sociológicas, como productos de unos juegos de un campo social, en la terminología de Bourdieu19, que por razones supuesta-

mente más elevadas. Por mucho tiempo se ha querido acotar el debate entre estas propuestas como uno tan solo epistemológico y metodológico, pero surge la sospecha si no es posible y también productivo verlo combinadamente, al menos integrando en la reflexión una perspectiva sociológica. Sería algo equivalente a sobrepasar los modelos racionales de explicación del cambio científico y de la adhesión o conversión de las comunidades a las teorías más potentes, por eso que se llama modelos no-racionales; sería un intento por reunir en una misma empresa explicativa los ‘factores internos’ y ‘externos’ que dan cuenta del movimiento en las disciplinas. Esta perspectiva, a mi juicio, permitiría llenar los vacíos que deja una discusión solamente referida a la manera de producir conocimientos, pues, como he tratado de argumentar, no es una cuestión que pueda reducirse a tan sólo una cuestión de metodología. Ciertamente, para los propulsores de cada movimiento las divergencias son de fondo, racionales e internas; más ante la fuerza de la experiencia vivida no es banal prestar atención a esas señales que parecen indicar algo más. No es difícil comprobar enrolamientos a estas cofradías sólo por razones de prestigio, de distinción social o reconocimiento académico y financiero; y otras falsas adhesiones, ya que identificarse con alguna postura es el resultado de una socialización fortuita en una determinada tradición de investigación, para la que no hubo

18 Para abundar en los fundamentos filosóficos de las técnicas usuales en metodología cualitativa, véase Saltalamacchia (1992). 19 Al respecto los estudios de Bourdieu (1990; 1998) tienen mucho que aportar. Particularmente para la ciencia y los científicos como objeto de reflexión ver Bourdieu (2000; 2003).

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R odolfo Masías Núñez

elección. Qué difícil ha de ser para el nuevo miembro de las ciencias sociales poder “elegir” una u otra opción, cuando los iniciados, con vehemencia y dogmatismo sectario, haciendo despliegue de todos los dispositivos que la sociedad contiene para persuadir, interesar y conquistar, quieren a toda costa hacer prevalecer sus ideas para perpetuar o desarrollar una nueva hegemonía cultural.

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C olombia Internacional 62, jul - dic 2005, 132 - 145

TEORÍA DE ELECCIÓN RACIONAL: estructura conceptual y evolución reciente Pablo Abitbol1 y Felipe Botero2

recibido 15/03/06, aprobado 27/03/06

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P ablo Abitbol y F elipe Botero

Este texto espera contribuir al diálogo al interior de los estudios políticos presentando una descripción general de la estructura conceptual de la Teoría de Elección Racional, TER. El objetivo principal es exponer de manera precisa y concreta los preceptos básicos de la TER tanto en su formulación original como los ajustes que se han realizado a partir de las críticas tanto internas como externas que se le han formulado. Así, se presenta una breve discusión sobre cómo el reconocimiento de algunas de sus limitaciones marca varios aspectos de su evolución reciente. El artículo concluye con unas breves reflexiones sobre la utilidad de la TER en la ciencia política no para discutir la aplicabilidad de la TER en ciencias sociales, lo cual desborda los alcances de este texto, sino para iniciar una discusión sobre cómo la TER se constituye en un marco conceptual que brinda la posibilidad de generar diálogo al interior de la disciplina. Palabras clave: Teoría de elección racional, utilidad esperada, utilidad simbólica, utilidad evidencialmente esperada, utilidad causalmente esperada, valor decisional, racionalidad This article hopes to facilitate dialogue within political studies by presenting a general description of the conceptual structure of Rational Choice Theory, RCT. The main goal is to present precisely and concretely the basic precepts of RCT both on its original formulation and on the adjustments that have been adopted in reply to internal and external critiques.Thus, it presents a brief discussion about how the acknowledgement of the theory’s limitations has guided some aspects of its recent evolution. The article concludes with some brief reflections on the usefulness of RCT in political science, not aimed at discussing the applicability of RCT in the social sciences, a discussion beyond the scope of the paper, but to initiate a discussion about how RCT constitutes itself as a theoretical framework that facilitates dialogue within the discipline. Keywords: Rational choice theory, expected utility, symbolic utility, evidentially expected utility, causally expected utility, decisional value, rationality

Introducción

R

ecientemente, Almond (1990) sugirió la idea de que las diferentes escuelas teóricas en ciencia política generaban tal división entre los politólogos que éstos se encontraban en mesas

separadas: cada escuela con su propia concepción de la ciencia política apropiada, pero protegiendo alguna “isla secreta de vulnerabilidad”3 . Desde un punto de vista práctico tal configuración de la disciplina podría estar sacrificando relevancia por rigor.

1 Politólogo, Magíster en Filosofía. Profesor de cátedra y consultor independiente. 2 Profesor asistente, Departamento de Ciencia Política, Universidad de los Andes, Bogotá, Colombia. 3 Al respecto ver Almond (1990) y las respuestas de Grofman (1997) y Wuffle (1999).

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T eoría de la elección racional: estructura conceptual y evolución reciente

Las teorías no se escogen por cuán verdaderas sean (pues nunca lo son), sino por lo útiles que resulten en la construcción de los modelos específicos que se usan para explicar fenómenos, hacer cosas y resolver problemas en situaciones concretas4. Una apuesta teórica que trascienda la idea de “mesas separadas” al interior de las facultades de ciencias sociales requiere una deliberación5 en torno a descripciones suficientemente generales de la estructura de cada marco conceptual en juego, para construir acuerdos sobre sus limitaciones y su utilidad para explicar y actuar sobre realidades que evolucionan constantemente. Este texto presenta (sección A.) una descripción general de la estructura conceptual de la Teoría de Elección Racional,TER, (B.) una breve discusión sobre cómo el reconocimiento de algunas de sus limitaciones marca varios aspectos de su evolución reciente y (C.) algunas reflexiones sobre la utilidad de TER en la ciencia política. A. Estructura Conceptual de la TER 1. Individualismo Metodológico La TER es una teoría social con perspectiva analítica; es decir que se aproxima a los fenómenos sociales asumiendo que éstos se pueden explicar en términos de sus partes constitutivas y de las relaciones causales que existen

entre ellas. Una explicación, en este sentido, es un relato causal sobre la operación de los mecanismos que permiten que la interacción entre las partes (lo micro) produzca los fenómenos agregados (lo macro)6. Las unidades de análisis de la TER son acciones humanas individualmente consideradas. Sus explicaciones se basan en la idea de que los fenómenos sociales pueden ser comprendidos en términos de la interacción entre acciones humanas individuales. Es importante notar que la unidad de análisis así postulada no es éste o aquél individuo particular, ni la categoría abstracta “el individuo”, sino acciones humanas particulares (individuadas). Los mecanismos causales en la acción social son las decisiones que toman los actores cuando interactúan entre sí. Las acciones humanas particulares que se pueden describir como decisiones comparten dos propiedades generales: intencionalidad y racionalidad. 2. Intencionalidad: razones como causas Una acción intencional es una acción causada por razones7. Las razones están compuestas por deseos y creencias; el deseo de X y la creencia de que la acción A conduce a X, es una razón que causa la acción A. Como se puede apreciar en el gráfico 1, este es un modelo causal de la acción humana, pero no puede ser

4 “Así que necesitamos todo tipo de teorías –entre más, mejor. Como investigadores, académicos y profesores, nuestra obligación es estimular el pensamiento, y una buena manera de hacer eso es ofreciendo teorías alternativas –múltiples explicaciones de los mismos fenómenos. Nuestros estudiantes y lectores deberían salir de nuestras clases y publicaciones ponderando, haciéndose preguntas, pensando – no sabiendo.” Mintzberg (2005: 3). 5 Para ampliar el concepto de democracia deliberativa ver Bohman y Regh (1997) y Goodin (2003). 6 Sobre las nociones de explicación causal y explicación en términos de mecanismos en ciencias sociales, ver Lewis (1986) y Elster (1986). 7 Davidson (1963).

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P ablo Abitbol y F elipe Botero

Gráfico 1. Acción intencional

Deseo “X”

Creencia: “A produce X”

Decisión Razón para hacer A causa

entendido como un modelo determinista. Los resultados de la acción siempre son indeterminados8; i. e. sólo sabemos que las razones causan la acción, pero no sabemos si la acción realiza el deseo, ni en qué medida afianza o debilita la creencia9. 3. Racionalidad: maximización de utilidad esperada El proceso mediante el cual se articulan causalmente razones y acciones es la decisión. Decidir es elegir10 una acción de un conjunto de acciones posibles11. El mecanismo que opera en un proceso de decisión, i. e. un proceso

Acción A efecto

de elección de un curso de acción, es la racionalidad. Una acción racional es una acción llevada a cabo, elegida, porque su agente cree que así puede lograr lo que desea. Más específicamente, una acción racional (el tipo de acción que podemos suponer de un agente que elige realizar su intención) es una acción que el agente decide llevar a cabo porque cree que maximiza su utilidad esperada. La utilidad no es una medida del deseo, pero sí una descripción general de lo que éste significa en un proceso de decisión. La interacción

8 Al respecto ver Elster (1993). 9 Los deseos y las creencias son eventos mentales (actitudes proposicionales), no son eventos físicos. En este sentido, la teoría intencional de la acción que fundamenta la TER es compatible con una posición de monismo anómalo respecto a la mente humana: los eventos mentales son ontológicamente reducibles, pero no conceptualmente reducibles, a eventos físicos. La imposibilidad de reducción conceptual de eventos mentales a eventos físicos da cuenta de la imposibilidad de formular leyes estrictas (determinadas) que conecten lo psicológico y lo físico.Así, la fundamentación de la TER sobre la base de la teoría intencional de la acción le otorga a la TER su carácter de modelo de explicación científica –causal– pero elimina la formulación de leyes deterministas sobre los fenómenos sociales en los modelos basados en la TER.Ver Davidson (1994: 231). 10 Acá se entiende “elección” como la acción de elegir. Elección podría entenderse como el proceso mental –no observable– por el cual se opta por alguna de las alternativas posibles. Sin embargo, para que exista una decisión es preciso que se dé la acción de elegir. Es decir, es preciso que el individuo realice una acción observable para que podamos hablar de elección y decisión. Los problemas que surgen al intentar inferir razones de la inacción voluntaria revelan la enorme dificultad metodológica de la TER: inferir razones de acciones. (Ésta hace parte de las dificultades de la convivencia humana racional; ver Rosas (2004)). 11 Al respecto ver Schick (1997).

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T eoría de la elección racional: estructura conceptual y evolución reciente

entre los distintos cursos de acción disponibles para el agente, su conjunto de oportunidad, A = (a1, a2, …, an), y varios estados del mundo posibles, el conjunto de posibilidad, S = (s1, s2, …, sm), configura un conjunto de resultados posibles de la acción, R = (r11, r22, …, rnm). Querer, desear un resultado más que otro implica (1) comparar resultados entre sí y establecer relaciones de preferencia entre ellos (comparabilidad) y (2) ordenarlos en términos de esas relaciones de preferencia (transitividad). Cuando un agente establece una relación de preferencia (fuerte: estricta preferencia, o débil: indiferencia) entre diversos resultados posibles de la acción, se obtiene un conjunto ordenado, R* = {r11, r12, …, rnm}. El valor de utilidad de cualquiera de estos resultados posibles, Urij, señala su posición relativa frente a todos los demás resultados posibles en el conjunto ordenado; en este sentido el significado numérico del valor de utilidad es puramente ordinal, y sólo puede ser asignado a cada uno de los elementos del conjunto de resultados posibles de la acción cuando éste satisface las condiciones de comparabilidad y transitividad. Formalmente, la comparabilidad exige que el agente pueda establecer una relación de preferencia (>) o indiferencia (=) de todas las parejas de los elementos del conjunto de resultados posibles de la acción, R. Por ejemplo r11 > r21 (r11 es preferido sobre r21) o r21 = r22 (r21 es tan preferido como r22), etc. La transitividad exige que si se cumple que r11 > r12 y

12 Ver Arrow (1951/1963: 13), Shepsle y Boncheck (1997: 64).

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r12 > r13, entonces se tiene que cumplir que r11 > r13. Una acción cumple con la condición de racionalidad cuando R* es comparable y transitivo12. Si R* no cumple con esta condición, entonces es imposible asumir la racionalidad de la acción, y en consecuencia, no es posible rastrear en ella la intención del agente (la relación causal entre deseos, creencias e interpretaciones con su acción). Como nuestras creencias nunca son certezas, nuestras acciones siempre son apuestas. Por esta razón un agente racional no maximiza simplemente su utilidad, sino su utilidad esperada; es decir que pondera la utilidad de cada resultado posible por la probabilidad subjetiva (p) de que éste se dé, estimando dicha probabilidad de acuerdo con sus propias creencias sobre la estructura causal de la situación. Así, un proceso de decisión puede ser descrito como el proceso mediante el cual un agente maximiza su utilidad esperada. Formalmente, la utilidad esperada, UE, de una acción, ai, se define así: U(ri2)

UE(ai) = p(s1) x U(ri1) … p(sm) x U(rim)

+

p(s2)

x

+

El proceso de decisión, ilustrado en el gráfico 2, consiste en elegir la acción que, de un conjunto de acciones permitidas (a1, a2, …, an), produzca la mayor utilidad esperada. Así, actuar racionalmente –maximizar la utilidad esperada de las acciones propias– es actuar intentando lograr


P ablo Abitbol y F elipe Botero

Gráfico 2. Árbol de decisión para maximización de utilidad esperada

p(s1) p(s2) p(s3) a1 p(s1) a2

p(s2) p(s3)

r1 r2

UE(a1)

=

p(s1) x U(r11)

+

p(s2) x U(r12) - p(s3) x U(r13)

UE(a2)

=

p(s1) x U(r21)

+

p(s2) x U(r22)

+

p(s3) x U(r23)

UE(a3)

=

p(s1) x U(r31)

+

p(s2) x U(r32)

+

p(s3) x U(r33)

r3

r1

r2

r3

a3 p(s1) p(s2) p(s3)

r1 r2 r3

lo que uno quiere y sujetándose a lo que uno cree que puede. B. Evolución de la TER Esta definición del proceso de decisión presenta cuatro limitaciones, las cuáles han sido señaladas por los críticos de la TER como sus principales deficiencias. Primero, no incorpora con claridad el papel de las interpretaciones como componentes de las razones, puesto que el valor de utilidad y las probabilidades sólo representan deseos y creencias sobre la estructura causal de la situación. Las interpretaciones

son un tercer componente de las razones en la medida en que representan la identificación del agente con sus propias acciones; es decir, reflejan la visión del agente sobre si tal o cual acción disponible es algo que él haría. Segundo, asume que los diferentes estados del mundo posibles son independientes de la acción, lo cual no refleja adecuadamente los diversos tipos de probabilidad que el agente le puede asignar a la influencia de sus decisiones sobre los resultados; es decir, la TER clásica no diferencia la probabilidad de que cada posible estado del mundo se dé independientemente

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T eoría de la elección racional: estructura conceptual y evolución reciente

de la acción del agente y la probabilidad de que cada estado del mundo se produzca dada la acción del agente. Tercero, asume que la capacidad mental para computar las utilidades de todos los resultados posibles de su acción es ilimitada y que la información para calcular las probabilidades de todos los posibles estados del mundo es completa. En este sentido, la TER clásica asume que la mente humana es capaz de maximizar una función de utilidad esperada. Cuarto, no incluye ninguna información sobre la racionalidad de las creencias con base en las cuales el agente estima las probabilidades que asigna a los resultados. Las creencias con base en las cuales se actúa no necesariamente son racionales, pueden ser creencias irracionales y, por lo tanto, pueden hacer parte de razones que conducen al agente a actuar irracionalmente. A continuación, se presenta la forma en la que se reconocen estas limitaciones de la TER y cómo se ha venido adaptando su concepción original. 1. Crítica de la teoría intencional: interpretaciones y utilidad simbólica Schick (1997) critica el análisis de las razones como estados mentales diádicos compuestos de deseos y creencias y añade un tercer elemento constitutivo de las razones: las interpretaciones. Por ejemplo, si bien la sobrina de la mujer asesinada deseaba ser rica y creía que matando a su tía millonaria

13 Schick (1997: 21 – 27). 14 Schick (1997: 25). 15 Nozick (1993: 77 – 78).

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podía serlo, esto no es razón suficiente para haberla asesinado 13. Para Schick, el deseo y la creencia pueden ser considerados motivos o bases de la acción, pero una razón completa, una explicación causal de la acción, requiere además que el agente interprete la acción “como algo que quiere que sea hecho”14. El asesino fue el mayordomo, que quería que la sobrina fuera millonaria, que creía que al matar a la tía lo sería, e interpretaba el asesinato de la tía como algo con lo que no chocaba su propia identidad. Por el contrario, la sobrina no interpretaba ese tipo de acción (el asesinato) como un tipo de acción con el que ella se identificara. Si seguimos a Schick las causas de una acción humana son (estados mentales llamados) razones, las cuales están compuestas por deseos, creencias e interpretaciones. Los deseos son valoraciones de los resultados de las acciones, las creencias son estimaciones de la probabilidad de que una acción conduzca a un resultado y las interpretaciones son valoraciones de las acciones consideradas independientemente de los resultados (gráfico 3). Incorporar un parámetro de utilidad simbólica (US) en la función de utilidad esperada permite representar las interpretaciones del agente sobre la acción misma, dado su contexto cultural15. Este punto guarda una estrecha relación con el estudio del poder. Tener poder implica influir sobre las razones que causan las acciones de los


P ablo Abitbol y F elipe Botero

Gráfico 3. Acción intencional incluyendo interpretaciones

Deseo “X” Decisión Creencia: “A produce X”

Razón para hacer A

Acción A

causa

efecto

Interpretación: “el agente se identifica con A”

individuos. Ésta influencia puede darse al nivel de la construcción de los deseos por medio de inducción; es decir, un agente ejerce su poder sobre otro al inducirlo a que desee un resultado particular. Igualmente, un actor puede convencer, con argumentos o amenazas16, a otro de que modifique sus creencias sobre cómo un curso de acción conduce a un resultado particular. Por último, la influencia puede darse al nivel de la interpretación al persuadir al agente de que se identifique con una acción particular17.Al respecto Hayek (1945: 88) afirma que “el problema teórico central de toda ciencia social (…) es precisamente cómo extender el alcance de nuestro uso de recursos más allá del alcance del control de una sola mente; y, por lo tanto, cómo desprenderse de la necesidad del control conciente y

cómo proveer incentivos que logren que los individuos hagan las cosas deseables sin que nadie tenga que decirles que hacer”. 2. La influencia de las acciones sobre los estados del mundo Jeffrey (1965/1983) rechaza el supuesto de la independencia probabilística de los estados de mundo respecto a las acciones del agente. Hay problemas de decisión en los cuales el estado del mundo relevante no se ve afectado por la acción del agente; por ejemplo, salir con o sin paraguas no afecta las probabilidades de que llueva. Pero hay muchos problemas de decisión en los cuales el estado del mundo relevante sí se ve afectado por las acciones del agente; por ejemplo, salir con o sin carro afecta –así sea mínimamente– las probabilidades de que haya congestión vehicular.

