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Distribución

Gratuita

Año 0 | No. 3 mayo de 2012

~ CRISIS ~

Proyecto (sic) presenta: Rizoma | Cali, Colombia. Dirección Editorial: Carlos Patiño Millán, María Juliana Soto, Miguel Tejada. Comité editorial: ProyectoSic (María Juliana Soto, Jaime Sanclemente, Miguel Tejada) Diseño: Rafael Sarmiento | Ilustraciones: Andrea Melenje, Juan Sebastian Martinez, Jennifer Serna, Rafael Sarmiento | Ilustradores invitados: Puro amor Cabezote: Juan Sebastian Martinez. Año 0

mayo de

No. 3 2012

|

Colaboradores: Mauricio Polanco Izquierdo, Catalina Archila, Luis Mejía Clavijo, B. Huertas.

http://creativecommons.org/ licenses/by-sa/2.5/co/

· Santiago de Cali ~ Valle del Cauca ~ Colombia ·


·Rizoma·

De Falco: Los socorristas están ya en la proa. ¡Hay muertos! Schettino:¿Cuántos son? De Falco: Eso me lo tiene que decir usted ¡Cristo! Schettino: “Pero comprende usted que está oscuro y no vemos nada…”De Falco: ¿Y qué hay con eso? ¿Quiere irse a casa, Schettino? ¿Está oscuro y quiere irse a casa? Suba a la proa de ese barco con la escalera de mano del piloto y diga qué se puede hacer, cuánta gente hay y qué necesitan. ¡Ahora!”.

por Jaime Sanclemente

Editorial

Capitán De Falco, de la capitanía de Livorno, ordenando al capitán Schettino a regresar al Costa Concordia, minutos después de que el navío comenzara a hundirse en aguas del Tirreno. Enero de 2012.

“Todos los tiempos fueron tiempos de crisis” dijo el mismo Borges cuando definió a Colombia como un acto de fe. Todos los números de Rizoma son el resultado de un proceso tormentoso en donde la pereza, el desacuerdo, la vanidad, y hasta la culpa, se conjugan en una montaña rusa emocional que al final da como resultado una revista. La inminente fuerza que está llamada a destruirnos nos hace muecas a través de la ventana (¿la escucha?). De nada nos sirve saber cuánto nos merecemos los dolores que sufrimos, el espanto es el mismo. Vivimos en el cementerio de los deseos muertos, rodeados de las estatuas de la vieja alegría. Pero no estamos muertos; nuestro corazón rebosa de amor, de compasión, sentimientos fraternos que se estrellan contra el mundo: en este momento algo muy hermoso y vivo se está quemando, está siendo consumido por las llamas. Hasta la redacción llega el olor de las esperanzas y los sueños calcinados, el sonido de los gritos de espanto. Somos la orquesta que toca en el barco que se hunde, sin ningún aprecio por nuestra propia integridad. No hay otra forma de ser colombianos.

Fútiles revelaciones

universales Por María Juliana Soto

Hoy perdí la voz. Caminé hasta la ventana e intenté hablarle a una pareja de gordos que pasaban por el andén de mi casa, pero solo se percataron de mi presencia cuando estornudé el cerebro y todos los mocos se me salieron. La voz viene de adentro como un estornudo. Pero ni estornudando volvió. Los gordos se fueron y la calle quedó sola, otra vez. El teléfono suena varias veces, pero todo esfuerzo es inútil. He decido no tomar medidas al respecto. Me quedaré así. Mi voz dejará de ser parte de esta orquesta equivocada. Me sentaré en la sala, tras las hojas de los periódicos, a esperar a que las matas viejas de la casa aprendan a caminar.


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Hombro de

cerdo y jam贸n Por Ana Mancilla


·Rizoma·

No

tema

Por B. Huertas.

