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Corazones, parapapush y otras carambolas

Pablo Reyes

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Corazones, parapapush y otras carambolas

Pablo Reyes

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1ra Edicion ISBN: pendiente Bogotá, Colombia Año: 2011 Licencia: Creative Commons Colombia Tipo: Atribución – Sin Derivar: Este material puede ser distribuido, copiado y exhibido por terceros si se muestra en los créditos. No se pueden realizar obras derivadas. This work is licensed under the Creative Commons Attribution-NoDerivs 2.5 Colombia License. To view a copy of this license, visit http://creativecommons.org/licenses/by-nd/2.5/co/ or send a letter to Creative Commons, 444 Castro Street, Suite 900, Mountain View, California, 94041, USA. 4 | Strana


A Katka.

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Corazones, parapapush y otras carambolas Una idea de Pablo(!)… y Katka

Debíamos tener como cerca de dos horas de haber llegado al nuevo apartamento, apenas estaba desempacando cuando escuche un poco de su llanto en el baño, esos llantos silenciosos, tímidos y que tienden a apagarse con el pasar el tiempo; al salir yo había desempacado un poco de ropa; sin embargo, ella se me quedo mirando y me dijo que no podía continuar, que era mejor devolverse nuevamente, que no podía darme explicaciones, que ella misma ni entendía lo que estaba sucediendo. Tomó sus cosas y bajo las escaleras lentamente, apoyando de vez en cuando su mano sobre la pared, se detuvo brevemente, volteó su cabeza y me dijo con una voz entrecortada… adiósAlgunos no solo empacamos al mudarnos cosas como ropa, papeles, esferos, también y sin que nos demos cuenta, empacamos alegrías, esperanzas, infelicidades y dudas, no sabría tampoco lo que ella empacó o que la detuvo… tal vez sea hora de comenzar esta historia por el comienzo.

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Llevaba cerca de dos años viviendo en DonostiaSan Sebastian, ya me había acostumbrado a las pequeñas calles, a andar de cuanto evento cultural hay, el festival de cine, el teatro y uno que otro museo. Extrañaba un poco las cosas de mi país pero con el paso de los meses, los recuerdos se me hicieron débiles y apenas me doy por enterado lo que es una arepa con queso o un tamal. Tiendo a extrañar otras cosas, los silbidos de la gente, el olor. Me había vuelto un poco fan de buscar restaurantes y cualquier sitio de comida, fue así que terminé yendo con bastante regularidad a uno de comida Checa, era relativamente pequeño y tenía pocas mesas; en las paredes había fotografías viejas de Praga. Siempre me hacía en la mesita que daba en diagonal a la puerta marrón, al lado se observaba una foto ya azulada de la Iglesia de San Nicolas. Después de dos meses al llegar encontré un extraño letrero que refería que el restaurante estaba en remodelación, apenas se divisaba entre las puertas un poco de actividad de uno que otro obrero, quitando el piso parsimoniosamente. No hubo ningún evento especial de inauguración, las viejas fotografías habían sido reemplazadas 8 | Strana


por pinturas, las mesas marrones ahora tenían pequeños delantales rojos y blancos. Los pisos ahora relucían y tenían ese olor a nuevo. Se me acerco un chico alto de ojos azules profundos, con la barba de 3 días y con un español un poco maltrecho me pregunto si quería ordenar; dije que lo de siempre, que primero me pasara unos knedlíky, pero como era nuevo el lugar, me gustaba estar abierto a la recomendación del día del chef, Jan como se llamaba el mesero, me señalo pronto en la carta un plato šopský salát, una especie de ensalada de verduras, pimientos, tomates, pepinos en vinagre dulce mas queso. Me dijo que su hermana quien era la chef, quería cambiar un poco el estilo del anterior restaurante. Nunca antes había sentido curiosidad de conocer al chef, desde mi mesa intentaba mirar la cocina cuando la puerta se en entreabría brevemente. Y es que al chef lo imaginaba igual que el anterior, una mujer alta, ancha, con un cabello listo y que hablaba muy fuerte, siempre la escuchaba desde mi mesa y tal vez por eso nunca le pedí un cambio de plato, aunque tampoco se me había ocurrido.