16 Respecto a la distinción entre argumentos y amenazas, ver Elster (1995). 17 Schick (1997).

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T eoría de la elección racional: estructura conceptual y evolución reciente

El rechazo del supuesto de independencia probabilística condujo a Jeffrey a introducir la noción de utilidad condicionalmente esperada18, o también utilidad evidencialmente esperada, UEE. La UEE, de una acción, ai, se define así: UEE(ai) p(s2|ai) x U(ri2)

= +

p(s1|ai) x U(ri1) + … p(sm|ai) x U(rim)

En este caso, la UEE se calcula ponderando la utilidad de cada posible resultado por la probabilidad condicional de cada estado del mundo dada la acción del agente.Así, se diferencia la probabilidad de que cada posible estado del mundo se dé independientemente de la acción del agente (cuando p(si) = p(si|ai)) y la probabilidad de que cada estado del mundo se produzca dada la acción del agente (cuando p(si) =/ p(si|ai)). Este modelo de elección racional también se conoce como maximización de utilidad evidencialmente esperada, puesto que si la probabilidad condicional de un estado, si, dada una acción, ai, es suficientemente alta, la ejecución de ai es evidencia de la existencia de si. Por ejemplo, si la probabilidad de que haya congestión vehicular dada la acción de salir en carro es suficientemente alta, salir en carro es evidencia de que puede haber congestión. Sin embargo, existen algunos problemas de decisión en los cuales una alta probabilidad condicional de un estado del mundo no necesariamente indica una relación causal entre la acción y el estado del mundo. Por

ejemplo, puede ser el caso que una predisposición genética incremente la probabilidad de que una persona elija una determinada profesión; y puede ser el caso, además, que la misma predisposición genética incremente la probabilidad de que la persona desarrolle una enfermedad mortal a mediana edad. Sin embargo, la acción de elegir tal profesión, aunque es evidencia de la predisposición genética, no causa la enfermedad. Mal haría la persona en cuestión si decidiera no seguir la profesión que le apasiona porque evidencia su predisposición genética a contraer la enfermedad. Para enfrentar este tipo de problemas, algunos teóricos de decisiones han propuesto complementar la noción de utilidad evidencial o condicionalmente esperada con la noción de utilidad causalmente esperada, UCE de una acción, ai; la cual se define así: UCE(ai) = p(ai s1) x U(ri1) p(ai s2) x U(ri2) + … p(ai s m) U(rim)

+ x

En este caso, la UCE se calcula ponderando la utilidad de cada posible resultado por la probabilidad de que cada estado del mundo se derive causalmente de la acción del agente. En muchos casos, pero no en todo los casos, p(ai|sm) será igual a p(sm|ai)19. *** Hasta este punto se ha hecho mención a dos ajustes al marco conceptual clásico de la TER. En primer lugar,

18 Ver Gärdenfors y Sahlin (1988: 9). 19 Los casos clásicos para ejemplificar esta desigualdad se conocen como Problemas de Newcomb y fueron introducidos por Nozick (1969).Ver también Nozick (1993: 69 – 74).

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se incorpora la noción de interpretación a la función de utilidad esperada la vía el parámetro de utilidad simbólica, US. En segundo lugar, se modifica la función de utilidad esperada para captar la influencia de las acciones del agente sobre los estados del mundo a través de las nociones de utilidad evidencialmente esperada, UEE, y utilidad causalmente esperada, UCE. Nozick (1993) sugiere que la racionalidad de un agente al tomar una decisión articula estos tres tipos de utilidad, habiendo ocasiones en las que el agente le da más peso a una que a otra. En este sentido, Nozick propone reemplazar el concepto de utilidad esperada, por el concepto de valor decisional,VD, de una acción particular, ai, definido éste como: VD(ai) = Wc x UCE(ai) UEE(ai) + Ws x US(ai)

+

We

x

Donde Wc es el peso relativo que el agente le da a sus propias consideraciones causales, We es el peso que le da a consideraciones condicionales/evidenciales, y Ws el peso que le da a consideraciones sobre la utilidad simbólica de sus acciones. Así, se puede redefinir el proceso de decisión como aquel que consiste en elegir la acción que, de un conjunto de acciones permitidas (a1, a2, …, an), tenga el mayor valor decisional para el agente.

3. Satisfacción del valor decisional: racionalidad acotada e información incompleta La TER clásica asume que la capacidad mental para computar las utilidades de todos los resultados posibles de todas las acciones disponibles es ilimitada y que la información para calcular las probabilidades de todos los posibles estados del mundo es completa. En este sentido, la TER clásica asume que la mente humana es capaz de maximizar una función de utilidad esperada. La estructura conceptual de la TER actual reconoce que la racionalidad del ser humano es limitada, o acotada: la capacidad para obtener y procesar información, así como la capacidad computacional de los agentes, no son perfectas. En este sentido, se habla de satisfacción20 –más que maximización– del valor decisional. Esta es una de las razones por las cuales la unidad de análisis de la TER no es “el individuo”, sino acciones humanas particulares. Las múltiples acciones de un mismo individuo no tienen por qué tener una coherencia racional entre sí21; cada quien puede tener deseos incompatibles en un momento dado22, o entre distintos momento de su vida23. Asimismo, cada acción particular tiene su propia racionalidad, puesto que cada quien asume marcos de referencia distintos que delimitan su propio concepto de lo que es racional hacer (hasta dónde se satisface el valor de cada decisión)24.

20 Simon (1978, 1986); para una aproximación formal a la teoría de racionalidad limitada o acotada, ver Rubinstein (1998) 21 Elster (1985). 22 Elster (1999). 23 Ainslie (2001). 24 Kahneman et al. (1982).

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4. La racionalidad de las creencias La estructura conceptual de la TER que se ha elaborado hasta este punto no incluye ninguna información sobre la racionalidad de las creencias con base en las cuales el agente estima las probabilidades que asigna a los posibles resultados de su acción. Las creencias con base en las cuales se actúa no son necesariamente racionales; pueden ser creencias irracionales y, por lo tanto, pueden hacer parte de razones que conducen al agente a actuar irracionalmente. Para superar la esta limitación, se debe asumir que las creencias del agente (1) poseen un grado máximo de plausibilidad inductiva, dada la evidencia disponible, (2) son causadas por la evidencia disponible, y (3) son causadas por la evidencia disponible de la manera correcta –p.ej. no por casualidad25. C. Reflexiones sobre la utilidad de la TER en ciencia política Parte de las dificultades en la formulación de explicaciones políticas en ciencias sociales, especialmente relevantes al diseñar investigaciones empíricas y al analizar datos cuantitativos o cualitativos, está en la dificultad de hacer explícitas las hipótesis que justifican el paso de correlaciones entre variables a inferencias causales. La TER ofrece una base analítica para hacer explícitas las hipótesis de trabajo sobre los mecanismos causales que operan tras los fenómenos sociales.

25 Elster (1986: 12 – 14); ver también Dancy (1985). 26 Mantzavinos, North y Shariq (2004: 77).

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La noción de satisfacción de valor decisional permite descomponer y organizar los diversos factores causales que explican las acciones humanas individuales que interactúan en la producción de configuraciones particulares de fenómenos sociales: los deseos, creencias e interpretaciones de personas concretas en situaciones específicas. ¿Cómo hacer explícitas las condiciones naturales y las instituciones humanas que configuran un contexto particular de interacción en las hipótesis causales sobre fenómenos sociales? Las restricciones naturales y artificiales que configuran patrones de interacción social reconocibles operan a través de los deseos, creencias e interpretaciones de actores sociales particulares; es decir, a través de la acción humana individual. Los deseos, las creencias y las interpretaciones que mueven a los seres humanos no surgen de la nada, son fruto de la pertenencia y el desenvolvimiento de cada persona en su ambiente natural. Las cosas que la gente quiere, lo que la gente cree sobre el universo natural y social que la rodea y la forma como cada quien interpreta sus acciones y las de los demás hace parte de una forma común de solucionar problemas recurrentes de interacción social. Las instituciones son esas soluciones compartidas a problemas recurrentes de interacción social26. Y las instituciones surgen y evolucionan a medida que las personas ensayan, inventan, discuten y negocian nuevas


P ablo Abitbol y F elipe Botero

soluciones a sus problemas de interacción. Interactuando, las personas transforman el mundo. Al transformar el mundo surgen nuevos problemas de interacción, y actuando para resolverlos surgen nuevas instituciones. La evolución institucional27 es un proceso siempre inacabado de selección política28 y social29. Éste es un proceso continuo con el proceso de selección natural que nos ha llevado a ser lo que somos30.

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27 North (1990; 2005). 28 Para indagar en torno el concepto de selección política ver Black (1958) y Ordeshook (1986). 29 Arrow (1951/1963) y Young (1998). 30 Witt (2004).

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C olombia Internacional 62, jul - dic 2005, 148 - 161

LA EMERGENCIA de una (nueva) l贸gica de seguridad pol铆tica Juan Felipe Moreno1

recibido 21/04/06, aprobado 05/05/06

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J uan Felipe Moreno

Este artículo explora una serie de aportes teóricos recientes sobre el tema de la seguridad. Actualmente, la implementación de una serie de prácticas, procesos y racionalidades políticas tendientes a administrar, regular y decidir sobre la vida humana se han evidenciado como elementos constitutivos del ejercicio de lo político en todas sus formas. A partir de un examen de los trabajos de los filósofos Michel Foucault y Giorgio Agamben en el campo de la denominada biopolítica, este artículo hace una breve revisión de algunas publicaciones recientes en lo relacionado a problemáticas de seguridad actuales tales como la configuración de espacios de excepción (centros de detención, zonas económicas especiales, complejos turísticos y campos de refugiados) y a la implementación de técnicas y tecnologías biopolíticas en el tratamiento de problemas tales como la inmigración y las pandemias. El artículo finaliza con algunas reflexiones en torno a la lógica implícita en este modelo de seguridad. Palabras clave: Seguridad, biopolítica, estado de excepción, inmunidad, auto inmunidad, democracia This article explores a series of recent theoretical contributions on the topic of security. Currently, the implementation of practices, processes and political rationalities that aim to administer, regulate and decide over human life, prove to be a constitutive part of the exercise of the political in all of its forms.Taking as a point of departure, the works of philosophers Michel Foucault and Giorgio Agamben within the field of so-called biopolitics, this article briefly reviews some recent publications dealing with current security matters such as the configuration of spaces of exception (detention centers, special economic zones, tourist resorts and refugee camps) and the implementation of biopolitical techniques and technologies in the treatment of issues such as immigration processes and pandemics. The article ends with some reflections on the implicit logic within this model of security. Keywords: Security, biopolitics, state of exception, immunity, autoimmunity, democracy

Introducción: El 11 de Septiembre o el umbral de una nueva era de seguridad

D

espués de la destrucción de las Torres Gemelas, muchos de los cimientos teóricos que con los que se pensaba

la política fueron sacudidos (ver, entre muchos otros, Baudrillard 2002; Zizek 2002a; Der Derian 2002; Calhoun, Price y Timmer 2002; Borradori 2004). En especial, han cobrado fuerza una serie de trabajos cuyo objetivo es examinar y hacer visibles muchas de las tendencias ya presentes en las estructuras y

1 Politólogo y Literato; Master of Arts en Ideology and Discourse Analysis. Profesor de Cátedra, Departamentos de Ciencia Política, y Lenguajes y Estudios Socioculturales, Universidad de los Andes, Bogotá, Colombia.Agradezco infinitamente los comentarios de David Rojas, Héctor Peña y Arlene B.Tickner a versiones previas de este artículo.

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prácticas políticas de los regímenes democráticos liberales (Zizek 2002b). En este contexto, la palabra “seguridad” ha adquirido un nuevo y fortalecido significado. Para algunos analistas, los trágicos eventos del World Trade Center, han dejado en evidencia que hemos entrado en una nueva era de “seguridad” y miedo, marcada por el uso (y abuso) de este término para consolidar racionalidades políticas y procesos de poder social que en la mayoría de casos encubren luchas y conflictos políticos más radicales (ver por ejemplo, Jayasuriya 2002). Es por este motivo, que una nueva serie de trabajos en torno a la seguridad han cobrado importancia y vigencia en ciertas esferas políticas y círculos académicos. Este breve texto hará referencia a dichos trabajos con el propósito de delimitar el horizonte de las problemáticas de seguridad más acuciantes en la actualidad. En primer lugar se hará referencia a los aportes teóricos de Michel Foucault y Giorgio Agamben en lo concerniente a la seguridad estatal. La importancia de los aportes de estos dos filósofos radica en que éstos han permitido que se abra todo un nuevo campo de estudios en el cual hay espacio para examinar detenidamente las prácticas contemporáneas de seguridad, caracterizándolas bajo el rubro de “estado de excepción global”, entendido éste como la re-articulación temporal y espacial de la lógica de la excepción en una serie de prácticas políticas tendientes a administrar o regular a los individuos y poblaciones en tanto seres vivientes (y potencialmente sacrificables). En segundo lugar, se hará referencia a los autores que han desarrollado trabajos a partir de dichas contribuciones teóricas (o, al menos, en

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sintonía con sus objetivos), señalando el amplio y a la vez específico rango temático de sus producciones académicas. Por último se examinarán las incidencias que estos aportes teóricos tienen con respecto a los modos tradicionales de comprender la seguridad, con especial énfasis en los nuevos “dilemas de seguridad” que este tipo de trabajos plantea y en la lógica (auto-inmunitaria) subyacente a éstos. Biopolítica y seguridad A pesar de que el término “biopolítica” tiene un bagaje intelectual de casi un siglo (ver Esposito 2004), fue el filosofo francés Michel Foucault quien, en sus cursos impartidos en el Collège de France entre los años 1976 y 1979, lo re-introdujo en los estudios filosóficos y sociales, dándole un nuevo sentido y un renovado poder explicativo. Este autor utilizó esta noción para señalar el lazo íntimo que une a la política con la vida en la modernidad. Foucault (1993), en su primer volumen de la historia de la sexualidad titulado La Voluntad de Saber, afirma que antes de la modernidad el hombre era concebido (aristotélicamente) como un animal viviente con la capacidad adicional de una existencia política, mientras que lo que marca la modernidad política es la concepción del hombre como un animal cuya política tiene por objeto su ser viviente. Es decir, que en la modernidad, el ejercicio de la política se funda en un criterio último que es la administración de los individuos en tanto seres vivientes, en tanto existencia viva. A este ejercicio de administración de la vida Foucault lo llama biopolítica. Mientras que el poder disciplinario descrito en Vigilar y Castigar (1998), se aplicaba a los cuerpos, el biopoder se


