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El chaman global Pilar Pedraza

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–Era un insecto enorme con aspecto de mosquito. Se detuvo en el aire yo diría que mirándome fijamente, aleteando un poco y con las patas inmensas colgando inertes. Yo había levantado la vista de la pantalla del ordenador para descansar un momento y ahí estaba, quieto, tembloroso, mirándome con unos ojos enormes como semillas negras. ¿Qué crees que sería? ¿Una libélula? ¿Un caballito del diablo? Infernal, sí era. –Mujer, una libélula dentro de tu despacho, yo creo que no. Si parecía un mosquito y era tan grande y tan feo, quizá se tratara de una típula. Estamos en la biblioteca de la facultad. Mi estudiante del Erasmus italiano, Fran-


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cesco Gaetani, de la universidad de Urbino sabe de entomología imaginaria y de bichos en general. Se propone hacer su tesis doctoral sobre los insectos en el cine fantástico. Tiene ya una cantidad de material impresionante y algunas ideas generales que no están mal. Se sienta a mi lado y buscamos en Google. Las imágenes de las típulas son tan fuertes que parecen salirse de la pantalla. El muchacho ríe satisfecho. –¿Lo ves? Una típula. Si vuelve a visitarte, no te preocupes. Son totalmente ino-fensivas. No pican ni hacen nada. Se limitan a vivir unos días y luego se mueren, y ya está. Dan miedo porque son muy grandes, pero de hecho no hay una sola en mis películas. Son animales más bien,


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¿como decís aquí? Tontorrones. El nivel de español de Francesco es inaudito. Siempre me sorprende. Solo tiene un competidor: Irina, la estudiante polaca, que además le supera en laboriosidad, porque el italiano revolotea demasiado, como las típulas estas. –Pondrán huevos, ¿no? –Claro, huevos, y luego son larvas, aquí están, míralas, parecidas a lombrices de tierra, el terror de los chaleteros porque se comen el césped. De ellas salen esos fantasmones, que no duran ni una semana y ni siquiera se alimentan. Vivan del aire, como se dice aquí. Así que, si lo vuelves a ver, no te asustes y no lo ma-


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tes. Hazte amiga suya. Bastante tiene la pobre típula con su vida tan sosa. Ahora ya sabía qué era aquello. Lo que ignoraba es de dónde había salido. Mi despacho tiene aire acondicionado y sus ventanas de doble cristal siempre están cerradas. Además, no dan precisamente a una charca o a un lago, que es de donde al parecer vienen estos bichos, amantes del agua estancada, sino a una calle del barrio antiguo sin árboles ni jardines. Pronto me olvidé del tema porque tenia otras preocupaciones, entre ellas averiguar por que se retrasaban tanto los billetes de avión para Berlín que debían enviarme los organizadores del congreso


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de literatura gótica. Acababan de enviármelos por e-mail. Los estaba imprimiendo cuando algo me hipnotizo. La típula flotaba delante de mi cara dando pequeños bandazos como si estuviera borracha, mirándome con unos ojos negros protuberantes. –¿De donde sales, maldito bicho? –dije entre dientes, que es mi forma de gritar. Y lo maté o al menos lo hice desaparecer pulverizando sobre él lo único que tenía a mano: un frasco de mi perfume Poison de Dior que está siempre sobre mi mesa. Al día siguiente, o aquello resucito o es que Christian Dior no es bueno como fabricante de pesticidas o se trataba de otro ejemplar. La típula tuvo que vérselas pri-


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mero con mi gato Lucky Manuelo, que es casi tan tontorrón como ellas pero defiende su territorio de toda incursión aunque sea volátil, bien es verdad que por lo general con nulos resultados. El caso es que Manuelo saltó tres o cuatro veces contra algo que estaba por encima de él, dando sus peculiares grititos, y pareció capturar lo que fuera, porque se quedó tranquilo y volvió a dormirse en el sofá. Pero no, la típula estaba ahora a mi izquierda, mirando fijamente el texto de la pantalla del ordenador. Esta vez la maté de una palmada. Dios, qué asco. Acodada en el escritorio con la cara entre las manos, me preguntaba de donde saldrían los bichos, cuando me fijé en la pequeña maceta de “la plantita”. ¿Qué


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hacía allí? A mí no me gustan las plantas, y menos los tiestos de interior. Pero si me gustan los masajes, y una vez por semana me dejo amasar por un robusto y simpático oriental en una clínica de medicina alternativa, ahora llamada de terapias complementarias. Los piratas tratando de no molestar a los corsarios. Me encanta confiar mi cuerpo a unas manos exóticas tan hábiles, procurando no dejarme atrapar por filosofías ni construcciones teóricas demasiado diferentes de mis propios prejuicios. Pero nunca está uno con la guardia en alto todo el rato, y yo una vez la bajé y Melayu aprovechó para aconsejarme que comprara una plantita, la cuidara y la viera crecer a tenor de mi propio crecimiento interno o no sé qué. Le dije que no me gustaban las plantas


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sino los gatos, concretamente mi Lucky Manuelo, y que lo contemplaba bastante y aprendía de él, pero no me hizo caso. Melayu no se deja influir por mis resistencias y tiene las cosas claras. Plantita. El caso es que un día se presentó en facultad Francesco Gaetani, el erasmus, con un tiesto de albahaca que acababa de traer del chalet de una amiga. Se lo había dado ella en memoria de un cuento de Boccaccio, Isabella, que habían leído juntos aquel fin de semana, entre otras actividades lúdico recreativas, pero él no tenía donde ponerlo o simplemente no quería tener que estar pendiente de la dichosa planta. Su fresco perfume y su origen literario fueron mi perdición “No hay que regarla mucho”, me advirtió Francesco. Yo me la llevé a casa pensando muy


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divertida en el triunfo de Melayu. Cuide la plantita. La regué tanto y tan torpemente que hasta empapé al pobre Manuelo. Poco después, a la hora de la típula, mi vista cayó sobre aquella maceta insignificante y de aspecto inofensivo, con su verde cúpula redondeada, y lo vi todo claro. –Ya se de donde salían las típulas, Francesco –dije en cuanto le eché la vista encima–. De tu jodida albahaca de Boccaccio. Si no llega a ser porque me la recomendó mi chaman, a buena hora te la acepto. –Seguro que la regaste hasta encharcarla. ¿No te ha dicho tu chaman que hay que saber cuidar las cosas? Efectivamente. Conmigo misma también me ocurría: me regaba demasiado, me estaba encharcando. Las típulas habían


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venido a advertírmelo. Habían llegado justo a tiempo, diría yo. Sin embargo, cuando muy ufana le conté a Melayu toda la historia, pensando que a un tipo como él tenía que gustarle algo que sonaba a psicomagia, meneó divertido su cabeza de bronce y comentó: –Tú estas loca y ningún masaje hará que dejes de estarlo. Pilar Pedraza (Toledo, 1951) es una escritora española. Su obra tiene dos vertientes principales: la narrativa de terror y el ensayo. Desconocida del gran público, es una escritora de culto, cuyo peculiar feminismo sadiano recuerda a la controvertida pensadora norteamericana Camille Paglia y a la novelista británica Angela Carter.


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