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PROSADICTOS

AUTORES DEL FORO

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EDITORIAL FORO PROSADICTOS


AUTORES: MARIO ARCHUNDIA CORTES (PESADO67), MÓNICA BEZOM (TURKESA), JESÚS CORONADO (JECOBE), DANIEL A. FRANCO (DAN), FERNANDO HIDALGO CUTILLAS (PANCHITO), JOSÉ GARCÍA MONTALBÁN (JÓSGAR), MILAGROS GARCÍA ZAMORA (MILAGROS), JUAN ANTONIO MARÍN RODRÍGUEZ (JUANAN), BLANCA MIOSI (B. MIOSI), ZACARÍAS MONTANO (GIN), VANESSA NAVARRO REVERTE (MADELYNE BLUE). EDICIÓN Y MAQUETACIÓN: FORO PROSADICTOS PRÓLOGO: BLANCA MIOSI CONCEPTO GRÁFICO: FORO PROSADICTOS COORDINACIÓN DE LA 1.ª EDICIÓN: DANIEL A. FRANCO ADMINISTRADOR DEL FORO PROSADICTOS: DANIEL A. FRANCO © DE LOS TEXTOS: AUTORES, 2012 © DE LA CUBIERTA: FORO PROSADICTOS, 2012 © DE ESTA PRIMERA EDICIÓN: FORO PROSADICTOS, 2012 WWW.PROSADICTOS.COM WWW.ANTOLOGIAPROSADICTOS.BLOGSPOT.COM TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS. QUEDA RIGUROSAMENTE PROHIBIDA LA REPRODUCCIÓN TOTAL O PARCIAL DE ESTA OBRA POR CUALQUIER MEDIO O PROCEDIMIENTO, COMPRENDIDOS LA REPROGRAFÍA Y EL TRATAMIENTO INFORMÁTICO, SIN LA AUTORIZACIÓN ESCRITA DE LOS TITULARES DEL COPYRIGHT Y BAJO LAS SANCIONES ESTABLECIDAS EN LAS LEYES.


POR ESO AHORA ESTOY ESCRIBIENDO. SOY DE ESE TIPO DE PERSONAS QUE NO ACABAN DE COMPRENDER LAS COSAS HASTA QUE LAS PONEN POR ESCRITO.

HARUKI MURAKAMI


PRÓLOGO Hace ya varios años, cuando empezaba mi andadura en esto de contar historias, supe que existían unos sitios diseminados a lo ancho y largo de la red llamados «Foros Literarios». Después de navegar por esas aguas unas veces profundas y otras demasiado superficiales, opté por los de aguas profundas, en los que solo tienen cabida quienes se están gestando como escritores, o los que sienten placer por la lectura. También los que aportan con su sabiduría a que otros crezcamos en este mundo de orates dedicados a crear quimeras con apariencia de realidades. Uno de esos lugares cuyo génesis se gestó en otro, es Prosadictos. Su nacimiento no fue tal. Fue un renacimiento en cuya gestación intervino con acierto un entrañable compañero. Y los que lean estas líneas y provengan de aquel otro, lo comprenderán perfectamente. Prosadictos se mantiene después de un año más vivo que nunca y para festejar tan increíble suceso en este mundo efímero, en el que la virtualidad dejó de ser una virtud para convertirse en una nube, once de sus miembros hemos querido plasmar por escrito una muestra de nuestro paso por el éter. Once autores, once cuentos, todos diferentes, narrados desde once puntos de vista. Escritores de diferentes partes del mundo que, sin haberse visto en persona, se conocen más que si se hubiesen visto frente a frente porque la escritura lo hace posible. Querido Lector: Espero que disfrutes de las siguientes páginas, pues fue con esa intención con la que fueron escritas. Blanca Miosi

IX


ÍNDICE

Pág. Prólogo

IX

La doble espera

15

Huesos de cristal

19

Melodía asesina

23

Entre tú y yo

29

No apto para escritores

35

La sentencia

41

Con nombre de mujer

49

El lugar adecuado, el momento preciso

57

Asesinato en Paris

65

historia sin nombre

73

Sin la mosca

91


La doble espera José García Montalbán (Jósgar)

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OS niños hacía rato que se habían acostado. Apagué el televisor, enfundé los pies en las pantuflas y medio adormecido me dirigí a la cama. Poco antes, las caricias profundas de los protagonistas de una serie de televisión me hicieron intuir en los ojos de Marta el deseo de volver a hacerlo, conscientes de que llevábamos más de un mes sin hacer el amor. Unas veces, porque me sentía cansado después de la intensa jornada laboral; otras, era ella quien eludía sus obligaciones conyugales con cualquier excusa, que solía tener a los niños como trasfondo de sus evasivas. A veces yo bromeaba con aquello del “dolor de cabeza”, entonces se enfurecía; después, me acercaba a ella y la besaba con dulzura. Al pasar junto a la puerta de la cocina, sin desviar mis ojos entornados, exclamé con poco ánimo un: «buenas noches, cielo, me voy a dormir». Me respondió entre ruidos de cacharros y platos. Al rato, oí el crepitar del papel de aluminio al envolver los bocadillos para el almuerzo de los peques. Esa noche se notaba en la casa el calorcillo primaveral. Mi esposa había cambiado el edredón de invierno por una cubierta de cama más liviana. Apagué la luz de la mesilla de noche y me abracé a la almohada que, como siempre, acabaría estrujada entre mis piernas. Imaginé que Marta no tardaría en acostarse y esperé sumido en un duermevela. De pronto abrí los ojos y comprobé que llevaba casi una hora acostado. En la cocina se escuchaba todavía el ruido del extractor de humos, de las sartenes, de las fiambreras con la tortilla de


La doble espera

patatas, los cubiertos, los pasos de un lado a otro, el gotear del grifo, que siempre me decía que tenía que reparar un día de estos. Introduje la mano bajo el slip y acaricié mi sexo. Pasé los dedos con suavidad por el vello de los testículos, apreté y tire suavemente de su piel. Estaba excitado. Oprimí hacia abajo el pene y lo solté. Su dureza golpeó mi vientre. Hacía tiempo que no me masturbaba y en ese momento era lo que más deseaba... Unos ronquidos profundos me despertaron. ¿Qué hora podía ser? Las tres y veinte pude ver en el reloj. Alargué el brazo y puse mi mano sobre el hombro de Marta; sus ronquidos cesaron momentáneamente. La retiré enseguida, no deseaba que despertara. Pensé abrazarla por la espalda, acariciar y apretar sus senos, pasar la mano por las estrías de su vientre debidas a los embarazos, restregar mi sexo una y otra vez contra sus nalgas… pero desistí. Metí la mano de nuevo bajo el slip para evidenciar lo que ya sabía: que su tela estaba pegada a mi piel. La besé en la espalda, di media vuelta, acomodé la cabeza sobre la almohada y cerré los ojos, pendiente de escuchar unas horas más tarde el sonido monótono y desagradable del despertador. Sería el comienzo de otra jornada, un día más de espera para los dos.

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Prosadictos

José García Montalbán (Jósgar) Hola, querido lector. Me llamo José García Montalbán y nací en la ciudad de Murcia, España, bajo el signo zodiacal de Sagitario, un día de 1952. Me considero un aspirante a escritor novel. Tengo autopublicadas algunas novelas cortas, también me han premiado algún que otro relato, pero estoy a la espera de poder publicar de manera convencional una novela en la que tengo puestas muchas esperanzas. Mi paso por los foros literarios ha supuesto para mí un verdadero aprendizaje, desde el momento en que me lancé a esto de la escritura hace tan solo unos años. Me gusta escribir sobre cualquier tema, pero me baso casi siempre en hechos reales que resulten cercanos al lector, y es a partir de ahí que dejo volar mi fantasía. Soy amante de la historia en un contexto amplio, principalmente la de mi país. Me gusta oler la Naturaleza, observar los matices coloridos del cielo, sentir el viento, la lluvia, la humedad y el verdor del monte, o dejar que la roca desnuda y cálida me impregne de su magnetismo positivo pues, en el fondo, soy una persona bastante positiva. Un afectuoso saludo.

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Huesos de cristal Zacarías Montano (Gin)

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practicaron dos incisiones en los omóplatos y le injertaron fragmentos minúsculos de las membranas de la Greta cubana. Las heridas cicatrizaron y el niño, frágil y quebradizo, con las extremidades a menudo entablilladas, comenzó a mejorar. Con el tiempo, la dureza cristalina de sus huesos se reblandeció y su esqueleto acabó por resistir con suficiente flexibilidad las embestidas de la vida, hasta que olvidó su enfermedad. Para aquella gente fue el poder del santero y la magia del Orisha Babaluaye. Yo, con el resultado de varios análisis en la mano, comprendí que la invasión externa se había multiplicado por escisión, sustituyendo las frágiles células óseas por las de la mariposa, mucho más elásticas. Supongo que fue un capricho de la naturaleza, el caso es que no supe qué hacer con el asunto. Descubrí el fenómeno por casualidad durante un estudio de campo. Soy antropólogo. La conocí meses después en el D.F., en una conferencia a la que vino desde Guanajuato, donde la chica cursaba la «prepa» y escribía con pasión cuentos extrañísimos que más adelante tuve la oportunidad de leer. Una adolescente despierta que después de la conferencia me abordó y me preguntó extremos muy concretos de mis investigaciones. Alcanzamos cierto grado de confianza y llegó a contarme que tenía los huesos de cristal, una enfermedad incurable que recortaba de forma dramática sus posibilidades de disfrutar la vida. Sin embargo, sufría con un optimismo insultante ―casi inhumano― las disminuidas posibilidades de sus movimientos: ni bici, ni E


Huesos de cristal

vóleibol, ni carreras, ni saltos, ni zarandeos, ni siquiera escarceos amorosos. Un mal tropezón o un abrazo apasionado la podrían mantener en cama varios meses. Ahora que la conozco mejor me pregunto si rescataba ese júbilo de las inmersiones que hacía en sus mundos interiores, exuberantes, y de los que siempre salía ilesa, renovada y nutrida de ideas para sus escritos. Lo que resultaba más curioso era que me animara a mí cada vez que la miraba con tristeza, cuando era ella la que siempre iba vendada con algún hueso quebrado. La visité algunas veces en Guanajuato, cuando me movía por la zona, y un día le hablé del experimento del niño y la mariposa. Su entusiasmo me desconcertó, no esperaba una reacción tan vehemente. Me lo planteé y pensé que si no funcionaba nos quedaríamos igual, a lo sumo con una infección. Insistió tanto que conseguí que un amigo mío, cirujano, inicialmente escéptico y poco receptivo ―al que tuve que explicar media docena de veces el proceso que me contó el santero― se olvidara de sus escrúpulos y acabara ayudándonos, eso sí, previa disimulada inclusión de mil euros en su bolsillo. Después de la intervención, los días pasaron sin que sucediera nada. Incluso un par de semanas más tarde se le astilló la clavícula cuando Tontito, su perro, grande como un tigre, se alzó entusiasmado sobre sus cuartos traseros y apoyó las patas en sus hombros para darle un lametón en la cara. Las incisiones de la espalda terminaron por curarse. Todo indicaba que el injerto había fracasado. Su evolución no tenía nada que ver con lo que le había sucedido al niño indígena. ¿Porque nosotros no creíamos en los Orishas?, se me ocurrió tontamente. Por suerte tampoco se habían presentado infecciones, así que nos quedamos como al principio. Eso pensé, pero no fue así para ella: por primera vez la vi desanimada y perdida, como si se sintiera incapaz de aceptar su suerte como siempre había hecho.

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Prosadictos

Unas semanas después comenzó a sentir picazón en los cortes de la espalda. Me lo contó por teléfono, pero yo andaba esos días por el norte del país y no pude desplazarme. El asunto fue a más y aunque el viaje era largo, me sentía tan responsable que volé hasta Guanajuato en cuanto me fue posible. Cuando la examiné pude apreciar los bultos. Preocupado, estuve observándola algo más de una semana sin que la cosa fuera a mejor. Al contrario, cada día era más patente la inflamación. Acudimos de nuevo a mi amigo el cirujano. Cuando cortó la epidermis brotaron unas membranas arrugadas. Las desplegó con las pinzas y dijo que había que cortar aquello y curar las heridas. Yo no supe qué pensar; pero todo quedó resuelto cuando ella decidió que, puesto que no le dolía, se dejaran los cortes abiertos durante unos días a ver qué pasaba. Unos meses después, su fragilidad se había transformado en ligereza: apenas pesaba unos kilos. Las alas le habían ido creciendo de manera ostensible, pero ella había conseguido plegarlas a voluntad y hacerlas invisibles bajo la ropa. La primera vez que la vi volar, lloré.

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Huesos de cristal

Zacarías Montano (Gin) Soy Zacarías, Zacarías Montano. He participado en algunas antologías digitales similares a ésta. Y en otras de papel por cuenta de la editorial Tres Fronteras, siempre con el particularísimo heterónimo Ginés Alcántara, mi némesis. "Huesos de cristal" fue publicado en 2011 en la mayoría de diarios del grupo Vocento, en España. El resto de mi producción suele practicar la endogamia en un cajón oscuro. En raras ocasiones, delinquen y le roban la cartera a algún jurado que anda en la higuera. Por peregrinos que sean, me alegran mucho esos premios, como a un párvulo una tira de mixtos de trueno al salir de la escuela. Y en eso andamos.

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Melodía asesina Juan Antonio Marín Rodríguez (Juanan)

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SCONDIDO al fondo de ese local de diseño, en una mesa colocada en la semioscuridad, alejado de las miradas indecentes e inoportunas, oculto entre las sombras, mezclándome entre ellas... Podría decir que ya formaba parte de ellas. Acababa de elegir unas canciones en la máquina de música: Strangers in the night, My way. Y para acabar la nostálgica recopilación, un bolero: Piensa en mí. Relajado, mientras la bebida iba surtiendo su efecto, escuchaba el latir nervioso de mi joven corazón. Joven, pero ya curtido. La música empezó a sonar...

Extraños en noche intercambiando miradas preguntándonos en la noche... Escuché su voz, cantando su particular versión. «Dos extraños son los que se miran, dos extraños son los que se aman, dos extraños son, bajo la noche azul...». Esa noche, Miriam, fue cuando me enamoré de ti. Pido otro whisky. Mi acompañante, Jana, una preciosa checa, me coge la mano. —Vamos a bailar. —Ve tú. Ahora no me apetece. Y ahora, el final está aquí, Y entonces enfrento el telón final. Mi amigo, lo diré sin rodeos...


Melodía asesina

Apuro la última gota del décimo Cardhu y los cubitos se derriten en el vaso que sujetan mis ardientes manos, en este impreciso momento en el cual mi razón, traicionada por los recuerdos evocados durante la presentación del libro, añora tu ausencia. No logro desterrarte; a pesar de los tenebrosos remordimientos, que transformados en fantasmas aún asustan al pasar, continúo pensando en ti. Me preparo para escuchar la última de las canciones elegidas: Piensa en mí. Temía a las primeras estrofas: Si tienes un hondo penar, piensa en mí, si tienes ganas de llorar, piensa en mí, Ya ves que venero tu imagen divina, tu párvula boca que siendo tan niña me enseñó a pecar. Queriendo evitar el devastador daño que me causarían, llamo al silencio del olvido para exigir a esa esperada borrachera, que se niega a llegar, una cosa muy sencilla: enterrar en alcohol mis errores. La veo acercarse a la máquina de discos y mi subconsciente me transporta al pasado. En mi mente empieza a sonar otro bolero bien distinto, no por eso desconocido: El reloj. Jana vuelve a por mí. —Vamos a bailar. Es una lenta, para bailar pegados. Cuerpo a cuerpo, nosotros, como dos enamorados. —Que no quiero bailar, ¡déjame en paz! —Estoy ausente, vencido por su recuerdo. «Reloj no marques las horas, porque voy a enloquecer. Ella se irá para siempre cuando amanezca otra vez...». Él se le acerca por detrás. La coge por la cintura y se dirigen al reservado. La besa en el cuello, los hombros... La joven checa se transforma en mi Miriam.