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Al probar la comida, sentí una gran cantidad de sentimientos, era como si me dieran cucharadas de memorias pasadas, el queso salado y el vinagre dulce, me llevaron rápidamente a la infancia; ante tal cantidad de cambios supe que debía conocer a la chef. No encontraba una buena excusa para entrar a la cocina, hasta que comiéndome un postre, una Baklava, le pregunte a Jan si sabía de qué mercado conseguía los pistachos; en ese momento sale ella y me dice que por ahora se los trae un amigo de un restaurante francés del frente, -luego se queja en checo-, me mira y dice que aún se están acomodando, una tía le dejo el restaurante y dado que andaba sin mayores ocupaciones vino a hacerse cargo con su hermano Jan. Le digo que habla muy bien español; me dice que de pequeña su madre viajaba mucho y estuvo por varios años en colegios españoles, fue ella la que le enseño a cocinar, que por ese motivo no le gustaba ir mucho a los restaurantes y se había vuelto tan quisquillosa con la comida que había decidido hacerla ella misma. Vino a Donostia-San Sebastián porque heredó de su tía un pequeño restaurante, era una buena idea la de cambiar de 10 | Strana


vida, antes trabajaba para una compañía de seguros; pero tal vez el aburrimiento, el estar encerrada por horas dentro de una oficina, la tenían entre el agobio y el la desesperación. En las primaveras tenía la costumbre de irse cada tarde a ver el sol ocultarse desde Kinského zahrada, un parque extenso con cultivos de flores de colores, un museo, algunos riachuelos, a ella le gustaba sentarse en las bancas de madera oscura y jugar con sus pies mientras desaparecía el sol. Que en Praha, le gustaba tocar las paredes de los edificios y sentir las texturas de los ladrillos antiguos, como si ella al pasar le estuviesen contando historias; en ocasiones se detenía a preguntar los nombres de las flores que no conocía. Sin embargo, ella se detiene es un relato, siente que las cosas que me dice no se las había dicho nadie; menos a un desconocido, se disculpa y se dirige hacia el mueble detrás de la registradora. Los últimos clientes se despiden y ella suspira profundamente, se quita el sombrero blanco que usan lo chef y observo como su cabello cae tímidamente en los hombros, una pequeña hebilla se le queda enredada en el pelo y me pide que le ayude, siempre recordaría aquella hebilla, con forma de mariposa, con la costumbre de guardarla 11 | Strana


en pequeños cajones en la mesa de noche. Sin ningún afán me hago detrás de ella y vanamente intento darle la hebilla, tiene un cabello tan fino que con mis esfuerzos lo que termino haciendo en enredándola más, ese momento terminó siendo una metáfora de lo que me sucedía, porque a casa paso, a cada palabra yo me sentía enredado en sus pensamientos.. Al momento pasa Jan y él me ayuda con la tarea. Me mira y me sonríe a la par que hace con la cabeza un gesto de no. Ya hacia eso de las 11 de la noche y como hace calor, la invito a un tinto de verano, un vino con soda que si bien es bastante refrescante puede terminar siendo apabullante, y sin decir mentiras, embriagante. Ella sonriente me dice que la espere mientras se cambia, le dé un par de minutos adicionales.podría ser que le de tiempo para lavar los platos ella misma, el lugar es pequeño, es como la cocina de su casa, el presupuesto es limitado, no hay lavaplatos, a lo mejor por eso la comida sabe a pequeños recuerdos .Mientras, me como un segundo postre, un lívance, o pancakes con mermelada y requesón. En esas me doy cuenta que no se su nombre, que a pesar de hablarle e invitarla, ella tampoco sabe cómo me llamo, me 12 | Strana


impresiona el solo hecho de saber que acept贸 la invitaci贸n sin m谩s, sonr铆o mientras recuerdo esto, y me como mi pancake.

