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Sobre Lúdica

Sobre Lúdica

Lúdica surge como un espacio para el intercambio de ideas y conocimientos psicoanalíticos estimulando propuestas novedosas que jueguen con las clásicas fundamentales del psicoanálisis. Reconociendo los alcances de los diversos enfoques psicoanalíticos, se abre este espacio para complementar las diversas perspectivas que componen este campo, brindando mayor riqueza al quehacer clínico al estimular nuevas inquietudes y nuevos senderos en la práctica clínica. En estas páginas fundamos un lugar de respeto y diálogo para las distintas teorías psicoanalíticas con el objetivo de inaugurar un nuevo espacio psíquico convergente para quien acuda a su lectura.

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Revista Lúdica RevistaLudica 1

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COORDINACIÓN Claudia Castro Claudia Melville Liza M. Zachrisson PORTADA Diseño Rafael Aycinena Imágen Noemi Spadaro EXPRESIONES José Luis Figueroa

IMÁGENES Álvaro Marroquín Christian Dittus Gustav Klimt Laura Ripesi Winslow Homer AUTORES Claudia Castro Claudia Melville Daniel Ripesi Liza M. Zachrisson


Índice

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Sobre Lúdica

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La falla y la capacidad de ensoñación en el espacio analítico

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Consideraciones clínicas ante la inundación del TDAH

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Escritos

Claudia Melville

Liza M. Zachrisson

¿A qué juega el niño en la clínica? Claudia Castro

Transferencias sin cuerpo: fantaseo o fantasía Daniel Ripesi

Expresiones

Primeros pasos en medio del alba (en un nuevo despertar) José Luis Figueroa

Autosuplicio

José Luis Figueroa

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Conceptos

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En el taller

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Sobre autores

Espacio Transicional Donald Winnicott

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Escritos Novedades

La falla y la capacidad de ensoñación en el espacio analítico Claudia Melville

En el presente trabajo se intenta resaltar la importancia de la falla analítica, y su tolerancia, en un período de consistencia y continuidad. La falla por parte del analista, que puede ser historizada en la relación terapéutica, parece inaugurar un espacio intersubjetivo que conlleva a la capacidad de ensoñación tanto en el paciente como en el analista.

Freud abandonó la teoría de la seducción traumática en 1897 abriendo un espacio potencial en la exploración del mundo fantasmático intrasubjetivo advirtiéndonos que las condiciones traumáticas son en varias ocasiones escenas imaginarias de seducción[1]. Esta concepción del síntoma como algo más enigmático que producto de una causa “real” nos ilumina en cuanto a las consecuencias de condiciones traumáticas reales o imaginarias que inauguran nuestro inconsciente.

Para Winnicott, el trauma constituye una ruptura en la continuidad existencial y representa la falla materna. La inauguración psíquica es producto de una madre suficientemente buena que en momentos falla, rompiendo consistencia en un ambiente contenedor y así contribuyendo a una serie de traumatismos que son inevitables para el infans, agujeros psíquicos que potencialmente se intentan rellenar y reparar. La falla debe darse entonces desde un par “falla­ sostén” que conduce 3

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a la integración del infans[2]. Las fallas maternas severas provocan en el infans un excesivo trabajo mental que lo sostiene pero lo priva de la utilización de dicha energía psíquica en aspectos creativos y lo limita en su capacidad de ensoñación definida por Green como “una errancia del espíritu fuera de los caminos demasiado delineados de la razón”[3]. Winnicott establece que la relación analista­ paciente es paralela a la de madre­ infans y que se requiere de una dependencia absoluta por parte del paciente hacia el analista (idea resistida por muchos analistas) para cubrir el déficit materno experimentado en etapas primarias de la vida. En esa dependencia absoluta se recrea en el espacio analítico un ambiente contenedor, consistente y continuo desde el cual una inevitable desilusión se dará en momentos de falla por parte del analista, momentos que representan estados de no integración y de un no saber. Si el analista se permite fallar, se facilitará dicha desilusión permitiendo un espacio más allá de las


Escritos fallas del paciente: ausencias, resistencias, defensas, discursos repetitivos cargados o carentes de afecto, etc., pero, ¿qué tanto toleramos como analistas el contacto con nuestras fallas?

Según Winnicott, las fallas son necesarias dentro de un análisis para que el paciente pueda localizar un sufrimiento que parece no ser localizable, de allí la importancia de historizar la falla. La falla apunta nuestra continuidad ya que de lo contrario no se podría percibir como tal. Sin embargo, ¿nos atrevemos a fallar?, ¿cómo se localizan nuestras propias resistencias en el trabajo analítico? Al fallarle al paciente, podríamos encontrarnos con un posible “desencuentro” o un no encuentro pero quizá a partir de dichos desencuentros logremos percibir algo que falta o que está fallando en la relación terapéutica y desde allí construir nuevos contenidos entre analista y paciente. La falla analítica, así como la falla materna, le da la oportunidad al sujeto en cuestión de romper una dependencia absoluta que podría ser interminable si no se introduce un elemento desde el cual trabajar la

"The Tree of Life" de Gustav Klimt

intersubjetividad. Cuando la madre falla, le proporciona al infans la oportunidad de movilizarse hacia otros destinos más allá de ella y podríamos hacer un paralelismo con la situación terapéutica en la que si no fallamos podríamos caer en la tentativa de un análisis interminable. Esto podría llevar a lo que a menudo sucede: que el paciente no encaja con nuestras expectativas de cura ni el paciente encuentra en la situación terapéutica la cura que espera, topándonos con una situación de no encuentro. Podemos quedarnos batallando por lograr esa concordancia entre lo que esperamos del paciente y su verdad pero corremos el riesgo de quedarnos “gozando” en el sentido lacaniano sin ser “atravesados” por la terapia.

Pero entonces, ¿qué constituye un análisis?, ¿una serie de interpretaciones, intervenciones, y “curas” basadas en estructuras nosológicas?, o bien, ¿podemos hablar de un espacio de construcción y juego; una zona potencial

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Escritos ¿Podemos hablar de un espacio de

producción y juego; una zona potencial en la que tanto analista como

paciente pierden

omnipotencia para crear un espacio intersubjetivo?

"The Three Ages of Woman" de Gustav Klimt

en la que tanto analista como paciente pierden omnipotencia para crear un espacio intersubjetivo? Citando a Liliana Ráez, “sería un espacio potencial­ intersubjetivo­, donde aún las reglas propias del lenguaje social propiamente dichas se disipan para dar cuenta del encuentro en un lenguaje pre verbal predominando lo intuitivo y lo sintónico, intentando dar cabida a lo armónico y cuidando no irrumpir el momento del encuentro con elementos externos…”[4]

La pérdida de omnipotencia nos permite entonces ser más creativos y soñar. Bion habla de la necesidad de ensoñación por parte del analista en el abordaje terapéutico e inaugura en mí el siguiente cuestionamiento: ¿si el paciente no puede ser soñado por el terapeuta, dónde se inscribe en su subjetividad? Pero, ¿qué pasa si los analistas no somos capaces de 5

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soñar y no dejamos que se nos escape imaginariamente algo de nosotros mismos con cada caso? La pérdida de omnipotencia, el no saber, el tolerar estados de no integración nos hace más creativos y más vivos en clínica en contraposición a sentarse en la posición mortífera de espíritu transmitiendo una situación más de goce que de deseo. En palabras de Daniel Ripesi: un cierto no­ saber ayuda a construir algunas orientaciones (sin necesidad de tantas certezas anticipadas) abarcando al mundo con la experiencia creativa de un jugar que enriquece y amplía el universo cultural[5]. En una terapia de dos sujetos gozantes completos y sabidos siempre habrán desencuentros pero sin la posibilidad imaginaria de un encuentro. Si existe una falla consciente por parte de ambos,


Escritos sincronizada o no sincronizada, la fantasía de un encuentro moviliza otros más allá de la terapia.

