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XXXVI CERTAMEN LITERARIO “JORGE GUILLÉN”

PRÓLOGO Sorprende muy gratamente que haya jóvenes que disfruten contando historias y que sepan hacerlo tan bien. Reconforta comprobar que, en estos momentos que parecen marcados por la confrontación constante y agresiva, por la descalificación del prójimo y por la inanición intelectual, haya mentes activas y creativas capaces de aportar a los demás momentos de ocio enriquecedor. Y eso ha sido para mí la lectura de estos relatos.

¿Cómo no conmoverse con la minuciosa descripción de lo que podemos encontrar en esa Quinta planta? Es imposible leer este relato y no sentir el frío, y no percibir esa mezcla de fétidos olores que se asocian a la enfermedad y a la muerte. Solo una pluma experta y, tal vez, una experiencia vital cercana, pueden plasmar el sufrimiento y el deterioro físico y psíquico con tanto realismo y crudeza.

¿Quién no ha dedicado nunca algunos momentos de espera, algunas largas horas de viaje o, simplemente, momentos de desidia asomados a una ventana a imaginar la vida de los otros? Y lo importante es no limitarse a imaginar y llenar de contenido los silencios. Lo importante y valioso es saber reflejar en un papel esos pensamientos, esas situaciones inventadas cuando tres personas de edades distintas y, por consiguiente, distinta percepción del tiempo y diferente actitud ante la vida, confluyen en un 1


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semáforo permitiendo a un ocioso observador construir Vidas ajenas.

¿Cómo no descubrirse ante un adolescente capaz de construir una historia tan perfecta como la de esos Labios entrelazados condenados a la tragedia? Una historia impecablemente construida, un relato que encierra muchas horas de ricas lecturas.

¿Cómo no darse cuenta de cómo las relaciones tóxicas entre los adolescentes son mucho más frecuentes de lo que a veces pensamos y que siempre llega tarde esa Carta de un poeta arrepentido?

¿Cómo negar la influencia de los problemas actuales en lo que nuestros jóvenes cuentan? Paro, explotación, crisis, marginación no evitan que haya un ápice de esperanza para encontrar una vida mejor sin renunciar a nuestra esencia, sin querer vivir “entre cucharas de plata”.

Mi más emotiva invitación a disfrutar de estos relatos por los que quiero sinceramente felicitar a sus creadores. Mº José Collado Cornillón.

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CATEGORÍA A

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José Ignacio Martínez Montoro (Jaén, 1993) es graduado en Medicina por la Universidad de Granada. Actualmente es Médico Interno Residente de Endocrinología y Nutrición en el Hospital Universitario Virgen de la Victoria de Málaga. Ha sido galardonado con varios premios de narrativa, entre ellos el X Premio Literario Federico García Lorca (2011) y el XI Certamen Andaluz de Escritores Noveles en la modalidad de relato por García Lorca 2.0 (Colección Letras de Papel, 2013). También resultó ganador del XXVII Concurso Nacional de Cuentos José Manuel Álvarez Gil y de otros certámenes de carácter universitario. Fue finalista del VI Certamen Literario de la Biblioteca Universitaria de Granada con el relato Las medusas (Editorial Universidad de Granada, 2017).

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Quinta planta Eras en aquel tiempo rubia y grande, sólida espuma ardiente y levantada. Parecías un cuerpo desprendido de los centros del sol, abandonado por un golpe de mar en las arenas Rafael Alberti

Como una promesa de vitalidad, tu nombre aparece en los informes, en el monitor, en la nota adhesiva casi despegada del tablón de anuncios, Bárbara. Pronuncio lentamente cada sílaba, recorro con el dedo el contorno de las letras y pienso de forma inevitable en un grupo de niños que canta a gritos, una casa recién pintada. De alguna manera ser Bárbara implica una sonrisa permanente, hacerse responsable de la sonoridad de los fonemas, no envejecer nunca; pero si empujo la puerta y me asomo a la habitación encuentro el cráneo pelado, los ojos muy abiertos fijos en algún punto aleatorio de la pared, el olor a orina, a enfermedad. Entonces Bárbara es solo un deseo inalcanzable, las costillas marcadas debajo del camisón, la piel amarilla de los brazos surgiendo entre las sábanas y 5


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sobre todo esa cabeza tan pequeña, la pelusa blanca de la coronilla que se deshace solo con tocarla. Has sido testigo de las primeras luces del alba entre tos y jadeos, incorporándote para permitir a tus pulmones alimentarse del oxígeno de la habitación. Te aferras a la barandilla de la cama con las pocas fuerzas que aún te quedan, los huesos frágiles de las manos apretados contra el metal como las garras de un pájaro desnutrido. Unos ojos grises miran ausentes hacia cualquier parte, se mueven perezosamente en dirección a los estímulos, a las preguntas que no respondes, Bárbara, te llamamos susurrando y entonces nos observas un instante desde tu indiferencia, a punto de decir algo que nunca sale de esos labios llenos de grietas, deshidratados como tu cuerpo entero, tu cuerpo de sondas y apósitos, el cuerpo que palpan los médicos, esa masa atrófica que se sacude cada vez que respiras. Qué escucharán cuando te auscultan el pecho, en qué pensarás mientras establecen pronósticos, pautas de tratamiento, tú, que no entiendes de cáncer, de demencia, de metástasis, con la mirada perdida, lejos de la habitación, concentrada quizá en rescatar recuerdos extraviados en algún área de la corteza cerebral. Qué sientes cuando estás desnuda, cuando el agua tibia te moja el sexo, las pompas que el jabón forma en tus pliegues, la 6


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loción para recién nacido derramándose por el vientre, empapando las sábanas. Cómo sobrevives al insomnio, a la luz artificial de los tubos fluorescentes, a la papilla de hospital que se te queda en las encías, en las comisuras de la boca. En qué momento te empezaste a consumir, a contagiarte del letargo de los que comparten planta contigo, de su raquitismo, ese instinto primigenio que aún conservas para aprender de ellos a ir muriendo poco a poco. Pronunciamos tu nombre una vez más, Bárbara, ya casi por inercia, la costumbre inútil de hablarte como si pudieras comprender, como si las pastillas fueran capaces de reparar tantas conexiones neuronales defectuosas, de ayudarte

a

recuperar

la

noción

del

tiempo.

Qué

medicamento va a corregir la torpeza de tus movimientos, la mano temblorosa que sujeta un vaso de plástico, el método caótico que gobierna cada una de tus acciones. Grotescamente

articulamos

palabras

de

consuelo,

ignoramos a propósito los pómulos hundidos, la cara pálida, los rasgos afilados, el sabor permanente que el vómito deja en tu garganta. Ajena a los cables, al zumbido de las máquinas, ajena a nuestro teatro absurdo en una sala de hospital, sonríes con ese aire de cansancio, de aburrimiento, y por un momento tengo la certeza de que 7


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nos reconoces, de que has elegido el silencio, el idioma de los ojos para comunicarte. Qué vas a decirme ahora que todos se han ido, solos tú y yo, alguna enfermera que toma muestras de tu sangre, análisis rutinarios que alguien va a estudiar en un laboratorio para tratar de explicar las uñas quebradizas, la fiebre, la anorexia, asuntos a los que no prestas atención porque te da igual la evolución, la esperanza de vida, porque a tu mente no van a regresar, como a la mía, recuerdos gastados de tanto evocarlos, gastados como la palabra Bárbara latiendo en mi cabeza, fotogramas, despertares bruscos en un sillón, residuos de sueños, espejismos que se desvanecen entre los dedos de la madrugada. De qué vamos a hablar ahora que estamos solos, qué sentido tiene hablar, tantas cosas que contarte pero es mejor callar porque acabas de quedarte dormida, es mejor seguir en el sillón, seguir ensayando diálogos, palabras que te diría si pudieras entender. De qué sirven las palabras, los recuerdos petrificados en forma de fotografías en las páginas de un álbum, si la nostalgia no es compatible con el olvido, si tu cerebro es un conglomerado de cortocircuitos, un trabalenguas de neuronas que se va apoderando de los últimos restos de 8