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Tiquetes y mordiscos Hace tiempo, no me sentía como aquel día, cuando me vine a hacer el doctorado no había mayores motivos, un poco de insatisfacción por estar en el mismo lugar, también quería seguir estudiando, no puedo decir que haya sido una decisión racional, y muy posiblemente fue mas emocional, la necesidad de la aventura, de recorrer el mundo. Si bien el primer año me dediqué a divagar en tren por Europa porque un amigo me regalo uno de esos tiquetes del Eurail valido por dos meses, el segundo año me dedique a la procrastinación y el tercer año si debí comenzar con el trabajo doctoral, casi de cero porque mi tutor prefirió cambiarme de tema, así que de una u otra forma en tres años había estado en solitario divagando por Europa. Al terminar mi último mordisco, ella salió sin su delantal blanco, llevaba ropa fresca, una blusa de flores, un pantalón suelto y su cabello seguía algo enredado, era normal, al parecer andaba muy peinada un sombrero le tapaba aquel pelo enredado; me preguntó a donde quería ir a lo cual le conteste que conocía un pequeño sitio al lado de la playa donde preparaban un buen vino con soda. Ella tomó su cartera, cerró la puerta, se despidió 14 | Strana


de Jan y empezamos a caminar por una calle estrecha. Era casi media noche cuando llegamos a un sitio llamado Auld Dubliner, un pequeño bar alargado, lleno de fotografías por todas la paredes, la luz tenue parece rebotar tímidamente de las mesas viejas; nos sentamos en un rincón, ordenamos las bebidas y empezamos a hablar al principio con un poco de timidez. Yo tendía a restregarme continuamente las manos sobre las piernas, obviamente no la conocía y ella no me conocía, era extraño pero interesante; ella tendía a sonreír y me preguntaba sobre mi vida, sobre lo que hacia, sobre mis planes y cuando yo le respondía siempre me preguntaba porque, esos porqués que luego me inspirarían tantas veces. Y es que ella le encantaba indagarme, una y otra vez; no le podía dar cualquier repuesta a menos que fuese algo muy trivial, para ella el mundo y las preguntas eran algo muy serio, no era un asunto ligero y así aprendí siempre a responder con una sonrisa a los porqués. Yo no preguntaba mucho, tal vez estaba un poco atrapado por la situación, le escuchaba sus historias sobre viajes, como aquel que hizo al final 15 | Strana


de la adolescencia al recorrer Europa Oriental. Se enamoró por tres días perdidamente de un chico en Estambul; sin embargo, nunca se dieron los teléfonos ni otra forma de volver a contactarse. Escuche su historia de aquel chico que le rompió el corazón cuando estudiaba su licenciatura en Paris II. Creo que hace parte de esas historias de universidad, donde las emociones parecen una mera diatriba de la razón, la entrega, el sencillo hecho de dar… Entre charla y sonrisas, la noche se torno agradable y cómoda; las horas pasaban desapercibidas, apenas si notaba el tiempo, creo que ya nos habíamos bebido una botella de vino o quizás más, no lo sé. De repente ella me interrumpió para decirme que vivía en las afueras de Donostia en Pasaia, que debía irse, tenía que tomar el último autobús y la estación no quedaba muy cerca de allí. Sin embargo, al revisar la hora se dio cuenta que a esa hora sinceramente no podría devolverse a su casa. La invite a caminar por el centro, yo tenía un apartamento y podría quedarse ya que el primer autobús saldría a eso de las 5 de la mañana.