Recuerdo una sesión en la que una paciente me soñó embarazada. Al momento de comunicármelo quizá me embarazó en el sentido anglosajón “embarrassed”, por una posible erotización en la relación terapéutica e hice una pequeña exploración del contenido sin mayor interpretación. Meses después empecé a sentir un estancamiento en el análisis, una sensación de mareo en la que mi cabeza daba vueltas en espiral sin poder ver más allá de lo que me estaba comunicando. Intuyo que ella sintió lo mismo porque finalmente nos quedamos calladas después de un relato idéntico al de otras sesiones a partir del cual no encontré qué más decirle. En la búsqueda de algún elemento intermedio entre ambos mareos encontré el sueño y se lo comuniqué sin mayor interpretación, simplemente se lo devolví en un momento que consideré resultaba oportuno en la historicidad de la terapia. Quizá desde otra perspectiva analítica hubiera aprovechado el magnífico sueño que, como me comentó una

colega, parecía un banquete preparado por ella poniéndolo sobre la mesa listo para una interpretación estrella, pero hubiera significado regresar a la sugestión y a la dependencia de una interpretación omnipotente cuando Freud ya nos advirtió sobre dicho método terapéutico. En relación a esto, Norberto Marucco, en su obra Clínica analítica y transferencia (1998) ilustra la necesidad que el analista deje el lugar de modelo o ideal y pase a ocupar el lugar de objeto, posibilitando al paciente el pasaje de la idealización a la carga erótica del objeto, pasaje que habitualmente ha fracasado en la vida del paciente[6]. Le recordé entonces el sueño y se lo devolví igual a como ella me lo relató: aparezco embarazada y ella me ayuda a llegar al hospital y me asiste en la preparación al parto. Al devolvérselo después de haber sido recibido y digerido, rompí entonces ese silencio inaugurando un espacio transicional, un espacio que según Winnicott no se ubica ni adentro ni afuera y constituye entonces el límite entre el adentro y el

afuera[7]: en el sueño aparecemos las dos entretejiendo dos realidades psíquicas que cobran vida con un bebé que está por nacer. Considero que en esa sesión, luego de devolverle su sueño, la angustia de la paciente bajó significativamente y desde ese instante, empecé a soñarla movilizando la terapia hacia otros rumbos desconocidos para ambas, introduciendo nuevos tiempos e inaugurando nuevos contenidos. Esto se relaciona con lo que Green (2001), citando a Bion, establece que, con la capacidad de ensoñación, el acento se desplaza doblemente: por una parte se pasa del lado del analizando al del analista representante de la madre; por otra parte, lo que era locura potencial pasa a ser, al contrario, factor de salud psíquica. La originalidad de la posición de Bion, según Green, está en considerar la ensoñación como soporte del amor (o del odio) de la madre en su relación con el hijo y por lo mismo, Bion es movido por ensoñaciones hacia su paciente adulto[8]. Regresando al tema del sueño de mi paciente, lejos LÚDICA

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Escritos de apuntar a una interpretación rígida, consideré necesario lo que Green comenta en referencia a la obra de Bion: La madre “digiere” psíquicamente las proyecciones del espíritu del niño (las rumia, por así decir, gracias a su capacidad de ensoñación) y lo alimenta de otro modo, devolviéndole ese producto pre­asimilado por ella[9]. Para Bion esto constituiría una conversión de elementos beta, expulsados por identificación proyectiva (en varias ocasiones ella manifestó el deseo de tener otro bebé) en elementos alfa, tolerados y pensados por el analista, que forman el tejido fundamental alfabetizando la actividad psíquica. La actividad onírica, en ocasiones hace referencia a estados no integrados del paciente que solamente a través de un análisis reflexivo sobre relaciones de objeto buenas y malas preparan al analizando en su capacidad de ensoñación.

La capacidad de ensoñación implica entonces tolerancia hacia ciertos contenidos afectivos en conflicto y por 7

La pérdida de omnipotencia, el no saber, el tolerar estados de no integración nos

hace más creativos y más vivos en clínica

en contraposición a sentarse en la posición mortífera de espíritu transmitiendo una situación más de goce que de deseo.

consiguiente hacia ciertas fallas donde la vitalidad del paciente se hace presente. La peor falla es la de pretender no fallar y como analistas es importante entender esto ya que si pretendemos llevar una sesión analítica perfecta, quizá no toleremos nosotros mismos un estado de locura momentánea y creativa donde el sujeto en cuestión pueda hacerse siendo. Sin embargo, hay pacientes que nos ponen difícil esta tarea de fallar por el mismo terror de percibir una falla en sí mismos y estructuran el espacio terapéutico de tal manera que fallar en nuestra función se complica. Para ejemplificar este punto, pienso en una paciente adolescente que no se permite fallar y por consiguiente me deja poco espacio para introducir un “no saber” ya que me trae contenidos muy atractivos

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y muy “analizables” otorgando un espacio a interpretaciones ´geniales´ que me harían aparecer omnipotente. Noté que al salir del consultorio le resulta muy importante ordenar el espacio donde se sienta y en un gesto espontáneo mío que quizá fue producto de uno de ella al “desordenar” su espacio le pedí que por favor no lo ordenara ya que quería que se quedara algo de ella (algún estado de no integración) haciendo historicismo frente a algo que empezaba a desplegarse en el espacio terapéutico. Me gustaría concluir el presente trabajo enfatizando la importancia de establecer la marca de un antes y un después en los momentos terapéuticos que podría significar una acción inaugural a un momento intersubjetivo tan


Escritos importante en mi punto de vista en una posible dirección de la cura. Dicha historicidad podría ser evidenciada por fallas del analista o por el reconocimiento de las mismas y por construcciones tanto de paciente y analista introduciendo así una apertura en la capacidad de ensoñación por parte de ambos. [1] El abandono de dicha teoría también ha suscitado una serie de críticas. [2] Citado por Daniel Ripesi en el seminario “Clínica de Adultos: Winnicott” (clase angustias pensables e impensables). [3] André Green en “La nueva clínica psicoanalítica y la teoría de Freud”. Amorrortu editores: Buenos Aires (2001). Página 157. [4] Extraído del artículo de Liliana Ráez: Entendiendo el autismo: de Winnicott a la teoría del apego y la intersubjetividad. Revista Fort­Da, Número 9, diciembre 2006. [5] Daniel Ripesi en su seminario “En la clínica de adultos: Winnicott”, clase: Cambios en la posición subjetiva. [6] Marucco, N.C. (1998), Cura analítica y transferencia. De la represión a la desmentida. Buenos Aires: Amorrortu editores. [7] Chemama, R. y Vandermersch, B. (2004). Diccionario del Psicoanálisis 2ª. Ed. Buenas Aires: Amorrortu editores. [8] Green, A. (2001), La nueva clínica psicoanalítica y la teoría de Freud. Aspectos fundamentales de la locura privada. Buenos Aires: Amorrortu editores. Páginas 157, 160. [9] Green, A. (2001), La nueva clínica psicoanalítica y la teoría de Freud. Aspectos fundamentales de la locura privada. Buenos Aires: Amorrortu editores. Pág. 159.

Referencias Chemama, R. y Vandermersch, B. (2004). Diccionario del Psicoanálisis 2ª. Ed. Buenas Aires: Amorrortu editores. Green, A. (2001), La nueva clínica psicoanalítica y la teoría de Freud. Aspectos fundamentales de la locura privada. Buenos Aires: Amorrortu editores. Marucco, N.C. (1998), Cura analítica y transferencia. De la represión a la desmentida. Buenos Aires: Amorrortu editores. Ráez, L. Entendiendo el autismo: de Winnicott a la teoría del apego y la intersubjetividad. Revista Fort­Da, Número 9, diciembre 2006. Ripesi, D (2003). Seminario: En la Clínica de Adultos: Winnicott. Buenos Aires: Comunidad Virtual Russell.

La peor falla es la de pretender no fallar y como analistas es importante

entender esto ya que si pretendemos llevar una sesión analítica perfecta,

quizá no toleremos nosotros mismos un estado de locura espontánea y

creativa donde el sujeto en cuestión pueda hacerse siendo.

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Escritos

Consideraciones clínicas ante la inundación del TDAH El Trastorno por Déficit de Atención con/sin Hiperactividad invade las clínicas médicas, psicológicas y los colegios. Dicho diagnóstico es realizado principalmente a través de la observación conductual, dejando de un lado las raíces intrapsíquicas. Este texto busca abrir las puertas a varios componentes del desarrollo psíquico del niño que pueden estar ligados a dichas manifestaciones, para permitir su elaboración dentro de la clínica.

El fenómeno que invade actualmente la clínica infantil es el famoso Trastorno por Déficit de Atención. Uno de los mayores problemas frente a esto es que gran parte de la literatura existente referente a este trastorno se enfoca en las manifestaciones conductuales que se pueden observar, sin considerar el entorno y sus demandas, el desarrollo pre y postnatal del niño, el estado psíquico de los padres, entre otros aspectos. El objetivo de este trabajo es precisamente considerar estos factores y postular un pequeño pedazo del sin fin de preguntas que es 9

importante plantearse en la abundante clínica de niños con supuesto TDAH.