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Prosadictos

El maldito bolero sonaba: «Reloj detén tu camino, porque mi vida se apaga. Ella es la estrella que alumbra mi ser, yo sin su amor no soy nada». Las manos del hombre recorrían el cuerpo esbelto sin que ella opusiera resistencia alguna. La canción sonaba, me enloquecía. Unas risas, unos labios buscándose en la oscuridad... la canción seguía sonando, cada vez más mortífera, corroyéndome el alma. ¡Maldita melodía!, ¡cállate! Deja de sonar, te lo imploro. No hurgues más en mi llaga. Debí haber muerto el día en que te compuse... Parecía no acabar nunca, mi odiado bolero seguía sonando, desafiante, burlón. Sin duda ella se divertía, me estaba provocando. Su carcajada sonaba cada vez más estrepitosa en mi pensamiento. El extraño en la noche continuó besándola. El cuerpo de ella se contorsionaba al compás de la música. De repente me vio. Separó el cuerpo unos centímetros del otro y me sonrió; le dijo algo al oído y se marcharon. El bolero termina pero no llega la paz. Despacio, me levanto y voy hacia Jana. Jana, vámonos; ya está bien por esta noche. —Déjame, me estoy divirtiendo. ¡Tú no querer bailar, a mí gustar mucho bailar! Sus palabras me hieren. Un dolor punzante se instala en mi pecho. Mi vieja cicatriz, nunca curada del todo, se está abriendo. Esa silenciosa cicatriz me recuerda a Miriam. Su risa me atraviesa el corazón como si hubiese sido un puñal clavado con gran maestría, bien guiado por unas manos expertas en destrozar el amor. Mientras la maldigo, mi cicatriz sangra por el recuerdo de una imagen que creía desterrada. Verla marchar, después de haberme cruzado la cara con dos caricias, secas pero eficaces. En el ambiente espeso aún resonaba su risotada burlona, acompañada del taconeo producido por su despampanante movimiento de caderas, aquellas caderas que tiempos atrás yo

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Melodía asesina

había gozado, y del olor de su perfume sobresaliendo entre el alcohol, el tabaco y el sudor: J´adore. Miriam, lo recuerdo muy bien, era lo único que te ponías cada noche al acostarte, unas tentadoras gotas sobre tu hermoso cuerpo desnudo. Me acuerdo porque te lo regalé yo. Sobre la mesa dejo un billete de cien euros, un temor inconfesable y muchas lágrimas derramadas. Me marcho de allí, dispuesto a cambiar mi destino, a olvidarla...

Hotel Hoffmeister PRAGA-República Checa 4:30 madrugada —Müzete mi doporucit nehajkeho dobreho lekafe? Mám borecku1—logro decir al recepcionista.

A mediodía despierto en mi habitación. Con la cabeza metida en el váter, mientras vomito, intento borrar de mi mente aquella tarde delante de mi piano, modificando en el pentagrama algunas notas: do sostenido, sol séptima, do sostenido, y a ella, mirándome con ternura, escuchando cada nota, cada acorde, tarareándome al oído mientras me hacía el amor. No puedo, yo las había creado. Me perseguían allí donde fuese. Otra rubia. La misma canción, unos brazos distintos rodeándole la cintura... La decisión está tomada. El ave Fénix ha renacido, tras tanto tiempo olvidada en el interior de las cenizas de mi ser, solamente alimentada por una pequeña llama de odio que la mantenía expectante. Había encontrado, por fin, una escapatoria de su involuntario destierro. Saco del bolsillo pequeño de mis vaqueros una bala dorada. En ella está grabado su nombre. Con tranquilidad la introduzco en la recámara de la pistola. «Todo listo». La acerco a mi sien. La canción suena cada vez con más fuerza, más alta, pero incapaz de acallar su risa. Y pidiendo perdón al diablo y dando gracias a la cobardía, aprieto el gatillo.

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Prosadictos

Diario de Praga

Aparece muerto de un disparo en la cabeza en la habitación del hotel donde se alojaba el famoso compositor y escritor Juanan Mariné. También ha sido encontrado en un callejón cercano el cuerpo de una joven, rubia, de unos veintidós años. Testigos presenciales dicen haberlos visto salir juntos del club de moda donde tuvo lugar la presentación de su última novela titulada Melodía asesina. (1)¿Me puede recomendar un buen médico? Tengo fiebre.

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Melodía asesina

Juan Antonio Marín Rodríguez (Juanan) email: mbvsz7939@yahoo.es Nací en Montreal (Quebec), Canadá, un 21 de junio de 1969. Un sitio donde perderme: Barcelona. Un lugar donde encontrarme: en los ojos de una mujer hermosa. Un sitio que visitar: Canadá, New York, París y San Francisco. Me arrepiento de no haber podido cumplir una promesa a alguien muy especial: Una cena pendiente en un restaurante de París. He ganado dos concursos y quedé segundo en otro. Toco el laúd y la guitarra en una Agrupación de Cuerda de Música Española. Mi ilusión es publicar alguna vez. Por ahora, soy un padaguan que aprende de sus errores y que confía demasiado en no volver a cometerlos.

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Entre tú y yo Mónica Bezom (Turkesa)

'Si el sueño fuera (como dicen) una Tregua, un puro reposo de la mente, ¿Por qué, si te despiertan bruscamente, sientes que te han robado una fortuna? .... ¿Quién serás esta noche, en el oscuro sueño, del otro lado de su muro?' Jorge Luis Borges: "El Sueño" (De la obra El otro, el mismo)

N

sé para qué traigo este libro si se me cierran los ojos. Desligo mi mirada del pasado y devuelvo la arena a la ventisca. El libro se deshoja, ceniciento de sofismas. Prescindo de él y me instalo en un recodo ausente de ternura. O

Sin embargo, tú me esperas. Un patio anticipa el encuentro. Hay una hamaca blanca en la que un niño dormita cuentos de bosques inaccesibles. Lo despierto, le pregunto por ti, dice que te has ido conmigo, que debiera yo saberlo bien. Abandono esa respuesta y me anudo en silencios. Por un instante, la cordura me implica en desconciertos crueles. Pero no me detengo, conozco bien las trampas de la inercia. En el interior, la penumbra es espesa.


Entre tú y yo

Avanzo a tientas y dejo atrás varias puertas. Llego a una recámara dominada por la amplitud. El cielorraso exhibe maderas de oriente y tapices de exquisitos azules atrapados en los sueños de la noche. Los admiro incrédula: la seda es tan ligera que palpita y transmuta en promesa. De inmediato me gana un dolor insoportable y pierdo equilibrio a pasos agigantados. Tú estás a mi lado, me abrazas, sonríes divertido y enlazas mi cintura tiernamente. Yo no me percato, dudo sobre qué debo sentir. En tanto, ya es el mediodía. Los amplios ventanales me seducen y te olvido, te dejo, prefiero la luz. Ya no deseo encontrarte. A mi lado, en el balaustre, reinan dos copas de cristal minadas por imperceptibles hendiduras. Vacilo esperando una señal… que no llegará nunca. Porque ya se ha instalado entre tú y yo mucho antes. Salgo de allí empujada por congojas antiguas y arribo a una playa de topografía accidentada. Eso me exaspera. Enseguida advierto el fraude de un sueño intruso y hostil.

Perdóname. Libero los sentidos de toda confusión y empiezo a caminar. El niño que dormitaba cuentos de bosques viene detrás. También una niña que por momentos se confunde conmigo y que, a ratos, pierde inocencia y docilidad. Me tiende la mano. Intento mirar las mías pero sólo veo las tuyas. Y entre tú y yo, una desnudez que nos aprisiona y enloquece a fuerza de exclusiones. Un poco más alejado, un hombre vende lienzos de colores; los ha tendido en hilos apenas visibles y, no sé por qué, se me antojan ilusiones errantes condenadas a la soledad de los arenales. El hombre me ignora. Prosigo mi marcha. El niño viene, aunque ahora me irrita su presencia.

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Prosadictos

Ante mi vista se extiende un conjunto de catedrales enclavadas en esa playa pesadillesca, desordenada, en la que incluso el río desluce, ausente de armonía y sonido. Necesito salir. Pero estoy afuera, de pie ante una catedral de fino mármol claro e infinitos escalones que, como encajes de aquella seda, rematan en un atrio espectacular. Me invade una frustración enorme: son tantos, pero tantos escalones los que conducen a la nave central que declino la absurda tentación. Decido continuar. Un destello irisado desciende hasta mi huella. Elevo la mirada y no logro apartar los ojos de las rosas esculpidas en la magnífica piedra de rodocrosita. Su delicada arquitectura me resulta perturbadora, sugiere las moradas del alma. Advierto que el niño se encuentra bajo igual encantamiento. Vuelvo sobre mis pasos e ingresamos. Y por segunda vez en este extraordinario día soy seducida, abducida por los cielorrasos. Éstos conforman una sucesión de bóvedas que, disipándose en ondulaciones de oro y marfil, se resuelven en una pureza abrumadora. Me acerco con pasmo y reverencia. Cruzo delante del retablo, me pierdo entre cúpulas estrelladas y ángeles de mirada grave congelados en vitraux, hasta que la urna de cristal me sobresalta. Siento rechazo, no me interesa conocer su interior. Me dispongo a eludirla, pero mis pies se arrancan implacables de mi voluntad. Reparo entonces en su pequeñez; parece que contiene una niña muerta vestida de blanco. O tal vez sea una muñeca. O una mueca. O yo quisiera.

Lo siento. Me consume un desgaste atroz. Precedida por el niño ensimismado, salgo envuelta en presagios de finitud. Apresuro el andar, tengo que ir hacia la

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Entre tú y yo

Serenidad. Intento olvidar que debo olvidar, aunque algo lo impide. Giro sobre mi hombro y lo veo: un caballo de terciopelo azul y arneses rojos; un caballo de juguete que cuelga de su columna de bronce, solitario, a la espera inútil de ser montado. Supongo que abandonó su carrusel. Lo cierto es que no tiene caso, pende en el aire, como si la gravedad le resultara indiferente. Es de mal gusto, pienso, ese caballo de juguete en medio de la nada… Evoco en ese instante a mi padre, casi puedo tocarlo. Me lo regaló un lejano, borroso y olvidado domingo de agosto. Aunque no puedo llevar recuerdos allá donde voy. Es tarde, alguien va a partir y la prisa domina ahora mis sentidos. Sólo queda tiempo para un santuario. Entro con el niño y avanzamos hacia la nave lateral. El silencio es agobiante y apenas se respira. Delante nuestro hay un lecho blanco y grande en el que yace todo el Dolor del mundo, desde sus principios. Enmudecemos. El niño llora. Seco sus lágrimas. Nos vamos de allí un instante antes que la piedad de la muerte nos ofrezca su absolución. Ya en la nave principal, el contraste es sorprendente: impulsada por un arco iris luminoso, la intensidad perfumada de las rosas traspasa los cristales. Una etérea música nos arropa en dulce trama de indulgencia. De pronto todo se ha vuelto Consuelo, Amparo, Júbilo y Ternura. El recinto se ha llenado de ángeles risueños. La Compasión es embriagadora. Y nos transfiguramos en Luz y Plenitud.

Gracias. El aroma produce ahora una transmutación sutil en el espacio. Empiezo a sospechar de esta realidad en la que lo único tangible son los interrogantes.

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Prosadictos

Me inclino hacia mí, me miro y decido despertar. El niño se ha vuelto a dormir. El vendedor de lienzos y el caballo perdurarán en una soledad eterna. El pasado es sólo viento.

Te amo. No habrá lugar para el encuentro, me digo, convencida de que me han soñado credulidades evocativas. Entonces sonríes, tocas mi mano. Una ligera brisa nos enlaza. Recoges el libro con ternura, preguntas por qué he tardado tanto en escribirlo. Confundida, te digo que tal vez quise atrapar el viento. Yo, que sólo soy Espectro y Anhelo.

El libro es azul y no ha sido leído nunca. En un ventanal lejano, el sueño hace trizas dos copas de cristal. El viento, duerme.

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Entre tú y yo

Mónica Bezom (Turkesa) Me llamo Mónica Bezom y, en mis ratos esenciales me embriago con la escritura aunque no me la paso borracha, lamentablemente. Fui distinguida con Mención de Honor en los género de Prosa y Poesía en el marco del 15º Concurso Nacional de Poesía y Cuento 2010 "Poetas y Narradores en el Bicentenario" convocado por Ediciones Baobab, y eso es todo. ¡Ah, no! En verdad, estuve llevando una vida trashumante en los foros literarios virtuales desde el año 2006, a los que les debo una mejora sustancial en mi 'escribida', aunque todavía no entiendo bien la causa por la cual he andado con los cuentos al hombro de campamento a tiendas en el desierto o a la intemperie en algún oasis pasajero, junto a otros desplazados deletreantes. Con algunos de ellos despunto actualmente el vicio de las letras en el foro literario virtual http://www.prosadictos.com/ Nací en Rosario, Argentina, vivo en en el Gran Buenos Aires (alrededores de) en un tranquilo barrio llamado Olivos, donde en las esquinas me tropiezo con las naranjas, justo en esta época, en el mes de junio. Y enseguida encuentro que la poesía tiene olor a naranja. Mis blogs: http://expresamenteturkesa.blogspot.com.ar/ http://rincondelbrote.blogspot.com.ar/

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No apto para escritores Blanca Miosi (B.Miosi)

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sí. Tengo que escribir un cuento corto para el concurso y no tengo ni una puñetera idea de lo que voy a contar. Creo que después de todos los malos cuentos que he escrito antes haciéndome pasar por intelectual, se me escurrió el cerebro. Delante de mis amistades debo aguantar las preguntas con ánimo de cachondeo: «¿Y cómo va lo de la escritura? ». Joder. ¿Quién me mandó decir a todo el mundo que yo escribía? Me hubiera conformado con mi diario. Pero claro, a nadie le iba a importar si yo me levantaba una mañana creyéndome un canario o si había tomado la decisión de ir al gimnasio a las seis. Y yo lo que más anhelo en la vida es ser un famoso escritor. Y ahora resulta que debo narrar un cuento en menos de mil quinientas palabras. Hasta las tengo que contar y, encima, no poner mi nombre sino un seudónimo; yo, que quiero hacer célebre el apellido de mi abuela. ¿Quién me mandó meterme en el foro de escritores? Día a día tengo que soportar la idea de que lo que cuelgue sea leído, y sólo veo como respuesta a mis afiebrados impulsos narrativos una que otra palmadita en la espalda: «Vas bien, chaval... » «Te felicito, eso estuvo buenísimo» o «De veras me hizo pensar». No entiendo qué coño hago en este foro. Todos lo hacen mejor que yo, ¿a quién trato de engañar? Máximo UES


No apto para escritores

tres leídas y mi cuento queda debajo de los otros. Parece que se hubiesen puesto de acuerdo. Me metí en una cuenta de Internet ABA que me permite una navegación de 10,0 Mbps, que quién sabe qué mollejas sea, pero que me cuesta un ojo de la cara y parte del otro. Me meto en Google tratando de conseguir información y a pesar de todo lo que encuentro, lo tengo todo revuelto como si estuviera ayudando a cocinar a mi abuela su salsa para espaguetis de albahaca, mezclada con carne a la tártara. «¡Mijo, no mezcles la carne con el huevo! », solía decir. Mi abuela era un relajo. Ayer vi las fotos de su entierro y sentí que ella moría otra vez a pesar de haber sido hace más de un año. Yo no fui al velorio, hace tiempo que vivo en tierras lejanas, soy un extranjero en tierra ajena. También soy redundante. Busco lo que no se me perdió, la única que creía en mí era ella. Decía: «Mijo, el que quiere llegar llega, vaya y coja mundo, que es usted joven, aproveche la vida para que no termine como yo, vieja y sin haber salido de este pueblo». La escuché y lo primero que hice fue venir a Venezuela. La tierra del petróleo y las mujeres bellas, lindas playas y sol todo el año. Conseguí trabajo en un tris. Era vendedor de libros y parecía que a todos les gustaba leer, porque el catálogo del Círculo de Lectores lo tenía todo pintarrajeado. Empecé a entusiasmarme por la escritura, parecía que eso impresionaba a las chamas y, la verdad, no parecía hacerlo tan mal. Asistí a unos cuantos bautizos de libros para darme ánimos y hacerme creer a mí mismo que era un intelectual, pero en aquellos sitios lo único que conseguía era gente que se paseaba de un lado a otro con el cuello estirado, como buscando a alguien que aún no había llegado. Eso sí: se servían buenos tragos y bocadillos. Empecé a reconocer a varios que coincidían conmigo en los mismos eventos y llegué a sospechar que me miraban sin ninguna simpatía, porque a pesar de reconocerlos, no soltaban prenda. Creo que era una

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Prosadictos

mafia, o para ser escritor hay que tener percepción extrasensorial, tanto para que lo saluden a uno, como para que lo lean. Con el tiempo me di cuenta que ellos estaban en la misma onda que yo. Tratando de entrar a un mundo tan inaccesible que si no vas de la mano de Vargas Llosa ni se enteran de que existes. Yo podía tomarme todo el vino y comer todos los tentempiés de la bandeja; escuchar los parlamentos de los presentadores, los agradecimientos de los autores del libro en cuestión, y hacer una fila en busca de la firma de un escritor que había publicado recientemente una novela de cómo se fornicaba en un burdel, gastarme parte de mi última quincena en ese gazapo y, ni aún así, ser uno de ellos. Después de todo, ¿quiénes eran ellos? Simple: parecían tener el don de escribir una línea con el debido sentido lírico aunque estuviesen hablando de las coles de Bruselas. Ni más ni menos. Pero lo último fue lo que derramó el vaso. Debí decir: fue la gota que derramó el vaso, pero es que estoy mosqueado. Después de más de media hora de pie con unos zapatos que me traían el diablo, llegué donde estaba Laura Restrepo. Su obra: Delirios . Ganadora del premio Alfaguara, al que por cierto, yo también me presenté con la que creía era mi obra maestra: Los corchetes de mi abuela. Retomo. Cuando finalmente llegué hasta Laura, ella me miró con aquella forma muy suya, muy bonita ella, cualidad que todos siempre alaban, y con mucho estilo: —¿Cómo te llamas? —preguntó como si realmente le interesara. —Julio Cuevas —dije con cara de gilipollas, porque debí verme así, como ahora veo a los que hacen filas tras lo mismo. —Para Julio, con cariño... —Un momento —interrumpí—: ¿Podría darme el teléfono de su agente?

