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Los buenos principios Carlos PĂŠrez Merinero

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Me han dicho los que dicen que saben de esto, cualquier cosa que sea esto, me han dicho, sí, que la mejor forma de empezar un relato es hacerlo con una frase contundente. Contundente y efectiva. Efectiva, pero no efectista. Porque si es efectista, aseguran los que están seguros de todo, se te ve el plumero desde el principio. Y ya (casi) nadie, agregan, escribe con pluma, aunque haya mucho bujarrón suelto. Me he sentado –no añadiré que “cómodamente” porque el sitio no permite esas licencias poéticas–, me he sentado, decía, en el banco corrido, privado de intimidades, de la antesala del ambulatorio donde tiene su consulta el psiquiatra al que me tienen asignado las autoridades


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sanitarias, y rodeado de locatis, presuntos y/o reales, y de sus acompañantes, también ellos como chotas, a tenor de las conversaciones que sostienen, me he sentado, reitero, he sacado, bajo la mirada, más que atenta, destripadora, de los presentes, he sacado, sí, un cuaderno y un bolígrafo, y después de mucho pensarlo, me dispongo a escribir una primera frase. Una primera frase contundente y efectiva. O eso, al menos, creo yo. Aunque si lo pienso bien, y me desdoblo en crítico literario, la frase que voy a escribir puede ser también un poco, es decir, bastante, efectista. Me dejo de misterios –abomino de los subgéneros; yo quiero escribir un cuento serio–, y la suelto. O sea, la pongo en le-

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tras de imprenta. Ahí va: “Me cago en tu puta madre”. Al escribirla, de la emoción, del goce, literario el goce –ni me corro ni nada; esto no es Jauja–, al escribir esa frase, la frase, la primera del cuento, me emociono, ya lo he dicho, y me veo en la necesidad –perentoria, cómo no, la necesidad– de leerla en voz alta. Oír “Me cago en tu puta madre” y mirarme todos –pero todos, ¿eh?– los que se encuentran a mi lado allí, es decir, aquí, en esta antesala del psiquiatra, es una. No he visto en mi vida un ejemplo mejor de la correlación que existe entre causa y efecto. Suelto la frase y todos me miran, sí. Me miran, los más, como si no terminaran de creerse lo que han oído.


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Como quiera que continúan mirándome, digo en un bisbiseo que no puedo sino calificar –ya que quiero ser escritor, escritor realista– de cobardica: “Perdón”. Y los que me miraban, y continúan mirándome, es decir, los más, no me perdonan. Qué me van a perdonar. No me gusta andar, andar ni enredar, con tópicos, pero lo leo en sus ojos. Leo en sus ojos, sí, suena más que remanido –remanido y traído por los pelos; yo,en mi vida de mirón, no he leído más que legañas en los ojos de los otros–, veo en sus ojos, leía, que no, que no me perdonan, y añado más alto que el “Perdón” con el que nadie me perdonó: “Es que estoy escribiendo un cuento y…” No sé qué ha sido peor. Si lo del “Perdón” o lo de estar escribiendo un cuento. Los

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que me miraban antes, o sea, los más, me siguen mirando, y los pocos que no me miraban, al ver la persistente –persistente y asesina; “asesina”, coño; dejémonos de florituras y de cogérnosla con papel de fumar, y llamemos a las cosas por su nombre; si un coño es asesino, nombrémoslo en los papeles como “coño asesino”; no sería el primero; hay bibliografía al respecto–, al ver la persistente, persistente y asesina, mirada, decía, escribía, de los más sobre mí, los pocos que no me miraban dejan de hacer locuras o de hablar sobre ellas, y me miran ellos también. Son miradas nuevas, y quieras que no, lo nuevo mosquea. Si lo novedoso es un televisor de alta definición y en no sé cuántas dimensiones, he de reconocer que la cosa gusta. No le puedes tocar las tetas


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a las chicas que salen, como parece que te prometen, pero gusta. Ahí, en ese terreno tecnológico, admito que puede gustar lo nuevo. Pero en cuestión de miradas en antesalas de psiquiatras en un ambulatorio, difiero. Lo siento, pero difiero. Esas nuevas miradas, es decir, éstas, son todavía más criminales que las primeras, las que me dirigían los más; ahora, los más, ya no sólo pendientes de mí, sino de la mirada de los recién llegados. Recién llegados al voyeurismo, porque ahí, o sea, aquí, estaban todos cuando yo llegué y cogí sitio en el banco corrido en el que me encuentro. Los que dicen que saben de esto, cualquier cosa que sea esto, suelen aconsejarte en cuanto que te descuidas, que un