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aplica a la vida humana en tanto especie. Es decir, que el foco principal son los individuos en tanto seres con funciones biológicas y la población en tanto conjunto de seres vivientes que pueden ser sometidos a procesos de cálculo y estadística relacionados con su natalidad, reproducibilidad, longevidad y mortalidad. De esta forma, la biopolítica consiste en una serie de prácticas mediante las cuales el estado establece mecanismos e instituciones que regulan a los hombres y a las poblaciones en lo concerniente a sus procesos biológicos (Foucault 2002: 220-224). En suma, lo que está en juego con esta noción de biopolítica es el individuo como simple cuerpo viviente y la especie humana en tanto población susceptible de ser analizada, descrita y regulada por estrategias y tácticas de economía política o por lo que Foucault llama dispositivos de seguridad: mecanismos de poder que tienen por objeto la población y que pretenden administrarla a partir del conocimiento de sus regularidades especificas (Foucault 2004). Para Foucault, mientras que los mecanismos disciplinarios tienen por objetivo la producción del orden, los dispositivos de seguridad regulan el desorden. De ahí que todas las medidas de seguridad, entendidas como técnicas de administración y conocimiento de los individuos y las poblaciones, aparezcan indisociables de la racionalidad del liberalismo y de sus principios de libertad individual y libre circulación de flujos y bienes (Foucault 2004). Además, para Foucault el análisis de la política en la modernidad no puede desprenderse de un examen detenido de las dos caras del poder soberano: el poder de hacer/dejar vivir

y el poder de hacer/dejar morir (Foucault 2002: 217 – 223).Tal como la vida es el objeto principal de las decisiones soberanas, la muerte también lo es. La biopolítica es, al mismo tiempo, tanatopolítica, política de muerte, es decir: poder de hacer morir. Estos dos últimos puntos (la íntima conexión entre biopolítica y racionalidad liberal y la biopolítica como tanatopolítica) son retomados por el filósofo italiano Giorgio Agamben, quien desde la segunda mitad de la década de los noventa, ha continuado con esta perspectiva foucaultiana sobre la seguridad, pero en dirección de los mecanismos (jurídicos) por medio de los cuales se incluye la vida dentro de los cálculos del poder soberano (Agamben 1998). La vida incluida como objeto de política es, para el filósofo italiano, nuda vida (nuda vita, en italiano); es decir ‘vida desnuda’ en el sentido de que ésta no está calificada políticamente, es decir vida biológica, vida simplemente viviente y, sobretodo, vida expuesta a la muerte (Agamben 1998: 119-181). El punto central del argumento de Agamben es que esta vida, que en principio se creía despojada de cualquier carácter político, se muestra como la vida política por excelencia, es decir: la política no tendría otro objeto que la administración de esta nuda vida y por ende, ésta deviene, paradójicamente, vida con valor y carácter político. Esta concepción de la nuda vida como único objeto de la política es el eje articulador que permite hacer inteligibles una serie de procesos políticos contemporáneos. Para Agamben (2001), en la actualidad la seguridad ha devenido principio básico de toda actividad estatal

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y único criterio de legitimación política. Este hecho reviste peligro debido a que el estado que tiene la seguridad como única actividad y fuente de legitimación siempre será propenso a combatir el terrorismo con más terrorismo, volviéndose, de esta manera, un estado terrorista (Agamben 2001). Esta búsqueda de seguridad conduce a un nuevo tipo de guerra diferente a la guerra interestatal: conduce a una guerra civil a escala global o planetaria en la que se apela constantemente a la figura del estado de excepción como “paradigma de gobierno” (Agamben 2001; 2004). Según Agamben, el hecho de que un poder soberano decida suspender el derecho con el fin de entrar a regular o controlar una situación por medio de medidas no ordinarias, el hecho de utilizar un mecanismo juridico por medio del cual la nuda vida (y su correlato la muerte) son incluidas dentro del ‘orden’ jurídico, no es algo que sucede de vez en cuando sino que ha devenido norma en el ejercicio de la política. En ese sentido, todo lo sucedido en los campos de concentración durante el curso de la Segunda Guerra Mundial no fue una aberración irrepetible sino que, en la actualidad se repite de múltiples formas e intensidades y, en ese sentido, se considera como algo ‘normal’ (Agamben 1998, 2004). Consecuentemente, la figura del estado de excepción se muestra como el principio constitutivo del ejercicio del poder en cualquier régimen democrático. Como ya se ha demostrado desde otras perspectivas (ver por ejemplo Weaver 1995), la seguridad como principio de estado está estrechamente ligada a la urgencia que supone la declaratoria del estado de excepción. Esto implica pensar que la política

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actual, asimilable a una política de emergencia global, se fundamenta en el “control” de situaciones y no en su prevención (Agamben 2001). La seguridad en un estado global de excepción Si el estado de excepción se entiende como el mecanismo jurídico mediante del cual se declara que una situación debe ser tratada por medio de medidas y acciones extraordinarias, el resultado inmediato es que la declaratoria de éste abre un espacio gris (o umbral de indeterminación en palabras de Agamben) en el que las leyes normales no se aplican, en el que no es posible determinar las leyes vigentes y en el que, sobretodo, el único referente de la seguridad es la voluntad del poder soberano en relación con la (nuda) vida de los individuos y las poblaciones. En una situación de excepción (en sus diferentes variantes y modalidades) virtualmente cualquier cosa es posible: nadie tiene su vida asegurada. Por consiguiente, el foco de los análisis actuales de seguridad debe desplazarse (y lo viene haciendo crecientemente) hacia el examen de toda suerte de prácticas articulatorias de inclusión y exclusión política de los seres humanos en tanto seres vivientes a partir de las legislaciones que comportan elementos de excepción. La importancia de las contribuciones teóricas de Foucault y Agamben parece confirmarse por una gran cantidad de sucesos que han causado polémica recientemente. Sin duda, los ejemplos más sobresalientes son los de los escándalos de Guantánamo y Abu Ghraib, en los que la tortura se posibilitó ‘legalmente’ por medio de dispositivos jurídicos como la USA Patriot Act


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y el mandato del presidente estadounidense George W. Bush; a partir de los cuales cualquier individuo sospechoso de poner en peligro la seguridad estadounidense puede ser puesto bajo custodia y despojado de todo estatuto jurídico de prisionero para ser simplemente un detainee, en un estado de detención indefinido y no regulado ni supervisado o controlado ni jurídicamente ni de ninguna otra manera (Bush 2001; Agamben 2004: 26-27; Neal 2006; Aradau 2006). Pero estos ejemplos, aunque tal vez sí los más polémicos, no son los únicos. Una gran cantidad de sucesos actuales a escala global también testimonia dicha primacía de la lógica del estado de emergencia como modo dominante de gobernar. En esta línea una gran cantidad de trabajos recientes se han ocupado de examinar en detalle la gran cantidad de prácticas ‘normales’ de aseguramiento íntimamente ligadas con la regulación de la vida humana. En esta larga lista se incluyen los estudios acerca de cómo se administra la vida en espacios de excepción, es decir, en zonas en los que las regulaciones normales de un estado no se aplican o no son aplicables en su totalidad, lugares en los que la excepción aparece como la norma. En esta línea se han examinado las diferentes legislaciones migratorias que desde el 11 de Septiembre se han ‘endurecido’ en el control de los flujos migratorios y específicamente en el trato que se le da a los inmigrantes y solicitantes de asilo en los centros de detención dispuestos para tales propósitos en países altamente receptores de emigrantes como el Reino Unido (Diken 2004) y la Europa Schengen (Muller 2004). Otro tipo de espacio de excepción que se ha venido estudiando

está comprendido por todas las zonas especiales económicas como las denominadas zonas de libre comercio o zonas francas de exportación, existentes a lo largo y ancho de toda la geografía mundial, en las que la soberanía estatal adquiere matices diferentes a los normales (Palan 2003) y en los que la movilidad de las personas y su diario vivir es militarizado (Armitage y Roberts 2003). En los denominados sweatshops o fabricas de explotación, ligados a este tipo de espacios, las condiciones laborales ‘inhumanas’ en muchos casos y la explotación y manipulación de flujos de mano de obra emigrante, también son objeto de estudios y reflexiones (Mezzadra 2005). Otro tipo de espacios o áreas especiales en las que las leyes normales no se aplican son las zonas o barrios ‘peligrosos’ o ‘inseguros’ en las grandes ciudades. El ejemplo de las favelas en Río de Janeiro (Diken 2005) es uno posible entre muchos. Otro tipo de espacios que entra en esta categoría de lo excepcional son las comunidades cerradas y centros vacacionales o turísticos, en los que predomina una suerte de ‘anomia’ que posibilita que el turista pueda ser visto en términos de nuda vida (Diken y Laustsen 2004). Por último, uno de los ejemplos que revisten mayor urgencia en la actualidad es el de los campos de refugiados, en los que, como sucede hoy en día, por ejemplo, en Darfur, la vida humana puede ser potencialmente despojada de toda dignidad y sometida a toda suerte de vejámenes (asesinatos, violaciones y demás ‘sufrimientos’ de diversa índole) (Edkins 2001; Diken 2004). En toda esta amplia gama de espacios, el conjunto de trabajos señalado, de una manera u otra, ha puesto en evidencia que la administración de la

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vida humana en tanto nuda vida se muestra como el objeto principal de las decisiones políticas. Por otra parte, muchos trabajos recientes se han concentrado no en el estudio de la administración de espacios políticos definidos sino en las prácticas globales de seguridad contemporáneas. En este punto, el énfasis se desplaza a la forma de gobierno o a la, en palabras de Foucault, gobernamentalidad; es decir el conjunto de las instituciones, dispositivos de seguridad, cálculos y tácticas de economía, procedimientos, reflexiones y análisis que permiten ejercer poder sobre las poblaciones (Foucault 2004). A este respecto, los diferentes trabajos producidos recientemente se concentran en dar cuenta, en un nivel general, de los diferentes procesos o prácticas transnacionales de seguridad, soberanía y excepcionalismo de los regímenes liberales y democráticos, con particular énfasis en las lógicas subyacentes a los procesos de inclusión y exclusión políticas a todo nivel (Dillon y Reid 2001; Edkins y Shapiro 2004; Walker 2005; Ong 2006). Y en un nivel más específico, este tipo de trabajos llega a concentrarse en temas tales como el uso de tecnologías biométricas en los procesos migratorios (como por ejemplo los dispositivos para el reconocimiento de huellas dactilares, oculares o sonoras, e incluso la implantación de microchips para el rastreo humano) (Bonditti 2005), la regulación y tratamiento de virus y pandemias a nivel global (Elbe 2006) y los procesos de seguridad y guerra virtuales (Dillon 2003). La cartografía epistemológica delineada por todos estos aportes recientes, sin duda alguna, configura un

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nuevo campo de estudios de la seguridad en el que se puede ver cómo en el presente lo que está juego en toda una serie de iniciativas políticas ‘aseguradoras’, con incidencia tanto global como local, es el control de la vida humana en cuanto tal. Los nuevos ‘dilemas’ de seguridad Dentro de las teorías realistas de las Relaciones Internacionales, que han dominado la academia y orientado la formulación de políticas durante aproximadamente los últimos sesenta años, la seguridad es entendida en términos de “seguridad nacional”. Es decir, más específicamente, que desde el realismo, la política internacional se entiende a partir de la imagen de un conjunto de estados que luchan por el poder en un entorno de anarquía internacional, entendida como la ausencia de un gobierno mundial o una instancia reguladora de los conflictos entre éstos (Bull 1981). El matiz esencial de esta visión del mundo es que la seguridad es referida siempre a la lógica de la guerra interestatal por medios militares. En términos prácticos, la seguridad realista se refiere a la necesidad de resguardar al estado de cualquier amenaza a su territorio o en la evaluación racional de un universo de potenciales amenazas a las que un país se puede ver sujeto (Lipschutz 1995). Más específicamente, esta definición supone que las amenazas y peligros son fenómenos identificables que pueden ser controlados por los líderes nacionales, debido a que son realidades que pueden modificarse por medio de actos deliberados de implementación de decisiones políticas tendientes a contrarrestarlos (Walt 1991). La figura recurrente de los análisis realistas de seguridad desde la guerra fría es el denominado “dilema de


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la seguridad”, según el cual las medidas tomadas por un estado para asegurarse son percibidas por otros estados como escaladas peligrosas y amenazantes. Desde y durante la Guerra Fría, el marco analítico proporcionado por este dilema sirvió para describir las situaciones de guerra y conflicto y determinar su probabilidad de acuerdo a ciertas condiciones. En el entorno conflictivo de la mencionada anarquía internacional, la ocurrencia de una guerra es más probable cuando los medios a través de los cuales un estado intenta aumentar su seguridad, ocasionan o tienen como efecto el decrecimiento de la seguridad de los demás estados. Es decir, que la guerra es más probable cuando la conquista de un estado por parte de otro estado se muestra como una tarea fácil para el estado conquistador (van Evera 1998) o, en otras palabras, que la guerra puede ser evitada cuando la defensa tiene ventaja sobre el ataque; es decir, cuando un estado tiene los medios suficientes para repeler un ataque de otro estado (Glaser y Kauffman 1998). Lo importante acá es anotar cómo para el realismo el “dilema” radica en que la voluntad de seguridad por parte de un estado engendra una mayor inseguridad en los demás estados y en el sistema internacional de estados en general. En otras palabras, y en términos realistas, el dilema está en que a mayor seguridad, mayor inseguridad. A pesar de que la Guerra Fría ya finalizó, este tipo de dilema de la seguridad realista sigue siendo un aporte fundamental para leer algunas de las dinámicas de la política global actual. Por ejemplo, en marzo de 2006 fue publicada la Estrategia Nacional de Seguridad estadounidense, documento en el que se cifran todos los ímpetus de la política de seguridad norteamericana

(NSS 2006). Este texto, al igual que su antecesor publicado cuatro años atrás (NSS 2002), reafirma el marco de la guerra global contra el terrorismo y bajo el motivo de la “guerra preventiva”, identifica amenazas a la seguridad como los estados fallidos (failed states) que como Irán y Siria potencialmente albergan a organizaciones terroristas y los “estados canallas” (rogue states) que como Irán (nuevamente) y Corea del Norte son potenciales promotores del comercio y uso de armas de destrucción masiva (WMD por sus siglas en inglés), entre muchos otros ítems de seguridad a considerar (ENS 2006: III). Dichos tipos de estados se constituyen en uno de los focos centrales de atención de la política de seguridad de la potencia, configurando así una geopolítica íntimamente ligada al desenvolvimiento de la guerra global contra el terror. Los sucesos de años recientes en Afganistán e Irak confirman que en la actualidad, la visión realista de la seguridad continúa siendo decisiva al nivel de la formulación de políticas de este tipo. Sin embargo, en la actualidad es posible afirmar que a este dilema realista de la seguridad en la forma del ejercicio de una geopolítica de las amenazas estatales no es el único. Una nueva variante del ‘dilema’ de seguridad – en la forma de una (bio)política de la suspensión de los derechos y libertades fundamentales y la expansión de los poderes represivos – ha cobrado vigencia recientemente, y se ha fortalecido como modo preeminente de pensar los dilemas presentes de seguridad, desde ciertos círculos académicos. El hecho de que lo normal sea lo excepcional y de que un gran número de prácticas contemporáneas de seguridad

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se encuentren revestidas de esta lógica de la excepción, implica que en cualquier momento, todo el mundo es potencialmente ‘abusable’, cuando no sacrificable o “desechable”. En ese sentido, el dilema de seguridad en la actualidad es el que deben afrontar todos los regimenes democráticos liberales cuando se sienten amenazados. Todo régimen liberal debe preguntarse cómo hacer para defender y mantener sus supuestos básicos (respeto por los derechos civiles y tolerancia, libre circulación de bienes y personas) en tiempos de crisis política (Jayasuriya 2002). Es por este motivo que en el contexto de la guerra global contra el terror, el principio de seguridad entra en tensión con la democracia. Esta tensión es también, al mismo tiempo, una tensión entre seguridad y libertad individual, en la que a mayor seguridad, mayor inseguridad: cualquier individuo, miembro de un estado que combata al terrorismo – un estado que potencialmente puede transformarse en un estado terrorista – puede terminar siendo coartado en sus libertades básicas (libre movilización y expresión, como primera medida). El alcance global de estas prácticas hace que la seguridad, hoy en día, se muestre a los ojos de muchos de los académicos mencionados en este texto, como el intento de configurar un Universal en la forma de una serie de prácticas solidarias unas con otras que tienen como efecto resultante la producción de un estado permanente de miedo, peligro, paranoia e incluso terror en individuos y poblaciones en todo el globo terrestre (ver, por ejemplo, el Global Security Manifesto 2005: 1.2).