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No apto para escritores

—¿Mi agente? —preguntó, con la sorpresa reflejada en el rostro. —Sí... —dije yo, sintiéndome estúpido—. Es que necesito un agente. Me presenté al concurso y no gané. —¿Ni siquiera quedaste de finalista? —me preguntó la muy perversa, con su tono mofletudo. —No. —Esta vez me sentí realmente un tarado. Mira que ir allí casi a reclamarle que ella me había robado el premio. —Vamos a ayudar a este chico —dijo ella modosita—. Este es mi agente, te puse el mail. Yo estaba en la gloria. Había valido la pena, le di un beso y todavía me quedó valor para agregar: —¿Me puede poner el suyo? —¡Ah claro! —dijo ella sonriendo— para que me des tu opinión de mi novela. En este punto no sabía si sentirme halagado. Esa noche inolvidable regresé caminando sobre nubes al cuarto que tengo arrendado. En plena madrugada mandé un correo al dichoso Thomas Colchie. Soy el mejor escritor

del mundo, mejor que Danny Brown. Recuerdo que escribí. Sólo necesito un buen agente, uno como usted, que me valore y que se atreva a representar a un desconocido. Le

mandé tres. Nunca obtuve respuesta. Escribí entonces un hermoso correo electrónico a Laura Restrepo después de haberme volado su libro en dos días. Silencio absoluto. Y no era que me lo hubieran devuelto porque eso se sabe cuando te aparece un aviso de errordelivery y esas vainas. Nada, que la vieja ni recordaría quién soy, además, debía tener filtros anti-spam. Al diablo con sus Delirios, escrito según los sabios, en primera, segunda y tercera persona, todos al mismo tiempo. No entendí un carajo. Decididamente no estoy para concursos, no sirvo para esto de la escritura, menos para escribir algo en mil quinientas palabras. Creo que me dedicaré a hacer arepas

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Prosadictos

con queso guayanés, que son las que más se venden, mientras, esperaré a que alguien que entienda de buena literatura decida publicar Los corchetes de mi abuela. Alguna de las doscientas cincuenta y siete editoriales me tendrá que contestar. El que persevera, alcanza.

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No apto para escritores

Blanca Miosi (B.Miosi) Me llamo Blanca Miosi y algunos creen que soy escritora. Tuve la suerte de haber publicado varias novelas a través de editoriales: La búsqueda, El legado, El Manuscrito 1: El secreto. Todas mis obras las pueden encontrar también en Amazon. Pertenezco a un grupo llamado Prosadictos, (de gente adicta a la prosa). Nací en Perú, vivo en Venezuela, publico en España y me leen en todos lados, al menos eso creo. http://www.bmiosi.com/ http://blancamiosiysumundo.blogspot.com/ blancamiosi@gmail.com http://www.amazon.com/s/ref=la_B0077850 ... ANCA+MIOSI

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La sentencia Fernando Hidalgo Cutillas (Panchito)

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OMO todas las mañanas si el tiempo era bueno, fui al parque a eso de las once. A principios de marzo me gustaba tomar el sol de invierno y leer un rato o simplemente contemplar la gente alrededor. Sentado en un banco, abrí el libro que estaba leyendo: una novela sobre el Imperio Inca que me tenía absorto. Me encontraba en un extremo del paseo, cerca de la avenida que lo bordea, la zona más transitada del pequeño recinto. Era mi banco preferido. Llevaba un rato allí cuando se me acercó una niña que no tendría más de cuatro o cinco años. No la vi llegar, enfrascado como estaba en la lectura. Debió de haber estado antes jugando con la tierra, pues tenía las manos bien sucias, y lo primero que hizo fue plantarlas en mi pantalón blanco. —¡Hey!, pequeña, no has de tocar nada con las manitas tan sucias... —aleccioné con el tono más cariñoso que pude, dentro de mi contrariedad. Dejé el libro a un lado y me puse en pie para sacudir las manchas. La niña aprovechó para agarrar el libro. —¡Pero bueno! ¿No ves que estás ensuciando todo? — recriminé, sin perder la compostura. No era cuestión de enojarse con una nena de esa edad... ¡Qué sabía ella! —¿Qué lees? —me preguntó con el ceño fruncido. —Un libro muy bonito que no has de manchar. ¿Cómo no estás con tu mamá? Anda, dámelo antes de que se estropee... —pedí con fingida dulzura. La niña se encogió de hombros y, lejos de hacerme caso, escondió el libro a su espalda.


La sentencia

Yo estaba bastante irritado por la situación; no con la niña, pero ella era el problema. Con gusto la hubiera cogido por el brazo y obligado a darme el libro pero pensé que no estaría bien. —Venga, devuélveme el libro y ve con tu mamá —ordené, ensayando un tono de abuelo autoritario. —¡Eres malo! —fue su respuesta, y echó a correr con su botín. La seguí con la mirada y mi enojo se volvió preocupación cuando vi que iba directamente hacia la calle, en ese momento con abundante tráfico. —¡No corras, para! —grité, y fui tras ella todo lo rápido que me permitieron mis ya cansadas piernas—. ¡No cruces! — insistí, pero ella estaba cada vez más lejos, por mucho que yo me esforzara. Entonces vi a dos mujeres hablando en la acera y les señalé a la pequeña, confiando en que la interceptaran. No hizo falta, la niña fue derecho hacia ellas. Una de las mujeres le dijo algo que no pude oír por la distancia y siguió hablando, sin hacer más caso. Pensé que debía de ser su madre. Cuando me acerqué, la niña gritó: —¡Eres malo, muy malo! —Y se echó a llorar. Las dos mujeres me miraban con severidad, como pidiendo una explicación. Parecían preguntar: ¿Qué hacía usted corriendo detrás de la niña? Me sentía ridículo cuando saludé y conté lo que había pasado. —¿Así que mi hija lo ha tocado a usted «ahí»? —preguntó la madre, señalando la mancha del pantalón con un gesto de la barbilla. Entonces reparé en que una de las manchas estaba en un lugar algo comprometido—. ¿No será que le ha pedido que lo toque? ¡Julita!, ¿te ha hecho algo este señor? —¡Señora! —protesté—, yo estaba leyendo tranquilamente cuando su hija, a la que debería tener mejor educada y más controlada, empezó a molestarme.

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Mientras tanto la nena no paraba de gritar: «¡Es malo, es muy malo! ¡El hombre es malo!...». —Que leía, dice... Si no lleva nada que leer, ¡qué corta es la mentira...! —Leía un libro que ha robado su hija. Debe de llevarlo en alguna parte. —¿Me toma por idiota? ¡Espere a que pase un guardia y veremos qué estaba usted haciendo! Yo estaba más que indignado a esas alturas de la conversación. Dispuesto a ofrecer la prueba de que no mentía, con un rápido movimiento así a la niña del brazo con intención de rescatar el libro. La pequeña dio un grito como si estuvieran degollándola y me lanzó un puntapié, al que se unieron los golpes que la madre propinaba en mi espalda con el puño. —¡Deje a la niña! —gritaba, sin parar de golpear. Dos hombres que pasaban por allí se acercaron al ver el alboroto. La otra mujer, hasta entonces callada, les informó: —Éste, que estaba tocando a la nena... El más joven me sujetó por el brazo mientras el otro usaba su teléfono móvil. —Así que tenemos un viejo verde... —dijo el energúmeno de modo amenazador. Me zarandeó agarrándome por la ropa, lo que hizo saltar un par de botones de mi camisa. —No te compliques, Andrés, que ya viene la policía — aconsejó el otro. —¡Oigan, yo...! —intenté explicarme. —Calladito y quieto —ordenó mi captor con chulería. La mención de la policía me inquietó pero, viendo el cariz que tomaba el asunto, sólo deseaba que llegara cuanto antes. Unos minutos después, dos vehículos se detuvieron junto a la acera y bajaron de ellos cuatro hombres uniformados. —Este viejo, que estaba abusando de la nena... Menos mal que la tengo bien enseñada y echó a correr, ¡y aún tuvo la desfachatez de perseguirla! —explicó la madre.

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La sentencia

Yo lo negué, volviendo a explicar lo que había sucedido. La amiga corroboró lo dicho por la madre. —¿Han visto algo ustedes? —preguntó uno de los agentes a los tipos que me habían sujetado. —Cuando llegamos, este hombre tenía agarrada a la nena y la madre forcejeaba con él, no hemos visto más —respondió el que los había llamado. Era suficiente; me esposaron las manos a la espalda, me metieron en uno de los coches y me llevaron a la comisaría. Yo estaba avergonzado, asustado e indignado a partes iguales. Tras un buen rato de espera a solas en una especie de calabozo, me llevaron ante un inspector. Sentí alivio cuando retiraron las esposas. Conté una vez más con detalle lo sucedido aquella mañana. El oficial anotaba todo cuidadosamente en el ordenador. Con frecuencia me interrumpía para puntualizar algo: —¿Qué leía? —Una novela, El cóndor de la pluma dorada. Es una edición de bolsillo, un libro no muy grande. —En sus pertenencias no consta ningún libro... —Ya le dije, lo robó la nena y salió corriendo. ¿Es que no lo han encontrado? Sin responder, el hombre escribía a toda velocidad. Tuve la impresión de que él escribía mucho más de lo que yo decía. Y eso no me gustaba nada. Terminada la historia, imprimió unas hojas y las puso frente a mí. —Lea su declaración y, si está de acuerdo, fírmela. Leí con atención. Era el relato en jerga judicial de todo lo que le había explicado. Lo firmé. —Y ahora ¿qué pasará? —pregunté. El hombre me miró con sus ojos tristes y adoptó un aire menos rígido. —Lo tiene usted mal. Cuatro testigos afirman que usted estaba acosando a la nena y la misma pequeña dice que es «el hombre malo”. El libro del que habla no aparece... El examen

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de la niña ha dado negativo pero eso no excluye tocamientos y otras prácticas habituales. —Pero yo sólo he dicho la verdad. No tengo antecedentes de ningún tipo, mi familia, y en el barrio, me conocen... ¡Es absurdo! —Le creo, pero eso no sirve para nada. Las pruebas son las que mandan y no le favorecen. Hay tres testigos que confirman la versión de la madre y nadie que confirme lo que dice usted. Además, las huellas de las manos sobre su pantalón... —¿Y entonces...? —Hemos avisado a su familia. Su esposa está en camino, con algo de ropa para usted porque todo lo que lleva ha de quedar aquí, como prueba. Pasará al Juzgado de Guardia y el juez decidirá. Normalmente en los casos de abusos a menores el detenido entra en prisión, pero confío en que, dadas las circunstancias, sea benévolo. Con suerte, fijará un día para el juicio y lo dejará marchar. —Hágame un favor —pedí antes de salir—. Busquen el libro. Le aseguro que ese libro existe. —Nos estamos encargando ya de ello. Aunque la existencia del libro no cambiará mucho el asunto sería muy bueno para usted que apareciera. Custodiado por un guardia, yo esperaba sentado en el pasillo mi turno ante el juez. Di un respingo cuando se abrió una de las puertas y salieron las dos mujeres que me habían metido en aquel lío. Al pasar me lanzaron una despectiva mirada. Mientras se alejaban las oí cuchichear: «¿Te has fijado cómo se parece a tu hermano? ». Estaba también preocupado por lo que pensara mi mujer. Cuando volvimos a casa me planté ante ella y le pedí que me dijera la verdad de lo que pensaba, cualquiera que fuese. Me abrazó y con lágrimas en los ojos me aseguró que me creía, que confiaba en mí, como siempre. Que me conocía muy bien, que yo era un buen hombre, normal en todo. Sentí un enorme

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La sentencia

alivio. El resto de mi familia no sabe nada. El juicio será el mes próximo. Ha pasado una semana. El inspector me llamó al día siguiente por teléfono para decirme que el libro había aparecido. En una de las papeleras del parque, sucio de tierra y medio destrozado. Tuve que ir a identificarlo. El abogado cree que todo va a quedar en una multa y una amonestación, pues hay pocos hechos probados. Y un antecedente en mi ficha policial. Pero hasta que decida el juez, nada es seguro. Por fortuna, el incidente no ha llegado a saberse en el barrio aunque, no sé si serán manías mías, noto que algunos vecinos me miran de otro modo, como si me rehuyeran. Este fin de semana tenemos con nosotros a nuestra nieta Clara. Carlos, nuestro hijo mayor, celebra los diez años de matrimonio con un pequeño viaje, como una breve luna de miel. Mi esposa está contenta; disfruta mucho la presencia de la pequeña. Esta mañana, ella debía ir a hacer unas compras: —Ahora la abuelita va a salir y te quedarás con el abuelo, ¿vale? Pórtate bien... —La expresión de su cara cambió de pronto—. O mejor ven conmigo, verás cómo te gusta ir de compras. Vamos a pasarlo muy bien. Ponte la chaquetita y dale un beso a tu abuelo. Cuando se han cruzado nuestras miradas, esquiva la suya, no han hecho falta palabras. El juicio será el mes próximo pero la sentencia se ha dado hoy.

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Prosadictos

Panchito (Fernando Hidalgo Cutillas - Barcelona)

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Con nombre de mujer Jesús Coronado (Jecobe)

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crueldad humana siempre es estúpida. Unas veces la sustenta un amor mal entendido. Otras, frustraciones personales que nos obligan a realizar acciones para demostrar que somos dioses. Aunque yo creo que la maldad forma parte del hombre y a veces, simplemente, gana la batalla. A

Tres nombres de mujer… y un me voy «Los príncipes, no siempre son azules» Ana Ana seguía pensando que los príncipes azules existían; que el suyo vendría a salvarla de su vida aburrida en un corcel blanco para llevarla a un reino donde vivirían felices. Aunque los que iba encontrando, más que príncipes, eran ranas que por mucho que besara no conseguía transformar. Pero todo iba a cambiar. Aquella noche de viernes empezó como las demás, con una copa antes de la cena. Al salir del café alguien le cedió el paso abriéndole la puerta. Su aspecto era refinado, bien parecido, delicado. Sus ojos se cruzaron un instante, el suficiente para saber que ya era suya. El resto de la semana solo pudo pensar en su próximo encuentro fortuito, así que volvió al café. Sus ojos volvieron a


Con nombre de mujer

cruzarse, pero esta vez ya no se separaron. Lo que empezó como una casualidad terminó en una relación idílica, demasiado perfecta para ser verdad. Ana por fin había encontrado a su príncipe azul. Sus amigas no daban crédito, incluso insistieron en lo sospechoso de esa perfección y delicadeza, era algo demasiado artificial, pero a ella no le importaba. Pura envidia, pensaba; en el último mes a ninguna de ellas la esperaron a la puerta del trabajo todas las tardes con una rosa en la mano. El lunes diecisiete, Ana, no fue a trabajar. A Inés, su mejor amiga, le había confesado lo ilusionada que estaba. Él le había prometido que ese fin de semana iba a ser especial. Así que dieron por hecha una fuga romántica, una boda improvisada. El viernes veintiuno, la noticia ocupó la primera plana de los periódicos: Ana fue encontrada en su apartamento. Su asesino fue extremadamente delicado. Se encontraron restos de un sedante en la copa de vino que le indujo al sueño. Luego le fue extraída hasta la última gota de sangre, fue una muerte dulce. Su asesino quiso que la palidez de su piel se asemejara a las muñecas de porcelana. Como éstas, fue vestida e incluida en una escena perfectamente equilibrada. Ana, hasta su último suspiro, siguió pensando que había encontrado a su príncipe azul.

«El amor a veces, sólo va en una dirección. Pero eso no es importante. ¿O sí?»

Luisa Conocí a Luisa en primero de básica. Su sonrisa y el caramelo compartido hicieron que me enamorara de ella al instante. Recuerdo que me convertí en su fiero paladín, luchando por sus causas perdidas y defendiéndola de malvados villanos que osaban acercarse con malas intenciones. De hecho, Ricardo, el villano del pupitre de al lado, fue el primero en romperme la nariz por una pequeña disputa por un chicle de menta.

