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Opalina Cartonera


Cuentos de locura urbana Paulina Correa Opalina Cartonera 2017 Diagramación a cargo de Juan Canales Diseño por Francisco Escobar Impreso en Valparaíso-Chile por Opalina Cartonera Primera edición

“Colección Op! Fábrica de Libros” Contacto autor: jp.paulina@gmail.com Este libro se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas- 3.0 Unported

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El gato era hermoso y estaba muriendo. Ella le había dado unas gotas para calmar el dolor, pero sabía que partiría pronto. Sentado junto a él, su dueño lloraba desolado. Ese fue el momento justo en que ella lo vio en toda su dimensión humana, el segundo en que decidió que quería hacerlo entrar en su vida. Durante años habían sido vecinos. Clientes de la clínica veterinaria, él y su pareja habían tenido varios gatos, cuando ella lo dejo, se llevo todo, menos el último gato. La relación siempre había sido profesional, pero cálida, como era ella con todos sus pequeños pacientes y sus dueños. El gato se agita suavemente, suspira y muere. A él los ojos se le llenan de lágrimas, abraza al animal y se queda ahí perplejo, ella le pone la mano en el hombro y le acaricia la cabeza, se sienta a su lado, no dicen nada. Esa noche, en su casa, ella se mira al espejo, piensa que hay posibilidades, por una vez su redondeada figura podría servir. Bajo el supuesto de que los hombres son animales de costumbre, siendo gorda, como la ex pareja de él, pudiera resultar. Recuerda haberlos visto reír y besarse en el antejardín. Él era apuesto, alto, con un aire dulce y tranquilo, ella un torbellino pequeño y redondo que lo envolvía. Con envidia veía los encuentros


apasionados desde su ventana, los miraba caminar de la mano por la calle, hasta que ella lo dejo. Todo partió como un programa para bajar de peso, se lo comentaron en un control del gatito, ella se iba a operar y bajaría decenas de kilos, él insistía que la quería como fuera, que no era necesario, pero se hizo al fin. Meses después ya nada quedaba de la alegría, ni de la pasión, ella era otra, el psicólogo que la apoyaba la había convencido que era capaz de cambiar su vida, y en ese cambio un día partió, otros hombres se merecía, esa mujer, que delgada y ágil, salía de esa casa, para no volver más. Se suelta el pelo, siempre tomado en la consulta, ensaya un sonrisa, y toma la decisión. Una semana después se presenta en la puerta del vecino, lleva una pequeña caja, dentro va una gatita. El hombre queda atónito, pero los maullidos lo hacen reaccionar, las hace pasar, ella le explica que es un regalo, él juega y de a poco va entrando en confianza con ambas. Al mirar a la veterinaria, descubre que tiene una sonrisa hermosa y unas mejillas sonrosadas. Se frecuentan a diario, él va con su nueva mascota a controles inventados, ella ha elegido unos delantales nuevos con animalitos alegres, y ha comenzado a usar un poco de maquillaje en los ojos. Esa tarde se ha quedado en la consulta hasta tarde, la idea le da vueltas en la cabeza. Ha llegado el momento de jugarse el todo por el todo. Cree que a él no le es indiferente, que si da un paso más tal vez resulte.


En la jaulita dos hámsteres hacen el amor de manera desatada, cuantas veces los ha visto, tan felices y espontáneos. Ella se siente como esos animales capados, después de la operación engordan y engordan, se vuelven indiferentes y perezosos, sin ganas de nada en su simple vida. No siempre fue así, de joven tenía brillo en los ojos, el pelo largo, oscuro y brillante, y muchas ganas de vivir, hasta que se casó. Su marido era un muchacho correcto, demasiado, no hubo ninguna intimidad antes del matrimonio, y luego de él, escasa. Dormían, literalmente, en una cama enorme en la que también se ubicaba el perro regalón de él, de preferencia al medio. Los apasionados intentos de ella de tener una relación más intensa fueron rechazados por su marido, con acusaciones de perversión y ninfomanía, y así paso el tiempo, los años. La figura curvilínea se fue engrosando a punta de dulces y galletas, que mordisqueaba con lentitud entre paciente y paciente, hasta que el deseo y la pasión quedaron recubiertos de una gruesa capa de grasa. No tuvieron hijos, y entonces además la soledad los acorraló. El marido era además un hombre huraño, no le gustaba la gente, así la casa tampoco era frecuentada por amigos o parientes, la alegría en la vida de la mujer solo se encontraba en sus pacientes. Con el tiempo asumió que era lógico, con su sobrepeso, que su marido no se sintiera atraído por


ella, buscando un pretexto que era posterior a la causa real. Hoy ha llegado a la casa decidida, ha armado unas maletas, va hacer las cosas bien, se mudara a la consulta, hay espacio suficiente, ahí proseguirá con la conquista de su felicidad. Se asoma al living, ahí frente al televisor y aferrado a una caja de pizza su marido ve una película de acción, lo mira por última vez, deja una nota sobre la mesa, y sale de la casa, ha pasado a metros de él y como siempre él no lo notó.