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lucidez que te quedan. Otra vez estás sentada al borde de la cama, un poco echada hacia delante, como tomando el impulso con el que te vas a levantar, preparándote incoherentemente para apoyar los pies descalzos en el suelo, esas piernas flácidas que aguantarán el peso de tu cuerpo apenas unos segundos antes de que caigas de nuevo en la cama siendo consciente de tu derrota, de que los paseos por el pasillo acabaron hace tiempo, el pasillo que ahora está vacío porque van a sacar a un difunto, la marcha fúnebre escoltada por celadores hasta el ascensor, rituales de muerte cotidianos en la planta de las enfermedades terminales. Te está subiendo la fiebre. Cubierta de sudor, murmuras palabras que no existen, mensajes que nadie puede traducir, como cartas que llegan a un destino equivocado. Me gustaría descifrar tu delirio, entrar a formar parte de él, lavarme la memoria y perderme en un desorden de imágenes, ser un poco como tú. Por qué seguir insistiendo en una dialéctica superflua si es tan sencillo no decir nada, tumbarme junto a ti aunque no me reconozcas, sentir el colchón húmedo bajo la espalda, tus rodillas temblando contra mí. Quiero que me enseñes a mirar fijamente el aire o el techo hasta que me duelan los ojos, imitar la posición fetal que tu cuerpo adopta, 9


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encogido, acoplándose a la estrechez de un vientre materno ficticio, el regreso al estado embrionario. Me acerco a la piel fría de tus muslos, a los labios que se empiezan a colorear de azul, las manos cruzadas, los tobillos tan juntos, tan rígidos. Cuánto tiempo llevas rendida a esa somnolencia plácida, la cabeza hundida entre los hombros, qué más da el tiempo, todo quieto en este instante, las voces apagadas que nos llegan desde el pasillo o la calle, sonidos confusos que se aproximan y yo solo escucho Bárbara, pienso en Bárbara inmóvil bajo las mantas, comienzo a notar un vértigo dulce ascendiendo por la columna vertebral, la visión borrosa. Me detengo en las arrugas de tu cara, en el relieve de las clavículas, y me doy cuenta de que ya solo queda esperar a que se cierren todas las puertas del pasillo, esperar a que el pasillo se quede vacío para que los celadores aprieten el pulsador y el ascensor se detenga en nuestra planta.

Seudónimo: Sauce

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CATEGORÍA B

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Juan Domingo Martos Pérez. Noviembre 1999 Soy de los que juega con las letras para devolver los golpes que, en ocasiones, nos da la vida. Con ellas cuento historias propias o doy otro punto de vista a las ajenas. Nada como desquitarse y no dejarse nada dentro del corazón. Eso termina pasando factura y un buen modo de prevención es escribir. Antes de llegar a ese punto se debe leer. Y mucho. Algo que mi madre me inculcó desde pequeño. Mi hogar es una biblioteca con hipoteca. Estudio informática y lo compagino con otra de mis pasiones, mi trabajo en una productora de contenido audiovisual. Otra forma de crear pero con sonido, imágenes y voces. Mi gran pasión es vivir. Vivir la vida real, la del día a día, y las inventadas. Las que muchos/as creamos en nuestra mente. Vidas que no nos pertenecen o que desearíamos que fuesen nuestras. Nada como adentrarse en ellas, 12


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empezar de cero y ser tú el que decide su rumbo y escribe su destino. Premios Literarios 2018 1er Premio XL Certamen Poético “Ciudad de Archidona”. 1er Premio XIII Concurso de Cartas de Amor de Carcaixent. 3er Premio de Poesía XXXVI Certamen Literario 'Roquetas de Mar'. 2019 2do Premio XXVII CERTAMEN DE POESÍA MILAGROS CACHO PÁRRAGA. 1er Premio de Poesía XXXVII Certamen Literario 'Roquetas de Mar'. 2do Premio XIV Concurso de Cartas de Amor de Carcaixent.

Vidas ajenas Suena el despertador con su habitual ruido estridente, y como todas las mañanas, prometo comprar uno nuevo esa misma tarde, aun siendo consciente de que eso es imposible. Me dirijo a la única ventana de mi habitación, aquí dentro no hay gran cosa: una cama, un viejo armario, una mesilla con su lamparita y una caja de libros sin desembalar. Aquí no son habituales las visitas, y como yo carezco de interés por este lado de la ventana, aquí reina la 13


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sobriedad. Cojo el oxidado pomo entre mis temblorosas manos, enfermas ya hace tiempo, no es una tarea fácil, este no gira adecuadamente y la madera apolillada se descascarilla con cada diminuto movimiento. Lo intento otra vez, ahora lo giro repetidamente hacia la derecha, luego a la

izquierda,

cada

vez

más

rápido,

empiezan

las

palpitaciones, los temblores, la vista se me empieza a nublar, cuando de repente, paro.

Me siento en la cama, sé lo que hay que hacer: respirar profundamente, recuperar el ritmo cardíaco, visualizar una imagen agradable… Inspiro, espiro… Una nube blanca… Inspiro, espiro… Como una bola de algodón… Inspiro, espiro… Flota en un cielo azul… ¡Superado!

Me levanto, estoy frente a la ventana. Ahora, con calma, giro el pomo, ahora sí, ya puedo comenzar mi rutina: observar las vidas ajenas, nutrirme de ellas, sentir a través de ellas, siempre desde mi escudo, la ventana. El sitio donde me recluyo desde que un día los fantasmas que vivían escondidos en lo más profundo de mi inconsciente vinieron a reclamar una respuesta a tantos años de silencio 14


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y de ignorancia, pagué un alto precio. Se apoderaron de mi vida, controlando todo mi ser.

Me incorporo, asomo la cabeza y miro hacia la calle. Miro sin prestar atención al semáforo que está en frente de mi ventana, observo a la gente que espera la orden para reanudar la marcha. Para ellos solo es un parón en sus vidas, un hecho carente de importancia y, sin embargo, mi pelo se eriza, mi corazón late, y mi boca deja entrever una leve sonrisa.

Observo. Un chaval con los rasgos físicos característicos de la pubertad y el poco interés por la puntualidad que se suele tener en esta etapa vital, espera, tranquilamente, frotándose los ojos que hace cinco minutos todavía permanecían cerrados en un sueño plácido. Cree no tener obligaciones, y sus cualidades de deportista y su autoconfianza, le permiten tener una buena posición dentro de su grupo de iguales. Sabe que es guapo y que no le hace falta peinarse, su aspecto desaliñado le da ese look un poco rebelde que últimamente busca tener. Tal vez tenga deberes sin hacer, pero no parece preocuparle 15


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demasiado. Saca el cuaderno, lo mira, y lo vuelve a guardar, se valdrá de su encanto para salir airoso de esta, no es la primera vez, ni será la última.

A su lado, una mujer que ronda la cuarentena. Viste un elegante blazer azul marino con una falda tubo del mismo color, hasta las rodillas. Espera ansiosa al cambio de color que le dejará llegar a un destino al que, intuyo, llega tarde. Sujeta una carpeta debajo del brazo derecho y con la mano izquierda la agarra fuertemente. No puede controlar el tiempo, y no soporta dejar cabos sueltos, mueve la mano arriba y abajo pero sin soltar la carpeta. Intuyo que es abogada y que la carpeta debe ser de suma importancia para su defensa. Repasa mentalmente su alegato. No duda de sus cualidades, pero quiere evitar pensar en el tiempo, que hoy transcurre especialmente despacio, por lo que aprovecha este instante para poner en orden sus ideas. No tiene ninguna duda que el caso es suyo, que su defensa será brillante, conoce sus virtudes y defectos. Todos los días dedica media hora a la autocrítica y a la superación personal, cree que hay que conocerse y esforzarse en superar aquello que no nos gusta, consiguiendo así elevar

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la autoestima, que es la clave del éxito en todos los aspectos de la vida.