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Los años pasaron para los dos y mi amor creció en la misma medida que mi afán de protección. A mis dieciséis, seguía siendo su paladín… solo su paladín. He recibido una llamada de Luisa esta mañana. Su relación con Antonio no funciona. Me ha extrañado que me llamara. Aunque sé perfectamente cuáles son sus movimientos y avatares, hace ya muchos años que dejó de ponerse en contacto conmigo para contarme sus penas. La desaparición de su primer novio, Pedro, dio como resultado su falta de comunicación, pero no me importaba. Juré que cuidaría de ella. Mi determinación era firme, y su rechazo en bachiller solo hizo que me reafirmara en la misión. Su vida ha sido un ir y venir constante. A veces pienso que simplemente quería huir de mí, pero el destino me ha hecho desplazarme casualmente a los mismos sitios que ella. Cuestiones de trabajo. La cafetería está concurrida. Yo hubiera preferido algo más íntimo, pero no ha querido. La veo nerviosa, fumando sin parar y moviendo la pierna derecha desde que llegó y se sentó en la terraza. Salgo del coche aparcado en la esquina y me acerco mientras vienen a mi mente los recuerdos de su ajetreada vida… y de la soledad de la mía. Se ha sobresaltado cuando me ha visto. Me dice que no puede seguir así, que su vida no es vida. Y no me extraña que piense así, Antonio es el sexto novio y en todos he visto miradas de menosprecio, actitudes ofensivas hacia ella, falta de amor. Precisamente lo que a mí me sobra. Mientras pienso en esto, Luisa rompe a llorar y a mí me rompe el alma. Entre sollozos y miradas acusadoras la convenzo para salir de la cafetería. Le prometo que todo acabará a partir de ahora. A nuestra edad creo que ya es hora de que ambos empecemos a ser felices. Abro el maletero del coche y con sumo cuidado, deposito su cuerpo en el suelo. Su ajetreada vida y sus viajes de ida y

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vuelta ya han terminado. Voy a dejarla en compañía de Pedro, Juan, Alfonso, José y Alberto. Creo que es lo mejor para ella. De Antonio… ya me encargaré más tarde.

«A veces los deseos se convierten en realidad aunque esta no sea perfecta» Odette Algunas personas buscan la quietud de sus mentes en el campo, bajo la sombra de los árboles, acompañados por el sonido del aire entre las hojas y el canto de los pájaros. Otros la buscan escuchando música clásica, jazz o incluso blues. Y en menor número, lo buscan en técnicas orientales como el yoga o el taichi. Ella pertenecía a un grupo mucho más reducido. Solo conseguía calmar sus oscuros pensamientos en aquella sala del museo, frente al cuadro donde su protagonista le ofrecía una sonrisa apenas esbozada, una sonrisa enigmática, una sonrisa que sólo comprendía ella. Llegó a la conclusión de que demostraba un cinismo encubierto, una vida desvergonzada y libertina que ocultaba tras aquella sonrisa, puro escaparate que el pintor, cómplice de su desvergüenza, plasmó en aquel lienzo del siglo XVI. La verdad es que Odette deseaba fervientemente poder ostentar esa sonrisa en su rostro como muestra de su desvergüenza y pasión desenfrenada. Pero Odette no era así, ni tan siquiera tenía un cómplice pintor que dibujara sus sueños y la transportara a otros mundos de pasión y lujuria. Odette tenía que conformarse con imaginar y sólo aquel banco que se encontraba frente al cuadro le permitía hacerlo en solitario. Lo primero que percibió Odette fue su perfume. No le hizo falta girar la cabeza para saber que se había sentado a su lado. De hecho, no era la primera vez que lo hacía. Como ella, iba al museo a diario. Como ella, contemplaba aquella pintura durante largo rato sin articular palabra. Ninguno de los dos

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había intentado iniciar conversación alguna, ni tan siquiera una mirada directa. Solo de soslayo a través del rabillo del ojo. Pero hoy fue distinto. Quizás fuera el hecho de que al sentarse en el banco junto a ella sus pieles se rozaron, provocando en Odette que un fuego abrasador le recorriera por dentro hasta depositarse en sus ingles. O quizás, simplemente, porque Odette ya había esperado bastante y decidió esbozar de una vez por todas esa sonrisa cínica que tanto admiraba en aquel cuadro. Una semana después, Odette yacía junto a su pintor en un pequeño apartamento junto al Sena luciendo su ansiada sonrisa. Resultó ser un artista bohemio que había sido capaz de vivir del arte desde su más temprana juventud, lo que la fascinaba y aumentaba su deseo hasta convertirlo en pura lujuria. Con él, había descubierto un mundo nuevo que empezaba a girar peligrosamente sobre el sexo y sus variantes más excitantes y peligrosas. Era todo un maestro que supo dirigirla y llevarla a terrenos donde el placer tomaba su cuerpo hasta llevarlo a un espasmo convulso que la dejaba totalmente exhausta. Aquella mañana de domingo Odette se despertó antes de lo habitual. Tenía sed después de una larga y agotadora noche donde su artista volvió a dibujar en cada rincón de su cuerpo, así que bajó hasta la cocina y se sirvió un gran vaso de agua fría. Mientras lo apuraba, su vista se detuvo en la puerta. Aquella que no había abierto hasta hoy. La que él le había prohibido expresamente argumentando que era su estudio, donde daba rienda suelta a su creatividad. No quería que nadie viera sus obras antes de ser terminadas. Pero su curiosidad pudo más. No terminó de entender si fue el fuerte dolor que sintió en su cabeza o el insoportable olor a cera derretida que sintió al mismo tiempo y que le penetró hasta las entrañas, lo que la hizo perder el equilibrio haciéndole rodar por las escaleras antes de perder el conocimiento.

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Con nombre de mujer

Hoy, Odette, sigue conservando su enigmática sonrisa, la que esconde una desvergüenza lujuriosa con la complicidad del artista. Una sonrisa, que al igual que hizo ella, se preguntan qué oculta quienes la observan sentados en el banco de aquella sala del Museo de Cera Grevín de París.

«Uno ansía la libertad, sobre todo cuando las relaciones no funcionan. Pero ésta a veces, es como un pájaro de alas cortas» Me voy ¡Me voy! Dos palabras que Julia acompañó con un portazo que la separaba de él. Solo dos palabras, pero que decían tanto con tan poco. Decían basta de recibir insultos y menosprecios continuos que la humillaban como si solo fuera un objeto de usar y tirar. De recibir golpes cuando menos se lo esperaba tan solo por responder, tan solo por mirar. De aguantar los abusos y vejaciones cuando el alcohol rebosaba, obteniendo a la fuerza lo que ella tanto estimaba y sólo deseaba entregar a cambio de un poco de ternura y amor. Él decía que el desempleo pasa factura en la vida de la gente, pero en el fondo lo que no aceptaba de buen grado era que el único sueldo que entraba en casa fuera el de ella. Su orgullo de macho no le permitía ese tipo de cosas, y la forma de aplacar su hombría era demostrarle a base de golpes quién era el que llevaba los pantalones en casa. Julia nunca lo entendió. Aún hoy, mientras cierra la puerta del ascensor, se pregunta qué le ha hecho cambiar, o simplemente si se enamoró de la parte que él quiso que conociera hasta hacerla suya. Pero esas dos palabras le habían hecho volver a la vida. Solo se llevó lo justo en una pequeña maleta que arrastraba con una ilusión renovada. El resto, solo traían malos recuerdos. Después de todo con sólo dos años de matrimonio, tampoco hubo tantos ratos buenos. Y Julia al fin fue libre. Pero no de la forma que ella quería serlo, pues hasta en el último momento él, tenía que decir la

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última palabra. Cuando Julia abrió la puerta del ascensor Pedro ya la estaba esperando. Había bajado la escalera a tal velocidad que llegó antes que ella al zaguán de la entrada, y allí estaba, con esa mirada desafiante que tanto la inquietaba y las manos en la espalda. Volvió a insultarla alzando la voz, pero Julia sólo le devolvió silencio por respuesta. Pedro, con gesto rápido y seguro se limitó a poner el revólver que escondía en su frente y, sin mediar palabra, le descerrajó cinco tiros a bocajarro. Y mientras observaba caer el cuerpo como si de una muñeca de trapo envuelta en rojo carmesí se tratara, cínicamente le dijo: «Por fin eres libre, pero no te hagas ilusiones, no será por mucho tiempo». Metió el cañón del revólver en su boca… y apretó el gatillo.

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Con nombre de mujer

Jesús Coronado (jecobe) Trabaja rodeado de números y utiliza las letras para vivir otras vidas. Nacido en Alicante (España), utiliza el salitre del mar que tiene a sus espaldas para inspirarse en los versos de algunas de sus poesías. Hasta hoy solo ha publicado algunos relatos cortos en una antología impresa y alguna revista digital. Lo demás... es historia por llegar. Mi blog: http://www.conelmaramisespaldas.blogspot.com

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El lugar adecuado, el momento preciso Vanessa Navarro Reverte (Madelyne Blue)

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N apariencia, el destino del tren que acababa de dejar Barcelona era la ciudad de Alicante; en realidad, caminaba hacia la muerte de uno de los pasajeros. Si echáramos un vistazo superficial aventuraríamos que la persona condenada es una anciana enjuta de manos temblorosas que tose constantemente; o quizás podría ser un hombre cuarentón, obeso, colorado, con aspecto de agente comercial, que no logra relajarse y no cesa de observar ansioso el móvil; o, incluso, una mujer embarazada, una niña casi, que a los cinco meses de gestación aún tiene los dedos amarillos y un persistente olor a humo en la ropa. Pero no, nos equivocaríamos. La elegida es Ana, una mujer de treinta y cinco años, atractiva pero algo desmejorada, vestida correctamente aunque sin ilusión, silenciosa. ¿Y cuál va a ser la causa de su defunción? ¿Acaso un cáncer oculto que va a revelarse durante el viaje? ¿Una embolia repentina, un infarto? ¿O un accidente del propio vehículo, cuya única víctima mortal será ella? Pensamientos lógicos, mas volveríamos a errar. La causante, la culpable, es una niña, su hija Marta. Todo porque algo o alguien, desde una altura inconcebible que no distingue dolor de alegría, decidió que la pequeña emprendiera repentinamente y antes de tiempo el mismo trayecto que su madre ahora ha elegido para sí misma. Elegir, decidir el momento.


El lugar adecuado, el momento preciso

Es el lujo que va a permitirse, la responsabilidad ante la hija muerta. La vida de Ana no se diferenciaba mucho de la de otros miles. Había tenido una infancia feliz, una pubertad deslucida por culpa de la timidez, una juventud más reposada. Se había licenciado en Económicas, había comenzado a trabajar en un banco, se había casado con su novio de la universidad y se había establecido fuera de su ciudad natal. El matrimonio había marchado bien los primeros años. Ambos eran prácticos, ahorradores, ordenados; tenían un hogar acorde con estas características. Cuando fue el momento adecuado tuvieron descendencia, una nena, Marta. Probablemente habrían tenido otro vástago a los dos años si no hubiera sido porque el marido había mandado la pulcritud, el pragmatismo y el ahorro al carajo y se había largado con otra mujer de la que se había enamorado con locura. Sin embargo, Ana no se desesperó; lo mejor de la pareja era, sin duda, el fruto y la custodia le pertenecía. Pero entonces un pequeño monstruo se adueñó del pecho de la criatura y aunque los sabios maullaban consejos nada se pudo hacer, pues cada bocanada de aire lo inyectaba en ella un poco más, tejiendo la urdimbre para un nido de dragones que, al eclosionar, devoraron con fruición el corazón y la cama. Cuando perdemos al padre, a la madre o a los dos nos convertimos en huérfanos; si perdemos a la esposa o al esposo nos llamamos viudos o viudas. ¿Qué somos cuando perdemos a un hijo? No hay palabras que nos definan. ¿Seguimos siendo padres o ya no lo somos? No hay palabras, porque va contra la naturaleza y no hay parte en el cerebro o en el alma humana que pueda racionalizar el hecho, asimilarlo. Simplemente somos, o fuimos, hacedores de una burbuja irisada que explota y, luego, dejamos de ser. Los progenitores de Ana vivían en Alicante. Ella quería despedirse de ellos antes de sumergirse en un olvido de tranquilizantes y sopor perpetuo, acumulado en las últimas

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semanas casi con gentileza y cierto grado de satisfacción, desde una falsa lucidez absoluta que enmascaraba una absoluta desesperación. Le dolía (sufrimiento sobre sufrimiento) despojarlos de su condición de padres además de la de abuelos, pero todavía les quedaba otro hijo y otros dos nietos a los que aferrarse. También deseaba decir adiós a la ciudad que la vio nacer, volver a sentir el olor a salitre de la playa de San Juan, dejarse acariciar por el viento de Levante. Después ya no habría nada. El sol entraba a raudales por las ventanillas del tren y algunos corrieron las cortinas con torpes tirones. A través de los cristales se desdibujaba el paisaje valenciano con sus tierras rojas y doradas. Ana pensó en túneles. Cuando la oscuridad del túnel absorbía el cristal de la ventana lo convertía en espejo y, entonces, ya no había dorado ni rojo, solo unos ojos desolados. El mosquito polifónico del comercial obeso interrumpió el flujo de sus pensamientos. Hablaban de cuentas que no cuadraban, de clientes, de tratos, de otras historias. Todo parecía caminar al filo del abismo, un paso en falso haría que el mundo se desplomara. ¿Por qué la gente piensa que las cosas más triviales son las esenciales? Perder o ganar una comisión era trivial; que su hija naciera a los siete meses era esencial. Si hubiera tenido un período de gestación corriente habría podido disfrutar de dos meses más junto a ella. Sesenta días más de vida. Tomar (haber tomado) anticonceptivos orales era esencial. Si hubiese decidido quedarse embarazada antes, su Marta habría muerto quizás a los seis años en lugar de a los cuatro. Ana no había visto a la chica encinta, que viajaba en otro vagón. En ocasiones existe misericordia en el azar, además de crueldad. Dos jóvenes sentados cerca de su asiento discutían sobre la conveniencia de haber cogido el tren en lugar del avión como medio de transporte. Ana pensó que con un vuelo se habría dirigido con mayor celeridad hacia su destino. ¿Por qué no lo

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El lugar adecuado, el momento preciso

había tomado? Sencillamente porque quería alcanzar la muerte, no sobrepasarla. En el televisor comenzó a proyectarse una comedia ligera que ya había visto. Hastiada de tanta banalidad, sucumbió a la desidia y se sumergió en la laguna del sueño, negrura preñada de pesadillas. Soñó, soñaba, que visitaba un museo en el que sólo se exponían dos cuadros: La hora del Angelus, de Jean François Millet y La Estación de Perpignan, de Dalí. Unos estudiantes de Bellas Artes la animaban a que posara para ellos. «Tiene usted la misma expresión que la mujer de estos cuadros», le decían. «Es por causa de la irregularidad del terreno; eso no es mero suelo, es tierra sobre una tumba, la tumba de un niño». Inmediatamente después el cuerpo de Ana se transformaba, se convertía en una mantis que devoraba a los estudiantes, los cuadros, el museo y el mundo de los cuerdos, dejando a su paso tinieblas líquidas. Ruidos y movimientos la llevaron de regreso a la realidad. Se había efectuado una parada, la correspondiente a Valencia y ahora tenía un compañero en el asiento contiguo. Era un hombre que le resultaba vagamente familiar. Cerró los ojos de nuevo. No pretendía entablar ninguna conversación. Ya no pudo volver a dormir. Aburrida, miró de reojo al reciente pasajero. La estaba observando. Se sintió incómoda, pero la curiosidad latía en el fondo. ¿No lo había visto ya antes? —Disculpe, ¿es usted Ana Mulero? La pregunta, el tono de la voz, provocó una reacción en la memoria de la mujer. —¿Álvaro Peña?— titubeó. El hombre sonrió con confianza, más relajado. —Vaya, entonces sí que eres Ana— ya se había pasado al tuteo—. Temía estar equivocado. Muchos años sin vernos. ¿Cómo te ha ido la vida? «Ja, la vida va hacia su término», pensó, pero contestó con una frase neutra. La coincidencia de encontrarse en el viaje definitivo

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con un viejo amor de adolescencia le pareció absurda, ridícula. Había sentido por el caballero una atracción platónica que no se culminó porque nunca fue recíproca. Por entonces ella era demasiado introvertida para llamar la atención de Álvaro, el compañero guapo y encantador en la Escuela de Idiomas. Aunque tenían amigos en común, no se atrevió a revelar sus sentimientos hasta una extraña noche de noviembre en la que ella se quedó con él incluso cuando sus íntimos ya se habían marchado; y luego él la acompañó a casa antes de tiempo y sin mucho interés porque la joven madrugaba al día siguiente; y después ella confesó, recibiendo el esperado «no» por respuesta. No consiguió lo que deseaba, pero superó ciertos miedos irracionales y de esta manera creció como persona. Al poco, cada uno de ellos emprendió un camino distinto y ya no se volvieron a ver. Ahora se producía una intersección sin trascendencia en el lugar menos oportuno. Tras un breve intercambio de corteses líneas de diálogo ella volvió a encerrarse en su mutismo. El hombre leyó el periódico durante un rato. Cuando terminó lo dobló con cuidado y rostro pensativo. Se volvió hacia Ana. —Lamento molestarte otra vez, pero me gustaría contarte algo que sucedió cuando éramos amigos en Alicante. En esos momentos lo callé; más tarde no tuve la oportunidad de decírtelo. Te debo una muestra de agradecimiento desde hace años y no soporto estar en deuda con nadie. Ana arqueó las cejas. —No te entiendo. —Verás... ¿recuerdas la noche en que me dijiste que te gustaba? Ana hizo una mueca sarcástica. No se podía creer lo que estaba escuchando. Álvaro prosiguió con cautela. —No me interpretes mal. Tan solo lo pregunto porque fue ésa la madrugada en la que me ayudaste. Cómo ibas a saberlo, claro. Me sorprendió que te quedaras con nosotros, con Javier y conmigo. ¿Recuerdas a Javier? —ella asintió—. Estábamos esperando a otro amigo en un bar convenido, pero se retrasaba. Tú tenías que irte y

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El lugar adecuado, el momento preciso

te acompañé a disgusto, pues prefería seguir de fiesta. Además, fue una situación incómoda para ambos, te veía como a una hermana y me resultó algo completamente inesperado. No supe reaccionar, lo reconozco. Llegué a mi casa enfadado; me había perdido unas buenas risas y alguna otra copa. El domingo por la tarde llamó el padre de Javier. Había tenido un accidente de coche junto al chico que esperábamos. Cuando los vi en el hospital sentí un terror que nunca antes había conocido. Javi sufrió problemas en las cervicales durante mucho tiempo y fue llevado a juicio debido a la tasa de alcoholemia. El otro, Domingo, aparte de los traumas físicos, pasó semanas con amnesia parcial y le asaltó una fobia a los automóviles que le impidió conducir durante más de dos años. Pero lo que me heló la sangre fueron las fotos, la parte derecha trasera del vehículo. Destrozada, aplastada. Aquel hubiera sido mi sitio, allí habría estado yo sentado. ¿Quién podría haber sobrevivido entre ese amasijo de hierros? La muerte me habría alcanzado en condiciones humillantes si tú no hubieras salido con nosotros, si no me hubieras forzado a pasar unos instantes violentos que me salvaron la vida. No tuve la oportunidad de agradecértelo después; me alegro de tenerla ahora. Así que gracias por haber estado en el lugar adecuado, en el momento preciso. Le ofreció la mano. Ana se la estrechó en silencio, un silencio suspendido en el espacio, como un bálsamo. El tren llegó a la última parada. Los viajeros se apearon y Ana y Álvaro se despidieron. —De nuevo, encantado de volverte a ver. Quién sabe, quizás nos encontremos por la ciudad. El futuro es impredecible. Una sonrisa ya olvidada iluminó el rostro de la mujer. —Es impredecible, sí, es cierto. Y lo decía con sinceridad.