Lo vio parado justo en frente, en medio del paseo peatonal, él ya la había visto, ese fue el momento decisivo para una maniobra elusiva, pero no la hizo. Habían pasado años, sin embargo el saludo le produjo inquietud, el roce con la mejilla y la voz, ese tono que siempre le había remecido el alma, sin embargo debía quedar todo en un breve encuentro casual. Pero no fue así, días después él la ubico por facebook, y en segundos estaba instalado en su vida. Ella sabía el final de la historia, y a pesar de eso quiso hacer la trama completa. Comenzaron a salir juntos. Él estaba en un momento difícil, sin empleo, bordeando la cincuentena, sus hijos tenían demasíados reproches, los veía poco; sus padres más reproches aún, pero ya mayores estaba ocupados de sí mismos, ella le pareció una buena alternativa y quizás a ésta edad ya sin muchos costos que pagar. Él había sido toda su vida un gigoló, o un mantenido, o un vividor, todo dependía de quién le hiciera la imputación. Se habían conocido cuando él recién empezaba, trabajaban en el mismo lugar, la enamoró en minutos, solo por deporte, como solía hacerlo, ella lo asumió como él era, alguien inalcanzable. Precursor para esos años, se declaró bisexual, así tenía mujer e hijos, e innumerables aventuras con hombres y mujeres, en su mayoría mayores.


Atractivo, con una elegancia que superaba su presupuesto, siempre lucía impecable, sobre todo desde que su jefe lo tomó bajo su protección. Ella dentro de los recursos que tenía, les compraba regalos a sus hijos, lo invitaba a almorzar y disfrutaba su compañía en esos breves espacios, iban al cine, conversaban y podría decirse que eran amigos. Él de vez en cuando la besaba, pequeños regalos de ocasión. Nunca hubo reproches morales, él se asentó como amante del jefe, le convenía para mantener a su familia, pero pronto su mujer lo dejó, y entonces su relación con el jefe se hizo más absorbente. Ella por ese entonces decidió dejar la empresa, alejarse, al principio se comunicaron, pero luego se hizo el silencio. Ella se dedicó a su carrera, sola, siempre haciendo buenos negocios. Están sentados en una mesa de un restaurante bastante exclusivo, a ella le ha ido bien en la vida, ahora puede permitirse atenderlo como él merece, están relajados, una buena dosis de alcohol corre por las venas. La rutina es así, salen de compras, él luce elegante, a la moda, todo le queda bien, salen llenos de bolsas y felices, ella disfruta verlo como a un niño con sus juguetes. Un buen reloj, el último modelo de celular, todo lo que pida. Viajan, le gustan los hoteles ostentosos y los casinos, pasan las noches en la ruleta, ríen, todo fluye bien, o debiera. Ella trabaja bastante, él la relaja, se divierte, o eso parece.


Pagan la cuenta, como siempre han tomado de más, al llegar al departamento él continúa con whisky. Ella lo mira, sigue siendo atractivo, sigue siendo alguien que le robó el corazón, y que ahora está aquí. Como siempre se van al dormitorio tarde, él inicia unos torpes tanteos, al final nada pasa, ella ha vivido esto ya demasiadas veces, el hombre se duerme profundamente. Como un viejo crack al día siguiente pretenderá que estuvo como en los viejos tiempos, que ella gozó como nunca en su vida. En realidad, en su tiempo, las otras mujeres decían que era increíble, con ella nunca estuvo, y ahora esta situación es una mentira que ni él cree. Se va a la ducha, esta vez quiere que el agua caliente le lave la humillación, la pena, el desengaño, pero sabe que conocía el final de la historia, la presumía, es su culpa. Quizás nunca tuvo ninguna atracción por ella, o quizás con los años por ninguna mujer, pero eso ya no era su tema. Si era algo, era práctica, se vistió, le acarició por última vez el cabello desordenado en la frente, lo miro con ternura, le dejó un cheque considerable sobre el velador, cerró la puerta y respiro aliviada.


Lo hice por puro morbo de entrar en la vida de otros, cuando pidieron voluntarios me pareció fascinante. Cuando la mujer abrió la puerta, despeinada, con el maquillaje corrido y en una bata que apenas le tapaba el cuerpo, sentí que esto del censo era un acierto, era lo que yo buscaba. Por favor tome asiento, sobre la mesa deje mi carnet. Voy a servir café, disculpe mi aspecto pero trabaje hasta tarde y nunca pensé que iba a pasar tan temprano. La mujer me ponía una taza de café por delante, una losa barata, bueno toda la casa era pobre, había un cierto orden, almohadones de colores chillones. Todo una copia miserable de una revista de decoración. Sobre una mesita, una botella de pisco a medio vaciar y vasos. Esto es un deber cívico, de los pocos que van quedando, de algo servirá digo yo, porque votar, yo hace rato que no voto, me comenta la mujer. Mientras hablaba se iba cepillando el cabello, largo, teñido de un rubio tipo reality. Cruzaba las piernas, sentada frente a mí le podía ver una ropa interior mínima, casi simbólica. Que interesante, yo vi por televisión como era esto, las preguntas claro. Si quiere vaya llenado lo del detalle de piso y muros, no entiendo mucho de eso. En el subsidio decía sectores medios, claro que la casa no traía ni calefón, ni llaves del agua, las tuve que poner yo.