Al evaluar a un niño es primordial considerar su entorno, tanto a nivel cultural como familiar. Como postula Beatriz Janin, haciendo referencia a Bernard Golse “tomando las enseñanzas de G. Canguilhem, lo que aparece como patológico en un niño en una época sería quizás considerado como normal en otra y no solamente porque la normalidad no puede ser más que estadística sino, fundamentalmente, porque la tolerancia de una sociedad al funcionamiento de los

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Liza M. Zachrisson

niños se funda sobre criterios educativos variables y sobre una representación de la infancia que depende de ese momento histórico. Es decir, cada sociedad espera funcionamientos diferentes de sus niños, cada grupo social (…) tolera de forma variable las desviaciones. Por ejemplo, en la actualidad, en un mundo cada vez más acelerado, se tolera poco el movimiento de los niños”[1]. Ante esto último, es importante recalcar cómo en la sociedad actual en la que todo se obtiene en el momento en que se exige, no hay postergación ni tolerancia a la frustración, los padres


Escritos la falta de investidura que el niño otorga a la experiencia de

aprender, como una

repetición de la falta

de investidura que el niño recibió de unos padres que no

aprendieron sobre él "Niños Bajo la Lluvia" de Christian Dittus

no aguantan a un niño que, siendo niño, exige atención, busca movimiento y presencia de los padres. Estos mismos padres que no logran tolerar la frustración que les genera su propio hijo buscan ponerle un límite inmediato, demanda ante la cual se presenta perfectamente el medicamento del TDAH; anulando dichas conductas indeseables y haciendo al niño más tolerable para sus padres. Con esto vamos observando ciertos parámetros que la cultura actual establece en los niños. Sin embargo, estos parámetros muchas veces no toman en cuenta modos de funcionamiento naturales para la etapa vital por la

cual está transcurriendo el pequeño; como la inquietud natural de un niño y la dificultad de prestar atención a ciertos temas al estar inmerso en un mundo del cual aprende constantemente y el cual le presenta consistentemente estímulos nuevos. Un mundo que al nacer el niño buscó un sin fin de espacios para la estimulación temprana, sensorial, etc. pero que ahora no tolera aquello que ha estimulado desde un inicio.

Al evaluar el entorno en el que se desarrolló el niño se van detectando dos elementos fundamentales del desarrollo psíquico: el mito familiar y el apego. No podemos dejar de un lado el

mito familiar que antecede a este niño y el cual le atraviesa, tanto a él como a sus padres. Esto es un elemento muy importante que constituye la subjetividad del niño y que debe ser evaluada detenidamente, ya que no podemos realizar un diagnóstico sin antes dar respuesta a algunas preguntas. ¿Qué lugar ocupa este niño en esta familia? ¿Qué representa este niño para estos padres? ¿Qué representa su movimiento para los padres? ¿Cómo se desvía este síntoma de la expectativa que los padres tienen? ¿Qué ganancia secundaria obtiene el niño y la familia de este síntoma? Estas son algunas preguntas que LÚDICA

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Escritos propongo, sin embargo la cantidad de interrogantes a responder es infinita.

Este chico que intenta, a

través del

movimiento,

mantener viva a la madre,

tiene más que perder que

materias en el colegio

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En cuanto al apego, hay varios componentes a tomar en cuenta. Marisa Punta Rodulfo[2]postula la importancia del vínculo inseguro como provocador de la inatención del niño, ya que al desarrollarse un apego inseguro el niño busca constantemente tener la atención de los padres para evitar que se alejen de él. De esta manera, ella refiere el “juego de arrojar” en el cual el niño tira un objeto para que la madre lo traiga. Esto es lo que hace el niño al realizar tareas, “olvidando” para que la madre o maestra le “recuerden” el material, asegurándose que éstas se mantengan a su lado. Además, en este tipo de vínculo puede haber escasa educación por parte de los padres al enseñarle al hijo a nombrar sus emociones y sensaciones, enseñanza que no pueden dar ya que no saben cómo nombrar las propias. Ante esta falta de representación, Beatriz Janin postula que el niño utiliza el movimiento como una manera de comunicar su angustia y desesperación pero al presentarse ésta como carente de sentido, los padres intentan darle un sentido nombrándola, al menos por medio de un diagnóstico. Así, el movimiento surge como “un sustituto fallido de la actividad ligadora de las representaciones”[3], la cual debería haber proporcionado la

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madre desde la temprana infancia, pero que su propia deficiencia le impide. Otro elemento de este vínculo, importante a considerar, es la falta de contención que el niño experimenta ya que los padres no pueden proporcionarle al niño la sensación de protección y cuidado que él necesita. Por lo que éste carece de la seguridad interna necesaria para realizar diversas actividades, entre ellas el despliegue del aprendizaje. Es por esto que el niño utiliza el movimiento constante como una manera en la que está “buscando un ‘borde’ (…) del que carece”[4]. A esto, es importante agregar la falta de investidura que el niño otorga a la experiencia de aprender, como una repetición de la falta de investidura que el niño recibió de unos padres que no aprendieron sobre él, sus sentimientos, frustraciones, tolerancias, angustias, etc.

Adentrando aún más en los factores psíquicos de los padres, el panorama se complejiza cuando el hijo adviene al mundo ante unos padres sumamente angustiados o deprimidos, es difícil que estos logren manejar o tolerar la demanda de atención que el niño requiere, etiquetándolo así como un niño hiperactivo. Frente a estos padres el niño puede experimentar angustia, la cual manifiesta a través del constante movimiento, el cual le sirve de defensa ante los deseos


Escritos de los padres de controlarlo[5]. En el caso de una madre deprimida, se observa un panorama complicado, ya que una “madre muerta”[6] desinviste al niño, generando agujeros psíquicos. A pesar que A. Green propone que estos chicos tienden a sobreinvestir el área intelectual, no dejo de preguntarme si estos agujeros psíquicos pueden, en algún momento, afectar sus habilidades cognitivas. Si la energía psíquica que el niño tiene la utiliza en el

constante intento de mantener viva a la madre, van quedando menos recursos para trabajar. Este chico que intenta, a través del movimiento, mantener viva a la madre, tiene más que perder que materias en el colegio, lo cual indudablemente pasaría a segundo plano.

Frente a esta diversidad de factores es necesario hacer un diagnóstico diferencial, por lo que es fundamental realizar una evaluación exhaustiva para encontrar qué subyace a dichas

manifestaciones. ¿Está tan deprimido que no puede mantener la atención y muchas veces su irritabilidad y agresividad se perciben como hiperactividad?[7] ¿Tiene tanta ansiedad que le interrumpe la atención y se mueve constantemente para deshacerse de ella? ¿Irrumpen constantemente ideas obsesivas que el niño pierde la atención frente a otros estímulos que se le presentan, y ante las cuales el niño busca defenderse a través del constante movimiento?

"Boys in a Dory" de Winslow Homer

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Escritos ¿Se encuentra atrapada su atención por procesos alucinatorios y creencias delirantes, por lo que se concentra únicamente en dichas vivencias invasoras? [8]

Es fundamental reconocer que el TDAH ha surgido como una forma de nombrar una agrupación de síntomas conductuales, sin embargo, no presenta una explicación sobre el funcionamiento intrapsíquico, tanto del niño como del entorno que lo sostiene. Con la expectativa que estas propuestas enriquezcan el trabajo con estos chicos, recordemos que son una pequeña parte de los múltiples factores que intervienen en la dinámica de los mismos. Al dar mayor cuerpo a la dinámica intra e interpersonal se obtendrán mayores herramientas que pueden dar lugar a un mejor pronóstico. [1] Janin, Beatriz (2007). El ADHD y los diagnósticos en la infancia: la complejidad de las determinaciones. Cuestiones de Infancia (Eds. 11), 20­29 [2] Punta Rodulfo, Marisa (2009). El ADD/ADHD como 13

caso testigo de la patogizacion de la diferencia. ADDH. Niños con déficit de atención e hiperactividad¿Una patología de mercado? Una mirada alternativa con enfoque multidisciplinario (pg. 80­101). Argentina: Ediciones Novedades Educativas [3] Janin, Beatriz (2007). El ADHD y los diagnósticos en la infancia: la complejidad de las determinaciones. Cuestiones de Infancia (Eds. 11), 20­29 [4] Janin, Beatriz (2007). El ADHD y los diagnósticos en la infancia: la complejidad de las determinaciones. Cuestiones de Infancia (Eds. 11), 20­29 [5] Janin, Beatriz (2007). El ADHD y los diagnósticos en la infancia: la complejidad de las determinaciones. Cuestiones de Infancia (Eds. 11), 20­29

[6] Concepto propuesto por André Green que refiere a una madre psíquicamente muerta a consecuencia de estar en el transcurso de una depresión.

