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Mariposón

Lee la Historia de O. Convéncete de que ha sido escrita por una mujer o por alguien que piensa como una mujer. Siente vergüenza y placer por verte obligada a leerla en la más estricta intimidad. Desea poder comentarla con alguna de las mujeres que te rodean. Pero no puedes. No te atrevas a mencionarla, niega conocer su existencia si alguien la saca a relucir, aunque sea sin darle importancia. Es una novela que propone distintas opciones en un mundo en que las opciones son limitadas. En un solo aspecto. Comprendes esta idea. Recuerda que. desde luego, la historia de esa chica es pura pornografía. Pasaje de Coser y cantar, Whiney Otto.

texto de

–Do you wanna ride? –Ei, dame un rait. Antes de subirse, el gringo le extendió un Gatorade de naranja que sin pausas fue bebido por el “Güero Luis”. Luego siguió el terno cuya agua fría fue a dar contra los barrancos de la nuca, contra el pelo enterregado, las pecas bajo los ojos y después sí, a traguitearse dando vueltas por las encías en destemple de caninos y molares, dolor rectificante al helar las glándulas salivales bajo la lengua. Ganas contenidas por un pudor infantil revivido de echarse el líquido sobre los testículos y ano para perder calor de volada. Cuando devolvió el envase plástico, un vez sobre el asiento, le cagó la madre que el gringo estuviera viéndolo sonriente, sánduich en mano, como monja que hace una obra de caridad. No me tengas lástima, puto. Pasaje de Todos santos de California, texto de Luis Felipe Lomelí.


Me preocupa que la inclusión de las minorías sexuales en sociedad se esté convirtiendo en un tema cuyo auge y ocaso termine siendo alguna de las tantas y tan pasajeras modas que impone la corrección política. Sí, los esfuerzos de la academia por razonar la cuestión han sido, son y serán loables por cuanto hace al hecho de dilucidar un tema en el que se generan posturas encontradas y, en un caso muy extremo, con el poder suficiente como para parir enemistades de la calidad más acérrima, por su carácter de irreconciliables. Pero el beneplácito con el que se reciben dichos trabajos se ve diezmado severamente cuando en ellos persiste un ideal de integración total y homogénea entre los diversos sectores sociales que en no pocas ocasiones tienen entre sí diferencias profundamente antagónicas; y es que, si bien es cierto que los derechos humanos son de todos y para todos, la verdad de las cosas es que a cada uno le aterrizan de un modo distinto en su esfera personal y particular de acción. ¿Tenemos, pues, prerrogativas fundamentales casuísticas o personalizadas? Sí. Y no. Sí tenemos, en virtud de que, como ya se ha dicho, los derechos humanos se entienden de manera variopinta de acuerdo al sujeto al cual vayan dirigidos en atención a la realidad en la que vive, sus expectativas personales y algunos otros factores que lo definan como ser individual. De hecho, es bajo este argumento que los derechos humanos no andan por ahí en cueros, sino que se les viste con un halo periférico que, además de cubrirles la impudicia de su propia desnudez, resulta muy útil en el instante mismo de referirse a su progresividad cuando ésta impacta en alguna cuestión derivada, es decir no esencial, del contenido de los mismos. No tenemos, por el contrario, en razón de que el núcleo fundamental de los ya mencionados derechos del hombre se ciñe, primeramente, a estándares filosóficos nacidos de una intención cierta y determinada que las manos de la lógica se encargan de moldear según lo manden sus órdenes, estructuras y mecanismos de ejecución para que de ese amasijo que nace de las entrañas de un dictado moral pueda hacerse una figura definida, o por lo menos no tan amorfa, cuando se le cuece en los hornos de la norma jurídica, y que por supuesto va a parar como producto terminado a ese mercado de proporciones insondables que es la realidad social. De tal suerte que deber ser y ser están trabajando hombro con hombro en la consecución de un objetivo común. Muy bien. La cosa esta de ponerse a investigar sobre los orígenes y las manifestaciones del fenómeno gay con miras a causar una transformación de fondo en el pensar social así como se ha visto en los más encumbrados esfuerzos por alcanzar esta meta parte de un presupuesto implícito que es la erradicación del machismo en sociedad, algo de lo que no se han visto resultados tangibles en la escala macro así como para pensar que efectivamente estamos avanzando rumbo al progreso enarbolando el estandarte de la vanguardia. Ojo: no estoy diciendo que no estén habiendo acciones tendientes a abatir el problema, dado que lo que trato de establecer es que la falta de criterios y acciones unificadas está teniendo un resultado más bien insuficiente, y eso, en una ciudad rebosante de derechos como lo es México capital, resulta inadmisible, amén de muy poco congruente.


Desgraciadamente, derechos como los que ahora nos estamos permitiendo pasar bajo la lupa necesitan contar, para un ejercicio si no pleno por lo menos decente, con una cartilla de antecedentes que se erijan como garantes de su existencia y que funjan como sus soportes a la hora de que factores externos intenten amenazar su estabilidad poniendo en tela de juicio a las consideraciones teóricas y manifestaciones prácticas que sirven de sus basamentos: no sin cierto desengaño miramos que no hay tales, o sí los hay, pero no como se necesitan. La erradicación del machismo no debe ni puede ceñirse al sentido estricto de una eliminación de raíz, dado que con ello estaríamos atentando contra el espíritu con el cual nacemos y sin el que, desde luego, nos es imposible sobrevivir a los embates diarios de un ritmo de vida tan ajetreado como el que impone esta megalópolis, considerada entre las más grandes de todo el orbe. Sin embargo, no me parece un hecho de imposible realización el reducir a una expresión mínima este tipo de conductas, que ya está visto que no mantenerlas a raya apareja de dolores de cabeza de tallas tales como los crímenes de odio y la trata de personas.

A una cacería copiosa le seguía la inevitable celebración y su momento ritual para contar historias sobre los peligros vividos durante la misma. En los tiempos modernos, eso se ha convertido en reuniones donde se bebe mucho celebradas por los hombres después del trabajo. Los antropólogos lo han definido como “la separación del hecho de beber respecto de la arena doméstica, dominada por las mujeres, como manera de construir la masculinidad”. En otras palabras, reuniéndose e ingiriendo cantidades ingentes de alcohol, los machos modernos recrean por sí mismos, momentáneamente, la sensación de formar parte de una verdadera manada de cazadores leales. En dichas ocasiones es importante poder pagar una ronda y saber aguantar el licor. Los que no puedan, perderán su estatus ante el grupo. Dicho de otro modo, deben mostrar que saben compartir y que son resistentes. En varios países y en distintas épocas, dichas reuniones para beber se han formalizado. Se han creado clubes masculinos con normas estrictas de admisión, y se han inventado juegos de bebida y otros ritos para que las reuniones para beber cobren un significado más profundo. En algunos países se emplean otros narcóticos en lugar del alcohol. En Yemen, por ejemplo, los hombres se reúnen cada día para mascar qat, las hojas de una planta narcótica. La relevancia social de un macho yemení depende de su asistencia regular a esas reuniones del qat, de las que las mujeres están totalmente excluidas. Se suele utilizar algún tipo de juego para centrar las reuniones de hombres en un entorno poderosamente competitivo. El más antiguo que conoce la humanidad, y que seguramente utilizaron los mismos cazadores primitivos, es un juego de tablero africano llamado mancala. Sus orígenes se remontan a hace más de 3.400 años. Bastaba con unos guijarros y unos agujeros practicados en la tierra seca para empezar a jugar, cuando los cazadores se reunían para relajarse tras la cacería. Hay muchos otros juegos masculinos, como la petanca francesa, el ajedrez en Rusia, los dardos en Inglaterra, el póquer en Estados Unidos, y así sucesivamente. Todos ellos atraen al hombre casado al exterior del seno familiar y, por un breve espacio de tiempo, lo llevan de vuelta a la compañía de su pandilla de hombres.1

Lo cual nos lleva a pensar que las sociedades deben redefinir sus parámetros de lo que se entiende por masculinidad y hombría, en la inteligencia de que debe pervivir un equilibrio entre ambos sexos; por lo tanto –y en una reducción al absurdo de la circunstancia valorada–, díscolos estaríamos si asumiésemos que, para abolir la doctrina y las prácticas machistas, es concebible y perfectamente aplicable un feminismo a ultranza. 1

Desmond MORRIS.- El hombre desnudo; Planeta. Ciudad de México, 2009, traducción de Núria Pujol Valls. Páginas 30 y 31.