Y la reflexión llega a las 3 de la madrugada luego de ver un loco durmiendo en la calle con una camiseta que decía NO TEMA. La reflexión, como es de suponer, no se origina en ese momento sino que es un compendio de pensamientos que crispetean en la Coomoepal mientras se logra adelantar una o dos líneas de Derrida. NO TEMA, en su doble mensaje, se amoldó a la cabeza como una media velada. NO TEMA, por un lado no tenga miedo, no vacile; no flaquee cuando se encuentre al Flaco, al Perro, al Paleto o al que sea; Pues suena en la calle que el pelao es camellador pero que lo metieron a la cárcel sólo por robarse un pollo crudo. NO TEMA por otro lado es, quizá, el pretendido eslogan de algunos artistas en su búsqueda del vacío, donde Klein no saltó de un cuarto piso sino de un primero. No tema es la ambición suprema de intrascendencia enmascarada bajo unas gafas de 3D que no fueron devueltas en el cine, una mochila tejida estilo “Piet Mondrian” y unos cuantos Power Points con street art y obras que generan el corto aliento del “cagada eso” “ese man es re-teso”. NO TEMA es una conclusión certera por su ambigüedad, epifánicamente estampada en la camiseta de un loco que camella duro en la “Parce solutions”, único estilo de vida abierto a la naturalidad del gesto donde un dibujo es una mierda, un cuadro es una mierda, un artista es un marica, la ropa es para vestirse no para leerse y se devuelven las gafas del 3D. La alta peluquería no es para todo el mundo por eso Norberto, por eso nosotros. ¿Cuánto se paga por un corte de pelo? ¿en dónde y por quién? ¿cómo lo piden? Quizá esas reflexiones sean más valiosas que los ingeniosos pensamientos que se fingen por ahí en las calles de la ciudad del eterno sudor de espalda. Este corto “No Tema” no busca reconocimiento al parce y mucho menos condena el acto de cortarse el pelo.


·Rizoma·

Extracto de una carta suicida

1

por Jaime Sanclemente

1

Extracto de la carta suicida*del doctor José Raúl S. padre del “nuevo paradigma medico” del siglo XXII. Bajo el nuevo paradigma el hombre ya no era más un cuerpo compuesto por órganos, sino un “subsistema individualizador” (i.e un cuerpo) compuesto y atravesado por otros subsistemas que involucraban uno o más de los “órganos” del antiguo paradigma. Este paradigma se impuso con fuerza gracias a los adelantos de la ingeniería genética del siglo XXI, que permitieron definir con precisión todos los procesos algorítmicos que determinan el transcurso vital de las entidades biológicas, lo que permitió a los médicos construir modelos precisos de los síntomas y las condiciones subyacentes de sus pacientes. Uno de los colegas de José Raúl, Diego Campos, fue declarado por la OMS el primer hombre inmortal, en 2234.

*Persiste una polémica tanto acerca de la identidad de la destinataria, como de si en realidad se trató de un suicidio. 2

En esa conferencia** Jose Raul S. expuso las razones para llamar al subsistema individualizador un subsistema “…y puesto que nuestro cuerpo está hecho para morir, debemos entender que él mismo es una enfermedad. Del mismo modo eso que creemos ser es lo que nos empuja poco a poco a matarnos. “Cogito ergo sum” es el error ancestral que la nueva medicina erradicará, porque cuando somos individuos es cuando empezamos a morir. Decir que somos más que un cuerpo no es decir que debemos maltratarlo, al modo de los cristianos medievales, sino que debemos manipularlo, pues somos más que él: de hecho es él la enfermedad que amenaza con matar la verdadera vida, el verdadero proceso que nos define***. Por ello debemos considerarlo un subsistema de un proceso mucho más complejo que es el que en realidad contiene el secreto de la longevidad…” ** En realidad, el titulo de la conferencia era “la erradicación de las enfermedades mentales en la nueva medicina”. La conferencia fue fuertemente criticada por algunas figuras políticas como un “patrocinio pseudocientífico al intervencionismo estatal”. ***El autentico proceso, o “proceso madre”, se define por ser “ecológico, auto-contenido y total”. Es el único proceso que nunca acaba en cualquiera de los modelos diagnósticos construidos para un paciente.