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Vanessa Navarro Reverte (Madelyne Blue) Vanessa Navarro Reverte es licenciada en Filología Inglesa y profesora de secundaria. Su labor literaria ha estado enfocada hacia la poesía, campo en el que ha conseguido algunos premios. Sus poemas han sido publicados en distintas revistas de creación artística, como Almiar, Cinosargo, Delirium Tremens, Groenlandia, Prosofagia, Transparencias... y en tres antologías. En la actualidad combina el amor por la lírica con un creciente interés hacia la prosa que la ha llevado al mejor lugar para realizar su puesta de largo: Prosadictos. Blog: http://vainillayangora.blogspot.com.es/ Contacto: https://twitter.com/#!/MadelyneBlue maroreca@yahoo.es

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Asesinato en Paris Milagros García Zamora (milagros)

A

es un mes lluvioso y triste en París, hace frío y hay pocos acicates para que se llenen las terrazas. Las flores están dentro de los establecimientos o bajo el toldo de los mercadillos callejeros y la ciudad las imita en la lona de los paraguas. La prisa zumba por el aire sin rumbo fijo, cargada de pasos apresurados e indiferencia pero basta un rayo de sol para que el entusiasmo brille por las calles, las paredes reluzcan, aparezca el bullicio y se transforme el paisaje. Ese día me levanté temprano. Al descorrer las cortinas, el sol quiso acompañarme en el arduo trabajo de los madrugadores. La calle en la que se encontraba el hotel se fue llenando del trajín de los transeúntes que llegaban con retraso a la oficina. La calle de Cherroy es un estrecho puente entre artistas, obreros y funcionarios. Linda, en su inicio, con el Bulevard de Batignolles donde en una de sus esquinas un teatro da el toque bohemio y seductor al lugar; frente a él, un bar español —con paellas llenas de chorizo y azafrán— imita el punto internacional que a todo artista gusta. Por el otro extremo, la calle de Dames discurre —con una seriedad apropiada al distrito XVII— hasta llegar a un mercado de carne, verduras y flores, salpicado por tiendas de deporte y pastelerías que ponen la nota festiva a los visitantes de la otra calle. El gris plomizo de París se baña en esas callejuelas y que tanto encanto tienen. Surgen, como acuarelas del siglo XIX, en toda su belleza al doblar cualquier esquina. Ese enrevesado BRIL


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tapiz de calles le añade el encanto que la transforma en un escenario de decoración romántica, deliciosa y caduca. En esa calle, a pocos metros del hotel donde yo me alojo habitualmente, el dueño de un bar siempre festejaba mi llegada con recuerdos de la guerra civil que vivió en una Barcelona que yo desconozco. Hace años que sus grandes patillas blancas y su inmenso bigote no me dan la bienvenida. Puede que haya muerto o haya vuelto a Barcelona para recobrar la juventud perdida. Puede que se haya jubilado y eso sea todo. La anciana polaca que cose, en el local cercano de puertas abiertas, sigue saludándome con su sonrisa, su precioso acento y su amabilidad. Siempre me gustó París. Disfruté de cada rincón, me senté en sus muchas terrazas, me extasié con la belleza de su acentuado cosmopolitismo y soñé en sus noches. París es un compendio de la olla humana, de sus virtudes y defectos, llena de día de tanta laboriosidad que podría competir con Tokio y transformada de noche en el Barrio Chino de Barcelona en proporción de coloso. El vicio, el dinero, la belleza o la indiferencia se mezclan para convertirla en una ciudad única. Una vez hube desayunado, me encaminé al Bois de Boulogne donde había quedado con el escritor para que me dijera quién debía morir al anochecer. No fue él quien acudió a la cita sino un amigo suyo que, después de saludarme sin presentarse, deslizó un tarjetón firmado en el que —con un orden y una claridad sorprendentes— me identificaba al que debía matar, sus señas, los datos físicos y el plan previsto. Me sorprendió que el escritor fuera tan valiente, o lo tuviera en tanta estima, que no le importara que el correo de la muerte supiera todos los datos. No era gran cosa, una chaqueta clara, los pantalones algo estrechos y su corbata pasada de moda. Todo él se diluía en la indumentaria, ni un rasgo que recordar, uno más de los millones de ciudadanos de cualquier ciudad populosa pero cuando habló tuve la certeza de que no había sido elegido al azar. Sacó unos billetes como pago del primer plazo, yo no

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los admití. «Estamos ante caballeros», dije, y el volvió a guardárselos en el bolsillo. Seguimos conversando durante diez minutos: de la lluvia, de las carreras de caballos del día siguiente y de otras trivialidades. Pasado ese tiempo, corté la conversación y me fui. No fue muy correcta mi salida, debería haberle dado un apretón de manos, pero no lo hice. Antes de cumplir el encargo, me asesoré de sus desplazamientos y catadura del joven magrebí que sería mi víctima. Los vecinos me informaron de sus escándalos y de su profesión: chapero. Lo localicé en Pigalle y su baja estatura y débil complexión hicieron más fácil el trabajo. A nadie le importó su muerte, los periódicos no dieron la noticia y mi conciencia tampoco hizo mucho por observarla. El hombre asesinado pertenecía a la raza y profesión más detestada en general. Quedé con el escritor la tarde siguiente. Fue su emisario el que se encargó de citarme, a las cinco, con una llamada telefónica apresurada. La cita debería ser en su casa y, sorprendido, acepté; los clientes de los sicarios nunca invitan a tomar el té. Vivía en el distrito XVI, en una calle y un edificio acordes con tan importante autor y hasta allí me desplacé con camisa de seda, el mejor traje que pude comprar, un sinfín de preguntas que mejorasen mi cultura y una ilusionada esperanza por ser su amigo. En el camino, mi imaginación disculpaba el encargo poniéndole un romántico acento. Seguro que el ajusticiado habría pretendido robarlo, puede que el chantaje estuviera también presente y fantaseaba viendo retorcerse en el suelo a mi autor favorito lleno de golpes, magulladuras y vejaciones. En la obra de M.W., la ternura es la auténtica protagonista de una trama bien construida y una elegante prosa. Sus páginas encierran tanta belleza y sensibilidad que, al recorrerlas, el placer se instala en nosotros sin prisa por irse y, una vez terminada la lectura, corres a la librería más cercana para comprar otro de sus li-

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bros o vuelves a releer el que acabas de dejar prendido en el precioso mundo que describe. Una anciana me abrió la puerta del piso y me acompañó a un saloncito de reducidas dimensiones. El mal gusto de la habitación se hacía patente en el abigarramiento de los muebles, en la abundancia de fotografías de hombres importantes con dedicatorias cariñosas al escritor y en una profusión de títulos de las más prestigiosas universidades del mundo. Ni un cuadro, ni un libro, ni un pequeño objeto que hiciera pensar en la altura intelectual del propietario. Me senté en uno de los sillones y el asiento se hundió haciéndome sentir sus muelles. El espectáculo no podía ser más deprimente. Una mesa victoriana y dos sillones isabelinos se mezclaban con un pequeño expositor de metacrilato para rematar el mal gusto. Los primeros minutos en los que esperé la entrada de M.W., un temblor de manos comenzó a hacerse notar. Cuando va a ocurrir un hecho al que no estoy acostumbrado, empiezo a temblar como una damisela del siglo XIX en su primer baile. Nunca había conocido a un personaje tan famoso, a un intelectual tan estimado por prensa y sociedad y temí no estar a la altura de tan importante anfitrión. Construí mil argucias para camuflarlo. Si apoyaba una mano sobre la otra, más que un sicario parecería un colegial en su primer día de escuela; si una de ellas sujetaba el mentón, podría suceder que mi cabeza se moviera a su ritmo, así que opté por cruzar las piernas y reposar una mano sobre mi rodilla, la otra pensé dejarla en el brazo del sillón para tamborilear los dedos y disfrazar el movimiento si fuera preciso. También pensé que sería penoso controlar mi nerviosismo y hablar con erudición al mismo tiempo, luego me tranquilicé, yo estaba allí para escuchar no para dar conferencias. Este pensamiento hizo que me encontrara más cómodo. Pronto apareció el hombre del Bois de Boulogne enfundado en un batín de seda con dragones amarillos recorriéndole el

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cuerpo. Me tendió la mano y yo se la estreché. Una mano indolente, húmeda y sin fuerza. Sacó el dinero convenido y me lo entregó de forma grosera, contando uno por uno los billetes y poniendo uno de los ojos en mí y el otro en ellos. «Quisiera conocer a M.W., es uno de mis escritores predilectos», le dije obviando mi salario. El hombrecillo se estiró, sonrió, dejó los billetes en la mesita y me respondió: «Yo soy». Un rayo no me hubiera dejado tan estupefacto como esa frase. Vi ante mí a un hombrecillo afectado, ordinario, con tan poca delicadeza como para no tapar sus maneras de mariposón de barrios bajos. Con una amplia sonrisa que dejaba ver unos dientes grises y desproporcionados, me explicó su amor por el chulo que le traicionó, su desesperación e intentó justificar el encargo poniendo los adjetivos más degradantes al muerto. Fue en una fiesta, una especie de presentación en sociedad del chapero, con el que tenía relaciones desde hacía meses, donde se gestó el asesinato. M.W. había tenido en cuenta todos los detalles. Sus amigos —intelectuales, políticos y financieros— habían sido invitados con tarjeta de diseño y cuidada presentación. No hubo nada que se dejara al azar. El escritor había encontrado un alma que se acoplaba a la suya, y quería celebrarlo. Cuando lo describió, sus ojos se humedecieron y se contrajo en un rictus. Creí ver la expresión de la felicidad perdida, el recuerdo del amor en su noble concepción, pero me equivocaba; era el rencor de un niño malcriado, la venganza del vanidoso, la mierda representada en un rostro. Todo comenzó bien, el escritor dirigía todo con una atención admirable, todos parecían felices, en parte por el placer de una noche en la que todo estaba permitido, en parte por la media borrachera que llevaban, en parte por sus características. Al final de la velada, antes del champagne y después del café, cuando el brindis era obligatorio, M.W. habló de las delicias que supone encontrar a quién entregarse y, en una cuidada disertación preparada el día anterior —como si fuera

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la conferencia para agradecer la concesión del Nobel— esgrimió la influencia del amor en el espíritu. Según iba contando lo ocurrido aquella noche, yo lo veía enrojecer y trastabillarse, preso de una gran excitación que tomé por emoción y sólo era violencia contenida. «Todos vibraban con mis palabras y el sentimiento compartido fue general», prosiguió. Una vez que terminó la alocución, llegó el epílogo en el que la consagración del novio cobraría protagonismo. Pero el chapero se había esfumado. La fiesta quedó en silencio y los invitados expectantes. M.W. dejó la copa y preguntó por su paradero, nadie le había visto desde hacía rato y él mismo fue a buscarlo por la casa y, mientras esto hacía, siguió pensando que los nervios y el azoramiento le habían hecho esconderse. La ternura llenó aún más su alma. El rastreo fue imitado por los demás, y ciento cincuenta ilustres personas se convirtieron en perros de caza para olfatear a una liebre de Marruecos. Lo encontraron, desnudo y con deleites más alegres que los del brindis, celebrando su fiesta particular con uno de los invitados. M.W. se lió a preguntas, demasiadas para un chapero analfabeto. Él no perdió la calma, se vistió y dirigiéndose a tan magnífico público y sin darle mayor importancia, dijo: «Me aburría, este viejo me aburre soberanamente», y salió de la habitación, del sarao y de la vida de M.W. Ese fue el instante en que se coló la muerte en su aburrimiento. En el momento de su relato, no hubo lágrimas que enjugar. En mi primera cita fue gris, en ésta bufón. Dentro de la cabeza que tenía delante yo no acertaba a colocar la inteligencia de su obra y me vi obligado a situarla fuera a la espera de que se quitara la absurda máscara que tapaba sus rasgos. Después de escuchar su relato y ver su vulgaridad, supe que sus libros no podían ser fruto mas que de un arduo trabajo de biblioteca, un extenso estudio del diccionario y unas ideas robadas a los que, a su alrededor, se las hubieran mostrado. No, M.W. no podía ser el autor de tan magníficas obras.

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Diariamente debe dejar su creatividad en la mesilla de noche para ponérsela como redecilla cuando escribe. Podría ser que la obra artística surja de un engaño. Que fuera como la belleza que encierra la palabra «abracadabra» que, aun sin significado, te lleva a brujas y aquelarres, a pócimas y sueños mágicos. Podría ser que las obras literarias se reduzcan a la Fonética, a sonidos equilibrados que te acarician, a una estética que te remite a otro arte. Palabras vacías que te llevan a la Música, música hueca que te hace imaginar Pintura, trozos de color que te sumergen en estados oníricos y éstos, a su vez, vuelven a conducirte a la Literatura. Podría ser que la obra artística carezca de significado y su mérito sea hacer sonar los timbres de los recuerdos del espectador. Que, como el eco, una vez que un autor despierta las emociones en un lector, de oído a oído, se repiten las sensaciones que el primero ha provocado, de forma que el universo artístico temblará al unísono por lo que le han contado, quizá no por lo leído o visto. Podría ser. «Coja el dinero y váyase», dijo, y eso hice oyendo detrás de mí los pasos de su rabia que se habían instalado cómodamente entre los dragones del batín.

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Milagros García Zamora (milagros) Foro Prosadictos Correo electrónico: mgarciazamora3@hotmail.com

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historia sin nombre Mario Archundia Cortes (pesado67)

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26/junio/1967 E veo, amigo, un poco borracho. Me dices cosas que nunca me dirías. «¡Hermano! Eres mi hermano. Pinche carnal. Te quiero un chingo. Me caes a toda madre, Ni quién te viera, pinche flaco. La neta me caes a toda madre… Sabes algo, te lo digo aquí en confianza: nunca creí que fuéramos acabar en el hotel. Tan machitos que nos veíamos. Por ello, chinga a tu puta madre, cabrón. Ya no me jodas. Ni me gustas tú ni me gustó que me cogieras. ¡Adiós! pinche puto.» 5/julio/1985 Esos tiempos eran otros: hoy travestí nocturno y tú puto de closet. Bastó una borrachera en el internado para conocer quiénes somos. Yo cumplí: no tengo hijos, no puedo; tú, supe que dos. Ojalá que no te los hayas cogido, cabrón. —¡No mames!, pinche flaco, si quieres nos vamos a la cama; solo que yo soy tu dama. No cojo, solo cacho.