[7] Ligando la posibilidad de la existencia de una madre muerta, Arfouilloux postula como un “un bebé privado

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de la presencia y los cuidados de su madre se hunde en un profundo estado de marasmo y tristeza”. Sin embargo, esta interrogante no es exclusiva a niños que tuvieron una madre muerta. [8] Punta Rodulfo, Marisa (2005). La clínica del niño y su interior. Argentina: Paidos. Referencias Arfouilloux, J. (1995). Niños tristes: la depresión infantil. México: FCE Green, André(2005). Narcisismo de vida, narcisismo de muerte. 1ª ed. 4ª reimp. Buenos Aires: Amorrortu Editores. Janin, Beatriz (2007). El ADHD y los diagnósticos en la infancia: la complejidad de las determinaciones. Cuestiones de Infancia (Eds. 11), 20­29 Punta Rodulfo, Marisa (2009). El ADD/ADHD como caso testigo de la patogizacion de la diferencia. ADDH. Niños con déficit de atención e hiperactividad¿Una patología de mercado? Una mirada alternativa con enfoque multidisciplinario (pg. 80­101). Argentina: Ediciones Novedades Educativas Punta Rodulfo, Marisa (2005). La clínica del niño y su interior. Argentina: Paidos.


Escritos

¿A qué j uega el niño en la clínica?

Claudia Castro

La disertación propondrá acercarnos a la dinámica del juego en la clínica como un elemento no sólo diagnóstico, sino elaborativo y terapéutico, que convoca al analista/ terapeuta a jugar, pero ¿de qué manera? y ¿a qué? En acompañamiento de teóricos de la infancia de corte psicoanalítico, haremos un repaso de los distintos tipos de juego, ejemplificando con experiencias de trata­ mientos llevados a cabo en la práctica de la Clínica Viktor Frankl. Sostendremos que el jugar es parte integral de toda subjetividad sana.

Espontaneidad, creatividad, emergencia

En Realidad y Juego, Winnicott en 1971 Afirma lo siguiente: “La psicoterapia se da en la superposición de dos zonas de juego: la del paciente y la del terapeuta. Está relacionada con dos personas que juegan juntas. El corolario de ello es que cuando el juego no es posible, la labor del terapeuta se orienta a llevar al paciente, de un ESTADO en que no puede jugar a uno en que le es posible hacerlo”. ¿Qué quiere decir jugar? ¿Qué implica? ¿Cómo? Interesantemente Winnicott, asociativamente quizás, salta de esto a hablar sobre la formación de símbolos, y me parece interesante pues desde ya quisiera insinuar un término que, me parece, esclarecedor de los eventos que

se llevan a cabo frente al juego, la multidimensionalidad del objeto/sujeto. ¿Qué implica que el objeto, en tanto dimensionable y enriquecido en sus dimensiones, se puede manipular, usar, investir como objeto y ser jugado de tal manera….? En secuencia, con sentido; con sentido provisto por un Sujeto también que pueda dimensionarse para poder, tomar como propio y dar de sí en el juego. En términos generales, y a modo de lo que Freud nombrara como “salud mental”: AMAR Y TRABAJAR, para Winnicott sería JUGAR.

Quienes de nosotros recientemente nos hayamos enfrentado a la dicha de ver el ACONTECIMIENTO del jugar en un niño, recordaremos la sensación de estar LÚDICA

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Escritos presenciando algo placentero. Jugar implica crear de lo evidente, una transformación simbólica que le sea propia y ajena al mismo tiempo. Quienes hayan jugado, sabrán distintivamente a qué se refiere Winnicott con jugar.

¿Qué implica

que el objeto, en tanto

dimensionable y enriquecido en sus

dimensiones, se puede

manipular, usar, investir como objeto y ser

jugado de tal manera….?

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Es, en términos básicos, un deslizamiento de la experiencia subjetiva (una impronta propia), algo que crea mundo y nos crea al mismo tiempo. Tomando eso en cuenta, podremos identificar la herramienta diagnóstica que propone para el clínico infantil, ver a un chiquillo en un cuarto de juegos, es decir sabiendo que, en un juego saludable hay una SECUENCIA y desde allí hay un SENTIDO, nos permitirá como terapeutas acercarnos a aquello que pasa cuando un niño entra a la clínica. Pensemos en los siguientes casos:

Se presenta un niño de 7 años, los padres anuncian que el pequeño es muy rígido, se le dificulta establecer relaciones sociales, y parece desesperarse con los demás cuando éstos no acceden a sus demandas. Los padres admiten un alto nivel de exigencia académica, siendo ambos profesionales exitosos. Mario, entra al cuarto y se sienta, habla como dando

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cátedra y “sugiere” iniciar un juego de mesa.

Y en efecto, Mario y la terapeuta inician un “juego” de mesa. El niño meticulosamente ordena las fichas y tarjetas, alinea el tablero, reparte equitativamente el dinero, y empieza un “juego” respetuoso con la terapeuta. Hay algo sospechosamente cordial del niño, la terapeuta lo siente distante, y retador, aunque no diga nada adverso. Clara, una chica de 10 años, cuya madre ha sido desahuciada, entra con mucha dificultad al cuarto de juegos, inusual para una chica de esta edad, se le complica separarse la madre. La forma de juego consistía siempre en que la terapeuta la ayudara en todo. Una sesión cuando dibujaba un zoológico, Clara dibujaba a todos los animales en parejas. Cuando era el momento de dibujar al elefante, no había espacio para la pareja. La terapeuta sugiere que lo dibuje solo, pues no cabía nadie más. La niña contesta que no, pues él se sentía “solo y triste” y necesitaba a alguien más.

Edwin, un chico de 8 años con ataques de pánico, y constantes quejas somáticas. Utiliza palabras como “agruras” para describir sus síntomas. En


Escritos una ocasión trabaja con un oso con una gran cabeza, la terapeuta sugiere que le hagan un cuerpo más grande, para que pueda sostener la cabeza.

Berta una chica de 13 años, cuya madre ha sido abusada de pequeña y ambas maltratadas físicamente por la previa pareja de la madre, propone “modelar” plasticina con la terapeuta. La chica inexpresiva, tímida y encorvada, realiza una bailarina con detalle y movimiento, ayudando a la terapeuta a elaborar la propia. Diagnósticamente, el primer caso propone un reto, ¿qué tanto este niño es un niño “obsesivo” estructuralmente?

de Álvaro Marroquín

¿Es un niño que regula su juego para mantener a raya su deseo? y qué tan poco está presente la función simbólica del juego, en la que este niño ordena para mantener a raya al Otro, no tanto como objeto de deseo sino como un elemento intrusivo que irrumpa en su frágil subjetivación. La diferenciación entre “game” y “play” de Winnicott se hace necesaria. Con el tiempo, he encontrado una discriminación aparentemente sencilla, y vital para el diagnóstico en la clínica infantil: Básicamente, mientras más texto encontremos en la dinámica del juego, frente a mayor subjetivación estaremos.

¿Qué quiero decir con texto? Mientras más simbolización encontremos, mientras más síntoma, mayor subjetivación encontraremos, más sintomático. Si podemos “leer” e interpretar algo, hay más tejido subjetivo con el cual trabajar.

Mario no juega, obsesiviza la situación transferencial, desarticulando la transicionalidad del espacio y manteniendo a distancia. Entender esto nos permite como terapeutas instaurar lo que es un concepto clave, lo lúdico. Intervenciones por parte de la terapeuta como “ya me aburrí, quiero jugar de otra cosa”, permite ir acercando al niño desde una posición activa, a la

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Escritos investidura por parte de la terapeuta del espacio transicional que propone lo lúdico. Tustin, en "El cascarón protector en niños y adultos" hablará de figuras y objetos autistas de sensación, en los cuales lo que se propondrá que el objeto (juego) le preste al niño aquello que no tiene él mismo (de donde lo “autista” del enunciado, ordene afuera, lo caótico de adentro) es decir lo que importa es la “forma” del juego, no el “fondo”. Pensando en que sí haya juego establecido, tendremos que tomar el concepto de SECUENCIA para entender y discernir lo elaborativo del juego y cuando esta secuencia se vea interrumpida por la repetición de la dinámica familiar, esa dinámica que

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no sólo interrumpe la secuencia sino copa el despliegue subjetivo.