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Los efectos del tinto de verano pasaron rápidamente a medida que caminábamos entre las calles, a eso de las 3 de la mañana y ya cansados de tanto hablar como de caminar la invite a acercarse al apartamento. Me quede un momento esperándola en una esquina y mientras se quitaba los suecos que llevaba y veía como el viento de la concha tocaba su blusa de flores, el cabello poco obediente escondía de vez en cuando su rostro. En aquel entonces vivía en un pequeño apartamento de dos ambientes en el cuarto piso de un edificio donde se quedaban por temporadas algunos estudiantes de artes. Al subir pensaba en los sonidos de su respiración, el click de la cerradura por ese momento me pareció todo un estruendo, la puerta abriéndose, el interruptor de la pared; era extraño que el mismo sitio donde llevaba viviendo varios meses, ahora era sacudido por nuevas percepciones, como si los mismos objetos tuviesen un aroma y un sonido diferente.

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Suspiros en el sofá Todo cambió aún más cuando ella se recostó en el sofá y se quedó dormida inmediatamente, dormida como un lirón mientras yo le preparaba un café. En ese instante y entre sueños susurró su nombre y luego me pregunto el mío; yo, que estaba en la cocina no alcance a entender que me dijo y con un café caliente volví hacia ella pero ya estaba dormida de nuevo. Baje una cobija, la cubrí y me senté al lado observándola hasta la madrugada. Al despertar, ella ya no estaba, no estaba su cuerpo, no estaba su nombre, solo estaba su aroma a canela y a flores. Pensé en lo tonto que había sido en dejarla ir, en cómo me había podido dormir y a la vez suspiraba por volverla a ver. Fui a mi computador y empecé a escribir sobre ella, sobre su sonrisa, sobre esa hermosa noche en la que habíamos caminado y bebido, donde se cruzaron mil miradas y sus manos se encontraron con las mías. Luego, me acorde de mi doctorado, tenia que volver a la realidad. Tomé un libro y empecé a leer pero no podía sacarme de la cabeza aquella mujer sin nombre. Agarre mis cuadernos, uno que otro libro y me dirigí a la universidad, tal vez así podría concentrarme mejor… en ese 19 | Strana


momento solo tenía un susurro y un montón de suspiros. Me entró una sensación inimaginable de volverla a ver, mi cuerpo la extrañaba, así que después de mediodía decidí ir a verla en el restaurante; sin embargo, ese día no abrió y tuve que esperar al menos una semana en la cual iba todos los días. Finalmente un lunes, en la puerta me encontré con Jan. Me entrego un papelito, apenas una dirección con una fecha y hora. Era en tres días, la espera se hizo un poco más que eterna, me preguntaba por qué tres días, por qué ese lugar, esa hora, por qué sentía esa ansiedad, esas ganas de verla. Así que llego el día, era jueves y la cita era a las 6pm. Tomé el autobús que con el tiempo más que preciso, el sitio era un conjunto de apartamentos de 5 plantas, era el piso segundo, timbre y su voz se escuchó entre el aparatito, subí al segundo piso, presione nuevamente un timbre y ella abrió la puerta; justo al momento de saludarnos nuestros cuerpos se toparon, sentí de cerca su respiración y la besé, me tomó entre sus brazos delgados a lo cual le correspondí de la misma manera; sentí con 20 | Strana


mis labios los suyos y también descubrí poco a poco sus lunares y pecas, nos desnudamos lentamente o al menos en mi mente la escena transcurrió casi que cuadro por cuadro. Su blusa de flores se quedo colgando de una de las sillas del comedor y ante la desnudes de nuestros cuerpos y la calidez del verano hicimos el amor durante toda la mañana; apenas nos cruzábamos una que otra palabra, ella acostada de lado sonreía mientras miraba a través de las ventanas. Hacía gestos con su cara para que la consintiera, si me levantaba de la cama, en seguida me pedía un beso, tomaba mi brazo como una manta y se arropaba con él. Hasta ese momento, eran besos anónimos, besos que eran todo y eran nada, eran besos que me decían todo de ella, besos que podría pasar describiéndolos letra por letra, segundo a microsegundo, la única variante es que sus besos a esa altura eran como disfrutar la cena, saber todos los ingredientes y no saber el nombre de la receta, aun mis labios eran ignorantes, no la podían nombrar, reclamaba saber su nombre caricia tras caricia, mirada tras mirada, beso tras beso. Y aun así yo seguía sin su nombre, aunque ahora que lo pienso, el nombre apenas si etiquetaba tanta belleza, tanta existencia. 21 | Strana