…Durante los días en que finalmente descubrí la clave del subsistema individualizador recibí tu llamada, cerca a la media noche. Después de tantos años, es apenas normal que empezara a olvidar el sonido de tu voz. Fueron unas palabras que solo tú sabías decir las que me situaron de nuevo en aquella otra época. Éramos jóvenes; sentía una libertad infinita, grandiosa. El crujido de témpanos de hielo agrietándose anunciaba el retroceso de un mundo que dejaba de rodearme. Sobrevenían visiones de ciudades milenarias, de tragedias imposibles; incontables secretos revelados en miles de lenguas diferentes. El amor que logra desvanecerte, la reconciliación de un desequilibrio perpetuo, el perdón infinito de los muertos. Caminando por las calles sentíamos que nuestro triunfo y nuestra alegría merecían un arco de arquitectura francesa. Ahora sé que solo volveré a sentir aquella libertad cuando sepa que el telón de la vida se cierra: los tibios mordiscos de la nada, el agua de mar bañando mi cabeza, la fuerza amable de un último suspiro, la inminencia de mi desaparición y la seguridad absoluta de que ni dios mismo podrá alcanzarme. Volver a verte significaba para mí recordar aquella sensación perdida en el tiempo, el último recuerdo lacerante del último día feliz. No puedo decir que me haya alegrado tu llamada en ese entonces, pero quisiste verme, y accedí. Nos encontramos en un parque solitario, rodeado de coníferas, al lado del hospital. Intenté explicarte los logros que mi investigación alcanzaría para la humanidad; el nuevo horizonte abierto por el descubrimiento y codificación del subsistema individualizador: “la inmortalidad…”- te dije, intentando parecer imponente-, “…es sólo un derivado secundario, como lo fueron los transistores del siglo XX para la física. Estamos sobre algo mucho mejor que la cura del cáncer: es el secreto de la vida en la tierra”. Guardaste un silencio frustrante, mientras observabas las sombras que proyectaban tus manos sobre el suelo. Sólo entonces entendí que tu semblante agotado y maltrecho no podía explicarse tan solo por el paso de los años. Cuando lo hice notar, con la imprudencia típica de alguien que ha pasado mucho tiempo solo en un laboratorio, te pusiste a llorar. Luego me hablaste de tu enfermedad. Es mucho más fácil trabajar en la cura de una enfermedad cuando no estás enfermo de ella. Cuando tus pacientes son números remotos, lejanos y fríos, amorfos. Desde que te vi, trabajar en mi investigación se volvió cada vez más difícil. Como si el recuerdo de tu visita se hiciera cada vez más persistente con el paso de los días. Más inminente. Más insidioso. Todos los miembros en mi equipo empezaron a entender que algo andaba realmente mal con el proyecto, con la investigación. Era como si desde el interior alguien quisiese sabotearlo. Durante la conferencia que di en Zurich2 sobre las nuevas vías médicas para la erradicación del suicido,

los rumores arreciaron al punto de amenazar la imagen pública de la corporación. La mentira había llegado a un punto insostenible. Mientras tanto tú, porfiada, seguías luchando por tu vida en el cuarto solitario de un hospital. Te creías olvidada por todos, empero te negabas a morir. ¿O tal vez creías que no solo no te había olvidado, sino que iba a descubrir por fin el elíxir, a hacer de ti el primer ser inmortal? La verdad fue que te dejé morir cuando ya tenía en mis manos la cura de tu cáncer. Dejé que millones murieran antes de revelar el secreto de una vida eterna. Lo hice porque esperaba que antes murieras; no podía soportar la idea de perderme tu desaparición. Hay noches en las que enloquezco de terror, cuando comprendo que ese terrible secreto, ese genocidio invisible del que soy culpable, no es mi mayor secreto. Cualquiera podría perdonar al que mata a millones de seres que le son indiferentes, pero ¿quién podría perdonar al que mata al único que ama? Jesús, Jesús, amada mía (ahora sorda a mis confesiones), debió dejarse crucificar al inicio de los tiempos. No amaba lo suficiente a los hombres, he ahí la prueba. Ahora esos hombres serán inmortales, y habrán matado a dios ¿Cómo se perdonarán la culpa entonces? Te lo digo, mañana nacerán mil personas dispuestas a sacarse los ojos, para no ver sus pecados… Pero no… debo estar mintiendo. Después de todo, ha llegado por fin el tiempo más feliz para la humanidad. No hay afán ni siquiera para pensar qué se hará con la inmortalidad; hay mucho tiempo para eso. Poco a poco empiezo a entender que los más grandes pecados, los más canallas delitos, se olvidan fácil en la mente de los hombres si tan sólo esperas el tiempo necesario. Un buen desayuno nos hace olvidar que ayer matamos a nuestro hermano, y un buen polvo que abandonamos a la madre de nuestros hijos. Y así el hombre sobrevive a todos los dramas de su vida: como un sistema compuesto de millones de subsistemas que se arrastran unos a otros, con lealtad militar. El algoritmo que alimenta mi estómago me arrastró fuera del colapso del sistema del amor y la liberación. El proceso que transformaba en polígonos la imagen de su rostro ahora diseña ambientes de pesadilla. El subsistema corporativo alivió mi desestabilización. El algoritmo que consigue mi dinero ha caído en un bucle infinito. El algoritmo que dilata mis pupilas no entiende qué hago frente a la pantalla del computador. El computador espera órdenes. El algoritmo de la barra titilante es el mismo de mi porfiado corazón…