Tal es el segundo caso, en el que la niña representa esta desesperación por la soledad por la inminente muerte de la madre, pensemos en el simbolismo (ya existe) de un cuerpo pesado como el de un elefante, la necesidad de apuñuscar todos los animales juntos, la separación vivida como “triste”. Retomando el concepto de multidimensionalidad del objeto, en este cuadro del dibujo de Clara, en definitiva hay más texto, hay algo de su entramado dinámico y subjetivo de quedar pegada a la vida de la madre (cuyo riesgo aparecerá como quedar pegada a la muerte de la

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misma), que uno entiende y puede leer e interpretar. Pero también, la incapacidad de separarse de dicha dinámica, como la de separarse de la madre, propone una desarticulación de la SECUENCIA que deslinda lo placentero de poder resolver el asunto, a revivirlo penosamente, sin solución… Elaborarlo con la terapeuta, le proponía a esta niña la posibilidad de procesarlo, no va a ser que el elefante se sienta feliz, probablemente, pero tal vez le podrá dar un espacio a cada “animal” para que pueda vivir la distancia como pérdida, más no como mutilación. Tal como deberá ser vivida, a su tiempo, la muerte de la madre. Pensar que a través del

de Álvaro Marroquín


Escritos juego el niño puede elaborar sus conflictos posibilita la clínica infantil, lo lúdico en general. Esto es poder pensar al niño como “agente” (Rodulfo) y en capacidad de éste de seguir en su proceso de subjetivación. Sin embargo hay que tener cuidado de caer en el riesgo de en lugar de practicar terapia de juego, “jugar a la terapia”.

Tomemos al chico con problemas psicosomáticos. El texto está propuesto: a este niño la cabeza, es decir: sus miedos lo vencen, el oso y la cabezota, nos presenta la dimensión originaria (pictogramática según P. Aulagnier) de cómo él se percibe, está jugando, en un intento trascendental de acomodarse su (en) cabezota en un cuerpo frágil propenso a “agruras”, rashes, fiebres, etc. La terapeuta en el entramado transicional del juego CON en el niño, podrá ayudarlo a figurar mejor su cuerpo, proponiendo que le hagan de mejor sostén “si” me preguntará alguno, “pero esto lo propuso al terapeuta, cómo podemos saber que esto no es sugestivo o la interpretación errada de quien está en presencia del niño”. Razones:

1. Justamente no se trata de saber a priori qué es lo que el niño va a jugar, si no acompañarlo en sus propuestas y ayudarlo a elaborarlas. Creer y crear el dispositivo transicional que propone una sesión con este chico particular. Si estamos CON el niño, es más fácil que emerjan de allí las dinámicas en sintonía que le beneficien. 2. ¿Qué es lo que hace/desea el terapeuta? Algo debe llevar de sí. Señores, señoras, esto NO es un proceso perfecto, libre de conflictos, ni libre del terapeuta. Se los he dicho muchas veces a mis

Básicamente, mientras más texto encontremos en la dinámica del

juego, frente a mayor subjetivación estaremos.

supervisandas: el niño va a jugar, el trabajo será acercarle el concepto de trabajo en sesión, y desde allí dotarle de sentido al juego cuando éste se trunca. Es necesario que atraviese al terapeuta y que éste aporte algo. Con el norte en el bienestar del chiquillo (y no tanto en no meter la pata) nuestros tiros no podrán caer demasiado lejos del objetivo. En general, quería insinuar otra cosa más, el juego / el jugar es un concepto atemporal, aplicable tanto en niños, como en adultos, me gustaría centrarlo ahora en el púber.

Tomemos a Berta, mientras que podemos imaginar que ella un par de años antes pudo haber vestido y desvestido a las Barbies para trabajar la identificación puberal, Sami Alí nos ayudará a entender que Berta ahora es una “extraña para sí misma” en este cuerpo que emerge nuevo, y de manera sangrienta. Aquí otro evento… la chica, en una función de “espejo” con la terapeuta modela un cuerpo femenino, el cual deberá quedar posteriormente alojado en ella, con sus curvas. Nos preguntábamos en supervisión: ¿qué más femenino y agraciado que una bailarina? Estarán en paralelo, sosteniendo al espejo, la púber preguntará acerca de la terapeuta, y en esta cuestión lúdica, y desde Winnicott, ésta contestará: “Ay si, qué raro que es esto de LÚDICA

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Escritos crecer”.

Referencias

Progresivamente en el carácter lúdico de la sesión, tanto objeto como sujeto podrán ser “usados” manipulados, jugados en el “entre” y esto devendrá en salud.

La capacidad de juego debe tener más dimensiones de las evidentes, el oso será cuerpo propio, la plasticina modelaje de la femineidad, los dibujos de animales serán símbolos de separación y vida, el juego de mesa se podrá jugar. Termino haciendo casi una invitación: En la clínica infantil (me atrevería decir en la clínica en general), se juega: “¿están listos para divertirse?”

Alí, Sami (1977). Cuerpo Real, cuerpo imaginario. Argentina: Editorial Paidos.

Aulagnier, Piera (1977). La violencia de la interpretación. Argentina: Editorial Amorrortu.

Rodulfo, Ricardo (2004). El Psicoanálisis de Nuevo. Argentina: Eudeba.

Tustin, Francis (1992). El cascarón protector en niños y adultos. Argentina: Editorial Amorrortu Winnicott, Donald (1996). Naturaleza Humana. Argentina: Editorial Paidos.

...para que pueda vivir la distancia como pérdida,

más no como mutilación. Tal como deberá ser vivida, a su tiempo, la muerte de la madre...

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Escritos

Transferencias sin cuerpo: fantaseo y fantasía

El presente artículo intenta reflexionar sobre cierto modo de funcionamiento psíquico al que Winnicott llamó "fantaseo" y la oposición entre una intimidad vivida con inusual intensidad, habitada en completo ensimismamiento y aislamiento, y una "exterioridad" a la que el sujeto presta una suerte de complicidad desafectivizada, adaptándose mecánicamente a sus diversas exigencias. Confrontado con el despliegue transferencial de algunos de sus pacientes, Winnicott fue sensible a un tipo de actividad psíquica cuyo funcionamiento sufría esporádicas detenciones en su tarea de mantener un lazo con el mundo. Momentos en los cuales tomaba lugar otro tipo de funcionamiento absolutamente improductivo para el desarrollo y enriquecimiento de una vida. Winnicott caracterizó a este tipo de funcionamiento mental con el nombre de “fantaseo”. Con esta denominación, Winnicott pretendía establecer ­tras una engañosa afinidad en sus fines y apariencia­, una tajante diferencia respecto de otro funcionamiento psíquico basado enteramente ­en este caso­ en la actividad de la “fantasía” inconsciente como vehículo adecuado de un contacto posible con la realidad. Será entonces, tomando en consideración la

Daniel Ripesi

noción de fantasía que deberá medirse y comprenderse a esta estéril actividad psíquica que Winnicott propone en términos de “fantaseo”, a partir de su experiencia clínica con pacientes caracterizados como esquizoides. En una primer aproximación, el fantaseo resulta ser una especie de rumia íntima y secreta, desarrollada como un dilatado y tedioso ensueño diurno. Esta actividad mental, que con frecuencia compromete al sujeto en una producción meramente imaginaria de acciones y sucesos varios, tiene un carácter ansioso y compulsivo. Tal actividad repliega a estos pacientes a una suerte de “vida paralela” que los aísla considerablemente de todo contacto e intercambio real con el entorno y demás individuos. A menudo estos sujetos se quejan de un agudo sentimiento de futilidad como resultado de habitar la mayor parte de LÚDICA

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Escritos sus tiempos en una zona de completa irrealidad. Sufren verificando el carácter totalmente improductivo de sus existencias[1]. Pocas veces –o casi nunca­ pueden concretar proyectos que estén más o menos próximos a sus deseos e inquietudes mas personales (en rigor, a menudo, ni siquiera pueden realmente tomar contacto –ellos mismos­ con aquello que verdaderamente los motivaría). Por el contrario, muchas veces se destacan y suscitan el reconocimiento de otras personas realizando tareas que llevan adelante sin el menor compromiso personal. Concomitantemente, se abruman con el sentimiento de no poder ofrecer para los demás más que una disposición superficial y abstracta de sí mismos. Están agudamente disociados entre una imagen exterior y epidérmica de sí mismos y esa rumia íntima y secreta en la que se dejan envolver una y otra vez. Disociación que no es necesariamente oposición, no se trata en el fantaseo de una especie de doble personalidad, una buena y aceptable y otra mala e inconfesable, o cosa por el estilo. La oposición es, en todo caso, entre una intimidad vivida con inusual intensidad, habitada en completo ensimismamiento y aislamiento, y una “exterioridad” a la que el sujeto presta una suerte de complicidad desafectivizada, adaptándose mecánicamente a sus diversas exigencias. Es decir que la disociación se sufre más como falta de contacto entre cierta esfera intima y personal y otra compartida, que como “oposición” de intereses irreconciliables. Según la experiencia clínica que nutre al fenómeno psíquico que estamos analizando, esta actividad puede 21

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desarrollarse con una estructura imaginativa organizada, con su guión y personajes y su mundo más o menos específico. Como si se tratara de una novela construida por secuencias, una fabulación que el paciente retoma, prolonga y/o varía cada vez. Pero esto no hace diferencia, el fantaseo puede tomar como punto de partida cualquier hecho o circunstancia anodina de la cotidianeidad y “entretener” al sujeto en cuestión en torno de ideaciones más o menos insignificantes. La evidencia más fuerte desde el punto de vista clínico sigue siendo en estos casos, cualquiera sea el carácter del fantaseo, más pobre o más rico, más diverso o más estereotipado, el verdadero estado de disociación en la que se encuentra el paciente, y las consecuencias recién apuntadas que produce en el sujeto dicho estado, es decir, un angustioso sentimiento de soledad y aislamiento, de dramático no­ contacto en las experiencias que les toca vivir en el mundo y que comparten con otros seres humanos[2].