Una anciana de unos 80 años viste una moderna indumentaria no muy acorde con su edad, pero que, si no fuera por el bastón donde sujeta su encorvado cuerpo, le haría parecer más joven. Espera pacientemente con la serenidad que da el largo tiempo ya vivido, las batallas hace tiempo libradas y el éxito de una vida de retos ya superados. Sin embargo, la soledad es mala compañera y a veces llora sin lágrimas por los años ya pasados. Pero Dios le da fuerza, sabe que es merecedora de una vida mejor y que su destino llegará cuando Dios así lo decida. Sabe que sus hijos están bien, tienen un buen trabajo y buena familia, por lo que, ahora observa los coches pasar imaginando que son fragmentos de tiempo de su particular cuenta atrás.

Cambia el color del semáforo, y ahora, estas tres personas cruzan la carretera, apresurándose cada uno a su destino, no siendo conscientes que han compartido un instante de su vida, con una persona carente de ella, que solo le queda observar vidas ajenas desde su apolillada ventana. 17


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Seudónimo: Medusa

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CATEGORÍA C

Fernando Lobato Bandera nació el 25 de agosto de 2004 en Nerja. Comenzó a inventar historias con cuatro años, 19


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cuando todavía tenía que dictárselas a sus padres para plasmarlas en el papel. Entre sus aficiones se encuentran la pintura, el patinaje artístico, el diseño de moda, el teatro, la fotografía, la lectura y la escritura. También le encanta viajar y conocer lugares y culturas diferentes. En el futuro le gustaría estudiar alguna carrera artística como Bellas Artes o Arquitectura, además de seguir formándose como actor. Desea que la escritura siempre forme parte de su vida a través de la publicación de libros y la realización de películas y obras de teatro.

Labios Entrelazados Allí estaba ella, una muchacha que no alcanzaba los treinta, con una corta y voluminosa melena castaña y un despeinado flequillo encantador. Vestía una falda por debajo de la rodilla, un abrigo largo, un bolso de ante, una 20


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bufanda y unas tupidas medias color mostaza y zapatos marrones. Sus ojos verdes chispeaban como los aros que colgaban de sus orejas; y esa amplia y hermosa sonrisa dibujada con carmín rojo, que tanto contrastaba con sus dientes blancos y relucientes. Cuanto más nos acercábamos a ella, más podía intuir las enormes ganas que tenía de comerse el mundo. Pero no fue hasta ese momento en el que saludó efusivamente a su tío llamándolo cariñosamente tito, cuando supe que me había robado el corazón. Riccardo y yo permanecimos prudentemente tras ellos mientras tío y sobrina se abrazaban. Tras el reencuentro familiar, don Rafael, el anciano jesuita profesor del colegio donde estudié, con el que veníamos, nos presentó a su sobrina María. Dándonos dos besos la saludé con un -Hola, ¿qué tal?- que era lo poco que sabía decir en español y que tímidamente fui capaz de manifestar con un marcadísimo acento italiano, y a lo que ella nos respondió en un perfecto italiano -Piacere di conoscerti-. Todos nos reímos y la felicitamos por lo bien que lo había hecho. Seguidamente, ella, comenzó a andar hacia el coche con las manos en los bolsillos. Don Rafael se acercó a ella y le puso el brazo por encima del hombro, 21


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ambos charlaban mientras nosotros continuábamos detrás. Ese aire un tanto recatado, se derrumbaba ante su esencia interesante y juvenil, algo que me cautivó desde el primer momento. Por un instante quedé absorto sin percatarme que Riccardo me hablaba. Cuando me di cuenta de que mi amigo me llamaba, volví a la realidad apartando por un momento de mi mente la silueta de María. - ¿Qué decías?- le pregunté. -¡Mamma mia, como está la sobrina del cura!- Me afirmó con la baba caída. - No está mal- respondí yo inquietado por que a Riccardo también le gustase María. Cambié de tema. -No le digas cura, es jesuita, ya sabes lo orgulloso que está de serlo.Tras un largo rato caminando, llegamos al aparcamiento del aeropuerto. Tenía un Seat 133 de un verde precioso. Nos montamos y nos llevó a la casa de Luis, hermano de don Rafael, el padre de María. Allí nos recibieron Mercedes, la esposa de Luis, junto a Javier y Rosa, (los hermanos de María). Un gran alboroto de bienvenida y presentaciones se formó en la casa aquella noche. Pero entre todo ese jaleo se encontraba María, que me observaba con los labios apretados y una mirada entre 22


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tímida y seductora que intentaba ocultar al darse cuenta de que mis ojos estaban clavados en los suyos. Riccardo y yo nos instalamos en una pensión cercana, en la Alameda de Capuchinos. Al día siguiente fuimos a cenar los sobrinos de don Rafael, Riccardo y yo. Fue una noche muy divertida, pues nos tuvimos que comunicar en una extraña lengua latina, mezcla de español e italiano, lo que nosotros los italianos llamamos “itañolo", y que cumplía su función comunicativa gracias a que María era profesora de Latín y Griego. Riccardo quedó prendado de momento de Rosa olvidándose de María, lo que me relajó mucho. Tras toda la noche intercambiando palabras en ambos idiomas, Rosa, Enrique y Riccardo se retiraron. ¡Al fin estábamos solos! Me dije a mi mismo. Nos encontrábamos tan a gusto que parecían no pasar las horas. Era tardísimo y María me dejó en la pensión. Durante el trayecto sonó la canción de L’Italiano (Lasciatemi cantare) de Toto Contugno que tanto odiaba. A María le hizo mucha gracia la coincidencia y me dijo que le gustaba mucho esa canción, a lo que yo respondí con una cínica sonrisa. Cuando nos despedíamos e iba a abrir la puerta para bajarme del vehículo me besó. Me pilló totalmente de improviso, tenía muchísimas ganas de besarla pero no me atreví; me sorprendió ella, haciendo de aquella noche un momento tan delicioso que tardó en 23


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desaparecer de mi mente y de mis labios como un sabroso sabor. Los días siguientes tuvieron una luz especial, Riccardo y yo quedábamos todos los días con los sobrinos de don Rafael, sin que faltara ningún día mi queridísima María. Ella me enseñaba cosas de Málaga y yo le explicaba lo maravillosa que era Italia. Así, poco a poco fuimos adquiriendo cada vez más confianza y por momentos notaba que aquello no era para ella solo un juego de jóvenes. Habían pasado ya tres semanas, don Rafael y Riccardo estaban terminando la maleta, mientras yo me encontraba mirando por la ventana de mi habitación a los transeúntes paseando por la Alameda de Capuchinos. Don Rafael me tocó el hombro provocándome un sobresalto. _ ¿Qué haces que no has preparado aún la maleta? -Me preguntó don Rafael. Yo me giré y le dije que había decidido quedarme en Málaga, que me había enamorado la ciudad. -¿No será otra cosa lo que te habrá enamorado, no?preguntó Riccardo con ironía. -Se trata de mi sobrina, ¿cierto?- añadió don Rafael. 24


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Afirmé con la cabeza y les pedí que por favor no dijesen nada todavía, que no quería ir demasiado rápido. Ellos aceptaron mi decisión y partieron al día siguiente. El resto ya se lo pueden imaginar, estaba claro desde el primer momento. María y yo comenzamos a ser pareja. Pero el verano terminó; ella comenzó las clases y yo tuve que volver a Roma a la farmacia donde trabajaba. Los kilómetros no nos separaron. Cada día, al cerrar la farmacia bajaba a la cabina telefónica que había bajo mi casa y pasábamos largo rato hablando por teléfono. Ella venía cuando tenía vacaciones (al igual que yo). Pasaron cuatro

felices

años

donde

nuestro

amor

surcaba

constantemente la ruta aérea de los vuelos Roma-Málaga y viceversa. Era Nochevieja y a mí me tocaba hacer guardia en la farmacia. María estaba allí conmigo, habíamos instalado una pequeña televisión en la trastienda para que pudiese seguir las campanadas por la televisión española, como lo estaba haciendo su familia desde España. Sentados frente a aquel viejo televisor, cubiertos con una manta, comimos aquel año las doce uvas y dimos la bienvenida a 1984. Al comer las doce uvas nos besamos celebrando el año nuevo mientras al oído me reveló que 25