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Seguridad e inmunidad El contraste entre estos dos tipos de “dilema de seguridad” se puede ilustrar mejor a partir de la categoría de “inmunidad”, que resulta útil para entender el tipo de lógica que está en juego. En primer lugar, dentro del dilema clásico realista de seguridad, lo que se pone en funcionamiento es una lógica de inmunización tendiente a preservar el cuerpo político del estado, a protegerlo, resguardarlo y asegurarlo de cualquier exterioridad contaminante, de cualquier amenaza que pueda socavar su constitución y orden internos (Esposito 2003). Es así como se explica la necesidad (geopolítica) de los estados por ir a la guerra para mantener su integridad física y la consistencia de su cuerpo político (Esposito 2003). Pero por otra parte, dentro del segundo tipo de dilema de seguridad, y en el marco de la denominada lucha antiterrorista, planteado por las declaratorias de excepción y las situaciones de emergencia, lo que se pone en funcionamiento es una lógica auto-inmunitaria, que es el anverso de la anterior. Dentro de esta lógica, el estado busca proteger y conservar la consistencia de su cuerpo político a toda costa. Esta pulsión de auto-preservación lo conduce a un comportamiento paradójico de hipertrofia de sus aparatos de seguridad, un comportamiento casi suicida en el que el estado mismo se vuelve inmune a sus defensas e inicia un proceso de aseguramiento a todo nivel, disparando, de esta forma, dinámicas que entran en tensión con el principio de las libertades individuales que antes aparecía como el prevaleciente (Derrida 2004). En otras palabras, este es el instante en el que el estado que combate al terrorismo se transforma en un estado terrorista. En


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esta lógica de seguridad, las amenazas proliferan desde diversas instancias y las amenazas no cesan de ser determinadas e indeterminadas al mismo tiempo: se desencadenan gran cantidad de procesos aseguradores que crean un estado de miedo y zozobra generalizados en el conjunto de la población. Esto no quiere decir que la lógica de la auto-inmunidad sea un modo de destrucción del estado, sino muy al contrario, es a partir de esta lógica que el estado ‘mismo’ se construye, que construye su ‘presencia’. En ese sentido, la lógica auto-inmunitaria se muestra como un elemento constituyente y principio operativo fundamental de los estados en la actual era de seguridad.Al existir la posibilidad de que el estado suspenda algunos de los principios que se creían indispensables para su existencia (principios relativos a su carácter democrático liberal), éste se muestra entonces como un puro potencial, como una no-presencia que es actualizada incesantemente, dentro de la lógica de la auto-inmunidad, por medio de procesos discursivos en los que se afirma la necesidad y urgencia de construir un estado que efectivamente pueda proveer de seguridad a sus pobladores contra las amenazas que se ciernen a todo nivel. En este orden de ideas, se equivocan quienes piensan que el estado de excepción es un instante en el que el estado de derecho y la democracia dejan de operar, momentáneamente. A esta concepción subyace la creencia en la posibilidad de que exista un estado con un régimen democrático de derechos y libertades que pueda operar sin el uso de la figura de la excepción, la existencia de un estado que pueda proveer ‘plena’ seguridad a sus miembros

sin generar, en ese mismo acto, una ‘plena’ inseguridad. Los aportes teóricos de Agamben (1998; 2001; 2004) apuntan justamente en dirección contraria a dicha creencia. “La emergencia de una (nueva) lógica de seguridad política”, al fin Para terminar, resulta necesario retomar el título de este artículo. El enunciado “la emergencia de una (nueva) lógica de seguridad política” puede entenderse en, al menos, tres sentidos. En primer lugar, leyendo la palabra entre paréntesis, se hace referencia al hecho de que una nueva lógica de seguridad política ha ‘emergido’ (en el sentido de que ha salido a la superficie, se ha hecho visible) en años recientes. En segundo lugar, suspendiendo la lectura de la palabra entre paréntesis, el término ‘emergencia’ hace referencia, más bien, al hecho de que la lógica de seguridad política emergente que ha sido expuesta anteriormente se caracteriza por la figura de la emergencia política, es decir, que estamos ante un conjunto de prácticas de seguridad cuyo rasgo esencial es la declaratoria de la emergencia o excepción y la apertura de un espacio o momento en el que la ley permanece suspendida, posibilitando así que la vida humana pueda ser administrada y desechada sin consecuencia jurídica alguna. Por último, el tercer sentido viene dado por los paréntesis mismos, que ponen en entredicho la palabra que encierran: lo que se anuncia como algo nuevo en realidad no es tan nuevo. Quizá, la ‘novedad’ en lo relativo a estas prácticas de seguridad política radica en su ‘emergencia’ como objeto de interés en ciertos círculos académicos de los denominados ámbitos angloamericano y continental. Es pertinente recalcar que el conjunto de prácticas de

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seguridad descritas en este texto no surgen luego de los sucesos del 11 de Septiembre ni se pueden asociar únicamente a este contexto actual de “guerra global contra el terror”, sino que datan de mucho antes y tienen un origen y un carácter netamente coloniales. Sólo cuando dichas prácticas coloniales empiezan a ser ‘importadas’ a los territorios y estados colonizadores es que éstas empiezan a ser objeto de elaboración teórica en estos mismos ámbitos académicos. Solo cuando los campos de concentración se establecen durante la denominada “Segunda Guerra Mundial” a partir de técnicas y tecnologías perfeccionadas durante la configuración y consolidación de enclaves de producción coloniales, es que la figura de “Auschwitz” pasa a ser un motivo central del denominado pensamiento político continental. Solo cuando en el presente las libertades civiles y la estabilidad de muchos ciudadanos del denominado “Primer Mundo” se ven amenazadas en espacios de tránsito como los aeropuertos, es que la seguridad vista desde esta óptica empieza a cobrar importancia en la academia. Sólo cuando la migración masiva empieza a adquirir las dimensiones y connotaciones políticas que tiene hoy en día, es que los modos y modalidades de su administración empiezan a ser objeto de estudio. La ‘historia’ de estas prácticas, desde una óptica que tenga en cuenta esta raigambre colonial, está aún por hacerse2.

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2 Consecuentemente, también está por hacerse un trabajo que examine desde esta óptica la historia política de Colombia, y su presente político marcado por el desenvolvimiento, a todo nivel, de prácticas de seguridad análogas a las descritas en este texto. En esta misma línea, no deben sorprender las tensiones actuales entre seguridad y democracia al nivel de la política estatal colombiana, cifradas en la figura de la “seguridad democrática”. Así mismo, no son sorprendentes los recientes debates sobre una supuesta iniciativa gubernamental para implantar micro-chips de rastreo a los colombianos que emigren a trabajar a los Estados Unidos. Sin duda, el rol de la potencia del norte en la creciente militarización de la vida política colombiana es crucial para entender gran parte de la historia nacional colombiana, sobretodo desde la segunda mitad del siglo XX hasta la coyuntura actual. Estas temáticas desbordan los alcances de este texto, más sin embargo es importante anotarlas, dada su urgencia, para una futura agenda de investigación.

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¿LA PREPOLÍTICA SE OPONE AL sueño de la Unión Europea? Bernardo Congote Ochoa1

recibido 20/12/05, aprobado 01/03/06

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Introducción l sueño unionista europeo viene afrontando diversas crisis. Los rechazos por parte de Francia y Holanda a la Constitución en 2005 le han inflingido golpes importantes, en particular al cronograma que anunciaba un patrón político común para este 2006. En paralelo, el confesionalismo religioso danés ha quedado al desnudo con su agresión caricaturesca al Islam y el desajuste racial francés ha desembocado recientemente en bandazos contra las minorías de inmigrados y jóvenes profesionales que han degenerado en movimientos que recuerdan los sucesos de mayo de 1968 en Paris. Surgen al respecto diversas lecturas que oscilan entre el pesimismo y el optimismo; en este artículo destacamos argumentos contenidos en tesis de Habermas mediante las cuales ofrece algunos elementos útiles para entender algunas variables políticas de estos fenómenos que se esparcen por la región. Revisaremos este discurso habermasiano, comenzando (1) por su tesis sobre los fundamentos de la construcción del constitucionalismo democrático en las repúblicas liberales relacionados con el proyecto unionista; en seguida (2) criticamos esta tesis, afirmando que al dudar sobre la vigencia de todo “anclaje prepolítico” en la construcción de los Estados modernos, Habermas arriesgaría ignorar tesis suyas relacionadas con que en Occidente se resuelven los conflictos culturales con base en ideologías religiosas de perfiles premodernos; seguidamente (3) proponemos que a esa duda, se le debe sumar

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como agravante su argumento según el cual los “liberales de mercado“ tienen la explicación del por qué los electores tienden a darle reversa al objetivo paneuropeo; y, al final, (4) invitamos a lucubrar acerca de qué tanto Europa como otras regiones de Occidente pueden estar siendo víctimas de los efectos de la que Habermas propone como una “modernización descarrilada”, pero no debido al neoliberalismo como él mismo lo propone, sino por la incapacidad estructural de Occidente para liberarse de anclajes prepolíticos de orden ideológico-religioso. El constitucionalismo democrático habermasiano “La lucha de los poderes de las creencias,…ha adoptado hoy, en el conflicto de las culturas,una forma directamente política” (Habermas 1999:39) Habermas se define “liberal político (...) en su variante republicano kantiana (entendida) como una justificación no religiosa (…) de los fundamentos normativos del Estado (...) constitucional”. Lo hace así, para establecer diferencias frente a posturas como la de Böckenförde que de la mano suya, propone la hipótesis de que el Estado moderno sí “pueda depender de tradiciones éticas... ideológicas o religiosas” (Habermas 2005a: 2; 1999: 39-54). La democracia, replica Habermas, afinca sus bases en el objetivo de formar opinión y voluntad sociales a la vez “inclusivas y discursivas”

1 Economía, Universidad Nacional; Maestría Ciencia Política, Universidad de los Andes.

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conducentes a que los miembros de sociedades de ese tipo, acepten racionalmente los resultados de las tensiones que traen consigo esas inclusión y discurso democráticos (Habermas 2005a: 3). De esta forma, la constitución política democrática supone que “ningún individuo se halle atado a sustancia prejurídica alguna” pues es el pueblo quien ha establecido sus propias ataduras al construir y aprobar su respectivo aparato constituyente; y al tiempo, se trata de que en la democracia moderna no exista vacío “rellenable mediante eticidad alguna recurriendo a sustancias normativas prejurídicas, esto es, ajenas a una voluntad popular incluyente que hace aceptable la Constitución por todos los ciudadanos independientemente de sus credos o ideologías” (Habermas 2005a: 4). Por esta vía, puede entenderse que la propuesta de refrendación colectiva de la Constitución de la Unión Europea apunte a cumplir con estos postulados hondamente democráticos, de donde surgen, entonces, varias preguntas: ¿Por qué entonces el rechazo de Francia y Holanda junto con las dudas británicas que amenazan en conjunto ser muy gravosos? ¿Por qué ahora Francia, uno de los bastiones regionales, se debate en decisiones políticas que atentan contra el edificio democrático? ¿Por qué se avizoran cada vez más por Europa, huellas de la biopolítica racista de corte foucaultiano que han llevado también a que Francia tome decisiones que fortalecen la <<guerra preventiva>> estadounidense y a que los escandinavos caigan en la trampa fanática de la burla caricaturesca al Islam? (Congote 2006: 18,19)

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¿Existen anclajes prepolíticos en el Occidente “liberal”? A pesar de estas convicciones demócratas, Habermas citando a Böckenförde propone dudar sobre “… la cuestión de si después de la completa positivización del Derecho, la estructuración del poder político sigue admitiendo una justificación o legitimación secular, es decir, no religiosa”, lo que reafirma diciendo que “…(si bien) las prácticas democráticas desarrollan su propia dinámica… sólo Estados de derecho sin democracia” admiten la posibilidad de apalancar sus aparatos políticos, no en los valores democráticos y sus virtudes, sino en “lazos unificadores provenientes de ideologías ó conceptos ético-religiosos”. En este sentido, el filósofo acepta válido que religión, lengua y sentido nacionalista comunes hubieran inspirado el nacimiento de los primeros Estados como elementos fundacionales para “el surgimiento de (una) solidaridad ciudadana altamente abstracta”; sin embargo, por lo mismo corre el riesgo de ser demasiado tajante al afirmar, en seguida, que “nuestras mentalidades republicanas se han disociado profundamente de ese tipo de anclajes prepolíticos (Habermas 2005a: 1, 5 y 6; subrayados del investigador). El ensayo propone demostrar, al contrario, que aún Estados de derecho democráticos pueden resultar víctimas de ataduras prepolíticas del tipo Böckenförde, tanto así que apelando a Januzzi puede apreciarse de qué manera el proceso de integración europea ha sido “... obra de élites… ilustradas, sin gran participación popular” (Januzzi 2005: 1). Ello haría del llamado a las urnas en Europa, antes que una posibilidad modernizante, una para que las masas reaccionen contra una imposición de corte autoritario propia de lo prepolítico que Habermas propone a su


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riesgo como superado por el republicanismo liberal. Esta hipótesis de que el republicanismo imperante se habría disociado de todo tipo de anclaje prepolítico resultaría arriesgada, además, porque los hechos estarían ofreciendo diversos elementos para falsearla. Ellos son, los unos de tipo electoral, derrotando los ciudadanos al sueño paneuropeo de corte republicano kantiano y, los otros, propios del guerrerismo preventivo contra el Islam y sus territorios adelantado por Estados Unidos y sus aliados, ambos fenómenos anclados en valores prepolíticos ideológico-religiosos mas no en valores democráticos fundamentales. Con el agravante de que esta tendencia occidental no sería novedosa si se tiene en cuenta que la actitud segregacionista y agresora de Occidente contra Oriente ha estado anclada en la prepolítica confesional que tipificó no sólo a las Cruzadas como a las acciones napoleónica y anglosajona sobre Egipto, India y sobre el Cercano Oriente (Said 2004: 114 -126; Congote 2006). En este orden de ideas, no es extraño que la llamada “guerra preventiva contra el terrorismo” esté mostrando que los países más democráticos son capaces de actuar tan o más autoritaria y violentamente que sus contrincantes islámicos, lo que devela que en las acciones políticas represivas contra Oriente, Occidente ha desnudado un pobre compromiso en la salvaguarda de los que siempre veneró como “valores fundacionales” trastocándolos de manera intempestiva por reacciones prepolíticas de corte integrista. Lo que ha dado pie, a que se afirme ahora que “… la sociedad civil global no es una garantía de libertad o de defensa de los derechos (sino el)… campo de conflictos en torno a los valo-

res, el poder, las mentiras y su manipulación” (Halliday 2006:12). Lo anterior halla sustento además, observando el recorte de libertades civiles en Estados Unidos en contra de la libertad de prensa mediante acciones judiciales que nunca soñaron Hamilton o Madison; igualmente, admitiendo el Vicepresidente Cheney y el Secretario de Defensa Rumsfeld que el expediente de la tortura aplicada a supuestos “prisioneros de guerra” en Guantánamo y Abu Ghraib no tiene limitación alguna (Dowd 2005: 17; Friedman 2005: 17; Naumann 2006:12); todos éstos, sucesos de marcado perfil prepolítico que confirman la fragilidad que los propios demócratas les otorgan a sus valores fundacionales. En efecto, los que se arrogan el privilegio de aparecer como padres y protectores de la democracia política moderna, Gran Bretaña, Estados Unidos de América y Francia, han mostrado que cuando la democracia resulta amenazada, los demócratas son tan proclives a violarla superando en capacidad a la de enemigos que ellos mismos apelan como “antidemócratas”. Se hace necesario traer a colación, que siguiendo las tradiciones de Occidente el integrismo religioso cristiano –anclaje prepolítico por excelencia– se muestra activo en el comportamiento político estadounidense tanto en Irak e Irán como en Afganistán y adentro de sus propias fronteras; así mismo, la alianza occidental en las dos guerras contra Irak, ha unido unos integrismos con otros conjugando las convicciones anglicana, católica y cristiano-evangélica del mundo para contra-atacar al “Satán” de turno identificado como “eje del mal”; y de qué manera, las cenizas todavía humeantes de la guerra étnico-religiosa en la antigua Yugoslavia, exigen de la

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Europa unionista diagnósticos más ponderados sobre lo que está rigiendo su comportamiento político aquí y ahora. Tampoco podría soslayarse, al final, qué tanto en Francia se están jugando partidas de secularización en el medio ambiente educativo frente a la imaginería religiosa y ahora frente a la reacción de sus minorías africanas; y qué tanto Holanda y los escandinavos están horadando sus tradiciones de respeto a los credos, víctimas de acciones violentas de tinte religioso entre fanáticos cristianos y musulmanes. Lo anterior sugiere que los anclajes prepolíticos pueden estar actuando como verdaderas limitaciones informales de carácter ideológico-religioso que, siguiendo a North, se caracterizan por su capacidad para mantenerse en el trasfondo social de manera persistente, tenaz y constante a pesar de los más caros ideales modernizantes.Al respecto, es importante precisar que las limitaciones informales son “reglas que nunca han sido ideadas conscientemente y que a todo el mundo interesa observar (siendo)... una parte muy importante de la situación de intercambio más compleja a lo largo de la historia” (North 1993: 55, 56 y 60). En este punto de la discusión, se hace forzoso proponer que en Europa las fuerzas de eticidad e ideología, que son limitaciones informales propias de los anclajes prepolíticos habermasianos, pueden estar saliendo a la superficie nuevamente, oponiéndose al sueño modernista paneuropeo y confirmando que la pretensión laicista se confirma fantasiosa inclusive en el Primer Mundo (Congote 2005: 12-14). En el fondo, a la hora de la verdad la Europa del siglo XXI estaría demostrando carecer de las condiciones estructurales y superestructurales que le permitan hacer viable en el corto plazo

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el sueño unionista, ratificando de paso la afirmación que propone que en el presente europeo “... confluyen motivaciones (de) rechazo a una Europa considerada demasiado liberal (oponiéndose el electorado) a renunciar a... preciosas identidades nacionales a favor de una entidad distante y sin rostro” (Januzzi 2005:2). El panorama se hace más crudo, si se tiene en cuenta de qué manera la prepolítica que ata lo político a lo religioso es cosa de alta monta en el debate moderno desde antes de Septiembre 11, por supuesto. Por una parte, Bobbio propone, citando a Laponce, que “el análisis de las tendencias ideológicas de nuestro tiempo, llevado con mucha precisión y con una rica documentación de sondeos realizados en distintos países y en tiempos diferentes, está dominado por la contraposición entre religión y política, consideradas respectivamente como el momento positivo (la religión) y negativo (la política) de la historia (…) De la contraposición –continúa Bobbio- entre momento religioso y momento político, se deriva la insistencia con la que (Laponce)(...) pone de manifiesto(...) que la distinción entre derecha e izquierda se resuelve (sic) en última instancia en la distinción entre sagrado y profano(...) la transposición(...) llega a representar la lucha entre religión y política casi como una lucha entre el bien (la religión) y el mal (la política), donde el triunfo final pertenece, a pesar de todas las batallas perdidas (sic) a la religión” (Bobbio 2001:105,106. Notas entre paréntesis y subrayado del investigador). Algo similar podría derivarse de las sesudas observaciones de Przeworski, cuando demuestra empíricamente a las culturas cristianas asociadas con procesos conservadores del status quo político (2000: 29,77). Y