Winnicott ilustra estas circunstancias –entre otros­ con una paciente que en su infancia, cuando intentaba compartir juegos con sus hermanas mayores, sólo lograba incluirse “encajando” en las iniciativas de éstas, aceptando pasivamente las expectativas ajenas. En rigor, mientras participaba pasivamente en esos juegos, “en lo esencial –según lo describe Winnicott­ ella se encontraba ausente todo el tiempo”. “Desde el punto de vista de mi paciente –agrega Winnicott­ como lo descubrimos ahora, mientras intervenía en los juegos de los otros se encontraba todo el tiempo dedicada a fantasear”.


Escritos

de Laura Ripesi

El “punto de fuga” de esta paciente podía partir de cualquier especulación menor o dispersa. En sus sesiones, por ejemplo, ella se desconectaba del curso de las mismas para repasar mentalmente obligaciones o compromisos que tenía que realizar en los días siguientes, obligaciones que quizá ella venía postergando desde siempre y que probablemente no realizaría luego ­según lo planeado en su agitado y secreto fantaseo­. Podría pensarse con esto, que los términos de oposición que dominaban la vida de esta paciente eran, por un lado, un mundo interior e imaginario, fuertemente dominado y configurado por una inquietante economía pulsional, y –por otro lado­ un tedioso mundo exterior y objetivo despojado –reactivamente­ de todo investimiento

libidinal (y en el cual debía “encajar” según las variadas exigencias de los demás –tal como le ocurría en sus juegos de infancia­). Se podría argumentar que la paciente intentaba mantener separados a estos dos mundos para evitar algún tipo específico de conflicto. Como si la actividad denominada por Winnicott “fantaseo” fuera una suerte de defensa, por ejemplo, contra las exigencias o apremios de la “realidad exterior”, y cuya función consistiera constituir un espacio íntimo a donde poder huir y replegarse frente a las penosas renuncias que impone la realidad exterior. O bien, visto desde otro ángulo –tomando en cuenta la adecuada y plena adaptación de este tipo de pacientes a la realidad en que les toca insertarse­, pensar que el individuo hace –en el sentido contrario al recién referido­ una “huida hacia la realidad externa”, en una esmerada adaptación que lo ayuda a tomar distancia de una inquietante vibración pulsional[3]. Y sin embargo, a la luz de ciertas evidencias, el fantaseo no parece desarrollarse como defensa frente a dos excesos, ya sea uno de carácter interno por presión de una exuberancia pulsional (exceso que favorece la enloquecida mentalización que intenta su dominio psíquico en el fenómeno compulsivo del fantaseo); ni tampoco de un “exceso” que llegando esta vez desde el exterior –por delegación proyectiva de esa misma fuerza pulsional no elaborada psíquicamente­, transformara al mundo en hostil, amenazante, restrictivo, condicionando ­en este caso­ un repliegue de carácter fóbico o bien favoreciendo retraimientos marcados por la inhibición (en beneficio, también, de un encierro en la rumia propia del fantaseo). Al revés, el fantaseo parece imponerse más que por imperio de dos excesos, por efecto de dos LÚDICA

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Escritos vacíos, uno subjetivo, de gélida y paralizada economía emocional, y, en el otro extremo, de cara al mundo externo, otro vacío que es carencia en el entorno de toda vitalidad y atractivo, que pudiera dar relieve significante al medio circundante. El fantaseo, entonces, no emergería por presión de una economía interna que estuviera forzando al sujeto a la significación de una presunta presión interna, sino como resultado de una apatía y quietud subjetiva que no se siente presionada a simbolización alguna. El fantaseo parece intentar más llenar un vacío que responder a un exceso que presionara para ser abarcado y articulado psíquicamente. En todo caso, lo psíquico no puede articular un “blanco”. El fantaseo se impone, finalmente, en el marco de un vacío, intentando producir una falsa animación subjetiva que lo niegue o, en ciertos caso, que lo “decore”. Esta actividad era comparada por Winnicott con un “chuparse el pulgar”, un estado en que cierta inercia y futilidad existencial se disimula en 23

acciones realizadas sin entusiasmo alguno, rutinariamente. Como quien juega con las cartas al “solitario” para “matar” el tiempo y encubrir un sentimiento agudo de soledad y aislamiento. Un soliloquio que desafía –sin recibir respuesta alguna­ al destino[4]. Es obvio que las personas que se involucran con este tipo de sujetos pronto sienten, de un modo algo indefinido pero absolutamente incontrastable, un agudo sentimiento de no correspondencia en el intercambio con ellos, la impresión de que esa persona que esta frente a ellos se encuentra esencialmente ajena y distante... En este sentido, según lo refiere Paula Larotonda en cierto articulo[5], Masud Khan[6]cuenta que pocos meses antes de la muerte de Winnicott, unos sacerdotes anglicanos le

pidieron una orientación respecto de cómo diferenciar ­de entre las personas que acudían a ellos­ una problemática de fe, de una enfermedad psiquiátrica. Winnicott hizo un largo silencio y les contestó: “Si una persona viene a hablarles y al escucharla ustedes sienten que los aburre, esa persona está enferma, y necesita tratamiento psiquiátrico. En cambio, si logra mantenerlos interesados,

El fantaseo, entonces, no emergería por una

economía interna que estuviera forzando al sujeto

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a la significación de una presunta presión

(pulsional) interna, sino como resultado de una apatía y quietud subjetiva que no se siente presionada a simbolización alguna.


Novedades Escritos

de Laura Ripesi

no importa lo grave que sea su desazón o su conflicto, podrán ayudarla.”

En fin, en el fantaseo, por pobre que sea su estructura y argumento, se conserva cierto control omnipotente que permite una especie de acción y resolución de diversos conflictos personales e inter subjetivos (aunque de manera absolutamente mental, es decir, sin el menor correlato en la realidad.) Ahora bien, ¿qué tipo de comparación y relaciones pueden establecerse entre las nociones de fantasía y fantaseo como para caracterizar un tipo de funcionamiento psíquico normal y uno patológico respectivamente?

Esta pregunta nos fuerza a un breve itinerario que establezca someramente la función y la estructura de la fantasía según los planteos freudianos, además de tener que establecer y comentar algunas particularidades que M. Klein introdujo en este sentido. Recordemos que los desarrollos kleinianos estaban firmemente establecidos en la comunidad psicoanalítica de los años ’40 en adelante y que Winnicott tuvo que polemizar con ellos y subvertirlos para dar sustento a su propia clínica.

Apuntemos lo siguiente como punto de partida: más arriba, cuando tratábamos de establecer el carácter del fantaseo –según las evidencias clínicas señaladas por Winnicott­, hablamos de una disociación entre un mundo “interno” y un mundo “externo”, el sujeto habita uno y otro alternativamente o al mismo tiempo, dando esa impresión a quienes se encuentran con ellos de tener frente a sí una presencia abismada en vaya a saber qué remotos pensamientos. Cuando encomillamos las

expresiones “interno” o “externo”, es porque efectivamente, ­en la normalidad­ nunca estamos seguros del todo dónde termina exactamente lo uno y dónde empieza realmente lo otro... Y al analista no le interesa constatar ese presunto límite. La fantasía es el concepto psicoanalítico que permite enlazar ambos mundos –interno y externo­ dando lugar a una realidad que se sitúa siempre “entre” ambos. El modelo paradigmático lo constituye la actividad onírica. Efectivamente, los sueños surgen en la articulación del “mundo interno” y el “mundo externo”: Por un lado, a pesar de abolir las estimulaciones provenientes del mundo externo (“El estado psíquico del durmiente se caracteriza por un retraimiento casi absoluto del mundo circundante y la cesación de todo interés hacia él”[7]), ciertos representantes de la vigilia se conservan a nivel preconciente: los restos diurnos (“...cargas de pensamiento que no se han prestado a la general sustracción de cargas y han conservado, a pesar de ella, cierta medida de LÚDICA