Se levanta, enciende un cigarrillo, y con un gesto me muestra las llaves del agua. La cocina está integrada a la pieza tras un mesón mínimo. No estoy seguro si coquetea, o solo es su forma de moverse, le pregunto la edad, se ve menor. Gracias, que amable, sí, me han dicho que me veo me más joven que la edad que realmente tengo. Hay que cuidar la imagen, es todo en estos días. La mujer se anima y comienza a conversar, cada pregunta es seguida de una narración larga y dispersa sobre su vida. Calculo que aún no son las once de la mañana, ella se acaba de hacer un combinado y lo toma a sorbos lentos. Con modorra va comiendo un picadillo, que parece haber quedado de la noche anterior en la mesa, me mira, pero a ratos mientras habla, parece que lo hiciera para sí misma. De ésta comuna de toda la vida, nacida y criada. Mis abuelos vivían en la calle San Pablo pero los erradicaron, los trasladaron en camiones acá a Puente Alto, después ni iban para el centro. En un rincón hay una foto, una familia aparece como formada para la ocasión, algún lugar del litoral central. Ella me indica a una niña morena y seria, es ella, me dice que ya no viven la mayoría de los que salen retratados. ¿Usted es funcionario o lo hace de voluntario?, ahhh, ¡voluntario, que vocación!, yo a estas alturas no haga nada sin que me paguen. En un gesto rápido se saca la bata y se pone un polerón y calzas, le ha dado frío, en el paso veo un


cuerpo esbelto con varios tatuajes estratégicamente ubicados. Le pregunto por el número de dormitorios, me mira y parece dudar ante una pegunta tan simple, se pone nerviosa. La verdad de las piezas una es para trabajar, la otra es realmente mi pieza. Paso al número de personas que durmieron en la casa, de manera insólita ella se rehace, toma un tono profesional y me contesta. Anoche pasamos aquí dos personas, claro que dormir no dormimos, si usted me entiende. No, no compartimos los gastos, no. Parece que vive sola pero igual le pregunto, es la orientación que dieron en el curso. Además percibo que la estoy llevando a un terreno que la complica, y siento un cierto placer de observar sus estados de ánimo. Jefe de hogar, mire yo creo que acá lo que se llama hogar, no hay, si yo vivo sola. ¡Ahh bueno si insiste! , sería yo entonces, no queda otra. Tras la respuesta los ojos toman un tono triste, y despacha el resto de la piscola de un sorbo. Mi madre era chilena. Todavía no llegaban todos estos inmigrantes a llenar Santiago. Me suelta un largo comentario sobre las colombianas, parece odiarlas. Cuarto medio aprobado, y no era mala alumna, el problema era que no tenía dinero para seguir estudiando y había que trabajar. Lo raro es que en la


prueba de aptitud me fue mal, siempre quedé con la idea que en ese liceo enseñaban poco. Me la imagino de uniforme, en algún liceo de la periferia, sin oportunidades desde el día uno, y creyendo que aún jugaba un partido que ya había perdido. ¿Pueblo originario?, ¿usted me ve cara de algo en particular?, No, para nada. Se ríe, la pregunta le parece más una broma que una ofensa, supongo que como a muchos chilenos. Miró la foto del rincón, cualquiera podía tener sangre mapuche. Sí, claro que trabaje la semana pasada, como negra. Independiente, ponga ahí independiente, claro que no boleteo, ¿pero esto no tiene que ver con eso verdad?, la descripción, a ver, ponga servicios personales, prostituta. La miró, y si bien era posible, quedo helado, trato de darle un giro a la conversación, recurro a eufemismos pero ella no me deja. No, no, eso de trabajadora sexual no me parece, suena a algo así como a sindicato, a comunistas, no. Yo soy prostituta, ponga ahí. La respuesta me deja desarmado, es más intimidad que la que yo venía a buscar en este turismo social, o quizás sea lo justo para mi voyerismo. Hijos nacidos vivos, no, que pena, no sabría decirle. Cuando niña tuve uno, pero lo entregué a una fundación que los recogía en el mismo hospital, gente muy buena.


Prende otro cigarrillo, aspira profundo, su rostro se me hace más difuso. Si, entonces yo no me cuidaba, de ahí nunca más. No, no supe más de él, así que no sabría decirle si sobrevivió. Se produce un silencio, no acierto a continuar, busco la siguiente pregunta que me salve, una que me saque rápido de esa vida en la que me inmiscuí. Los datos de la persona que durmió acá, eso es complicado. Es un cliente frecuente, no me parece dar su nombre. Ustedes piensan en todo, así que le podemos poner un nombre solo para esto, que buena solución. Ya, eso, póngale Juan Sepúlveda, si es que me recuerda un novio que tuve. Detalles de su vida no sabría decirle si. Ha recuperado el dominio de sí misma, se levanta y yo me siento pequeño. Si me espera un poquito voy y le pregunto. Claro pues, si está en la pieza, él siempre paga por quedarse hasta el otro día y dormir, es que tiene problemas de sueño. Yo creo que va a querer que lo censen, total con el nombre falso no hay problema. Quiero irme, salir de ahí, de esa casa, de ese barrio, es una urgencia que no puedo explicar. Tome, aquí le anote lo que me dijo, es sureño, de Panguipulli, quién lo diría, y resulto menor que yo, con estudios se fija, y el pobre se mata trabajando en uber. Es que se quedó sin pega, y ahora es emprendedor, como yo, pero se las arregla, hasta le da para pasar a verme.