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confirmando sus contradicciones aquí manifiestas, Habermas ha ratificado estas hipótesis prepolíticas en otro documento, afirmando que hoy “los conflictos se definen (…) como el choque de (…) culturas (…) (impregnadas) por la contraposición tradicional entre las religiones mundiales” (1999:40). ¡Dale con el neoliberalismo! Sin embargo, Habermas en el mismo documento aquí analizado no aparece consistente con su valiosa hipótesis política. En efecto, en lugar de profundizar su propuesta de perfil republicano kantiana asociándola a sus dudas sobre los riesgos de la prepolítica, cae en el lugar común de acusar al neoliberalismo como la razón explicativa del fenómeno europeo de la oposición al consenso constitucional. Las bases políticas habermasianas, quedan de esta manera expuestas por él mismo a que una frágil explicación económica deje sin validez sus premisas políticas de esencia democrática. Específicamente, el filósofo propone que “los mercados (sic) (...) no pueden democratizarse (pues) asumen, cada vez más, funciones de regulación (...) (produciéndose)... un refuerzo del privatismo (sic) ciudadano... que no alcanza ya a los procesos de decisión desplazados al nivel supranacional”, afirmando en seguida que la acción de los mercados amenaza la “formación democrática de la opinión y de la voluntad colectiva”. El problema en que estaría incurriendo Habermas con esta incursión economicista, es que arriesga desconocer tanto la esencia social de la ciencia económica puesta de relieve por Marx y otros clásicos, como la función democratizadora del mercado en condiciones de competencia en su calidad de escenario

de encuentro entre oferentes y demandantes como que es éste uno de los fundamentos de la teoría de la mercancía, inclusive a partir de las propuestas del propio Adam Smith (Marx 1974: Cap. I; Smith 1961:16,17,25, entre otras). Para confirmar que en Habermas el diagnóstico economicista no es producto del azar, otro reciente artículo suyo del Diario El País registra como explicación del rechazo electoral al paneuropeísmo, que a los ciudadanos les “... parece más realista la satisfacción furtiva (sic) de los liberales de mercado (pues)... no todas las naciones están dispuestas a asumir los costos de la pérdida de un equilibrio de bienestar que los neoliberales les están proponiendo” (Habermas 2005b: 7). Tomando una y otra referencia, este ensayo propone a manera de reflexión que el filósofo al tiempo expone importantes tesis y dudas de orden político para explicar la crisis europea actual, pero conduce al lector al riesgo de entender que la explicación resulte de mero carácter económico de corte neoliberalizante, lo que demostraría que en este asunto Habermas no estaría actuando con la rigurosidad de la que suele hacer gala. ¿Dónde estaría entonces la causa de la “modernización descarrilada”? Habermas propone al respecto que “una modernización descarrillada de la sociedad en conjunto podría aflojar el lazo democrático y consumir (la) solidaridad de la que depende el Estado democrático”. De esta forma, el descarrilamiento le abriría camino a las amenazas ideológico-religiosas que él mismo trae a colación citando a Böckenförde, porque esta situación transformaría a “los miembros de las prósperas y pacíficas

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(sic) sociedades liberales en mónadas (...) que no hacen sino lanzar sus derechos subjetivos como armas los unos contra los otros” (Habermas 2005a: 6). El filósofo olvidaría aquí que, en primer lugar, la modernización descarrilada podría hallarse no en la presunta amenaza neoliberal, sino en que el ejercicio de la política global estuviera siendo afectado por la proclividad de Occidente a nutrirse de anclajes prepolíticos propios de los orígenes para resolver los retos de una civilización global. Y, en segundo lugar, estaría incurriendo en varios eufemismos dado que no es demostrable que haya existido una tal “Europa pacífica” o un “Occidente pacífico” pues la historia refiere todo lo contrario, tal y como de manera amplia lo ha demostrado Foucault particularmente en sus conferencias de 1976 develando una Francia que en manera alguna admitiría ser una “pacífica sociedad” de corte habermasiano (Foucault 2002: 157 y ss). Desviándose por estos caminos, Habermas evitaría entrar de lleno a entender que la evidencia empírica de Occidente muestra que su estructura política amenaza estar jalonada con fuerza por el mesianismo cristiano antes que por las tentaciones del neoliberalismo.Y de esta manera, evadiría darle la razón a Böckenförde dado que estamos viendo por doquiera la existencia de lazos éticoreligiosos como camino de lo político moderno. En confirmación de lo anterior no resultaría gratuito, por ejemplo, que la célula islámica del acto terrorista contra Londres en julio 2005 hubiera calificado a la Gran Bretaña como un “Cruzado Sionista”, adjetivo que vendría a ligar con la tesis de Chateubriand cuando afirmaba que “las Cruzadas (permitieron) saber quién triunfará sobre la Tierra,(…) un culto(…) favorable a la

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ignorancia, al despotismo y a la esclavitud [el Islam] o (uno) que había hecho revivir(…) la sabiduría” (citado en Said 2004: 237). Para abundar en pruebas, dando un salto entre el siglo XIX y el XXI se puede entender por qué Bush líder del <<orientalismo occidental>> que no valora a Oriente, replicando a Al Quaeda ha afirmado que “(…) son terroristas (…) con el objeto de imponer su visión oscura del mundo una ideología borrosa y atrasada” (Bush 2005: 8C). A manera de colofón De acuerdo con lo anterior, es posible que la crisis del paneuropeísmo esté dando señales de que la pretensión laicista tan atada a la modernidad por sus cultores esté amenazada, antes que por el presunto “Satán neoliberal”, por la vigencia persistente, tenaz y continua de anclajes prepolíticos de orden ideológico y ético religioso cada vez más evidentes. Todo ello poniendo en vilo otra idea habermasiana según la cual, el que “no se esté dispuesto a <<morir por Niza>>, ya no es objeción contra una Constitución europea”, pues como lo hemos visto están surgiendo evidencias de lo contrario hasta el punto de que los ciudadanos de Occidente estuvieran obedeciendo a concepciones de sociedad premodernas inspiradas en factores de eticidad religiosa intentando llenar los presuntos vacíos que traería consigo el Estado democrático liberal (Congote 2006: 19). En este sentido, el mundo no estaría mirando hacia Ratzinger en vano, ni este se habría posesionado como sucesor de San Pedro ante la venia incondicional de sus pares gobernantes del mundo. Al final de las cuentas, unos y otros se muestran engarzados en una


B ernardo Congote Ochoa

trampa ético-religiosa de estirpe premoderna anclada en lo prepolítico, en medio de una época que algunos quijotes osan llamar “postmodernismo”. Bibliografía Dowd, Maureen. 2005. “Dick en medio de la oscuridad” en Semanario El Espectador, Bogotá, 6 -12 de noviembre.17 A Bobbio, Norberto. 2001. Derecha e izquierda ¿Existen aún la izquierda y la derecha? Madrid: Punto de Lectura BUSH, George. 2005. Extractos noticiosos de BBC NEWS (07/07/05) Disponibles en: news.bbc.co.uk, y de Associated Press y editados por diario El Heraldo, Barranquilla, Colombia, Agosto 5 2005 Congote, Bernardo. 2005. “Laicismo y religión política” en Le monde diplomatique/el dipló, Edición Colombia, Abril: 12-14 Congote, Bernardo. 2006.“Hacia una lectura biopolítica de la guerra preventiva” en Le monde diplomatique /el dipló, Edición Colombia,Abril: 18,19 Foucault, Michel. 2002. Defender la sociedad – Curso en el Collège de France 19751976. México: Fondo de Cultura Económica.

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NORBERT ELIAS y el anรกlisis de las relaciones internacionales Guillaume Devin1

recibido 31/11/05, aprobado 31/01/06

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na rápida lectura de los principales trabajos de Norbert Elias podría sorprender frente al título de este artículo. Con muy raras excepciones2, el sociólogo alemán nunca aborda directamente las cuestiones llamadas “internacionales”, lo cual también probablemente explica que sea tan poco citado en los análisis de relaciones internacionales3. Acostumbrados a la división de las disciplinas universitarias, de buen grado distinguimos el estudio de las relaciones entre sociedades de aquel de las relaciones dentro de las sociedades. Así la obra de Norbert Elias, que rechaza tal división académica, no es clasificable y es comprensible que no cautive espontáneamente a los “internacionalistas”. Sin embargo, tal enfoque resulta insatisfactorio. La ambiciosa tentativa de pensar la evolución social en la larga duración supera todas las fronteras e implica completamente los desarrollos de la escena internacional, que no son ni secundarios ni marginales en la obra de Elias. Esos desarrollos están al contrario omnipresentes, aunque no se perciban así porque se confunden con los mecanismos más generales que trabajan el devenir de la Humanidad. Además es en éste nivel donde mejor se aprecia todo el alcance de los trabajos de Elias. Partiendo de un principio fundamental, incluso fundador -la interdependencia-, inscrito en un proceso evolutivo más amplio –la

integración-, Elias establece las bases de una sociología de la configuración mundial. Examinar ésta reflexión es el objetivo de las siguiente páginas. I. Los vínculos de interdependencia Siendo fieles con el pensamiento de Elias, sin duda es muy discutible comenzar con una disociación de las relaciones de interdependencia de los procesos de integración. Elias no solamente no distingue con claridad estos dos fenómenos sino que con frecuencia los articula4. Pero en ello no hay ninguna negligencia sino más bien una hipótesis del “análisis sociológico evolutivo”5, según el cual existe una dinámica masiva de la evolución social que puede percibirse en los procesos sociales de larga duración. La interdependencia es la expresión cambiante del mundo social; la integración, el proceso que la trabaja y el sentido probable de su orientación. Por supuesto es necesario matizar pero, básicamente, la interdependencia somete la evolución social de las formaciones relacionadas a una “necesidad”. La integración no tiene entonces nada que ver con una visión ideal –al mismo tiempo esperada y temida- de algunos desarrollos internacionales. No obstante, de una manera no determinada, la integración esta inscrita en los vínculos de interdependencia. En cierta forma hay una relación de conexión, entre los

1 Profesor del Instituto de Estudios Políticos de París. Artículo Publicado en la Revue Française de Science Politique, 1995, 45(2): 305-327.Traducción de Giovanni Molano Cruz, gracias a la amable autorización del autor y los editores de la Revue Française de Science Politique. Con el apoyo del Programa Alban, programa de becas de alto nivel de la Unión Europea para América Latina. Beca No E04D041993CO. 2 Las más sobresalientes son Elias (1991a: 205-301; 1993: 69-174). 3 Aunque alusiva, una excepción se encuentra en Badie y Smouts (1992: 114-121). 4 Elias (1991a : 216) 5 Elias (1991a : 287)

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procesos de independencia e integración, que explica bastante bien que su distinción tenga un interés secundario en los propósitos de Elias. Pero para continuar es útil discutir antes algunos problemas específicos. A. Un Estado de hecho El desarrollo de la interdependencia entre los Estados contemporáneos, el fortalecimiento de los “eslabones de la red” en el siglo XX, revela en primer lugar una comprobación6. Los ideólogos del “mundialismo”, del “internacionalismo” o del “federalismo” se apropian de dicha comprobación para justificar el buen fundamento de sus compromisos, pero eso es un asunto que Elias pretende mantener radicalmente a distancia. El sociólogo alemán solo quiere atenerse a los hechos. La intención merece ser retenida en un campo donde reina cierto impresionismo. En efecto, si se define la interdependencia con Oran Young como “la medida con la cual los acontecimientos que ocurren en una parte dada o en cierto componente del sistema mundial influencian (físicamente o por la percepción que de él tenemos) los sucesos que ocurren en cada uno de los componentes del sistema”7, la identificación de esos acontecimientos, su frecuencia, su intensidad y su influencia precisa son evaluados frecuentemente de una forma bastante aproximativa. Lo relevante entonces es realizar investigaciones empíricas fundamentales para sacar “la interdependencia” de aquello que aparece

finalmente como un lugar común que describe sin explicar. No se reprochará a Elias el pasar rápidamente estas consideraciones. Su argumento está en otra parte. Pero si tuviéramos que explicar precisamente la especificidad de la interdependencia internacional contemporánea, estaríamos de acuerdo en que los hechos presentados son bastante generales: el desarrollo de los medios de comunicación y el incremento de la movimientos migratorios, es decir, una multiplicación de los contactos provocada principalmente por las mutaciones tecnológicas (y sus efectos perversos: problemas del medio ambiente y riesgos de destrucción masiva). La comprobación, aunque poco satisfactoria, parece bastante atractiva como para no ser compartida por toda la literatura especializada. La emergencia de un “sistema global” no dice nada sobre el nivel de independencia de sus componentes –que estos puedan estar conectados o en relación no significa que lo estén como lo demuestran esos espacios económicamente desiertos que son los países pobres- ni cómo esas relaciones funcionan y con qué efectos. Otra forma clásica de apreciar la interdependencia internacional contemporánea es subrayar el declive paralelo de las soberanías. Incluso en ello Elias no insiste sino que comparte la observación8. Ahora bien, suponiendo que sea así, el declive de las soberanías de los Estados parece relativamente difícil de evaluar. Algunos autores incluso han argumentado lo contrario:

6 Elias (1991a : 216). 7 Young citado en Smouts (1987: 176). 8 “Por todas partes en el mundo, las tribus pierden su función autónoma de unidades de supervivencia que se rigen por así mismas.Varios Estados pierden en la multitud de creciente integración un gran parte de soberanía” en Elias (1991a: 217).

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reinterpretado en una perspectiva histórica, el nivel actual de transacciones internacionales no sería tan espectacular y consolidaría más bien las soberanías estatales9. Los Estados del mundo industrial ya no son ciertamente esas entidades territoriales con caparazón cuyas primeras aperturas J. Hertz analizaba en los años cincuenta10. Pero probablemente es demasiado esquemático asimilar su creciente penetración con su declive. En las relaciones complejas que unen los Estados y las firmas multinacionales (FMN), los primeros suelen ofrecer las garantías de estabilidad que atraen a las segundas, jugando así un papel fundamental11. De manera más general, la cuestión del “aumento de los flujos transnacionales”, que vendría a objetar la soberanía de los Estados12, debe ser tomada con prudencia. Sin duda, notamos fenómenos transnacionales, pero ¿en qué medida son en realidad nuevos (las inversiones directas en el extranjero, los flujos migratorios, el crimen organizado, etc)? ¿En qué consiste su influencia real? ¿Cómo definir su “eficacia”? Es sobresaliente la falta de trabajos monográficos que permitan hacerse una idea precisa de estos fenómenos13. Los trabajos sobre algunos movimientos políticos, sindicatos (con la excepción de la vertiente comunista que se derrumbó) o grupos religiosos muestran que el

impacto es débil (lo que no quiere decir nulo) y orientado principalmente hacia la legitimación de las unidades que los componen14. Las redes de acción económica (bancos y empresas multinacionales) son probablemente más “penetrantes”, pero todavía son pocos los politólogos que estudian esta international businness diplomacy. En cuanto a las organizaciones no gubernamentales (ONG) –que no siempre están organizadas sobre una base transnacional –sus relaciones e incluso su dependencia financiera frente a los Estados de origen, complican la idea de nuevos “actores independientes”: Amnistía Internacional (un ejemplo, citado varias veces por Elias) es una figura relativamente singular que no hay que generalizar tan apresuradamente. Pero entendámonos, no se trata de negar la importancia de estos fenómenos sino que, contrariamente a las ideas comúnmente aceptadas, las “cadenas de interdependencia” –retomando una expresión de Elias- no son tan fáciles de comprender. Si se quiere escapar a las generalizaciones e intuiciones, la recolección y el análisis de los hechos de este “conjunto anónimo de mecanismos” siguen siendo el largo camino por recorrer. Es en esta dirección aparentemente modesta que las reflexiones de Elias deberían guiar a los “internacionalistas”.

9 Thompson y Krasner (1989: 195-219). Hay que agregar que una integración regional más profunda puede ser interpretada como “un multiplicador de poder más que una desventaja para la soberanía” (Massart-Piérard 1993:190-192). 10 Herz (1957: 473-493). 11 Véase, Stopford, Strange y Henley (1991). 12 Badie y Smouts (1992 : capítulo 2). 13 Los trabajos que componen la obra pionera de Keohane y Nye (1981) van en este sentido de un mejor conocimiento empírico de los fenómenos transnacionales, sin embargo, parecen haber retenido menos la atención que el marco teórico que hizo el éxito del libro. 14 Acerca de la cooperación transnacional partidaria véase Devin (1993).

