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UN CANGREJO DE ALTAMAR Por Mauricio Ulloa


A ellas no se les aceptaba que pudieran bañarse junto a nosotros, eso sí, tenían al cuidado una infinidad de infantes, so pena de que una ola las tomase desprevenidas o el mar hiciera de las suyas con los niños.

Mercedes, no era como las demás, con su cabellera negra al viento, podía hacer suspirar a cualquier Conde o Marqués de la provincia, sus ojos azules brillaban cuando se dirigía a mí.


Ella me trataba como un niño más, pero yo sabía que eso no era así, en sus palabras brotaba la ternura, las hojas de los árboles bailaban al compás del ritmo de su voz y los pájaros paraban su trinar esperando que Mercedes los dejara participar. - “Sal del agua papi, ya es hora de comer”- sus palabras eran bendiciones para los demás niños, a mí siempre me gustaba quedarme un poco más. El mar con sus grandes horizontes cubría y maravillaba mi pelo rubio ondulado, en un zigzaguear de las olas, mis ojos se clavaban en todo lo que sucedía alrededor, me revuelve los sentidos sus colores azulosos en el amanecer…


…y sus colores verdecinos como el prado en el atardecer, mar multicolor donde jugaban eternamente aquellos que no visitan a la maestra y que luego recogen bravamente lo que deja Mercedes enterrado en la arena. Ese mar trae peces de colores que se acercan a mis blanquecinos pies, llaman la atención a todos los niños del lugar, pero a mí me llama la atención algo que deseo aún más, el teñido que se produce entre mi cuerpo acurrucado y las piernas bronceadas y torneadas de mi Mercedes. -Vamos papi, sal ahora! Me gritaba la mujer más bella de la playa, tendida como una sirena en busca de sus retoños que disfrutan del mar, como pequeños delfines cerca de ella.


-Solo un momento más, por favor!- le repito sin percatarme de lo que el mar me regala. Una ola ha dejado en mis pies algo completamente desconocido, según la maestra “Cuando se encuentren en la playa con este tipo de animales, tengan cuidado, ya que los esclavos son alimentados con estos anaranjados”, era muy difícil recordar como reconocerlos, pero el color y sus patas pequeñas y dos tenazas grandes eran igual al que había dibujado la maestra en mi cuaderno, era imposible que tal criatura pudiera hacer algún daño, lentamente observe cada parte de su cuerpo, era fascinante, mis manos se acercaron al extraño ser para comprobar su contextura.


Un fuerte dolor llegó hasta mis ojos que explotaron en un río infinito de perlas. Al tratar de sacar al ser de mi mano derecha sentí un leve balbuceo que me llevó dentro de un torbellino de espuma, espuma de mar que me apaga, ahí están los gritos de mi querida Mercedes, se apaga, los gritos son cada vez mas lejanos, la espuma no me deja respirar, escucho a lo lejos entre lágrimas la voz de mi amada que dice: Voy por ti papi, no desesperes… Y luego una gran luz que me sostiene, me lleva a un lugar que desconozco, grandes murallones existen en este lugar, personas que habitan tras unas ventanas, al parecer hay personas de distintas nacionalidades…


… colores y olores, los adultos caminan de un lado a otro por una calle, ya no está el mar, sino que una avenida inmensa con parejas que se besan sobre una muralla que detiene el mar… -¡Ay mi mar!, ¿que le han hecho a mi mar?- grito desconcertado. Rubios, trigueños, mulatos, blancos, todos ríen siguiendo el ritmo de canciones que desconozco, al parece ya no existen los esclavos, todos son iguales, que decepción, aquí no encontraré a Mercedes.


Armatostes pequeños y grandes se mueven a diferentes velocidades sin caballos que los tiren, sobran personas dentro de estas especies de carruajes, en paradas establecidas las personas son vomitadas por los armatostes, es una cantidad inimaginable, lo más extraño de todo, es que las personas no tienen miedo a estas moles que se mueven con una magia poderosa. El Marqués corrió a la playa levantó a Mercedes de la arena blanca como si fuera una pluma, el apretón en su brazo le dejó una mariposa alada de un azul burbujeante.


El grito del noble estremeció a todas las personas que estaban cerca de la acongojada Mercedes: -Acaso, no se puede confiar en los esclavos- gritó, y con el dorso de su mano izquierda golpeó con estrépito la mejilla y nariz de la muchacha, esparciendo un rojo carmesí por la blanca arena y dejando una fina estela en la cara del niño, que se retorcía de dolor al tener al cangrejo impregnado en su mano. -Mercedes, te juro, que sino despierta, tendrás 20 latigazos y cobraré con sangre, la sangre de mi hijo que dejaste abandonado en el mar.


Empieza a llover y el agua se evapora, nadie corre a esconderse, una gran cantidad de personas caminan y sollozan, pero a la vez están alegres. Me miran con desconfianza y me señalan con el dedo, siento como una luz me desvanece y mi boca se llena de espuma burbujeante salada, siento los gritos de mi padre y un golpe que me estremece desde la punta de los pies hasta la punta del cabello. Siento el calor de la sangre en mi boca, trato de abrir los ojos y veo lágrimas en los ojos de mi Mercedes, ya no es de noche, no se escuchan ni las voces ni la música de la ciudad, sólo escucho la playa y el corazón de mi dedo apretado por esa criatura anaranjada, las lágrimas de mi Mercedes caen en mis ojos y me ayudan a salir de mi sueño profundo, me acurruca en su seno y me toca suavemente la nariz.


-Mercedes, ahí estaba la cuidad…- le digo mientras veo las perlas de sus ojos. -No te preocupes papi, todo esta bien… -Te lo juro Mercedes… -Todo esta bien papi, todo esta bien…

Santiago de Cuba, 12 de Julio del 1809.

UN CANGREJO DE ALTAMAR  

MAURICIO ULLOA

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