El

precio del carbono Por Luis Mejía Clavijo

Mi imagen pierde importancia en el espejo, y sólo queda una sombra que parece una mancha de petróleo. La destrucción no es cosa nueva: rompí los brazos y las piernas de todas las muñecas que le regalaron a mi hermana, algunas después de ser forzadas al exhibicionismo infantil. Los carritos de juguete, tal como todo el mundo lo hace, fueron desmembrados con el objetivo de mirar cómo eran por dentro. La idea era reconstruirlos posteriormente, cosa que, en efecto, nunca sucede. Los juguetes de peluche de mi hermana, ella decidió lanzarlos al perro para que desarrollara el fortalecimiento mandibular con ellos. Parece que hizo bien su trabajo, pero dejó un pollo redondo y gigante al que viola eventualmente y le ladra cuando se lo hemos puesto en un lugar inaccesible. Las niñas más lindas sufren del túnel carpiano y de una ceguera autoelegida que no dista mucho de la epidemia propuesta por Saramago. Después de extraer la grasa sabrosona con la que podrían hacerse unos buenos jabones, la adicción a las operaciones ha hecho que después de hacerse una operación para convertir el pene en vagina quieran luego regresar temporalmente a tener un pene que remueven finalmente porque se desinfla muy rápido y tienen que bombearlo muy a menudo para que mantenga su forma. Así que al final quedan sin pene ni vagina, y es una de las principales razones que explican la anomia y la orfandad contemporáneas. En una investigación reciente con dos estudiantes, la respuesta a la única pregunta es contundente: las personas sienten que es necesario un cambio, una gran catástrofe natural, que el mundo se sacuda de tanto piojo. Tal vez sea porque vivo en Cali, pero cada vez hace más calor, y creo que me estoy cocinando lentamente por dentro, no logro concentrarme en lo que hago y tengo poca paciencia para soportar mis propias incoherencias. Cada vez que el aire entra a los pulmones nos quemamos, y el carbono con el que está hecho nuestro cuerpo se va de nosotros. Al aire. Y la verdad, como no sabemos cómo se comportarán nuestros huesos bajo la presión de 350 millones de años, seguramente no seremos ni esmeraldas, ni piedras preciosas, tal vez sólo un fragmento de una gran masa de petróleo. Ah, sí, en esta parte del siglo que le corresponde aprenda a convivir con su propio desvanecimiento progresivo haciendo hasta lo imposible por creer en algo, haciendo ruido. Creo que lo de ser escéptico ya está internalizado en todos así que no lo repito. (Todas las instituciones funcionan igual que nuestro cuerpo y a veces cuando la urgencia es mucha, recuerde que tal vez no haya papel higiénico, así que lleve consigo un cuadernito para apuntar las cosas.)