2ª parte 24/septiembre/1986 —'Uta madre, qué sabroso es coger, pues a dónde andabas, cabrón, que hasta ahora me doy cuenta de todo lo bueno que es ser amigos. Total, ni quien lo sepa. —Chinga a tu madre, mamón, sigues igual de mamila.


historia sin nombre

24/septiembre/1989 El flaco Un tipo como de cuento simplón, ojos rasgados, herencia oriental; como que su madre hizo chino a su padre yucateco. De joven siempre le gustaron las flores. El negocio familiar, una florería, flores. En ocasiones le tocaba hacer los arreglos mortuorios; quien lo conoce más es quien escribe, me consta que varias veces después de esa noche de briagos observé cómo se tardaban en acomodar las flores en su lugar. Con infinita paciencia tomaba los tallos e iba poniéndolos en perfecta armonía. Parecía un mariposón yendo de una flor a otra. —Pareces puto, cabrón. Disimúlalo, güey. Me miraba de reojo; con una sonrisa en sus labios me decía «grosero». Sus lentes de armazón brillaban con su sonrisa. No se lo decía pero se veía mono. Después de todo, éramos buenos amigos. 25/abril/1991 El gordo Lo que más recuerdo del gordo era su cabello lacio, peinado hacia atrás, su hilera de dientes en una perfecta sonrisa blanca. Cuando lo conocí, tendríamos unos dieciséis o diecisiete años; nos hicimos amigos desde el primer día. Desde el principio, él me cobijó, se convirtió en mi sombra. Yo, flaco endeble, era el blanco certero de cualquier abuso. Así el gordo se convirtió en mi ángel de la guarda. Con el tiempo se convirtió en algo más; esa noche de bohemia borracha conocimos lo que para muchos sería una aversión, una antinatural conjunción de sentimientos. 26/abril/1991 Bueno, no le pidas manzanas al olmo.

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Yo, tú, nosotros, somos anormales. Somos iguales, por el derecho de esto que nos une. Pero somos igual hombres… Amor entre hombres. No solo de putos. De hombres amantes. Tal como tu mamá nos decía cuando conoció a Germán, el amor de su vida, no al güey de tu padre. Ese solo es un pobre diablo, que sólo se la cogió y naciste tú. Ojalá que te vaya bien, carnal. Ojalá, como dice mi madre: ¡que Dios te bendiga! 27/mayo/1997 Son otros tiempos, cada vez es más difícil sobrevivir en esta torre de babel. ¿Tal vez? ¿Y solo tal vez? Tú, querido amigo, vives bien con tu nueva identidad; te conocí como Lalo, ahora tengo que acostumbrarme a llamarte Lulú (vaya mote, ni que fueras refresco de sabor). Esa foto que recibí tuya fue fenomenal, unos cuantos kilitos de más; nada que una buena indumentaria de fatale no cubra. No sabes cuántas veces me sacó del apuro en mis noches de soledad, pues la lonja que escogí de mujer solo sabe roncar sin fin. En cambio tú, querida amiga… Porque ni modo que use el antiguo género masculino. ¡No, eso ya no! Lulú, preciosa tú, liguero negro asomándose por la falda corta, esa blusa ceñida a tus pechos, a tus senos de mujer bonita… ¿A quién quiero engañar? Te ves grotesco. Una cruel caricatura de un ser humano posesionado por una persona, por una percepción… Perdóname pinche gordo, no soy capaz de romper tu fantasía, pero tú no eres Lulú. Solo eres un tipo equivocado. No te lo voy a decir, no quiero ser grosero ni descortés, eres mi amiga interna. Y lo sabes. 30/septiembre/1997 Cuando esa tarde veníamos de regreso del funeral de la señora Cristina, mamá del flaco, ese día acudí. Breve encuentro, supe de la nueva desgracia de mi entrañable amigo. Por respeto a la memoria de la señora Cristina, al dolor de su hijo, al de su esposa y sus propios hijos, esa vez fue Lalo, el

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rollizo, compañero a ultranza. Solo fueron minutos; no soporto el negro de luto, aunque las flores de las coronas le quedaron bellísimas. Pinche flaco, te luciste. También por respeto reprimí esa intención, ese deseo, esas ganas de abrazarte, de llenarte de besos, de caricias; solo un callado «¡qué bien te ves!». 3/octubre/1997 Mi gordo, mi gorda. Eres la única persona a la que considero amiga. ¿Sabes?, pronto me separaré de mi mujer, será cosas del aburrimiento a nuestros quince años de vivir juntos, de procrear dos hijos, de llevar una relación armónica. Sin embargo, mi querido Lalo, cuando aparecen en el cielo los augurios, esos augurios que determinan cuándo se cierran los ciclos… ¡No!, la verdad es que mi esposa nunca aceptó mi otro yo, ese que se fuga por las noches en busca del contacto carnal, nada de amor, nada de aburridos romanticismos. Bueno, una vez me enamoré de algún cabrón, pero fue cabrón. Lo único que me dejó el desgraciado fue una infección. Papilomas, más bien dirían los doctores: verrugas venéreas. Pobre Leticia, tuvo que pagar los platos. Lo bueno es que siempre ignoró las causas de mis males. 25/octubre/1997 Hotel Es la tercera que venimos a estos sitios. No sé realmente quién escribe. Si tú, ¿o tal vez yo? Pues de ninguna manera permitiré que ninguno de los dos firme. Solo estamos aquí porque no podemos estar en otro lado; solo aquí, por unas horas, miento, más bien minutos. Tú pronto abordarás un autobús; yo, unas maletas sin destino. ¡Qué delicioso calambre recorre la ingle hacia la proximidad del preludio! Ya no somos los jóvenes muchachos que fueron cachados en la misma cama, desnudos, sudorosos,

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afiebrados; tras larga cabalgata en unísono compás de música callada. —¿Te acuerdas? ¡Pinche güey! Qué bueno es venir a estos espacios anónimos; son resguardos antiaéreos, las balas de afuera rebotan como canicas en nuestros corazones… —¡Cójeme ya! Y deja la prosa para después. 2/febrero/1999 Sospecho lo insospechable. Ha llovido tanto en estos días que el agua se cuela por las ventanas, se escurre por las paredes. No ha sido buena cosa rentar este departamento, tratar de vivir una vida soportable. Eres terriblemente machista y yo soy terriblemente femenina —a pesar de tu falda, tu liguero y esas doradas zapatillas—; eres, te digo, terriblemente machista. Lo único de mujer que tienes es el sentimiento desprendido de tu corazón. ¡Perdona! No quise herir ese lado sensible, sé que te da pena el desapruebo. ¿Pero qué quieres? Mientras vivíamos la aventura fue lindo. Pero lo hicimos error en el momento de formalizar nuestra unión. 2/diciembre/1999 —¿Bueno? —¡Sí, dime! —Este… ¡disculpa! Yo no deseaba molestarte, solo quería decirte… —Sí, ¿dime? ¿Qué pasó? —¡Perdón! No quise importunar. Me estoy volviendo loco. —No, perdona tú. ¿Quieres que vaya a verte? —¿Podrás? —¿Quieres tú? —Por favor… Pero espera. —¿Qué pasá? —No lo sé.

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—Voy para allá entonces. —¡No! —¿Cómo dices? —No, no es necesario —¿Qué dices...? —Que es mejor así. —¿Lo crees? —¿Tú lo crees? Ni yo soy Lulú, ni tú el flaco de mi vida. —Lo siento en verdad… —Perdona. No sé qué me pasó. —Ya es tarde, Lalo; será para la otra. —¡Nos vemos flaco...!

(tuu… tuu… tuu… tuu…)

3/junio/2001 —(Hip). ¿Te acuerdas, cabrón, de cuántas viejas te has cogido? —No mames pinche flaco. —No, en serio, ¿cuántas? —Pues… Déjame ver… ¿Qué será?, diez ó veinte, ¿o cincuenta? No me acuerdo bien… —¿¡Tantas!? —No chingues, ¿pues cómo?, si esta chingadera no se me para, güey. —¿Entonces? —¿Entonces, qué? —¿Cuántas viejas te cogiste? —¿La verdad? —¡Sí, la verdad! —¿Dos? ¡Sí, dos! —¿Cuáles? ¿O quiénes? —Mi novia y… —¿Quién? ¡Tu puta madre! —… No. Mi hermanita… —¿A poco, cabrón?

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—Tenía como catorce años, ella como diez o nueve ¡Qué sé yo! En la escuela me decían maricón o algo así. Así que empecé a ver revistas de viejas encueradas. Unas con las patas bien abiertas, peludas, bien peludas de ahí, de su chocho. Y yo… pues no sentía nada, no se me paraba. Un día en la mañana amanecí con el pito bien tieso; solo quise aprovechar el momento. La única mujer que había cerca era mi hermana, Genoveva. Fui a su cama. Aún dormía; la destapé poco a poco; todavía era una niña. La acaricie por encima de su ropa. Se movió un poco. Aproveché un descuido para bajarle los calzones como en las revistas de mi padre. Le besé su bizcochito sin un solo pelo; una sola rayita rosita. Mi verga estaba bien hinchada, de su ojo ciego salía un líquido baboso. Una sensación increíble recorría todo mi cuerpo. Me monté cuidadosamente, recordando las viejas de los cuentos sucios. Apunté mi miembro a su chochito… —¿Qué más pasó? ¿Qué más? —Me mandaron al internado, donde al poco tiempo conocí a un puto pervertido igual que yo. El que me coge cuando se le calienta la cabeza… Eso pasó… —¿Te la cogiste? A tu hermana, la chaparrita. ¿Te la cogiste? ¿Te la cogiste? —¡No! Cuando estuve a punto de metérsela gritó, la muy pendeja. Vino mi otra hermana, grito también; vino mi mama, me gritó, me pegó, me corrió, me acusó y nunca más se me paró. —¿Y tú novia? ¿Te la cogiste? —No. Solo lo inventé. Soy un fracaso como hombre… (Hip). —Pinche gordo. No tienes madre, eres un fregón… (Hip). Tú al menos te atreviste; yo sólo me conformaba con oler los calzones de mis hermanas. —Olvídalo. Yo, tú… estamos borrachos. —¡Estás!… Yo también…

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5/octubre/2001 De qué hablar hoy. Para qué me hago tonto: aún me duelen las palabras de doña Rosario, mamá de Lalo. Tanto tiempo sin verla, que simplemente creí que ya no existía; perdón, sueno algo sarcástico. No era mi intención pero realmente la señora se porta muy intolerante. Como si fuera un grave crimen ser homosexual. Bueno, a mí ni me molestaron sus palabras, para qué voy a mentir, en verdad lo digo por el gordo. Pobre, a veces puede ser tan sensible. Pecado, aversión, castigo, error, maldición, perdón. ¿Y quién sabe qué y cuántas cosas más nos gritó? Te repito, a mí ni me molestó; la verdad es que hace mucho tiempo perdí la vergüenza y la pena. Eso fue desde que dejé a mi familia para encontrarme con mi verdadero yo. Pero al pobre de Lalo... No, pobrecito. Él, a pesar de alardear de ser muy mujercito, nunca limó bien esas asperezas existenciales; no es fácil, para nadie es fácil escoger un camino diferente a la mayoría de las masas. Las minorías, tan pomposas, hablan de lo que no existe. Tal vez sea mala onda por parte de doña Rosario, que nunca logró comprender la identidad de su hijo, o hija. Me imagino que si hubiera nacido lisiado, tonto o no sé cómo explicarlo, ella lo hubiera aceptado; pero no así por su preferencia. Si los padres viven obsesionados con la felicidad de sus hijos, ¿por qué no los aceptan?, que si bien esto no garantiza nada, al menos vamos por el buen camino. Cuando fui heterosexual me costó mucho ser feliz; ahora que reconozco mi homosexualidad la dicha me cuesta menos de la mitad. Ha sido un golpe demoledor para el pobre, pero ni modo que le diga un simple «pues ya qué, ¿no?» Qué estúpido me vería. Creo que ni él sabe cómo salir de esto; a sus treinta y tantos aún no se definía bien. ¿Quién es? ¿Lulú? ¿Lalo? ¿O los dos?

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8/noviembre/2004 Han pasado dos años desde que vi por última vez al gordo. Es raro cuando lo ubico en el lugar donde nos conocimos. Al principio me pareció un ángel guardián, ahora comprendo un poco. Yo me convertí en su ángel guardián. Hasta en su testigo presencial cuando, convencido por doña Rosario, se casó con su antigua novia Silvia. Qué cosas, aún recuerdo las palabras de su madre: «¡Escúcheme bien! Leobardo, mi hijo quiere y tiene que hacer su vida normal. Es tiempo de su felicidad. Le agradecería muchísimo que usted, Leobardo, desaparezca por completo. No lo quiero ver aquí. No quiero que mi hijo tenga contratiempos. Le ruego, Leobardo: aléjese de él. Por favor. Se lo pide una madre preocupada por el bien de su hijo». Claro que yo no la tomé muy en serio; es más, lo hubiera olvidado de no ser por las palabras de mi entrañable amigo. Me pidió que por favor me fuera de su vida. Me quería tanto, me amaba tanto que no quería más lástimas, ni los desamores cerca. Que ya tiene muchos con su mama, sus hermanas y ahora su esposa. Lo único que le dije, recuerdo bien: «Como tú digas, hermano. Es tiempo de tu reencuentro. El más difícil de tus reencuentros». Ya se me está haciendo costumbre el quedarme sin nada. Bueno, me tengo a mí: de algo servirá. 18/agosto/2005 La música es lejana, los compases hacen tiernos los minutos, un simple café se convierte de la nada en un licor embriagante que adormecen mis sentidos. Y, sin embargo, te necesito, amigo, no sabes cuánto. Siento mucho el haberte lanzado de mi lado. Fue un intento de salvar, de purificar las conciencias; de adecuarnos a los tiempos, a las eras. En donde gente como yo no encaja del todo en los deseos de aquellos que te aman. Desgraciadamente los quieres más de lo que yo amo.

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Silvia es una buena mujer, me ama aún a pesar de no tener hijos; esos hijos que yo mismo deseo. Mi madre, pobre, me quiere a su modo, a su manera; no sólo por ser su hijo sino, según ella, por ser un hombre con ansias de ser feliz. Mis hermanas son amigas muy lejanas, pero las quiero. Se ven tan bellas, tan atractivas; con sus faldas cortas, largas. Corpiños de seda, tabaco perfumado. Luego esos brillos que aletean sus rostros finos, ríen y lloran con la coquetería propia de las mujeres. Mujeres, esos tesoros brillantes que yo no soy… 10/diciembre/2005 Papá: Sé bien que tratas de hacer una vida propia. Y no te juzgo, ya mucho te habrás juzgado como para que yo siga ese juego sin sentido. Te escribo, entre otras cosas, para decirte que te queremos, que en ocasiones te extrañamos. No es que seas mal proveedor; no, nada de eso, al contrario, sabemos que es muy poco con lo que te quedas tú. Simplemente te extrañamos mucho. Te fuiste cuando apenas teníamos nueve y doce, mi hermano y yo. Te repito, no lo tomes como un reproche (en su tiempo y momento te lo reprochamos; ahora sencillamente no tiene caso). Te escribo más que nada por mamá; desde que te fuiste la pobre se convirtió en una sombra. Ella dice que está bien, pero no es cierto. Te extraña más. Creo que ya hasta aprendió a perdonarte. Varias veces la hemos pillado con el número de tu teléfono en las manos pero nos ve y cuelga enseguida el auricular. Creo que ella quiere ver todo esto como una cuestión de etiquetas, unas sobre otras. Como te puedes dar cuenta, la verdadera razón de escribirte es para que tú, papá, tengas un gesto de bondad para nuestra madre. No te pido más de lo que puedas dar, cualquier cosa es suficiente. Ella creyó ser feliz viviendo en su mentira, comiendo de su mentira, durmiendo

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con su mentira; si ahora, por unos instantes, vive esta otra mentira será feliz. No es mucho lo que te pedimos. Te quiere, Cesar. 13/diciembre/2005 —Cesar, ¡por Dios! ¿Por qué siempre las mismas palabras? ¿Por qué? ¡Dime por qué! Figuraciones. Solo tontas figuraciones… Lapsus —¡Silvia! ¡Por favor, basta! Ya basta, esto no puede ser. ¡En-ti-én-de-lo! Te quiero… Pero… Perdóname. 13/marzo/2006 —Los días se suceden sin mucha monta. Las casas bonitas de las familias mexicanas son monumentos al 68; un día antes fue primero. ¿Y eso qué? —Nada. Solo decía, por decir cosas, para llenar las hojas intermedias de mi diario. —Ten cuidado con las palabras… —¿Acaso tienes cuidado con lo que hablas? —Verga. —Está desatado. —No. Estoy hablando por hablar. —Por eso, estas desatado y desenvuelta la lengua. 14/junio/2006 Ahora bien, necesito un tiempo para mí; quedó demostrado que soy pésimo padre. Ni modo, qué le voy hacer. Si tan solo me sentara a contemplar la luna de invierno, así solo como estoy hoy. Bueno, tampoco creo que sea para tanto, ellos no son tan buenos hijos; ahora que se enteraron de mi «enfermedad» hasta me prohibieron ver a mis nietos. En fin, no fue su culpa,

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igual me odiarían si hubiera sido un maldito golpeador energúmeno. 26/junio/2006 Volver al hogar después de tanto tiempo parece mentira, una deliciosa mentira de verdad; fue aquí en este lugar donde nos vimos por última vez y por última vez nos vemos. Adiós Silvia, mi madre murió y con ella mi voluntad. La casa es tuya, es lo único que puedo darte, lo único que en sí nació de nuestra unión. Como decía mi madre: Dios te bendiga, mujer. Sólo eso puedo decirte. 24/octubre/2008

Toc-toc.