Me dijo que ese día quería poner en el restaurante en todas las mesas pequeños floreros con siemprevivas, me dijo que se sentía morada y naranja al tiempo, al acercase el mediodía ambos supimos que tal dicha había concluido, la acompañe al autobús y quede de volver nuevamente en la noche al restaurante. Cuando llegue al restaurante, encontré a Jan colocando en todas las mesas pequeñas flores moradas, curiosamente me saludó como un viejo amigo saluda a otro, me contó que veía a su hermana un poco extraña, que al llegar al apartamento había estado cantando y muy activa en toda la tarde; hace rato no la veía así. Escuchar esas palabras no hizo sino que mis emociones florecieran, me sentía nervioso, como si me hubiesen desencajado de mi rutina y mi vida cotidiana. Lo que antes parecía prioritario como mis citas semanales con el tutor de doctorado ahora parecían simples eventos como bañarse los dientes, de las largas tardes en las biblioteca comencé a estar más tiempo leyendo en el restaurante; allí en medio los otros comensales, seguía trabajando en mi laptop. Nos sonreíamos 22 | Strana


cuando la puerta de la cocina quedaba entreabierta; no sé si el enamoramiento provoque que las papilas gustativas rejuvenezcan y regresen a su primera infancia, cambiando sin darse cuenta los menús de los restaurantes, pero pronto comenzaron a aparecer mas postres y pequeñas porciones de tortas se convirtieron en eventos esenciales para mi tarde. Un viernes cualquiera me encontré con ella a las afueras del restaurante, a veces paraba un poco su trabajo para salir a tomarse 10 minutos con un cigarrillo, estaba muy pensativa, su rostro reflejaba preocupación, tristeza, incertidumbre. Yo la salude, le di un beso en la mejilla y sin titubear le pregunte qué era lo que pasaba, estaba pálida y con una mirada sin rumbo. Ella no fue capaz de responderme y empezó a llorar, no dijo nada, solo apago el cigarrillo y entro de nuevo a la cocina, aunque ella sabía que con ese estado de ánimo sus postres ya no serian tan dulces como de costumbre. Yo volví a mi mesa, no sabía si irme o quedarme, no sabía si entrar a buscarla o llamarla más tarde o volver a la hora del cierre, no sabía que estaba 23 | Strana


pasando. Lo único que sabía es que hace pocos días había encontrado esa felicidad que hace mucho tiempo me habían arrebatado y ahora no sabía si se esfumaría de nuevo. Me cuestionaba realmente si la felicidad se puede conseguir ¿para qué? ¿para que luego se escape por las rendijas de un sumidero? Antes de que cerraran el restaurante, en la calle suena La vie en rose en la versión de Louis Armstrong, suena paradójico porque me tiendo a sentir como la letra de la canción “When you kiss me heaven sighs And tho I close my eyes I see la vie en rose When you press me to your heart I'm in a world apart A world where roses bloom” Me abre el portón su hermano Jan, mientras me saluda me deja una pequeña bolsa de papel con una blusa de flores adentro y dentro de la blusa otro papelito. Hay una fecha y una dirección en Praga, es dentro de una semana le digo a Jan. El me mira y sonríe y me despacha con un no sé. Me devuelvo al apartamento lleno de preguntas, ¿Por qué lloraba, por qué decidió irse, por qué me dejó 24 | Strana


una nota, qué quería decir esa fecha y esa dirección, era una prueba, y si era así por qué? No sabía exactamente qué hacer, me dirigí a la universidad e intente avanzar en mi disertación en mitad de la biblioteca; sin embargo, me era absolutamente obvio que no podría escribir ni media página, estaba envuelto en nervios y pensamientos, al día siguiente solicite un par de semanas extras, igualmente estaba en verano y mi tutor había salido de vacaciones a Italia. Aliste un poco de ropa y tome la decisión de ir a Praga, creo que con las emociones despapeladas se toman las mejores decisiones.