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escritor, a la hora de escribir, debe abstraerse de lo que le rodea y centrarse, ole, en la creación. La creación literaria, ahí es nada. Cosa fina la niña. En el banco corrido de la antesala de un psiquiatra de ambulatorio los ponía yo. Y para que se metieran en situación, los ubicaría en el “¿Eres idiota, o qué? ¿No ves que te estoy llamando?” Voy a replicarle que no veo porque tengo los ojos cerrados, cuando me callo al oír que me dice: “Me cago en tu puta madre”. Siento en lo más íntimo de mi autoría que me están plagiando, y abro los ojos. Uno de los rebotados del banco corrido tiene en sus manos mi cuaderno. Mi cuaderno de escritor de cuentos con buenos principios.


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Trato de arrebatárselo, pero entre que él no quiere devolvérmelo y que la enfermera –a saber qué harán juntos en sus ratos libres esos dos, ella y el cleptómano de cuentos ya empezados–, y que la enfermera, decía, escribía, se pone de su parte, cuando trato de percatarme de lo que ocurre, estoy en el despacho del psiquiatra. “¡Cuánto bueno por aquí!”, exclama el gachó al verme aparecer en escena, acompañado del sujeto y la sujeta que me sujetan. Ya sé –no soy tan obtuso como para que no me entre en la cabeza que son muchas sujeciones, demasiadas dependencias, un exceso de subordinaciones–, ya sé, mecachis en la mar, la mar merinera, que así no pasaré de la primera frase, ese “Me cago en tu puta madre”,

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pero como todavía me dura el cabreo por el expolio sufrido, me dejo de comeduras de coco: “Eso es de mi propiedad”. Y para que no haya dudas entre la selecta –mejor lo dejamos en “nada corriente”– concurrencia, señalo el cuaderno. “¡Tú, fuera!”, bufa el matalocos. Pienso, –sí, sí, ya sé que lo mío es otra cosa que pensar; pero cómo llamo a la actividad que hago (o no hago) con la cabeza, si todavía no se ha inventado la palabra–, pienso, aunque alguno se indisponga por esta inexactitud, que se está refiriendo a mí, y, mientras preparo un insulto que le ponga en su sitio, es decir, en psiquiatra, hay que joderse, de ambulatorio, menudo carretón lleva el tío, y mientras preparo lo que no termino de preparar, me percato de que no, de que el “¡Tú, fuera!”


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no iba lanzado a mí, sino al averiado que me acompañaba en el banco, el banco corrido, y que se apropió de mi cuaderno para cagarse en su puta madre. “¡Y tú, vete con él!”. Como ya le tengo cogido el tranquillo al lenguaje que se gasta el que se las da de jefe, y lo entiendo con la mayor de las perfecciones, comprendo a la primera que la cosa no va conmigo, no, sino que a la que echa también es a la enfermera. Antes de que se vayan, les dice: “A ver, ese cuaderno”. Se lo entregan, y oigo, sí, cómo la enfermera me sigue el apunte y dice, no aludiendo a mí, qué va: “Me cago en tu puta madre”. El que se les da de psiquiatra se hace el loco y mira al techo, remedando muy malamente lo que sus pacientes –al menos, yo– hacemos en su

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presencia. Mirar al techo, sí, y comprobar que en él, en el techo, ni hay cielos azules ni hay nada. Sólo desconchones. “Me cago en tu puta madre”, ha dicho la enfermera. A esto le llamo yo tener un gran éxito, literario el éxito. ¡Sólo he escrito una frase y ya la gente la ha hecho suya! La enfermera me caía antipática, pero ha dejado de serlo en cuanto que la he oído paladear el fruto de mi ingenio. Enfermo y enfermera se van, y nos quedamos sólos él y yo. Yo soy yo, y él, el tratalocos. Abre el cuaderno y lee lo que hay escrito. Y no lo hace para él solo, no, sino que tengo que enterarme yo también. “Me cago en tu puta madre”. En sus labios de mamón, la frase de la que me sentía tan orgulloso ya no me suena tan redonda. Él, sin embargo, dice, me