Recientemente se ha hablado mucho del “macho redundante”, concepto que implica que con las nuevas técnicas de fertilización artificial el hombre no tardará en ser obsoleto. Dicha teoría se popularizó en la década de los años sesenta, cuando las líderes del movimiento feminista anunciaron que los orgasmos clitoridianos eran más intensos que los vaginales y que no valía la pena aguantar a los hombres a cambio de sus favores sexuales. No obstante, y aunque el hombre no fuera necesario como proveedor de placer sexual, persistía sin embargo el peliagudo problema de cómo procrear a la nueva generación de feministas. Habría que conservar a unos cuantos eyaculadores de élite para tal fin, para disponer de muestras de semen a voluntad. Desde entonces se han realizado avances en la tecnología reproductiva que sugieren que llegará el día, no muy lejano, en que ni siquiera se necesitará el semen. Las mujeres podrán fertilizar sus óvulos en un laboratorio sin intervención del macho y se los reimplantarán en el útero, donde se gestará una nueva generación de hembras. Se constituirán parejas de lesbianas que crearán nuevos tipos de unidad familiar en la que las niñas crecerán en un mundo sin machos. Según este ideal, la ausencia de machos pondrá fin a la guerra, a la violencia provocada por la testosterona, a los deportes agresivos, a los hooligans del fútbol, a los extremistas políticos, a los violadores, a los terroristas religiosos y a otros aspectos destructivos del mundo masculino. En contrapartida, habrá un mundo de hembras afectuoso, solidario, mucho más amable y mucho más inteligente. La serenidad del sentido común sustituirá a los salvajes conflictos por el honor, y la vida se convertirá en una experiencia cálida, segura y cordial, no en este calvario cruel dominado por la ansiedad. No queda claro qué habrá que hacer con los hombres restantes. Tal vez se les ignore o, simplemente, se les permita envejecer hasta que, lentamente, el género masculino desaparezca de la faz de la tierra. O quizá haya que masacrarles, como proponía el manifiesto de un movimiento feminista radical llamado SCUM (The Sociey For Cutting Up Men, Sociedad para acabar con los hombres). Con el tiempo, no serán más que un recuerdo remoto, puesto que el planeta sin testosterona rotará según el sonido de las risas de las hembras. Hay que señalar, a modo de apunte serio, que además de librar al mundo de los elementos destructivos de la psique masculina, este guión radical también eliminaría los elementos constructivos. Se inventaría mucho menos, las mujeres lo considerarían arriesgado. Se realizarían menos proyectos centrados alrededor de una meta a largo plazo, que tanto tiempo requieren, si se comparan las exigencias de la vida social y familiar del día a día. Si bien las mujeres han sido siempre más sensibles que los hombres, los hombres han conservado en mayor medida su espíritu lúdico. Y esa capacidad adulta para el juego ha sido el motor de muchos de los logros de la especie humana. Si dejáramos que un defensor de la causa masculina respondiera a esa posición feminista, probablemente diría: Sí, ha habido grandes mujeres artistas, científicas, políticas, líderes religiosas, filósofas, inventoras, ingenieras y arquitectas. Pero por cada mujer ha habido cien hombres, tal vez mil. La excelencia parece requerir de esa obstinada perversidad que se tiene por la característica más destacada de un macho. Se ha comentado a menudo que no es más que un problema de oportunidades; que no se ha permitido que las mujeres desarrollaran su auténtico potencial. Aunque, en términos prácticos, significa simplemente que las mujeres no eran lo bastante influyentes como para que se les reconociera dicha excelencia. La excelencia hay que obtenerla, no basta con postularla, y son los hombres los que se han sentido atraídos por ella, dado que su genética les ha dotado de la ambición necesaria para proceder a la construcción de nuestra avanzada civilización.2

No, o sea no. Pero entonces, la duda emerge desde la inevitabilidad de su génesis: ¿cómo jolines se llega al punto medio sin romperse uno la crisma en el intento? Obviamente 2

Desmond Morris, obra citada, de la página 13 a la 15.


la respuesta no es sencilla, pero bien en la comprensión del híbrido entre lo masculino y lo femenino que suelen conformar los códigos de conducta de los homosexuales y las lesbianas en sociedad, amén del interés por los avances que la ciencia ha dado con motivo de este fenómeno, está la oportunidad perfecta de encontrar la mentada respuesta con la que tanto estamos queriendo dar.

Había una vez un escritor francés del que, según se cuenta, se hizo perito en esa labor tan provechosa como incesante de buscar y recobrar el tiempo perdido; frutos mil hubo de prodigar una obra así de emprendedora y progresista, los cuales comenzaron a verse con toda claridad años después de que esta joven promesa de las letras de su tiempo dejara de respirar por voluntad propia: una de esas lástimas que no tienen remedio pero es un hecho notorio que la vida y la muerte encuentran su vínculo indisoluble en el elemento volitivo que decide continuar con la primera o arribar a la segunda. Ni modo. Inicialmente pensé que bastaría con anotar la referencia base de toda esta bonita retahíla pero la diosa Minerva fue veloz y astuta para instruirme que lo más pertinente sería prestar abundancia en el bosquejo del panorama que pretendo dibujar si es que el deseo primario de un servidor es que la idea se comprendiese entera y sin necesidad de ulteriores explicaciones, por lo que adicional a la enunciación de la cita detonadora de mi curiosidad, habrá de encontrarse un catálogo de razonamientos sirvientes como directrices de la perspectiva general así como de los enfoques particulares de esta erudición prestada.

El piso de abajo, el primer piso, ese lugar oscuro y remoto al que no alcanzaba siquiera la luz ceniza, siempre en penumbras, estaba todo habitado por homosexuales. No tiene explicación racional esa congregación de cundangos. Con excepción de Venancia, la encargada, y sus hijas Fina y Chelo, y de Nersa y su madre y Emiliana (una mediotiempo rubia, de pelo largo y mucha pintura, solterona solitaria que sin embargo reunía a muchachas de la vecindad y del edificio, uniéndolas en un círculo del que era el centro, contándoles relatos románticos, tal vez leídos, tal vez inventados y de quien luego se llegó a rumorar que era invertida y tenía un cónclave de lesbianas jóvenes, zafia Safo de Zulueta: nunca se llegó a comprobar si era cierto pero entonces, puro puritano, me escandalizó, aunque ahora creo que el rumor era verdadero: Zulueta 408 era una colonia sexual) y la vieja Consuelo Monfor, que había sido cupletista y a quien yo respetaba por sus conocimientos musicales, que iban más allá de la zarzuela (un día fui a tararearle una melodía, oída por radio, que me acosaba y me dijo enseguida: “La Serenata de Schubert”), aparte de esas mujeres inquilinas el resto de los cuartos estaba habitado por los homosexuales, todos pasivos. Los maricones mantenían, como el matrimonio de músicos, un aspecto aceptable para el machismo cubano, aunque muchos eran de ese tipo de loca habanera que proclama a gritos con su voz, su caminado, sus maneras y aire exageradamente afeminado, su condición de loca irremediable, agresiva social en su pasividad sexual. Uno de los maricones que vivía allí era un mulato ya entrado en años, calvo, discreto –pero que rompió su voto de silencio una Nochebuena que se emborrachó y empezó a gritar por los pasillos: “¡Candela! ¡Que me den candela! ¡Mucha candela!”, queriendo decir que necesitaba fuego y no fuego fatuo sino fuego sexual. Al otro día, contrito, se excusó ante cada puerta, en un acto de humillación que le era tan necesario


como la explosión de la noche anterior.3

A través de la literatura, nosotros, los latinoamericanos, denunciamos y exponemos las contradicciones y extravagancias que componen el bestiario de nuestras ficciones, tanto más de esas realidades en las que estamos inmersos. Algunas desproporciones constituyen, en efecto, verdaderos atropellos a los derechos y libertades que tanto se ensalzan en los discursos de la vida democrática de un Estado, misma que –atendiendo a las condiciones actuales de significación de la palabreja– trasciende las fronteras de su acepción meramente política para convertirse en un concepto mucho más integral. Sin embargo, perviven unos cuantos pantagruelismos que dan cuenta de una intención sobradamente natural de ser auténticos a través de la pasión que nos hace, nos devora, nos devuelve a existir: es por esta razón que las mariposas amarillas se aparecen en tropel y permiten que su vuelo sea la huella imborrable del amante secreto que ha cobrado fama de tan sólo un vulgar ladrón de la misma forma en que no ha faltado quién para detallar, con una precisión quirúrgica rayana en el orgasmo estético, las instrucciones para subir una escalera.

La tolerancia, enseña el Diccionario, es el respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias. Dentro del somnífero y bochornoso verano de eufemismos en el que nos han sumergido los usos reinantes de esta época tan polivalente, es de hacerse notar que la pusilanimidad en cuestión tiende, con una facilidad que de veras es increíble, a desvirtuar el orden y alcance de las palabras sacándolas de su hábitat natural para exhibirlas como exotismos de zoológico en paraísos posindustriales cuyo preciosismo es el colmo de la aberración; bueno, esa es la idea en líneas generales, ¿ajá?, porque depende de cada contexto social con el que se aderece esta ensalada para que agarre una consistencia y un sabor únicos. Bien. En los estratos socioculturales populares, por un lado, la tolerancia viene siendo un soportar, un aguantarse, un callar: verbos que, yendo de la mano con sus implicaciones hasta las últimas consecuencias, no conjugan otras acciones que la abnegación y el sometimiento, cuestiones que en nada comparten el espíritu de progreso de lo que pregona la tolerancia como valor que abre puertas hacia convivencias sociales sanas y duraderas. En el universo de la corrección política que se la vive encerrada en su burbuja, por otra parte, no es ninguna sorpresa toparse con extremos como el permiso o la condescendencia al momento de hacer significar a la tolerancia en las palabras de lo pragmático, hecho el cual le da a este valor unas alas demasiado grandes y no menos pesadas que le causan mil y una incomodidades a la hora de volar y es por eso que en más ocasiones de las que se quisiera admitir, la tolerancia se ha visto envuelta en aparatosísimos aterrizajes forzosos que impregnan de fango su inmaculado espíritu libertario. 3

Guillermo CABRERA INFANTE.- La Habana para un infante difunto; Seix Barral. Barcelona, 1979, páginas 119 y 120.