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Escritos interés libidinoso o de otro género cualquiera”[8]). Por “el otro lado”, la regresión que impone el estado de descanso, conduce a la gravitación en el durmiente de cierto “mundo interno” en la figura de determinadas mociones pulsionales cuya actividad amenazan perturbar el dormir[9]. De modo que, para preservar el dormir, amortiguando y dando lugar a los restos del mundo externo (restos diurnos) y –paralelamente­ dar realización a las demandas pulsionales, “El durmiente sueña en lugar de despertar[10]”, es decir que “entre los representantes del mundo externo (restos diurnos) y los del mundo interno (actividad pulsional) surgen los sueños. En el estado de vigilia, donde ya no predomina en el sujeto una restricción de lo motriz, es lo real lo que busca su necesario enlace con lo que podríamos llamar “restos oníricos”, porque sin el respaldo de una ensoñación es la realidad la que se transforma en una pesadilla (de “ojos abiertos”). La fantasía está, entonces, entre lo externo y lo interno, pero “entre” no

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significa aquí “intermedio”, no supone un “a mitad de camino” entre el mundo externo (una hipotética “realidad pura”) y el interno (una ideación subjetiva “pura”), por el contrario, la fantasía es la mejor evidencia de que uno y otro mundo son imposibles de alcanzar, que se han perdido como realidades autónomas y concretas y que sólo operan como referencia teórica para orientar al deseo y a la acción de cada sujeto[11]. En el fantaseo, en cambio, el aspecto mórbido lo constituye una clara disociación entre esos dos mundos. Detengámonos un momento en el mecanismo llamado “disociación”, mecanismo de defensa privilegiado en el fenómeno del fantaseo. André Green, al describir lo que nombró como “psicosis blanca”[12], especificó las disociaciones operando en dos niveles: por un lado, en lo que llamó “exclusión psicosomática”, es decir una disociación del conflicto de la esfera psíquica para proyectarlo en el soma, a la manera de los trastornos psicosomáticos o hipocondriacos, es decir que, a diferencia de lo que sucede en la

de Laura Ripesi


Escritos histeria ­donde toma expresión sintomática un cuerpo libidinal­, se dan formaciones a­simbólicas que afectan un soma.

También habla Green de una disociación que se expresa como “expulsión por el acto”, en este caso el acting out en el mundo externo por oposición al acting in (en el cuerpo) recién referido. Y luego, en otro nivel –que no sale en este caso de la esfera psíquica­ otro tipo de disociación: la escisión propiamente dicha, que se acerca mucho a lo que Winnicott nombra como mentalización, y que está implicado en el fenómeno del fantaseo, como la producción de una zona secreta de no contacto con el mundo exterior y otros sujetos, una zona de no intercambio, y, finalmente, la “desinvestidura”, mecanismo por el cual se busca una desinvestidura radical que procura alcanzar –según la descripción de Green­ un estado de vacío, de aspiración al no­ ser y a la nada (más adelante volveremos sobre esto).

Entonces, uno de los problemas que aflige al paciente esquizoide es esta compulsiva actividad psíquica llamada fantaseo, de esto deriva la apremiante necesidad –que el individuo se impone a sí mismo­ de tener que distinguir permanentemente, para regular sus actos y proyectar sus vidas, lo que se debe considerar como algo meramente subjetivo o como lo que debería considerar como estrictamente objetivo (mundos que como sostuvimos antes, se encuentran más o menos articulados en el dominio de la fantasía. Queda claro que esta articulación fantasmática siempre deja un margen para la incertidumbre y la angustia que abre el deseo inconsciente y la

significación subjetiva del mundo. De todos modos, ese margen no inhibe la acción del sujeto, al contrario lo incita, hasta cierto punto, “a pesar de él mismo”.)

El fantaseo nos confronta, entonces, con una serie de problemas que afligen agudamente al paciente esquizoide:

a)La falta de contacto del sujeto consigo mismo y con el mundo externo, lo que genera ese peculiar desapego afectivo, que resulta de haber abierto una variable distancia respecto de su realidad mas intima y vital como elemento impulsor de la propia acción. No encontramos en estos pacientes una toma de posición animada o decepcionada, esperanzada o escéptica, etc., que marque algún punto de vista particularizado en su vida. b)El mecanismo defensivo basado en la disociación se hace más gravitante que la represión. No hay oposición de términos –uno de ellos reprimido­ que buscan soluciones de compromiso a partir de un “retorno de lo reprimido”, sino disociación de términos que producen formaciones no­simbólicas –y por esto mismo no interpretables­. c)La dificultad para construir y encarnar una presencia subjetiva en –y frente al­ el mundo, y solidario de esto, una dificultad para entramar en la propia subjetividad cierta presencia de los objetos. Se verifica un movimiento de permanente aceptación, sumisa y apática, respecto de las exigencias del entorno. Generalmente “se aburren” y “aburren” en sus intercambios. d)La falta de cierta animación intima que fuerce a una simbolización progresiva de uno mismo y del entorno, y –por el contrario­ la gravitación de un vacío LÚDICA

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Escritos abismal que busca un relleno permanente de sentido que lo colme. Nada hace enigma, no se sienten curiosos o ávidos, atemorizados o aventurados, etc. e)La parálisis de toda acción posible en el mundo (que no sea una ceremonia de actos burocráticos y repetidos.)

Con Winnicott, entonces, y con la descripción del fantaseo, habría que analizar el corrimiento que se opera –según la estructura psíquica en juego­ respecto de una adecuada consolidación en el aparato psíquico de la fantasía. En este sentido habrá que advertir ciertas diferencias entre los psicoanalistas: para Freud el punto de partida en la constitución de la fantasía es la secuencia “pérdida del objeto de la necesidad­ represión­ objeto del deseo inconsciente” (elemento éste último que encuentra su articulación, justamente, en la fantasía inconsciente), en tanto que para Melanie Klein la secuencia sería: “sadismo­culpa­ reparación”, estando el fantasma inconsciente ya constituido y a la mano en la estructura psíquica desde los primeros días de vida, regulando un intercambio simbólico del infans con el mundo (los llamados objetos parciales”), y, finalmente, Winnicott quien postula la inscripción en lo psíquico de un campo de ilusión y un objeto potencial para habilitar –luego­ el juego fantasmático. Evidentemente, cada uno de ellos han elaborado una teoría de la significación consecuencia de esas diferencias. Teoría de la significación que para cada uno de ellos articula a un individuo al mundo y le permite encontrar un lugar en él. Si con Melanie Klein la fantasía trata de sostener un control sobre un objeto siempre presente (ya sea el “objeto bueno” o el 27

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“objeto malo”) en Freud se piensa a la fantasía como cierta estrategia para alcanzar un placer posible con un objeto imposible y con Winnicott, al agregar una novedosa perspectiva tópica ­que implica al yo en la relación con los objetos­, se tratará de pensar cómo se ordena la experiencia subjetiva según una estrategia que permita al individuo hacer un contacto siempre imposible con un objeto eventualmente posible. Retomando los puntos a), b), c), d) y e) señalados un poco más arriba, diremos que las dificultades que el paciente esquizoide presenta respecto de: a)la “falta de contacto”, se relacionan con una incapacidad para establecer un área de ilusión subjetiva que le permita sostener de manera significante al mundo;

b)respecto de la dificultad para construir un cierto carácter en la presencia del objeto y la propia subjetividad, se puede vincular lo trabajado por Winnicott de manera puntual en la paradoja “estar a solas en presencia de alguien”, como capacidad establecida en el sujeto; c)frente a la falta de animación subjetiva se plantea la problemática referida a la noción de falso self, y finalmente, d)en relación a la parálisis de acción habrá que referir el tema de la capacidad de uso. [1] Si alcanzan logros en sus tareas –y esto sucede con frecuencia­ una “falsa modestia” los excusa de sentirse acreedores de algún tipo de merecimiento, si algo sale mal generalmente imputan a circunstancias ajenas la responsabilidad del fracaso. [2] Este estado de artificialidad fue


Escritos detalladamente descripto por Fairbairn como angustia de despersonalización y pérdida del sentido de realidad en su libro “Teoría psicoanalítica de la personalidad” tomando en cuenta la clínica de pacientes esquizoides (más adelante se hará referencia más detenida a su desarrollo en este sentido).

[3] Nuevamente hago alusión a Fairbairn (ver nota de Pág. anterior) quien comenta que los pacientes esquizoides simplifican su vida emocional a intercambio que no demanden demasiado compromiso personal, deslibidinizando lo máximo posible sus vínculos. [4] Salvo en una organización subjetiva que busca compensarse con ideaciones demasiado paranoides.