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estaba embarazada. ¡Qué mejor noticia se puede pedir para empezar el año! La alegría y la ilusión se apoderaron de aquel frío establecimiento. Dos meses más tarde, dejé la farmacia para mudarme por fin a Málaga, pero el destino sacó de debajo de la manga una carta que cambiaría por completo nuestra partida. Don Rafael murió repentinamente poco antes de mi marcha. Varios jesuitas y miembros de la iglesia amigos de don Rafael, además de mí, fuimos los únicos asistentes al funeral. Al salir de la ceremonia, Don Francesco Pietruchi, un avejentado jesuita amigo suyo desde su llegada a Roma y que vivía en la misma residencia que don Rafael, se acercó a mí con urgencia. Don Francesco sacó un paquete de papel pardo atado por una rústica cuerda. Me dijo que don Rafael le había confiado hacía tiempo aquel paquete para que me lo entregase en el caso de que algo le sucediese. Yo lo tomé en mis manos, le di las gracias y me marché a terminar de embalar las pocas pertenencias que me llevaba conmigo a España. Ya de noche, todo terminado y listo, en el silencio de mi apartamento, estábamos aquel paquete y yo. Una extraña sensación recorría mi cuerpo, la incertidumbre estaba envuelta por aquel papel y algo me decía que lo que fuese 26


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que me había dejado don Rafael era de gran relevancia. Por fin me atreví a abrir el envoltorio y averiguar qué se encontraba en su interior. Al retirar el papel descubrí una pila de cartas apretadas y compactas atadas por una cuerda semejante a la anterior. Todo aquello era muy extraño y mi corazón empezó a acelerarse.

Las

cartas

estaban

ordenadas

cronológicamente, algunas estaban firmadas por don Rafael y otras por Margarita Martinelli. ¡No podía creerlo, eran cartas de mi madre y de don Rafael! Mis manos nerviosas, casi temblando con la piel erizada, comenzaron a abrir aquellas hojas llenas de letras y deterioradas por el tiempo. Mis ojos leían con rapidez las líneas. La primera carta era de don Rafael a mi madre y databa de 1958. Queridísima Margarita: No puedo dormir desde lo sucedido el pasado viernes en la sacristía, aquel beso brotó de mis labios sin consciencia pero con la mayor de las pasiones. Llevo confesándome a Dios desde entonces aunque no me arrepiento en absoluto. No puedo borrar de mi mente tus ojos chispeantes como dos golondrinas oxidadas, y tu velo deslizándose tímidamente sobre tus hombros.

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Siempre que pasabas por la parroquia admiraba tu belleza, mis ojos creían admirarte como obra de nuestro señor, pero mi corazón no decía lo mismo. Todo esto de la obra de teatro de la parroquia nos ha acercado y me ha hecho darme cuenta que es amor y no otra cosa lo que siento por ti. Necesito verte y hablar, necesito acariciarte. Mi mente está muy confusa, lo he dejado todo en España por vocación; pero mi corazón necesita estar a tu lado. Si realmente me amas ve mañana a la fuente que está al final de las escaleras del callejón de detrás de la iglesia después de misa. No faltes. Siempre queriéndote: Rafael Espinosa No daba crédito a lo que estaba leyendo, ¡don Rafael y mi madre estaban enamorados! La segunda carta estaba firmada por mi madre y era de unas semanas posteriores. Amadísimo Rafael: Las semanas han pasado y estoy segura de mis sentimientos por ti. Esto no te debe sorprender después de haber sucumbido a la pasión y haber entregado nuestros cuerpos. Lo del otro día fue maravilloso, me sentí muy bien 28


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en tus brazos. Te amo Rafael, quiero permanecer contigo el resto de mi vida. Por favor abandona tu puesto eclesiástico y casémonos como me dijiste ayer mientras me besabas. Siempre tuya: Margarita Pietrucci Tras leer estas letras me sentía aún más confuso. Todo era muy extraño, de esa carta a la siguiente transcurrió más de un mes. Todas las siguientes eran de don Rafael a mi madre y esta nunca contestaba. En el resto de cartas don Rafael preguntaba a mi madre cómo estaba, cuándo podría verla, qué hacía en Verona tanto tiempo. También le contaba que estaba llevando a cabo los trámites para abandonar su papel en la iglesia. Catorce cartas sin respuesta, cada cual mostrando un don Rafael más desesperado y angustiado. No entendía nada de lo que había sucedido, no comprendía qué había pasado y qué quería contarme don Rafael. Esa noche no pegué ojo, no dejaba de pensar en las cartas, en María y en mi futura vida en España. A la mañana siguiente abandoné mi apartamento y cogí un taxi para ir al aeropuerto. Mi cabeza no dejaba de dar 29


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vueltas y, cuando pasamos frente al desvío del Vaticano, pedí dando un grito al chófer que me llevase a la residencia para jesuitas donde había vivido todos estos años don Rafael. Al llegar allí, le pedí que me esperase en la puerta y entré velozmente buscando a don Francesco. Lo busqué por todas partes pero no fue hasta que entré en la capilla que lo descubrí sentado en uno de los bancos con las manos entrecruzadas apoyadas en el regazo. Silenciosamente entré, me santigüé y me senté a su lado. Una vez sentado junto a él, me puse a mirar el retablo como él estaba haciendo. Un incómodo silencio retumbaba en la estancia hasta que por fin don Francesco dijo muy calmadamente: - Sabía que vendrías-. Yo giré mi cuerpo hacia él y sin apenas salirme la voz del cuerpo, conseguí articular palabra y le pregunté: -Era mi padre, ¿no?Él afirmó con la cabeza observando aún el retablo. Yo me eché las manos a la cabeza despeinando mi pelo y acariciando mi cara. No podía creer que el tío de María era mi padre. -Entonces, ¿por qué no me criaron juntos? ¿Por qué mi madre se casó con otro hombre?- La familia, hijo, la familia- , respondió don Francesco, ahora sí, mirándome a los ojos. 30


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- Cuando la familia de tu madre se enteró de lo sucedido, la enviaron a Verona con unos parientes y acordaron un matrimonio rápidamente con Massimo, el que hasta ahora pensabas que era tu padre, un joven muchacho de una familia bien posicionada que estaba loquito por tu madre. Y allí naciste tú-. - ¿Por qué mi madre accedió a casarse con él si no lo amaba? ¿Por qué no contestaba a las cartas de mi padre?- Tu madre tenía miedo y no sabía qué eran capaces de hacer tus abuelos. Intentó varias veces contártelo, pero ya era demasiado tarde y no quería confundirte, ¡eras un niño! No fue hasta tus once años, cuando falleció Massimo, que volvisteis a Roma. Tu madre citó a Rafael y le contó todo. Rafael entró en una gran depresión y solicitó rápidamente el traslado del hospital de sacerdotes del Vaticano para el que trabajaba a la escuela donde estudiaste en el centro de Roma, así al menos pudo verte crecer desde la distancia, sufriendo en silencio un inmenso dolor por tener a su hijo delante de sus ojos y que no lo llamase papá. Y fue esa pena, y no otra, la que ocultó bajo su amable sonrisa hasta el día de su muerte. Poco antes de la muerte de tu madre acordaron contártelo cuando los dos hubiesen fallecido.