Anotó todo con rapidez, me paro y recojo los materiales, solo quiero salir. Un gusto, mire se hizo cortito, aquí le paso mi tarjeta por si necesita, se fija, le puse masajes y reiki, pero seguro usted se va a acordar de mi si pasa por el barrio, ahí me manda un wasap y le doy hora. Un gusto participar en el censo. Llego a la esquina, me quedo afirmado en el poste, miro las carpetas y la dirección de la casa siguiente, veo la fachada frente a mí. Levanto la tapa del basurero, arrojó todo, carpetas, credencial, camino sin mirar hacia atrás, a lo lejos veo un bus, hago gestos, para. Sentado, mirando por la ventanilla, por fin respiro aliviado.


Mi madre sostenía que la amante de su marido era una bruja, la afirmación que pudo ser causada por el despecho, quedo flotando por décadas en el aire. Aseguraba que la fulminante pasión que lo había sacado de la casa, directo a los brazos de otra, era motivada por una serie de operaciones de magia negra de su rival. Que ella había encontrado cosas espantosas en la puerta de la casa, y en los bolsillos de mi padre, hasta que él nunca más volvió. Esas afirmaciones en un tiempo moderno, en un contexto de gente con formación universitaria, parecían sin duda un delirio desesperado ante la realidad aplastante del abandono. Implacable, siempre cerré esas conversaciones con ella, sentía que los comentarios le hacían aún más daño y desestime todo lo que decía. Con el paso de los años, muertos mis padres, y sin más familia, decidí acercarme a mis medio hermanos, hijos de esa relación arrolladora. Superando las culpas con mi madre ya ausente, y los prejuicios sociales, pensé que era una oportunidad de hacer familia. Mi hermana en particular resultó un descubrimiento, grácil, etérea, con una inteligencia aguda pero irreal, había estudiado con éxito antropología y pasaba sus días dedicada a la lectura, y literalmente a la contemplación del mundo. Sin necesidades apremiantes, gracias a nuestro padre que la había dejado protegida, pasaba sus días en


viajes espirituales y tenía una debilidad tremenda por las actividades místicas, cualquier personaje que le prometiera adivinaciones o lecturas de carta, podía contar con ella como cliente. Nuestro hermano, un ser absolutamente racional, y yo, que solo confieso ensoñaciones ideológicas a veces, tratamos de sacarla de ese ambiente, sin éxito. Ahora estamos aquí, las dos hermanas sentadas en el cuartel de investigaciones, cada una interrogada por un detective mal encarado. La veo a lo lejos, sus ojos algo saltones y su extrema delgadez, y ese aire de haberse ido a alguna dimensión lejana, ajena a la hostilidad que nos rodea. El inspector me pregunta por nuestra relación, hermanas, contestó, el tipo nos observa perplejo, claro no nos parecemos nada, para colmo nuestros apellidos maternos no son los mismos, el padre sí, ahí presente como un sello de fábrica. Le hago un breve resumen de nuestras peripecias familiares y el hombre anota. No sé en que estuve que le hice caso, que la acompañe, pero ella, la menor, el ser angelical y leve nunca me había dado indicios de su grado real de locura. Siempre quise tener una hermana, lo digo como quién quería tener un gato, una mascota, pero lo mío era necesidad de afecto, supere el hecho de que fuéramos de distintas camadas, que su madre fuera la tipa que se había levantado a mi padre, porque finalmente tener una hermana parecía pura ganancia, menor que yo, era alguien a quién cuidar, sobre todo después que el viejo murió.


Esa tarde llegó alarmada a la casa, me decía que alguien estaba atentando contra nosotros, que habían hecho un maleficio para causarnos daños indecibles a los tres hermanos, no lograba precisar el autor, y enumeraba convencida las dificultades que mi hermano y yo habíamos tenido el último mes. Como explicarle que la vida normal es así, compleja, que en un país como el nuestro nadie necesita maldiciones para andar enfermo, estresado o pasar malos ratos. La mire largamente mientras proseguía su angustiado relato, pensé que quizás había llegado el momento de intervenir, una cosa era la inocencia, pero ésto le estaba haciendo daño. Hice intentos por convencerla que esas cosas no existían, que no se pusiera así, pero no se tranquilizó, si no hasta que acepte acompañarla a ver al supuesto adivino que le había dicho semejante cosa. En el camino fui pensando en cómo desenmascarar al sujeto que hace rato le sacaba dinero a mi hermana, el tipo de estafa en que una persona débil y con alteraciones emocionales como ella caía redonda. Pensé que sería simple, con esa soberbia que te da la racionalidad. Llegamos a un barrio antiguo del centro, mi hermana flotaba entre la marea de gente. Entró con decisión por una puerta descascarada y vieja, todo estaba oscuro, un olor penetrante me puso la piel de gallina. Al fondo, en una pieza a medio alumbrar nos recibió el adivino, ella lo saludo con reverencia, él la reconoció de inmediato y le hizo comentarios sobre su anterior visita.