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“Kdo je?” (¿Quién es?) Al llegar al aeropuerto de Praga, no sabia que hacer, aun era muy temprano y la cita era en las horas de la tarde. La fantasía que se tiene de conocer a alguien en un vuelo, esta vez no estuvo presente, iba tan conectado con la idea de verla, que eso no me intereso, cuestión rara en mi. Le pregunte a un señor acerca del transporte en esta ciudad pero lo único que encontré fue una respuesta en checo, idioma que por supuesto no dominaba, ni siquiera sabía decir “buenas tardes” o “gracias”. Así que me aventure a tomar el primer metro y bajarme en una estación que se llamaba Ladvi. Ignoraba dónde estaba, ¿importaba saberlo? Eran las once de la mañana y tendría tiempo de preguntar. Entre a un café y pedí aquellos pancakes que en alguna oportunidad ella me preparo en su restaurante y le mostré a la mesera aquel papel que tenia en mi bolsillo. Ella sonrío y me respondió en ingles que estaba a diez cuadras de allí. Tome mi pancake y empecé a caminar en aquella ciudad llena de callecitas y antiguas torres. Estaba tan sorprendido que olvide por un segundo esos pensamientos que me atormentaban, es decir, olvide que una persona podía pensar, ahora solo sentía y estaba preso de 26 | Strana


las bienaventuradas emociones, que por culpa del doctorado, había olvidado hace tiempo atrás. No se cuanto tiempo caminé ni cuantas vueltas di, pero cuando mire el reloj, vi que faltaba poco tiempo para la cita, me apresuré y llegué a aquella dirección “Štěpničná 9-11, Praha 08”. Era una casa antigua de esas que observe durante todo el camino, me senté en el anden, respire profundamente y volví a mirar el reloj, faltaban diez minutos para la cita. Toqué el timbre y ella abrió una ventana preguntando “Kdo je”?. Me corrí un poco hacia la calle para que ella me viera, note que ella rápidamente dejo la ventaja y bajo hacia la puerta, abrió y se dirigió suavemente hacia mí, toco mis labios con sus labios y a manera de susurro me dijo hola, me tomó de la mano y yo la seguí. El corazón me palpitaba y mis manos sudorosas las intentaba secar disimulando que me arreglaba el saco. Sutilmente me dejó en un sofá un poco descolorido por el sol, me sirvió un té de fresas con crema y me contó de su salida repentina de Donostia.

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Su mejor amiga de infancia y casi como hermana quedó hospitalizada, un problema cardiaco y que al parecer tan solo fue un mero susto; una cuestión que duró un par de horas en urgencias en el hospital y como siempre con recomendaciones de disminuir el trabajo y tener menos noticias estresantes. Así que ella aprovechó y decidió quedarse un par de días con su amiga. Me dejó la dirección y una fecha porque ese día se celebraba Tanec Praha, un festival de danza que se hace en Junio, a ella siempre le había gustado el baile, al punto que perteneció por un par de meses a una compañía y la habían invitado a que fuera parte del repertorio porque precisamente su amiga no podría asistir. No le importaba que ahora estuviese en las bailarinas de fondo, bailar era algo que siempre le había fascinado. El trabajo y las ocupaciones le habían arrebatado ese tiempo en el que ella olvidaba el mundo y sus habitantes. Salió de Donostia con prisa precisamente por esas dos noticias, que en últimas le provocaban un llanto de tristeza y felicidad. Era sencillo, ella quería que la viera, hacerme sentir parte de su pequeño mundo en el baile; la en la presentación la sonrisa de ella parecía 28 | Strana


inundarme, sus cabellos desobedientes eran ahora atrapados por un par de hebillas de flores peque帽itas. A media noche, no ten铆a lugar d贸nde quedarme y ella me invit贸 a su casa. Ya no disertaba en mi cabeza con el nombre de ella, simplemente era ella, sin apellidos, sin letras que ver en un pasaporte, me gustaba la idea de llegar a cualquier sitio y preguntar por solo ella.