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Por un momento mi cerebro se paralizó, sin ser capaz de asimilar toda la impactante información que acababa de conocer. ¡No sólo acababa de enterarme de que don Rafael era mi padre, sino de que María era mi prima! Tras unos infinitos segundos en shock, pude reaccionar. Di las gracias a don Francesco y bajé las amplias escaleras de mármol de la residencia de los Jesuitas. Al llegar al taxi encontré el enorme y gordo brazo del conductor apoyado en la ventanilla mientras señalaba el reloj con la otra mano ocupada por un cigarro y con tono pasota afirmaba -Esto te va a salir por un ojo de la cara, ¿lo sabes, no? El relojito va corriendo-. Asintiendo tomé asiento y le pedí que fuese lo más rápido posible al aeropuerto. Corriendo como alma que lleva el diablo conseguí tomar el vuelo a tiempo. Pasé todo el trayecto dándole vueltas a la cabeza por cómo le iba a contar todo esto a María. Cuando llegué a Málaga, Luis, el padre de María, me estaba esperando. Al verlo le di el pésame por la muerte de su hermano y le conté como había sucedido todo. Me costaba mirarlo a los ojos, no sabía si él conocía el secreto 32


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de su hermano; ya no me salía natural llamarlo suegro sabiendo que era mi tío. Crucé el umbral de la vivienda más nervioso que nunca y allí estaban María y Mercedes. Casi se me saltan las lágrimas al percibir el ligero aumento del vientre de María, pero a la vez un escalofrío corrió por mi cuello al pensar en la de problemas que podría traer ese pequeñín consigo. María estaba entusiasmada con mi llegada y yo tenía que disimular el gris laberinto sin salida en el que me encontraba. Los días siguientes fueron muy difíciles para mí, yo amaba a María pero sentí que todo había cambiado mucho con este descubrimiento, además íbamos a tener un hijo. Todo esto parecía sacado de un culebrón de los que veía mi suegra y, como en esos culebrones, hubiese deseado que nada cambiase en mis sentimientos hacia María, la amaba con todas mis fuerzas, pero no podía quitarme de la cabeza que era mi prima. No aguantaba más, ya llevaba dos semanas en España y me parecía injusto que no supiese la verdad, por lo que decidí dar el paso y contarle todo a María. Fue el miércoles, estábamos solos en la casa, era el momento perfecto. Estaba allí, sentada de espaldas leyendo una novela de Rosamund Pilcher en ese sillón orejero de terciopelo rojo 33


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cubierto por la parte superior con un tapete blanco de croché en el salón. Me aproximaba a ella por ese interminable

pasillo

viendo

su

silueta

a

contraluz,

deslumbrada por un gran ventanal, me acerqué y le acaricié el pelo leyendo ligeramente la página que tenía abierta. Ella se giró y me dedicó una tierna sonrisa. Seguidamente yo tomé una silla con la misma tapicería que el sillón y me senté a su lado. No sabía por dónde empezar, por lo que decidí comenzar con un directo: -Tengo algo que contarte-. Ella cambió el semblante con un gesto de extrañeza y se retiró las gafas. Me preguntó qué era aquello que deseaba contarle y yo comencé a relatarle el funeral de su tío con todo lujo de detalles para así poder pensar qué le iba a contar; hasta que llegó el momento en que don Francesco me dio la carta. -Pues verás, no te lo vas a creer, pero estate segura de que yo estoy más confuso que tú-. - Cuenta, no me dejes con esta intriga, ¿qué decía la carta?- preguntó intrigada. Yo me puse en pie y, de espaldas, me eché las manos a la cara. Seguidamente, María soltó el libro sobre el sillón y se 34


XXXVI CERTAMEN LITERARIO “JORGE GUILLÉN”

levantó. Un incómodo silencio en el que no se escuchaba más que el acelerado ritmo de mi corazón llenó la estancia. María me agarró del hombro y rotundamente me preguntó qué era lo que decía la carta. Levanté mi vista del suelo y mirándola con los ojos llenos de lágrimas a sus preciosos ojos verdes inundados por la confusión le empecé a contar. -Tu tío Rafael y mi madre, tuvieron un romance de juventud, y de esa relación nací yo. Tu y yo somos primos-. María negaba con la cabeza y repetía silenciosamente que aquello no era posible. Yo la abracé y en ese momento cayó desplomada al suelo. Intenté que reaccionase, pero estaba inconsciente. Rápidamente llamé a una ambulancia, que nos llevó velozmente al hospital. Se llevaron a María a una sala para hacerle pruebas y yo, destrozado, esperé a que llegasen sus padres y su hermano Enrique. Les conté todo lo sucedido y al igual que María y que yo quedaron atónitos. La espera se hizo interminable. Y tras dos horas y media sin noticias de María, una doctora salió a informarnos. Nos contó que había sufrido un ataque de ansiedad y que había perdido al niño. No pude aguantar más y empecé a llorar desconsoladamente mientras mi suegra me abrazaba con fuerza. También nos dijo que se encontraba bajo los 35


XXXVI CERTAMEN LITERARIO “JORGE GUILLÉN”

efectos de los calmantes, pero que necesitaría atención psicológica. Todos entramos, avanzamos por el pasillo hacia la habitación donde la habían trasladado, pero la doctora me frenó y me pidió que no la visitase hasta que no la atendiese un psicólogo, acababa de perder el bebé y estaba todavía muy débil. Desconsolado y con la confusión en los poros de mi piel comencé a andar sin rumbo por las calles de Málaga. Hasta tres días después de lo sucedido no me dejó la doctora visitarla, y fue entonces cuando por fin pude ver a María. Nos dejaron solos y la doctora me pidió que fuese ella la que comenzase a hablar y se desahogase. Allí estaba ella, otra vez sentada de espaldas, esta vez en un sillón azul observando un ventanal a contraluz, frente a las sombras de un gran árbol. Allí estaba ella. Seudónimo: Un Poeta Con Faltas De Ortografía

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XXXVI CERTAMEN LITERARIO “JORGE GUILLÉN”

CATEGORÍA C

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Nerea Rico Sánchez nació en Torrox en 2004. Empezó a escribir cuando tenía pocos años de edad y siempre ha sentido una gran atracción hacía todo lo considerado arte. El arte de la literatura, amando la escritura y lectura; el arte de la pintura, practicando varias técnicas; el arte humano y el natural, contemplando todo lo que nos rodea. El amor por la poesía, lo heredó de su abuelo materno, quien la sumergió en ese mundo que ella quiso hacer suyo. Al principio solo escribía narrativa para el colegio y poesía en casa, pero poco a poco fue combinándolas, ayudándola

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XXXVI CERTAMEN LITERARIO “JORGE GUILLÉN”

a expresarse cuando no podía hacerlo de cualquier otra manera y siendo su refugio en cualquier situación. Además,

le

fascina

la

mitología,

la

música

y

el

submarinismo pero, sobre todo, pasar tiempo con las personas a las que quiere.

Carta de un poeta arrepentido

Era por la mañana, un buen día, he de decir si soy sincero. El sol brillaba en lo más alto y, a pesar de las altas temperaturas para aquella época del año, una sensación fresca recorría toda mi piel. Ese 12 de abril, todo cambiaría para bien. Me preparé y salí, dispuesto a lo que fuera a pasar de lo cual llevaba una idea que no se alejaba mucho de la realidad posterior.

Al llegar, tras unas formales y

breves presentaciones, empecé a relatar mi historia, la cual, empezaba con ella.

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XXXVI CERTAMEN LITERARIO “JORGE GUILLÉN”

"La vi sentada en la mesa de la esquina, donde se encontraba algunas veces que yo iba a tomar café y, esta vez, sus castaños ojos atravesaron los míos, tentándome a acercarme. La incitación reflejada en su mirada, tuvo su triunfo y, después de elegir el dulce que acompañaría a mi bebida, me acerqué. Sus pupilas hicieron un repaso de mi ser y creo que las mías hicieron lo mismo con ella. Admito que un pequeño rubor inundó mis mejillas acompañado de una sonrisa que no tardó en salir a la luz.

Tras unos agradables minutos de conversación con ella, me di cuenta de que se me hacía tarde y el trabajo no esperaba. Me despedí de aquella persona que, hasta no hacía más de media hora, era una completa desconocida y me encaminé acera adelante hacia la oficina. El resto de la mañana, continuó normal, sin novedades, un día común a cualquier otro de trabajo, aunque lo cierto es que un nuevo pensamiento, del que no sabría nada en las siguientes semanas, rondaba por mi cabeza.