Por lo tanto, es perfectamente entendible –pero no por ello menos penoso– que los gays habitantes de Coyoacán, por ejemplo, tengan muchas más posibilidades reales y efectivas de matrimoniarse y hacer una vida en pareja tan exitosa e igual como el resto de la población que adopta esta forma de vida lo que a este rubro importa que las que pudiesen imaginar juntas aquellos homosexuales que viven en Iztapalapa. Partiendo de un mismo punto de referencia, que es la opción de casarse el Código Civil vigente para el Distrito Federal les da si así lo desean pero contrastando con las realidades que privan en cada contexto. Mucho cuidado entonces con el Derecho que se encarga de regir la vida en sociedad porque, a diferencia del similar que dicta los pasos a seguir dentro de un juicio, el primero tiene más chance de convertirse en letra muerta atendiendo al entorno social en el que opera: entre letrados podemos pellizcarnos, mordernos y arañarnos bonitamente hasta que cada una de las partes involucradas en un procedimiento cumpla con lo que ha mandado Su Señoría pero en la vida de todos los días estaríamos pecando de muy poco listos si creemos que los legos en Derecho observarán lo establecido por las leyes cuando, a más de no estar acostumbrados a la cultura de la legalidad, su idiosincrasia es mocha y venenosamente tradicional, por lo que no miran con buenos ojos una transformación tan radical en los usos y, por lo mismo, les vale un reverendo cacahuate el avance hacia la igualdad. El abogado no es la nana de nadie y, en consecuencia, no está obligado a ir a rogarle a ninguno que se adapte a los cambios venidos con la llegada de una reforma al texto de la ley, pero tampoco puede estar tan ciego y sordo como para no ver ni oír la problemática que surge de un cumplimiento fáctico deficiente del dictado normativo: será momento entonces de celebrar una reunión con los demás expertos de las ciencias auxiliares del Derecho para poder, a través de las perlas de sabiduría que cada uno regale al conciliábulo, dilucidar integralmente la vicisitud con miras a darle una solución real, efectiva y –si se puede– en el acto. Porque el riesgo que se corre es que tanto avance y tanto progreso no lleguen a más allá de una buena intención que no pase de la letra muerta.

El largo camino que han recorrido los derechos humanos distingue dos momentos capitales: el de ser de papel y el de estar en papel. Esta dualidad atiende a su esencia, el deber ser, que desde que llegó al mundo enfrenta la limitante de que los aspectos formales y materiales han de colisionar de modos nada halagüeños y más bien desesperanzadores; sin embargo, este contraste es del todo natural y perfectamente entendible, sólo cuando está dentro de los límites de lo razonable. Para que se suscite la creación de un nuevo derecho humano, tienen que concurrir una serie de elementos fácticos que hablen de la necesidad de nacer e incluir de éste en el entramado societario, bien porque se trate de alguna carencia del mismo, bien porque sea un complemento de otro derecho preexistente. La última faceta del proceso antes mencionado es, como ya se sabe, que la norma jurídica incluya y reconozca a ese derecho dentro de su texto para que, de ahí, éste obtenga la fuerza de la ley que le permita ser y estar en sociedad, gobernado por los principios inherentes a los de su raza para una larga y feliz existencia operativa en el sistema. Es el caso de los derechos en papel. Esta clase de derechos, consecuentemente, representan una expresión de la legalidad como mecanismo idóneo para instaurar, conservar y garantizar el orden y la seguridad anterior del conglomerado societario en el que permanecen; gobernados y autoridades están obligados a respetarlos por igual, cada uno desde su esfera de competencia correspondiente. No obstante lo anterior, los tiempos actuales, plagados de urgencias e inmediateces, se han encargado de desvirtuar el proceso normal de creación de los derechos humanos, situando el paso último en primer lugar, lo que ocasiona que la gente a la que van destinadas estas prerrogativas no las sienta como genuinamente suyas, y menos los terceros obligados a observar una conducta y un deber de respeto en el arte este que es el de vivir en armonía. Son los llamados derechos de papel.


El riesgo más grande que se corre no es el de producir derechos destinados al desperdicio, lo que sin duda será oprobioso, sino que cuando un miembro de la sociedad intenta ejercer su derecho, teniendo toda la potestad de hacerlo, termina excluido del entorno social donde vive.4

La tolerancia es uno de esos derechos que ostentan un cierto grado de complejidad, en virtud de que, para ejercitarlo a plenitud, resultan indispensables los presupuestos de comprensión y otredad, los cuales infieren que A se ha puesto en los zapatos de Be para examinar a conciencia su circunstancia y tener la capacidad de entenderla, y sin los cuales la realización efectiva del derecho en comento deviene en defectuosa o imposible. Una potestad más simple sería, por ejemplo, la libertad, una condición con la que nace el ser humano y sobre la que no hay gran ciencia qué discutir, además de que su ejercicio es unipersonal e independiente, en cierto modo, de factores externos –además de las limitantes que le son inherentes en cada subespecie en que se manifiesta. La tolerancia no: es un derecho humano que difícilmente admite medias tintas a la hora de ejercerse pero que encuentra su más grande acotamiento en el hecho de que no todas las voluntades consienten en el sentido que se requiere para el efecto originalmente planteado. Yendo más allá, cuando un individuo opta por el no ejercicio de la libertad, las consecuencias, por regla general, no son especialmente graves; no así con la tolerancia, que lo mismo deriva en una represión al interior de la familia de quien pune hacia quien es castigado sin un argumento más sólido que el de la intransigencia que en un dolorosísimo y horroroso crimen de lesa humanidad motivado por el odio que no es sino falacia. Se vale que las opiniones diverjan pero siempre será más valioso que a través de su misma divergencia lleguen a la meta común. La tolerancia, tal como se ha esquematizado en los círculos sociales antes aludidos, es tan sólo una caricatura de sí misma porque remite a un perdón implícito o a una autorización sobreentendida para realizar los actos propios de una sexualidad no convencional suponiendo que hay un patriarca al cual besarle la mano y mostrarle temor reverencial para que conceda un óbolo de su gracia todopoderosa y, en consecuencia, poder ir por ahí a cometer unas cuantas pecaminosidades de las que nadie habla en sociedad porque hay una regla no escrita que es categórica al ordenar que el solo pensamiento de ello queda terminantemente prohibido. Y bueno estuviera que me refiriese a la religión como elemento decisivo en la configuración de las estructuras sociales pero lo cierto es que no: me estoy limitando, únicamente, a esas figuras de poder escondidas en la oscuridad de lo intangible pero que se hacen presentes a la menor provocación con toda la fuerza del imperativo de sus mandatos. Siendo yo fan de los derechos humanos –y de los de hueso colorado, cabe destacar– de ningún modo y bajo ninguna circunstancia podría negar el derecho que mi sociedad tiene a la tradición, a sus antepasados, a los ritos y, en general, a sus raíces; no obstante lo anterior, el deber o la responsabilidad que entraña el ejercicio de este derecho fundamental consiste en mirar de cerca y con buenos ojos los avances de la ciencia porque es a través de su palabra que todos los misterios se revelan y se puede concretar un mejor entendimiento del fenómeno humano, ora en lo sublime, ora también en lo absurdo. Pero si, de entrada, los déficits de siempre en la educación nacional se concentran en Matemáticas e Historia, por hablar de la Lengua Española, pues mal lo llevamos de inicio, ¿no? El poder de decisión frente al cambio en cuestiones como esta lo da la ciencia, pues ella es la única con los parámetros de objetividad que se requieren

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http://goo.gl/9ZMWm. 13 de octubre de 2012; 15:23 horas.


para saber qué rumbo tomar ante la incertidumbre. Por lo tanto, una sociedad que no sabe mirar a la ciencia en sus bondades más acabadas difícilmente podrá creerse que está comprometida con la actualidad, así compre la producción completa del último modelo de teléfono celular inteligente que exista en el mercado. El consumo de tecnología no es un marcador confiable a la hora de medir la producción de conocimiento en un ser humano. La tolerancia es una de las formas más acabadas del respeto jamás ideadas por el hombre, pero eso no significa que se hayan de extremar precauciones nada más a lo bestia y, ergo, el vehículo de comunicación entre las personas tenga que ser el eufemismo: una cosa es suavizar las grotescas atrocidades con las que inicialmente se calificaron muchas condiciones especiales del ser humano y otra, toda desproporción y charlatanería, es querer vivir encerrados dentro de un mundo rosa de arcoíris prácticamente a costa de lo que sea. La aspiración a una vida perfecta encuentra su intento más afanoso e igualmente despiadado intento por conseguir su objetivo en esta muestra de discriminación perfumada de magnolias; el tacto para referirse a situaciones espinosas no debe ni puede ser una muestra de barrabasadas lingüísticas, puesto que ello es ruidosamente patético. El deseo de no herir susceptibilidades halla su santo remedio en el uso adecuado de la semántica, la gramática y hasta la poesía en la creación de metáforas aplicables para cada caso en particular y llegar ahí no se puede sino mediante un conocimiento de los matices que es capaz de proporcionar la lengua materna. No se trata, pues, de inventar terminajos que ridiculicen o abaraten el idioma sino de revisar a fondo a los autores clásicos y contemporáneos a efecto de saber cómo ha ido transformándose la lengua en el devenir de las eras: la narrativa, al ser el estilo más libre de todos los que componen el reino del lenguaje escrito, es el más capacitado para instruir al neófito en la consulta de referencia y el más sencillo de entender bien y a la primera, dado que, técnicamente, no ostenta grado alguno de dificultad. Digamos no a la modernidad que empobrece y denigra a las palabras. La tolerancia también cuenta con un lado negativo. Ser tolerante significa, en principio, dos cosas: permitir expresamente o abstenerse de prohibir. Pero es en todo eso que abarca el significado amplio de la palabra que se puede conocer el sentido y el grado de las decisiones una sociedad, en el tiempo y en el lugar en que florece, para ya luego advertir y manifestar sus carencias, pero sobre todo, sus excesos. El ejercicio de la sexualidad, al ser un acto del orden más íntimo y personal, está sujeto a una serie de reglas no escritas que lo primero que tutelan es el pudor justamente entendiendo que una liberalidad de este tipo debe manejarse en un marco de cierta cautela, mayormente para preservar el orden; no obstante lo anterior, deben existir mecanismos de liberación de una sexualidad sana y con la que uno se sienta conforme. Puesto que, cuando éstos son inexistentes, se corre el riesgo de que las salidas a este laberinto se construyan usando planos inexactos y poco confiables, hecho que deriva en la comisión de toda clase de anomalías como las que de, luego en luego, se aprecian en las noticias sensacionalistas de los periódicos baratos que circulan en la gran ciudad. Pongo de manifiesto lo anterior porque la iniciación en la sexualidad en un individuo es como poner frijoles en una olla exprés: es nada más cuestión de tiempo para se llegue al punto de cocción y la boquilla de hasta arriba avise con su mítico pitido; a partir de ese momento, cada uno sabe cuánto más deja puesta la lumbre y de qué modo le quita la presión a la olla para abrir la tapa una vez terminadas de cocer estas leguminosas. Llueva, truene o relampaguee, el escuincle en la edad de la punzada necesita unas informaciones ciertas y objetivas para saciar su sed de conocimiento respecto de ese mundo un poco caótico y a veces insondable que es la sexualidad humana y gozar de un tránsito lo más libre de baches que sea posible