Consideré que no debía mezclar los asuntos, mi tradicional simpatía por los inmigrantes con la situación del sujeto que tenía enfrente. Su acento era impreciso, al menos para mí, sobre una parka vieja se había adornado con colgantes y plumas, un sombrero le coronaba la cabeza, lleno de cosas exóticas, incluso creí vislumbrar una lagartija en el ala, que espere con fervor que fuera de plástico. El hombre era un experto del engaño, de inmediato percibió que yo era una escéptica, pero optó por ignorarme, total mi hermana entrando ya le había pasado su pago, envuelto en un género rojo, por el volumen no era poco dinero. Nos sentamos frente a una mesa llena de hierbas y caracolas, el chamán se puso a dar de voces, cada vez más guturales y a hablar en algo que pretendía ser quechua. Mi hermana formuló las preguntas en voz alta, y pidió la intervención mágica para anular el mal que pretendían hacernos a los tres. El hombre apagó las luces dejando solo unas velas, su canto se hizo más rítmico y profundo, a mi pesar empecé a sentir miedo. ¿Estás dispuesta a pagar el precio?, gritaba el adivino, al tiempo que mi hermana asentía hipnotizada. Me levanté de golpe queriendo interrumpir el fraude, entonces el hombre fue más veloz, y de un movimiento levanto un paño que cubría el centro de la mesa. Unos ojos pequeños brillaban aterrados, un chillido, el chamán toma un machete y de un golpe parte en dos al pobre animal, yo siento flaquear mis piernas,


mi hermana comienza a reír compulsivamente, el adivino hurga en las vísceras del pobre cuye, y le pinta con sangre el rostro a mi hermana. Siento que voy a vomitar, la tomo del brazo y la arrastro a la salida, pero es imposible cuatro figuras nos cierran el paso. Mi hermana ríe, el adivino grita en perfecto español groserías, lo arrastran dos detectives a un carro celular, mi hermana y yo nos vemos trasladadas dentro de un móvil, ella aún con el rostro manchado de sangre. El detective me explica que si fuera un adivino común seríamos víctimas, pero que hubo crueldad animal, entonces somos partícipes.


Miento, me resulta natural. No siento ninguna culpa, nada, al principio era un mecanismo de supervivencia, luego un hábito, hoy es una forma de vida. El paso por el colegio católico me resulto inocuo, la mención a la mentira entre los mandamientos, su envoltura de pecado, no significaron nada, los consideré a la misma altura de los mitos griegos, o las leyes de Lavoissier. No voy a buscar justificación en una infancia difícil, en ningún caso estuve en un circunstancia límite , de esas que te llevan a hacer cualquier cosa por sobrevivir, sin embargo, la mentira siempre me hizo la vida más grata, alegre y fácil. Hoy fluye de manera tan espontánea que es casi como respirar, solo ocurre. Digamos que es un ejercicio permanente de un arte, antiguo y complejo. Mis mentiras son verdaderas obras de ingeniería, cada pieza debe calzar con otra, y eso me ha permitido vivir varias vidas paralelas, mientras los otros viven existencias simples, yo en la mañana puedo ser un revolucionario, a medio día un artista y en la tarde un hijo de familia modelo. Mis personajes tienen vestuario, ademanes, léxico, un entorno de amigos y lugares a los que se hacen habitúes, son casi independientes de mi que soy su sustrato base, todos me caen muy bien, algunos hasta llego admirarlos, otros en cambio son algo marginales y decadentes.


Lo justo es decir que cada día juego un rol, una historia distinta. Supongo que el hábito me hizo desarrollar además otras habilidades, que hoy me permiten vivir mejor, desarrolle la observación del otro, puedo leer en sus gestos, sus movimientos, en su lenguaje, al ser humano que tengo delante. Esa habilidad es imprescindible para saber qué, cómo y en qué momento contar una historia, es, en cierta forma, hablar en el lenguaje único y personal del otro. Soy un ser muy afectivo y sociable, probablemente consecuencia de esta comunicación profunda con los demás, así logro desarrollar lazos nutritivos y relevantes para mí, o por el contrario si la imagen del otro me revela lo peor de sí, puedo montar elaboradas mallas de mentira que me protejan. Todo ha sido una experiencia llena de emoción y vida, sin embargo, últimamente algo me perturba, y al parecer es la realidad. Hace tres años salí del colegio, había repetido varias veces, y ya era mayor, pensé que ese era el momento para dejar atrás esa etapa. Desde luego no había repetido como un fracaso, al revés, ex profeso hice lo necesario para repetir porque el lugar me resultaba agradable y no quería salir al mundo. Debo decir que soy bastante inteligente, mis compañeros y profesores me admiraban, en general tenía opiniones fundadas sobre diversos temas en que los alumnos comunes solo recitaban sus apuntes. Leo mucho, lo hice desde pequeño, también eso aporto a mi conocimiento del mundo y las personas.