Una tarde tranquila, en la que unos nubarrones reinaban el cielo dejando una fina lluvia acompañada de un frescor agradable, recibí un mensaje de una próxima conocida 40


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para la agenda de amigos de mi teléfono. Mi intuición decía que sería ella y esbocé una sonrisa al saber que no se equivocaba. Tras un rato conversando sobre nuestro día y aquella débil cortina de agua que caía, me invitó a pasar un rato con ella. La verdad, no sabía si aceptar pues no la conocía de mucho pero claro, si me excusaba siempre con eso, nunca acabaría conociendo a alguien. Unos dudosos minutos más tarde, debatiendo interiormente si ir o no, acabé confirmándole con un mensaje "Dime dónde nos vemos y en diez minutos salgo" a lo que ella respondió enviándome una ubicación.

Tal y como le había dicho anteriormente, una decena de minutos después, tras cambiarme de ropa y coger las llaves, salí hacia mi destino que no se encontraba muy lejos, por lo que decidí aprovechar que había parado de llover e ir andando.

Cuando llegué, preguntándome cuál sería la puerta exacta, la vi sentada en un banquito y empecé a acercarme a ella, quién me recibió calurosamente con una sonrisa. El viento que se había levantado mientras me dirigía hacia allí, peinaba su oscura melena y el frío había dado un suave 41


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tono rosado a su nariz y mejillas que se mezclaban con su pálida tez. Las nubes, aún presentes, amenazaban con descargar próximamente su contenido sobre nosotros, por lo que ella apuntó que sería mejor entrar.

Acto seguido, acompañados de un tranquilo silencio, nos hallábamos frente a su casa, bajo el porche, que estaba decorado sencillamente con un par de sillas y una mesa de mimbre, acompañadas con algunas plantas que, junto a las blancas paredes, te incitaban a querer desconectar allí durante un buen tiempo junto a un libro y una buena taza de café. Ella, me dedicó una mirada y tras abrir la puerta, me invitó a pasar.

Mientras preparaba el café, charlábamos animadamente sobre cosas al azar y, cuando estuvo preparado, seguí sus pasos hacia una habitación que parecía ser su dormitorio con una bandeja en las manos. Se sentó en el filo de la cama y me indicó que hiciera lo mismo. He de decir que tras varias rondas de café y galletas entre aquellas cuatro paredes de tono pastel, aquella fue una estupenda tarde, pero la noche acabó llegando y yo debía regresar a casa. 42


XXXVI CERTAMEN LITERARIO “JORGE GUILLÉN”

A lo largo de un par de semanas, volvimos a encontrarnos por las tardes. A veces, en mi casa, otras en la suya o bien en la cafetería de siempre. Los momentos que pasaba con ella, sin duda alguna, eran agradables y coincidíamos en muchas

cosas

aunque

también

teníamos

opiniones

distintas en otras. Por ejemplo, a ambos nos gustaba un buen paseo por el campo o por la playa en mitad de la noche y, a ella le gustaba la música de los ochenta mientras que yo prefería algo más actual, pero sabía que sus motivos tenían su lógica.

En una ocasión, acabamos tumbados en su cama después de una intensa tarde a base de café y galletas. Tras unos segundos en silencio, ella acabó dormida a pesar de las tazas que anteriormente se había bebido, algo que no tenía mucha lógica. Allí, mirándola, me di cuenta de que a pesar de creer mis sentimientos extintos después de tanto tiempo conviviendo con su ausencia, estos aún afloraban en mi interior y, aquella tarde se hicieron notar. Soy consciente de que la miraba con ternura y no pude resistirme a acariciarle la mejilla, lo cual ella pareció notar y agarró mi mano con la

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XXXVI CERTAMEN LITERARIO “JORGE GUILLÉN”

suya. Decidí que sería mejor dejarla descansar aunque, sinceramente, me encantaría haberme quedado con ella.

El tiempo corría a nuestro favor ayudando a que nuestra relación fuera más...¿íntima? Más cercana diría yo. Podía tirarme horas y horas hablando con ella de cualquier tema, sin aburrirnos, sin incómodos silencios.

Recuerdo con añoranza aquella noche, esa que nos pasamos en un banquito a las afueras del pueblo, hablando de nuestros temores y debilidades. Mientras hablaba, me encantaba admirar sus tiernos labios mientras articulaba una a una cada palabra y admiraba el brillo de ilusión que desprendían sus ojos. Cuando llegamos al final del paseo, me detuve un momento a mirarla y ¡joder!, estaba preciosa y yo solo era y, por más que quiera cambiar, soy y seré un gran capullo.

Para mi sorpresa, al llegar la hora de despedirnos, ella lo hizo con un dulce beso en los labios. Al principio, me sentía confundido por lo que acababa de pasar aunque eso no hizo que me apartara, al contrario, cuando terminó le 44


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correspondí con otro beso, que acabó seguido por otro y así continuamente. Todos ellos, estaban cargados de sentimientos y, aunque aquel momento se me antojaba fugaz, no dejaba de ser intenso. La acompañé a casa y al finalizar el camino en el cual ambos llevábamos ciertos colores en nuestras mejillas, nos despedimos con un buen abrazo y una caricia de sus labios sobre mi mejilla derecha, acordando vernos otro día.

Aquella situación fue repitiéndose varias veces en los siguientes besos, siendo todas ellas diferentes y únicas y con algo en común, habíamos creado un precioso nosotros. De treinta en treinta días, el año pasó volando y habíamos acumulado millones de momentos juntos, formados por los sentimientos que en nuestro interior no paraban de crecer. Nuestra relación era sana, mejor dicho, fue sana en su momento, y sí, teníamos peleas, como todas las parejas, pero siempre habíamos sabido arreglarlas, siempre hasta que...

Realmente, no sé muy bien cómo empezó todo, cómo poco a poco fui pegando brochazos a nuestra pared pintándola de negro y, lo peor era que, cegado por lo que yo creía que 45


XXXVI CERTAMEN LITERARIO “JORGE GUILLÉN”

eran motivos de más, no sabía que lo estaba haciendo y la culpaba a ella cuando sinceramente, todo lo estaba haciendo yo. Ella solo tenía miedo y con razón, yo no era el mismo que ella había conocido, yo tampoco me conocía, no conocía al animal en el que me había transformado. Quizá, todo empezó al verla con otro chico o porque saliera con sus amigas de fiesta, no estoy seguro y, aunque al principio solo eran comentarios, las manos no tardaron en llegar. Fuera el motivo que fuera, aunque no tuviese que ver con ella, yo la acusaba y descargaba mi ira en ella. Sí, sé que soy un estúpido y, de hecho, nunca me había visto capaz de llegar a convertirme en eso, pero lo hice. No puedo arreglar el pasado, lo sé. Admito que, aunque no lo disfrutaba, sí me aliviaba hacer que ella se sintiera menos, ver que no era el único que estaba mal y, ya sé que tarde, finalmente abrí los ojos y vi lo que había llegado a ser.

Estábamos en el salón, recuerdo que yo decía una y otra vez "te quiero, créeme, te quiero pero todo es culpa tuya y solo tuya" mientras mis puños y palmas de las manos se dirigían hacia ella. Cuando dejé de hacerlo, se quedó inmóvil junto a la pared mientras lloraba. La observé detenidamente y, me di cuenta de que aún con la nariz roja 46


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y los ojos hinchados, se veía preciosa al igual que el día en el que la conocí, cuando este sentimiento, era un caos bonito y no algo destructivo para ella. Decidí acercarme y ella seguía temblando diciendo que lo sentía, que no volvería a pasar. Joder ¿qué tenía que sentir ella cuando el que debía pedir perdón, era yo? Llevaba un tiempo echándole toda la mierda encima, creyendo que estaba bien y que no se marcharía, siendo esto lo primero que debería haber hecho. Me agaché hasta situarme a su altura, pensando en toda la felicidad y libertad que le había prohibido y le acaricié el pelo. Seguidamente, le pedí disculpas, de corazón, sin trampas ni mentiras, y le dije que era libre, que no podía quedarse, no se lo permitiría. Sin darme cuenta, mis mejillas se hallaban llenas de lágrimas y me lancé a abrazarla.