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dice: “Si quieres que te sea sincero, sonar, suena bien”. Y añade: “Esto para qué es, ¿para el cuento que me advertiste el otro día que ibas a escribir?”. ¡Advertiste! Como si le hubiese amenazado con un misil. ¿Es esa forma de tratar a un supuesto, supuesto o real, majara? Me recompongo como puedo, es decir, fatal, y, respondiendo a su pregunta, muevo la cabeza en sentido afirmativo, diciéndole que “Eso” es para el cuento que amenacé escribir. Él, entonces, vuelve al cuaderno y relee la frase que ya ha pasado a ser de dominio público. Lo cierra –cierra, sí, el cuaderno– y me mira muy serio. En los ojos, sin embargo, le leo, con la capacidad lectora que me caracteriza, una jovialidad de psiquiatra tunero, dado al fandango y a

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la francachela, me mira muy serio, insisto, y me receta de palabra: “Sigue. Sigue escribiendo. Y cuando tengas el cuento completo, me lo traes.” Me tira el cuaderno –sí, me lo tira, no me lo entrega– y anota algo en una ficha; la mía, supongo. La ficha en la que cada día que vengo a verle escribe algo. A lo mejor, él, quién lo diría, es de mi misma cuerda, y tampoco cuerdo él, le da por escribir en la ficha “Me cago en tu puta madre”. En su caso, ay, referido a mí. A mí y a mi madre. Razón de peso para que deje de caerme fetén, si es que alguna vez me cayó algo más que regular este ángel caído. Termina de anotar lo que quiera que esté anotando, y dice: “Vas a hacer una cosa”. Se travestiza de mudito y, tras la pausa –pausa que aprovecho para practicar-


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le vudú, sin muñequitos ni nada; si el invento funciona es de Oscar a los mejores efectos especiales–, y, tras la pausa, decía, repite, me repite: “Vas a hacer una cosa”. Luego, acelera, y añade: “Sigue. Sigue escribiendo. Ya tienes la primera frase. Es un buen principio. Tira del hilo y completa la historia que quieres escribir. Te servirá de terapia. Y yo, y tus muchos lectores, que seguro los tendrás cuando se publique el cuento, sabremos cuál es el final. Porque sin final… porque sin final, sin un final, escúchame bien, no hay historia”. El avenate de crítico literario se ve que le gusta. Ahí es nada lo que ha cagado: “Sin final, no hay historia”. “Entendido”, me pregunta, después de haberme mirado lo suyo con sus ojitos de perdonabobos. Asiento, sosteniéndole la

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mirada con mis ojazos de tonto del culo, y me levanto. Antes de que me pierda de vista, dice, me dice: “Ya sabes. Para la próxima cita quiero verte con la historia acabada. Aplícate. Te vendrá bien.” Salgo del despacho y, al fijarme en los del banco corrido, los compadezco. Con menuda eminencia se van a encontrar. Capaz es de recetarles que también ellos escriban un cuento para, al final, terminar publicando una antología bajo el iluminador y vaticanista título de “Totus locus”. No me despido de la enfermera. El hecho de que no me despida de ella no quiere decir que no la mire. Que no la mire, y que no lea en sus ojos –vaya práctica he cogido–, y que no lea en sus ojos, sí, que me desea lo peor, y que un día –el de la


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próxima cita, por ejemplo– me atará corto y me devolverá el favor de putearme. Sus ojos, ay, son un opúsculo culoinquieto para mí, y pasan de un tema a otro con velocidad de robacarteras. O robacuadernos, que sería más propio al caso. Pasan de un tema a otro, sí, y lo último que leo en ellos, qué original, es, me lo temía: “Me cago en tu puta madre”. La frase del día y, a este paso, del año. Una vez en eso que llaman calle, y que yo, de escribir novelas y no cuentos, si tuviera espacio para explayarme, describiría con muchas dificultades, faltándome adjetivos y otros adminículos del oficio para darle al lector idea de la calle en la que me encuentro, faltándome tanto que estoy empezando a pensar –¡empezando a pensar!; pensar, hoy, pensar; esto me

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pasa por coqueterar con lo que primero, primero y más destacado, que ponen en sus tarjetas de descrédito es “Doctorado en Psiquiatría por la Universidad de Loquilandia, esquina a Harvard–, que estoy empezando a pensar que ni para los cuentos, que son más cortitos, sirvo. Lo pienso y lo digo, lo digo y lo escribo: Ni para los cuentos sirvo. Es lo que tiene visitar al tío de la ficha, el que te tiene fichado, que sales de allí, pisas la calle, y la moralina, si es que la traías de casa, se te cae al suelo. Y menudo suelo. La calle y las aceras no son más que un túmulo –quería escribir “cúmulo”– de chorizos mierderos de perra y meadas de machos cerveceros. Pero es así, lo que son las cosas, ahí, sí, en medio de la mierda y de la basca, de los