hacia la madurez en lo que interesa a este rubro; puede tenerla o no; si la tiene qué bueno, pero si no, la despresurización se volverá inminente en cualquier segundo y el mocoso reventará de una manera incorrecta con la desinformación que lo mismo le origina adoptar de una conducta de represión en su propia persona o abuso en la de los demás sobre quienes ejercer una relación de poder. Quienes se encarguen de formar niños y niñas en el círculo familiar tienen la importante encomienda de no fabricar hombres machos o mujeres sumisas. El resto es nada más cosa de ir acomodando las piezas del rompecabezas y asunto arreglado. Sin embargo, y abundando sobre el tópico antes comentado para que no se infiera que es algo que se deba o pueda tomarse a la ligera, yo sé perfectamente que esto no es nada sencillo, habida cuenta de que contra mi deseo y modelo de educación se erige, como una barrera de proporciones bíblicas, toda clase de dogmas con los que la gente vive y calla, puesto que es más fácil –pero no por ello menos doloroso– creerse una verdad que no se discute a tomar la opción de desmenuzarla para saber en qué punto y por qué razón es mentira o simplemente resulta incompatible con los dictados del sentido común. Por lo tanto, la educación es algo más que ir a la escuela y aprender a leer, escribir y hacer cuentas: justo ahí nace todo un concepto cuyo propósito no es otro que el de vivir en santa paz con nuestros semejantes. Pero hay veces en que eso hasta los maestros lo ignoran… Saque cada uno sus conclusiones después de haber ocurrido la revelación de esto a los ojos de los presentes. Ante la represión de de la sexualidad, ya lo habíamos considerado en una idea previa, surgen formas irregulares de válvulas de escape que dan salida a la presión acumulada: se forma un oxímoron con todas aquellas prácticas que tolera la intolerancia y entonces es que nace un sistema social pletórico de contradicciones y disfuncionalidades cuyo leitmotiv es el menoscabo y la degradación de unos y la supremacía infundada e imaginaria de otros, al dividirse a los grupos humanos que componen a la sociedad de una manera absurda y hasta retrógrada.

PRIMER ESCENARIO. Cuando se nace hombre, del mismo modo en que si se trata de una mujer, inmediatamente surge una serie de acotaciones sobre lo que debería y no debe hacer el recién nacido para cuando esté un poco más crecido, lo que, de algún modo, puede sonar positivamente cuando se habla de ejecución de roles, puesto que la teleología de éstos es mantener un orden en las membranas que componen cada uno de los estratos socioeconómicos; el lado negativo de este acomodo se ubica, naturalmente, en la ejecución rígida y a rajatabla de los mencionados roles porque entonces no se están tomando en cuenta las habilidades y aptitudes del individuo en lo particular, y se deja de observar la gama infinita de posibilidades que trae consigo el hecho de que algunas mujeres se interesen por actividades tradicionalmente masculinas y otros tantos hombres hagan lo propio tomando quehaceres que normalmente son desarrollados por manos femeninas. SEGUNDO ESCENARIO. Los estereotipos han inventado, reinventado y vuelto a inventar, el deber ser de la conducta de las personas, de acuerdo a cada una de las épocas y países en los cuales influyen de manera determinante; no obstante lo anterior, se reprocha dejar de lado la opinión de la naturaleza, quien se inventa una y mil formas para concebir a los seres humanos y dotarlos de una personalidad única. Debería pasar que se revisara el apartado de ciencias naturales y del hombre en las enciclopedias para saber exactamente cuáles son los alcances y las limitantes conductuales que la raza humana enfrenta antes de ponerse a inventar catálogos de comportamiento de forma unilateral


y obligatoria para vivir en sociedad: la meta es que cada uno sea como es sin que el orden se vea esencialmente alterado y respetando la otredad como símbolo de diferencia que enriquece la pluralidad al reafirmar las identidades.

Por lo tanto, en estas maneras irregulares que se permiten por no estar del todo mal vistas, lo que se apuesta –para perder, sin duda alguna– es la dignidad, pues no está científicamente comprobado que una infidelidad le agrande las gónadas al hombre ni que una mujer vea empobrecida su cavidad amatoria por haber sido violada. La educación y la cultura juegan un papel decisivo en el rumbo a seguir para el abatimiento de este problema, vistas, como ya se ha dicho, como algo más que ir a pasar las materias de panzazo, pues en una aplicación a conciencia del modelo está la clave para poder aspirar a la igualdad configurada como meta común de los derechos humanos.

El Derecho como sistema de reglas observa dos conexiones fundamentales a la hora de funcionar: la lógica y la filosofía. De acuerdo con los autores que han abordado el tema, la lógica es una rama de la filosofía y, por lo tanto no poco son los vínculos que la especie ha de guardar con el género; sin embargo, y para efectos prácticos, la primera ha de asimilarse como el sustento material de la técnica jurídica, o sea, del modo de obrar dentro de la infinita variedad de procedimientos que existen en el Derecho. De una forma similar, la filosofía deberá ser tomada como una extensión de la ciencia argumentativa, un punto de pensamiento ligeramente más elevado en el cual se ponderan bienes jurídicamente tutelados y se deciden casos conforme los parámetros constitucionales y doctrinarios de impartición de justicia. Dicho en términos muy burdos pero no menos ciertos, la mayoría de los abogados se siente en su zona de confort cuando entra a formar parte de una contienda, judicial o administrativa, dado que la clave de la gran mayoría de estas rebatingas consiste en saber en qué momento el otro comete un error y es posible entonces alegar un vicio en el procedimiento; asunto arreglado cuando lo argüido da para decretar la nulidad absoluta de un acto de autoridad o absolver de pleno Derecho al reo, vocablo éste usado en su acepción más amplia: la existencia previa de un catálogo de órdenes y efectos da forma al camino y los contendientes deben ceñirse a éste, unas veces de la manera más estricta y otras tantas de un modo más relajado. Pero si se trata de dilucidar el fondo, entonces surge todo un universo de vicisitudes, puesto que los litigantes estamos muy malacostumbrados a que, sobre los hombros de quien debe dirimir el pleito, se recargue el peso de usar la balanza para saber hacia qué lado y bajo qué argumentos ha de inclinarse la misma. Y no es que, en un sentido literal, le esté yo restando importancia a la labor de los jueces, magistrados y hasta ministros; muy por el contrario, lo que digo es que no nada más ellos pueden hacer labor de ponderación: tan es así que en esta modernidad a eso estamos obligados todos quienes nos dedicamos al litigio.


Poner en las manos de Su Señoría nuestro caso perfectamente desmenuzado y prácticamente resuelto para que no le sea a él o ella tan difícil razonar y la resolución que deba recaer a nuestra pretensión se produzca en el menor tiempo posible. Sí, ya sé que, en teoría, no es nuestra función como defensores hacer una cosa de estas, pero, ¡por piedad!, créaseme cuando digo que es una responsabilidad moral obrar en el sentido antes manifestado en razón del número de casos nuevos que a diario ingresan a los centros de justicia. ¿Alguno de ustedes se había puesto a pensar en la cantidad gigantesca de expedientes que se forman a diario en los juzgados civiles y familiares? No al mes, no a la quincena, no a la semana: a diario. ¿Con qué cara podríamos exigir que un procedimiento se acelerara si nuestros clientes son los primeros en retacar los archivos judiciales con causas nacidas de su falta de moralidad al momento de cumplir o su inepcia o impericia para darse a entender que llevan a la tramitación de un proceso contencioso como recurso último que ha de poner los puntos sobre las íes y obligar de manera coercitiva a dar, hacer y no hacer todo eso que se pudo haber resuelto desde antes con un examen a conciencia de sus derechos y obligaciones como personas? ¡En alguien debe de caber la prudencia, caramba! Como enlace entre sociedad y autoridades, los defensores debemos ser lo bastante perceptivos como para hacer saber a nuestros representados que el Derecho no es ese monstruo deforme e idiota que pintan los talk shows en la televisión y que en un juicio las cosas no se polarizan al grado insulso y extremo de estar un derecho por encima de otro, como si en una cosa tan acabada y exquisita como lo es el universo de lo legal tuviesen cabida pensamientos del corte de un instinto de supervivencia o de un mecanismo de depredación: ni la madre que pide alimentos para su hijo debe creer que al demandado lo habrá de dejar en la calle y sin un céntimo ni el padre debe pensar que puede hacerse el loco con cualquier artificio chicanero que tenga por objeto desentenderse respecto de obligaciones con su familia y, por supuesto, ante la ley. Punto. Si todavía después de la exposición de estos motivos hay gente que piense así, entonces el problema es de educación y, por lo tanto, de conciencia, y sobre eso no hay mucho que hacer más que crear la segunda porque la primera nomás no existe o, si existe, está muy deplorada. El gran divertimento que supone el Derecho sustantivo –a diferencia del instrumental– es el asunto sabroso, intenso y desde luego muy disfrutable de saber qué hay detrás de la enunciación de un numeral normativo, por qué está construido en uno u otro sentido y hasta dónde llegan sus alcances legales: es por eso que a la gran mayoría de los civilistas les entra un pánico endemoniado oír hablar del daño moral, precisamente porque en ese tipo de demandas no hay nada escrito y prácticamente se vale de todo para ganar. Bueno, que más que no haber nada escrito, lo que sucede en realidad es que la dilucidación de los derechos lacerados queda totalmente a consideración del juzgador, hecho que implica un doble trabajo para los litigantes, al tener que acomodar sus pruebas y argumentos a modo de que causen una convicción plena en el ánimo del decidor del Derecho y partiendo de la base de que ese tipo de juicios, por regla general, no gozan de una base tan sólida como la que podría tener, verbigracia, un incumplimiento de contrato. Dentro de nuestra actividad profesional, lo letrados tenemos que ponernos en los zapatos, no del otro, sino de todos, para saber exactamente cómo es que piensan y sienten, de tal suerte que surja de una manera prácticamente natural la compasión en el significado búdico del vocablo, o sea, en todas aquellas acciones que sirvan para la salvación de nuestros representados y que, además, nos salven a nosotros como profesionistas haciéndonos mejores personas. Las reglas del procedimiento son un apoyo invaluable a la hora de incoar un juicio, dado que nos llevan de la mano con paso galante por todas y cada una de las etapas del mismo pero no dejan de ser tan sólo directrices: un asunto que se