[5] “Winnicott en un mundo de Fantasía” por Paula Larotonda, publicado en www.espaciopotencial.com.ar [1] “La casa de Winnicott”, en dos entregas, en los números de Verano 2003 y Otoño 2004. Remito a ese texto que estudia el mismo fenómeno que acá tratamos. En lo que sigue me apoyare reiteradamente en ese texto incluyendo aquí solo algunos agregados respecto del estatuto de la noción de fantasía para M. Klein. [6] En el prólogo del libro de Winnicott “Sostén e Interpretación, fragmento de un análisis”.

[7] Adición metapsicológica a la teoría de los sueños –1915­ S. Freud, Obras completas, Biblioteca Nueva.

proveniente del mundo interno que Freud califica de “hipocondríaca”. (Ob. Cit.) [10] Ob. Cit.

[11] Salvo que se suponga que en la vigilia se vive “sin sueños”, o de un modo más técnico, sin la estructura vincular que ordena el fantasma inconsciente. [12] Ver descripción de este tema en la página 60.

[1] http://www.espaciopotencial.com.ar/ External Links

El fantaseo parece intentar más llenar un vacío en la intimidad del aparato

psíquico que responder a un exceso pulsional que presionará para ser

abarcado y articulado

psíquicamente. En todo caso,

lo psíquico no puede articular un "blanco".

[8] Ob. Cit.

[9] Amplificación de la sensibilidad LÚDICA

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Expresiones

Primeros pasos en medio del alba (en un nuevo despertar) José Luis Figueroa

“Algún día me nombrarás, y pondrás gentilmente en mi cabello esas ardientes rosas sagradas.” ­ Rainer Maria Rilke

Cada nuevo despertar le obsequia en la mañana, envuelta en pétalos de rosa, a la dulce Aryana, su intensa pasión, que tan noble la emana, y entinta al corazón acuarela color grana.

Conoce bien el tesoro que todo amanecer trae consigo. Serena toma un café y se coloca un abrigo. Ya infinitas posibilidades a sus pies se extienden. Sabe que limitaciones son lo que las percepciones entienden. Decide salir de su choza, enviar un mensaje de olvido. Ya no vale la pena pensar en lo que pudo haber sido. Da unos cuantos pasos entre el frío de su montaña helada. A su amplio alrededor la atmósfera aún permanece nublada. Así a lo lejos lo divisa descendiendo entre la nieve. Es un pálido lobo blanco llamado Fantasma. Del susto paralizada tal fuera un ataque de asma. Arroja el miedo al viento para que éste se lo lleve. Y enfrenta con valor haber sentido cual un vacío. Deja a un lado el temor, ella fluye como el río. Se dice ‘Hoy tomo esto, esto es lo que es mío.’ La luz de su interior seduce al ahora con su brillo. Y entonces su entorno de pronto se aclara. Se acerca y el lobo blanco se vuelve un amigo. Le comparte un secreto que asevera positivo gritar fuerte al mundo ‘¡Hazlo, hoy estás vivo!’ 29

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Expresiones

Autosuplicio José Luis Figueroa Desolado al creer que no hay luna llena para ti. La alianza, el cáliz, el estado gaseoso. Una metamorfosis que perdió el sentido. ¿Aire, soy el aire? O simplemente polvo… Sin forma definida, vagando a través del espacio­tiempo, rodeado de vacíos. Negros agujeros que de nada entienden asimismo insinceros. Los demás caen presa de su nociva naturaleza. Garabatos del pensamiento, espirales que sobrecogen tu consciencia. Su código revelado al decompilamiento, es la genuina razón de tu dolencia. Es sencillo, es tu inocencia.

Qué doloroso es a veces ser un espectro entre los terrestres. Un espectador sin rumbo, pero con desmesurada sensibilidad. La paciencia, la calma, buscan su aparición en escena, sin embargo, el acto es por momentos, terrible. Un trágico drama de tormentos, que invoca hacer un cambio al enfoque del cristal, pero, ay, cuesta creer que eso todo solucionará. Y es que poniendo mis ojos en distinto lugar quizás yo dejaré de este cuadro mirar, pero la independiente realidad permanece invariable, y se impone y sigue siendo como siempre, implacable.

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Expresiones Preferible es convertirse en inédita transparencia. Como flecha por un espíritu que todo te atraviese. Erige con tu sustancia un templo de indolencia, como si fuera una brisa lo que a tu alrededor acontece. Disfraza vestido en los pigmentos de la ausencia el candor que desearías a la vista estuviese. Fogata que llevas dentro, tu ardiente vehemencia, que sea tu sustento si la fría hora te abatiese.

Sin entender esto a nosotros mismos agredimos: no existe otro dolor más que aquel que permitimos.

de www.sxc.hu/photo/72329

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Conceptos

Espacio Transicional "Entonces, si mi argumento tiene coherencia, poseemos tres estados humanos para compararlos entre sí. Cuando los observamos vemos que hay un rasgo especial que distingue de los otros dos a lo que yo llamo experiencia cultural (o juego).

Si examinamos primero la realidad exterior y el contacto del individuo con ella en términos de relación de objeto y uso del objeto, advertimos que la primera se encuentra fija; más aun, la dotación de instintos que proporcionan el respaldo para la relación y uso de objetos es a su vez fija respecto del individuo, aunque varíe según la fase y la edad, y según la libertad de este para utilizar los impulsos instintivos. En ese terreno somos más o menos libres, de acuerdo con las leyes formuladas en considerable detalle en la bibliografía psicoanalítica. Observemos ahora la realidad psíquica interior, propiedad personal de cada individuo en la medida en que se ha llegado a cierto grado de integración madura, que incluye el establecimiento de una persona unitaria, con la existencia implícita de un interior y un exterior, y una membrana limitadora. Aquí, una vez más, se advierte una fijeza que corresponde a la herencia, a la organización de la personalidad y a los factores ambientales introyectados y los personales proyectados. En contraste con las dos realidades enunciadas sugiero que la zona disponible para maniobrar en términos de la tercera manera de vivir (donde está la experiencia cultural o el juego creador) es muy variable de un individuo a otro. Ello es así porque esta tercera zona es el producto de las experiencias de la persona (bebé, niño, adolescente, adulto) en el ambiente que predomina. Aquí hay un tipo de variabilidad de distinta calidad que las correspondientes al fenómeno de la realidad psíquica personal, interna, y de la realidad exterior o compartida. La extensión de esta tercera zona puede ser mínima o máxima, según la suma de experiencias concretas." ­ Donald Winnicott en "Realidad y Juego" (1971)

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Sobre autores Claudia Castro

Licenciada en Psicología (UFM). Miembro vocal del Centro de Estudios Freudianos (CEF Guatemala). Co­fundadora de "Revista Lúdica". Post­grado en Psicopatología Infanto­Juvenil CEF. Docente del CEF y UFM. Supervisora práctica en clínica Viktor Frankl UFM. Práctica privada desde el año 2003. claudialopezselva@yahoo.com

Claudia Melville

Licenciada en Psicología Clínica (UFM). Maestría en Psicoanálisis del Boston Graduate School of Psychoanalysis. Co­fundadora de "Revista Lúdica". Catedrática titular de los cursos Psicología del Desarrollo, Psicopatología y Técnicas de Psicoterapia en UFM. Supervisora de casos clínicos en clínica Viktor Frankl UFM. Experiencia clínica abarca varios programas hospitalarios en la ciudad de Boston y actualmente se dedica a la práctica privada en Guatemala. Ha publicado en las Revistas Psicología y Vida y Espacio Potencial. cmelville@ufm.edu

José Luis Figueroa

Estudiante de 5to. año de Psicología Clínica en la UFM. Ha publicado dos libros titulados "Diario de Luz y Sombra" (2006) y "Los Señores de la noche" (2010, disponible en libreria Sophos Guatemala). Actualmente se encuentra preparando su siguiente publicación. jluis@ufm.edu

Daniel Ripesi

Profesor integrante del Curso prolongado de Psicoanálisis de post­grado del Hospital Ameghino. Supervisor de Psicólogos y Psiquiatras Residentes del Hospital Tornu. Profesor Titular de la Cátedra "Escuela Inglesa de Psicoanálisis" (UCES). Profesor de los Cursos Virtuales de la Comunidad Russell. Director de "www.espaciopotencial,com.ar" (La casa de Winnicott). Autor del libro "Quemar las naves ­ensayos winnicottianos­", coautor de "Winnicott para principiantes". danielripesi@espaciopotencial.com.ar

Liza M. Zachrisson

Licenciada en Psicología Clínica (UFM). Co­fundadora de "Revista Lúdica". Docente auxiliar de las cátedras de Técnicas en Psicoterapia, Técnicas Proyectivas y Terapia Sistémica en UFM. Se desempeña en práctica privada en Guatemala. lzachrisson@ufm.edu LÚDICA

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Revista 1a edicio n, enero 2012  
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