Fue como leer guiones de teatro, así en la vida real he podido prever la secuencia de acciones y reacciones de la gente gracias a los relatos, porque al fin y al cabo son un registro decorado del comportamiento humano. Al terminar el último año me uní a la masa inquieta que debía dar las pruebas para entrar a la universidad, asumí un aire demacrado, largos silencios, respuestas nerviosas al ser consultado por mis padres y maestros, mi habitación estaba llena de facsímiles de años anteriores y de folletos de universidades. El orientador del colegio me dedico varias horas, muy amable, para definir mi vocación, disfrute de varias conversaciones en que aproveche de desarrollar unas historias encantadoras sobre mi amor por la física, mis aspiraciones en el campo de la astronomía, y mis sueños sobre post grados en las mejores universidades en el exterior. Recuerdo que ese día animado por mi propia narración compre un libro magnífico sobre astronomía, lo leí en horas, pero claro nunca pensé en asumirlo como una la realidad. Los días en que debía dar las pruebas me levante temprano, me deje alentar por mi familia, pase un rato en el baño para dar la impresión de que estaba mal del estómago y luego salí con paso decidido al local. Una vez allí respire el miedo en el ambiente, la tensión, pude identificar a esos muchachos programados para el sistema, esos que saben hasta las posibles combinaciones de alternativas, toda su infancia y juventud esperando este momento.


Me senté en la banca a esperar, a mi lado una muchacha sudorosa se veía al borde de la crisis. Poco a poco como borregos, lo que finalmente eran, todos fueron entrando a las salas, yo también. El aire estaba cargado de falsas expectativas, de temores, casi como el circo romano, los que iban a morir saludan, uno a uno ante la mención de su nombre. Dan la orden de empezar, abro el cuadernillo, al azar marco veinte respuestas de preguntas saltadas, y luego me voy. En la tarde hago lo mismo, solo que ahora me quedo un poco más a observar el ambiente dentro de la sala, a medida que iban respondiendo todos envejecían, me los imaginaba vestidos con esa ropa corporativa espantosa en que mimetizan a la gente a la fuerza, sus ojos iban perdiendo brillo a medida que pasaban las páginas. Desde luego desarrolle varias versiones de mi experiencia en la prueba, una para la familia que incluía descripciones de preguntas que nunca existieron, y momentos de angustia cuando quedaba poco tiempo, para los amigos ajuste versiones relajadas y al final del día reflexione sobre que en realidad no había dado la prueba y tendría un año de libertad absoluta y de compasión y solidaridad paternas, pobre niño brillante que se quedo en blanco. Lo que es perturbador es que hay de verdad y de mentira en eso. Sé que un psicólogo haría una bisección de mi persona y mis personajes, quizás elabore una explicación, más dudoso que encuentre salidas, pero


ninguno de nosotros tiene ganas de perder tiempo en una consulta. Luego de confirmar con puntaje en mano el desastre, mis padres muy considerados evitaron las recriminaciones y me dieron un año sabático para pasar el trauma. En los dos procesos de admisión que siguieron simplemente inventé que me había inscrito, como ya tengo veinticinco años a nadie le preocupo corroborar mi historia. En una de las pruebas siguientes tuve un terrible accidente que me dejo sin poder darla, para esa ocasión llegué premunido de una bota y un vendaje en la cabeza, y por meses estuve hablando del sujeto que me había atropellado y se dio a la fuga. Impagable el cariño familiar. Ayer me dieron una despedida llena de afecto e ilusión, todos me desearon que por fin encuentre mi destino en Nueva Zelanda, un año aprendiendo el idioma y trabajando, mi padre me abrazo con emoción, me entrego una cantidad importante y me aseguro el depósito mensual para que no pase apreturas. Mi vuelo salía en la madrugada, por lo que convencí a todos que lo mejor era no llevarme al aeropuerto, y darnos el último abrazo en casa. En este, el primer día de mi nueva vida, desperté en el barrio Brasil, saque a mi nuevo perro a pasear y por internet verifique los horarios de clase en la Facultad. La escuela de teatro es la mejor del país, di la PSU pero lo que definió mi éxito fue la prueba especial,


tantos aĂąos de ensayo, como dijo la comisiĂłn, habĂ­a verdad en mis ojos, en mi voz, en mi postura.


Signo de los tiempos, espero un uber en medio del frío matinal, demora y como el mercado es cruel, cancelo, tomo un taxi que va pasando, a fin de cuentas el viejo modo de hacer las cosas aún funciona. Es domingo, la calle está medio vacía, solo pasan esos tipos insufribles que salen a correr sin destino, uno de los vicios modernos. Cuando le indico mi destino al taxista se hace un silencio incomodo, nada de comentarios sobre el clima, el fútbol, ni una palabra. Los medios se han encargado de informar que el acto del candidato oficialista será en el teatro Caupolicán, así que ahora en su mente me debe estar maldiciendo, se debe imaginar cosas horrendas sobre mí, y el esfuerzo por no insultarme lo tiene tenso, manejando callado. Sonrío, si, quizás estás adivinando algunas cosas de mí, pienso, pero nunca las suficientes. Me sumerjo en el celular, en wasap ya hay comentarios de la organización del acto, los primeros compañeros llegaron a las seis y media, viejas manías de cuadros, revisar todo, ordenar, los mismos tipos trabajadores de siempre. Hay cerco policial alrededor del teatro, no queda otra que caminar el último tramo, me parece un mal chiste, años atrás a esta hora la calle habría estado llena de partidarios cantando, gritando, enardecidos antes del acto, hoy es solo una calle vacía de invierno.