gana tan sólo por argüir violaciones formales cuando bien se puede entretejer toda una argumentación sobre la conculcación de fondo es tanto como querer competir con el más débil por el temor que se le tiene al más fuerte o al más listo. Esta vida es de retos y a los tibios se los devora el Mefisto sin más argumento que el de su propia cobardía. Punto y aparte. Pensar el Derecho es también pensar en los derechos humanos. Hasta donde yo recuerdo, mis maestros de la licenciatura insistían –hasta el cansancio de un servidor, que jamás el suyo– en la idea de que cada figura e institución jurídica había sido la culminación de muchos años de sendos estudios y numerosos debates en los que se llegaban a elaborar teorías completas para comprender un fenómeno determinado a los ojos de esta gaya ciencia. Y hoy no es diferente Lo que pasa es que ya contamos con más de dos mil quinientos años de avances, por lo que en no pocas ocasiones llegamos a pensar que en el Derecho ya está inventado todo, siendo que la verdad es de las cosas es que hay bastantes temas por los cuales apostar a un estudio serio y reposado que nos permita tener lucidez en los puntos donde todo parezca ser oscuridad. El tenor de las ideas antecedentes, aunado al elevadísimo grado de agitación con el cual vivimos dentro de una geografía tan estresada como la Zona Metropolitana del Valle de México, no es para nada halagador, por lo que se vislumbra como prácticamente imposible la cosa esta de ver más allá de nuestras narices, así que en consecuencia preferimos quedarnos en la inmediatez de la lógica sin hacer un esfuerzo que valga la pena para alcanzar la filosofía, al menos por regla general. Los tiempos de ahora nos conminan a que, como profesionistas en el género y abogados en la especie, meditemos todas y cada una de las y cada una de nuestras acciones siendo en todo momento conscientes de de las causas y los efectos, para poder defender mejor a quienes buscan nuestro socorro. Pero no se piense que esa paz interior puede llegar a nosotros a partir de una lectura light, teniendo como protagonistas a de esos infames libracos que explican cómo llegar a la felicidad en diez sencillos y cómodos pasos con los que la gente mediocre está en aptitud de transformar su existencia en tan sólo dos noches de hojear las primeras páginas de los textos traídos a colación. Admitámoslo, no sin pena y antes bien con algo de valor: no faltará quién de nosotros, los que sabemos la ley del hombre, observe una conducta tal como la que he descrito, tal vez con la finalidad de sentirse bien consigo mismo y respecto de sus semejantes; el motivo es tan lúcido como justificado pero este se convierte en un verdadero y desastroso despropósito usando un vehículo así de pobre para llegar a la mencionada finalidad. ¿Para qué existen los clásicos, me pregunto yo? No nada más para tener su propia sección en las bibliotecas públicas, eso hay que tenerlo por seguro; son y están para ser leídos una y otra vez hasta la captura de su esencia, que ya se nota en una comprensión absoluta de sus palabras y en la transformación paulatina y decidida de nuestra cotidianidad. No es nada más pensar positivo y sonreírle a los problemas sino todo un conjunto de aristas que brindan el más completo estudio antropológico fabricado artesanalmente por las manos de los narradores más reputados de toda la historia; mención aparte de los poetas, ensayistas y filósofos, en el entendido de que el cuento y la novela son, por excelencia, las ramas de la literatura que no requieren de mayores prolegómenos ni conocimientos previos para acercarse a ellos. ¿Qué tanto será tantito y nos animamos a conocer la lista de los nóbeles de las bellas letras y a partir de ahí nos acercamos a sus vidas y obras? Hasta donde me es posible entender, el armado de esta lista no es muy difícil y el esfuerzo que se requiere para la actividad de leer no lo deja a uno tan exhausto como cuando se trata de escombrar las habitaciones que componen una casa.


¿Quiénes, si no los jurisperitos, los mejores para adentrarnos en el mundo místico de lo escrito, puesto que nuestra vida entera está entregada a la lectura de documentos e interpretación de los mismos?; ¿no sería tan sólo una extensión de nuestra propia existencia el libro visto como un instrumento de información extracurricular que en no pocas veces rebasa los alcances de nuestra labor profesional y, más aún, de nuestra formación académica? Apartemos (fuéramos tan gentiles…) de esa gran cabezota nuestra la idea malformada y supina de que la novela y el cuento constan de una historia, unos personajes, unos diálogos y unas descripciones del paisaje y los objetos nada más, que la crítica literaria ha de sentirse profundamente y no sin razón ofendida por un escupitajo tan sonoro y feo propinado a su muy egregia constitución como figura determinante en la explicación de los porqués de lo narrado; eso, y que, a causa de lo anterior, todo aquel que piense en ese sentido está demostrando su código postal: una cosa verdaderamente infamante, ¿ajá? Las historias que cuentan todos estos literatos se componen de lo que dicen pero también de lo que no: es con lo segundo –ideas que se esconden en los interregnos existentes en las divisiones de los renglones que son espacios en blanco para pensar toda clase de locuras que despierta lo leído– que hay sobrado pretexto para elucubrar, para emocionarse, para comprender. ¿No son estas tres acciones enunciadas, finalmente, a lo que nos dedicamos los practicantes de este finísimo arte que es la jurisprudencia en la acepción con la cual invistieran ya los latinos a una palabra tan mágica como sagrada? Experimentar en estos términos con la literatura nos regala la invaluable oportunidad de echarlo todo a perder y obtener la respuesta correcta de todas las preguntas una vez terminada de leer la historia; jugar así con el Derecho nos puede salir carísimo. ¿Por qué no entonces darle la oportunidad a las letras como la inmejorable propuesta que es de conocer los recovecos de la mente para entender sus congruencias y sus absurdos?: ¿o nos asusta tanto la idea que nos escudamos en aquella vieja evasiva de que si esto no tiene que ver con la ley simple y sencillamente no nos sirve de mucho o tan sólo es un mero y secundario apoyo para nuestro desarrollo profesional? Yo nada más pregunto. La norma jurídica con la que a diario despertamos, comemos, respiramos, andamos, nos preocupamos, somos felices, trabajamos, descansamos y nos volvemos a dormir es la culminación (con éxito, desde luego) de muchos fracasos, de innumerables intentos echados a perder, y olvidar esta circunstancia en aras de creer falazmente que ésta se produjo por un simple y mecánico proceso legislativo es, de veras, vivir en el oscurantismo. Detrás de la construcción de un dispositivo legal hay razones de fondo y argumentos de peso, filosofía del Derecho y argumentación jurídica en sus aspectos más lúcidos y granados, pero como todo este examen previo no se ve plasmado en el texto de los artículos que integran las leyes, pasa seguido que lo suponemos prefabricado y sólo nos quedamos utilizando el producto final, sin detenernos a pensar qué fue todo eso que antecedió a su concepción y manufactura; nuevamente y por esta razón, nos convertimos en abogados legalistas que no cuentan con la capacidad de internarse más allá y desentrañar el sentido de los derechos humanos, especialmente de esos que ostentan un cierto nivel de complejidad por las implicaciones de su puesta en marcha imbuye: triste pero cierto. El Derecho de la lógica no es el Derecho de la justicia. Parecería que sí, sobre todo en un sistema de ensueño, donde lo formal y lo material se toman de la mano y caminan amándose y adorándose por siempre jamás. Pero cuando se bienviene a la realidad y a sus inherentes desgracias como parte del séquito que fielmente la acompaña adondequiera que va, lo cierto es que se enfrentan vicisitudes a veces de proporciones épicas; de ahí que resulte más cómodo y desde luego más autocomplaciente el hecho de practicar un Derecho legal a un Derecho justo.