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B. Etapas de aprendizaje Prolongar a la escala internacional la investigación sobre los fenómenos de interdependencia no consiste en acumular hechos desencarnados. Aquí también las advertencias de Norber Elias son valiosas. Porque la “sociedad” es precisamente aquella formación de “individuos”, estos no pueden ser tratados como una masa arbitraria e inerte, incluso si ellos mismos no son conscientes del alcance de los procesos en los cuales están inmersos. La interdependencia es entonces tanto un revelador de mutaciones objetivas de la relación individuo-sociedad (nosotrosyo) como un lugar de descubrimientos del trabajo histórico de los hombres para vincularse entre si. Bajo estas condiciones, no se trata solamente de registrar pasivamente las manifestaciones de interdependencia de nuestras sociedades contemporáneas, sino también de realizar esta investigación activa de reciprocidad que es el fundamento de la sociabilidad y participa en el tejido de la interdependencia. Aunque se mezclen elementos no controlados, la “experiencia” de los hombres juega un papel creador: “Lo más frecuente es que de las experiencias más amargas, los hombres aprenden sus lecciones. Se necesitaron dos guerras mundiales para llegar a la creación de las débiles instituciones centrales de la confederación de Estados en proceso de formación. Hoy la esperanza de muchos hombres, y tal vez incluso el objetivo de varios

de ellos, es que no sea necesaria la experiencia de una tercera guerra mundial para desarrollar las instituciones centrales de los Estado reagrupados y aumentar así su propia eficiencia”15. Sin embargo, la cuestión delicada es saber cómo aprehender esta “experiencia”. ¿Que lugar darle en el proceso de toma de decisiones? ¿Qué credibilidad acordarle en la constitución de una “memoria...que conserva el saber adquirido y las experiencias personales de las fases anteriores para hacer de él las fuerzas activas del pedido de la sensibilidad y del comportamiento de las fases ulteriores”16? A decir verdad, los estudios anglosajones otorgan desde hace tiempo un lugar poco despreciable al papel de la “experiencia” y la “memoria generacional” en la toma de decisiones de política extranjera17. A ello Robert Jervis ha consagrado parcialmente una obra que tiende, no obstante, a disminuir el papel de la experiencia adquirida en las decisiones de política internacional18. Está claro que no se trata de dividir el individuo de su historia y de su medio para hacer de él un “sujeto” experimental. Al contrario, ¿cómo despreciar el lugar dado a los estados afectivos, a las emociones, a los instintos, al “desdoblamiento del yo” o a los “procesos de sublimación” en la estructura de la personalidad?19. Son estas variables, correctamente ubicadas en las transformaciones permanentes de la relación “nosotros-yo”, que también es necesario retener para dar un

15 Elias (1991a : 221) 16 Elias (1991a: 244) 17 Para una revisión reciente de trabajos ver Levy (1994) 18 Jervis (1976) 19 Véase Elias (1991a: 246, 260, 261, 263 y 269). Pero al respecto Elias (1991b) también es particularmente fecundo.

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alcance explicativo a la experiencia y a la memoria en la adopción de tal comportamiento o tal decisión. Poco importan las fronteras de las disciplinas constituidas20. Todas las herramientas conceptuales son aceptables si demuestran su pertinencia en el análisis del objeto que pretenden dilucidar. Hay que recurrir a la “experiencia” o a la “memoria” de los individuos si se quiere aprehender todos los factores que estuvieron en marcha en el proceso de reconciliación franco-alemana o explicar todos los aspectos de una percepción diferenciada de algunas amenazas o incluso, como lo sugiere Elias, si se quiere determinar la creación de instituciones mundiales después de las pugnas guerreras. Sin embargo, la experiencia o la memoria no son el aprendizaje. Pues éste indica más, es decir el establecimiento de procesos más o menos formales que facilitan el conocimiento y el reconocimiento del otro. Los múltiples foros del sistema de la ONU ofrecen esas experiencias institucionales que, según Elias, representan tantas “etapas de un proceso de aprendizaje”21. En esta socialización a escala internacional hay investigaciones por hacer. Las “rondas” del GATT, las cumbres del G-7, las sesiones de la CSCE,22 así como la “diplomacia parlamentaria” del COREPER23 de la Unión Europea o las numerosas prácticas de intercambios que se han desarrollado a partir del tratado franco-alemán de 1963, pueden

leerse entre otras como ilustraciones de este fenómeno. Allí se encuentran fácilmente varios de los ingredientes sugeridos por R. Axelrod para facilitar los “comportamientos cooperativos”, particularmente “aumentar la importancia del futuro haciendo los encuentros más durables y más frecuentes”24: la cooperación es un proceso de aprendizaje que refuerza los lazos de interdependencia. Lo interesante en las reflexiones de Elias reside en el hecho de que el papel del aprendizaje no tiene nada de observación ingenua. Al contrario, es un proceso relacional decisivo que contribuye a incrementar las posibilidades de individualización humana y, de esta manera, la capacidad de acción de los individuos en las relaciones internacionales. C. Nuevas modos de individualización Al igual que en el mundo antiguo la idea de un individuo fuera del grupo es inimaginable, la idea de una identificación creciente entre los hombres es indisociable de la inserción cada vez más fuerte de las formaciones nacionales en una red universal de Estados. Esa es la hipótesis fuerte de Elias: “El establecimiento de la dominación de una nueva forma de organización humana, más extendida y más compleja, va siempre de la par con un nuevo impulso y una forma nueva de individualización”25. En otras palabras, Elias suministra un principio de explicación

20 Elias es el hombre de un saber abierto.Véanse sus finos comentarios sobre la cuestión de la división de las disciplinas en Elias (1991c:154-155; 1991d: 104). 21 Elias (1991a:221). 22 Conferencia sobre la Seguridad y la Cooperación en Europa. [Nota del Traductor]. 23 Comité de Representantes Permanentes de los Estados miembros de la Unión Europea. [Nota del Traductor]. 24 Axelrod (1992 : 127-141). 25 Elias (1991a: 222).

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sociológica a las manifestaciones, más o menos difusas, de lo que él mismo denomina como “las primeras formas de una nueva ética universal”. La actividad de la ONU, la defensa de los Derechos Humanos, el papel de Amnistía Internacional, la ingerencia humanitaria son prácticas y representaciones de un nuevo “nosotros”, la expresión de un “nuevo sentido de la responsabilidad a escala mundial”26, cuya emergencia y desarrollo descansan sobre una base concreta de fenómenos de interdependencia. Esta proposición pone en duda por lo menos dos lecturas que se pueden hacer del aumento de las referencias a lo universal y del establecimiento, a penas perceptible, de una nueva relación “nosotros-yo”. Porque, en primer lugar, desencanta la visión de que la identificación de los seres – y más precisamente en el mundo occidental nuestra supuesta solicitud frente al otro- es solamente un asunto de principios, convicciones y voluntarismo. Sin duda, allí hay una parte no despreciable que se debe a lo que L. Kolakowsky llama “la tradición europea de la autocrítica”27 . Pero el acto que consiste en suspender su juicio y comprender al otro es tanto más activado por los vínculos objetivos de la interdependencia que los individuos no siempre han querido ni previsto. La reivindicación de los Derechos Humanos no siempre ha tomado la misma forma. Su internacionalización traduce cierto estado de la configuración mundial, un estado transitorio en el cual el sistema de Estados se transforma progresiva-

mente, aunque de manera no programada, en una entidad social de base. Es acerca de la emergencia de este nuevo marco de referencia para los estudios de ciencias sociales que Norbert Elias nos invita a reflexionar. El desarrollo de la perspectiva comparada en la investigación de las ciencias sociales constituye un índice del desplazamiento de las miradas hacia un nivel superior de síntesis. Como lo hemos dicho anteriormente, el análisis minucioso – y no solamente la comprobación- de los fenómenos de interdependencia iría igualmente en este sentido. En segundo lugar, porque la perspectiva de Norbert Elias excluye dar demasiada importancia a los objetivos oficialmente buscados por los actores en situación de interdependencia. No estarían de un lado las “buenas” redes, militando por los Derechos Humanos o cualquier otra forma de “solidaridad internacional” y, del otro lado, las “malas” redes jugando sobre las disparidades económicas o fiscales entre los Estados y orientados hacia la búsqueda del máximo beneficio. Aunque esquemáticamente la oposición puede tener un sentido frente nuestros ideales, aquí no es pertinente porque desconoce el carácter ampliamente no controlado de los procesos que estrechan “los tejidos de la red”. Cuando algunas empresas se encaminan en la vía de la multinacionalización, reaccionan a determinados imperativos (mejor rentabilidad de la firma, conservación e incremento de las partes del mercado, aprovechamiento de una ventaja específica, etc) sin

26 Elias (1991a : 222). 27 Kolakowski (1980) Véase particularmente el aparte sobre la antropología, ciencia social « europea por excelencia » (363).

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poder anticipar con precisión la cadena de interdependencias que la agregación de sus iniciativas va provocar. De la misma forma, cuando los Europeos proponen la transformación del GATT en una Organización Mundial de Comercio (OMC) más apremiante para neutralizar las eventuales represalias comerciales de los Estados Unidos, refuerzan el entretejido de las interdependencias, incluso si ese no es su objetivo principal. Para ir más lejos, el uso honesto o cínico del recurso a las instituciones internacionales y a los Derechos Humanos debe ser igualmente relativizado. Que los gobiernos camuflen sus políticas de fuerza bajo ropajes presentables es una situación ofensiva pero también es testimonio paradójicamente de la implosión de un nuevo marco de referencia para la acción legítima. Nada nos dice que los tiranos no terminaran por caer en esta red: ya pasó el tiempo en que Seku Touré anunciaba a Amnistía Internacional que la aplastaría como un mosquito. Hoy es preferible responder con cortesía “Estimado Señor, apreciamos muchísimo su trabajo, pero en el caso aludido, le informamos que su información no es precisamente exacta”28. ¿Es necesario concluir que el compromiso de un nuevo sentido del “nosotros” conduce a los hombres hacia una nueva etapa de su civilización? A pesar de los matices y las precauciones, esa es una de las hipótesis de

Norbert Elias29 –hipótesis optimista-, respaldada por la idea de que los vínculos de interdependencia llevan en si una superación de nuestras normas y favorecen, en sus grandes orientaciones, una integración de los individuos a entidades más amplias, dotadas de capacidades superiores, así como la transformación de su “economía física” en el sentido de un mayor autocontrol. La integración es entonces tanto la expresión, en un momento dado, de una relación particular entre el individuo y su grupo de referencia como un poderoso movimiento que transforma continuamente esta relación. II. La dinámica de la integración Frente a la pregunta ¿en qué mundo vivimos?, los especialistas de relaciones internacionales se dividen esquemáticamente en tres tendencias. La primera aprehende el sistema internacional contemporáneo como dominado por los actores estatales y, a pesar de los cambios parciales, persiste en atribuirle un carácter fundamentalmente “político-militar y territorial”30. La segunda subraya principalmente el aumento de los fenómenos de interdependencia, el papel de las instituciones internacionales y de los actores transnacionales organizados, como prueba de la debilidad de la noción de fronteras, del declive de las soberanías nacionales y de la emergencia de una “sociedad mundial” o de un sistema global31. La

28 Citado por Besset (1991: 70). 29 Véase particularmente las últimas páginas de Elias (1975: 316-318). 30 Ver particularmente las tesis de Waltz (1979). Nuestro propósito no es clasificar los autores, con todo lo que tal reflexión tiene de arbitraria. Simplemente limitamos de manera voluntaria (y arbitraria) nuestras referencias. 31 Además de los trabajos de los “funcionalistas” y “neo-funcionalistas”, pueden consultarse los análisis de los “regímenes internacionales” en International Organization (1982). Y para un enfoque “globalista” ver Omahe (1991); igualmente Dunning (1993).

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tercera tendencia de internacionalistas propone una lectura multidimensional del sistema internacional contemporáneo a través de la construcción de un “paradigma de la política mundial” que se caracteriza por la existencia de una pluralidad de actores (gubernamentales, inter.-gubernamentales, no gubernamentales) en situación de “interdependencia compleja”32. Confrontada a estos tres enfoques, la concepción de Norbert Elias es al mismo tiempo esclarecedora y perturbadora. Establece en efecto un vínculo entre las tres lecturas articulándolas en una perspectiva evolucionista a largo plazo. Pero es precisamente esta evolución de un mundo de Estados “soberanos” en una integración global más reforzada, pasando por una configuración de interdependencias complejas, que genera duda, pues parece demasiado simple y demasiado marcada por cierta inclinación a las causas finales. Sin embargo, la hipótesis es estimulante porque propone un amplio marco de interpretación de múltiples fenómenos aparentemente dispersos y también es probable que sea una hipótesis que no ha tenido toda la atención que merece por nuestras propias debilidades para pensar las transformaciones sociales en una larga duración. A. Un movimiento a largo plazo En varios aspectos el “estudio genético prospectivo” propuesto por

Elias es un desafío a nuestras rutinas de pensamiento. Expresado de manera general, convoca a un ejercicio intelectual –Elias denomina este trabajo de distanciamiento como un “ejercicio mental”33– que nos permite darnos cuenta que los objetos de estudio sobre los cuales nos interesamos no son inmutables: individuo, Estado, relación “nosotros-yo” son conceptualizaciones que son cualquier cosa menos fijas. Más precisamente se trata de demostrar que “una configuración debe ser salir de una configuración precedente o incluso de toda una serie de configuraciones de un tipo bien definido, sin por ello demostrar que esas primeras configuraciones deben necesariamente transformarse en aquellas que siguen”34. Desde el punto de vista que nos ocupa, se trata entonces, ni más ni menos, de pensar el cambio en las relaciones internacionales. Esta cuestión es igualmente central entre los análisis de las relaciones internacionales contemporáneas, incluso si todos no privilegian las mismas variables. Según las concepciones “realistas” o “neo-realistas”, el origen del cambio no se encuentra en las estructuras sino en sus componentes, es decir prioritariamente en las transformaciones que afectan los actores estatales35. En cambio, y aunque la oposición sea voluntariamente suavizada para nuestro propósito, los enfoques transnacionalistas abogan por un examen más minucioso de la complejidad del sistema internacional, es decir,

32 Keohane y Nye (1981: 371-398). Sobre la noción de “interdpendencia compleja” ver, de los mismos autores, (1977: 2225). 33 Elias (1991d : 127). 34 Elias (1991c). 35 Waltz (1986: 343). Para Raymond Aron, siendo la primera característica de un sistema internacional “la configuración de la relación de las fuerzas”, la transformación del sistema pasa por la redistribución de las fuerzas entre los diversos actores (estatales): la guerra es considerada como el momento esencial de esa nueva repartición de fuerzas, Aron (1962: 104-108).

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principalmente la multiplicación del número de sus actores y la gran movilidad de sus relaciones36. También es necesario señalar que, en un ensayo de síntesis, James Rosenau trató a su turno de establecer una “teoría del cambio y de la continuidad” distinguiendo el nivel de intervención de los individuos (“parámetro micro” basado en un mundo “multi-céntrico”) de aquel de los Estados (“parámetro macro” definiendo un mundo “estado-céntrico”): la “turbulencia” del medio internacional sería el resultado de la coexistencia conflictiva de estos dos mundos37. Resulta bastante difícil ubicar la reflexión de Elias entre estas orientaciones. Su intención no consiste, en efecto, en aislar alguna variable pertinente para la explicación del cambio, sino más bien a investigar su dinámica en el examen retrospectivo de las transformaciones que han incidido en la larga cadena de configuraciones humanas. No se trata entonces de realizar oposiciones o distinciones entre “estructuras” y los “actores”, ni entre el nivel “micro” y “macro”, sino de explicar cómo cada formación social “nace de la precedente”38. Siendo más precisos, para comprender la “sociedad inter-estatal” (término utilizado por Elias) hay que considerar el proceso de formación del Estado. El Estado, por lo menos en el mundo occidental, se caracteriza por un lento desplazamiento de poder de unidades inferiores –que se administran de manera autónoma– hacia un nivel superior de la

monopolización de los medios de coerción física y de coacción fiscal39. Este desplazamiento no programado es una respuesta a la competencia de unidades rivales –que constituyen una amenaza potencial–, y concluye en la definición de “unidades de supervivencia” mas adecuadas en sus funciones protectoras. Según Elias, la familia, la tribu y el Estado ilustran esas “unidades de supervivencia” que se han impuesto como esenciales en momentos dados de la historia de las ordenaciones humanas. En consecuencia, el Estado no es una formación acabada sino un nivel intermedio de la monopolización o, si se prefiere, un nivel determinado de integración de unidades interdependientes más pequeñas. La pregunta que surge entonces es saber si lo que pasa actualmente no es “algo completamente análogo con el desplazamiento de las posibilidades de poder del nivel del Estado al nivel continental o global”40. Los fenómenos de regionalización y globalización parecen tener este sentido. En la regionalización, reflejada particularmente en la intención de homogenización de los espacios comerciales en Europa, América o el sudeste asiático, pareciera que se trata de una “estrategia de defensa contra el exterior. La multiplicación de acuerdos regionales es significativa al respecto: todos buscan protegerse contra la emergencia de bloques”41. Sin duda, las experiencias de cooperación regional más avanzadas, como la Comunidad

36 Keohane y Nye (1981); particularmente la introducción y la conclusión. 37 Rosenau (1990). 38 Elias (1991c: 187). 39 Elias (1975) particularmente el primer capítulo “La ley del monopolio”. 40 Elias (1991a). 41 Badie y Smouts (1992).