·Rizoma·

Crisis? What Crisis? Por Carlos Patiño Millán

~~ “Divina TV Führer” (Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota). Terminamos de empacar. Marqué las pocas cajas, una a una. Ella fumaba a mi lado. Cuando supo que eran ciertas mis intenciones de dejar el televisor de 72 pulgadas, viejo por lo demás, gruñó y me insultó. -El techo se viene abajo, guarda silencio. -Hay algo triste en esta vivencia, dijo. La oí diferente. Hablaba de la tristeza entendida no como “cualidad de lo triste” ni como “sentencia de muerte” sino como babas que forman ríos en las almohadas. Nos abrazamos en silencio. -El problema es el sistema, que te obliga a corromperte, agregué. Ya no teníamos dinero y era urgente salir de ahí. Le dije que también íbamos a dejar la lavadora, la nevera, la estufa. Le señalé el canario muerto. -Tuve que hacerlo. Ella se aferró al televisor. Le dije que no cabía en el carro de supermercado que Cristina nos había prestado. Ella se amarró al televisor. -Son 72 pulgadas, recordó. Si este aparato se queda, yo me quedo. Le dije, una vez más, quién era: un hombre preocupado por los bienes comunes, los de la naturaleza, los privatizados por la propiedad intelectual. -Estás en 1959. Pronto será 1990. Después de echarme la bendición, nos encaminamos a uno de los tantos centros de acopio para los perdedores del sistema. Yo llegué primero. Di los datos de ambos y la esperé sentado en la acera. Ella llegó jadeando unos minutos después. Entre tantos miserables, era extraño ver a una mujer amarrada a un televisor de 72 pulgadas. Miré a un negro. Era mucho más alto que yo. Pero tuve voz para decirle: -Ni se te ocurra prenderlo.


·Rizoma·

Nuevos convenios internacionales: Tercera entrega de la serie “Mande sus cachorros al otro lado del lago”, aparecida en los números anteriores de Rizoma.

Caleño indigenizado Por Mauricio Polanco Izquierdo

A las 4:00 p.m. me espera en su oficina de la universidad París VII -Paris Diderot-, el señor Andras Kanyadi. Resulta que este sujeto es un profesor de literatura y lengua húngara. Llegué a él gracias a la encargada de la Biblioteca del Centro Interuniversitario de Estudios Húngaros ubicado sobre la calle Censier, a una cuadra de la gran mezquita de París. Sophie –así se llama- me dio el correo electrónico del señor Kanyadi después de contarle que me interesaba, para mi máster en literatura comparada, explorar las razones que han facilitado en Colombia la recepción de la obra (la publicada hasta ahora en español por Salamandra) de Sándor Márai. A pesar de ser otra estudiosa de la literatura magiar, se sorprendió al escuchar que en Colombia ya se han hecho simposios y publicaciones de investigadores en torno a dicho autor. Iba en busca de bibliografía para dar soporte a mi investigación, le dije. Me informó que precisamente Kanyadi se encontraba editando una colección de artículos muy variados sobre Márai. Tal vez él podría facilitarme información relevante. Entonces le escribí y me dio una cita de inmediato. Llegué muy puntual, algo nervioso, pues estaba en una universidad que no era la mía, nunca antes había hablado con un húngaro y sólo llevaba un par de semanas en París. Me sabía de memoria todo lo que tenía que decirle; lo había repasado decenas de veces en el metro. Sin embargo, ya eran las 4:15 p.m. y nada que aparecía. No me inquieté porque ya me había dicho que tenía clase hasta las cuatro. El retraso era razonable. Así que me senté a esperarlo. Y no vi nada más razonable que ponerme a leer lo último que había tomado prestado de la biblioteca húngara: Mémoires d’Hongrie, cuyo equivalente en español es ¡Tierra, Tierra! Pasan los minutos, leo las serenas y compactas frases de Márai cuando trata de explicarse la extrañeza que le suscita el carácter de los combatientes del ejército rojo. Sus regimientos acaban de invadir Hungría tras expulsar a los nazis. Penetro en la substancia de sus descripciones sobre la incompresible idiosincrasia del homus sovieticus, observado por un escritor, como Márai a sí mismo se define, de condición burguesa-occidental. Se abre la puerta y veo entrar al señor Kanyadi. Al verme, apunta la palma de su mano hacia mí y dice: “M. Polanco?” A lo que respondo con cordialidad: “Oui, oui, c’est moi.” Su semblante –muy serio hasta ese instante- se transforma en seguida. Ahora luce como si una visión inesperada lo sorprendiera gratamente. Mientras se acerca, me mira fijamente, estudia rápidamente mi cabeza, el trazo redondo de mi cara, la larga y lacia cabellera que la rodea, mi estatura. La palidez de mi piel parece no desinteresarlo. Me extiende la mano para saludarme. Cuando la estrecho, sucede lo incomprensible: el homus hungarus devela su carácter. Una extraña sonrisa de satisfacción se dibuja en sus facciones. No logro captar nada malévolo en ella; es sólo que no consigo comprender a qué se debe su inesperado regocijo. Entonces vuelve a decir: “Mais vous êtes indien, M. Polanco?” con la misma sonrisilla en la cara, sólo que esta vez ya se ha tornado un poco más intensa.