Desde nuestra etapa de formación en la licenciatura, los abogados debemos acostumbrarnos a lo que no es sencillo, a lo que importa dar un esfuerzo adicional, ya que de esto depende directamente nuestra preparación para todos aquellos casos en que se requiera de una cierta creatividad para poder resolverlos correctamente. Debemos acostumbrarnos a razonar, pero sobre todo a sentir. No esa sensiblería barata de telenovela sino una sensibilidad genuina, exquisita, con la que nuestra intuición tenga toda la empatía y podamos aventarnos a seguir una corazonada: potencialmente, esto suena mucho más exótico que sólo seguir el camino previamente trazado; no porque esto se erija como una invitación a alterar el orden y a hacer como que las reglas no existen, sino porque es un llamado a la emoción, a la garra, al desafío para la vida que representa el ser abogado. Nuestra profesión se muere todos los días porque hay practicantes de ella tan vanidosos que no saben mirar la plétora ingente de posibilidades que brinda un oficio tan completo y encomiable como este y que por lo mismo mantienen a la abogacía secuestrada en el encierro de la rigidez; impidamos la extinción de un espíritu tan libre preparándonos de un modo más humanista y teniendo la humildad de reconocer cuándo es que el Derecho no puede ser el aporte principal en la vida de las personas o cuándo es que tiene mucho por hacer en el terreno de lo doctrinario para servir de sustento firme y seguro a las normas que ya figuran en el sistema y a las que están por llegar.

PREÁMBULO QUE HACE LAS VECES DE MANIFIESTO

Los derechos humanos ven en la globalización a una esposa afectada de bipolaridad: unos abrazos que se prodigan en ocasiones que son de tanta luz, cadencia y amistad que uno no dudaría en que nacieron el uno para el otro y se han amado incluso desde antes de conocerse y unos besos que luego se dan con tanto sabor a hiel y no menos cruel mordacidad que bien podría pensarse que entre ellos no hay sino la más acendrada de las enemistades y que un día de estos alguno de los dos amanecerá con la cabeza y la cara batidas de sangre. Este matrimonio tiene su origen, claro, en el principio de universalidad regente en la existencia de los primeros; en una de esas veces en las cuales en el pecado se lleva la penitencia, habida cuenta de que, pensando en que los derechos fundamentales aplican para todos los seres humanos en este planeta, se debe pensar en una forma de hacerlos llegar y aplicarlos lo mismo en el Reino de la Conchinchina que en la Hermana República de Apapátaro. Lo anterior revela una buena intención, por supuesto, pero es en los mecanismos de ejecución para cumplimentar los ya mencionados derechos humanos con los que todo el mundo se atora, debido a que en un lado y en otro se presentan particularidades que trastocan el contenido de los derechos aludidos, a veces hasta en su núcleo más esencial. Mucha culpa de esto la tiene la ideología norteamericana, que virtudes mil tendrá en su haber, sí, pero que uno de los defectos más repetidos con los que carga en forma de pesada cruz es el de creer que el resto del mundo recibe y entiende los designios de la vida y de Dios Padre exactamente del mismo modo en


que a ellos les gusta pensar que debe de acontecer: maniqueísmos de un Tío Sam que es un completo desgraciado en un considerable tanto por ciento, pues fuera de sus dominios, a no pocos nos tiene muy sin cuidado que en el tremendismo sus películas de acción el Ejército y la Marina sean los Elegidos para encargarse de salvaguardar la integridad del mundo entero, la cual se ve amenazada a cada rato por terroristas soviéticos o musulmanes o ataques de extraterrestres trasnochados con ese superheroísmo exacerbado que sólo ridiculiza la enorme gana de variedades étnicas y culturales que viven y conviven igualmente en territorio gringo. Señalo este desperfecto como uno de los frenos más trascendentes para el avance real y efectivo del progreso de los derechos del hombre sin dejar de reconocer en ningún momento que los mismos Estados Unidos, a través de su historia y sus instituciones, han contribuido de un modo capital a la construcción de una buena parte de los derechos humanos tal como los conocemos y que hoy día son infaltables en la Constitución de cualquier Estado que se precie de ser democrático. La gente de América Latina vive, come, ama, respira, zurra, duerme y muere de otro modo. Y no por eso quiere decir, en automático, que algo esté haciendo mal. Simplemente lo lleva a cabo de una manera distinta, tanto como acontece en ambos Orientes, el Cercano y el Extremo, o en la Europa Continental o en el África Negra. Punto. (Al tener una formación histórica, social, económica y política más bien ajena –pero no tanto– del Vecino del Norte, Vecino Hasta Ahora Distante, el bloque latinoamericano cuenta sus propios anhelos, narraciones y paradojas desde una voz que es autónoma y por lo tanto única; eso debe quedarnos claro en los ejercicios de contrastes y ponderación de derechos que habrán de hacerse en el momento que llegue su oportunidad.) ••••• ¿LA DIGNIDAD POR ENCIMA DE TODAS LAS COSAS?

La ciencia, técnica y arte de los derechos humanos enseña que una excepción a la regla, rara avis que pía de un modo igualmente singular, es la dignidad humana, en la inteligencia de que este derecho, a diferencia del resto de sus hermanos no observa limitante alguna en el ejercicio de su contenido, tanto en el aspecto de la prohibición de la tortura como en el asunto de la no discriminación: otro boleto que en la realidad sea cosa distinta, aunque bueno estuviera que la teoría y la práctica guardasen una mayor similitud. En fin. La homosexualidad es uno de esos temas que no son fáciles de abordar; sin embargo no habría de tomarse ella aquí como un fenómeno autónomo sino mejor como una de las tantas derivaciones del ejercicio de la sexualidad, ello con fines prácticos y de economía en el procesamiento de las ideas dentro del ejercicio que al punto se plantea. La tradición europea llegó, con motivo de la Conquista, a lo que hoy se conoce como Hispanoamérica e impuso unos ciertos patrones de conducta que, si bien estaban acogiendo a las ideas liberales del Siglo de las Luces y su consabida Ilustración, la verdad de las cosas es que aún arrastraban muchas taras de los modelos anteriores de sociedad del Viejo Mundo por lo que la vida en comunidad resultó manifiestamente incómoda al principio, en razón de que las antedichas transformaciones estaban más ligadas a los fenómenos políticos que a las costumbres en sociedad: a las usanzas y limitaciones recién arribadas de ultramar les tocó enfrentarse con un panorama de liberalidades y rituales sangrientos al que abatieron por la fuerza y ya luego hallaron el modo de amalgamarse pero nadie


nunca dijo que en este proceso se llegara a una feliz conclusión, con todo y la modernidad de los siglos venideros llegaría a cambiarlo todo. La Cuba de los años cuarentas y cincuentas es el cálido escenario donde se desarrolla, si no toda, por lo menos gran parte de la acción de La Habana para un infante difunto, clásico de las letras caribeñas y latinas de la centuria que ya murió. En el exotismo de la ciudad capital de la isla existe una dirección, Zulueta 408, donde vive el protagonista del relato y autor de la obra, quien mira con ojos curiosos, críticos y juguetones todo eso que le sucede durante sus mocedades. Precisamente es allí donde nace el pasaje atrás transcrito, en el cual se pueden observar muy variadas perspectivas respecto de la acción de ese mulato que a gritos pedía que le diesen candela. Como ya se ha expuesto, la dignidad es un derecho humano irrestricto, es decir, que cuyo ejercicio no está sujeto a limitaciones de ninguna especie y que, en buena medida, es una de las formas más pulidas que se pueden encontrar del respeto dentro de las civilizaciones actuales. Y el Derecho no es omiso respecto de esta especial circunstancia, tanto así que no existe una norma de esta naturaleza destinada a reglamentar la forma de ejercerse este derecho como si se tratara de un manual de instrucciones, antes bien existe una uniformidad de criterios para considerar a la dignidad como uno de los mejores propósitos a cumplir en todo el universo jurídico. Sin embargo, en un contexto social e histórico determinado, la dignidad puede estar sujeta a una serie de acotaciones que, desde la perspectiva formal, laceran y sangran terrible y catastróficamente la filosofía y la teleología de la prerrogativa fundamental en comento; no obstante lo anterior, alguna componenda se encuentra dentro de la serie de contradicciones a las cuales es sometida esta dignidad cuando se ejerce y que, de alguna manera y al final del día, pues no le va tan mal.

PRIMERA POSTURA. La homosexualidad en la especie y la sexualidad en el género son temas de los que por pudicia no se habla en público. En este mismo sentido la mariconería, definida como una derivación de la condición homosexual en la conducta de quien es gay. SEGUNDA POSTURA. Uno de los padecimientos más comunes entre los hombres que aman a otros hombres es el eterno dilema de salir o no del clóset. Reduciendo la cuestión a lo más esencial, asumirse homosexual o no es una condición personalísima y de la índole más íntima, que tiene que ver con un ejercicio de introspección en el cual la familia, el amor y las demás relaciones interpersonales van encontrando su propio y especial derrotero. La consecuencia más frecuente de librar con más o menos éxito esta prueba es confesar a todas las personas que rodean la vida del homosexual que, efectivamente, lo es. Es la más frecuente; sin embargo, bajo ninguna circunstancia puede asumirse que este efecto es el natural o el más lógico, dado que válidamente puede darse el supuesto del eterno secreto: atendiendo a las características marcadas con antelación, lo único que importa es la salud y la estabilidad mental del individuo que enfrenta este reto, tan doloroso, tan interesante, tan peligroso, o tan divertido como cada uno lo prefiera configurar. Finalmente, la adversidad es eso: una oportunidad para demostrar de qué estás hecho. TERCERA POSTURA. En íntima vinculación con lo anterior pero desmarcándose asimismo de esa misma tesitura, la mariconería implica una actitud que marca sus propios pasos como bien se sabe.