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orines y de los condones usados, a saber con qué fin, es ahí, lo que son las cosas, decía, escribía, dónde, dónde y cuándo, me viene la inspiración, ese tesoro de los cuentistas. Me detengo –cómo que si me detengo; me detengo a mí mismo, sin necesidad de que los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado despilfarren el dinero público conmigo–, me detengo, repito, y, al detenerme, me paro. Y no sólo me paro y me detengo, sino que aprovecho la circunstancia para mear yo también en esa, esta, acera, en la que todo el mundo parece necesitar hacer sus necesidades. Pero no todo es hacer guarrerías. Mientras guarreo con mis necesidades, siento, bien sentido, que la meada me está ca-

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yendo de maravilla. Y es al sacudírmela –momento delicado donde los haya; hay algunos que, por muchos años de experiencia de que presuman todavía se ponen las manos perdidas de orina–, y es al sacudírmela por segunda vez –todas las precauciones son pocas– cuando me digo: “Ya lo tengo”. Y no me refiero al cuaderno en sí, que lo tengo en la mano –en la otra no tengo ya la minga, que me la guardo hasta la próxima; tampoco se trata de dar un espectáculo callejero; se ha meado, ¿no?, pues se acabó la función; hay algunos a los que algo tan simple no les entra en la cabeza y caen de bruces en el Código Penal por exhibicionistas–, y no, decía, escribía, no me refería al cuaderno en sí cuando he soltado lo de “Ya lo tengo”.


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Y lo que tengo es un nuevo principio. Un nuevo buen principio que no está ya en boca de todos, incluidos los bocazas. Soy un hombre de futuro y puedo romper con el pasado, con mi pasado de principiante. Arranco del cuaderno la página donde escribí “Me cago en tu puta madre”, y la rompo. Con dos cojones; en pedazos. En pedazos, la hoja. Tiro los pedazos –los pedazos de hoja; aquí, los pedazos de cojones, los cojoncitos, ni mentarlos–, tiro los pedazos de “Me cago en tu puta madre” al suelo, para que los servicios de limpieza del Ayuntamiento tengan algo decente que hacer, y me repito: “Ya lo tengo”. Y lo que tengo, me cago en mi padre –y esto lo digo, o sea, lo escribo, jaleándome

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por la agudeza de la novedad–, y lo que tengo, ay, es, sí, otro buen comienzo para un cuento. Oído al canto: “Me cago en tu padre”. ¿A que esta primera frase pinta bien? ¿A que es contuindente y efectiva, que no efectista? Ya me veo escribiéndola y trayéndosela al mandanga psiquiátrico para que me saque la radiografía, con su complejo de Edipo –el mío, y puede (¿sólo puede?) que también el suyo–, con su complejito de Edipo, decía, y toda la pesca. Llegando a casa, me pongo manos a la obra. ¡La obra! Yo, autor, por fin, de una obra. ¡Y mi padre –“Me cago en mi padre”–, que quería que me dedicara a la construcción! Se va a comparar una obra con otra. Sí, en cuanto que llegue a casa me pongo


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manos a la obra. No hay que desaprovechar un buen principio. Y ya llevo dos. Se ve que estoy en racha principesca. Convertido en un principito estoy. Ole. Y como no hay dos sin tres, seguro que se me ocurre otro antes de que llegue a casa. Joder que si se me ocurre otro. ¡Ya lo tengo! ¡Ya lo vuelvo a tener! ¡Menudo principio! He dicho, he escrito, que no me gustan los suspenses, y aquí tienes un principio de los buenos, buenos: “¡Que te jodan!” Sí, coño, has leído bien. Lo repito con todas las letras: “¡Que te jodan, lector!” ¿A que te gusta? ¿A que es bueno? Madrid, a finales, que no principios, de septiembre de 2010

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Carlos Pérez Merinero nace en Écija (Sevilla) en 1950. Es licenciado en Económicas por la Universidad Complutense de Madrid, y ha sido profesor universitario. Acabó abandonando la docencia para dedicarse a la escritura de novelas y guiones de cine. Muchos han querido ver en él una réplica andaluza, llena de humor, a la literatura de Jim Thompson, y así lo confirman su pasión por los refranes, la espontaneidad de su prosa y su capacidad para jugar con las palabras.

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Carlos Pérez Merinero nace en Écija (Sevilla) en 1950. Es licenciado en Económicas por la Universidad Complutense de Madrid, y ha sido profe...

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