Nadie responde. Adentro parece todo muerto, carcomido por el salitre del tiempo. Miro hacia arriba, ventanas quebradas; el cielo azul pasa lento. El sol ciega mis ojos. ¿Dónde andarás, corazón? Escucho el murmullo de una vieja canción. 31/octubre/2009 Hace tiempo que los trabajos son difíciles. Ya no es como antes, será la edad, la apariencia o será todo. No, tal vez sea que antes era más chavo y ahora pues ya no lo soy. Esos chavillos de esos días, son ya adultos maduros. La verdad, sí, ya me estoy quedando viejo, que no anciano (no por mucho tiempo). Dudoso es el camino que pronto vamos dejando, espinas, abrojos, piedras y polvo. Ayer que fui a la playa sin un solo quinto, con medio tanque; contemplé a lo lejos los barcos perdiéndose en el horizonte. ¿Adónde marcharán? Solo las corrientes sabrán con certeza a dónde irán a parar. Sin embargo, qué bello es el mar.

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16/septiembre/2009 ¡'Uta madre! ¡Qué pinche vida! Todo es una mierda. Todo es una cabrona realidad. Estoy hasta los huevos de lo mismo. Hasta cuándo chingada madre esto va a terminar. ¡Vale verga todo! Joderse para nada; puros culeros, puras pendejadas. Cuando parece que ya mero la libro. Hijo de su puta madre. Salta otro mamón con sus mamadas. Estoy hasta la madre de todo. 18/octubre/2009 —Gracias. —De nada. ¿Eres nuevo aquí? —¿Se nota? —A leguas. —Es tu primera vez, ¿verdad? —Sí. Todo es nuevo… y… —A todos nos pasa alguna vez, como en todo. —¿Tienes ya tiempo aquí? —Más o menos, uno o dos años. —¿Vienes solo? —Mmm… Si en ocasiones. —Me llamo… —No hacen falta nombres, lo primero es encontrarse a sí mismo. —Solo venía en busca de compañía. —¿Un acostón y ya? —Será mejor que me vaya. —Si vienes también por eso, igual lo conseguirás. —Perdón, yo… —Pero si vienes además por encontrar con quien hablar y escuchar, al mismo tiempo encontrarás todo eso. —Lo deseo tanto. No sé ni por dónde empezar. Me quedé solo, sin nada. —Nadie se queda solo, tal vez abandonado, pero no solo. —¿Abandonado? Estoy abandonado por Dios.

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—Dios es el ser más solitario y sea tal vez el más abandonado. 25/octubre/2010 —Y bien. El dar es la felicidad y no por el hecho de recibir, pues no es más feliz el que recibe sino el que da. La felicidad es tan correspondida en un acto de desapego que el dar al otro es más placentero que todas las riquezas inmemoriales de la naturaleza humana. —Quieres decir que si yo doy, ¿eso me hace feliz? —Así es de simple. —¿Solo eso?, ¿es todo? —¿Tendrás razón? 20/noviembre/2011 —En el arco iris de nuestras vidas, los colores se tornan grisáceos, sombras de repente que se aparecen a la mitad del día. —No lo sé. Apenas ayer, o mejor dicho hace unos meses vagaba solo y ahora… —¿Ahora? ¿Qué tiene el ahora que no tenía el ayer? —No. Me es difícil, muy difícil de explicar con palabras. —¿Me amas? —No lo sé. ¿Existe la posibilidad, la remota posibilidad de olvidar, de tomar responsabilidades? —Es natural, aunque, claro, tú y yo no lo seamos. —¡Iván, Iván! ¿Qué cosa dices? —Pero es cierto. Cuando te vi esa vez tan desamparado, tan necesitado de cosas… Pero, créeme, no me aproveché de eso. Solo fui un puente entre tú y tu vida. —¿Te vas, Iván? —No. Tú eres quién se marcha. Es tiempo de que recobres tu propio andar. Yo me quedo aquí. —¿Yo? Yo, solo… ¡Yo, yo! —Adiós.

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22/agosto/2012 —Cuánto tiempo ha pasado. Muchísimo. Casi no te reconozco y tal vez tú a mí tampoco. Ni gordo ni flaco somos ya; solo despojos de dos ancianos mirando el último atardecer… —¡Cabrón! Ni siquiera en el borde de mi muerte sabes mentir. Yo me jodí, esta pinche enfermedad de putos me está matando por adentro. Por el culo me estoy deshaciendo y vienes y te apareces aquí como la linda mañanita. No me chingues, cabrón. Mejor lárgate, vete a tus montes de meditación, con tus hermanitos atalayotes o donde te ocultabas. Mientras yo simplemente te necesitaba. —Y yo a ti, ¡no sabes cuánto! ¿Mucho tuve que aprender para estar aquí? Aunque sea ya tarde, nunca dejé de amarte. Perdí todo cuanto tuve, solo para hallarnos… y ya es tarde. —Perdóname, carnal. Desde que me metieron en este bendito lugar perdí toda noción del tiempo y espacio. Nadie viene a verme. Ni familiares, ni amigos, ni enemigos, ni amantes. Soy lo que en tiempos de Jesús llamaban leprosos. Me estoy muriendo lentamente… lentamente… por dentro la carne se me pudre; por fuera solo provoco asco y lastima. Me muero lentamente… —Yo contigo. —Gracias por venir, por atestiguar… Que sí, que realmente existí… 20/noviembre/2013 —Es un buen día para decirle adiós a un amigo. Si volviera a nacer desearía ser una piedra. —Adiós, gordito, en donde estés. Que seas feliz. Ojalá te dejen ser dichoso. —Es hora de irnos, el fuego ha finalizado su obra. —Siempre estará con nosotros, aún cuando nosotros muramos; siempre estaremos juntos…

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historia sin nombre

25/noviembre/2013 Epílogo Un carro se aleja: un Dodge Valiant 78, capote azul oscuro. Atrás, el humo de la hoguera se levanta al cielo; por momentos se confunde con negros nubarrones. El espíritu de Eduardo Castellanos vuela al infinito, aunque el infinito acabe ahí mismo. Lo que queda del flaco se va desdibujando en la lejanía del anonimato. El cielo se hace más invisible, más liviano; la gente mira sin ver la diferencia entre ser hombre o mujer, o las dos cosas. El auto se queda sin gasolina, es hora de caminar hasta la nueva estación de abasto. Fin

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Mario Archundia Cortes (pesado67) Autodidacta, varios años participando en diferentes foros literarios, en los cuales ha tenido la fortuna de consolidar lazos de amistad con verdaderos monstruos de las letras. Mexicano, residente en la ciudad más emblemática del Edo. de México, Ciudad Netzahualcóyotl. Nacido en un día 26 de junio del perdido 1967. En total cuatro hijos, que son mi orgullo y veneración. Por el momento es todo, ya después Dios dirá... Correo electrónico: psd6710@hotmail.com Blog:http://salypimientayyo.blogspot.mx/

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Sin la mosca Daniel A. Franco (Dan)

C

uno «… escuchas?» APÍTULO

Qué curiosa sensación, como si fueras un tubo de crema y te apachurraran el alma por las orejas. A lo mejor es lo que se siente al nacer, no sé, y es la única manera que mi cerebro puede interpretarlo… «… recalibrando escuchas?»

pero

tienes

que

reaccionar,

¿me

Lo raro es recordar que primero se me ocurrió preguntarme quién soy en lugar de preguntarme dónde estaba… La perspectiva ha cambiado… ¡Carambas! ¡Estoy a tres metros de distancia! ¡Lo logramos!

—¡Lo logramos! ¡Cassie, lo logramos! —¡Qué alivio! Sí, ya sé que lo logramos porque llevo varios minutos tratando de hacerte reaccionar, pero parecía que o no me entendías o no me escuchabas: nada más te quedaste allí, de pie, con cara de tonto… Pensé que te habías descerebrado, o algo… En serio que me espantaste mucho, Graham… En el laboratorio, como juegos pirotécnicos de pacotilla, grandes cascadas de chispas eléctricas se desprendían de los cables sueltos y un aroma a plástico chamuscado acompañaba al humo gris alrededor. Hasta había unas cuantas vigas del techo desprendidas y colgando del cableado. —¡Vaya! Creo que nos vamos a pasar la noche entera limpiando este desmadre…


Sin la mosca

Al dar el primer paso para salir de la caseta de recepción, Graham perdió el equilibrio y se fue de bruces, sin siquiera meter las manos para frenarse. —¡Graham! ¡Qué chipote te hiciste en la frente, carajo! ¿Estás bien? Mira, siéntate aquí, contra la pared, en lo que voy a abrir algunas puertas y comienzo a recoger los escombros. Vamos a tener que inventar algún cuento para explicar las averías… Supongo que podríamos decir que estábamos comprobando los niveles de inducción y alguno de los capacitores tuvo un cortocircuito… Sí, yo creo que con eso podremos justificar el incendio… Ojalá que a Roger no se le ocurra desmentirme cuando tenga que volver a tender el cableado. Bueno, a lo mejor no nos reporta con la comisión… ¡Graham! ¡Enderézate! No, ¿sabes qué? Mejor quédate acostado… Sí, así estás mejor… Típico de Cassie, pensó Graham. Siempre tiene mejores ideas sobre la marcha que si se sienta a planificar. Cassie, líder de ingeniería y servicios auxiliares, era su cómplice en este emocionante pero prohibidísimo ensayo. Irónico, que de enterarse la Comisión de investigaciones de este éxito de seguro les cancelarían el subsidio de investigación, les retirarían los privilegios para el uso de las instalaciones del laboratorio de alta energía del Instituto Politécnico y posiblemente hasta los despidieran de sus puestos como docentes de Ingeniería Bioelectrónica y Física Nuclear. Eso, sin importar la reciente nominación al Nobel por la teoría de Graham y la media docena de galardones académicos que Cassandra Ingram, ingeniero, y el doctor Graham Perales habían reunido a pesar de ser tan jóvenes. Pero valió la pena, pensó Cassie, mientras abría puertas y ventanas, tratando de deshacerse de ese smog gris azulado. Típico de Graham, tomarse esos riesgos con su persona, esa confianza en sí mismo tan inmensa, casi como fe religiosa. Yo ni loca me hubiera arriesgado siquiera a imaginar un ensayo completo con humanos ni mucho menos usándome a mí misma

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como conejillo de Indias. No importa cuántos éxitos tuvimos con los perros y gatos que trajimos a escondidas… Cassie meneó la cabeza y con una mueca de media sonrisa comenzó a apilar escombros en una esquina del laboratorio. Todavía rumiando sus cavilaciones, Cassie creó una crónica de lo sucedido, quizá fantaseando sobre el discurso de aceptación del Nobel de Física que querría preparar. Solo por si acaso, por si me incluyeran con Graham, pensaba Cassie, con falsa modestia. En realidad, sería un milagro que no terminaran hasta demandados por haber violado quién sabe cuántas regulaciones y leyes sobre la experimentación científica en humanos. Pensar que esto es la consecuencia de que Graham perdiera la paciencia con los burócratas de la Mesa directiva de ética en la investigación y su renuencia a permitir experimentos con seres vivos. Es cierto que al principio el experimento era más bien sobre la transmisión de datos. Pero cuando fue evidente que se podría experimentar con seres vivos, Graham solicitó la modificación de la autorización. La respuesta fue una rotunda negativa. «¿Qué tal si no usamos mamíferos?». No. ¿Invertebrados? No. Cuando Graham solicitó por enésima vez el permiso —por simple disgusto con tanto trámite inútil— pidió que le permitieran experimentar con paramecios. Seis semanas después recibieron la carta donde les informaban que el permiso de nuevo estaba denegado. Fue entonces que, tras una larga noche de whiskey y agua para él y escocés en las rocas para ella, casi como berrinche infantil, decidieron que entre los dos podrían conducir el experimento con humanos. Ya habían estado haciéndolo con distintos animales, a escondidas. Solo necesitaban que los técnicos dejaran listos los preparativos de las secuencias iniciales y entre ellos dos podían accionar los programas necesarios. De cualquier manera, después de cierto punto los controles eran automatizados del todo: no existe ningún humano que pueda hacer tantos cálculos a la increíble velocidad de las

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computadoras ni reaccionar con la celeridad necesaria ante todas las variables. Sería cuestión de inicializar la secuencia de inducción y meterse en la caseta de transmisión. De resultar como se anticipaba, el experimento no tardaría más de cuarenta minutos en completarse, igual que en todas las otras ocasiones. ¿Qué podía fallar?, preguntó Graham, un tanto bizco después de la novena ronda de bebidas. Cassie no tuvo que decirlo: ambos podrían morir. Él, desintegrado dentro de la caseta y, ella, calcinada en la explosión. O sea, casi nada… Ya bastante borrachos, hicieron un pacto y lo sellaron con el tipo de colisiones sexuales que tienen los ebrios: mucho entusiasmo y poca destreza y grandes sentimientos de culpa a la siguiente mañana. No obstante, perseveraron en su pacto. Capítulo dos —¡Graham, abre la puerta! ¡Sé que estás ahí! ¡Que me abras, carajo! Cassie estaba al límite de la paciencia. Graham había tenido el descaro de hacerse el desapercibido desde la noche del experimento… Cuando Cassie logró escombrar un poco el desastre en el laboratorio, lo llevó a la sala de urgencias. Pero después de varias horas de dormitar en la sala de espera, cuando pidió que le informaran sobre su estado, la enfermera le dijo que Graham había tomado el alta voluntaria y se había ido un par de horas antes. Enfurecida, Cassie se fue directo a su casa, refunfuñando y deseándole un derrame cerebral. Permaneció enojada con él el fin de semana, pero cuando Graham no se presentó el lunes ni el martes y nadie podía localizarlo por teléfono, Cassie se preocupó y fue a buscarlo a la casa. Estuvo golpeando la puerta un par de minutos. A punto estuvo de irse cuando escuchó el sonido inconfundible de platos rompiéndose y alcanzó a ver por la ventana una figura caminando de un lado al otro.

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Se quitaba el zapato para poder golpear más fuerte la puerta cuando se abrió de un tirón y Graham apareció allí, vestido solo en calzoncillos y una playera manchada y con costras de sangre escurridas alrededor de la nariz, sobre los labios y en el mentón. Tenía el cabello hecho una maraña y miraba con ojos desorbitados a la calle, como si temiera lo que veía. —¡Graham, qué te pasó? —¡Rápido, métete, ahorita te digo! De un jalón y un empujón Cassie se encontró a media sala, dando traspiés entre los objetos regados sobre el piso. Había envolturas de alimentos, frutas a medio comer, cartones de pizza vacíos o todavía con algunas rebanadas, latas de refrescos y cerveza navegando en charcos de sus propios contenidos y dos mochilas de excursionista bien acomodadas lado a lado. —¡Qué bueno que me acordé bien de la hora cuando llegarías! Dime qué cenamos hace ocho días, el martes pasado. —¿Que qué? Este…, cenamos hamburguesas y papas a la francesa de Wendy's… ¡No! Déjate de tonterías y dime qué sucedió, y a qué te refieres con eso de que te acordaste de cuándo iba a llegar. ¡Ni sabías que vendría!, entonces no te puedes acordar de nada. Oye, ¿qué estás haciendo? ¿Por qué aprietas los ojos y rechinas los dientes? ¿Tienes jaqueca? ¿Qué significa todo esto? Vamos, tenemos que meterte a la regadera y tenemos que conversar sobre… —No, es que me sucedió algo extraordinario, fabuloso, genial, pero no tenemos tiempo de platicar ahorita, entonces ayúdame a cargar una de estas mochilas. Está pesada, ¿eh? Mientras se vestía, Graham también intentaba ponerle encima una de las mochilas, que parecía más pesada que él. Al final, con lo enclenque y desmañado que era, no podía lograr ninguna de las dos cosas bien. Cassie dio un resoplido de exasperación y lo ayudó. De inmediato Graham la tomó de la mano y se encaminó hacia la calle, sin molestarse en cerrar la puerta. Haciendo caso omiso a las

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protestas de Cassie, Graham caminó aprisa hasta llegar a la esquina y allí se detuvo. Para callarla, le puso la mano sobre la boca y con la otra mano apuntó hacia su casa. Vieron que llegaron dos autos y varios tipos malencarados se bajaron de ellos y entraron apurados en la casa. Graham le hizo señas a Cassie de que guardara silencio y lo siguiera. Doblaron la esquina y se alejaron a buen paso. Después de unos treinta segundos hubo un ruido sordo y fuerte, seguido del ulular de varias alarmas de coches mientras una columna oscura de humo se alzaba, opacando la puesta del sol. —Ya estoy empezando a recordar mejor lo que sigue. Y, junto con la sonrisa nerviosa que apareció en la cara de Graham mientras hablaba, una gota de sangre le escurría del lóbulo de la oreja izquierda, buscando unirse en el mentón con el profuso sangrado de nariz. Capítulo tres Graham se negó a explicar lo sucedido. Solo apuraba a Cassie a que lo siguiera mientras iban por las calles, sin rumbo aparente, a veces hasta trotando un poco. Tenía un aire distraído pero a menudo parecía estar haciendo memoria de algo, frunciendo el ceño y a veces deteniéndose de repente y mirando hacia todos lados antes de cambiar de dirección. Al llegar a una estación del tren subterráneo perdió el equilibrio y se desplomó de sentón a media acera. Con la cabeza en las manos, meciéndose, él rechinaba los dientes y murmuraba sinsentidos. Antes de que Cassie hiciera más preguntas, se puso de pie de un brinco y la tomó de los hombros. —Dime, ¿te acuerdas qué te dijo el guardia de seguridad cuando íbamos saliendo de los laboratorios el martes pasado? ¿Recuerdas que te pidió que le trajeras una malteada cuando regresáramos? ¿De qué sabor dijo? —Esteeee… creo que dijo de fresa pero ¿qué cuernos tiene que ver con…?