Algunos piensan que es una forma equívoca de comportamiento, otros sostienen que es perfectamente normal y unos más permanecen indiferentes al tema: lo cierto es que, dentro de este rubro hay maricones –o, dicho más propiamente, jotitos– enloquecedoramente castrantes y existen otros hombres amanerados cuya presencia es increíblemente apaciguadora. Un día de estos se sabrán las causas científicas de este fenómeno, pero hasta entonces sólo podrá hacerse mención del mismo sin mayores explicaciones. La mariconería necesita respirar, echarse para afuera del cuerpo en que vive, y es por esta razón que, por más reprimido que se halle el sujeto, en algún momento deberá explotar, tal como lo hizo aquel personaje en las condiciones en que este acto se produjo. CUARTA POSTURA. Al explotar de un modo tan intenso, tan necesario y, por supuesto, tan escandaloso, era de esperarse que el hombre aquel provocase entre el resto de la gente con la cual compartía el falansterio una sensación general de estupefacción. Nótese que, aquí, el sustantivo “escándalo” no es usado en su acepción social, dado que nadie se muestra sorprendido por el acto como si se estuviera asistiendo al alumbramiento de un engendro de la naturaleza, sino que la sonoridad en el volumen de las palabras del analizado era sobradamente alta, ello probándose con los signos de admiración que rodean a sus expresiones, además de la interpretación sistemática del contexto que las rodea. El derecho que tiene el hombre aquel de mostrarse tal y como es colisiona en cierto sentido con la responsabilidad que él y todos los demás celebrantes tienen de conservar el orden; sin embargo, es tanto su menester de extrovertirse que manda todo al carajo y sucede lo que se narra; posterior al incidente, este sujeto se siente en la necesidad anímica y moral de restaurar eso que rompió y es por eso que va y ofrece todas las disculpas del mundo a los condóminos del edificio, rebajando de alguna manera su dignidad al sentir que con su obrar ofendió grave y casi irreparablemente a sus vecinos. A la luz de las teorías que dan vida y explican los derechos fundamentales, ninguna necesidad tendría el individuo ese de disculparse por nada pero, dadas las circunstancias, el descargo no nada más abarcó el estropicio de la gritadera sino que también hubo de incluir todo el acto de exhibición –que no de exhibicionismo, pues en ningún momento se manifestó la presencia de la premeditación como factor decisorio para la actuación aludida–: los convencionalismos sociales son reglas no escritas que condicionan el comportamiento del hombre que están adecuadas al modo de ser la sociedad y de sus costumbres y muchas veces llegan a ser estrictas hasta extremos que, hablando con toda honestidad, resultan desproporcionados, así que lo único que se puede pedir es un poco de indulgencia y sentido común en atención a las circunstancias reinantes cuando se produce un quebrantamiento a su caprichoso dictado. QUINTA POSTURA. ¿Se habrá sentido mejor aquél después de ese ejercicio, su ejercicio? En principio y por lógica, uno esperaría que sí.

••••• LA UNIÓN (CASI) HACE LA FUERZA

Pienso, se me ocurre, me imagino, que el término “minoría” está mal empleado. No lo sé. Tal vez son figuraciones mías pero de botepronto es lo que se me ocurre.


Los grupos minoritarios son, por definición, eso que no es o no hace la mayoría, quien tiene unos ciertos modos de existir y de obrar. Pero, ¿es tan grande la mayoría como pomposamente se anuncia? Tomando como base que en la República Mexicana hay más hombres que mujeres y que la esperanza de vida le permite a uno morirse cada vez más viejo, yo soy el primero en la fila que comete la osadía de poner en entredicho lo que debe entenderse bajo el concepto de lo mayoritario en contraposición de lo que es minoritario, al menos por lo que toca a los números. Más todavía, esto me está dando a pensar que en el concepto de mayoría interviene el factor de la fuerza, o por lo menos el de la supremacía, para integrar su significado. ¿O es que desde el inicio andamos trastabillando porque no ubicamos correctamente nuestro punto de partida para efectos de establecer qué es lo mayor y qué es lo menor? A lo mejor, quizás, probablemente sea eso. En mis imaginaciones locas y alborotadas se me está ocurriendo pensar que el molde del que estamos haciendo todos nuestros muñequitos es el de un hombre –sujeto masculino, ¿ajá?, un pilín y dos gonaditas. Pero no nada más eso: se trata de un hombre mestizo con rasgos indígenas prácticamente imperceptibles, de entre veintidós y treintaicinco años, citadino, con estudios de posgrado, puesto gerencial en el trabajo, padre casado y jefe de una familia de tres o cinco, amigos (¡y amigas!) mil, nivel de cultura de un libro a la quincena, cine cada fin de semana y teatro una vez al mes, sonrisa cautivadora, condición más o menos atlética, trajes variados para ir a la chamba, auto y departamento propios y una mascota encantadora. ¿No está como muy pípiris náis el modelito este? Yo pensaría que sí. O sea, son demasiadas bondades y cualidades juntas para verse reunidas en la persona de un individuo, la neta. Bueno, el punto es que de aquí partimos, con todo y las idealizaciones vertidas en este hombre abrumadoramente perfecto. ¿Cuántos hombres resultarían inmediatamente descalificados y reducidos a la ignominiosa minusvalía por no cumplir con alguno de estos estándares de calidad?, ¿qué cantidad de mujeres se acercan peligrosamente a satisfacer todos los requisitos previamente enumerados?, ¿pasando los cuarenta ya no hay una sola posibilidad de ingresar a este finísimo y selecto club?, ¿si un hombre ama profundamente su soledad y no le emociona para nada la idea de tener un perro, como es el caso de un servidor, es menos hombre que sus congéneres? Del tipo de preguntas que bien conviene hacerse antes de comenzar a levantar la estadística, que lo único que se generan tras una inadecuada aplicación de aquellos estándares son etiquetas. La mayoría, así las cosas, no existe, sino que es el resultado de todas las minorías involucradas que configuran un todo, heterogéneo, sí, pero que se amolda, al menos por donde ve la suegra. El mítico falansterio con dirección en Zulueta 408, donde Guillermo Cabrera Infante vivió sus días mozos, concentraba una cantidad considerable de homosexuales en sus habitaciones, algunos de ellos notables músicos, por lo que en cuanto a los números, bien se podría decir que constituían la mayoría. ¿Cómo ahí qué? ¿Una minoría siendo el grupo mayoritario?: ¿las reglas y cánones de comportamiento las dictan quienes son más?, ¿éstos ejercen presión para conseguir sus fines cuando el resto de las opiniones les es adverso?, ¿marcarían la tendencia de algo? Las interrogantes serían exactamente las mismas si quienes estuvieran a la cabeza fueran indígenas, mujeres, migrantes, trabajadores o discapacitados. Y las respuestas estarían igualmente para botarse de la risa. La tolerancia que parte de la idea de un hombre al frente de la sociedad como su modelo a seguir, entendido éste como un Hombre (con mayúsculas para afirmar que se trata de un absoluto así como impone el Diccionario que debe escribirse) revela permiso, condescendencia, visto bueno: en un derecho humano


como este, de naturaleza forzosamente colectiva, no puede ni debe ni se quiera que haya una cabeza, dado que el esfuerzo para lograr que esta prerrogativa fundamental cuaje lo hacemos todos en la medida en la cual nos toca aunque a la hora del resultado final importa tan sólo si nos pusimos las pilas o no: en cristiano: medias tintas resultan inadmisibles. ¿En qué influirá, si es que en algo influye, que los demás sepan con quién te acuestas? Para las gráficas de barras tan sólo es una rayita más del color en el que te hayan ubicado. Lamentablemente, la heterosexualidad machista regente tanto en los días del desaparecido Memo como en los nuestros, marca canon y se cree la más numerosa; es por eso que la versión que conocemos de la tolerancia se produce en unos términos que yo no dudaría en calificar de sesgados, dado que ninguna sexualidad es menos o más: es y tantán.

En realidad, el piso estaba emparedado entre los pisos en que pululaban los pederastas. En los cuartos de la azotea vivía (aparte de Elsita, una negra menuda y flaca y fea) Eliseo, un maricón maduro, muy serio, más bien fúnebre, quien al hablar con mi madre solía decir: “Zoila, los que tenemos este defecto”, aludiendo a su mariconería como Hamlet a su “falta particular”. Eliseo solía rondar la ventana que quedaba encima y frente a nuestros baños, tratando de espiar a través de las telas metálicas que aireaban los baños a los bañantes no a las bañistas. Más de una vez lo vi mirando furtivamente al baño que yo ocupaba, su cara triste vuelta ávida para volver a ser lívida por el fracaso de no poder penetrar con su mirada de marica las telas metálicas hechas tapias por el óxido y el polvo acumulado. En contraste con el soturno Eliseo vivió allá arriba un tiempo un negrito flaco, huesudo, pequeño, que usaba espejuelos de aro de metal y era costurero de oficio. Parecía una versión venérea del venerable Gandhi y se llamaba Tatica pero se hacía llamar la costurera Tatica. Tatica era un delincuente habitual que había estado varias veces en la cárcel y contaba a mi madre (ella era muy buena para oír confesiones de mujeres y maricas) cómo se divertía en el Castillo del Príncipe. “Zoila”, decía, “he pasado en el Príncipe los mejores años de mi vida”, y se sonreía como si hablara del Hotel Nacional y no de una prisión horrible. “Me tratan como una verdadera dama.” Tatica pasó poco tiempo en su cuarto de la azotea. Un día vinieron unos policías de paisano (nunca supe qué crimen había cometido esta vez) y mientras bajaba las escaleras como si fuera una escalinata de mármol se despedía de Eliseo, de Elsita, de mi madre diciendo: “Hasta luego, muchachas. Me voy de veraneo al Príncipe. ¡Cómo voy a gozar!”, y parecía efectivamente feliz de volver a la cárcel. El otro inquilino de la azotea era Diego, un bugarrón profesional: se acostaba con maricones por dinero. Aunque por esa época compartía la superstición sexual popular en La Habana de que un bugarrón, al ser miembro activo de la pareja, no era pederasta. Hoy sé que era tan homosexual como el culpable Eliseo y el inocente Tatica y que su profesión era una tapa, una coartada sexual.5

••••• POR LOS SIGLOS DE LOS SIGLOS

Últimamente ha estado la Iglesia Católica en lo que se dice el ojo del huracán. Y no ha sido para menos: los votos de pobreza y castidad de algunos se han roto con un estrépito tal que en no pocas ocasiones ha habido daños colaterales qué lamentar. Pero aquí no es tribunal para juzgar a los ministros de culto por sus errores, por lo que no habrá lugar –al menos en esta ocasión– para someter a escrutinio su actitud, si bien no existe motivo para desaprovechar la oportunidad para señalar como deleznables sus actitudes con el dedo flamígero que todo lo sentencia. 5

CABRERA INFANTE, Guillermo; obra citada, páginas 118 y 119.