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Europea, significan mucho más. Frente a problemas económicos y sociales que ya no son completamente controlados en el plano nacional,42 la función protectora del Estado resulta problemática. Los llamados a “una iniciativa de crecimiento” a un New Deal o a un “Programa de grandes trabajos”, que durante mucho tiempo han sido instrumentos de reactivación económica pensados exclusivamente en el marco nacional, son retomados a escala europea y dan testimonio de un desplazamiento de las posibilidades de acción a un nivel superior. Sumergidos en los debates del momento y confrontados a los costos de la etapa de racionalización y reconstrucción comunitaria, nos resulta difícil tomar la distancia necesaria. Sin embargo, podría ser que la historia de la configuración europea (con fronteras aún por definir) aparezca mucho más tarde como aquella de la emergencia de una nueva “unidad de supervivencia”43. Además, las estrategias de la llamada globalización (dominio de la totalidad de las redes, de la concepción de comercialización) adelantadas por unos actores económicos constituyen una nueva forma de monopolización de sectores, en beneficio de algunos excluyendo de hecho a los más débiles. Esta reducción del número de los actores en los intercambios, denunciada en

Cartagena en 1992 por la octava Conferencia de Naciones Unidas para el Comercio y el Desarrollo, también es una manifestación de las presiones integracionistas ampliamente provocadas por la situación de competencia. Otros desafíos (militares, ecológicos) de dimensión planetaria podrían conducir a observaciones análogas a nivel mundial, incluso si frente a las debilidades actuales de la “Organización Mundial” dicha perspectiva podría llevar al escepticismo. Pero probablemente Luis VI El Gordo y la Casa de los Capetos no percibieron mucho que estaban implicados en el lento proceso de lo que sería el Estado francés.... Si seguimos esta hipótesis de trabajo, primero hay que abandonar la idea de una distinción entre la evolución que se desarrolla en el interior de los Estados y aquella de las relaciones entre Estados: las dos “se dejan tomar en las mallas de una sola y misma red teórica”44. El análisis sociológico evolutivo de Norber Elias, como la anotamos inicialmente, suministra un campo de encuentro entre los “internistas” y los “internacionalistas”, sugiriendo a unos y otros congregar sus puntos de vista: el consejo metodológico puede parece clásico hoy pero su realización es más bien rara y siempre difícil. ¿El mismo Elias lo respetó para explicar La dinámica de Occidente o, como algunos

42 Por ejemplo, “el empleo de uno de dos asalariados de la industria francesa depende hoy directamente de decisiones de localización tomadas en una perspectiva transnacional” en Le Monde (5/10/93). 43 Varias de las motivaciones de los “candidatos a la ampliación” de la Unión Europea van en este sentido. El comentario es válido también para algunos Estados como Bélgica, de la cual es posible preguntarse si la nueva y frágil unidad federal no está completamente suspendida al marco europeo que le otorga su fundamento. Cuando el Primer Ministro belga afirma que “la Unión Europea es un elemento intrínseco del federalismo belga”, no hace más que constatar una realidad jurídica. Es revelador que las elecciones de los tres Consejos Regionales de Bélgica son el mismo día de las elecciones europeas, Dumont (1993: 111-119). De manera más general, será necesario esperar un poco más sobre el efecto paradójico de la construcción europea como proceso imperfecto en su planificación. Asumida y utilizada por los Estados como un medio para reforzar sus capacidades, la construcción europea ha acelerado paralelamente el debilitamiento relativo de los espacios nacionales.Ver Devin (1996). 44 Elias (1993 : 169).

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señalan, privilegió “hipótesis internistas”?45 El reproche, no obstante, tropieza con un malentendido: Elias no es más “internista” que “externista”. Al contrario, esa “separación mental” le parece “fundamentalmente falsa”46. Para él no se trata entonces de buscar los juegos de influencia entre dos esferas distintas sino de pensar el objeto de estudio como una red de relaciones móviles que le otorgan una configuración particular en un momento dado. Dónde se detiene la cadena de interdependencias en la que están inscritos fenómenos tan diversos como las elecciones, los conflictos sociales y, más generalmente, la organización de un espacio institucional, es la única pregunta empírica que permite romper la imposición de fronteras a priori. También es la mejor manera de demostrar a posteriori la consistencia real de las preguntas que quedan. Naturalmente esta pregunta conduce a establecer la existencia de diversos niveles de integración cuyo inventario habría que hacer, además de examinar las zonas de complementariedad y conflicto. Sin embargo, sobre este aspecto el trabajo de Norbert Elias está inacabado y revela varias interrogaciones. Por una parte, tratándose del período actual, ¿es suficiente distinguir, como lo sugiere Elias, tres o cuatro niveles de integración (cuya interrelación él no estudia): familiar, nacional, confederal y mundial47? Esta distinción, que tiene un fuerte tinte secuencial, es al mismo tiempo demasiado institucio-

nal y marcada por la historia occidental. Le hacen falta otros espacios de identificación y lealtad (etnia, comunidad religiosa, profesión, etc.) que pueden contener los procesos de integración competitiva; además reduce la diversidad de las trayectorias históricas sobre el molde de la “dinámica de Occidente”. ¿Hay que entonces renunciar definitivamente a pensar las dinámicas competitivas? Por otra parte, sean cualesquiera los niveles de integración considerados, ¿se pueden resumir todos en procesos de centralización comparables a los estudiados por Norbert Elias en la fase de construcción del Estado-Nación? ¿La integración –concebida como la transformación de unidades separadas en componentes de un sistema unificado– implica necesariamente la sub-clasificación y/o la decadencia de unidades antiguas en beneficio de una nueva “unidad de supervivencia? El análisis de las características de la Unión Europea ha llevado a algunos autores hacia otras pistas: la emergencia de una ordenación en diversos niveles de poder que se refuerzan mutualmente48, o bien de una configuración en red, “nueva forma de organización política” sin soberano ni centro”49. Pero, podemos preguntar si a su turno estas apreciaciones no pecan por defecto de análisis sociológico evolutivo: lo esencial consiste en comprender un movimiento, una dinámica más que un estado dado y necesariamente provisional de la configuración. Desde este punto de vista ¿la orientación de la

45 Zolberg (1985 : 587). 46 Elias (1991c : 209). 47 Elias 1991a: 263). 48 Wesler (1990: 238). 49 Winckler (1992 : 25).

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evolución europea y comunitaria no va en sentido de un nivel superior de monopolización? Acerca de la integración de diversas estructuras administrativas al sistema provincial del Imperio Romano, M. Sartre señala que “el fenómeno necesito casi dos siglos”. Es verdad que los objetivos y mecanismos del Imperio y de la Unión Europea no son muy comparables, pero el ejemplo imperial romano recuerda “cuánto la larga duración termina por modificar cada uno de los componentes y le impone la marca del vencedor”50. Aunque la construcción europea se presenta como un proyecto negociado y consensual al servicio del bien común, no podemos limitarnos a esta visión ideal y no hay razón para pensar que ella también contiene sus vencedores. Este aspecto merecería ser estudiado más sistemáticamente (entre los Estados y en el interior de cada uno) para verificar si la integración europea escapa o no al modelo de los mecanismos monopolistas. Esta verificación, así como la cuestión de los niveles de integración, de su articulación y de su sucesión, giran en torno a la misma pregunta: ¿las interpretaciones propuestas por Norbert Elias no están “en buena medida bañadas de un evolucionismo global”, como lo señala bruscamente Anthont Giddens51? Aquí tenemos que entendernos sobre las palabras. Para Elias no hay orden programado ni etapas obligadas.

Él rechaza los modelos de configuraciones continuas y no coloca las transformaciones sociales de larga duración en eje lineal. Pero afirma que los movimientos de la evolución social no se originan en algunas fuerzas misteriosas que los harían incomprensibles; hacen parte de una serie de posibilidades o de probabilidades que solo se pueden explicar y comprender a partir de la configuración de la cual surgen. “En este sentido –anota Elias–, el concepto de evolución se refiere entonces a un orden de filiación”52 . Entre una continuidad que nunca está asegurada y una discontinuidad que nunca es total, el análisis sociológico evolutivo mantiene entonces una relación muy ambigua con el evolucionismo. Si “toda evolución social esta sometida a una necesidad”,53 no toma necesariamente una dirección. Sin embargo, el margen es estrecho cuando Norbert Elias hace de la “ley del monopolio” una ley fundamental de las transformaciones sociales o cuando establece la integración como el nivel superior de resolución de las tensiones de la tribu, de la organización mundial. El conjunto se inscribe de los restos en la perspectiva última, aunque accidentada, de la desaparición de las tensiones entre los Estados y dentro de los Estados, ¿no es esto el “fin de la historia”54? Al respecto lo único que parecería hacer obstáculo es la no concomitancia entre el surgimiento de nuevas “unidades de supervivencia” y la

50 Sartre (29 y 32). 51 Giddens (1987: 301). 52 Elias (1991c: 200). 53 Elias (1991c: 198). 54 En sentido diferente a Fukuyama, para quien la disminución de las tensiones –su gestión racional y no su desaparición –solo puede ser satisfecha en el marco de la democracia liberal.Ver, Fukuyama (1992). Elias no hace de la naturaleza de los regímenes políticos una variable clave en la resolución de tensiones. Más adelante volveremos sobre este punto.

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emergencia de un nuevo sentido del “nosotros”. B. Un efecto de retraso. Por el carácter ampliamente no controlado de los mecanismos de interdependencia se da un desfase entre el dinamismo de la integración y la percepción que de ella tienen los individuos. Según Elias, se trata de un “efecto de retraso” característico de la resistencia del “habitus social” de los individuos frente al proceso de evolución social55. El concepto de habitus social, y más precisamente ese estrato particular que constituye el “habitus nacional”, no es muy explicado. Al parecer, se puede comprender como la identificación del individuo con un grupo de referencia preciso (con una “unidad de supervivencia” dada) particularmente por medio de un idioma y una escritura comunes56. La emergencia de una unidad superior sometería esta identificación a fuertes tensiones y provocaría la resistencia de los individuos, más aún cuando la primera consecuencia de tal desplazamiento de poder sería reforzar su impotencia. Sin duda, las resistencias expresadas frente a la construcción europea por los grupos sociales más vulnerables son testimonio, entre otros ejemplos, de un sentimiento de expropiación y del reflejo de defensa que el mismo provoca. Pero, ¿se trata en realidad de un “efecto de retraso”? Tal efecto postula un alineamiento más o menos a largo plazo, una asimilación progresiva de la

cual los últimos rebeldes serían como objetos de museo al estilo de las últimas reservas indígenas57. ¿No es necesario más bien comprender los procesos contemporáneos de integración regional o mundial como fenómenos que producen “efectos de fractura” entre aquellos que se regionalizan o se globalizan y aquellos que son excluidos y lanzados a la periferia? La “globalización” de la economía beneficia más particularmente a algunos sectores (en posición dominante) y privilegia algunos espacios (aquellos del mundo industrial y de algunos nuevos países industrializados)58. La globalización uniformiza tanto como amplía la distancia entre diferentes naciones y las diferentes categorías de asalariados. Por un lado, los profesionales de las estrategias multinacionales, los familiares de la prospectiva internacional y las costumbres de las formas de vida acomodadas y des-territorializadas. Por el otro, los asalariados de los sectores en decadencia, reestructurados o deslocalizados, para quienes la competencia internacional significa un factor de empobrecimiento y marginación. La extensión de los vínculos de interdependencia y la recomposición socio-económica que conlleva tienen entonces efectos diferentes según la situación en la cual se encuentran los actores. Atracción, resistencia, a veces indiferencia, con frecuencia una mezcla. No es muy seguro que el análisis de estas tensiones avance mucho utilizando la categoría general y homogénea de “habitus nacional”. Esta categoría

55 Elias (1991a : 274). 56 Elias (1991a : 239). 57 Elias (1991a : 276). 58 Grou (1990).

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reduce la diversidad de lealtades posibles que coexisten de manera equivoca en un individuo; y lleva a adoptar una perspectiva funcionalista sobre la forma de resolución de los desfases que se introducen entre la situación vivida por los interesados y aquella que se desarrolla objetivamente. La alternativa no se limita probablemente a la sumisión o la desaparición. La aventura de “reducción” de los indios de América del Norte, que privilegia Elias para ilustrar su argumento, es un ejemplo discutible precisamente porque se trata de un proceso de conquista deliberada, con su parte de premeditaciones y violencias. La dinámica de la integración puede presentar una faceta menos agresiva o por lo menos negociada. Pero para ello hay que reconocer que la integración no es solamente el producto ciego del cálculo de intereses tomados bajo la lógica despiadada de la “ley del monopolio”. Norbert Elias lo admite cuando evoca los esfuerzos realizados para crear una Organización mundial después de las dos guerras mundiales. Sin embargo, esta voluntad conciente y anticipadora de los actores no es considerada en su análisis de los procesos sociales. De manera general, los actores estarían más bien sometidos a la necesidad que orienta la evolución social y, más particularmente en este caso, a la dinámica de la integración que alimentan involuntariamente con sus rivalidades. Norbert Elias no da entonces mucha importancia a las coyunturas y a las oportunidades que unas veces facilitan y promueven, otras veces bloquean y deshacen, las relaciones de interdependencia. Sin embargo, estas relaciones deben ser consideradas con sus contingencias. La influencia de una coyuntura internacional, la preocupa-

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ción por aprovechar un recurso o acelerar una reforma políticamente costosa son ocasiones – y no solamente competiciones– que pueden favorecer una fuerza integradora. Sin anticipar ni dominar todos los efectos, es posible pensarla, reivindicarla, pero también impugnarla como solución política y, por este hecho, hay que contar con una parte de intención y argumentación más o menos racional en su producción. De igual manera, las hipótesis de Elias dan poco lugar a razones éticas (como alguna idea de paz) y simbólicas (como inscribir el nombre en la Historia) que tal vez llevaron a algunos individuos a iniciar primero y luego a apoyar un proyecto como el de la integración europea. Al contrario, no se ve por qué las resistencias de algunos se reducirían a sus intereses objetivos subjetivizados, ¿cuáles son, por lo demás, aquellos intelectuales que se pronunciaron contra la ratificación del Tratado de Maastricht? ¿Deben verse en sus reacciones un efecto de histéresis o se puede considerar que esos “no”, como tantos otros, se deben a objetivos emancipadores que no pasan necesariamente por la construcción de “la Europa económica y monetaria”? Más generalmente, la aproximación de Elias ignora el papel que lo político puede jugar en la gestión de las tensiones desatadas por aquello que es considerado como una fase aguda de integración, es decir, la expropiación entre algunos grupos sociales. Las modalidades de esta gestión no son, de ninguna manera, secundarias; introducen un margen de autonomía en donde los actores pueden escoger ordenar las transiciones y amortiguar los enfrentamientos o, por el contrario, mantenerse


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en una política de fuerza. Un pacto de asociación no es un pacto de sumisión, aún cuando los límites no estén claros. Al no tener en cuenta esta dimensión, Elias no nos suministra ninguna explicación sobre esas minorías que resisten, duran y encuentran un lugar menos inquietante en un proceso de integración, precisamente porque este proceso termina por imponerse sin aplastar todas las periferias. Situación que no es, por supuesto, equivalente a los desencadenamientos de odios que se mantienen vivos después de largos períodos de integración forzada y discriminación más o menos oficial. Es allí, en los modos de acompañamiento y acomodación de los procesos de integración, que se instalan bien las fragilidades. C. Un proceso reversible Si en la historia de las configuraciones humanas, el proceso de integración aparece “masivo” no es por ello regular. Mejor aún, debe considerar movimientos parciales de desintegración que, acumulados, pueden eventualmente llevar a invertir la tendencia59. La importancia que Elias da a estas discontinuidades, las dudas que le provocan en su interpretación de nuestro futuro, son testimonio de una voluntad por evitar cualquier especie de explicación a partir de las causas finales. No obstante, la argumentación sería más convincente si las observaciones de Elias sobre los movimientos de desintegración no representaran una verificación a contrario de un

movimiento más general de integración. La guerra es el mejor ejemplo. Punto de ruptura entre algunas unidades en un momento dado, la guerra no es en efecto “lo contrario de la paz” sino la ocasión de un proceso de pacificación de unidades más extendidas60, en resumidas cuentas una manifestación de “la ley del monopolio”. En otras palabras, a pesar de los horrores que la acompañan, la guerra sería una discontinuidad funcional en relación con la dinámica más profunda y amplia de la integración. Este esquema funcionalista (sin duda bien presente en Elias) no parece valido en su generalidad extrema. La guerra no se resume a una empresa de control creciente de un nivel a otro. La guerra puede, por el contrario, acelerar la desintegración de los actores más poderosos y la fragmentación del sistema sin que por ello se dé una extensión concomitante del monopolio militar, como de ello da testimonio la desintegración del Imperio Romano de occidente bajo la fuerza de las invasiones bárbaras. La guerra puede tanto aumentar como reducir el número de actores; la historia contemporánea está más bien en el primer caso. A decir verdad, Elias nos parece demasiado elíptico sobre estos “movimientos parciales de desintegración”. Por un lado, está el riesgo de guerra ampliamente provocado por el “dilema de la seguridad” (J. Hertz)61 en el cual el poder de resistencia y el poder de agresión son indisociables y que conduce

59 Elias (1991a: 128). 60 Elias (1975: 316). 61Debido a la estructura anárquica y competitiva de las relaciones inter.-estatales, cuando un Estado refuerza su seguridad, necesariamente genera inquietud en otros Estados. (Hertz 1951). [Nota del Traductor].