Resulta que ahora soy un indígena. Qué responderle a este hombre, trato de pensar con la mayor rapidez posible. Desde luego, respondo lo único que se puede responder. Pues ¿no sería absurdo negarle, en su propia oficina, la objetiva realidad del estereotipo en el que, según lo que ve, encajan todos mis rasgos? Cuando escucha mi tímido e inseguro “oui”, el éxtasis se apodera de él. Me invita a sentarme, pone su mano sobre mi hombro, me ofrece café y su sonrisa de complacencia no desaparece de su boca. Ya sentados, la retahíla de preguntas sale disparada. Me pregunta por el nombre de la etnia a la que pertenezco, desea conocer su familia lingüística, su ubicación geográfica, su población actual, si ha sido desplazada por la violencia, etc. Está tan emocionado que incluso se atreve a preguntarme si hablo húngaro. Sí, a mí, me pregunta eso a mí que estoy recién desempacado del cañaduzal de la salsa. En ese momento, entra una mujer ya casi anciana, una colega suya. Es húngara también. Cuando la ve, no duda en hacerla parte de la conversación. Y es entonces cuando por primera vez escucho la sonoridad de esta lengua urálica. La dicción de ambos es pausada, casi tierna; la entonación me parece simplemente uniforme. Sólo me dedico a disfrutar de su melodía sin sobresaltos cuando me doy cuenta de lo inútil que es intentar captar posibles divisiones silábicas. Kanyadi le cuenta todo. Y a ella también le sobreviene una dicha cándida. Me sonríe como una madre; no, más exactamente como una abuela residente en el exterior a la que sólo se ve una vez cada cinco años. Cuando me presento, esta mujer me hace un gesto casi piadoso de acogida. Ahora son ellos -doctores occidentales-, los que se dejan seducir por la extrañeza de un caleño que acaba de enterarse que es también un homus indigenus. Y así siguen interrogándome por varios minutos. Naturalmente, de Márai se habla sólo al final. Sin pedantería, un poco somnoliento, Kanyadi me deja saber con sus ademanes que le importa un bledo mi investigación. En el fondo –creo- tiene toda la razón. Es como si un Korowai llegase a New York hablándole a Harold Bloom de la antic disposition en Hamlet. De regreso, en el metro, reconstruyo minuciosamente lo acontecido. Pero no termino de entender ese gesto tan particular que ambos me mostraron. Sé que sobre ellos pesan otras miradas. Los franceses o los alemanes deben ver a los húngaros como europeos no occidentales, poco civilizados. ¿Pero cómo ve un húngaro a lo que cree que es un indígena de América del sur? Me río sólo en el metro.

A lo mejor se trataba de un gesto de agradecimiento. No son muchos los que se interesan por la cultura y la lengua húngara. Tal vez un gesto de alguien que, en París, seguramente se siente menos extraño que un supuesto indígena proveniente de la capital del Valle del Cauca. No quiero pensar lo peor. Aunque, ciertamente, es una lástima que estos húngaros, a diferencia de Márai, no hayan conseguido interesarse por la extrañeza que su propio carácter generaba en el homus indigenus que acababa de nacer. ~~ II Anoche, en un bar situado a pocos metros de La Porte de St. Denis, termino conversando con un parisino y un martiniqués. El primero, Philip, es un geógrafo muy amable y comprensivo que parece que acabara de llegar de Woodstock. El otro, Jacques, un negro corpulento, casi de dos metros de altura, tiene un aspecto criminal. Vive –sostiene con orgullo- del subsidio de desempleo que cada mes deposita en su cuenta la Quinta República Francesa. Philip me cuenta que vivió un par de años con una mexicana del D.F. Entiende un poco de español pero le aterroriza hablarlo. La chica había terminado su doctorado seis meses atrás y, sin pensarlo, decía Philip, había regresado a su país. Él no tuvo el valor para irse detrás de ella. Mientras duró su idilio, Philip pasó dos meses de su vida viajando por Suramérica. Estuvo en Machu Picchu, Salvador de Bahía, Perú, Ecuador, observó trabajando a los cocaleros en Bolivia, pero no le alcanzó –dijo él – el dinero para subir hasta Colombia. “C’est magique, l’Amérique du Sud, les rituels, les indiens, tout ça”, decía un poco exaltado. Y ahí estaba de nuevo. ¡Cómo no lo vi venir! Philip le hablaba –desde siempre –a un indígena colombiano. Por eso estaba tan sonriente desde que empezamos a hablar. Sin embargo, esta vez me decido a no tolerar más el equívoco. Con decencia, le digo que en Colombia –y no es que me enorgullezca que así sea- nunca he pasado por indígena. Pero él no lo puede aceptar. No tiene forma de comprender la injusticia étnica que comete contra mí; es decir, no contra mí, contra los verdaderos indígenas. Al oír mi negativa, se me pone en frente con rapidez, encuadra ambas manos a pocos centímetro de mi cara, y empieza a resaltar la forma de mi nariz, la distribución de mis pómulos, la textura del cabello, y claro, cómo