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En lugar de responderle, Graham asintió con la cabeza y volteó la mirada hacia arriba a la izquierda, como quien está tramando algo. Arrastró un bote de basura y lo puso en las escaleras de entrada al subterráneo. Tomó a Cassie de la mano y bajaron casi corriendo para entrar a la estación. De reojo, Cassie alcanzó a ver al mismo par de autos que estuvieron en la casa de Graham, que se frenaron entre rechinidos de llantas. Cuando llegaron a los torniquetes de entrada, mientras Graham se buscaba monedas en los bolsillos de sus vaqueros para comprar las fichas y tenía que recoger las monedas del suelo varias veces con sus manos temblorosas, Cassie escuchó que gritaban su nombre y a continuación órdenes a gritos de quitarse de en medio, algunas groserías y gritos inarticulados y al final los ruidos de cuerpos golpeando el suelo. Volteó hacia la entrada mientras cruzaba el torniquete, y pudo ver a varios hombres llegar hasta el fondo de las escaleras entre tumbos y volteretas. Uno de los trenes llegaba cuando ellos entraron corriendo al andén y lo abordaron. El vagón estaba casi lleno, así que se quedaron de pie junto a la puerta de entrada. —Cassie, traes tu teléfono, ¿verdad? Préstamelo. ¿No traes ningún otro aparato electrónico? Bien. —¡Oye! ¿Estás loco? ¿Por qué aventaste mi teléfono por la ventana? ¡Eres un anormal! —Cálmate, y deja de cachetearme… ¡Estate quieta, carajo! Escúchame, quiero contarte todo. Después de otros cuantos manotazos, Cassie al fin prestó atención. Graham le platicó en voz baja lo acontecido desde que estuvieron en el hospital. Cassie no podía creer lo que escuchaba, y se preguntaba si Graham no habría perdido la cordura a consecuencia del experimento. Mientras Graham seguía con su cuento fantástico, los guiaba en ese errático escape, primero saliendo del subterráneo y de nuevo navegando las calles al azar, pareciera. De vez en cuando se detenía para oprimirse las sienes con los puños, murmurando

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más sinsentidos. Al final llegaron a una fábrica abandonada. Graham recorrió los pasillos en los varios pisos de la fábrica para mover cajas vacías de un lado al otro, y para colocar escombros en lugares fuera de lo común: dejó varias cajas apiladas en pasillos al azar y algunos cables, varillas y botellas rotas colocados en marcos de ventanas y estantes vacíos. A medida que iba haciendo esas raras preparaciones, Graham continuaba su relato. Mientras más decía, menos sentido parecía tener lo dicho. Excepto que Cassie le creía cada vez más. Capítulo cuatro En términos simples, el experimento de Graham era en realidad un reto de ingeniería. El problema principal era aplicar los conceptos valiéndose de la tecnología disponible. Al principio, cuando Graham Perales, doctor en Física Cuántica y Nuclear, publicó su artículo en la revista científica hace una década, poca gente fuera del limitado círculo de los académicos se enteró de que el mundo estaba a punto de cambiar de nuevo. Se titulaba Sobre el entrelazamiento y superposición cuánticos de sistemas macroscópicos definidos, y por ser de los tratados tapizados de ecuaciones de tensores métricos y muy pocas palabras en español, aún en el mundo académico y científico pocos se enteraron al principio de que trataba sobre teletransportación. Una vez que se percataron de ello comenzaron a mofarse y a tratar de desacreditar a Graham. No obstante, fue imposible refutarlo. Poco a poco se generó entusiasmo por la idea hasta que Graham recibió la noticia de que lo habían propuesto como candidato para el Nobel. Fue uno de esos descubrimientos en los que nadie parece notar algo que es obvio hasta que alguien más lo señala, y entonces el resto del mundo dice «ah, claro, cómo no me di cuenta antes». En este caso, la teletransportación parecía imposible. Aunque es posible teletransportar información de un átomo a otro valiéndose del estado de superposición de un

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fotón, un «cubit» o bit cuántico —cuando un número binario es ambos cero y uno al mismo tiempo— asegura que cualquier sistema complejo contiene más información de lo que es posible almacenar en el universo completo. Por lo tanto, es imposible realizar algo infinito adentro de lo finito. Excepto que un día Graham tuvo una idea reveladora: podría eliminar las variables infinitas de sus ecuaciones si el objeto no se moviera a través del universo, de un lado a otro. Qué casualidad tan afortunada: resulta que a niveles cuánticos es el universo mismo el que se mueve alrededor de los objetos. Imposibilidades descartadas, Graham resolvió el problema de la teletransportación. Por pura casualidad, la ingeniero bioelectrónico Cassandra Ingram estaba en las fases finales de su propio proyecto. Valiéndose de materiales exóticos, había logrado la superconducción a temperaturas cercanas a cero grados centígrados. Eso permitía una optimización de energía y transmisión de datos. Cuando Graham se enteró de ello, se presentó al laboratorio de Cassie y por varios días insistió e insistió hasta que Cassie accedió a también a trabajar en su proyecto. En cuestión de semanas lograron teletransportar un microgramo de hidrógeno a un centímetro de distancia. En cuanto reportaron su éxito, les ofrecieron el subsidio de investigación más generoso en toda la historia y ellos aceptaron. Meses después, Graham experimentó la teletransportación en carne propia. En el momento de su teletransportación, en realidad Graham no sintió nada. Excepto que sus pensamientos parecieron cesar de repente, como cuando a uno se le olvida lo que estaba diciendo a media oración y uno trata de recordar sin éxito. Después notó algo rarísimo: estaba recordando lo que sucedería a continuación. Al principio, cuando Cassie logró hacerlo volver en sí, Graham tenía esa sensación de déjà vu de manera continua. Pero un poco después parecía que estaba recordando lo que sucedería a varios segundos de

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distancia y sintió con tanta intensidad el desfase que perdió la conciencia. En el hospital se percató de una memoria de un grupo de hombres que vendrían a sofocarlo con una almohada o a raptarlo. La certeza de que era un suceso verdadero, que ya había sucedido, lo impulsó a darse de alta e irse a su casa a toda prisa, para tratar de escapar. En la casa se pasó el resto de los días, hasta que Cassie lo fue a buscar al siguiente martes, practicando el enfocar las imágenes de sus recuerdos futuros. Por algún motivo, todo era una neblina amorfa a varios días de distancia. Si intentaba recordar algo que sucedería unos segundos o minutos en el futuro, lo veía en su mente como si estuvieran proyectando dos películas sobre una misma pantalla pero las dos fuera de foco. Poco a poco se dio cuenta de que una imagen era un recuerdo verdadero del pasado, y la otra un recuerdo del futuro. Si se concentraba en todos los detalles de la memoria del pasado le era más fácil también distinguir los detalles del recuerdo futuro. Pero entre más en el futuro quería ver alguna memoria, más borroso se tornaba todo. Recordar a una hora de distancia era como leer cifras haciendo bizcos los ojos. Y cada vez que intentaba llegar más lejos en la memoria futura le sobrevenía una jaqueca fulminante y sangrado de nariz. Pero Graham siguió practicando por horas y horas. Para la tarde del sábado ya sabía cómo recordar a un día de distancia, y fue entonces que tuvo que tomar algunas decisiones. Capítulo cinco —Mira, Cassie, resulta que el momento de la teletransportación es cuando me desdoblé… Sí, no sé cómo describirlo de mejor manera: es como si los dioses o Dios o lo que sea tomaron un cuchillo y me rebanaron muy fina la mente. Entonces, para poder ver algo en el futuro, debo encontrar su memoria paralela en el pasado. El punto medio, o el origen, es el preciso instante cuando me teletransporté. Por ejemplo, para visualizar en el futuro lo que pasaría una hora

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después del experimento, primero debo recordar lo que sucedió una hora antes del experimento… Cassie estaba horrorizada de ver los riachuelos fluyendo sin cesar de ambos oídos y fosas nasales de Graham. Pero no dejaba de sentirse impresionada con lo que había escuchado. Si entendía bien, Graham había estado calculando hasta el segundo preciso en reversa, para prevenir que los apresaran en la casa o en la estación del subterráneo. Y quizá muchas otras posibilidades que no fueron tan aparentes… —Espera: pero si puedes ver el futuro, ¿no cambia todo por el simple hecho de que lo puedes ver? —Sí, por eso tengo que repasar todas mis memorias una y otra vez, hasta encontrar lo que haya cambiado desde la última vez que hice algo. Cada minuto… ¡no!, cada segundo de nuestra existencia cambia el futuro, y tengo que concentrarme todo el tiempo para saber qué sigue a continuación. Lo raro del asunto es que hay algunas cosas que no cambian, sin importar lo que haga. Es como deambular en el valle de una montaña: puedes andar por donde quieras, pero la montaña sigue allí… Graham se quedó cabizbajo y se acercó a tomar a Cassie de las manos. —Ojalá que me tengas confianza. En unos segundos vamos a bajar hasta la entrada del edificio. Van a venir unos hombres y… —¡Pero qué quieren, y por qué hicieron explotar tu casa…! —¡Escúchame, no queda mucho tiempo! Cuando bajen del automóvil, van a ser cuatro o cinco de ellos. Tú y yo vamos a tomarnos de la mano y vamos a correr por los pasillos y subir por las escaleras. No importa lo que suceda, no me sueltes de la mano. Cuando todo esto termine, busca en tu mochila lo que puse allí y no regreses a tu casa, no regreses al Politécnico, no llames a nadie. Lo siento, pero no puedes dejar que te encuentren… —¡Estás loco! ¡Esto es paranoia…!

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—No, no lo es… Mira, el Gobierno nos entregó el subsidio de investigación, cierto, pero hay personas asociadas a este asunto que tienen otras ideas, de tomar la tecnología y sacarle ventaja, no sé si económica o militar. Pero han estado reproduciendo nuestros experimentos y saben muy bien que… ¡Ya llegaron! ¡Vamos! Un automóvil de modelo reciente frenó de golpe a la entrada del estacionamiento, y cinco tipos de aspecto fiero salieron y treparon a toda prisa la reja que bloqueaba la entrada. Graham y Cassie ya habían corrido hacia adentro, pero los otros eran bastante más atléticos, aparte de que no cargaban pesadas mochilas. Para cuando irrumpieron en el edificio, Graham y Cassie apenas habían llegado al final del vestíbulo y volteado en el primer pasillo. Al pasar, rozaron a algunas cajas apiladas, que quedaron tambaleándose. Cuando los perseguidores llegaron allí, las cajas se les desplomaron encima, y uno de ellos tropezó y cayó contra una ventana, rompiéndola al estirar el brazo, con el resultado de una profundísima cortada en el brazo, desde el codo hasta la axila. Otro de ellos tropezó con el primero y se fue de bruces al suelo, cayendo de cara en el extremo de un cajón lleno de tornillos y tuercas. Con ambos en estado lamentable, si no es que hasta terminal, y fuera de combate por el momento, el resto de los perseguidores buscaron y encontraron un pasillo paralelo para atajar a su presa. Se les dificultó correr aprisa, porque tenían que vadear entre cajas y escombros que los obligaban a brincar, torcerse y hasta agacharse para evitarlos. Al llegar al final del pasillo, vieron que estaban subiendo por las escaleras y ellos también buscaron cómo subir. Piso a piso su avance se vio impedido por tanto escombro tan inconveniente. No era imposible pasar, sino imposible hacerlo con rapidez. Después de correr y correr, al llegar al tercer piso, irrumpieron en un cuarto grande y vacío, donde encontraron a Cassie parada junto a una ventana. Apenas se preguntaban dónde estaba Graham cuando salió de atrás de la puerta, dando un giro

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Prosadictos

para asestarles un fuerte golpe con la mochila. Los dos o tres traspiés que dieron los llevó al borde de un boquete grande en el suelo, donde uno de ellos metió el pie y se le fracturó completo el peroné cuando el otro tropezó encima de él. Al caer, el resto del piso alrededor de ellos cedió y se desplomó, llevándoselos al piso de abajo. —Cassie, no llores, todo estará bien. Escúchame, tenemos unos pocos segundos. Al teletransportarse, uno termina siendo y no siendo al mismo tiempo. Uno se encuentra en un solo lado y en todos lados por igual. Y la mente de uno se queda anclada en ese preciso momento y comienza a desdoblarse hacia el pasado y hacia el futuro. Ya no puedo vivir en el presente: ahora todo es el futuro y el pasado, ahora ya no soy yo, sino soy quien era y quien seré. Los humanos no podemos vivir así… Quien sea que nos persigue también ha intentado la teletransportación con humanos, pero todos sus ensayos han terminado en muertes instantáneas. Yo soy el único que sobrevivió. Creo que es porque tengo memoria fotográfica y me permite recordar casi todo. Cuando te he preguntado sobre detalles de tus memorias, era para asegurarme de que estaba recordando correctamente. A veces las memorias son flexibles y uno solo recuerda lo que le conviene… Mira, se nos acabó el tiempo. Confía en mí; en tu mochila puse todo el dinero en efectivo que pude reunir y los documentos de identificación de mi abuela. Tiene muchos años de fallecida y podrás usarlos para comenzar a vivir una vida alejada de todo esto. Perdóname por haberte involucrado… Y perdóname por esto: va a doler. Antes de que Cassie pudiera siquiera abrir la boca para decir «¿qué?», Graham la empujó por la ventana. Epílogo Cassie no perdió la conciencia. Al atravesar la ventana se dio cuenta de que no tenía vidrio, sino que justo afuera estaba instalado el embudo para el conducto de los desechos que las

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Sin la mosca

compañías de demolición usan para aventar la basura y que caiga hasta los contenedores grandes en la planta baja. Cassie cayó gritando incoherencias adentro del conducto plástico amarillo y aterrizó sobre una pila de trozos de tablaroca. A pesar de que su mochila amortiguó un poco el golpe, se le salió todo el aire y sintió que se había partido a la mitad. Después de algunos segundos de resollar, logró incorporarse y trepar hacia afuera del contenedor. Al caer al suelo y levantarse, se encontró en la mira de uno de sus perseguidores, que le apuntaba con una pistola. Solo tuvo tiempo para pensar «este malnacido se quedó vigilando la planta baja», cuando disparó y ella cerró los ojos. Pero los abrió de repente y se palpó todo el cuerpo, porque no sintió dolor. Levantó la vista y vio el motivo por el que había errado la bala: Graham estaba tumbado sobre el tipo, habiendo brincado desde otra ventana del tercer piso tras ella, ahora sangrando hasta de los ojos y la boca. Aterrada, acudió a su lado y sintió náuseas cuando Graham giró los ojos abiertos hacia ella y dijo entre burbujas de sangre: —No había otro modo. Este señor tiene las llaves del coche. Es que a partir de este momento no podía recordar nada… Días después, en camino hacia otro país, Cassie todavía se preguntaba si Graham trató de sonreír o de gruñir al final.

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Prosadictos

Daniel A. Franco (Dan) Es uno de escasos trescientos y pico intérpretes médicos profesionales con certificación a nivel nacional (del inglés al español); labora en uno de los mayores hospitales pediátricos de los EE.UU.; reside en Dallas-Ft. Worth; está casado y tiene hijos; a veces escribe. Blog:http://levedesliz.blogspot.com/ Twitter: @levedesliz Correo electrónico:prose.o.plasia@gmail.com

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• Este libro se terminó de editar el 31 de julio del 2012, en su totalidad por medio del ciberespacio en el foro www.prosadictos.com


Prosadictos  

Antología de relatos. Once relatos, once autores, reunidos en la virtualidad, en el foro Prosadictos.

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