Conseguí convencerla de que se marchara y rehiciera su vida aunque sabía que yo no se lo había puesto del todo fácil. Sinceramente, ella había sufrido mucho por mi culpa y no era justo que yo saliera libre y, a pesar de que ella se negó a denunciarme, yo mismo lo hice. Así que el doce de abril de dos mil, fue mi juicio y empecé a relatarles todo lo que acabo de contarte. No sabes lo que me arrepiento de 47


XXXVI CERTAMEN LITERARIO “JORGE GUILLÉN”

haberle hecho eso, de no haberle querido como se merecía. Ni te imaginas lo que me arrepiento de haberte hecho eso, de no haberte querido como te merecías. Seudónimo: Poeta arrepentido

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XXXVI CERTAMEN LITERARIO “JORGE GUILLÉN”

ACCÉSIT LOCAL

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XXXVI CERTAMEN LITERARIO “JORGE GUILLÉN”

Inés Atencia González nació en Vélez-Málaga pero actualmente vive en Torrox, concretamente en El Morche. Estudia bachillerato de Ciencias Sociales y le gustaría estudiar Comunicación Audiovisual en Málaga. Sus aficiones son leer y escribir, escuchar música, ver series y sobre todo estar con sus amigas. Este ha sido el primer certamen al que se ha presentado y dice estar muy agradecida de que se haya premiado su relato.

Yo no vivo con cucharas de plata — Hoy hay un velatorio Lizy, ¿vas a ir?

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Miré a Tiffany, mi mejor amiga y compañera de trabajo. Nos encontrábamos limpiando las mesas de la pequeña cafetería a las afueras de la ciudad en la que trabajábamos. — Supongo, ¿quién es? —ella solía avisarme de los velatorios que había en la ciudad siempre y cuando fuesen de gente importante y con dinero. —Por lo que he podido escuchar de varios clientes, es un hombre

de

treinta

años.

Trabajaba

en

Dream

Entertainment, la empresa de entretenimiento tan famosa. Un accidente de moto, la familia debe de estar destrozada. Dejé de limpiar la mesa y la miré fijamente, ella arqueó una ceja extrañada. — ¿Sabes en qué tanatorio está? —Tanatorio San Peter. —Pues debo preparar la ropa negra, Will y Chris van a poder llevarse caramelos a la excursión. Al terminar de limpiar, hicimos las cuentas del día y cogimos el dinero para llevárselo a Bill, nuestro jefe que se encontraba en su despacho hablando por teléfono. Dejé el dinero en la mesa y Bill con una sonrisa se despidió de mí.

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XXXVI CERTAMEN LITERARIO “JORGE GUILLÉN”

Menos mal que la mayoría de los clientes dejaban propina, porque si no fuese por eso con el poco sueldo que me da el tacaño de Bill debería buscarme un trabajo más. Y bastantes tenía ya. Trabajaba como camarera lunes, miércoles, jueves y los fines de semana por la tarde; limpiaba casas todos los días por la mañana, lavaba coches martes y viernes, era taxista de madrugada casi todos los días, y repartía leche y periódicos por varios vecindarios. Y, a pesar de todos esos trabajos, apenas podía llegar a fin de mes para pagar el alquiler, la escuela de mis hermanos y las actividades extraescolares. Tenía la esperanza de que ocurriera algo que cambiara mi vida por completo. Suspiré y me dirigí a donde Tiffany me esperaba escribiendo algo en su móvil, seguro que sería a Kevin, su novio con el que lleva desde que terminó el instituto. Salimos de la cafetería no sin antes ponernos nuestros abrigos, pues acababa de empezar diciembre y el frío había venido con él. Nos dirigimos al viejo Seat Ibiza de color rojo de mi mejor amiga.

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XXXVI CERTAMEN LITERARIO “JORGE GUILLÉN”

—Se llama James, está en la sala tres —asentí y abrí la puerta del copiloto. — ¿Me quedo con los gemelos? —Tiffany solía cuidar a los gemelos cuando yo tenía que hacer algún trabajo y estos no estaban en la escuela o en sus actividades. Yo me encogí de hombros. —Sabes que no voy a oponerme, pero ya los conoces: “Tenemos doce años, no nos hace falta ninguna niñera” — suspiré al recordar el comportamiento que mis hermanos estaban adoptando desde principios del curso, sus amistades no eran muy buenas que digamos— Pero por favor, quédate con ellos, siguen siendo muy pequeños para quedarse solos. En realidad no quería que se quedaran solos porque el edificio donde vivíamos era de todo menos pacifico. Vivíamos en un pequeño apartamento de dos habitaciones en los suburbios de la ciudad, ya que no podía permitirme mucho. Nuestros vecinos podían ser desde un drogadicto con antecedentes de agresión a miembros de pandillas que siempre llevaban pistolas en sus bolsillos. Además de que recientemente se había mudado al apartamento

de

enfrente 53

un

hombre

que

tenía


XXXVI CERTAMEN LITERARIO “JORGE GUILLÉN”

antecedentes de pederasta, por lo que había visto en las noticias. Tiffany asintió justo cuando puso el coche en marcha y salió del aparcamiento rumbo a la ciudad. Mi rubia amiga era además mi chófer personal, pues yo no tenía coche y ella me llevaba a cualquier lugar que necesitase, siempre y cuando podía. Ella solía dejarme su coche cuando tenía que trabajar de taxista y el pobre Rouge —nombre del coche dado por mis hermanos por su color— había sido víctima de múltiples agresiones de otros taxistas celosos de que yo fuese independiente. Como ya he mencionado, tenía múltiples trabajos en los cuales cobraba muy poco, pero todo lo hacía por mis hermanos de doce años. Yo era la única persona que tenían; mi madre nos abandonó por otro hombre al poco tiempo de nacer ellos, y mi padre nos crió él solo hasta que murió repentinamente cuando yo iba a cumplir los dieciocho. Mi padre había fundado una empresa de jóvenes talentos, le llevó años conseguir convertirla en una de las mejores empresas del país, lo teníamos todo gracias a eso. Pero cuando mi padre murió, la empresa que yo heredaría nunca llegó a pertenecerme. Se descubrió que mi padre 54


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blanqueaba dinero y la empresa quebró. Todas las cuentas bancarias de mi padre quedaron anuladas, nos embargaron la casa y mis hermanos y yo acabamos en la calle. El primer año fue duro, como no teníamos donde vivir, vivíamos en casa de Tiffany y sus padres, pero a mí no me gustaba tener que aprovecharme de la amabilidad de los señores Collins, así que, en cuanto conseguí un trabajo, busqué el apartamento más barato posible para irnos. Encontrar trabajo fue lo más duro, pues nadie quería contratar a una persona que no había podido acabar sus estudios, ya que dejé el instituto. Como apenas podíamos comer, yo perdí bastante peso y los gemelos cayeron enfermos más de una vez, los señores Collins fueron los que pagaron las facturas del hospital. Debo mucho a Tiffany y a su familia. Mi mejor amiga aparcó el coche justo enfrente de mi edificio, y cuando estábamos entrando a este miró amenazante a todas las personas que pasaban por allí y miraban el coche, pues era un barrio bastante peligroso. Las personas sudaron ante las palabras de mi rubia amiga: —Tengo una palanca en el maletero, como le pase algo no me da miedo usarla. 55


XXXVI CERTAMEN LITERARIO “JORGE GUILLÉN”

Al llegar a mi apartamento, Lily, otra de mis amigas y que también los cuidaba, nos recibió desde el sofá. Estaba ayudando a Will y Chris con los deberes, mis hermanos se levantaron del sofá y corrieron hacia mí para abrazarme. Les abracé fuerte y oí como Tiffany cerraba la puerta de la entrada, no sin antes insultar al vecino de enfrente. —Lizy, ya te hemos dicho que somos mayores para tener niñeras —Will frunció el entrecejo y yo puse los ojos en blanco. —Pues lo siento chicos, tengo que ir a un sitio y Tiffany se va a quedar hasta que vuelva. Ambos se pusieron blancos y se alejaron de nosotras escondiéndose detrás del sofá, Lily se rio y yo dejé mi bolso en la mesa de la cocina. —¡Oye, no huyáis, soy la mejor niñera que vais a tener nunca! Tiffany se puso a perseguirlos por toda la casa. Lily se levantó del sofá y se despidió de los cuatro antes de irse, provocando que los gemelos corrieran aún más rápido. Yo fui a mi habitación y saqué la ropa negra que tenía especialmente guardada para los funerales, y me la puse.