·Rizoma· Nuevos convenios internacionales: Caleño indigenizado

si me estuviese dando un curso de antropología física, recorre todos los cuadrantes de mi redonda cara, para hacerme notar –como para iniciarme en mí mismo- mi gran cara de indio que a él le causa una inexplicable simpatía. Al ver esto, Jacques hace un gesto de desdén y nos deja solos. Estoy nuevamente derrotado. Aunque trato de jugarme una última carta. Le cuento a Philip que el único trazo claramente indígena de mi genética se lo debo a mi abuela paterna. Ella sí que tiene el fenotipo ideal de la mujer amerindia. Pero es sólo eso. Nada más. Sin haber siquiera tenido su primera menstruación, la violencia de los años cincuenta la obligó a abandonar su pueblo, San Antonio, en el Tolima. Y hasta hoy, ha vivido toda su vida en otro pueblo, más violento aún, al que algunos llaman la sucursal del cielo. Sus hijos, entre ellos mi padre, no son exactamente indígenas. Son mestizos –es poco decir- porque mi abuelo, el sujeto que antaño le hizo once hijos, tiene linaje español, según me he informado. Pero es inútil. Por cortesía, espera a que termine lo que estoy diciendo. Mientras bebo, abre su maleta y me pasa un libro. No es gran cosa –dice-, no es Víctor Hugo ni Stendhal. Pero ¿y si fuera cierto? Es posible –insiste-, con una sonrisa conciliadora de franco optimismo. Ojeo el texto con prontitud y sólo me detengo en los datos de la solapa. Es un autor gringo. Se trata de un nuevo género que está casualmente muy de moda en Francia por estos días: le roman initiatique. El titulo de la obra: “La Prophétie des Andes”, arrojado al mundo en 1993. Muy prometedor. Sólo con eso, tengo todo el derecho –coincidirán conmigo- a no inhibir las serias dudas que me inundan en ese preciso instante. Dentro de este tipo de narrativa de iniciación, este texto de James Redfield, es la novela más leída del mundo. Con toda seguridad. La trama es un bocadillo: todo comienza con una profecía –naturalmente- hallada en un manuscrito redactado seiscientos años antes de Cristo. ¿Anunciado qué? Que nuestra sociedad va a experimentar un gran cataclismo, por supuesto. Entonces resulta que el personaje principal se va al Perú en busca de un misterioso libro de magia que termina por transformar su vida. Sabroso. Y así comienza una travesía que lo lleva desde las cimas de los Andes al corazón de la Amazonía, en donde le será finalmente develado -nada más y nada menos-: el sentido de su existencia. Lo más chusco de todo: en ese mismo momento –asegura el reseñador- nuestra propia búsqueda se inicia. Claro, a estas alturas ya he comprendido muy bien que no tengo por qué ponerme de mal humor. Respondo con tranquilidad a todas las preguntas que se desencadenan de ahí en adelante. Es muy fácil cautivar a este francés de buen corazón. Las alusiones a Paulo Coelho las paso con grandes bocanadas de cerveza. ¡Eh! Va la madre si Philip no me gasta al menos una birra hoy. La noche es joven y me urge practicar mi francés. Y a lo mejor están por llegar sus amigas a las que, en calidad de homus indigenus semi francófono, no me será difícil seducir. A mí no me cuesta nada hallar el sentido de mi existencia cada noche aquí, en Puerto España o en Cali.

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Ilustración: Puro amor http://www.flickr.com/photos/puroamordeconejo/


Rizoma 3