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los Estados a amenazarse entre si62. Pero en esta hipótesis es finalmente el movimiento de integración que continúa su camino. Por otro lado, y allí está para Elias la única amenaza real de inversión, hay resistencia de las antiguas identidades colectivas en fase de ser expropiadas en un nivel superior de integración. Pero ¿por qué “el efecto de retraso” sería superado en algunos casos y en otros no? ¿Por qué “la tenacidad de las estructuras de la personalidad” corre el riesgo de vencerlo en el pasaje del nacional al post-nacional si ella habría sido vencida en el paso de la tribu a la nación? La noción de “habitus nacional” siempre merecería desarrollos más amplios para justificar este poder de obstrucción. Norbert Elias es él mismo inconstante: cuando privilegia el polo de la resistencia como cuando la orientación domina la integración63. De hecho, aquí se tocan los límites de la explicación histórica en los términos de un modelo de interpretación más global. Para comprender los cambios es necesario, como ya lo anotamos, restablecer el alcance específico de las coyunturas. Estas pueden facilitar simultáneamente las tendencias a la integración en algunas regiones del mundo y de los fenómenos de implosión de otras partes, ¿cómo explicar en algunos casos la desintegración de algunos actores estatales y en otros su superación en estructuras más vastas? El único rasgo

común es recordar que la forma del Estado-nación no es eterna, pero más aún, son los vínculos entre estos movimientos contradictorios que quedan por descubrir. Además no es muy satisfactorio mantener una concepción demasiado unificada de los actores cualquiera que sean. Pues ese tipo de enfoque conduce a pensar sus transformaciones de una manera homogénea y solo algunos de sus componentes pueden ser considerados en el fenómeno estudiado. La integración económica, por ejemplo, no afecta de la misma forma todas las regiones dentro de un Estado, algunas son privilegiadas por los actores económicos (Flandes, el Norte de Italia, por ejemplo, en los países de Europa occidental) lo cual puede agravar las tensiones intranacionales además de acelerar un doble movimiento de descomposición nacional y de recomposición nacionalista64. En resumen, es en la relación integración / desintegración –históricamente ubicada- entre los actores y en cada uno de ellos que hay que buscar las líneas de fuerza de los cambios internacionales, más que en su orientación dominante invertida, más o menos, por factores turbulentos. De lo contrario, y el reproche es válido para Elias, nos acercamos a la doctrina finalista. A pesar de los matices y las precauciones, el análisis queda impregnado por la certeza de una dirección general del movimiento65,

62Una relación de interdependencia en la amenaza y el temor característicos de una situación de “doble vínculo” que define incluso ampliamente las relaciones inter.-estatales por oposición a las relaciones intra-estatales. Este punto es ampliamente desarrollado en Elias (1993). 63 “Hay bastantes ocasiones para que la tenacidad de las estructuras de la personalidad, que se oponen a la presión de la integración a un nivel superior, gane en el pasaje de unidades nacionales a la formación de Estados continentales o, en todo caso, post-nacionales” (Elias 1993: 288). Sin embargo, en el mismo texto (277) Elias sostiene: “Como proceso de evolución no programada, la fuerza de la integración actual es bastante más poderosa para que las unidades sociales, incluso los individuos aislados, puedan sustraerse durablemente”. 64 La misma observación es valida para regiones que contienen varios Estados, véase el punto de vista de Omahe (1993) 65 Elias (1975 : 304).

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que debería no obstante ser un objeto constante de demostración a salvo de caer en un enfoque normativo que precisamente se había querido evitar. Esta observación revela una cuestión importante de alcance aún más general: al contrario de lo que Norbert Elias ha planteado como postulado inicial, no es seguro que la distinción, de origen positivista, entre los aspectos empírico (o explicativo) y normativo sea perfectamente sostenible. Como lo muestra K.-G. Giesen “toda teoría de las relaciones internacionales, incluyendo la teoría supuestamente solo explicativa o empírica, contiene una dimensión ética que empero esta implícita o, en otras palabras, encubierta precisamente por el postulado del status lógico diferenciado de dos tipos de teorías”66. De ello no se escapa el trabajo de Elias aplicado a las relaciones internacionales. Su dimensión ética, bien resumida en la conclusión de La dinámica de Occidente, se encuentra con el ideal de un mundo sin tensiones ni contradicciones entre los hombres y que se confunde con el “proceso de civilización”. Más cerca de la experiencia vivida, el sentimiento de Elias de no pertenecer a ningún país en particular –“en el fondo soy europeo”67 – tampoco proviene completamente de una percepción aguda de los fenómenos de interdependencia y de una inclinación personal por la construcción de un mundo sin fronteras... Hechas estas reservas sobre un “corte epistemológico”, menos nítido de lo que parece, probablemente hay

que corregir la orientación un poco finalista de Norbert Elias para retener de sus trabajos una reflexión, más actual que nunca, en el análisis de la dinámica de la evolución social según un eje integración / desintegración68. Continuar por esta vía, sugerida más que verdaderamente seguida por Elias, contiene varias cuestiones que nos limitaremos a esbozar a guisa de conclusión. III. Por una sociología de la configuración mundial El concepto de configuración, central en la sociología de Norbert Elias, es un hilo conductor del cual podemos servirnos con utilidad. Sabemos que el concepto no apunta a pensar “el individuo” y “la sociedad” como dos figuras disociadas. La configuración hace énfasis en la existencia de dos niveles de observación diferentes pero inseparables por su interpenetración: los individuos (o, de manera general, los “jugadores”) y la red de interdependencia en la cual están inscritos (“el juego”). Considerando la configuración como “la figura global siempre cambiante que forman los jugadores”, el análisis internacional no esta entonces excluido de ninguna manera. Al contrario, esta completamente implicado en tres tipos de cuestiones que revela esta conceptualización. A. La identificación de los actores ¿Cuáles son los “jugadores”? La pregunta, ya clásica para los estudiosos de las relaciones internacionales, es

66 Giesen (1992: 8). 67 Elias (1991d: 94). 68 Es según este mismo eje que se ordenan los escenarios a largo plazo elaborados por la Comisión general del Plan bajo la dirección de J-B de Foucauld (1993)

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ignorada por Elias. El Estado, tomado como “unidad”, es privilegiado, lo cual podría llevar a pensar que Elias hace de él un actor homogéneo y casi exclusivo, a la manera de la tradición realista69. Varios desarrollos van en este sentido, particularmente la forma de concebir la inseguridad internacional como el producto del “dilema de seguridad” de los Estados o la integración post-nacional como un proceso de agregación que se desarrolla entre Estados. Sin embargo, es en un sentido bien diferente al que conduce el concepto de configuración. El Estado, al igual que las relaciones entre Estados, funciona como una red de interdependencias que supone múltiples iniciativas y allí reintroduce en consecuencia la idea de una pluralidad de jugadores y entre Estados. Esta idea es esencial, no solo porque corresponde a fenómenos observables (papel de actores económicos, crecimiento de organizaciones no gubernamentales, etc), sino porque las condiciones mismas del juego dependen, en parte, del número más o menos grande de jugadores.70 No obstante, el reconocimiento de numerosos jugadores no es suficiente puesto que es necesario el examen de su autonomía y de su capacidad, es decir, de la consistencia propia para darles la calidad de “actores significativos” en las relaciones internacionales. Allí hay un amplio campo de investigaciones empíricas que, interrelacionado con el de los fenómenos de interdependencia, todavía es poco estudiado. En este campo los debates sobre la soberanía del Estado

–¿debilitado? ¿en declive? ¿consolidado?–, acerca de la emergencia de una “nueva diplomacia” (en su campo de acción, sus objetivos, sus relevos) o sobre las dinámicas de integración no pueden encontrar más que precisión y rigor. En tercer lugar, al lado de la pluralidad y la capacidad de los jugadores está el espacio de sus lógicas de acción. Para limitarnos solamente a los Estados, ¿podemos menospreciar, en el análisis de las relaciones internacionales, los principios de legitimidad que reivindican, las formas de organización que adoptan, en una palabra sus “regímenes”? La respuesta negativa de Raymond Aron, que hace de los regímenes políticos una de las variables discriminantes de los sistemas internacionales (homogéneos / heterogéneos), conserva toda su pertinencia si consideramos que se trata de definir tipos ideales que la realidad histórica solo ofrece de manera imperfecta71. Es verdad que la mínima intensidad de conflictos en un “sistema homogéneo” también puede explicarse por una red más comprimida de interdependencia (vínculos religiosos, alianzas matrimoniales, interpenetración institucional), pero probablemente esa red es favorecida por conductas de moderación provenientes de un conjunto de reglas, de creencias y prácticas que, a su turno, puede más o menos servir útilmente como relaciones de interdependencia y así sucesivamente. Como en la cuestión de saber quién fue primero el huevo o la gallina, es vano ignorar la causa del efecto. Pero ello no significa ignorar la influencia ideológica e institucional en la formación de la red

69 Esta proximidad “paradigmática” es completamente compatible con la hipótesis de una superación post-nacional del Estado, que algunos enfoques “realistas” no han excluido, véase Morgenthau (1954: 9). 70 Una de las variables que encontramos en los modelos de juego estudiados por el mismo Elias (1991c: capítulo 3). 71 Aron (1962 : 108-113).

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de las interdependencias. ¿Es necesario ir más lejos y preguntarse si la aptitud para la paz y, de manera más general, para un proceso de integración negociada y equitativa es más satisfactoria por este o aquel régimen? Al respecto, la literatura especializada ha abordado el caso de las democracias liberales sin llegar a una conclusión72. Sin duda Raymond Aron y Norbert Elias habrían tenido respuestas diferentes pero, en nuestra opinión, no excluyentes. B. El análisis de las relaciones de interdependencia Haciendo énfasis en las relaciones de interdependencia que constituyen lo que son los actores, Elias invita a abandonar la cuestión de “la” libertad o, en el tema que nos interesa, de “la” soberanía para abordar la cuestión de los márgenes que le quedan a la libertad individual o a la soberanía de los Estados73. De hecho, desde sus primeras manifestaciones, la soberanía externa de los Estados ha estado limitada por la de los otros Estados. La soberanía interna ha resistido mejor, pero también es penetrada hoy por múltiples fenómenos transnacionales a tal punto que invalida, en la realidad y en el análisis, la idea de una separación interno / externo. Sin volver a la cuestión de saber si esta situación debilita necesariamente la capacidad de los Estados afectados, podemos admitir provisionalmente “que ser soberano y dependiente no son condiciones contradictorias”74, lo que significa que todos los Estados son más o menos dependientes. Pero, sin

duda, la generalidad de esta proposición no es satisfactoria pues no hace más que postergar dos cuestiones esenciales. La primera, clásica, trata del concepto de poder sobre el cual Elias, al asignarle una dimensión fundamentalmente racional, parece ser un precursor de las tesis de interdependencia. Sin embargo, no va más allá y no profundiza la tesis hasta llegar a sostener la existencia de múltiples jerarquías de poder según los riesgos de los actores afectados. En una perspectiva de largo plazo el aspecto que retiene su atención es la inestabilidad de las “balanzas de poder” entre “pequeños y grandes” Estados y, en consecuencia, de su evolución posible75. Privilegiando los actores estatales como “unidades” activas y renovando una concepción substancial del poder, se une así a la corriente de los grandes frescos históricos sobre la evolución de las relaciones entre potencias, más que renovar la investigación sobre el poder en las relaciones internacionales. La segunda cuestión, que se desprende del estado inestable, conflictivo, de toda configuración, consiste en determinar los lazos que existen entre los grados o las formas de desequilibrio y de tensiones, y el modo dominante de interdependencia que une los actores. Convendría entonces examinar si podemos aislar relaciones de dependencia específicas según los tipos particulares de integración (dirigista, libre-cambista, sectorial, regional, mundial, etc.). En otras palabras, no podemos limitarnos a constatar la presencia “fluctuante” de relaciones de fuerza en cualquier confi-

72 Véase Russett y Starr (1992: 189-192 y 373-402). 73 La imagen es tomada de Elias (1991a: 220). 74 Waltz (1979: 88-89). 75 Elias (1991d: 176).

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guración; porque es precisamente el carácter ambivalente y / o contradictorio de la interdependencia – su vertiente “rosa” y su vertiente “oscuro” como dice S. Hoffman76- que genera inconvenientes. Recordando que la interdependencia es un campo de tensiones, Elias no nos dice mucho entonces acerca de las condiciones en que puede considerarse como factor de cooperación o factor de conflicto. Es precisamente sobre estos efectos políticos inciertos de los lazos de interdependencia que se apoya la investigación77. C. La definición de las identidades colectivas Al mezclar de manera muy cercana los lazos de la interdependencia y la dinámica de la integración, corremos el riesgo de olvidar que la interdependencia no es la integración. Este punto es esencial porque lleva a preguntarse sobre aquello que desarrolla el sentido del “nosotros” y, al mismo tiempo, sobre lo que hace la identidad de un grupo: ¿se trata únicamente de un efecto de los vínculos de interdependencia llevados a cierto nivel? Elias no es muy explicito. Una primera dificultad se refiere a la noción de interdependencia cuyo contenido empírico necesitaría, como ya lo hemos señalado, mucha más precisión. La interdependencia política del antiguo “bloque del Este” no dio lugar a ninguna identidad común, habría más bien consolidado las identidades nacionales. Al contrario, la interdependencia política, económica y militar de los países de Europa occidental ha sido mucho más fecunda (en el sentido de la integración) preparando quizás las premisas de una 76 Hoffman (1985: 690-694). 77 Milner (1992).

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“identidad europea”. ¿Cómo explicar estas diferencias? Sin duda, como lo sostiene Norbert Elias, la percepción de una amenaza exterior común es un ingrediente de peso en la emergencia de un “nosotros”. Probablemente tal percepción favoreció la construcción europea así como la falta de la misma explica la difícil construcción de un “nosotros” a nivel de la humanidad. Sin embargo, la explicación a partir de la amenaza es parcial; pues sortea los focos de convergencia previos que generan entre algunos grupos una “percepción común” relativamente durable y, a falta de los cuales, el “nosotros” solo es una construcción formal presta a desmoronarse ante el mínimo aflojamiento. En otras palabras, para que una amenaza sea percibida como común es necesario que exista un modo común de definición y evaluación del peligro. Lo contrario también es admisible de tal forma que las secuencias son indisociables y que la construcción de un “nosotros” depende tanto de la amenaza externa como de la calidad particular de los vínculos de interdependencia susceptibles de ser activados.Además, una complementariedad mutuamente ventajosa, una forma de igualdad y una gestión relativamente respetuosa de los intereses implicados en los lazos de interdependencia, constituyen ciertamente las condiciones de consolidación del “nosotros”, incluso si no han sido condiciones de emergencia necesarias. La consideración de este aspecto “cualitativo” se opone a una concepción mecánica del paso de la interdependencia a la constitución de un “nosotros”. Así mismo –segunda dificultad–, supone la hipótesis de una pluralidad de opcio-


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nes y reintroduce el juego de los actores, tratándose de sus resistencias y, más generalmente, de su capacidad para definir objetivos y ponderar el sentido de las evoluciones posibles. Este abanico de posibilidades abre la vía al uso ambivalente de las obligaciones y a la politización de alternativas presentadas como ineludibles. Ahora bien, a fin de cuentas Norbert Elias considera poco esta dimensión que, por una parte, mezcla la evaluación de los cálculos, la influencia de los argumentos, la eficacia de los símbolos78, y por la otra, hace parte ampliamente de la creencia de un “nosotros” pero sin darle un contenido inmutable ni perfectamente homogéneo. En este caso también la historia de la construcción europea suministra una rica compilación de estrategias, de justificaciones y de mitos que cubren el proceso de múltiples significaciones y hacen del “nosotros” europeo un objeto “multi-identificado”79. ¿No es por esta razón que una identidad común a nivel de la humanidad es necesariamente laboriosa? Menos por la ausencia de amenazas exteriores comunes –que existen– que por la diversidad de las interpretaciones de las cuales es objeto y que solo es el reflejo de los múltiples posicionamientos y tensiones que la componen. A Norbert Elias le agradaba pensar que había abierto nuevos caminos de investigación: la comprensión de las evoluciones de la configuración mundial no es la más pequeña de sus ambiciones.Allí la interdependencia juega un papel clave presionando, no sin conflicto, la tendencia hacia niveles superiores de integración. La hipótesis es estimulante. Invita a

“los internacionalistas” a inscribir sus temas de estudio en un triple movimiento: en una evolución de larga duración, en la red de vínculos que hace de los fenómenos internacionales fenómenos sociales y en la vasta configuración que se dibuja ante nuestra mirada. Lo esencial está en la designación de las relaciones de interdependencia y en el examen más minucioso posible de sus efectos. ¿Podemos descubrir así una superación del Estado-nación? ¿Se da así una “progresión de identificación entre los seres”80? En este punto, sin embargo, las variables consideradas por Norbert Elias parecen menos convincentes en razón de su carácter general y homogeneizante: un mundo de Estados pensados como “unidades activas”, una lógica ciega de la monopolización, identidades colectivas poderosamente integradas y lealtades unívocas. Más importante aún, la parte que conviene atribuir a los modos de gestión es considerada como despreciable. Ahora bien, sin poder decir más aquí, es necesario anotar que es toda la cuestión de la autonomía de lo político que queda en el movimiento, muy problemático, de la interdependencia a la integración. Bibliografía Aron, Raymond. 1962. Paix et Guerre entre Nations. Paris : Calmann-Levy Axelrod, R. 1992. Donnant, donnant. Théorie du comportement coopératif. Paris : Odile Jacob Badie, Bertrand y Marie-Claude Smouts. 1992. Le retournement du monde.

78 Definidos como medios de comunicación y orientación, pero que Elias no analiza desde un punto de vista de sus usos y de capacidades políticas. Elias (1992 : 97). 79 F. Massart-Piérard (1993 : 223). 80 Elias (1991a : 222).

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Colombia Internacional No. 62  

Universidad de los Andes, Colombia Facultad de Ciencias Sociales Departamento de Ciencia Política Revista de libre acceso Consúltela y desc...

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