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XXXVI CERTAMEN LITERARIO “JORGE GUILLÉN”

Me arreglé un poco con maquillaje y salí pidiéndole las llaves del coche a Tiffany. Me despedí de mis hermanos y puse rumbo a uno de mis trabajos secretos para poder alimentarles: colarme en un velatorio y robar comida. Lo que se hace para poder mantener a tu familia. Cuando llegué al tanatorio, respiré hondo y me restregué los ojos para que pareciera que había llorado. Me bajé del coche y entré, buscando la sala que Tiffany me había dicho. Al llegar, vi a mucha gente dándole el pésame a la familia. Me dirigí hacia ellos y tras un rato en la cola, le di dos besos a la pobre mujer que había perdido a su hijo y estaba destrozada. Me limpié una lágrima, porque al fin y al cabo, me afectaban mucho las muertes. —Lamento mucho su pérdida. La señora sonrió tristemente y luego me miró entrecerrando los ojos. — ¿Tú eres…? —Soy una compañera de trabajo de James, le vamos a echar mucho de menos. Me alejé de allí y me dirigí a la mesa donde había muchos aperitivos que colocaban para las familias con más dinero; 57


XXXVI CERTAMEN LITERARIO “JORGE GUILLÉN”

cogí alguna que otra magdalena, caramelos y algún bombón. Noté la mirada de alguien sobre mí, cuando miré a todos lados para controlar que nadie me miraba, vi a un chico moreno trajeado que no dejaba de mirarme. O eso parecía. Comprobé que tuviera lo suficiente para que los gemelos pudieran llevar algo para la excursión que tenían al día siguiente y salí sin que nadie me viera. Justo cuando estaba por abrir el coche escuché los pasos de alguien detrás de mí. —Hacerte pasar por una compañera de trabajo de James para robar comida de su velatorio es un poco rastrero. Su familia está destrozada. Miré al chico tan familiar y reconocí que era el que minutos atrás había visto en el tanatorio. — No es asunto tuyo. El chico soltó una carcajada sonora y yo abrí el coche. — Cuanto has cambiado Lizy Jorsan. Me giré rápidamente mirándolo con los ojos abiertos como platos. — ¿Cómo sabes mi nombre? —Simplemente sé quién eres —miró su reloj de marca Rolex— Debería irme, ha sido un placer volver a verte. 58


XXXVI CERTAMEN LITERARIO “JORGE GUILLÉN”

Diciendo eso se marchó hacía un coche negro, donde se encontraban varias personas vestidas de negro. Yo me metí en el coche y arranqué saliendo de allí lo más rápido que pude. ¿Cómo ese chico sabía mi nombre? ¿De qué me conocía? A la mañana siguiente en la escuela de los gemelos di a cada uno una bolsa con unas magdalenas, caramelos y bombones. Ambos abrieron la boca sorprendidos y se despidieron de mí dándome un beso en la mejilla. Yo me metí en el coche de Tiffany y esta puso rumbo a la cafetería. Una vez allí, Bill nos recibió con una gran sonrisa y se metió en su despacho. Tiffany le sacó su dedo medio y yo reí por la situación. Encendí la máquina de café y preparé las tazas para ir más rápido, Tiffany colocó en cada mesa las cartas junto al servilletero. A eso de las once de la mañana, con la cafetería medio llena, entró un chico con traje y se sentó en una de las mesas al lado de la ventana, Tiffany fue a tomarle nota. Yo estaba limpiando los platos y tazas sucias cuando mi mejor amiga vino de vuelta rápidamente. La miré extrañada.

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XXXVI CERTAMEN LITERARIO “JORGE GUILLÉN”

_ ¡Tía, ese es Nick Brown, el chico que te gustaba en el instituto! Yo cerré el grifo y me sequé las manos en el delantal de mi uniforme. — ¿En serio? ¿Por qué Nick Brown vendría a una cafetería de pacotilla a las afueras? Puede permitirse comprar en Starbucks. _ ¡Tan solo ve, y tómale nota tú! Cogí la libreta de los pedidos y fui hacia la mesa a comprobar si era Nick, pues era imposible que ese chico fuese a tomar algo allí. Llegué a la mesa y con una de mis mejores sonrisas le miré. — Bienvenido a Bill’s, ¿qué puedo servirle? El chico levantó la cabeza y borré mi sonrisa cuando vi que era el chico del tanatorio, él me sonrió y yo bajé las manos a mis caderas. —Hola Lizy. _ ¿Se puede saber cómo sabes mi nombre y dónde trabajo? 60


XXXVI CERTAMEN LITERARIO “JORGE GUILLÉN”

Él arqueó sus cejas y se arregló su corbata, sacó de su bolsillo una tarjeta ofreciéndomela, la cogí rápidamente y la miré. — Me sorprende que te hayas olvidado de mí, soy Nick Brown. Abrí

los

ojos

sorprendida

porque

en

la

tarjeta,

efectivamente, ponía ese nombre y que era jefe ejecutivo de Dream Entertainment. Le miré y entonces reconocí al chico que me había gustado desde que tenía doce años, el chico que era el capitán del equipo de fútbol, mi amor de ensueño. —Pensé que te gustaba en el instituto, ¿cómo has podido olvidarme? _ ¿Cómo sabes eso? Además, ¿cómo me has encontrado? —Tengo mis trucos —sonrió y cogió una carta mirando en ella. — Lamento mucho lo que le ocurrió a tu padre y a su empresa. —No menciones a los muertos —le devolví la tarjeta y levanté la libreta. — ¿Qué vas a pedir? 61


XXXVI CERTAMEN LITERARIO “JORGE GUILLÉN”

—Un mocca, con poca leche y bastante chocolate — comencé a apuntar lo que me decía mientras mantenía el ceño fruncido. — Además, te propongo algo, doña trabajadora —dejé de tomar su orden y le miré, me sonrió— Por lo que he visto, tienes un estilo de vida difícil, y supongo que quieres que tus hermanos vivan mejor ¿o me equivoco? —Si tengo una vida difícil no es tu problema, hay personas que se buscan las habichuelas para poder salir adelante trabajando duro, no todos nacen y viven con cuchara de plata como tú, ¿qué es lo que quieres? Él se rio y apoyó sus codos en la mesa mirándome — Ven a vivir conmigo, tú y tus hermanos tendréis todos los lujos posibles y podrás vivir sin preocupaciones. _ ¿Perdón? ¿A qué se debe esto? —Solo quiero ayudar a una vieja amiga del instituto, ¿acaso no puedo? Venga, necesitas lo que te estoy ofreciendo, ¿aceptas o no? Miré

a

Tiffany,

la

cual

había

escuchado

toda

la

conversación y me decía que aceptara su oferta. ¿Por qué venía ahora mi amor del instituto a ofrecerme eso? No podía aceptar. No quería aprovecharme de nadie. Pero lo 62


XXXVI CERTAMEN LITERARIO “JORGE GUILLÉN”

necesitaba.

Necesitaba

la

ayuda

de

Nick.

Era

la

oportunidad de mi vida. Dejé la libreta en la mesa y lo miré. — Acepto. Pero quiero que quede claro que hago esto por el bien de mis hermanos. Nick sonrió y estrechó una de sus manos con la mía, cerrando así el trato que cambiaría mi vida y la de mis hermanos para siempre. Seudónimo: Ninoh.

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RELATOS GANADORES 2019  

Relatos premiados en el XXXVI certamen literario "Jorge Guillén"

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