Me acerco a la entrada, los compañeros de control tienen todo ordenado, como siempre, no dejarán pasar ni a su madre sin la invitación para platea, me reconocen, cumplo y paso mi tarjeta, me detengo a saludar a varios, son de base, gente de comunales, gente que hace la pelea por no perder la fe. Los jóvenes pasan distribuyendo banderas, alegres, entusiasmados, pienso que son inmunes a la realidad, a la crisis, a la crítica, me gustaría pensar que no es falta de inteligencia, que es idealismo, pero quizás es el más feroz pragmatismo. El ciclo de la política no los afecta como a los viejos, en cada elección presidencial ellos van aprendiendo el juego, perfeccionando sus movimientos. Por su edad, podrán ver cinco o seis presidentes pasar, antes de volverse desechables, de esos gobiernos la mitad serán de nuestras filas, la brutal alternancia en el poder, así que hoy están relajados. Si perdemos en cuatro años más ya tendrán edad para cargos mejores, solo deben esperar. Mi generación va de salida, el que ya no fue ministro, subsecretario o jefe de servicio, ya no lo fue, el próximo no será un Presidente nuestro, y para el siguiente nos tratarán como ancianos. En la platea todos se muestran y son vistos, a pesar del frío todos tratan de lucir distendidos, entusiastas, arriba en galería, la gente los observa, gritos de los votantes fieles de algunos personajes como saludo, lienzos, viejos cánticos. El candidato debe llegar en dos horas, mientras el ambiente se prepara, decido quedarme atrás de las celebridades, ya he saludado a quiénes debían verme,


la música comienza, los locutores animan a la gente, hacen el milagro de crear ambiente. A lo lejos veo a Fernández, me saluda con un gesto. A esta distancia se le ve cansado, recuerdo cuando éramos jóvenes militantes, su solidez moral, su solvencia ideológica, todos lo admirábamos, estuvo detenido en el Estadio Nacional, luego lo trasladaron a otros centros, paso torturas, no se quiso ir del país como otros, se quedo, insistió tozudamente hasta que se acabó la dictadura, pasó años viviendo mal, sin empleo fijo, pero sobrevivió. En la pasada Fernández perdió a su compañera, nunca apareció, tuvieron un hijo que criaron los abuelos y que hoy no comprende nada de lo que Fernández hizo, la vida es así. Al menos tuvo mujer e hijo, yo hice de la política mi vida y de los compañeros la familia, así me quedé sola, sin nadie al llegar a casa. Él y yo hemos trabajado en varias campañas juntos, lo nuestro es organizar, armar equipos, hacer milagros con el dinero, soportar las presiones de los candidatos a diputados y senadores que piden y piden, y ahora para colmo hacernos cargo de que todo cuadre y se rinda, que todo pase la prueba de la blancura, nadie quiere más problemas. Fernández y yo siempre hemos estado en segundo plano, figuras que deben ser oscuras, pero eficientes. En esta presidencial nuevamente debemos poner toda la máquina a rodar, aunque nuestra fe en el candidato sea mínima.


Hace una semana llegó la remesa de fondos mayor, la que cubrirá los gastos más importantes, son meses en que debemos manejar todo bien. Con Fernández hicimos nuestra propuesta de administración, y se la presentamos al comando central, no hicieron muchas preguntas, el ánimo no es precisamente triunfalista, las apuestas están más bien en la parlamentaria, a la salida los dos nos fuimos a tomar un café, el entusiasmo por el suelo. Hace tres días Fernández llegó a mi casa sin previo aviso, estuvimos hablando hasta la madrugada, repasamos nuestras vidas, tomamos un buen tinto, recordamos tiempos mejores, imposible no caer en comentarios depresivos, el país que vivimos sin duda no es el que soñamos. El candidato llega, la gente grita, el hombre saluda a los próceres antes de subir al escenario, se hace el silencio, un joven ha comenzado a tocar en violín el Pueblo Unido, se me hace un nudo en la garganta, la gente canta, no soporto más y me abro paso a la salida. No voy a oír el discurso esta vez, no habrá promesas que me hagan quedarme. En mi casa demoró poco, tomo mi maleta y parto al aeropuerto, no tenía nada más que hacer ahí. El aeropuerto está tranquilo, una tarde de domingo en invierno, embarco mi maleta, pasó policía internacional, me siento en un café, saco mi tarjeta de embarque, verifico la puerta, me pongo a esperar. Es extraña la vida, los momentos importantes no tienen un brillo particular, si no ese mismo ritmo corriente de la rutina.


Son las cinco de la tarde, me conecto desde mi celular, es increíble la tecnología, digito, ingreso, lo hago una segunda vez, remotamente Fernández hace lo mismo, las transferencias están hechas. La gente está embarcando, me acomodo en mi asiento, pienso en Fernández, no sé a dónde se va, pero va a estar bien, muy bien. Entro de nuevo a internet, hago una nueva transferencia, seguridad ante todo, la azafata me pasa un diario, el candidato en primera plana, sonrió, ya no es mi asunto.