Hace ya algunos años, una conocida revista intelectual que me gusta mucho llevó a cabo unas reflexiones sobre los retos que enfrenta la institución antes aludida consigo misma y con su grey en el siglo veintiuno: sobra decir que las conclusiones a las que llegaron todas las plumas involucradas en la confección de aquel legendario número coincidieron en la necesidad ingente y urgente de una actualización en todos los sentidos. Las renovaciones a las que se hace referencia en la publicación ya mencionada tienen que ver con la concepción de los dictados de La Biblia para su aplicación en la vida cotidiana: de nada sirve todo el protocolo reinante en los ritos monásticos si no se cumple con el objetivo de ayudar al prójimo de un modo auténtico y eficaz. Es en esta cerrazón y asfixia del sentido común que cuestiones como la homosexualidad y la anticoncepción están excluidas de la agenda del Santo Padre, lo mismo que de las órdenes del día del resto de los señores jerarcas de la Tres Veces Hache Católica, Apostólica y Romana. Digo, en principio no es obligación suya acordar cita para una charla de café que aborde el tema, ¿cierto?, pero dado el poder político y hasta carismático del que muchos clérigos gozan, hablaría bien de ellos el tan sólo dejar a un lado el no rotundo y categórico en busca de alguna otra perspectiva en esta situación de controversia. Históricamente, la Iglesia Católica, por boca del legítimo sucesor de San Pedro y resto de la estructura clerical del Estado Vaticano repartida por todos los rincones de Occidente, ha condicionado el comportamiento de los fieles a través de la institución del pecado. Como un mecanismo de abstención a la hora de cometer alguna fechoría ello no ha resultado tan malo, al menos en la intención; sin embargo, cuando la Santa Madre Ciencia dice que tales o cuales conductas son perfectamente normales y la religión las sigue encuadrando dentro de su catálogo de prohibiciones, surge obligadamente un problema. ¿A quién y por qué hacerle caso? La espiritualidad es un apoyo que el hombre necesita y en ese sentido es que se crea el culto público; sin embargo, nunca falta el ensotanado irresponsable que lo toma todo en el sentido más estricto de la palabra y entonces dirige a su feligresía de una manera equivocada e irresponsable. La objetividad de la ciencia, por otra parte, arroja muchas respuestas tan verdaderas como irrefutables pero hay ciertas cuestiones en las que el mismo número de veces que afirma que sí también dice lo contrario al uso o práctica que se somete a su observación y entonces el absoluto que inicialmente creó con la veracidad de sus palabras se ve seriamente amenazado con todos los cristales que crea para mirar desde distintos ángulos el cuerpo geométrico que se analiza: por antonomasia, las drogas conforman uno de esos tópicos. ¿Adónde pretendo llegar con la exposición de estos dos extremos? La resolución de un asunto tan espinoso actualmente como lo es el hecho de una sexualidad no convencional debe formularse en los términos de la sana crítica, atendiendo al mejor de sus razonamientos, que no es otro que aquel que obra en favor de la persona y, desde luego, de su integridad: ciencia y religión en lo que puedan ayudar para acceder a ese derecho humano inalienable e imprescriptible que es el del final feliz en el cuento de nuestra vida. No hay más. ••••• PRIMERO EL FUEGO; LO DEMÁS YA NO IMPORTA

Herederos de una tradición europea continental tan rica pero contradictoria por lo que hace al legado de España en el Nuevo Mundo por un lado y no menos ciertos


de las raíces precolombinas con las que Mesoamérica fundó sus legendarias civilizaciones, igualmente pobladas de paradojas pero con muchos matices por otro, los latinoamericanos debemos caminar en el sendero de nuestra propia identidad, una que está fuertemente marcada, entre otras cosas, por el fuego del erotismo. ¡Qué más nos da si un día de estos reventamos y en la explosión que al punto se produzca nos dejamos llevar por una pasión desbordada y llena del brío renovador como si no hubiera un mañana! Abandonemos los prejuicios y sumerjámonos dentro de ese mar inexplorado que es imperio de los sentidos y oremos para que nuestra salvación se lleve a cabo el día en que todas las Vírgenes Inmaculadas se aparezcan en el espejo de la recámara para bendecir todos esos actos de carnalidad desenfrenada que no hablan más del amor en la más álgida de todas sus expresiones: ¡que de algo sirva sabernos moradores de la tierra caliente, por vida de todos los santos! Yo creo que, salvo la mejor opinión de todos ustedes, no sería una mala idea, ¿verdad que no?

Matrimonio, instituye el código civil en su numeral ciento cuarentaiséis, es la unión libre de dos personas para realizar la comunidad de vida, en donde ambos se procuran respeto, igualdad y ayuda mutua. Punto y seguido. Debe celebrarse ante el Juez del Registro Civil y con las formalidades que estipule el presente. Anteriormente el supuesto normativo sólo admitía a un hombre y a una mujer para la celebración de este acto, hecho lo cual constituyó un freno duramente cuestionado cuando se dio el boom de las relaciones sentimentales entre individuos del mismo sexo. Conectando con las consideraciones del párrafo inmediato anterior, se anota que el control de convencionalidad, incluido en la reforma constitucional que con tantos aleluyas y plácemes se anunció cuando hubo de producirse, permite aplicar instrumentos de Derecho Internacional en cualquiera de los tres niveles de impartición de justicia; estamos hablando de que, para el caso que nos ocupa, se eliminaron las barreras que impedían la aplicación de derechos humanos en causas que no fuesen estrictamente del fuero federal traducido éste en la figura del amparo. Dentro del plano técnico del Derecho, o sea en el campo de su aplicación cotidiana eso está muy bien: en más de un sentido esta decisión reporta beneficios procesales que se ven reflejados en una agilización de trámites ante los juzgados y todo bien padre. Sin embargo, no nada más hay provechos en lo que al procedimiento se refiere; la acción de dejar los derechos humanos al alcance de las personas trasciende la ubicación geográfica inicialmente reservada a la norma jurídica para situarse, con una autonomía que impone admiración y respeto a partes iguales, dentro de unas coordenadas más generales y abiertas, tendientes a crear una nueva conciencia de lo que significa ser humano. Por lo tanto, es de necios creer que los derechos fundamentales sólo sirven para ser aplicados en un juicio, so pretexto de que emanan de un documento jurídico capital como lo es la Constitución y que nada más deberán observarse en tanto dure el curso de la causa legal. ¡Pamplinas!


Estos derechos se inventaron para que todos nos acerquemos a ellos y a luz de su contenido y limitantes podamos caminar rumbo a la evolución. De manera que los abogados somos quienes debemos poner el ejemplo primeramente, cuestionándonos y razonando qué les falta a los mismos, cómo podemos mejorarlos y por qué hay ocasiones en que resultan unos más o menos compatibles con otros. Tenemos la pericia que se requiere para una labor de esta envergadura; hagámoslo. Cierto que es tremendamente útil, amén de necesario, que nuestras vacas sagradas diluciden sobre el tema y nos den lineamientos teóricos para caminar con paso firme y decidido por este sendero que es aún silvestre e indómito, pero de eso a creer que sin las Sagradas Escrituras de aquéllos simplemente no existe un parámetro de acción cierto y verdadero y que los abogados que no tenemos la fortuna de ser tan lumbreras jurídicas como ellos nos encontramos en la más penumbrosa de las oscuridades es, por decir lo menos, ilógico: el letrado es, por definición, la persona con más criterio habida sobre la faz de la Tierra, por lo que si llega un momento en el cual debe sustentar de su ronco pecho la postura establecida para la parte que representa en un juicio, no debiese tener miedo de que ese conocimiento no exista con anterioridad antes bien pudiera sentirse contento de contar con la posibilidad de innovar para beneficio de su cliente y del sistema mismo. Así es como se vive la vida en el Derecho del futuro que ya se volvió presente y que, desde luego, nos involucra a todos. Los derechos humanos, al tenor de las consideraciones anteriores, no están encerrados en la rigidez e impersonalidad de una ley sino que permean el ambiente matizándolo y perfumándolo con sus fragancias y tonalidades por lo que las reformas a la legislación común en materia de uniones matrimoniales, así como el resto de felices transformaciones comunicadoras de progreso en el entorno legal, deben llegar real y efectivamente a sus destinatarios por medio de mecanismos sociales, económicos y políticos que hagan posible la otra mitad del proceso, adonde la varita mágica de lo jurídico carece de efectos para cumplir el deseo de igualdad al que la sociedad aspira. De otro modo, la promesa del cambio será otra cosa que una treta más para perpetuar la tiranía de la demagogia. He dicho.


Mariposón