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Ella Una a una sus hebillas fueron cayendo al suelo de madera, sus zuecos quedaron pronto esparcidos en mitad de la sala, la desnudes de su cuerpo suave y terso aromatizaba el ambiente, sus labios finos jugaban con los míos; hicimos el amor sin fijarnos en el tiempo, o como si el tiempo fuese nuestro, nos susurrábamos algunas palabras y volvíamos a hacer el amor una y otra vez hasta la madrugada. A eso de las 6 de la mañana y luego de haber dormido una o dos hora ella se levanta y me muestra su cabello, estaba muy enredado, así que una vez mas me pidió ayuda para desenredarlo. Nada me importaba, esa sensación absurda de eternidad, solo estar con ella, así que durante el desayuno me propuso un largo paseo a un pueblo llamado Cesky Krumlov. Según ella era el lugar más romántico en el que había estado en toda su vida; con un antiguo castillo en la punta de la montaña, un río que pasa a sus alrededores y pequeñas casas pudiéndoles tocar el techo. Sin vacilar, tomé mi maleta y espere a que ella saliera. El viaje duró cerca de dos horas y media, los cultivos de girasoles al lado de la carretera parecían como las compañías de los delfines en los barcos; mirándonos, y a su vez perdiéndonos en 30 | Strana


nuestra mirada. Al llegar fuimos al restaurante Na Ostrove, pedimos un Svíčková con vino de la casa. Creo que nos quedamos hasta las 6 de la tarde, ese mismo día nos devolvimos a Praga en un bus de esos grandes de rojo con blanco. Generalmente los buses, eran conducidos por sujetos vestidos de azul oscuro y me recordaban un poco a esos hombres de familia que tienden a ir muy bien vestidos a las presentaciones de sus hijos en el colegio. En Praga, sabíamos que esa parte del idilio había concluido, el tiempo implacable insistía en devolvernos a nuestras vidas, el restaurante, mi disertación; era nuevamente el momento de retomar, una parte de mi sentía la necesidad de no dejarla escapar, de retenerla, de vivirla en sus sonrisas. En la estación de Hlavní nádraží tomaríamos un ICE y nos bajaríamos en Barcelona; en la escala de Dresden, debajo de los arcos de acero, con el tren a punto de partir la detengo suavemente por el hombro, las bolsas de las compras se caen y mientras recogíamos los pistachos del restaurante le dije que la amaba. Ella sonrió tiernamente, metió los pistachos en mis bolsillos y me besó. 31 | Strana


Ya en Barcelona, le propongo que al llegar a Donostia busquemos un piso cerca del restaurante y vivamos juntos. Ella en esta ocasión y sacándome un pistacho del bolsillo y llevándoselo a la boca me dice “si”. Me besa, y sus besos saben a nuez, a miel como su cabello. Nos toma cerca de dos semanas encontrar un nuevo piso; tenía ventanales que iban desde el piso, la cocina obviamente era tan grande como uno de nuestros cuartos y un pequeño balcón donde ella quería sentarse a recibir el viento del mar mientras tomaba café y se fumaba un cigarrillo. Fue así que comenzó esta historia. Una de la cosas que siempre me causaron intriga fue su nombre, siempre que intentaba preguntarle, pasaba algo, un ruido, interrupciones, ella cambiaba de tema… cuando la vi salir del edificio, le pregunte nuevamente su nombre, ella entonces tomó una piedrita del jardín y escribió en el piso… Katka!.

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Corazones, parapapush y otras carambolas  

Cuento de amor entre dos chicos que se conocen en europa. Narra brevemente las esperanzas del encuentro y desencuentro

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