Tu padre y el mío eran alcohólicos, una primera coincidencia, por algo se empieza, además los dos somos buenos bebedores, segunda coincidencia, aunque claro la segunda deriva de la anterior, lo que se hereda no se roba, dicen. Al hilar más fino vienen los matices, a ti te gusta lo dulce, whisky con miel, vodka con sabores, a mi alcohol y dulce no se me dan, me gusta sentir el sabor ácido en la boca, el gin, el vodka, pero solo. Es como en la vida, es innegable que tú eres el más afectivo de los dos, el más humano, a las finales, dulce. Despierto y siento el peso en la cabeza, esa sensación que te ancla a la almohada, me duelen los ojos de solo de moverlos. La borrachera fue excelente, la resaca se viene atroz. La nausea me invade, calculo como un arquitecto los metros que me separan del baño, la curva exacta para llegar a él y acumulo fuerzas para dar el paso. Es que dentro de todo soy considerada, y no te quiero despertar, o quizás me queda algo de pudor, y no quiero que me veas vomitando en medio del dormitorio. Alcanzo justo a llegar, cierro la puerta al tiempo que a tientas logro prender la luz. Luego todo es cosa de práctica, el estómago se va vaciando, y entonces cae la pregunta del sentido del asunto. Pero la pregunta no es mía, es la de los abstemios que nunca han vivido la situación, de esos amigos que te


dicen que pares de tomar, que la salud, que el bolsillo, que la dignidad, todo eso con su cuota de machismo, porque además una mujer que toma es algo horrendo, un pecado mayor. A pesar del dolor de cabeza me deslizo en la ducha, estoy sospechando que me importas mucho porque quiero verme presentable, o al menos limpia para cuando despiertes. El repiqueteo del agua en mi cráneo me trae de nuevo la nausea. Maldito circulo vicioso, como si hubiera comido mucho anoche, creo que solo bebí, gin tonic, un número indeterminado, más de cinco creo, pero llegué en pie al departamento, eso sí lo recuerdo. La estancia en la ducha se prolonga, el cabello, la nariz los ojos, todo se siente tan limpio. Mi imagen me ataca desde el espejo. Colirio para los ojos, un eterno lavado de dientes que me da más asco, enjuague bucal para ganarle al gin que invade el ambiente. ¿Te quiero sabías?, me doy cuenta acá, afirmada del lavamanos. Menos mal hoy no trabajo, otras veces no he estado en condiciones e igual he tenido que partir, o las menos inventar una excusa para llegar más tarde. Igual todos saben, pero prefieren hacerse los locos, hasta aquí he cumplido con el trabajo, así que se aguantan los comentarios. Duermes como un niño. Preparo café, el olor penetrante se sumerge por mis fosas nasales hasta el cerebro. Vamos pasando a la etapa dos porque ya me da hambre, busco algo que lo


calme y tenga pocos aromas y pocos sabores, nada que me descomponga de nuevo. Me vuelvo a mirar al espejo, casi humana. Me acerco a la cama y te observo dormido, me pareces un ángel, quizás porque yo tengo algo de demonio, juguetón, pero demonio. Tu celular se agita en el velador, no despiertas, tienes sueño profundo, por la pantalla aparece un mensaje largo, es de tu hermano. Te está buscando, te dice que ojalá no estés conmigo, que no te convengo, que recuerdes lo mal que lo pasaban con tu padre, que lo pienses bien. Eres tan transparente que no tienes bloqueado el teléfono, busco el mensaje anterior, el tuyo, es de anoche, le cuentas que lo pasaste mal, que todo se salió de control, que me quieres pero que tienes miedo. Leo intercambios de otros días, lo mismo. No era verdad tanta empatía, estás temiendo volver a la infancia, al padre inconsciente en el piso, a las vergüenzas en plena fiesta de año nuevo, como no saberlo yo misma, mi padre borracho en mi graduación volteando los pendones del escenario. Pienso que no quiero que te vayas, me da miedo que despiertes y hayas decidido irte. Salgo a la calle, la luz me hiere la mirada, a media cuadra el bar del barrio ya está abierto, quizás un vodka para pasar los nervios, el mito de que no deja olor, aunque yo si lo siento.


Me siento en el bar y pido, desde la ventana vigilo la salida de mi edificio, en buenas cuentas tomo palco de mi vida. Pasan los minutos, estoy esperando verlo salir, irse, dejarme tal vez. El vodka reposa en la mesa, un stolychnaya, stoly para los amigos, y nosotros somos íntimos. Un mensaje de wasapp entra a mi celular, es él, ha despertado, escribe mucho, largamente, veo el cursor moverse como una amenaza, espero el click de envío como una condenada en la celda. Camino de vuelta a casa, atrás deje el vaso servido sin tocar, voy enviando caritas felices a su oferta de amor y de ayuda, quizás por hoy tendré final feliz.

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Cuentos de locura urbana Paulina Correa elaborado en el mes de julio del 2017 en los laboratorios de editorial Opalina Cartonera


Los libros de la editorial opalina Cartonera SON OBJETOS DE ARTE COMPLETAMENTE ARTESANALES - fabricados con nuestras patas delanteras todos hechos con dedicaciรณn, delicadeza y voluntad

Opalina Cartonera


Cuentos de locura urbana / Paulina Correa  

Editorial Opalina Cartonera 2017

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